<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss'><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863</id><updated>2009-09-29T20:35:48.666+01:00</updated><title type='text'>El ovillo de Nadna</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://ovinadna.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><link rel='next' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default?start-index=26&amp;max-results=25'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>52</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>25</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-260469486634341532</id><published>2009-04-28T07:19:00.002+01:00</published><updated>2009-04-28T07:30:22.945+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><title type='text'>Ante la puerta del laberinto</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Ya no tengo cuarenta años, ni volveré a tener esa edad jamás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tiempo que ha hilado este ovillo no ha visto grandes aventuras ni ningún viaje (más que al pasado, quizás). Sí una gran experiencia: una mudanza de vida (y seguir viviendo, con todo). El amor sigue acompañándome cada ínfimo momento. Mi hija ya no es tan pequeña. Continúo disfrutando de esa extraña tregua (que ya dura tanto) con el dolor y agradezco esa fortuna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cae la hora baja. Nenna se ha quedado dormida sobre el sofá que trajimos de la casa vieja, el trazo de un mechón cobrizo le cruza la frente. Mimianna en el terrado se ha ensimismado en el cielo violeta de esta hora, con la partitura del Stabat Mater de Pergolesi esperándola en el regazo. En el ordenador, mientras escribo, suenan las mínimas notas del “&lt;em&gt;Tears in rain&lt;/em&gt;” que compuso Vangelis para la banda sonora de “&lt;em&gt;Blade Runner&lt;/em&gt;”. Alzo la vista y hallo, tras el ventanal, más allá de la silueta de Mimianna, otra silueta que empieza a serme familiar: la de la serranía cercana, que nos encaja contra el mar, de la que ya conozco el nombre de algunos montes… Parecemos un cuadro de Rockwell, me digo. Y me parece bien. Hemos vuelto al hogar. De alguna manera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alzo la vista y contemplo el laberinto que hemos recorrido y el que se extiende frente a mí. Infinito y eterno como mi propia existencia. Casi incoherente recuerdo que todo lo que empieza debe acabar. Casi obsesivo se repite en mi memoria el sonido de las palabras de un poema de Salvador Espriu de título imposible: “&lt;em&gt;Final del laberint&lt;/em&gt;”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La travesía en la que me embarqué cuando extendí el ovillo ha acabado; recojo por tanto ésta su última hebra. Mi esperanza es que del silencio que ahora sobreviene nazca y me reconozca justificado y libre. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-260469486634341532?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/260469486634341532'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/260469486634341532'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/04/ante-la-puerta-del-laberinto.html' title='Ante la puerta del laberinto'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-1349560713690992513</id><published>2009-04-23T11:11:00.002+01:00</published><updated>2009-04-27T18:44:05.771+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Borges como laberinto</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Yo era tan joven como inocente cuando lo conocí a Borges y cuando, más tarde, lo visité por primera vez. Aquel año yo tenía doce.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No miento cuando afirmo que recuerdo perfectamente la tarde invernal en la que leí “La casa de Asterión”, el texto que ejemplificaba el tema de la literatura hispanoamericana contemporánea, en el libro de Lengua y Literatura de séptimo. Mi escritorio de madera obscura. El flexo con la bombilla azul. El asombro del descubrimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No creo en las casualidades (o cada vez creo menos que sean casualidades) y no dejaba de ser un texto (bien) escogido como muestra de su obra, pero lo cierto es que aquella primera lectura me deparó una basta visión de Borges, o de uno de los Borges posibles, al menos. Allí su (uso del) español inconfundible (y chocante al principio); la maestría de la narración; la genialidad de la anécdota y el desenlace. Pero, además y sobre todo, alguno de sus temas: el infinito (ya en la tercera frase), el yo y el yo como otro, el Universo caótico creado por un dios menor igualmente caótico, la mitología, la soledad intrínseca del individuo. Y el laberinto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No creo en las casualidades y no fue casual que conociera a Borges con doce años, joven e inocente. Porque así aquel relato breve se me hizo inmenso. Y su lectura me produjo dos sensaciones antagónicas: por una parte la impresión de no haber llegado al fondo del asunto, de haberme perdido una parte fundamental pero oculta, reservada a ojos más avisados que los míos y, por otra, un cierto orgullo por haber comprendido, con todo, el misterio básico, la historia propuesta por el autor. Y todo ello, ese texto y aquella mi edad, prefiguraron mi relación con Borges.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y no sé si fue por casualidad o porque me hubiese oído comentar mi admiración por el (para mí hasta ese entonces) desconocido escritor, pero fue MG quien, unos meses después, en mitad del verano, por mi santo me regaló “Ficciones”. Y aquella fue mi primera visita a Borges. Hay lecturas que arrasan, libros de los que emergemos diferentes, sabiendo que nunca volveremos a leer de la misma manera que antes. Largas, dificultosas, casi ininteligibles en muchas ocasiones, pero gigantescas, abismales, magnéticas, las historias de “Ficciones” se alzaron frente a mí como un templo extraño, precioso e inabarcable, que ocultara en su sancta sanctorum antiguos arcanos de sabiduría y belleza. Como una Petra con fábrica de palabras. “Las ruinas circulares”, “El jardín de los senderos que se bifurcan” o (especialmente) “La biblioteca de Babel” se encuentran todavía entre los relatos que más quiero entre todo lo que he leído.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No seguí un orden cronológico en el descubrimiento progresivo de la obra de Borges. A “Ficciones” siguió el “El informe de Brodie” y luego una selección de relatos que, a cargo de Emir Rodríguez Monegal y bajo el breve título de “Prosa”, publicó Círculo de Lectores. Fue este último libro el que me brindó la oportunidad de descubrir otros Borges. Junto al autor de relatos fantásticos, que usaba una erudición enjundiosa, que planteaba problemas insolubles, apareció el costumbrista, el de los relatos de pulpería, gauchos y cuchillos. Fue este último libro el que me decidió, el que me entregó a Borges (aunque no por lo costumbrista, sino a pesar de ello, más bien). Y llegaron después el Borges ensayista o el Borges poeta. O la yuxtaposición de los unos en los otros: relatos que son ensayos; poemas que son reflexiones filosóficas o estudios históricos o filológicos; conferencias novelescas… Las Mil y Una Noches junto a las &lt;em&gt;kenningar&lt;/em&gt;, el budismo y Nietzsche, Buenos Aires con Ginebra, Dante, Colleridge, Lugones…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De Borges es probablemente del único autor del que puedo preciarme de haber leído (casi) la totalidad de su obra (junto con Juan Rulfo, pero en este último caso no tiene tanto mérito). Tanto la propia como la producida en colaboración. Puede que, con ello, haya cometido pecado de redundancia si creemos la opinión de Rodríguez Monegal quien, a modo de justificación de la arbitrariedad de su selección (olvidando, al parecer, que toda selección es necesariamente arbitraria y no necesita, por tanto, justificación) afirma que cualquier corte de Borges, cualquier cata de su obra, contiene en sí mismo la totalidad de Borges. Parece recordar una de las imágenes de dios que recoge el propio Borges: una esfera infinita en la que cualquiera de sus puntos es su propio centro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero existe una imagen mejor de Borges, o su obra, en la propia obra de Borges: el monstruoso libro que es el objeto del relato “El libro de arena”. Un libro de infinitas hojas, sin principio ni fin, en el que es imposible volver a ojear la misma página una vez volteada. Tan vasto y tan profundo me parece su mundo, tantas las lecturas y sentidos que permite, que ningún texto es nunca el mismo que leí ayer (como yo tampoco soy exactamente la misma persona que fui ayer). Tampoco se agotarán, por tanto, las posibles lecturas futuras, distintas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Leer Borges es como escuchar Bach. Hubo un tiempo en que me sorprendió las escasísimas referencias musicales que se pueden hallar en sus escritos. La música es la gran ausente para Borges. Una explicación borgianamente plausible sería especular con que el uno sería, en realidad, el trasunto del otro. Todo lo que es Bach para la música, lo es Borges para la literatura. La &lt;em&gt;raepetitio ad infinitum &lt;/em&gt;del compositor, su búsqueda de dios en el orden perfecto de las notas, en las sutiles variaciones de las melodías, en el ritmo, el silencio, me recuerdan poderosamente la persistencia de los temas fundamentales de Borges a lo largo de sus libros, la elección de la palabra precisa forzando sutilmente su sentido más habitual… Borges no escribió sobre música, ni se interesó personalmente por ese arte jamás, porque sabía que Otro ya había colmado ese misterio insondable con el sonido. Bach no escribió nunca porque quizás intuyó que el Otro se encargaría de plasmarlo con palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También el Borges lector. El ex libris de Ossip es circular y sus límites los marca una cita de Borges: “Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído”. Borges afirmó en muchas ocasiones que prefería ser recordado como lector, no como escritor (aunque yo mantengo que se permitía caer en una impostura soberbia con ello: ¿Aspirar a ser recordado?). Umberto Eco confesó en una entrevista (que yo vi en una televisión en blanco y negro, un sábado por la mañana de hace veintiséis años) que pensaba en Borges cuando creó a Jorge, el monje ciego y psicópata de “El nombre de la Rosa”. No era necesaria esa sinceridad: una historia de libros, un texto repleto de citas auténticas y espurias, una biblioteca laberíntica… Al final del relato, Adso de Melk revisita, siendo ya un hombre maduro, las ruinas de la abadía que vio arder en su juventud y se encarama a los escombros que restan de la que fue su biblioteca. Allí, con peligro para su propia integridad, se dedica a recolectar folios sueltos, jirones, los fragmentos que el azar había conservado de aquellos libros. Después, a lo largo de su vida, cuando encuentra copias de esos libros, las atesora hasta llegar a conformar una pequeña biblioteca, imagen menor de la magnífica devastada, que sirvió, finalmente, de guía. Borges ha sido para mí, en muchas ocasiones, como esos restos, una indicación, un rastro que seguir hacia otros autores, otras lecturas. Lecturas contaminadas, en todo caso. ¿Cuántas veces me he sorprendido diciéndome “esto lo dice Borges” antes de caer en la cuenta que, en realidad, Borges citaba el texto que ahora leía yo, que leía, además, por indicación suya?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchas más palabras se pueden gastar para intentar aprehender qué es Borges (y muchas se han gastado, de hecho). Yo, en cambio, puedo reducir qué es Borges para mí en una sola: un laberinto. Ya no soy joven ni (espero) demasiado inocente, pero, cuando vuelvo a leerlo, me visitan de nuevo aquellas sensaciones que acompañaron mi primer encuentro con él. Aún en los pasajes más familiares y más queridos no puedo tener la seguridad de no hallar sorpresas inadvertidas hasta ese momento. No puedo evitar recordar al viejo Asterión, que jugaba a las visitas e iba mostrando su hogar a un huésped imposible y no siempre hallaba tras el recodo el lugar que esperaba y había anunciado. Como él, yo descubro cada vez nuevos rincones, vericuetos ocultos, luces y sombras diferentes. Transito por Borges después de tantos años y, después de tantos años, no me abandona aquella primera impresión esquiva. Algo se escapa. Mis ojos no son lo suficientemente avisados todavía. Los corredores y las salas, las escaleras de caracol y los sótanos de Borges siguen guardando y aguardando. Mío es el placer de calzar las sandalias y agotarlos de nuevo. Y sé que así seguirá siendo siempre en esa breve eternidad quimérica que es el futuro.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-1349560713690992513?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/1349560713690992513'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/1349560713690992513'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/04/borges-como-laberinto.html' title='Borges como laberinto'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-2754566771470241182</id><published>2009-04-20T15:22:00.001+01:00</published><updated>2009-04-25T09:08:15.137+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><title type='text'>Mimianna canta</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Ya todo es silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subrayado, que no roto por alguna tos esporádica. Cesaron los aplausos de bienvenida y la bella cacofonía de la orquesta afinando. He cumplido la explicación para Nenna y se ha calmado su impaciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Han pasado la búsqueda atroz de la sala y los problemas de logística; sus largos días de trabajo, de estudio, los ensayos, los disgustos. Atrás quedan los miedos y los nervios y el cansancio y las dudas y esa tristeza por un pasado que no fue, por la duda de que el futuro sea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y fuera quedan también mi propio cansancio, los problemas, el trabajo, mis dudas. El mundo y la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya todo es silencio y en la obscuridad radiante su figura y sus ojos. La sonrisa al director.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y todo se detiene.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mimianna canta.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-2754566771470241182?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/2754566771470241182'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/2754566771470241182'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/04/mimianna-canta.html' title='Mimianna canta'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-4826145330876234913</id><published>2009-04-07T14:46:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T09:07:59.179+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>¿Hojas secas en primavera?