tag:blogger.com,1999:blog-44111123481546846402007-07-27T06:34:34.211-04:00Conficcioneslghenriquezhttp://www.blogger.com/profile/02267357268043062645noreply@blogger.comBlogger11125tag:blogger.com,1999:blog-4411112348154684640.post-75064014633773451332007-07-27T06:01:00.001-04:002007-07-27T06:08:04.240-04:00De la esgrima y la lecturaLa lectura, comparada con el acto de apretar la empuñadura de un arma blanca, tiene como objetivo la desestabilización de un orden. Es una relación en la que el texto utiliza al lector para dar salida a su discurso. El texto existe, como también existe un puñal sobre una mesa o en el bolsillo del gabán, y es independiente al lector, independiente a quien lo empuña: son entes autónomos que se atraen, se necesitan, se justifican mutuamente. Es difícil establecer quién buscan a quién, pero el encuentro se produce en el acto anteriormente mencionado. No todos los puñales logran su cometido, tampoco cualquier portador mercenario consigue penetrar la carne con una leve rotación de la muñeca –mucho menos darse cuenta de que lo que se derrama sobre la alfombra es su propia sangre- aún así, la permanencia de los unos y los otros en el tiempo permite concebir la idea de futuros encuentros.<br /><br />El lector es una extensión del texto, el cual, al igual que el puñal, encuentra su continuidad en el cuerpo de quien lo sostiene. Cuando se produce un acercamiento, suponiendo que exista entre las partes un código común o un conocimiento básico de la esgrima, es necesario que el lector, antes de permitirse hacer ningún lance en cualquier dirección, identifique ciertos elementos en el texto, el cual, al igual que los puñales, está colgando del tiempo, ocupa un lugar en el espacio, tiene un pasado, un presente y un futuro (no necesariamente en ese orden). Al permitir que el texto hable con su propia voz, que muestre su brillo, su tacto, la agudeza de sus ángulos, se puede llegar a conocer su intención. Claro está que ésta no es una fórmula infalible, pero sí es, por lo general, efectiva. Lo peligroso es jugar con un elemento corto-punzante sin siquiera poder distinguir entre sus partes, o con la pretenciosa idea de estar en control del lado más seguro donde se encuentra la empuñadura. Muchos han perdido valiosas extremidades por este abuso de confianza.<br /><br />En consideración a lo anterior, en un principio sería prudente mantener la distancia y escuchar atentamente, manteniendo los ojos bien abiertos, sin permitir que los destellos del metal nos enceguezcan, o que la tentación de buscar el propio reflejo en la hoja nos haga perder el agarre sobre el discurso. A medida que la puerta al mundo posible del argumento se abre, el texto presentará al lector una realidad alimentada de otros textos, otras voces, imágenes, personajes e ideales. Ésta debe romper el escudo de prejuicios y manías, y forjar una visión enriquecida, más compleja del mundo a su alrededor. Es cierto, no existe la verdad, el significado inequívoco, el texto no está completo ni es perfecto –de ser así el lector sería innecesario- pero, si una de las partes reprime a la otra arbitrariamente, sería imposible llegar a una interpretación propia, nacida de la relación íntima entre el texto y el lector. Se necesitan dos para hacer la revolución.<br /><br />Después de acercarse al texto, de haberlo tomado en las manos, de escuchar su historia y penetrar su discurso, es necesario que el lector reaccione, que deje que su pulso se sincronice con la vibración del metal en la vaina y se abandone al impulso de alzar su nueva voz, sacar el puñal y despertarlo de su “sueño de tigre”. El texto tomará vida y dibujará el mapa a seguir, le mostrará sus movimientos, sus temores y sus ambiciones; intentará llevarlo por caminos que pueden ser azarosos, e incluso que pueden llegar a confundir y debilitar la función del lector. El puñal tiene la facultad –y el deber- de crear un conflicto en quien se atreve a prestar su brazo como un accesorio para su conspiración: el portador se ve transformado constantemente; pasa de ser verdugo a ser víctima, y su control sobre los acontecimientos es tan limitado que incluso puede llegar a derrumbarse frente al poder del arma en sus manos. Pero siempre sobrevive al punto final, aunque para entonces ya no sea el mismo.<br /><br />La práctica de la esgrima, como la lectura constante, ayudan a descifrar los movimientos de la hoja, a identificar la intención, el tiempo, el ritmo y el espacio de las acciones en un encuentro y facilitar los elementos de juicio necesarios para afrontar el desafío. Cuando el lector entiende que un texto es forjado con una función, un fin eterno que él mismo ejecuta cada vez que empuña el mango, y acepta el reto de cuestionarse a sí mismo a través del discurso –a veces como verdugo, en otras como víctima-, la distancia que lo separa del mundo posible del texto se deshace, permitiéndole vivir una realidad ajena en la que ya no es un espectador, sino que, al igual que los demás personajes, ve su realidad transformada por el argumento. Cuando aprendemos a leer, logramos hacer que el cuchillo penetre la superficie, que un leve giro de la muñeca transforme nuestra percepción. En algunas ocasiones se puede experimentar dolor, en otras se siente algo de alivio, pero en todo caso la sangre derramada sobre la alfombra siempre resulta siendo la propia. Y es entonces cuando el texto adquiere su justificación.lghenriquezhttp://www.blogger.com/profile/02267357268043062645noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-4411112348154684640.post-50459585990480978232007-06-17T08:37:00.001-04:002007-06-17T08:45:24.628-04:00Opción múltipleAtención a las siguientes señales: pulso acelerado, temblor y sudor en las manos, escalofríos, repentinas ganas de orinar, salir corriendo, llorar o escapar aludiendo un extraño caso de demencia temporal. Usted puede estar a punto de colapsar, de perder los estribos. Un minuto más ahí sentado y la posibilidad de lanzar el escritorio contra la pared más cercana parecerá una opción viable: puede incluso llegar a ser menos vergonzoso que la misma página en blanco, menos tortuoso. En casos como éste es mejor que no intente mirar lo que su colega de al lado está escribiendo, no hará más que confundirse; además, corre el riesgo de estar copiando información errada, cuyos resultados le causarán más acidez y un posible incremento de un 7% en la caída del pelo –de por sí bastante preocupante-.