tag:blogger.com,1999:blog-8965812721351021583.post-20733640119051207992007-09-30T23:47:00.000-07:002007-10-01T16:25:56.823-07:00En el aire<p class="MsoNormal" style="color: rgb(0, 51, 51);"><b>La idea de estar alejada <st1:metricconverter st="on" productid="11.000 metros">11.000 metros</st1:metricconverter> del suelo durante 12 horas, muchas de las cuales además serían sobre agua profunda (posiblemente, sobre <st1:personname st="on" productid="la Atlántida">la Atlántida</st1:personname>), podía ser motivo suficiente para que conocer la estación de Atocha quedara en mi lista de pendientes para siempre. <o:p></o:p></b></p><p class="MsoNormal" style="color: rgb(0, 51, 51);"><b>La anulación del pensamiento en ese día, pensé, se podía prever con grandes dosis de té, lectura, música y sueño. Y por supuesto, evitar la “suerte” de tener el asiento de la ventanilla.</b></p><p class="MsoNormal" style="color: rgb(0, 51, 51);"><b>El plan venía bien. Hasta que el altavoz y las gesticulaciones de las azafatas hablaron de atrocidades como “salida de emergencia”, y la nave hermética empezó a carretear sin vuelta atrás.</b><b> <o:p></o:p></b></p><p class="MsoNormal" style="color: rgb(0, 51, 51);"><b>Los 150 latidos por minuto del corazón tomaron forma de agua desde mis ojos. Afortunadamente, mi compañero de banco de turno era un tano que tomaba un avión casi con la misma naturalidad qu</b><b>e si hubiera subido a un 60. Y su preocupación sobre si el pastiche con pretensiones de ravioles eran el almuerzo o la cena, sirvió como un buen periodo de adaptación. Pero la ventanilla seguía siendo territorio prohibido.</b><b> <o:p></o:p></b></p><p class="MsoNormal" style="color: rgb(0, 51, 51);"><b>En algún momento del viaje, mi compañero tendría que visitar el escasísimo sanitario (el mito lo seguirá siendo: las posibilidades funcionales no ayudan a comprobarlo), y cuando eso pasara, nad</b><b>a habría entre la ventanilla y yo. <o:p></o:p></b></p><b style="color: rgb(0, 51, 51);">Pero lo que no imaginé, fue que el momento iba a ser justo cuando la noche venía desde el costado en que estaba</b><b style="color: rgb(0, 51, 51);"> yo. Como quien se acerca a un rotweiller dormido, me incliné hacia la ventana. Y</b><b style="color: rgb(0, 51, 51);"> ahí estaba, la luna que ese día se llenaba, mirándome de abajo por algún efecto óptico que no me molestó ignorar, y escoltando mi viaje.</b><br /><p class="MsoNormal"><br /></p><p class="MsoNormal"><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp0.blogger.com/_ck_752WVB2U/RwBf--OfaoI/AAAAAAAAABQ/88KSEeKEVPg/s1600-h/espa%C3%83%C2%B1a+1+010.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5116194712153188994" style="margin: 0px auto 10px; display: block; cursor: pointer; text-align: center;" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_ck_752WVB2U/RwBf--OfaoI/AAAAAAAAABQ/88KSEeKEVPg/s320/espa%C3%B1a+1+010.jpg" border="0" /></a></p><br /><p class="MsoNormal"><br /></p><p class="MsoNormal"><br /></p>Larishttp://www.blogger.com/profile/02830261033459831553noreply@blogger.com