</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;“¡Que te compre quien te entienda!” es una exhortación que suelo dirigirme in pectore con una cierta asiduidad. Concretamente cada vez que sorprendo en mí una reacción, un estado de ánimo o unos pensamientos discordantes con los que se supondría lógicos en un momento dado. En mi descargo, debo añadir que, en la mayoría de los casos supone el inicio de una más o menos detenida consideración del asunto por mi parte y que, en muchas de las ocasiones, descubro que tales discordancias obedecen, en realidad, a otras razones quizás ocultas en primera instancia, pero tan lógicas en el fondo como las que más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo explico, porque llevaba unos cuantos días en venta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora que lo peor del maremagnum ha pasado, que la mayoría de las cajas han desaparecido y su contenido empieza a ocupar el que probablemente será su lugar en la nueva casa, me sorprendía sufriendo un fenómeno de sinestesia (gracias te sean dadas, Ossip, por iluminarnos). Evoco (o, mejor, invoco) un paseo flanqueado por castaños de Indias enormes. El sendero se adivina de tierra bajo las hojas rojas que lo cubren. Es otoño. Y esa imagen va unida a una sensación de final, de despedida, que siempre he asociado a esa estación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y no deja de ser paradójico. Ahora que (por fin) estamos iniciando un nuevo proyecto, que tenemos la prueba fehaciente de ello en estas estancias que nos acogen y empiezan a sernos familiares, en las pequeñas rutinas que vamos instaurando. Ahora que es primavera. No deja de extrañar (en cualquiera de las acepciones del verbo) que no sea una sensación de renacimiento la que me acompañe. O no siempre. Ahora que nuestros libros y nuestros discos, nuestros cuadros, algunos muebles nos vuelven a acompañar…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;O quizás sea eso. Porque esos son los libros, los cuadros y los muebles que nos acompañaban en la vieja casa. Y mientras estuvieron ocultos, mientras vivimos de prestado, como entre dos aguas, permanecieron callados. Pero ahora (re)ubicados en este nuevo espacio parecen expresar, hacer patente lo que sé, pero no sentía: que el éxodo ha acabado. Una de las sentencias que me temo que Nenna recordará de mí reza así: todo lo que empieza debe acabar (aunque espero que no sea lo único ni principal que recuerde de mí). Todo debe acabar para que empiece algo nuevo, añado. Cada objeto, cada costumbre retomada no hacen más que señalar que la casa vieja realmente se acabó. Ahora es obvio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y no hay nostalgia (o no mucha), solo constato un hecho. Y, de paso, me vuelvo a (auto)comprar, que no es poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque, además, queda mucho por hacer, mucho que vivir para llenar esta casa que todavía llamo nueva y que (probablemente) será la primera que recordará mi hija. Para que ella la llegue a llamar simple y llanamente la casa.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-4826145330876234913?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/4826145330876234913'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/4826145330876234913'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/04/hojas-secas-en-primavera.html' title='¿Hojas secas en primavera?'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-6609689175464797935</id><published>2009-03-23T18:34:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T09:07:43.666+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>La raza de los felices</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;De él tan solo conozco su nombre, una vaga noticia de su vida y su muerte temprana y un poema. Es, desde luego, poca cosa, un bagaje muy parco. Normalmente debería haber caído en mi olvido, sepultado por otras muchas lecturas (y por mi cada vez peor memoria). No fue así. Al contrario: una osada afirmación a caballo entre dos versos del poema “A los neuróticos”, de Jorge Folch, me acompaña desde que lo leí por primera vez:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“&lt;strong&gt;Superviviente soy de la patricia&lt;br /&gt;raza de los felices; …&lt;/strong&gt;”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era y es una declaración osada. Porque osadía parece que alguien se atreva a proclamarse feliz. Y no solo en nuestra época, en la que posmodernismos mal entendidos y estéticas de malditismos idolatrados irrogan un halo de atracción e incluso de belleza, de inteligencia, a la desdicha, a la tristeza, mientras que parece equiparar la felicidad a la estulticia. Ya Montaigne, tan pronto como en su segundo ensayo, denuncia la sobrevaloración del posado triste, de ese sentimiento, frente al alegre, que se toma por frívolo y poco adecuado para caballeros de noble cuna y altas miras y, con todo, él se quiere tan ajeno como sea posible a la tristeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo, como Folch y Montaigne, quiero cometer la osadía no solo de declararme feliz, sino de intentar serlo con todas mis fuerzas, con toda mi vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Camus considera que el hombre moderno se engaña al atribuirse a sí mismo el mérito de su felicidad. “&lt;strong&gt;El corazón humano tiene una enojosa tendencia a llamar destino solamente a lo que lo aplasta. Pero también la felicidad, a su manera, carece de razón, pues es inevitable&lt;/strong&gt;”, afirma. Es una visión trágica y determinista de la existencia, marcada por el devenir de los acontecimientos, sobre el que no podemos influir en ningún sentido. Y nada podemos hacer, aparentemente, para provocarlos o evitarlos. Lo que haya de suceder, sucederá. La felicidad o infelicidad es, si mantenemos el argumento, una consecuencia objetiva de los hechos externos a nosotros, que acontecen a nuestro alrededor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo no comparto su parecer (y lo siento, con lo mucho que me gusta su literatura, su independencia, su honestidad). Indiscutiblemente no está en nuestras manos que las circunstancias que envuelven nuestras vidas sean exactamente las que consideramos ideales para ser felices o, por el contrario, nos acontezcan hechos penosos. De hecho, la vida no solo es una sucesión de hechos afortunados y tristes, sino que normalmente es una mezcla continuada de unos y otros. En mayor o menor grado, en diferente proporción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí nos pertenece, en cambio, la capacidad de modular nuestra vivencia, nuestra experiencia, cómo afrontamos los acontecimientos que nos acometen. Y ahí es donde disiento de mi querido francés. La felicidad y la tristeza son sensaciones. Son, por definición, impresiones subjetivas, una interpretación de la realidad externa. Pertenecen a esa otra realidad que es nuestra consciencia, la única realidad que existe para cada cual. A excepción de situaciones de extremo dolor (la muerte de un ser querido, no se me ocurre ninguna peor) en que nadie (en su sano juicio) puede encontrar ningún motivo de alegría, siempre es posible encontrar esas trazas, el rastro de la felicidad. Si lo que nos va ocurriendo es una mezcla desigual de hechos “objetivamente” positivos y negativos, de nosotros puede depender el esfuerzo de ahondar en lo que de positivo haya, de relativizar lo que de negativo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Juan Villoro cita a Claudio Magris quien, al comentar un personaje de una novela de Italo Svevo afirma que “&lt;strong&gt;el dolor más intenso no es la infelicidad, sino la incapacidad de tender a la felicidad&lt;/strong&gt;”. Somos, pues y en cierta medida, responsables de nuestra felicidad: es nuestro el mérito de ser felices o el demérito de la tristeza. Y así lo vivo, como una tarea vital. Vivir es, para mí, buscar la felicidad, pero no en un futuro quimérico, sino en ese presente tozudo que nos envuelve siempre. Es una actitud consciente, casi una tarea que me he de imponer en ocasiones, ésa de tender a la felicidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, en ocasiones, las circunstancias nos relevan de la responsabilidad de ser felices.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como estos días en que mis libros vuelven a saludarme desde un orden que recuerda (pero modifica) aquel de la vieja librería; en que Nenna vigila el nacimiento de los brotes del pequeño rosal que le hemos comprado, para la terraza. Estos días en que Mimianna y yo volvemos a dormir bajo un techo nuevo y nuestro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es fácil ser feliz ahora, que hemos vuelto a un nuevo hogar.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-6609689175464797935?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6609689175464797935'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6609689175464797935'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/03/la-raza-de-los-felices.html' title='La raza de los felices'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-4623321829738841197</id><published>2009-03-15T22:22:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T09:07:28.116+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>That is the question</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;¡Qué ser ni que dejar de ser! ¡Qué, el tiempo, su paso o la memoria! ¡Qué melancolías, coincidencias, poemas desaparecidos, soñados u olvidados! ¡Qué variaciones ni suites ni canciones! ¡Qué Bach, Marías, Cortázar o el mismísimo Borges bendito! ¡Qué laberintos ni éxodos ni hebras ni zarandajas!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo realmente importante, lo vital, lo primero primerísimo de cualquier lista de prioridades es averiguar cómo conseguir subir al segundo piso un sofá de (exactamente) doscientos treinta y dos centímetros, de largo, cuarenta y ocho, de alto, y setenta y uno con cinco, de ancho, por una escalera de caracol de apenas metro y medio de diámetro, impenetrabilidad de la materia mediante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(O peor: cómo conseguir desencajar el maldito sofá del maldito tercer peldaño de la maldita escalera y permitir que Mimianna baje aquí a pegarme por cabezota).&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-4623321829738841197?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/4623321829738841197'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/4623321829738841197'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/03/that-is-question.html' title='That is the question'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-6721192169526929612</id><published>2009-03-02T13:25:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T09:07:08.973+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Ser y querer seguir siendo</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;No recuerdo porqué, pero sé que estoy debiéndole una elección a Vagalume desde hace meses. Desde nuestros principios prácticamente. No recuerdo porqué (y sería tan farragoso como inútil averiguarlo) me comprometí a decirle cuál de los sonetos de Quevedo era mi favorito. A escoger, por tanto, uno como favorito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Han pasado los meses y no he cumplido ese compromiso, pero me he ocupado de ello. Sé que la Real Academia de la Lengua no incluye “revisitar” entre las miríadas de verbos que recoge su diccionario. Sé que es un anglicismo probablemente inútil e innecesario. Pero a mí me es querido y lo uso porque añade un matiz importante a otras palabras equiparables: recordar, rememorar, revivir, evocar… Revisitar, para mí, suma a la memoria, a la evocación, un viso de lejanía, de ausencia, de lo que podríamos considerar “estar de visita” en el pasado. Aunque sea el propio pasado. Ése es el sentido que otorgo al título de uno de mis libros más releídos: “&lt;em&gt;Brideshead Revisited, the Sacred and Profane Memories of Captain Charles Ryder&lt;/em&gt;”, de Evelyn Waugh.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pues bien, el cumplimiento de mi deuda con Vagalume me ha obligado, a lo largo de todo este tiempo, a dos placeres: revisitar los sonetos quevedianos y el invierno y la primavera de mis quince años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el segundo curso de bachillerato, Ossip, ‘Daam y yo coincidimos con un espécimen de profesor algo común en aquella institución de enseñanza: de los que se pasaban el programa por el arco del triunfo. No recuerdo su nombre, pero sí sus clases de literatura. Y toda la materia que estudiamos aquel año. Las “Coplas a la muerte de su padre”, de Manrique, durante el primer trimestre. Los sonetos de Quevedo, durante el segundo y tercero. Nada más (ni nada menos). El procedimiento era el siguiente: el primer día de clase de la semana nos encargaba el ejemplar que debía ser diseccionado. El siguiente hablaba de generalidades, reflexionaba en voz alta, divagaba sobre cualquier cosa o jugábamos a las etimologías: dado el sentido de las palabras de origen, explicitar el significado de la actual (antológica la respuesta de Olga: “antipirético”, del latín &lt;em&gt;anti&lt;/em&gt;, contra, y el griego &lt;em&gt;piros&lt;/em&gt;, fuego: bombero). El tercero y último día de la semana, procedía a valorar los resultados de nuestras disecciones (también conocidas como comentarios de texto) en una especie de foro en el que todos participábamos (y que, milagrosamente, no recuerdo como un guirigay).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El curso fue largo e ignoro si llegamos a estudiar todos los sonetos (porque ignoro cuántos escribió), pero seguro que cerca le anduvimos. Cualquiera consideraría aquel método como el ideal para echar a perder a toda una generación de futuros lectores de Quevedo. Creo que era Dámaso Alonso quien afirmaba que a los clásicos hay que llegar a una edad madura, con un cierto bagaje vital a la espalda para no agostarlos. Lo más lógico es que mis compañeros y yo hubiéramos quedado hastiados del maldito escritor. Pero mi profesor era mucho profesor e introdujo un elemento imprevisto, un acicate: la competencia. No entre los alumnos, sino con el autor. Se trataba de extraer el máximo de figuras retóricas del texto, el mayor número de sentidos, de lecturas… Entre nosotros manteníamos (y mantenemos) la convicción de que el de las antiparras no era consciente de haber depositado la mitad de los hallazgos que realizábamos entre sus palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y Quevedo se nos hizo nuestro. O sus sonetos, al menos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me ha sorprendido la dificultad de elegir uno, por tanto. De hecho, no creo en esas listas de los más mejores, del uno al cien, por orden… No es realmente necesario, ni real. A mí me gustan muchos de los sonetos de Quevedo, muchos de los libros que he leído, muchos de los días que he vivido. Solo me comprometería a definirme en una lista que pudiese incluir un solo elemento. Es Nenna la hija que más quiero (solo tengo una, claro).