<br />Si usted sufre de uno de estos síntomas (o todos los anteriores) no culpe al profesor. Su incompetencia (la del profesor) no tiene por qué ser excusa para su incompetencia (la suya). Fue usted el que escogió esta clase, esta carrera, esta universidad. Mire detenidamente el examen. Opción múltiple, siempre hay que tomar decisiones: Sección A. Por favor escoja cinco términos y defínalos de acuerdo a uno de los siguientes cuatro criterios: a… b…. c… d. Sección B. Seleccione uno de los siguientes autores y escoja cuál de sus obras aparece resumida en los siguientes numerales.... Sección C. Seleccione el uniforme que le gustaría lucir el resto de su vida a partir de la semana próxima. Luego, seleccione el plan dental, el regalo de navidad para su suegra, el color de la cocina, la marca de los pañales, el modelo de su nuevo carro usado, su plan de retiro, su lugar en el mausoleo. A,B,C,D. Múltiples opciones, como estudiar al menos una semana antes del examen, estar despierto en clase, abrir el libro de texto y, mejor aún, leerlo. Solución: por favor conserve la calma, recobre su dignidad y utilice el papel para escribir una conmovedora misiva a su profesor. Mencione como su capacidad de memorizar conceptos y analizar unidades semántico-sintácticas, se vio severamente afectada por una serie de eventos trágicos acaecidos en los últimos días. Si su dolor es verdadero, aún cuando las causas no lo sean, posiblemente su educador sepa apreciar una buena pieza de ficción y, quizás, le permita repetir el examen.lghenriquezhttp://www.blogger.com/profile/02267357268043062645noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-4411112348154684640.post-38641726145218094212007-05-23T21:01:00.000-04:002007-05-23T21:04:04.444-04:00MiedoDesde pequeño le daba miedo salir de noche, caminar bajo las luces titilantes, que siempre ocultan más de lo que iluminan. Temía más que nada pasar sobre las alcantarillas, esas puertas medio abiertas a un mundo subterraneo del que sólo conocemos el rumor del agua que siempre parece venir de muy lejos, de muy hondo, acariciando las paredes con una parsimonia casi ritual. Se imaginaba cayendo en una de ellas sin encontrar el fondo, sólo rodeado por el agua que bajaba susurrando sus secretos. Por eso, al encontrarse una alcantarilla, se detenía un momento a escuchar. Abría bien las piernas y calculaba el espacio justo para arrodillarse y poner las manos al borde de la tapa. Estiraba el cuello e inclinaba la cabeza, acercandose sigilosamente al centro del agujero, y cerraba los ojos para seguir el recorrido de las gotas que se desprendían del torrente que las arrastraba. Esperaba oírlas estrellarse contra algo, quizás un río, o una roca, pero éstas caían dejando apenas un silbido ligero y continuo, una tras otra, confundiéndose a veces con la suma de los pasos sobre el pavimento, con las hojas que se estremecen con el viento, con las nubes que se chocan y se empujan y a veces estallan, pero nunca desaparecen. Hipnotizado por voz de la ciudad que le hablaba entre sueños, sentía la urgencia de entrar. Ya no era su oído en la boca de la alcantarilla, sino toda su cabeza hasta el cuello. Se extendía en el suelo y dejaba colgar sus brazos en el agujero, tocando con los dedos las paredes húmedas y resbaladizas como el esófago de alguna bestia que lo iba enguyendo lentamente. Cuando su estómago llegaba al borde del abismo y sus rodillas se levantaban balanceándose sobre el suelo, el sueño se esfumaba y las otras voces volvían a escucharse. Él se alejaba a rastras de la alcantarilla y, una vez se sentía seguro, se ponía en pie y salía corriendo hacia el poste más cercano, dejándose bañar por la claridad artificial del foco.lghenriquezhttp://www.blogger.com/profile/02267357268043062645noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-4411112348154684640.post-88523158584023153602007-03-23T15:13:00.003-04:002007-04-19T10:23:03.687-04:00Esto no es una película<p>David abrió la puerta para dejar que Verónica pasara a la pequeña cabina de cristal blindado del cajero automático. Dibujó con la mano un pasé taurino, siguiendo con los ojos los volúmenes del pantalón blanco que se deslizaban bajo sus dedos con la exquisita tersura que imaginaba para la piel morena de su amiga. Sin levantar la vista de las nalgas que se movían revestidas de una cándida claridad, como dos niñas jugando en un balancín bajo el sol de una tarde sabanera, sintió la doble acometida de dos corrientes heladas que lo dejaron clavado en el efímero espacio del umbral. El frío metálico de un cañón sobre la nuca unido a la mirada de Verónica sobre su frente gacaha, reproche a la transgresión de esa superficie mística dispuesta sólo para la contemplación, lo dejaron clavado en el suelo como una parte más del mobiliario del banco. Instintivamente, sin saber a quién dirigía su gesto, levantó las manos suavemente, sintiéndose derrotado e impotente.</p> <p>-!No sea imbécil! Baje las manos que esto no es una película-, dijo alguien con una voz pasada por la lupa del tiempo. Seguramente fue la misma persona que empuñaba el revólver. Quizá fue Verónica burlándose de su cobardía. Aturdido, no podía ya distinguir los sonidos que venían de la calle de los que se colaban desde el otro lado del cristal, donde una docena de entes, abstraídos en sus diligencias urgentes, formaban una muralla de indiferencia.</p> <p>David había esperado este momento desde hacía algunas semanas. Cada vez que salían juntos de la universidad se entretenía en pensar que en una ciudad como Bogotá, llena de maleantes, traquetos, indigentes, asaltantes, violadores y facinerosos, llegaría el momento en que podría demostrarle a Verónica que, en lugar de felpa y estopa, por sus venas corría la sangre de un hombre como cualquiera, o mejor que cualquiera. Desde que la conoció hacía abdominales todas las mañanas, tomaba clases de taekwondo, full-contact, yoga y primeros auxilios; veía películas de Van Dame, Segal y Schwarzenegger; tomaba Pony Malta con leche y huevo crudo por las mañanas y cambió la dieta nacional, rica en carbohidratos, por una con más vegetales y proteínas que había encontrado en Internet. Sus días se habían convertido en una fase de preparación para la batalla final contra un enemigo sin rostro.</p> <p>Bajó las manos con la misma parsimonia con la que las había subido. No supo a quién mirar primero. Verónica había caído en un silencio espeso que absorbió las órdenes del asaltante que sólo ella parecía escuchar. Cuando ella se giró para retirar el dinero, la redondez de sus nalgas entró nuevamente en el campo de visión de David y él entendió la imagen como una señal para actuar. Alzó la cabeza y sintió que el cañón se apretaba sin vacilación contra su sien mientras una mano blanca y huesuda se plantaba sobre su pecho, arrinconándolo contra la única pared de cemento del cajero. Dudó una vez más pero adivinó un sollozo entre el ruido mecánico del contador de la máquina que lo impulsó a encarar al maleante. Lentamente, llevando primero los ojos hasta los límites de sus órbitas, giró el torso hasta encontrarse besando el arma en la boca. Cerró los ojos y dejó escapar un suspiro resignado. No alcanzó a reconocer el rostro detrás de la abertura del cañon cuando un golpe de la culata sobre la cabeza lo hizo sentir que la cabina se tambaleaba hasta dar un giro arrebatado que terminó en un plano oscuro y helado.