[Image]El último
día de su vida, la albóndiga conocida como Ray Holson se despertó a la una de
la tarde en un sofá de tres plazas y dos millones de gérmenes flanqueado por un
pequinés a medio castrar llamado “Pequeño Conan”, una yonqui a medio follar
llamada “Pequeña Cindy” y un porro a medio fumar llamado “Pequeño porro”. Más
allá, la suciedad y el desorden transformaban su casa en el vientre de un
camión de la basura. Jonás engullido por la mierda. Náufrago de su propio caos
y prisionero de un cuerpo que daba un nuevo significado a la palabra “sebo”, Ray
Holson se incorporó con tranquilidad, depositando con cuidado al pequinés encima de
las tetas marginales de aquella adolescente enganchada a las drogas y a los mentirosos
con sobrepeso. Paseó su desnudez sobre una alfombra de catálogos japoneses de
lencería hasta que encontró su chándal azul celeste con olor a infierno.
Convertido en un globo aerostático patrocinado por Adidas, fue a la cocina a
prepararse un café. Entonces ocurrió el hecho que cambiaría su vida: no quedaba
leche, al menos dentro del tetrabrik
donde debía estar. El tiempo se detuvo y el cerebro de Ray Holson se debatió
entre tres ideas: penetrar al pequinés, sacar a la yonqui a pasear o bajar a
comprar un paquete de leche. El portazo despertó al pequinés, que empezó a lamer,
y a la yonqui, que puso los ojos en blanco.
La
coctelera anteriormente conocida como ascensor bajó seis pisos, abrió las
puertas y regurgitó a Ray Holson. Éste avanzó por el vestíbulo canturreando Smells like teen spirit como si tuviera
el oído que se cortó Van Gogh. En su cabeza empezaban a desperezarse planes que
iban desde la dominación mundial hasta la erradicación de la malaria en Nueva
York. Y, al salir a la calle, pasó. Pasó la vecina del octavo, Lindsay
Morrison, de noventa y seis años, en camisón y sin dentadura, con toda la furia
de una suicida en caída libre que se sentía estafada por la vida y la seguridad
social, aunque no en ese orden. Había decidido tacharse de la existencia.
En el
vecindario, sólo el pequinés lloró la muerte de Ray Holson.
Todavía no hay comentarios.
Cerrar esta ventana