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero debo elegir uno. (¿Debo? Sí, porque a Vagalume se lo debo, que diría un alejandrino con epanadiplosis incluida (y que no es un egipcio con una enfermedad rara, conste)).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué criterio seguir? El meramente estético, tratándose de quien se trata me parece pobre. Por el tema, quizás. Pero no satíricos (que no son los que más me gustan). No de Carpe diem (tan banalizado como el pobre Walt Whitman, gracias a aquella terrible película, que tanto me gustó, que titularon aquí “El Club de los Poetas Muertos”). ¿De amor? ¿Políticos?.. Subjetivo, en cualquier caso, como cualquier elección.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subjetivo. Por eso “¡Ah de la vida!.. ¿Nadie me responde?”. Aunque sea un poema triste y desesperanzado. O porque es triste y desesperanzado. Por su primer terceto. Por el último de los versos de ese terceto. Porque describe magistralmente el cansancio de vivir, de ser: “&lt;strong&gt;soy un fue, y un será y un es cansado&lt;/strong&gt;”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque es la antítesis perfecta, el negativo, de lo que deseo que me ocurra a mí. Se alza como un faro que marca bajíos peligrosos, una señal de atención para que no olvide el peligro, lo que quiero evitar. Ya que, por mucho que viva (y espero vivir mucho) no quiero llegar a cansarme de ser, de seguir siendo. Ni que me gane la tristeza y la desesperanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;“¡Ah de la vida!.. ¿Nadie me responde?&lt;br /&gt;¡Aquí de los antaños que he vivido!&lt;br /&gt;La Fortuna mis tiempos ha mordido;&lt;br /&gt;Las Horas mi locura esconde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Que sin poder saber cómo ni adónde,&lt;br /&gt;La salud y la edad hayan huido!&lt;br /&gt;Falta la vida, asiste lo vivido,&lt;br /&gt;Y no hay calamidad que no me ronde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ayer se fue; mañana no ha llegado;&lt;br /&gt;Hoy se está yendo sin parar un punto;&lt;br /&gt;Soy un fue, y un será y un es cansado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el hoy y mañana y ayer, junto&lt;br /&gt;Pañales y mortaja, y he quedado&lt;br /&gt;Presentes sucesiones de difuntos.”&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-6721192169526929612?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6721192169526929612'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6721192169526929612'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/03/ser-y-querer-seguir-siendo.html' title='Ser y querer seguir siendo'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-3909828900340428662</id><published>2009-02-23T20:07:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T09:06:50.026+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>Un mono</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Yo tengo mis cosas. Es tan sabido como indiscutible. Hay quien, en el colmo de la desfachatez, no duda en incluirme en el selecto grupo de los raritos. Siempre he tenido esas opiniones como simplemente espurias, propias de correveidiles rastreros, de almas desagradecidas (de esas de las que está el mundo lleno, vamos).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta hoy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una llamada de una (casi) desconocida. Y mi reacción a sus palabras. Y ese espíritu mío introspectivo tan alerta siempre, que tanto me caracteriza, que tanto me empuja (maleducadamente en las más de las ocasiones) al análisis, a la pregunta, al que no se le pasa una. Y la alarma. &lt;em&gt;Achtung!, Warning!&lt;/em&gt; ¡Ojo! Que las palabras y la reacción, así a primeras, no concuerdan. Ni a segundas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A no ser, claro está, que los embustes sobre mis cosas conserven un poso de algo parecido a la verdad. Tenue, quizás, pero turbio. A no ser que sea cierto que algo de rareza empañe mis actos, mis pensamientos. ¡Ay! (me he dicho).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque, si no ¿Cómo explicar ese sentimiento de libertad, de propia afirmación, de horizontes abiertos ante la noticia de que nos conceden otra hipoteca (la tercera con todo lo que supone y con la que está cayendo)? ¿A qué esa sonrisa? ¿Esa sensación de así-es-como-debe-ser?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una desviación rarita, ya digo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;O quizás no tan desviada, no tan rarita y sí algo relacionado con cuidar a uno de mis propios monos. Uno que he elegido, con sus manías y sus consecuencias, pero mío. Aunque cueste un potosí (el condenado).&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-3909828900340428662?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/3909828900340428662'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/3909828900340428662'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/02/un-mono.html' title='Un mono'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-561374902825768410</id><published>2009-02-16T22:20:00.001+01:00</published><updated>2009-04-25T09:06:35.223+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>Al hilo de las marionetas</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Al comienzo de la Schwarzstrasse, a la espalda del Bastiongarten, en Salzburg, se alza un edificio de fachada agrisada por el hollín del tráfico. Los grandes ventanales verticales cegados por carteles publicitando horarios y programas y funciones. El amplio portal protegido por una escalinata y una marquesina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es la sede del Salzburg Marionetten Theatre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lugar donde Nenna asistió por primera vez a una representación de ópera. Dónde conoció a Pamina y Tamino y la Reina Obscura (que es como llama a la Reina de la Noche). Y a (su) Papageno. Allí dónde lloró desconsolada cuando acabó la música y se hizo la luz y desaparecieron las marionetas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el lugar donde compré la grabación de la Flauta Mágica que acompañó su primerísima infancia (obsesivamente, en muchas ocasiones). Hasta que desapareció en el maremagnum de cajas en que se convirtió nuestra vida cuando abandonamos la que fue nuestra ciudad. Porque, aunque buscamos otras grabaciones y le insistíamos en que aquél también era Sarastro o Monóstatos, no eran los suyos. No aceptaba esos impostores: movían la boca. Y no tenían hilos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ha pasado (está pasando) tanto tiempo con nuestras vidas estibadas en cajas obscuras, que Nenna ya ha ido aprendiendo que aquellas eran marionetas, que las versiones que le proponemos también son verdaderas (todo lo que lo puede ser una ópera). Hasta habíamos creído que lo creía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta hoy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Que estamos preparando el traslado definitivo. Que, de alguna manera, la ilusión vuelve a cosquillear. Que, de una caja que creíamos en otra parte ha surgido la carátula con la mueca socarrona de un Papageno de cartón piedra y, en su interior, el disco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta hoy que he llegado antes y me esperaba para darme una sorpresa. Y nos hemos sentado en un sofá que no es nuestro. Nenna desmadejada en mi regazo, mi mano entre las suyas. Y su uñita chascando suavemente el borde de la de mi pulgar. Un gesto que había olvidado. De cuando nos tumbábamos en aquel sí nuestro sofá a disfrutar de nuevo de Mozart y la memoria de Salzburg nos visitaba al hilo de las marionetas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al hilo de las marionetas nos visitará también el recuerdo de aquel hogar pasado. La felicidad del hogar inminente.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-561374902825768410?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/561374902825768410'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/561374902825768410'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/02/al-hilo-de-las-marionetas.html' title='Al hilo de las marionetas'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-2849782238184529884</id><published>2009-02-07T09:50:00.004+01:00</published><updated>2009-04-25T09:06:17.513+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>Out by the Cape</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Desde hace muchos años, Ossip y yo mantenemos un pequeño ritual para brindar en determinadas ocasiones. Nada aparatoso: sencillamente, quien haya escanciado clava sus ojos en los del otro y alzando su copa exclama: “&lt;em&gt;Out by the Cape!&lt;/em&gt;”, a lo que debe responderse (con la misma intensidad en la mirada y en el tono, eso sí) “&lt;em&gt;Home by the Horne!&lt;/em&gt;”. Acto seguido un pequeño trago, que la fórmula está reservada a espiritosos de tan alta calidad como graduación y ambos somos conscientes de nuestras limitaciones al respecto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Out by the Cape, home by the Horne.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mí me gusta especialmente este brindis. Por su eufonía que, de cierta manera, me parece tan rudamente adecuada para recrear el espíritu de los marinos que circunnavegaban la Tierra a vela en frágiles navíos de madera; que evoca el crujido de las maromas, el ulular de la galerna, el vaivén de las páginas de Melville, Defoe o Stevenson. También porque indefectiblemente preludia una larga singladura por la conversación de Ossip y eso (junto con los licores que calientan los cuencos de nuestras manos y algún otro privilegio) es uno de los mayores placeres que existen. Y por una pequeña tristeza que quiero adivinar en los ojos de los lobos de mar que debían invocarlo en el pasado. Porque, aun sabiéndolo, expresa un deseo imposible: la vuelta al hogar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El retorno tras una larga ausencia es una quimera y así lo debían saber aquellos marinos que partían para viajes de varios años. Nada aseguraba que quienes les despedían en los muelles estarían allí para recibirlos de nuevo; que las plazas, los árboles, el paisaje coincidirían con la memoria que de ellos se llevaban. En realidad era seguro que el mundo que conocían, el hogar que abandonaban, habría desaparecido a su regreso. Si sobrevivían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no es solo eso, ni lo más importante. Si por un capricho juguetón de los dioses Ulises, al volver, hubiese pisado exactamente la misma arena de la playa de Itaca desde la que había partido tanto tiempo atrás, si Penélope no hubiese comenzado a tejer el primer tapiz, Telémaco fuese todavía un bebé, los salones ordenados tal y cómo los dejó, si revisitase su pasado, ni aun así Ulises podría volver. Porque ya no sería el joven rey que dejó su isla, porque sobre sus espaldas llevaría el peso de la guerra de los hombres, del canto de las sirenas, el conocimiento, la edad, el recuerdo de la despedida… Su mirada sería distinta. Él sería otro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como Ulises, nosotros también partimos continuamente para no volver nunca más. Desde nuestro nacimiento. Cada día. Pero no es hasta que debemos afrontar una separación que reparamos en ello. Es el gesto de la despedida el que rasga el velo. Lo que hasta entonces había sido ya no será nunca más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La maldición de los emigrantes y los exilados no es únicamente la separación de su hogar, de sus seres queridos. El auténtico drama es la desaparición de aquel que fue su mundo, el que permanece en su memoria pero ya no es y cada vez irá siéndolo menos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“&lt;em&gt;Valentine Heart&lt;/em&gt;” es una canción de Tanita Tikaram que, como el brindis, me gusta especialmente. El acompañamiento instrumental está a cargo de un piano, chelos y violines, empeñados en un obstinado bajo continuo, que solo rompen las cuerdas para envolver la voz que canta (pero, como diría Borges, esto hay que oirlo):&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;“I want to see you!&lt;br /&gt;It’s so simple and plane&lt;br /&gt;But I’ll come back and see you again”&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;como uno de esos propósitos que nos hacemos sabiendo que nunca cumpliremos, que nunca podremos cumplir. Es una pequeña canción triste y bella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como la mirada de los viejos navegantes, de los náufragos, de los emigrantes, los exilados. Como la de aquellos que, en algún momento, tuvimos que despedirnos, mirar atrás y descubrir que hace mucho que zarpamos hacia el Cabo.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-2849782238184529884?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/2849782238184529884'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/2849782238184529884'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/02/gone-by-cape.html' title='Out by the Cape'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-765763663894257858</id><published>2009-01-06T21:04:00.001+01:00</published><updated>2009-04-25T09:06:03.538+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='crónicas'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>Newgrange</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Cuando el tiempo ya se cumplía y acababan los días y las distancias, las reuniones, las bienvenidas y las despedidas, los hartazgos, el exceso y las aglomeraciones, Mimianna y yo nos sentábamos en el sofá de casa, descorchábamos una botella y, cada noche de cada cinco de enero escribíamos nuestra carta a los reyes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A solas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era, por supuesto, una carta petitoria, pero evitábamos caer en la ingenuidad. Nada de que nos tocase la lotería o que se solucionasen los problemas por arte de birlibirloque. Nada de cambiar el coche. Nada, en realidad, de deseos, pues no creíamos en su cumplimiento. Sí propósitos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más tiempo. Más cariño. Que nos comprendamos allá donde disentimos. Mayor esfuerzo. Más risas. Un hogar. Un camino (común pero distinto). Aprender. Conocernos, encontrarnos, ubicarnos (y reconocernos, reencontrarnos, reubicarnos). Seguir amándonos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego poníamos nuestros mejores zapatos frente al balcón, con un poco de comida y de bebida. Y la carta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y, a solas, nos íbamos a nuestra habitación a descansar. Las luces de Navidad apagadas. Sin adornos la casa. Pero sabiendo que quien despertara a medianoche (esa medianoche) sorprendería una sonrisa esperanzada en la quieta respiración cercana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde tiempos inmemoriales, desde que convivimos, éste ha sido nuestro auténtico rito de inicio del año. Nuestro Newgrange particular.