</p> <p>El asaltante, siguiendo sin inmutarse la caída de David, elevó el arma a la frente de Verónica que parecía intentar cubrirse con el fajo de billetes aún calientes que sostenía entre las manos. El maleante levantó una pierna para sortear el bulto que lo separaba del botín y lo arrancó de entre los dedos reciamente apretados de la joven, quien veía entre lágrimas cómo la mano blanca y huesuda se asía con el dinero para la matrícula del semestre. </p> <p>Desde el suelo David pensó que el fin había llegado y que, lo que era peor aún, era un fin macarrónico, muy alejado del epitafio que había soñado para sí. Quiso levantarse, tomar el brazo del asaltante y obligarlo a soltar la pistola con una llave marcial. Pensó que si se le enfrentaba, éste, que no esperaría semejante acto de valor o estupidez, terminaría por huir por la puerta aún abierta del cajero. Tendría que trabajar con el factor sorpresa. Así, ignorante de lo que ocurría sobre su cabeza, apretó los puños, cerró los ojos y contrajo el abdomen, se retrajo un instante y, como un resorte, se puso en pie... o casi, ya que justo en ese momento el asaltante pasaba la pierna sobre él y terminó enredándose con su espalda ascendiente, dando los dos en el suelo.</p> <p>Un disparo se escapó de la mano del asaltante. Un grito de la boca de Verónica. Un gemido mujeril del pecho de David. El guardia de seguridad del banco, que ya sospechaba que algo ocurría en el cajero, se acercó corriendo y puso un pie sobre la mano armada, sin poder identificar con seguridad a quién pertenecía en medio del enredo humano que formaban David y el maleante en la estrechés de la cabina. Uno de los clientes, que seguramente había visto lo ocurrido pero sólo se decidió a actuar con la protección del guardia, se apresuró a ofrecer su mano a Verónica para ayudarla a salir del cajero. Con algo de pudor por la posición en la que se encontraban y en movimientos lentos dirigidos por la batuta de seis tiros del guardia, los dos hombres se pusieron de píe. Una vez separados, el guardia apresó al maleante a quién no tardó en identificar, dejando a David el espacio suficiente para franquear la puerta y salir. Pasó una ambulancia, pasó un avión, pasó Verónica por la mente de David y se paró frente a él en medio del andén lleno de curiosos y de policías. Se oían rumores, gritos ahogados, sirenas y, por encima de todo, una voz que repetía: “!No sea imbécil que esto no es una película!”. Esa vez fue Verónica, seguro. Sin poder detener el llanto la joven le asestó una bofetada en la cara que le dolió más que el golpe contra el suelo. “Nos pudieron haber matado, ¡idiota!”, sentenció la joven para luego ir a refugiarse en los brazos del desconocido que la había salvado de la cabina de cristal en la que David la había metido.</p><br /><p></p>lghenriquezhttp://www.blogger.com/profile/02267357268043062645noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-4411112348154684640.post-46902427358268248902007-01-24T21:19:00.000-05:002007-01-24T21:22:26.892-05:00La PerchasLa primera paloma cayó un jueves por la mañana. -Mal presagio-, le dijo Isa a la Perchas mientras dejaba el rincón en el que se había instalado y se levantaba para empujar con el báculo el desorden exánime de plumas que se oscurecían con el impacto de los primeros goterones. La perra acercó el hocico humedecido y, como entendiendo las palabras de su ama, se retrajo nuevamente con una expresión de disgusto. -El hambre no da para tanto, ¿verdad?- Los dos cuerpos se perdieron nuevamente bajo la ruana forrada con un revestimiento de bolsas plásticas, dejando que el agua se llevara el cadaver del ave hasta una alcantarilla que ya rebosaba a pocos metros de sus pies. <br /><br />El día pasó por agua. Mientras dormían, cayeron dos palomas más. <br /><br />El viernes por la tarde salieron a caminar. El sol brillaba sobre el pavimento aún mojado y hacía relucir los charcos de un multicolor grasiento, agitados por el paso del carro de balines que rodaba pegado al andén. Las miradas adormecidas seguían desde los buses la figura pesada de ropas demasiado grandes y mantas ennegrecidas, como un presagio del fin que espera a quienes no soportan la cruz de todos los días, la procesión que lleva al éxito, simulacro del paraíso. <br /><br />Al llegar a la esquina de la Séptima con Jiménez, el golpe seco de un nuevo cuerpo alado al estrellarse sobre el suelo adoquinado hizo que Isa bajara la mirada, entretenida con el pasar de las nubes sobre los edificios, para encontrarse con la sombra oscura que era la Perchas corriendo entre ladridos como un perro de caza que sale a buscar la presa. Sin prestar atención a la luz verde que la incitaba al otro lado de la calle, Isa se lanzó por encima del carro de balines y, mirando una vez más al cielo, extendió los brazos y corrió hacia su amiga, que miraba estupefacta el monstruo de escamas verdes y ojos de cristal que la embestía. El estrépito de una bocina desintegró el concierto de motores, pitos y tacones que retumbaban por entre las calles de una ciudad aturdida. La Perchas, con la paloma muerta colgando aún entre el hocico, ganó de un brinco el otro lado del andén, mientras que detrás de ella las cinco puntas que coronaban la nariz del monstruo se clavaban en el costado de Isa que, irónicamente, no logró esquivar la carga enfurecida del Dodge '74, tal vez demasiado viejo o demasiado apático para detener su marcha.<br /><br />El círculo de curiosos fue disuadido por la presión del tráfico y las exhortaciones de un grupo de soldados que abandonaron sus puestos de guardia junto a las arcas de la nación para restablecer el orden. Uno de ellos tomó el cuerpo inerme de Isa y, pasándole el fusil bajo los brazos, lo arrastró hasta el separador de la avenida ante la mirada trastornada de los transeúntes que, sin embargo, no se detenían ya en su marcha. Veinte minutos más tarde, una patrulla se llevó el carro de balines y el desorden de harapos que parecía aclararse con las primeras gotas de lluvia. La Perchas siguió la furgoneta por la Jimenez y giró por la Décima hasta llegar al San Juan de Dios, donde encontró el cuerpo de Isa tronchado sobre uno de los escalones de la entrada, reflejando el de otra paloma que se había desprendido del borde de una de las ventanas del edificio. Una enfermera y un voluntario tomaron los restos de Isa y la llevaron a la entrada del depósito, donde sólo le quedaba esperar que la Divina Providencia decidiera su destino.<br /><br />El sábado no paró de llover. La Perchas rondaba el hospital, esquivando los pies de médicos, policías y parias enfermos y lacerados que entraban y, con algo de suerte, salían algunas horas después como por milagro del santo patrono del sanatorio. Sin embargo, ya ni las oraciones que emanaron por casi 300 años a sus espaldas, alcanzaban a favorecer a las almas peregrinas que circulaban por el edificio casi en ruinas. <br /><br />La madrugada del domingo, la misma furgoneta que había llevado horas atrás el cuerpo de Isa, descargó los de un un ladrón y un policía que habían salido malheridos de un tiroteo en un banco a pocas cuadras de allí. La Perchas se parapetó entre la confusión que causaba los gritos rabiosos que intercambiaban el par de desgraciados que tendrían que compartir un rincón junto a Isa en el pasillo del ala norte del hospital. Los demás enfermos daban quejidos de dolor y exasperación, los médicos pedían respeto y orden, los policías que custodiaban al reo tomaban su bando y atacaban al ladrón con golpes y vituperios. Bolillos, estetoscopios, agujas y hasta crucifijos volaron de un lado para otro por encima del cuerpo inerme de la N.N. que la Perchas intentaba proteger con ladridos y dentelladas. Una