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A veces hay situaciones que, bajo la anécdota, esconden cosas que merece la pena saber o recordar.
Hasta hace poco y durante aproximadamente dos semanas, el macetero que
hay bajo el alféizar de mi cuarto de estudio, tuvo como inquilina a una
paloma que, sin importar la hora, gustaba de armar un jaleo bastante
serio, ya fuera piando, gorgojeando o moviendo sus alas
espasmódicamente. Para completar la performance, otra paloma se
encargaba de vigilar a la alborotadora ora paseándose como un carcelero, ora quedándose inmóvil como un vigía, pero siempre
haciendo gala de un hieratismo que compensaba ampliamente el follón de
la otra. Al principio pensé que aquel alboroto, que se había
convertido en un molesto hilo musical de mis horas de estudio, se debía a
razones de maternidad. A los pocos días, caí en la cuenta de que la
paloma no estaba por ser madre sino que estaba convaleciente de una
lesión en una de las alas, razón por la cual no la había visto volar ni
una sola vez y que, supuse, sería el motivo plausible de lo que entonces
ya entendí como quejas por el dolor y el malestar. Ya fuera por eso o
porque la pobre estuviera como las maracas de Machín, el caso es que la
otra paloma no dejó en ningún momento de custodiarla y velar por ella,
ausentándose lo justo para traer "comida" o empleándose con eficacia a
la hora de ahuyentar a urracas u otras palomas. Un celo protector que
resultó evidente conforme pasaron los días. Una siempre padeciendo y
otra siempre protegiendo. Así se pasaban las horas mientras yo me
zambullía en mis apuntes.
Desde hace pocos días, como comentaba al comienzo, no hay rastro de estas dos
palomas. Tal vez la plañidera haya ido al Hades o tal vez se haya
recuperado, pero el macetero tiene el mismo aspecto de "Se alquila" que
tenía antes y no hay más ruidos que los habituales de la calle. Quiero
creer que la curiosa pareja ha retomado sus vidas normales, ciscándose
en todo lo que hay bajo ellas, dándose festines en aceras y zonas verdes, convirtiendo la carrocería de coches en cuadros de
Pollock, etc. Pero, como decía antes, lo importante es lo que hay bajo
la anécdota. Y es una lección valiosa. O, tal vez, más de una. Lecciones
como que las relaciones se ponen a prueba cuando vienen mal dadas; que
las penas compartidas no dejan de ser penas pero son menos; que los
momentos de oscuridad, cuando el dolor y la angustia te brotan como
manantiales, cuando no hay más plan que no caer en la histeria, son
aquellos en los que todo lo verdaderamente bueno brilla con más claridad e intensidad
que cuando lo inunda todo la luz de la prosperidad; que cuando alguien
lo está pasando mal no es el tiempo de "te lo dije" ni de enzarzarse en
una reyerta de reproches ni de ensañarse con él ni de orillarlo en tu
atención ni de poner tu relación con él en barbecho hasta que la vida le
reparta una mejor mano sino que es la oportunidad de mostrar en toda su
desnudez el afecto que tienes por esa persona, de enseñarle que "estar
ahí" es la mejor declaración de amor, de hacer evidente que querer no
sólo implica "ser" sino también "estar".
Por suerte, estas palomas tendrán la decencia de no publicar ningún
libro de autoayuda contando todo esto. Las mejores lecciones en la vida,
buenas o malas, no son a cobro revertido. Ni tampoco tienen que venir
necesariamente de seres humanos.
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