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta anoche. Que no tenemos (todavía) sofá, ni copa, ni casa. Ni espacio. Ni tuvimos carta: la dejamos pendiente para ese tiempo imposible que es el futuro. Aunque habría sido breve y, por una vez, con un simple deseo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Que llegue ese futuro (como lo imaginamos).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Tal vez esta hebra y la ilusión de Nenna esta mañana compensen. De alguna manera)&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-765763663894257858?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/765763663894257858'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/765763663894257858'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/01/newgrange.html' title='Newgrange'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-5800505982666378134</id><published>2008-12-20T09:07:00.005+01:00</published><updated>2009-04-25T09:05:39.718+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Una aproximación a la Navidad (que se aproxima)</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;A Chales Dickens indudablemente le gustaba la Navidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y no solo porque llegara a escribir cinco libros y una veintena de cuentos de temática navideña, lo que podría considerarse una (sobre)explotación de un filón editorial que él mismo creó, sino porque su propia visión de la vida estaba impregnada de lo que podríamos calificar de una filosofía navideña.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca la llegó a elaborar de manera precisa y orgánica (Dickens era básicamente un novelista (de éxito) y no un filósofo) y consistía más en el deseo de hacer prevalecer el espíritu navideño a lo largo de todo el año, que en un corpus doctrinal. Quería que los sentimientos de bondad, solidaridad, esa cierta ternura que envolvían los últimos días de diciembre, se convirtieran en lo habitual en la humanidad. Este deseo, esta filosofía, aunque quedó reflejada en algunos ensayos y artículos periodísticos, en realidad se percibe más como un bajo continuo a lo largo de su obra de ficción no relacionada directamente con la Navidad. La manera en que trata a los más débiles, la comprensión y el respeto hacia sus propios personajes, la dignidad con que los irroga, más cuanto más humildes…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La infancia de Dickens no fue sencilla. Hijo de una familia pequeño-burguesa caída en bancarrota, se vio obligado a trabajar de niño en la Inglaterra de la primera industrialización, mientras su padre se hallaba en prisión por deudas. Sufrió, por tanto, toda la virulencia de una sociedad injusta, cruel e hipócrita como fue la victoriana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por ello sorprende que, según le describe su amigo y primer biógrafo John Forster, fuera un hombre jovial e irónico, dado al requiebro y la risa y que, como señala Marías, tenía tendencia a sentarse en las sillas al revés, de horcajadas, con los codos sobre el respaldo. Y, sobre todo y con todo, sorprende que en su obra se respire una fe en la bondad natural del hombre, tal y como se le aparecía en Navidad, incluso cuando denuncia las injusticias o retrata el dolor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue el autor de lo que algunos consideran el mito navideño gracias al celebérrimo “&lt;em&gt;A Christmas Carol&lt;/em&gt;” y, dicho está, escribió mucho más sobre la Navidad, pero mi cuento favorito se halla escondido en su libro favorito mío. Cada año por estas fechas busco mi grueso “&lt;em&gt;The Pickwick Papers&lt;/em&gt;” y busco el capítulo 28. Y allí, con auténtico placer, no solo me reencuentro con el entrañable y bonachón Mr. Pickiwck y sus desbaratados compañeros, sino con una auténtica reunión navideña a la antigua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y es que a mí me pasa como a Dickens: que me gusta la Navidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la antigua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como fueron durante muchos años las Nochebuenas de mi infancia. La noche del veinticuatro se reunían todos los hermanos de Abu. Nosotros veníamos de lejos (entre doce y catorce horas de coche, con los coches y las carreteras de entonces) y solíamos llegar algo antes, así que íbamos recibiendo a mis tíos y mis primos conforme iban llegando a la finca. Porque nos reuníamos en El Bosque, que es la heredad de uno de mis tíos: tierras de cultivo sin más árbol que un eucalipto gigantesco entre la era y el aljibe. Y un caserón enorme, capaz de albergar la sesentena larga de familiares que nos reuníamos. Recuerdo las mesas tendidas en dos salones contiguos, el alboroto, los rollos mojados en café con leche de cabra. Y las canciones. Cape y yo éramos los más pequeños de todos los primos (casi todas primas, todas en colegios de monjas inmediatamente post-conciliares, todas con guitarras), pero, a los postres, nos dejaban participar en una especie de representación teatral que ofrecíamos a los mayores y que, aunque cambiaba cada año, siempre acababa con un largo repaso del repertorio de villancicos. Y al día siguiente esperaba el desayuno de chocolate a la taza y, después, el cocido de pelotas y las mantecadas…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y a mí me gusta el olor a té de Navidad de la casa de Tanta y las luces pequeñas y los villancicos de Bing Crosby y desear felicidad a quienes quiero… Y me emociona la ilusión de Nenna cuando descubrió el otro día que ya había llegado el tronco de Navidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esta época de descreimiento (y soy apóstol de esa fe), a pesar del consumismo, las aglomeraciones, las reuniones (ineludibles) con los cuñados, la exageración o la ñoñería, mantengo que es bueno seguir el ejemplo de Dickens y continuar creyendo en el fondo de la Navidad, en la existencia, en alguna parte, de la bondad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque sea sin bajar la guardia.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-5800505982666378134?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/5800505982666378134'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/5800505982666378134'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/12/una-aproximacin-la-navidad-que-se.html' title='Una aproximación a la Navidad (que se aproxima)'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-3566685314738454917</id><published>2008-12-05T07:00:00.003+01:00</published><updated>2009-04-25T09:05:20.521+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Más que un encargo, una joda</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Eso es lo que pensé cuando Ferragutto me propuso el asunto. Demasiado sencillo para buscar a alguien de la reputación y el caché de uno. ¡Miau!, me dije. Pero Ferragutto es un tipo tan serio como un saco de enterrador y no me iba a decir una macana. Además, en aquellos días yo iba debiéndole algo al guapo de la barra de El Quince y, sabido es que los apuros nunca vienen solos, me habían llegado noticias de que el insigne inquisidor Don Isidro Parodi se había encaprichado con un incidente en el que algo había tenido que ver quien suscribe. La solución a la ecuación era sencilla: la plata y la distancia me venían como anillo. Asentí sin separar la bombilla de los labios. Ferragutto gruñó al alargarme el sobre con los billetes y los nombres. Y las tarjetas. Cinco, pequeñas y cuadradas. Con un laberinto redondo pintado en negro, como un ovillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Del viaje no recuerdo más nada que las piernas de la mina del avión porque no se dio nada mejor que recordar. Pero, una vez en la metrópoli, me puse a laburar a full. Soy un profesional meticuloso, casi un artista, me atrevería a afirmar sin faltar a la modestia, así que me di unos días de estudio y entrenamiento. En la soledad del cuartucho de la pensión interioricé caras y costumbres hasta hacerlos íntimos a aquellos desconocidos. También me procuré una pelota y recordé los tiempos en que fui el mejor lateral izquierdo sobre el pasto de las canchas de la provincia; tan bueno era, me creerás, que el Independiente me hacía proposiciones y, si no hubiese sido por aquella visita tan forzosa como inoportuna a los Servicios Penitenciarios, aquí estaría ahora explicándote.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así pasaron los primeros días, hasta sumar dos semanas, que el tiempo vuela y, si veinte años no es nada, me aliviarás de la obligación de explicar con qué rapidez. El caso, y a lo que voy, es que el siguiente martes pasé a la acción. Había decidido principiar por el capo, que no fuera que, en caso contrario, se las viera venir. Así que lo esperé frente al edificio de la Municipalidad. Hacía ya rato que dieron las once cuando lo vi aparecer caminando desde el estacionamiento. Inconfundible su cara de merluza. De merluza tonta, para mayor redundancia. Y sin un mero acompañante, sin protección, repugnantemente fácil. Lo dejé pasar, sabía que no tendría que esperar demasiado a que terminara la jornada. El tiempo justo para un trabajito manual de sabotaje básico. No daban las doce que ya habíamos terminado. Los dos. No se percató de que lo seguí hasta el auto, ni que esperé a que le fallara el arranque, encendiendo un pucho con lo que quedaba del anterior, ni que me situé a su espalda cuando abrió el capot y se asomó al motor. Separando las piernas, claro. Era la primera vez que empleaba la técnica, tenés que entender, y podría ser que se me fuera la mano. O el pie. El caso es que el tipo hizo un ruido raro, como cuando prensás gofio. ¿Nunca prensaste gofio? Pero sabés qué cosa es el gofio, ¿no? ¡Pues imaginate que lo prensás, che! ¡Si me interrumpís no terminamos más! Hizo ese ruido y se me desinfló encima del zapato, como un títere al que le hubieran cortado los piolines. Boqueaba como una merluza fuera del agua, el señor concejal de urbanismo, cuando le dejé la tarjetita en el bolsillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No permití que se enfriara el ambiente, que luego agarrás los resfríos, y me llegué a la oficina del siguiente de la lista. Otro piantado sin más protección que una secretaria vieja y desagradable, aunque muy adecuada para trabajar en el fisco. No tenía previsto quedarme mucho tiempo en el país, así que me permití una licencia en esa regla sagrada de la profesión que reza: no dejés testigos. ¡Ni medio comentario, pibe, ni medio! La vieja entró justo cuando culminaba, con el interfecto a horcajadas sobre el cuero y los ojos desorbitados, como si tuvieran que dejar espacio a lo que ascendía, y con un gemido sin fuerza. Tuve que salir de corrida y por poco me dejo la tarjeta. Se la tiré a la cara a la momia. La del recaudador no había tocado todavía el piso cuando yo ya llegaba a la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tuve que imponerme un parón de un par de días, los justos para reponerme de la sobrecarga muscular. Uno ya tiene una edad, qué querés. Y eso me complicó algo la operativa. Pocas noticias en la canícula del verano y dos ataques tan singulares llamaron demasiado la atención de los rotativos, tan dados a la hipérbole y el melodrama. Aunque te confesaré que me halagó el apelativo con el que me bautizaron: El Pateador del Laberinto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la mañana del tercer día volví, como Cristo. Y el tercero fue el más difícil de localizar. No porque, alertado por la fama que me precedía, temiese mi actuación, no. Lo que pasaba era que el tipo no comparecía en la oficina, ni en las obras que se suponía que dirigía, ni en la sede del colegio profesional. Menudo, el arquitecto. Empezaba a desesperar, te seré sincero, cuando se me ocurrió cambiar totalmente la estrategia. Casi grité eureka, si me entendés. ¿No? No sé, es griego o árabe, creo. ¿Qué querés, que te traduzca? ¿Qué tenés en la cabeza? ¿Moco? Dejate de tocar las pelotas y escuchá, che. El caso, y a lo que voy, es que me fui para el club de golf. Y allí estaba, ‘ta claro, con sus bombachudos a cuadros y un pulóver rosa y amarillo. Casi tuve que cerrar los ojos ante la policromía, cuando me acerqué. Y el hombre todavía me sonrío. Y siguió sonriendo, pero con unas lágrimas como puños cayendo por las mejillas después de mi gesto, cada vez más preciso, que la práctica es lo que da, precisión. Le dejé la tarjetita en la cinta de la visera verde pistacho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En cambio, el albañil fue el de encuentro más sencillo. No tuve más que esperarlo a la salida del bar de siempre. La ejecución, empero, fue la menos limpia. Ya costó que enfocara la tarjetita que le ofrecí para que se parara y, desde luego, no ayudó en lo más mínimo ese vaivén, esa falta de verticalidad del tipo. Tuve que repetir para que reaccionara, para superar la dosis de anestesiante que cargaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya llegaba al final del trabajo. Solo me quedaba una tarjeta. Preparé la valija y cerré los trámites del retorno. El último objetivo me agarraba de camino. Un local en el centro. No más una pibita. Le pregunté por el tal Álex. Y allí llegó ese momento de desconcierto que, tarde o temprano, siempre nos pierde. ¡Álex era ella! ¡Quedé consternado, che! Lo aprovechó, la condenada, y antes de que supiera qué pasaba tenía encima a aquellos gorilas. Me llevaron preso… Sí, pibe, fallé. Pero decí ¿Cómo hacés para acertar una patada en las pelotas a una decoradora?&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-3566685314738454917?