botella de suero cayó al suelo, y el estrépito de cristales rotos silenció de golpe la refriega, dejando sólo el murmullo del viento helado que se colaba por la puerta abierta, por la que también entró una paloma extraviada que fue a posarse sobre el manto que cubría a Isa de pies a cabeza. Los contendientes, entre atónitos y avergonzados ante la imagen serena del ave, recobraron la compostura y reanudaron los trámites de admisión de los heridos. Cuando un enfermero se acercó a abrir la puerta para dejar salir la perra, el pasillo se iluminó con las primeras luces del domingo, reflejadas sobre la sábana blanca de una camilla desierta de la que caía un manto gris que nadie se detuvo a recoger.lghenriquezhttp://www.blogger.com/profile/02267357268043062645noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-4411112348154684640.post-89103582994026755082006-12-13T21:15:00.000-05:002006-12-13T22:32:17.005-05:00Gump<p style="margin-bottom: 0cm;">«Mi mami me decía que la vida es una caja de chocolates, nunca sabes qué sabor te va a tocar», dijo Gump a su amigo del labio anchísimo... que nunca me acuerdo de su nombre. Es una lástima, porque es tan importante. Incluso es el nombre que lleva la compañía de pesca que Gump abre cuando gana toda esa plata y se va solo, sin Jenny, porque su nombre siempre lo recuerdo, Jenny. Cómo me gusta ese nombre... Bueno, el caso es que él se hace millonario y se va solo a cumplir el sueño de su amigo de tener una compañía de pesca, pesca de camarones. Y yo me pongo a pensar: pescar es como abrir la caja de chocolates sin saber que te va a salir y entonces esperas que lo que venga sea bueno, pero es sólo la espera lo que cuenta, porque a veces puede ser una bota o un montón de chatarra que te rompe la red y ya no puedes seguir pescando hasta que te regresas a tu casa y construyes una nueva. Me entiendes, es como ser ciego, o ser idiota, o ser humano, como Gump. Nunca puedes ver lo que vendrá después, pero siempre esperas algo, y si no te sale... bueno, si no te sale te regresas a tu casa y haces una nueva red. Porque sigues pescando, sigues abriendo la caja de chocolates y vas a pensar que hay un relleno de fresas o duraznos que te va a invadir la boca y te va a dejar ese saborcito que tanto te gusta y, aunque ya no esté allí, lo probaste y se te ha quedado grabado en la lengua, en el paladar, en la mente y en el corazón. Dicen que los chocolates, en su medida, como todo, son buenos para el corazón. Bueno, no sé si lo dicen, pero lo quiero créer, porque me gustan mucho y me hace feliz probarlos todos. Y a ti, <span style="font-family:DejaVu Sans, sans-serif;">¿</span>te gusta la película? Bueno, ya sabes cómo va a terminar, o eso crees. Pero tienes que verla, porque es una película muy buena, y a mí me gusta mucho. Y lo que más me gusta es Jenny, y creo que me gusta porque nunca sabes qué va a hacer después. Ya te lo conté, se fue de su casa y Gump la encontró cantando desnuda en un burdel, pero para él era como uno de esos sabores que se quedan en tu boca por horas y horas, y nunca te olvidas de ellos, igual si es chocolate blanco o de leche o negro, pero es un sabor que reconoces porque cada vez que lo pruebas es como la primera vez. Nunca sabes dónde te lo vas a encontrar, pero cuando lo ves, sabes que es el mismo. Y él la vuelve a encontrar y los dos están juntos en la casa de su mami, porque así la llama, «mami», y Jenny después muere. Pero él la había probado, y estaba ahí, como el sabor del relleno de un chocolate, sólo que no sabes cuándo te va a tocar encontrarlo otra vez. ¡Cómo me gusta esta película!<br /></p>lghenriquezhttp://www.blogger.com/profile/02267357268043062645noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-4411112348154684640.post-29601731047949448902006-12-12T14:28:00.001-05:002006-12-12T14:28:38.966-05:00La muerte del maquinista«Estoy segura de que ese no era», dijo la señora Q., encontrando un punto fijo en el espacio en el que clavó con severidad sus palabras. Su relato era fantástico, pero no había en el fisura alguna que nos permitiera dudar de su sinceridad más allá de las formalidades de la lógica. Guardó silencio por unos segundos y continuó: «Salí a buscar el mío por el barrio, intentando seguir su rastro disfrazado por el olor a grasa y sudor de metal fundido sobre el asfalto. Grité su nombre y el eco resonó ente las paredes de los edificios sin encontrar respuesta, así que salí a la avenida y por un tiempo anduve entre la multitud de engranajes que, como él solía hacer, regresaban a casa con las primeras luces del día. Estaba celosa de los ojos que pudieran haberlo visto, de las mujeres que quizá lo sedujeron en el camino, de las paredes entre las que tal vez estará encerrado pensando en mí. Caminé por horas, tal vez por días, y me hallé varias veces de nuevo frente a la puerta entreabierta que esperaba su regreso». <br /><br />Uno de nosotros preguntó cuándo fue la última vez que lo había visto y la pregunta le hizo bajar la mirada. Tras un nuevo silencio, un susurro se escapó de su boca casi inmóvil. Noté que todos nos acercamos más a ella, torciendo un poco la cabeza como esperando que el murmullo alcanzara nuestros oídos y nos permitiera discernir si lo que exhalaba era un suspiro o una respuesta. Creo que ella también se dio cuenta porque sus labios empezaron a articular las palabras y pronto su discurso tomó forma: «Todos los días, mientras él duerme, preparo el almuerzo, arreglo el apartamento y a medio día salgo a trabajar. Cuando regreso por la noche, encuentro los restos de su comida en el plato, siento su aliento en los cubiertos relamidos y la huella de un beso en la servilleta cariñosamente arrugada en una esquina de la mesa: es su manera de agradecerme sin palabras. Aunque no lo vea, sé que él está ahí, en la cama sin tender, en la ducha aún mojada, en su ropa colgada sobre el espaldar de la silla, todo está marcado con una presencia que me acompaña a la cama y con la que duermo tranquila hasta la madrugada, cuando él regresa a casa tras acabar su turno en la fábrica. <br /><br />«Esa noche llegó más temprano. Después de dar un portonazo, sus pasos apurados se desviaron hacia el baño y se detuvieron en un golpe seco de las rodillas junto al retrete. Escuché con dolor que intentaba reponerse, pero no me atreví a levantarme para no avergonzarlo. Cuando salió vi a contraluz su silueta fatigada, rebotando de un lado a otro mientras intentaba alcanzar la seguridad de la cama. Al darme cuenta de que su lucha de naufrago alucinado había cedido al sueño, me levanté para desvestirlo y meterlo bajo las cobijas. Esa fue la última vez que lo vi, entre sombras, desnudo e inmóvil, respirando pesadamente con la cabeza sobre mi pecho. Sin darme cuenta, me quedé dormida acariciando su cabello». <br /><br />Levantó nuevamente la vista y las manos, que se habían juntado a la altura del pecho mientras pronunciaba las últimas palabras, cayeron sobre su regazo marcando la pausa. Pensé en preguntarle sobre la mañana siguiente, pero lo inquisitivo de nuestras miradas atentas que se encontraron con la suya en el medio de la habitación la incitaron a continuar: «Cuando desperté, encontré aquel