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La fuerza de la gravedad, la belleza de Charlize Theron, el sabor de la
Mahou, la salida del sol por levante, el tupé de Trump...La vida está
llena de obviedades que escapan a cualquier duda. La calidad del Barça
es una. El pésimo nivel arbitral en el fútbol español, otra. Pero el
orgullo del Atlético de Madrid es una de las obviedades más indiscutibles.
La ida de las semifinales de Copa dejó dos partidos y un escándalo. La
primera parte fue una autopsia en tiempo real con el Atleti en el papel
de cadáver involuntario porque, las cosas como son, al Atleti de la
primera parte le sobró actitud (al menos a bastantes jugadores rojiblancos...) y le faltó todo lo demás, lo cual fue
aprovechado por un Barça ramplón para adelantarse dos veces: no hay pirañas veganas. La segunda
parte fue una historia totalmente diferente y memorable: la de un equipo que hizo
honor a la letra de su himno y, liderado por un extraordinario Fernando
Torres, vapuleó a los visitantes como si la charla en el descanso la
hubiera dado Don Luis Aragonés, de cuya muerte se cumplía el tercer
aniversario. Cómo el Atleti mutó de Kiko Rivera en Bruce Springsteen es
uno de esos estrafalarios y deliciosos milagros que se dan a orillas del Manzanares.
Si el partido no acabó como esos épicos combates de Rocky Balboa fue
sólo por dos motivos: la mala suerte local de cara a puerta (se hace
crowdfunding para pagar la terapia a Gameiro) y la aparición de un hombre
de negro. Hay muchas películas de terror que dan menos miedo que el
nivel de los árbitros españoles, al menos en lo que a fútbol se refiere.
Uno puede aceptar que la Escuela Culé de Arte Dramático (Neymar, Piqué, Alba...) induzca al
error o que alguien tenga un mal día en el trabajo
(Godín, por ejemplo, lo tuvo anoche) pero lo de este árbitro en la
segunda parte fue comparable a plantarse en un jardín de infancia,
despelotarse y ponerse a bailar "La Macarena". Fue incluso peor que "lo que ocurrió contra el Circo de Variedades Florentino Pérez". Quizá la
palabra "atraco" sea un tanto desmedida, ventajista y victimista pero "escándalo" sí encaja
bastante bien con la realidad.Culpar al árbitro de la derrota es una estupidez igual que ignorar la incidencia de la actuación arbitral en el partido, al menos en lo que respecta a los últimos cuarenta y cinco minutos.
[Image]Pero este no es un artículo sobre un hombre que eligió mal momento para
salir del armario de la imbecilidad. Tampoco es un artículo sobre un partido que el Barcelona no mereció ganar ni el Atlético perder. Este es un artículo sobre eso que
demostró el Atlético en la segunda parte a pesar del adverso resultado, del potencial del
rival, de los desesperantes fallos propios y de los insultantes errores del árbitro. Sobre eso que
demostró la afición convirtiendo al Calderón en un enorme y
estremecedor rugido durante noventa minutos. Sobre eso que hizo que
jugadores y espectadores se quedaran después del final del partido para
aplaudirse mutuamente. Honra. Dignidad. Honor. Orgullo.
Y es que puede que la eliminatoria copera tenga ahora un nivel de dificultad
que ni el Dark Souls pero la gran verdad, la gran obviedad de la noche
fue que el Atleti está hecho de la misma pasta que aquellos trescientos
espartanos que decidieron luchar a la sombra cuando las flechas enemigas
oscurecían el sol. De esto no dirán nada mañana toda esa prensa polarizada y bufandera que acecha en quioscos, radios y televisores...ni falta que hace.
Las rachas acaban, los ciclos se alternan, las condiciones físicas decaen, las carreras finalizan, los
nombres varían, los escudos se rediseñan, los estadios cambian pero el orgullo rojiblanco siempre permanece. ¡Aúpa
Atleti!
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