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/3566685314738454917'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/3566685314738454917'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/12/ms-que-un-encargo-una-joda.html' title='Más que un encargo, una joda'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-8407242030656052468</id><published>2008-11-28T09:05:00.003+01:00</published><updated>2009-04-25T09:05:03.751+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='crónicas'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>In memoriam. Contra la melancolía (3)</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Iñaki murió dos días después de cumplir veinte años. Había sido mi amigo de la infancia. Durante ese tiempo eterno que abarca de los cuatro a los trece años, nos hicimos cargo mutuamente, sin advertirlo, de parte de nuestras vidas; la que quedaba fuera de casa, de los padres, de la familia. La más dura. La del colegio, los profesores, los otros niños. Él era un niño de acción, atlético, inteligente y risueño. Lo recuerdo siempre sonriendo a Iñaki. Con todo el rostro, generosamente, pero especialmente con los ojos. Sus ojos claros parecían intuir la sonrisa antes de que se dibujara en los labios y en ellos parecía perpetuarse, como un regusto, cuando ya había acabado. Le recuerdo una sonrisa bonita a Iñaki. Y era tal la sucesión de sonrisas y (aun) risas, que sus ojos parecían sonreír siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Excepto cuando enfrentaba una injusticia. Entonces dirigía su mirada acerada al injusto, dispuesto a poner fin a la felonía de que se tratase, sin calcular jamás sus posibilidades de éxito, el tamaño o el poder del contrincante. Porque en eso Iñaki era quijotesco. Se empeñó siempre en proteger a los más débiles de sus compañeros, jamás utilizó su fuerza o inteligencia contra alguien con menos recursos que él. También por eso, quizás, fuimos amigos. Porque él hallaba un cierto encanto galante en protegerme (a mí, que me sabía débil de fuerzas), pero sin subordinaciones. Él gustaba de decir que admiraba en mí mis ideas (y, a qué negarlo, a mí me gustaba oírlo).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acabó el colegio, pero perseveramos. No era difícil en una ciudad pequeña de provincias. No era difícil con Iñaki. De tanto en tanto nos reencontrábamos con una naturalidad que obviaba los periodos de ausencia cada vez más largos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y luego enfermó y la enfermedad le dio la oportunidad de volver a demostrarnos de qué materia especial estaba hecho cuando cumplió con el compromiso que contrajo consigo mismo: quizás él no podría vencer a la enfermedad, pero la enfermedad no podría vencerlo a él. Y así fue. Durante dos terribles años. Hasta que Iñaki murió justo después de cumplir los veinte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Iñaki fue mi amigo de infancia y es mi muerto más querido. También murieron mi abuela y algunos de mis tíos y sentí sus muertes, pero eran previsibles (ley de vida, se afanan a exclamar), no me provocaron el vacío que creó Iñaki. Su muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vacío, eso fue su muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un vacío que me empeñé en llenar apenas volví del servicio fúnebre. No me servía (por unamuniana desgracia) la fe de mis padres, que había sido la mía pero ya no lo era entonces. No creía ya, como no creo ahora, en la cosmogonía de resurrección cristiana. No podía recurrir a la religión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero sí a la literatura. Y encomendé mi desconcierto a las palabras de Cortázar. “Ahí pero dónde, cómo” es un cuento que no es un cuento. En él Cortázar nos relata la presencia de su amigo Paco, muerto treinta y un años antes, en sus sueños. Sólo que no es un sueño, “&lt;strong&gt;cómo decirlo, cómo seguir, hacer trizas la razón repitiendo que no es solamente un sueño, que si lo veo en sueños como a cualquiera de mis muertos, él es otra cosa, está ahí, dentro y fuera, vivo aunque lo que veo de él, lo que oigo de él: la enfermedad lo ciñe, lo fija en esa última apariencia que es mi recuerdo de él hace treinta y un años; así es&lt;/strong&gt;”. Es un cuento que no es un cuento: Cortázar, muchos años después de escribirlo (una vida lo separaba de su amigo Paco) confiesa en una entrevista que lo escrito reflejaba cuidadosamente lo que en realidad experimentaba, lo que seguía experimentando. Yo llegué a aprenderme largos fragmentos de ese relato, con la esperanza de sustituir una fe increíble con una creación literaria (Tusquets señala, con sorna, que estamos dispuestos a creer que determinadas obras ciclópeas de la antigüedad las realizaron extraterrestres, porque no creemos que lo pudieran lograr hombres).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante un tiempo quise creer que, aunque no existiera el cielo o la resurrección o la reencarnación, algo debía quedar de nosotros, tras la muerte. Me cuenta S. un recuerdo (que no sabe si suyo o de su ama) del sur de México, en día de muertos, cuando “&lt;strong&gt;todo se revestía de flores particulares, olía a copal y todos estábamos cerca&lt;/strong&gt;”, los vecinos encienden velas por las aceras: largas filas, que se adentran en los portales para señalar el camino a los muertos que vuelvan a visitar a sus seres queridos, por unas horas. Los romanos adoraban (en realidad) a sus manes, a los espíritus de los seres queridos. Y ésa era mi fabulación: la posibilidad fantástica de mantener un vínculo, de alguna manera, con mis muertos. Con mis vivos, cuando yo muriera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el vacío continuaba presente bajo esa mi voluntad. Más patente, si cabe, cuanto más intentaba ocultarlo. La fábula no resiste (no resistió) que la mire a los ojos. No era cierto, no creía (no creo) en la perdurabilidad de nadie tras la muerte. La muerte es el final.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y queda el vacío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los nihilistas, con Sartre a la cabeza, erraron el punto de vista (lo que, en el caso del francés, era anatómicamente lógico), así, lo que nos crea esa nausea existencial no es constatar que tras nuestra muerte no hay otra cosa que la desaparición. No hay miedo (no puede haberlo, es ilógico) a dejar de existir, porque, a la vez dejará de existir nuestra consciencia, nuestro miedo, el mundo. No: lo que aterra es la muerte de los otros, de las personas a las que queremos, si sabemos que su muerte es su final definitivo. Para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dice Marías que la vida nunca ahorra dolor. He tenido una gran fortuna hasta una edad tardía. Sólo me falta Iñaki. Pero sé que, tarde o temprano, tendré que afrontar la muerte de alguien que me sea muy querido y confieso que no sé cómo lograré superarlo. En algún caso (imaginad, que yo no puedo, Mimianna o Nenna) sé que nunca lo superaría. Es esa una melancolía contra la que no tengo herramientas. Y la temo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La memoria, nos queda el recuerdo. Pero el recuerdo de lo perdido siempre es doloroso. La memoria, en este caso, ya no es refugio, sino todo lo contrario. Ossip me explicó que, en los peores momentos, habría deseado olvidar a la persona muerta, sacrificar lo vivido (su memoria, su existencia) si con ello desaparecía el dolor. (Me lo dijo como de pasada, sin darle importancia, como dice las cosas Ossip, que luego me duran años).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si a la respuesta de ahí, pero dónde no es otra que en ningún sitio, si la memoria se torna un país doloroso, si no hay velas para guiarme hasta mis muertos, ¿Qué queda?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vacío (por ahora).&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-8407242030656052468?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/8407242030656052468'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/8407242030656052468'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/11/in-memoriam-contra-la-melancola-3.html' title='In memoriam. Contra la melancolía (3)'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-6522620178782738563</id><published>2008-11-21T19:25:00.001+01:00</published><updated>2009-04-25T09:04:47.229+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><title type='text'>El ángel bueno</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;En la obscuridad, en el cuarto de Nenna. Con Nenna. Mimianna y yo cumpliendo el voto que nos hemos hecho de ayudarle a vencer eso que creemos miedo, acompañándola hasta que concilie el sueño. A solas con la obscuridad y nuestras presencias. Desde la cama de Nenna me llega la voz de Mimianna. Le susurra historias de cuando ella era pequeña, de los nombres de sus muñecas. De la bondad de Puccinela, el muñeco que la acompañó durante todas las noches de su infancia, que la cuidaba, que nunca permitió que sucediera nada malo. El mismo muñeco que sé que abraza en este momento Nenna, sin acabar de creer, sin dejar de creer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el suelo, donde me he tumbado, suspiro mi propio cansancio, mi sueño. Y el susurro de Mimianna, evocando su propia infancia, le explica ahora a Nenna cuando dormía con la yaya, su bisabuela, y ésta le hacía rezar… Y no, me digo en silencio, no sigas que en eso no creemos, que Nenna no está bautizada, que con nuestro mundo no van los curas, los santos ni las vírgenes, ni los rezos… no sigas… En silencio escucho una pequeña oración que invoca la protección para los infantes, de su sueño, en ese idioma que es el nuestro pero no fue el de mi niñez. Una pequeña y linda oración rimada para saludar al Ángel de la Guarda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y, súbitamente, la presión en mi espalda ya no la provocan las baldosas, sino el papel pintado de la que fue mi habitación, la primera que recuerdo, la segunda que dicen que tuve. La pared a la que se arrimaba mi cama, el lugar por donde nada me podía atacar mientras dormía, al que podía dar la espalda. Y las palabras en ese idioma extraño trajeron a mis labios una invocación antigua, olvidada, a mi propio ángel, el que me acompañó toda mi infancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él (porque era él) era un ángel de largas alas blancas y torso atlético (nada de pusilánimes, si tenía que cuidarme). Él siempre me acompañaba y, procurando que yo no lo advirtiera, apartaba de mi camino todos los peligros. Me defendía, cómo no, del mal y de caer en el pecado. Como todos los ángeles. Pero el mío, además, jugaba conmigo. Y conversaba. Y paseaba a mi lado. Y, sobre todo, se sentaba en el cabezal de mi cama toda la noche, siempre en vela, siempre vigilando. Mi ángel no era cualquier ángel. Y tenía nombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y me sorprende no recordar cuándo dejó de acompañarme. Cuál fue la última tarde en que le dirigí una mirada, una palabra, me hizo una caricia con sus alas. Cuándo dejé de creer en él. Cuándo, más tarde, lo olvidé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y se me aparece tan largo el camino que he transitado sin él. Sin contar con su ayuda, con su compañía. ¡Qué mayor he sido! ¡Qué valiente! Todo este tiempo, toda esta lejanía, sin creer. Sin recordar que creí. Y lo añoro a mi ángel, que se debió quedar tan solo, en una niñez que dejaba de serlo y que nunca volverá. En el que nunca volveré a creer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y no puedo evitar (porque ya soy mayor, porque también soy lo que he leído) recordar la voz quebrada de Alberti en su poemario sobre los ángeles, el que bañó el final de mi adolescencia, la pérdida de las últimas inocencias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y acompaño en silencio la pequeña letanía de Mimianna. Porque ya no creo pero creí y fue bueno. Para proteger el sueño de Nenna. Para encomendarla a su cuidado. Para que halle su ángel que, sin lastimarla, cave una ribera de luz dulce en su pecho y le haga el alma navegable.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-6522620178782738563?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6522620178782738563'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6522620178782738563'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/11/el-ngel-bueno.html' title='El ángel bueno'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-6525046484272300817</id><published>2008-11-17T07:54:00.002+01:00</published><updated>2008-11-28T11:51:07.970+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><title type='text'>S.</title><content type='html'>&lt;em&gt;&lt;strong&gt;The pleasure and the privilige are mine&lt;/strong&gt;.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gracias (en cualquier caso).&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-6525046484272300817?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6525046484272300817'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6525046484272300817'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/11/s.html' title='S.'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-1170874646744088644</id><published>2008-11-15T09:23:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T09:04:22.700+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='crónicas'/><title type='text'>Son peligrosas las costumbres</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Ela lo tiene dicho: el hombre es animal de costumbres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y es así. Sin más explicación tendemos a repetirnos, a crear determinados moldes. Sin causa aparente que justifique la elección de un modelo determinado y no cualquier otro de todos los posibles. Sin saberlo, sin detenernos a pensarlo. Sin advertirlo, tan siquiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Son incontables los croasanes con café con leche que he desayunado, en aquel bar y no en otro de los centenares que lo rodean. En aquel rincón de la barra (si es posible). Infinitas las veces que he pisado las baldosas de aquel callejón, para llegarme a la estación, las de la acera umbría (incluso en invierno), aunque había otros recorridos posibles. Era los viernes cuando paseaba con Ossip a pesar de que ambos teníamos habitualmente todo el fin de semana libre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco a poco nos rodeamos de conductas que repetimos, de costumbres. Quizás alzándolas como pequeños diques de seguridad en medio del maremágnum, del caos que intuimos que nos acecha. Los límites y las bases de un territorio conocido, seguro. Son, quizás, los hitos de ese nuestro territorio personal, las marcas de nuestro mapa de cada día. Configuran el escenario en el que nos reconocemos. Definen el mundo en que nos vemos capaces, que abarcamos, que creemos que podemos controlar. Me arriesgué a probar un croasán y me gustó: no tomemos más riesgos. Poco a poco (y cada vez más, con la edad) se endurecen, se tornan más rígidas, más excluyentes. Finalmente, manías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Son peligrosas las costumbres. Todas. Hasta las más (aparentemente) inocentes, inocuas, las más predecibles e imperceptibles. Ésas especialmente. Y no (solo) porque nos hagan correr el riesgo de maniatizarnos (o maniatarnos), sino porque en esos pequeños ritos íntimos anida el tiempo. Pueden ser hitos, es cierto, pero los hitos del camino se alejan siempre. Irremisiblemente. Y cuando echamos la vista atrás señalan perfectamente la distancia que nos separa de aquello que alguna vez fue nuestro presente. Insalvable. ¿Te acuerdas cuando solíamos? Nos preguntamos a veces, sorprendidos. Sorprendidos porque ni nos dimos cuenta de que dejamos de hacerlo. Menos sorprendidos (cada vez menos sorpresas, eso también es envejecer) del tiempo que hace que perdimos aquella costumbre, de que hayan pasado quince años. Ya. Quince menos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Te acuerdas de cuando íbamos al cine?