hombre acostado a mi lado. Me quedé mirándolo un buen rato, sin decidirme a abrir la cortina para estar segura de que no fuera un efecto de la penumbra, y llegué a pensar que era un sueño. Me senté a su lado y lo vi más pequeño que mi marido sobre la cama, tenía más barba y el vello de su pecho era más oscuro y tupido. Las líneas de su rostro se veían más agudas, más ceñidas a los contornos de su cráneo. La piel de su cuerpo era árida y resquebrajada, apenas colgada de un esqueleto retorcido, como un juguete del que nadie se sirve hace mucho tiempo y que se pudre en un rincón de un baúl húmedo y oscuro. Desnudo como estaba, lo examiné completo. Yo no he conocido otro hombre en mi vida y estoy segura de que aquel no era el mío. <br /><br />«Temí despertarlo y, sigilosamente, salí de la cama para buscar a mi marido pero, tan rápido como se recorren los 24 metros cuadrados de nuestro apartamento, me dí cuenta de que estaba vacío, excepto por esa presencia extrañamente familiar en la habitación. Me quedé parada junto a la ventana de la cocina que da al patio del edificio, esperando que el aire frío de la mañana me aclarara las ideas o, por lo menos, me permitiera salir completamente del letargo que, seguramente, había causado en mí la confusión. Cuando el extraño empezó a despertar, yo lo vigilaba desde la puerta de la habitación, dispuesta a confrontarlo con la valentía que otorga la empuñadura de una arma entre los dedos. Apenas abrió los ojos, como preguntándose qué hacía yo ahí, mirándolo, ese hombre desconocido empezó a decir algo que no entendí o no recuerdo, con un gesto que tenía algo de furioso y suplicante. No sé si gritaba o si sólo movía los labios con violencia, pero se me acercaba estirando los brazos como si fuera a abalanzarse sobre mí. Dos círculos negros, grandes y brillantes, me regresaban mi propia imagen perdida en el pozo de sus pupilas dilatadas. Cerré los ojos y me contraje en lo que imaginé mi más mínima y compacta expresión. Por un instante vi como mi cuerpo erguido se alejaba mientras yo caía hacia atrás, irremediablemente, sin encontrar un punto de apoyo en lo inmaterial del momento. Fue un desdoblamiento similar a los que ocurren entre la vigilia y el sueño, una larga caída en un vacío profundo que termina violentamente de vuelta en el propio cuerpo. Sentí su peso inerme sobre mí como una roca o una pared caída tras un temblor. Me desprendí de él como pude y salí a la calle a buscar a mi marido.» <br /><br />La descripción del cuerpo desnudo que dio la señora Q. concordaba con la del extraño que encontramos en el apartamento, excepto por las ocho heridas que tenía en el costado izquierdo del vientre, propinadas con un cuchillo de cocina común. El cuerpo había alcanzado un alto grado de descomposición, ya que sólo cuando el hedor alarmó a los vecinos se dio aviso de la presencia del cadaver. Desde que la encontramos dormida en los alrededores de la fábrica donde trabajaba su marido, ella le contaba esta historia a todo el que se la preguntara, o que por lo menos le diera la impresión de que deseaba oírla. y siempre era exactamente la misma. Yo no me atreví a decírselo pero sé que, en el fondo, ella sospecha que su esposo, el maquinista, no regresará nunca más.lghenriquezhttp://www.blogger.com/profile/02267357268043062645noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-4411112348154684640.post-20862453688311229442006-12-12T14:21:00.000-05:002006-12-12T14:22:12.642-05:00Recuerdo de una nocheEsa noche Diana despertó sólo una vez pero, como siempre, regresó a la placidez e inocencia de su sueño. Me gusta como duerme, la facilidad con la que se desconecta del mundo y se entrega a sus fantasías, a sus historias imposibles que me narraba con detalle mientras desayunaba. En cambio yo no pude dejar de pensar. Había pasado varias noches de insomnio, recriminándome por lo que no fui durante el día, preocupándome por lo que no sería en la mañana. Me preguntaba si algún día no seríamos más nosotros y me encontraría nuevamente cara a cara con un Yo incompleto. Pero siempre era ella quien importaba. Y sus sueños. Esa noche, su regreso a mi lado fue abrupto, como la caída desde la cima de un enorme muro, frontera invencible entre su mundo de sueños y la realidad de nuestra cama alquilada por días. Contemplé con espanto su gesto desesperado, acompasado por sollozos que aumentaban en mí la certidumbre de su proximidad con el suelo. Luego vino el llanto. Quizá lloraba por tener que regresar a lo que eramos entonces, a esas cuatro paredes peladas de pensión en un país extraño, tan lejos de casa. <br /><br />Todo esto ocurrió con la velocidad con la que el halo de las luces de un carro atravesó la ventana y se proyectó en el techo lleno de humedades. Un par de palabras que se escaparon de su boca entreabierta, aparentemente sosegadas pero sin sentido, me anunciaron que todo había pasado y que volvería a dormir. Mientras acariciaba su cabeza sobre mi pecho, miraba uno a uno los reflejos de que llegaban de la avenida y se repetían sobre un cuadro de flores tejido a punto que mediaba la pared, impidiéndome caer completamente en un sueño ligero pero entumecedor. En mi reloj eran las tres, lo que significaba que sólo tenía una media hora. Me levanté de la cama diciéndome a mí mismo que podría valerme del recuerdo de esa noche para cumplir la promesa de un siguiente día. <br /><br />¡Esta vez sí!, me repetí. Las instrucciones estaban grabadas en mi mente tal y como me las había recitado el tipo de la lavandería: “Treinta mil dólares y los billetes de autobus... Hay una habitación en una pensión a un par de cuadras de la casa, te quedarás allá hasta que te lo indique... 1550 Washington St., número 5. Lo harás antes del amanecer... La puerta trasera da al callejón de la calle Cashman, es la tercera casa, justo al lado del restaurante brasileño. Sólo hay un reja que separa el jardín del callejón, mide más o menos quince pies, pero la puedes romper con esto. Al entrar por la puerta de vidrio, su cuarto está justo a la derecha, frente a la cocina. Estará solo, pero cuidado con hacer ruido, tu revolver tiene silenciador pero el hijo de puta tiene una nueve a la mano: un solo disparo suyo y, si no te mata, tendrás la policía encima en cuestión de segundos... entras, lo quemas y a correr.”