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“&lt;em&gt;The Women&lt;/em&gt;”, de Diane English, con Meg Ryan y Annette Bening no pasará a la historia del cine, desde luego. Apenas un refrito de la película del mismo título dirigida por George Cukor en 1939. Una comedia amable, buenos diálogos y guiños lo suficientemente poco escondidos. Nada especial. Si no fuera porque nos gustó mucho, nos hizo reír a carcajadas hasta el llanto y fue la que el azar eligió para que Mimianna y yo volviéramos a una sala de proyección. Cuarenta y tres meses después.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un regalo por sorpresa de Ela y Abu.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque es cierto y Ela lo tiene dicho: somos animales. De costumbres. Y retomar o remedar las que fueron nuestras costumbres también es desandar el camino, salvar lo insalvable. O hacernos esa ilusión. Un poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;O reencontrarnos.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-1170874646744088644?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/1170874646744088644'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/1170874646744088644'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/11/son-peligrosas-las-costumbres.html' title='Son peligrosas las costumbres'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-3512419000465286924</id><published>2008-10-29T07:54:00.003+01:00</published><updated>2009-04-25T09:03:59.264+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='crónicas'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Paradoja</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Guillermo Cabrera Infante es uno de mis escritores favoritos y he leído muy pocos de sus libros. Tan solo tres: “La Habana para un infante difunto”, “Vidas para leerlas” y “Tres tristes tigres”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primero lo leí muy joven, con once o doce años, y lo hice por la emulación del título con el de una pieza musical que ya entonces se encontraba entre mis adoraciones: la “&lt;em&gt;Pavane pour une infante défunte&lt;/em&gt;”, de Ravel. Excesivamente joven. Me superó. Apenas recuerdo otra cosa que la ardua labor en que se tornó la lectura. Nada placentera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El segundo es el último (novedoso) que he leído. Se trata de una serie de retratos literarios de autores cubanos (en la mayoría de los casos), de sus andanzas, de sus problemas con el régimen… No me gustó especialmente. Algo farragoso en algún momento. Pero le debo la primera noticia sobre Reinaldo Arenas y algún relato emocionante, como el de García Lorca en La Habana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tercero, “Tres tristes tigres” explica y justifica mi primera afirmación, ese aparente oxímoron. Cabrera es uno de mis autores favoritos porque uno de sus libros, ése libro, es uno de mis libros amados. Lo he leído tres o cuatro veces por completo e infinidad en fragmentos. He leído pocos de sus libros, pero lo he leído mucho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vengo afirmando que la memoria está contenida en la música. Mucho mejor que en cualquier otro arte. Eso es habitualmente así. También es lo normal que no seamos conscientes de con qué pieza concreta se asociará, cuáles serán las notas que nos evocarán este momento, cuando sea pasado. Pero toda regla (dicen) tiene su excepción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y “Tres tristes tigres” es excepcional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No solo por su factura, por el dominio del idioma, por la trama, por el mundo que logra rememorar (o recrear, en mi caso, que no conocí la Cuba de Batista). No solo por el placer inmenso que proporciona su lectura, cada una de ellas. No por todo ello, sino porque, extrañamente, entre sus páginas hallo parte de mi pasado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tres meses antes de cumplir dieciocho años inicié las clases del primer curso de carrera. En otra ciudad. Una gran ciudad, la que yo ya había elegido como mía, la que pretendí que sería mi ciudad para siempre (y así fue hasta hace unos meses). Fuera, por primera vez, de casa de Ela y Abu. La inteligencia de alguien había propiciado que las obligaciones curriculares de aquel primer curso fueran irrisorias, apenas cuatro asignaturas (lo compensó en cursos posteriores, siempre dando muestras de mayor inteligencia). Yo disponía, por tanto, de mucho tiempo libre (casi todo) y de una ciudad inmensa para ser explorada. Las expediciones comenzaban a media mañana, una vez acabadas las clases, y se dilataban hasta la hora vespertina de la cena temprana. Siempre caminando. Casi siempre con un libro en el zurrón (yo llevaba un zurrón en aquellos tiempos, confieso). Siempre en soledad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y con una sonrisa bailándome en los ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque sabía que aquel momento era un momento de tregua. Y legítima, además, pues no hacía otra cosa que la que se esperaba de mí (que yo esperaba de mí). Realmente contaba con todo ese tiempo. No había nada malo en que lo dedicara a pasear, a entrar gratuitamente en galerías de arte (antológicas las miradas de los galeristas), a admirar las evoluciones de las bandadas de estorninos contra el cielo color terracota (es así como lo recuerdo). O a leer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi siempre un libro, pero el que llevaba lo había acabado. Y quería leer esa tarde. Al pasar frente a un quiosco, un gran cartón, con dos libros pegados, anunciaba la primera entrega de una colección de clásicos contemporáneos de la literatura universal. A precio de lanzamiento, dos ejemplares. Me interesaba uno de ellos. Aun a sabiendas que el dinero que dedicaba a esa compra esfumaba la comida del mediodía del día siguiente, me los llevé. Suelo dejar en el plato el bocado predilecto hasta el final y algo parecido hice en aquella ocasión. Decidí dejar para después el libro que me interesaba. Hallé una plaza recóndita y muy antigua, sin coches. Y un banco de piedra, en una esquina, bajo el único árbol, pero inmenso. Me acomodé (con esa edad, hasta un banco de piedra es cómodo) y me sumergí en la verborrea cubana de una joven que sabía demasiado bien qué esperar de La Habana, años cincuenta. Y me hundí en “Tres tristes tigres”. Cada vez con mayor asombro, con mayor deleite. Con toda la felicidad de ese momento. Y con toda la consciencia de que ése sería el receptáculo de aquellos raros días de libertad, para los venideros, para los que se irían acumulando después, alejándome de aquella mi edad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por eso ese libro es excepcional. Porque al abrirlo sé que encontraré un pequeño oasis, una tregua. O su memoria. Y, en la vida, las treguas son excepcionales.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-3512419000465286924?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/3512419000465286924'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/3512419000465286924'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/10/oxmoron.html' title='Paradoja'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-4110368148598875824</id><published>2008-10-15T13:11:00.003+01:00</published><updated>2009-04-25T09:03:36.769+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><title type='text'>¡Tiempo!</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;'Daam tiene un relato de juventud premonitorio. En él, un niño malcriado y despótico le pide a su padre, como regalo de Navidad, tiempo. Y el padre, cansado y desesperado, se pregunta cómo cumplir con ese deseo. Desgraciadamente para él, descubre que, de alguna manera fantástica, el vampirillo ya ha conseguido que se le conceda el capricho. A costa del tiempo del padre, quien cada vez dispone de menos para sí mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es de juventud y es premonitorio. Tan de juventud que ni él ni yo teníamos hijos en aquel entonces (ni intención). Su apreciación es, por tanto, fruto de una observación casi etológica de su entorno, de los sujetos que sí tenían entonces. Es premonitorio porque ahora los dos tenemos hijos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y nos falta tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sería injusto que aquí culpase a Nenna del ajetreo de mi vida, de la acumulación de actividad que se agolpa entre mis cortos periodos de sueño (un poco más largos ahora), de la cantidad de cosas que, con todo, hay que hacer y están pendientes pero que hay que hacer. Nenna supone un plus de actividad, únicamente (algo más activo, más cansado, más extemporáneo, el más importante), pero sólo eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No estoy de acuerdo con Hipócrates, la vida no es (necesariamente) breve, no es el arte prolongado. Son las obligaciones las que son no ya prolongadas sino infinitas. El cúmulo de responsabilidades que vamos echando sobre los hombros, la red de dependencias que creamos al nuestro alrededor, las expectativas, las metas, son las que devoran nuestro tiempo. Las que hacen que, en algún momento de lucidez (o de respiro agotado), alcemos los ojos enrojecidos y lo veamos consumirse a una velocidad realmente increíble. Todavía me sorprende que muchas de las cosas que recuerdo como bastante cercanas en el pasado, una vez echadas las cuentas, me contemplen desde una distancia de veinte o veinticinco años: una cantidad de tiempo que era toda mi vida hace (me parece) apenas unos años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tiempo no huye, se gasta. Lo gastamos con cada actividad que realizamos. Las placenteras, las obligadas, las necesarias, las fútiles, todas gastan tiempo. Y el dinero. O su obtención. Ésa es la actividad que más gasta, que más nos ocupa, que más nos obliga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante algún tiempo me pregunté porqué. Fábulas anticonsumistas aparte, ¿Por qué dedicamos tanto esfuerzo y tiempo a ganar dinero? Incluso en los casos más normales y austeros, menos marquistas. Para qué la riqueza, qué aporta, qué es realmente riqueza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La respuesta (a la que yo llegué, al menos) es sencilla. Aunque no original: coincidí con la que apuntó algunos años después una campaña publicitaria de la lotería de Navidad, que consistió en ir mostrando, en blanco y negro y con filtros que suavizaban los contornos, a gente ociosa paseando junto al mar, leyendo, jugando con niños… y acabar ofreciendo el premio: tiempo. No el montante del premio rifado, sino lo que permitía su cuantía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y es cierto: la riqueza consiste en disponer de tiempo. Sin necesidad de gastarlo en obligaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque para ello necesites ganar dinero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;O que te toque la lotería.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-4110368148598875824?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/4110368148598875824'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/4110368148598875824'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/10/tiempo.html' title='¡Tiempo!'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-6265431684846570660</id><published>2008-10-06T06:10:00.006+01:00</published><updated>2009-04-25T09:03:12.093+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Creo</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Para una de mis amigas lejanas, algunos de sus libros (la traducción concreta, la edición, el ejemplar en sí) son los únicos que realmente contienen la obra. No otros, no otras ediciones o traducciones, no otras interpretaciones. A mí me ocurre lo mismo con determinadas grabaciones. Las Variaciones son de Gould (1981, preferentemente) o no son; no son Tosca ni Scarpia si no Callas y Gobbi, en blanco y negro. Y para elegir cuál es la versión que contiene la obra para mí (y para mi amiga, me consta) nada tiene que ver su calidad u originalidad. Sé que existen mejores ediciones, que la traducción o la interpretación son mejorables, incluso conozco otras excelentes. Pero no son las que se me brindaron para descubrirme esas piezas. No son las mías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ela y Abu me regalaron hace treinta años una colección de discos (de vinilo, de 33) de música clásica, por fascículos. Cada semana, los jueves, aparecía mi padre con el disco y el folleto bajo su brazo. Esa colección, de alguna manera prefiguró (y configuró) mis gustos musicales, mis preferencias. Me mostró pistas a seguir o condenó al ostracismo a autores (Brahms, el pobre, por ejemplo) del que solo después de muchos años, de escuchar mucha más música, he rescatado, por el mero hecho de que las piezas elegidas para representarlos en la colección no me agradaron en su momento. Un día, la segunda cara de uno de los discos, dedicado al chelo, me deparó por primera vez la tercera suite para violonchelo nº 3, en Do mayor, de Bach. La carátula me informó de que existían cinco más. También que quien las había descubierto para el mundo (moderno) había sido el músico Pau Casals. Apunté mentalmente la necesidad de escucharlas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y la tarea quedó íntimamente pendiente durante diez años. Hasta el día en que sorprendí entre los saldos de un catálogo de venta por correo (al que estaba abonado Cape, mi hermano) un CD con la integral de las suites. Interpretadas por Pau Casals. Y al precio de escándalo que se podía permitir mi economía (siempre tan maltrecha). La espera duró quince interminables días. Pero concluyó un viernes. Esa noche, después de cenar, me encerré en el salón, encendí la lamparita de la bombilla azul y puse (por fin) el disco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y las suites (aquellas) se hicieron mías para siempre. La versión no es la mejor (la supera alguna de Rostropovich, incluso de Yo-Yo Ma, técnicamente (y en aburrimiento)). Las notas no son siempre nítidas, Casals golpea en ocasiones con el arco el instrumento, se le oye respirar (incluso tararear), algún crujido de la silla en la que se halla sentado. Y creo que fue eso lo que obró el milagro. Porque es como si lo tuvieras sentado en una silla de casa, frente a ti, luchando con las notas de Bach, con el chelo, con sus dedos, el sudor. Haciéndoles expresar… ¿Qué? ¿Pasión? ¿Rabia? ¿Desesperación? ¿Desafío? O todo ello. El libreto me informó en los días precisos en que se realizaron las grabaciones en París. No recuerdo las fechas (y no puedo acceder a ese disco), pero sí los años. Entre 1936 y 1939.