<br /><br />Todo estaría bien. Salí de casa antes de las cuatro y noté que el primer autobus debería estar retrasado, a juzgar por el número de gente que esperaba en la parada. Tenía tiempo de sobra. Pensé que a esa hora debería estar camino a la bodega para separar cupones de descuento para almacenes en los que nunca había entrado: diez, quince, veinticinco por ciento de descuento por compras de cien dólares o más. Ya no los necesitaría después de esto, ni la bodega, ni sus cupones, ni los descuentos. Diana y yo volveríamos a casa y tendríamos suficiente dinero para pagar el precio completo y en efectivo. Compraríamos un apartamento, un carro nuevo y haríamos el amor en nuestra propia cama, una cama en la que ella podría volver a sus ensoñaciones de siempre, no a esas pesadillas de rejas y perros rabiosos que salían de entre los matorrales a cazarla. ¡Esta vez sí!, me repetía, Diana no tendría que volver a saltar el muro, ni a llorar en la madrugada. <br /><br />Ya se acercaba la hora; eran las cuatro y media y yo estaba parado en la esquina del restaurante. El callejón era estrecho pero se hinchaba con la claridad delatora de un farol que se escurría por entre los enrejados. Uno, dos, tres jardines y la reja que me mira petulante desde sus quince pies. En el morral tenía la pistola y un cortafrío, también una la máscara que me había dado el de la lavandería pero que no quise usar por que me sentía ahogado. Observé el enrejado como un obstáculo más que tendría que saltar para cumplir con la promesa del regreso, pero esta vez no estaba seguro de tener fuerzas para seguir. No tuve tiempo o paciencia para cortar el tejido de alambre y mi caída desde la cima del enrejado fue tan violenta como la de Diana desde su muro de delirios. <br /><br />No sé cuanto tiempo duré tendido en el suelo pero, al levantarme, el mundo a mi alrededor se hizo plano y brillante como una pantalla en la que se proyectan las imágenes de una película sobre la que no tenía ningún control, una serie de cuadros erráticos que se sucedían, que se suceden aún aparatosamente en mi cabeza: ¡Maldita sea! No me duele, no me duele nada. Es sólo una mancha roja en la frente que me persigue y marca mis pasos, pero nadie la va a notar. El cortafrío otra vez en el morral, ahí donde está máscara, también la pistola. La puerta no tiene seguro... despacio, muy despacio. Shhhhh, que no suene el piso, por favor, que no suene tanto. La mancha casi no me deja ver, está en mis ojos, en mis manos y ahora también en la manija de la cerradura. Ya estoy adentro y no hay nadie en la cocina. Oigo una respiración, es la mía, siento como si tuviera la máscara metida en la garganta. “Lo quemas y a correr.” Eso dijo, así de fácil (veo rojo, no veo nada) es la puerta a mi derecha... Hay una línea de luz opaca que se amplía a medida que los objetos durmientes se reafirman en sus siluetas apenas perceptibles. Una silla, una cortina, una mesa, una cama, una frazada medio caída y la hendidura en la almohada que aún no recupera su forma... ¡No, no está! El piso que se desbarata a cada paso y el hijo de puta no está aquí... Otra puerta. Debe ser el baño, ¡está en el baño! ¿Dónde más? Shhhh, que no me oiga. No me duele, no me duele nada, tengo calor, veo rojo y él está en el baño... Calma. ¡Abrir la puerta y un solo disparo! “Lo quemas y a correr”. Respira, no seas tan pendejo. Uno, dos, tres... <br /><br />La pistola tenía silenciador y nadie oyó el disparo. <br /><br />Son las ocho de la mañana y estoy a unos pasos de la pensión, estancado en el mismo recuadro de cemento sobre el andén, incapaz de cruzar la línea al siguiente espacio. Llevo meses viviendo la misma fotografía de mi rostro en descomposición reflejada en la ventana del restaurante brasileño. A mi alrededor, los demás son imágenes confusas de ciudadanos respetables que ni siquiera me esquivan al pasar. Sólo ella, Diana, fue capaz de verme a los ojos cuando me cruzó corriendo de camino a la estación. ¡Cuanta valentía y cuanta sinceridad se requiere para ver a alguien a los ojos en lugar de buscarse a sí misma en un espejo! Me duele, me duele mucho su mirada, pero éste es sólo el principio de un día más de esperar hasta que llegue el momento de reencontrarme con ella allá en el sur, al otro lado de ese muro que nos separa de ese Nosotros que fuimos alguna vez. Hasta entonces el recuerdo de una noche servirá para cumplir la promesa de toda una eternidad.lghenriquezhttp://www.blogger.com/profile/02267357268043062645noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-4411112348154684640.post-62754705054738851852006-12-12T14:20:00.000-05:002006-12-12T14:21:23.134-05:00La bala perdidaLa bala entró por la parte frontal del cráneo, dejando un círculo de piel chamuscada, justo en la mitad de la frente, en el lugar mismo donde comienza la percepción. Tomó las cosas mejor de lo que esperaba y sólo tardó un minuto para hacerse una idea de lo que ocurría a su alrededor. Lo primero que notó fue el hilito rojo que se estiró por su rostro hasta encontrar los labios, pasando por la lengua adormecida para enredarse en la barba de un par de días. En un examen preliminar se tocó la muñeca izquierda con dos dedos y miró el reloj, hizo un conteo rápido de sus pulsaciones encontrando que el impacto aún no alcanzaba a afectar su habilidad de contar o de leer el paso del tiempo en una máquina de movimientos japoneses. Así las cosas, decidió que era conveniente salir del apartamento por sus propios medios, evitando, eso sí, hacer esfuerzos innecesarios como cerrar la puerta a su paso o buscar un cigarrillo. Cualquier abuso en su condición podría significar una muerte rápida e insípida y él quería disfrutarla como el sabor de la sangre en su boca.<br /><br />Ya afuera, miró de nuevo el reloj y encontró con desilusión que aún tenía mucho tiempo que matar (la ironía de la expresión le causó cierta gracia): matar el tiempo, quitarse el reloj y meterlo en un bolsillo, ignorarlo, quedarse quieto, no cruzar la calle y ver como la luz roja en la otra esquina detiene su titilar y ya nadie mira a lado y lado antes de iniciar la marcha. La otra acera puede esperar porque el tiempo ha muerto y en este lado se está bien. Quiso sentir su pulso una vez más pero fue inútil, ya no sabía contar, tampoco estaba el ritmo del segundero para marcar el paso. La bala había llegado a esa parte del cerebro que rige la continuidad de las cosas. Desafortunadamente la memoria es persistente y está fuera del tiempo; los recuerdos seguían ahí, resistiéndose a abandonar la calidez de su cuerpo. <br /><br />Caminó por un rato y pensó en cuál sería el mejor lugar para disfrutar a gusto y sin interrupciones su propio deceso. Sabía que el alcohol, como buen desinfectante para las heridas, causa una sensación de ardor que hace recoger los músculos de todo el cuerpo, apretar la mandíbula, fruncir el ceño y, en algunos casos, que los ojos se agüen, justificando así el vergonzoso acto de llorar. Decidió que el pub irlandés de la calle Stanley estaría bien, considerando que los irlandeses no se sorprenden al ver sangre gotear de la barba de un hombre en un bar. Al llegar allí ordenó un whisky e intentó seguir la música con un movimiento de su pie derecho mientras ingería el líquido a sorbos regulares para no levantar sospechas. En los pocos segundos que duró el silencio entre I don't want to be your dog y Sunday bloody sunday, recordó el círculo perfecto, el hilito de sangre, el cañón. Vislumbró el revólver, Smith & Wesson, .29 niquelado con empuñadura cuadrada, bellísimo. Todavía estaría tirado en el piso junto a la cama, junto a los trozos de vidrio sobre el tapete y el agujero en la pared rodeado por lo que fue el marco de un espejo. Para el principio de The girl in the dirty shirt, recordó también el dedo apretando el gatillo, la penumbra que llenaba la habitación, la puerta abierta. Con una segunda copa alcanzó el efecto deseado: entrar de vuelta en su propio cuerpo, reencontrarse con las agrieras, los escalofríos, el mal aliento, la incomodad de una bala perdida en algún rincón de su cabeza sin cumplir con su cometido. Se sintió mal y salió de nuevo a la calle. <br /><br />Quiso regresar a casa pero ya no recordaba el camino. Cualquier calle podría ser el final del recorrido, Cul de Sac, Dead End. Todas las luces rojas adelante y ninguna señal que le indicara el sur. La nieve ya había cubierto el rastro de sangre y saliva; dos años, tal vez dos siglos de dejar recuerdos como mojones en el desierto pero en Montreal había tantos de estos hitos dejados por otros que era fácil tomar la senda de otro desamor u otro destierro y terminar llorando por la raza humana en conjunto. Se detuvo en una esquina para darse algo de confianza. No sé por qué (tampoco él lo sabía) se sintió bien al saber que la bala continuaba rebotando de un lado a otro entre su cabeza; quizá ya había bajado al hígado, al páncreas, a las rodillas, y entonces la muerte era tan inevitable como el hilito de rojo, como dejar la puerta abierta, como matar tiempo. <br /><br />Pensó en el apartamento y en la puerta que seguía abierta, tal y como ella la había dejado. ¿Por qué no la cerró? ¿No hubiese sido más fácil para él la puerta cerrada en lugar de la silueta que se pierde por las escaleras dándole la espalda? A lo mejor él hubiera hecho lo mismo si ella le hubiese pedido que se marchara. Quizá debió ser él quien saliera primero, pero fue Claudia quien ofreció marcharse. Siempre la buena de Claudia que le dio todo y él queriendo más. Él mismo se lo había hecho saber a la hora de la cena: tanto había dado que no había ya nada que él pudiese querer de ella, estaba seca como el pedazo de carne que comía con desgano. Nunca le dijo que era él quien moría, que ya no tenía más que dar y se hastiaba de recibir. Seguro que ella lo hubiese comprendido y en un acto de amor le habría volado los sesos con el 29 pero sólo se limitó a entregarse nuevamente, a continuar el duelo que él había propuesto. <br /><br />Recordó el último encuentro, el rostro pálido y ella sentada en la cama con el arma en la mano. – ¿A quién quieres matar?- preguntó él. El silencio. El llanto. No más preguntas. Claudia se incorporó, dio dos pasos hacia él y deslizó el cañón por su cara, el cuello, el lado izquierdo del pecho, y descansó por un par de segundos en el ombligo. – A nadie que no estuviera ya muerto- respondió –fue un fallido intento de eutanasia-. Los dos rieron por un instante, él le tomó la mano armada haciéndola a un lado y se acercó para besarla. Claudia le pasó el brazo por el cuello y se colgó de él, dejándose caer hacia atrás sobre la cama. Fue difícil despojarla del arma que se interponía entre ellos mientras desapuntaba la blusa, el sostén, el broche doble de la falda de paño. Era como quitarle la piel a una serpiente convulsa, cuya cabeza era el 29 que se movía de un lado a otro amenazando con pegar una mordida azarosa. No alcanzó a notar en qué momento superaron aquel milímetro entre el dolor y el placer. Estaba entre golpes del revólver contra la espalda, la mandíbula, las caderas; estaba entre los labios desquebrajados por el invierno y los gritos (¿de placer?); un duelo a muerte que ninguno de los dos quería ganar, pero, como todos sabemos, existen las reglas en el combate. El arma cayó junto a la cama y el pugilato continuó en una lucha cuerpo a cuerpo que el perdía con cada quebranto que infringía en ella. Entre tanto, el espejo, como todos los espejos, era testigo silencioso de su ignominia para convertirse más tarde en el juez implacable de su crimen.<br /><br />Pensaba esto cuando se halló frente a su apartamento. Una vez adentro se dirigió a la habitación y se sentó sobre la cama. Pensó que la idea de que las piernas se le entumían y los brazos se hacían más pesados eran efectos secundarios de la hemorragia que supo ignorar. Ahora sin el tiempo temía que su muerte no llegaría jamás. Decidió revisar de nuevo su pulso y confirmar que el alcohol afecta el ritmo cardiaco, luego sacó el reloj de su encierro y echó un último vistazo a la hora antes de recoger el 29. Al incorporarse encontró su propio reflejo en un trozo del espejo que aún colgaba de la pared pero ya no vio el círculo de piel chamuscada ni el hilito de sangre. Como la serpiente que se enrosca en el cuello de su víctima y la asfixia hasta que el reloj se detiene, su memoria lo ahogaba. Empuñó el arma y cerró los ojos. La bala entró por parte frontal del cráneo, dejando un círculo de piel chamuscada justo en la mitad de la frente, en el lugar mismo donde comienza la percepción, y esta vez no hubo más tiempo.lghenriquezhttp://www.blogger.com/profile/02267357268043062645noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-4411112348154684640.post-51829729119288474282006-12-12T14:18:00.000-05:002006-12-12T14:19:36.208-05:00Dos PuntosUna vez más la almohada había quedado cubierta de una capa de suaves filamentos enmarañados que a él se le antojaba cada día más extensa sobre la superficie blanca de la funda. Sin tiempo para detenerse a lamentar su paulatina pérdida, salió de la habitación intentando no hacer demasiado ruido para no despertar a Penélope que dormía ajena a su malestar, sin notar siquiera su ausencia del lecho tal vez demasiado grande o demasiado antiguo. Al regresar del baño, se percató de que el abyecto tejido había desaparecido del trasfondo algodonado donde hacía unos minutos se le había presentado con la procacidad de un mal presagio. Removió suavemente las sábanas, miró bajo la almohada y en el piso junto a la cama; intentó recordar si tal vez ya había estado ahí con el recuadro ultra absorbente de los mil usos para reclamar la evidencia de su menoscabado orgullo, pero, a menos que también estuviera perdiendo la memoria, había hecho un sólo viaje de ida y regreso a la ducha, donde sí se había servido de dos vueltas de papel higiénico para retirar de la boca del drenaje los residuos rechazados de su cabellera. <br /><br />Apremiado por el parpadeo de dos puntos rojos entre las cifras mínimas de una hora indecente, se perdió en el armario y, rechazando el vestido y la corbata fúnebres que colgaban de un gancho tras la puerta, sacó el pantalón de pana, la camisa polo de rayas y la chaqueta deportiva sin estrenar que Penélope le había regalado para su cumpleaños. Antes de salir de su casa se dio cuenta de que sobre la consola había un espejo ovalado rodeado por un elegantísimo marco de madera, cuya aparición atribuyó al buen seso y exquisito, pero costoso, gusto de su mujer.<br /><br />No menos desilusionado que la mañana anterior, encontró nuevamente el revoltijo de su cabellera perdida ensombreciendo la blancura de su almohada. Sólo para estar seguro del destino de sus despojos, salió directamente a la cocina y regresó con dos hojas super resistentes con las que no pudo sino restregarse los ojos ante la profanación de sus restos. Miró a Penélope con desconfianza, pero esta dormía profundamente dándole la espalda. Repitió las pesquisas al rededor de la habitación y una vez más abandonó su búsqueda con resignación ante la incisiva oscilación de los dos putos que lo empujaban a la calle. Después de apurar un café con tostadas y echar un último vistazo por la alfombra, se detuvo unos segundos frente al espejo, dejándose desanimar por las formas dilatadas que se forraban en la camisa de cuadros y el pantalón de dril.