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el exilio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mucho tiempo después asistí a un pregón pronunciado por Eduardo Mendoza. Más que un pregón fue una conferencia. Más que una conferencia, un diálogo (unilateral, pero no monólogo. Nos hacía participar a cada uno de los asistentes. De alguna manera). En él sostuvo, nos mostró, la fuerza de la cultura, del conocimiento, del arte como bastión de la humanidad, frente a la sinrazón y la barbarie. Soy incapaz de repetir sus palabras, pero recuerdo sus ojos azules, fríos e inteligentes clavándose en los míos (en los de todos) conminándome a buscar para mí y para mis semejantes la belleza y el conocimiento, a afrontar la fealdad, la falsedad. La maldad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y recordé mis suites. Y a mi calvo chelista volcando en ellas toda su indignación y tristeza frente a la maldad que avanzaba, que había asolado su vida (y la de muchos otros). Y, con todo, el desafío que lanzaba a esa maldad por el mero hecho de seguir tocando esas notas, de seguir produciendo belleza, se seguir manteniendo toda su dignidad y, con ella, la de muchos otros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El arte, la cultura, desde entonces, devinieron para mí algo más que una acumulación de conocimientos o experiencias. Superaron incluso la connotación de placer hedónico que siempre me habían proporcionado (aunque no la perdieron). Y se convirtieron en una actitud frente a la vida. Su ejercicio, su disfrute, su transmisión, en ese baluarte contra los feos (en palabras de Nenna) y lo malo. En ese rincón en el que refugiarse, cuando la obscuridad crece alrededor, para detenerse, mirarse y reconocerse como el ser humano que cada cual es. Cada vez que leemos un poema, que admiramos una pintura. Cada vez que la orquesta afina antes de un concierto (cómo me gusta ese momento, esa música). Cada vez que mantenemos una conversación inteligente, estamos haciendo más densa esa red (ese ovillo) que nos separa y nos protege de absolutismos, de las dictaduras, los integrismos, la estulticia. Del mal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay una escena de la película “Cadena perpetua” (“&lt;em&gt;The Shawshank Redemption&lt;/em&gt;”, en su título original) que representa perfectamente cuánto vengo queriendo explicar. En ella, el protagonista interpretado por Tim Robbins, que es un convicto condenado a una doble cadena perpetua (sin esperanza alguna de salir de la prisión. Jamás) y que ha conseguido cierto estatus y privilegios por parte del corrupto director del penal (a quien lleva los libros de contabilidad de sus turbios negocios), se encuentra solo en las oficinas cuando recibe un paquete postal. Al abrirlo, encuentra una serie de vinilos. De música clásica. Y entonces comete lo que parece una locura. Cierra la puerta con el pestillo, coloca uno de los discos en el tocadiscos y conecta el sistema de altavoces de la prisión. Por donde habitualmente suena la voz del alcaide, suenan las primeras notas del dúo &lt;em&gt;Canzonetta sull’aira&lt;/em&gt;, de “Las bodas de Fígaro”. Y el preso de por vida se sienta en un sillón, echa las manos a la nuca y pone los pies sobre una mesa. Y sonríe. Aunque en la puerta ya suenan los golpes de los guardias. Aunque sabe que va a perder sus privilegios, que lo van a golpear, que lo hundirán. Sonríe porque en ese momento vuelve a ser él. El que fue y el que los otros (los feos) quieren que deje de ser. Y sabe que seguirá siéndolo. A pesar de los feos, a pesar de todo, mientras esas notas le sigan emocionando. Mientras pueda rememorarlas. Mientras pueda refugiarse en ellas. Son su dignidad. Yo me emociono siempre con esa escena (y yo no me emociono nunca con películas).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ése es el espíritu de revuelta, de resistencia, que otorgo al arte, a la belleza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque esté condenado a sucumbir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El dieciocho de julio de 1936, Pau Casals ultimaba en Barcelona los preparativos para la representación de la Novena Sinfonía de Beethoven, que debía ofrecer su orquesta esa noche, cuando le llegó una nota del Ministro de Cultura, su amigo Ventura Gassol, en el que le anunciaba un levantamiento militar y que se esperaban graves enfrentamientos en aquella ciudad, por lo que recomendaba que se cancelara. Casals reunió a la orquesta y el coro y les leyó la nota. Acto seguido, preguntó si preferían irse inmediatamente o interpretar el cuarto movimiento de la sinfonía, a modo de despedida. Todos optaron por quedarse. En una sala vacía resonaron las notas de Beethoven. Casals, que dirigía, comenzó a llorar cuando oyó al coro entonar las palabras de Schiller. “&lt;em&gt;…Alle Menschen werden Brüder…&lt;/em&gt;” Todos los hombres son hermanos. Fuera, en la calle, sonaban los primeros disparos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque parezca que esté condenado a sucumbir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siempre habrá quien recoja la batuta. Quien no permita que le hagan callar. Y, en eso, creo.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-6265431684846570660?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6265431684846570660'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6265431684846570660'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/10/creo.html' title='Creo'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-2639946396548838341</id><published>2008-10-03T18:34:00.001+01:00</published><updated>2009-04-25T09:02:57.761+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='crónicas'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>¿Es aquello luz?</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;En ocasiones, el laberinto tiende a irse estrechando, a abombar las paredes de los pasillos. Hasta que se tocan sobre nuestras cabezas. Tapan la luz. Y se convierte en un túnel. O un tubo. En ocasiones no queda otra que pasar por él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El túnel o tubo puede ser más o menos angosto, más o menos largo, sinuoso, en cuesta o en más en cuesta. Y casi siempre obscuro. Todo depende del material de su fábrica. Muchos hay y de muchas clases. Pero los peores, sin lugar a dudas, son los administrativos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mimianna y yo no tuvimos más remedio que adentrarnos en uno de ellos. De lo más administrativo. Hace siete meses. Casi exactos (unos días más, pero qué importa, ahora, ya). Hace siete meses presentamos un grueso legajo de planos y memorias y escritos y justificantes y pólizas e ingresos. Inmediatamente las paredes se abombaron, chocaron sobre nuestras cabezas, el piso se inclinó (hacia arriba) y nuestros ojos se sumieron en la más inextricable obscuridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y a caminar, no obstante. Primero con cierto tiento, con tranquilidad, que suponíamos una cierta longitud al trayecto. Luego con alguna prisa más. Hasta el primer tropiezo (nada, unos papeles que faltaban), y el segundo (nada, unas obras públicas y faraónicas que nos interferían), y los subsiguientes (nada, las vacaciones del funcionario; nada, un trozo de muralla que hemos encontrado; nada, un informe que nos falta del Departamento-de-al-lado; nada, que dicen que no; nada, que se habían equivocado, que sí; nada, que casi, pero falta que paguen otra tasa; nada, solo que firme otro funcionario). Y todo a obscuras. Y lento y farragoso. E inepto. Y vago (de falta de ganas de trabajar). Las nuevas tecnologías han permitido pasar del vuelva usted mañana de Larra, al llame usted la semana que viene.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero los tubos y los túneles también tienen otra cualidad. Son finitos. Por muy largos y farragosos que lleguen a ser, se acaban. En algún momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy la autoridad nos ha entregado un papel con sellos y timbres, mediante el cual nos permite acondicionar la que será nuestra casa, conforme a nuestros proyectos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Solo nos quedan las obras.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-2639946396548838341?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/2639946396548838341'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/2639946396548838341'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/10/es-aquello-luz.html' title='¿Es aquello luz?'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-5259984664249201988</id><published>2008-09-29T06:49:00.001+01:00</published><updated>2009-04-25T09:02:34.632+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='crónicas'/><title type='text'>Sine die</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;No es cierto, no somos los herederos de todo ese tiempo que hemos vivido. No son los pesados años pasados, los ingentes acontecimientos, los que nos hacen despertarnos de la manera que nos despertamos, desbrozar este camino y no otro, sonreír cuando va a llover. Ni siquiera los grandes momentos perduran necesariamente porque ¿Cómo saber? No: es otra la materia que conforma lo que somos, nuestra memoria. Otros los pequeños guijarros del sendero, recuerdos olvidados que duermen en el interior de nuestros párpados: un reflejo apenas adivinado en el horizonte, el sabor de una noche, la suavidad de un pétalo o aquella vez que me acariciaste la nuca. Tales son los elementos de nuestro universo. Seamos, por tanto, indulgentes si alguna vez olvidamos una fecha, porque nuestro amor quizá se asienta en realidad sobre la firme base de nuestras miradas. Y, créeme, ésa es una garantía.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-5259984664249201988?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/5259984664249201988'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/5259984664249201988'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/09/sine-die.html' title='Sine die'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-2773753772683372169</id><published>2008-09-20T16:53:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T09:02:13.716+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>Uno de esos errores que tanto cuentan</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;La tradición cuenta que, en el siglo XVII, un monje benedictino llamado Dom Perignon, utilizó por error un vino endulzado con azúcar –&lt;em&gt;aqua mulsum&lt;/em&gt;- para realizar el habitual &lt;em&gt;coupage&lt;/em&gt; de los caldos de su abadía, en el intento anual de elevar de alguna manera su calidad más bien pobre. Este azúcar adicional provocó una segunda fermentación en la botella y la aparición de anhídrido carbónico, que se disolvió en el líquido. Cuando los monjes intentaron descorchar aquellas botellas hallaron que los tapones salían disparados y el vino se derramaba convertido en espuma. Y su sabor era distinto, mucho mejor que el de antes. Había nacido el champán. Por error.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El error es consustancial a la naturaleza humana (como el pecado, según la vieja escolástica: qué poca diferencia hay entre el &lt;em&gt;pecare humanum est &lt;/em&gt;y el &lt;em&gt;errare humanum est&lt;/em&gt; agustinianos). De hecho, la infalibilidad es uno de los atributos (diferenciadores) de la divinidad. Toda actividad, todo pensamiento, proyecto humano está sometido al peligro del error, al del fallo. Es sabido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos nos hemos equivocado alguna vez. En nuestras apreciaciones, en nuestras creencias o en nuestras predicciones. Incluso en nuestros actos. Habitualmente convivimos con la posibilidad del error de una manera razonablemente civilizada. Excepto en casos extremos (y patológicos, por tanto) aceptamos la existencia de un cierto margen de error en nuestra cotidianeidad. No nos parece importante si la dirección que buscamos está en la segunda bocacalle y no en la primera, como creíamos. No lo es si esperábamos tener tiempo para leer el diario y, finalmente, no contamos con ese tiempo. Tampoco si creíamos que Dom Perignon fue el inventor (por error) del champán y, cuando investigamos, descubrimos que no fue así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay ocasiones, empero, en que el peso del error (o de su posibilidad) se nos hace casi insoportable. Cuando debemos adoptar una decisión que sabemos que condicionará el resto de nuestra vida (o buena parte de ella), por ejemplo. Es entonces cuando, en un intento desesperado por minimizar las probabilidades de equivocarnos, atesoramos el máximo de información posible, solicitamos consejos y pareceres, sopesamos pros y contras obsesivamente. Hasta que, al final de todo, llega el momento de tomar una decisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La edad enseña (también) que en ese momento no se deben olvidar dos cuestiones. A saber: que es imposible controlar todas la variables del problema (y, por tanto, la posibilidad del error sigue ahí) y que ninguna decisión es realmente para toda la vida (o no lo son necesariamente las que consideramos trascendentales a priori y sí quizás una cotidiana sin importancia aparente (ir a tal comida campestre o no)).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace diez años afronté una de esas decisiones trascendentales. Busqué información. Recibí consejos. Valoré convenientes e inconvenientes. Y tomé una decisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me equivoqué.