<br /><br />Esa noche regresó vencido por la lasitud del trabajo y la odisea del tráfico capitalino que, muy seguramente, tenía su parte de culpa en la mengua de su melena. Ignoró con un rodeo forzado el espejo de la entrada y subió a la habitación, algo sorprendido por la quietud de la casa, normalmente inundada por el olor de la cena y el revoloteo histérico de su mujer intentando dar fin al ciclo estéril de sus labores domésticas. Efectivamente no se cruzó con ella por las escaleras ni por el pasillo, tampoco estaba en el baño ni en el estudio. Cuando entró en la habitación, advirtió un silencio lúgubre entre la penumbra que sólo dejaba ver las formas más familiares de su cama, su mesita, el armario y el tocador, pero no la de Penélope. Estiró una mano para encender una lámpara y descubrió, sintiendo una aprensión similar a la de sus mañanas frente a la almohada, un recuadro blanco con diseños florales en bajo relieve que servían de fondo a una escritura conocida. Tomó la nota entre sus manos y se sentó en la cama, sin notar la mullida textura del cobertor tejido con finos hilos de color castaño cenizo oscuro que la cubrían.lghenriquezhttp://www.blogger.com/profile/02267357268043062645noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-4411112348154684640.post-30378507147481663432006-12-12T13:52:00.000-05:002006-12-14T15:43:40.561-05:00El ciclo lunar<p style="margin-bottom: 0cm;">Ella, agradecida, le dio un último beso en la boca y atravesó el portal sin darle tiempo siquiera para terminar de cerrar la boca y abrir los ojos. Él vio, entre enternecido y desilusionado, como su sombra se perdió en el recodo de las escaleras y con ella la ilusión de una noche de sexo salvaje que se había insinuado con vehementes palabras durante la velada. De camino a su casa se consoló pensando que era culpa del ciclo lunar, estrechamente ligado al ciclo reproductivo femenino y, mirando el cuarto creciente que colgaba en cielo, se dijo que seguramente era cuestión de tiempo. </p> <p style="margin-bottom: 0cm;"><br /></p> <p style="margin-bottom: 0cm;">Unos días más tarde se volvieron a ver y después de cenar y tomar una copa tranquila en un café -porque el día siguiente sería martes y había que trabajar- volvió a acompañarla a su casa, solo que esta vez ella no cerró los ojos ni le ofreció los labios para despedirse como las últimas veces, sino que le tomó la mano invitándolo a pasar. Una vez entraron al apartamento, ella se abalanzó sobre él como si fuera a extirparle la cabeza de un mordisco: le quitó la chaqueta, le arrancó los botones de la camisa, la hebilla del pantalón, los zapatos, los calcetines, la ropa interior, lo tiró sobre el sofá que mediaba el salón y se le montó encima. Él, todavía sin comprender, con la vista nublada por la excitación y la transpiración del ajetreo, sintió una fuerte presión en la mitad del cuerpo, como si la mujer menuda y delicada que convulsionaba enloquecida sobre él ganara un peso descomunal que amenazaba con partir el sofá en dos, y, de paso, la cintura que tenía estrujada sin contemplaciones entre las piernas. </p> <p style="margin-bottom: 0cm;"><br /></p> <p style="margin-bottom: 0cm;">Con los ojos aún humedecidos por el sudor, o quizá por la inminencia del llanto, el hombre distinguió la silueta de la bestia que se desvelaba en frente suyo, encima suyo, con la boca abierta en un ángulo imposible que dejaba ver una dentadura afilada de la que sobresalían dos pares desmesurados de caninos, como barrotes de una celda en la que alguien había encerrado una lengua larga y oscura que se movía aberrante entre las fauces. Él cerró los ojos y volteó la cabeza contra el respaldo del mueble que estaba a punto de colapsar, como si buscara escabullirse por entre los cojines y alejar de sí las garras que, suspendidas en el aire, oscilaban en peligrosas aproximaciones a su pecho desnudo, mientras sus brazos, insignificantes junto a los de ella, no atinaban a protegerlo. Ya en el suelo, con un resorte clavado en el costado, las piernas entumecidas y los ojos brotados por la falta de aire, él lanzó un grito agudo y entrecortado que ella supo acompañar con un gemido gutural que se apagaba lentamente hasta acabar en un leve suspiro. </p> <p style="margin-bottom: 0cm;"><br /></p> <p style="margin-bottom: 0cm;">Cuando hubo recuperado el sentido, aunque no del todo la dignidad ni las fuerzas, el hombre se quedó absorto, sin atreverse aún a abrir los ojos, al sentir la humedad de un cuerpo blando que se frotaba asiduamente contra su mejilla y el aliento tibio de otro ser viviente que respiraba sosegadamente a su lado. Después de unos minutos el terror fue degenerando en una cierta curiosidad, sobre todo al sentir la suavidad y levedad de la mano que, a pesar de cruzarle el pecho, no le lastimaba demasiado las heridas. Entonces decidió abrir un ojo, levantando un poco la cabeza, y vio una mano delgada y suave que descansaba impasible sobre su hombro izquierdo. Al abrir el segundo pudo seguir la trayectoria del brazo y percatarse, con cierto alivio, de que éste estaba unido naturalmente al cuerpo, igualmente delicado y hermoso en su quietud, que sólo unas horas antes había deseado poseer. </p> <p style="margin-bottom: 0cm;"><br /></p> <p style="margin-bottom: 0cm;">Invadido aún por el temor de lo que había experimentado la noche anterior, cuya veracidad pudo comprobar por la evidencia de los multiples dolores a lo largo y ancho de su fatigada humanidad, decidió quedarse inmóvil para no desatar un nuevo ataque de furia de la afable criatura que lo asía entre sueños y suspiros. Pensó por un momento en la conversación que sostuvieron unos días antes en el restaurante al que la había invitado. Recordó las miradas lascivas, los roces aparentemente involuntarios de sus piernas, sus manos que cubrían, sin dificultad pero con primor, las que ahora lo aprisionaban a él con la amenaza latente de una nueva y dolorosa transfiguración. Finalmente sus evocaciones se detuvieron en la respuesta, un poco obscena incluso para él, que le había dado cuando ella le preguntó lo que le haría si decidiera acostarse con él esa noche. Claramente hubo mención a movimientos espasmódicos, fricciones acaloradas, contorsiones, estrujamientos, mordeduras, arañones, golpes ligeros pero contundentes en algunas tiernas regiones de su cuerpo y, seguramente, uso de elementos varios ajenos a su morfología. Irónicamente él pensó que se había sobrepasado en sus proposiciones cuando ella, con un gesto de frustración, le dijo que esa noche no podría estar a la altura de sus expectativas, pero había recuperado la esperanza tras el beso de despedida que ella le había dado en el portal. Desatendiendo la posible conexión entre sus fantasías de aquella noche y el imposible realismo de la última, mientras caía suavemente en el letargo de un sueño pesado y tranquilo, pensó que, antes de hacer una próxima cita, sería prudente consultar el Almanaque Bristol, por si acaso. </p>lghenriquezhttp://www.blogger.com/profile/02267357268043062645noreply@blogger.com