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que debía ser únicamente un cambio de trabajo se fue convirtiendo en mucho más que eso. Lentamente, extendiéndose como una mancha de aceite (lenta, sutil, subrepticiamente y pringosa), esa decisión acabó influyendo en relaciones familiares, en mi profesión (que dejó de ser la que había sido y que me gustaba), en la distribución de mi tiempo, en el cansancio, en el hastío, la claustrofobia, la tristeza. Y en Mimianna. Y en Nenna, después. Para mal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace un año, por estas fechas, después de todo un verano desasosegado de zozobras, de conversaciones airadas o desanimadas, Mimianna y yo nos dirigimos a un antiguo pueblo de piedras antiguas, escenario de otros conciliábulos en el pasado. Nada nos dijimos, pero sabíamos qué nos convocaba a aquel paseo entre las ruinas de la civilización y el mar que la había traído, bajo pinos centenarios. Debíamos tomar una decisión. Trascendente. Nuestra realidad se había tornado insoportable y debíamos cambiarla en un sentido u otro. En cualquier caso, debíamos romper con lo que había sido hasta ese momento nuestra vida. Aprovechamos la siesta de Nenna en su cochecito para recorrer arriba y abajo la larga senda costera, una y otra vez. Casi una escenificación de las idas y venidas de nuestras consideraciones. Y, con el sol ya bajo, tomamos una decisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde entonces, hemos cerrado la que fue nuestra casa y hemos abandonado la que fue nuestra ciudad (amábamos a ambas), vivimos en una provisionalidad incómoda, sufriremos un cierto quebranto económico, revisitamos fantasmas (malos) del pasado…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Nos hemos equivocado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No lo sé. Pero ahora Mimianna y yo nos vemos en horas de vigilia, puedo contarle cuentos a Nenna cada noche y acompañarla, en ocasiones, al colegio (¡de grandes, ya!), ilusionarme con el proyecto de la nueva casa, continuar paseando junto a un mar antiguo…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Nos hemos equivocado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No lo sé, pero la sonrisa de Nenna, su felicidad, me dice que, quizás en esta ocasión, eludimos el error. O eso espero.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-2773753772683372169?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/2773753772683372169'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/2773753772683372169'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/09/uno-de-esos-errores-que-tanto-cuentan.html' title='Uno de esos errores que tanto cuentan'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-5639508719119424229</id><published>2008-09-08T23:45:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T09:01:55.965+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='crónicas'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Maritere</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Hoy ya es cierto mi vaticinio. Aquella fue nuestra última reunión. Ya no podremos encontrarnos todos de nuevo. Esta tarde hemos enterrado a la hermana mayor de Ela. Teresa. La tía Maritere para nosotros. Su cuerpo murió ayer, mucho después de que el Parkinson la matara a ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No voy a mentir (a estas alturas), no voy a simular un gran dolor, una infinita pérdida. No sería cierto. No sería justo. A la tía Maritere la dejé de tratar hará quizás diez años. Incluso más. Naturalmente seguía existiendo en las conversaciones de Ela, que nunca perdió el contacto con ella, su hermana. Se hablaban esporádicamente por teléfono. Se transmitían novedades, acontecimientos, bien directamente, bien por hermana interpuesta, la pequeña. Alguna visita rápida, un viaje corto. Más hacia los últimos años. No sé si alguna carta. Era una presencia lejana en el espacio y (cada vez más) en el tiempo. Pero, cada tanto, me llegaban noticias de ella, de su marido (mi tío, el pintor), de sus hijos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su hija y su hijo, mis primos, de mi edad (quince días separan las fechas de nacimiento de él y la mía) fueron los que hicieron, en realidad, que la tía Maritere fuese algo más que otro de los personajes legendarios de la familia. Fue esa costumbre gregaria y estival de reunirnos a todos los primos lo que la convirtieron en una persona real de mi infancia. En un recuerdo. En parte de mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero hacía ya diez años que no la había visto, ni conversado con ella. No era, por tanto, una presencia en mi cotidianeidad. Ni tan solo en mis recuerdos, en muchas ocasiones. No individualmente, acaso en grupo. Su muerte no añade (no debería añadir) nada a su ausencia ya consumada. Y, sin embargo, no es así. No lo siento así. Su muerte la ha cambiado. Porque ahora (ahora sí) ya no está, ni estará nunca más. Ahora ha desaparecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Javier Marías ha reparado en nuestra aversión a las desapariciones, aún de personas o paisajes detestables pero que han estado ahí desde que se tiene memoria. Eso también nos ocurre, afirma, con personas que no conocimos, pero admiramos (“muertos lejanos” les llama) que &lt;strong&gt;“su falta nos hace sentirnos más solos y desprotegidos”&lt;/strong&gt;. (Cortázar, más grandilocuente en este caso mantiene que &lt;strong&gt;“cuando muere una figura de juventud también morimos nosotros. Un poco”&lt;/strong&gt;). Peor es, por supuesto, la muerte de aquellos que conocimos, que nos fueron queridos. Marías (de nuevo) llega a sostener que &lt;strong&gt;“la vida, en buena medida es ir sufriendo bajas a nuestro alrededor, y en desconcertarse y apenarse un rato, para luego reemprender la marcha con los benditos que nos van quedando, y que aún están”&lt;/strong&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De ahí, quizás, esta pequeña tristeza con la que escribo ahora. Pero íntima. Pero honda. La tía Maritere ha muerto y, en esta época de rememoraciones en la que vengo sumergiéndome, su falta me es doblemente penosa. No sólo pierdo (o se me hace patente su pérdida) un referente de mi infancia, también me pesa la consciencia de que con su muerte (como con la muerte de todos) desaparece todo su pasado, su experiencia, su mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué nos queda?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La descripción de su carácter, adelantado a su época (la tía nació treinta años antes de lo que le tocaba, siempre he oído decir), que la hizo fumar (para escándalo de la bisabuela Victoria) y doctorarse en Historia y Literatura, con una tesis sobre la Generación del 27, en los últimos cincuenta del siglo pasado (para mayor escándalo de la bisabuela Victoria, tal vez). En una época terriblemente pacata, chata, ignorante; en una sociedad inimaginablemente (para mis coetáneos y más jóvenes) abstrusa y represiva y claustrofóbica, especialmente para una mujer inteligente, ella supo mantener su criterio, imponer su conducta, ser consecuente con su inteligencia. Arrostró, por ello, no pocas incomprensiones. También pagó por ello el precio de algún fracaso, de alguna pérdida, de alguna derrota.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quedarán anécdotas. Como la del novio que se mercó durante su estancia estudiantil en Roma y que trajo un verano para que lo conocieran mis abuelos y que, cuando se le pidió que hiciera un nudo (a su servilleta, como es costumbre en mi familia, para diferenciarlas), sólo atinó a preguntar estupefacto: “&lt;em&gt;ma… Qui?.. Adesso?&lt;/em&gt;” porque creyó que le pedían un desnudo ante la familia política como trámite para su aprobación como futuro yerno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero la que más me gusta, porque mejor la retrata (aunque sea apócrifa y casi segura su falsedad) es la ocasión en que, siendo directora de un instituto de ultramar, consiguió que María Zambrano, ya octogenaria y a quien había conocido mucho antes en Italia, acudiera para dar una conferencia. Ante la importancia del personaje, los poderes fácticos del centro organizaron una merienda con zumos y bollitos. Afortunadamente, mi tía conocía las costumbres de la escritora y se presentó pertrechada con una buena petaca de buena ginebra. Cuando se llegó a ofrecérsela, en vaso largo y con hielo, la Zambrano clavó sus ojos en los de ella y le espetó “¡Menos mal que hasta en África hay gente civilizada”, justo antes de echárselo al coleto. Ésa, no cabe duda, es una de las frases que toda familia atesora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me quedarán los recuerdos. La forma en que conducía. Aquel día que mis primos y yo volvimos a nacer varias veces en un trayecto de apenas diez kilómetros, en los que nos esquivaron (milagrosamente) dos camiones, un tractor, tres peatones y un barranco, los cuales pasaron absolutamente desapercibidos a mi tía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y la “Odisea” y la “Iliada” (y su lectura), que me regaló. Y “La casa de Bernarda Alba”. Y el nombre de Miguel Hernández y la declamación (la primera en mi vida) de las “Nanas de la cebolla”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y los bocadillos de fuagrás con los que se empeñó en cebarme un largísimo y antiquísimo verano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos ha dejado varios libros de arte y poemas. Y uno último inédito de aforismos, de pensamientos, de dudas, de miedos. Justo antes de perderlos todos (o mientras iban perdiéndose en la enfermedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La última vez que la vi, esa enfermedad ya hacía estragos en su físico, no todavía en ella. No pude dedicarle el tiempo que seguro merecía, pues fue un día de múltiples obligaciones con múltiples familiares. De todas formas, no será esa la persona que recordaré, que mencionaré, cuando en adelante hable de la tía Maritere, sino la más joven, la de mi infancia, la que amaba a las palabras, la cultura, el conocimiento, el arte, la del carácter jocoso y rudo, la que me brindó (sin proponérselo jamás) un modelo a seguir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recordaré, añoraré, a mi salvajemente civilizada tía Teresa.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-5639508719119424229?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/5639508719119424229'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/5639508719119424229'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/09/un-modelo-seguir.html' title='Maritere'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-1727227492443082481</id><published>2008-08-22T04:56:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T09:01:24.940+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Vagalume.  (cuento para Nenna)</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Cuentan que cuentan que lejos, muy lejos, existe un país en el que los pasillos están sombreados por altos árboles, las plazas son prados de un verde profundo, quietas nubes grises son el techo y las ventanas se abren al océano de pizarra donde se hunde el sol cuando acaba el día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se conoce el camino a ese país. No existen planos. Ni los viajeros más avezados han sabido encontrar una ruta. No hay indicaciones, ni señales. Hay, no obstante, algunos afortunados que lo han visitado. Inesperadamente lo encontraron. Algunos después de muchos días de viaje. Otros en las páginas de un libro. En una canción. Cuando cerraron los ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese país, pero no se sabe dónde, hay un torreón. Entre los árboles. O en medio de un prado. O sobre las nubes. Y en el torreón una estancia con un espejo redondo en el que se refleja el océano y los barcos de vela que parten. Y una dama. Joven. Vestida con un largo vestido, rojo de seda roja. Ceñido con una cinta bajo las caderas. El pelo castaño largo y recogido. Los ojos fijos en el horizonte. O en el pasado. Bajo las cejas pobladas, sobre una bacinilla de cristal azul.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuentan que cuentan que una niña pequeña llegó al país y al torreón y a la estancia y a la dama. “¿Cómo te llamas?”, le preguntó descarada con la mirada. “Vagalume”, le contestó una sonrisa. “Estás sola, estás triste. ¿por qué estas tan sola y tan triste?”, las cejas alzadas y un mohín. “No es cierto, no estoy sola” contestó con un lento ademán que abrazó los libros, los cuadros y el océano de la ventana. “No es cierto, no estoy triste” respondió con un beso, “tan solo recuerdo”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La niña, que era pequeña, tomó asiento con la libertad de que gozan solo los niños pequeños. Vagalume, que era joven, aceptó lo extraordinario con la naturalidad que cultivan solo los jóvenes. Y fue pasando el día. Y Nenna (porque Nenna es la niña pequeña) vio cómo llegaron y salieron multitud de palomas mensajeras blancas del regazo de la dama. Y unas llevaban un suspiro. Un guiño otras. Un poema. Un dibujo. Y fue llegando la tarde. Y Vagalume mostró a la niña cómo cambiaba el color del océano bajo los barcos de vela. Qué bellos los árboles. Qué fina la hierba. Qué fuertes eran las nubes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y llegó la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y la niña pequeña tenía todo el sueño en los ojos. El cansancio en la comisura de los labios. “¿No duermes, Nenna?”, preguntó la dama con una caricia. “No me gustan los sueños”, con una lágrima, “me pierdo en los sueños”. El abrazo de Vagalume “sí, ahora estás perdida, pero yo tengo un secreto para ti, para que no te pierdas nunca más, para que no temas perderte”. Y deshizo su tocado y su frente se bañó de luz. Tenue, verde como las manzanas. “Cuando estés perdida, cuando tengas miedo, recuerda esta luz. Te ayudará a encontrar el camino de vuelta a casa y más allá. Yo te acompañaré con ella”, soplando apenas sobre los rizos de Nenna. “¿Por qué tienes tú luz?” justo antes de dormir. “Porque así fui imaginada”, arropándola con un manto de luna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nenna despierta en su cama. Otro mar susurra en su ventana. El cielo es azul e inmenso. Cada día una vida entera. Y cuando llega la noche, justo antes de dormirse, Nenna juega con uno de sus mechones. Mimianna me ha contado que, entonces, parece como si en la habitación naciera una tenue luz. Indefinida. Como verde clarito, manzana. Pero, claro, deben ser imaginaciones.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-1727227492443082481?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/1727227492443082481'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/1727227492443082481'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/08/vagalume-cuento-para-nenna.html' title='Vagalume.  (cuento para Nenna)'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>ovinadna@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='16067590536656382884'/></author></entry></feed>