tag:blogger.com,1999:blog-369652382008-05-14T11:51:43.584-04:30La duda melódicaLuis Barrera Linareshttp://www.blogger.com/profile/06751870693941712233noreply@blogger.comBlogger36125tag:blogger.com,1999:blog-36965238.post-80480850864487394052008-04-06T17:17:00.001-04:302008-04-06T17:46:40.945-04:30El martirio de ingresar a la universidad<a href="http://bp2.blogger.com/_kpptgi0yMwA/R_lFxRxuGeI/AAAAAAAAAA0/C0fMVesihBY/s1600-h/Mareos+2.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5186253158781688290" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_kpptgi0yMwA/R_lFxRxuGeI/AAAAAAAAAA0/C0fMVesihBY/s320/Mareos+2.jpg" border="0" /></a><br /><div><a href="http://bp1.blogger.com/_kpptgi0yMwA/R_lFkBxuGdI/AAAAAAAAAAs/q5Ii8BR7wE4/s1600-h/estómago+y+agua.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5186252931148421586" style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_kpptgi0yMwA/R_lFkBxuGdI/AAAAAAAAAAs/q5Ii8BR7wE4/s320/est%C3%B3mago+y+agua.jpg" border="0" /></a><br /><br /></div><div></div><div><br /><br /></div><div></div><div></div><div></div><div></div><div></div><div></div><div></div><div></div><div></div><div></div><div></div><div></div><div></div><div></div><div align="justify">En estos días he tenido una conversación con un aspirante a Bachiller. Debo confesar que su relato no hizo más que confirmar lo que siempre he pensado de las llamadas pruebas de admisión que ejecutan algunas universidades a la hora de precisar quiénes tienen las habilidades y destrezas suficientes para ingresar a sus recintos.<br /><br />El chamín me contaba acerca de los horrores padecidos por él, desde que en septiembre pasado inició su quinto año de bachillerato en un instituto modesto, pero privado. Lo primero que reseña mi interlocutor es la retahíla de consejos, reclamos, premisas y regaños consecutivos provenientes de su grupo familiar.<br /><br />-Te compré varios problemarios para que hagas ejercicios por las noches- le dijo la madre.<br /><br />-Tienes que estudiar matemática, si no, te jodiste- le ha repetido su padre cada día.<br /><br />-Deja de leer tanta pendejada en Internet y dedícate a los números, es lo más pelúo- le aconsejó su hermano, ya estudiante universitario de Comunicación Social.<br /><br />-Si fallas en mate, te dan matica‘e café- le dijo una de sus tías, que por cierto es contadora.<br /><br /><br />En fin, no hay día en que algún miembro de su familia inmediata no le haya mostrado la preocupante situación de tener que ingresar al mundo universitario nacional. A criterio de mi joven amigo, prácticamente ha tenido que seguir dos planes de estudio en paralelo. No más comenzó el año escolar en el liceo, su madre lo inscribió también en un instituto de esos que dictan los llamados cursos “propedéuticos” preuniversitarios, con la finalidad de que pudiera llenar los vacíos que le fueran quedando en sus estudios formales “de matemática”. Todas sus diversiones habituales han debido entrar en un largo reposo, debido a que la única mira en que se ha convertido su tardía adolescencia es la universidad.<br /><br />Y decir universidad y números casi pareciera ser lo mismo.<br /><br />Ahora en estos días, hace poco le llegó la hora decisiva, el momento en que por fin debería definirse su futuro. Las largas colas de las preinscripciones han culminado en la asistencia a distintas pruebas internas de admisión. Y lo que ellas significan.<br /><br />El chico describe contextos que paran los pelos. Hileras de muchachas y muchachos atemorizados, nerviosos, pálidos, algunos francamente aterrorizados, parecían ir al patíbulo y no a una simple prueba de admisión. Eso me relata. Y detrás de ellos, multitudes de padres y madres dispersos por todos los espacios de las universidades, con unos rostros de preocupación parecidos a los de los familiares cuando despiden a soldados y soldadas que se marchan a la guerra. Tristes, apesadumbrados y seguros de que muchos de ellos no regresarán con vida o volverán todos maltrechos.<br /><br />Sin decir nada de los aprestos relativos a “primeros auxilios” que rondaban por esos ambientes.<br /><br />-Pero igual salí jodido, profesor, como me dijeron que cada respuesta mala anula dos buenas, dejé todos lo de “mate” en blanco. No me gusta esa vaina y si los respondía seguro me clavaban peor.<br /><br />Como docente universitario, no he sido ajeno a la situación descrita por mi joven amigo. Y, más allá de lo que se ha discutido sobre las pruebas de ingreso a las universidades, he llegado a preguntarme si será normal esa pavorosa y terrorífica situación en que para algunos se ha convertido dicha actividad. En los tiempos en que yo debía asistir como jurado a estas “olimpíadas académicas”, también fui testigo de desmayos, diarreas incontenibles, bajadas o subidas de tensión, descompensaciones y otros males ocasionados por el pavor que genera en la persona saber que se está jugando su futuro frente a unos cincuenta o sesenta ítemes y que dicho asunto será resuelto en las dos o tres horas en que debe desarrollar aquello. Y ya sabemos que ese terror está muy vinculado al hecho de que lo que más temen los aspirantes es fallar en lo que tiene que ver con las llamadas “habilidades cuantitativas”. Si vamos a lo esencial, también la parte correspondiente a “conocimientos” depende de cálculos y más cálculos.<br /><br />Lo digo porque, de verdad, en el calor de la disputa sobre estos asuntos de “inclusión” y “exclusión”, me he preguntado varias veces si no será la terrofilia generada alrededor de Pitágoras uno de los factores que más ha incidido en que las pruebas de admisión se hayan convertido en “el coco” de algunos aspirantes a bachilleres y en el fetiche de reconocidos universitarios. Desde dentro de las universidades estamos en la obligación de preguntarnos muchas cosas frente a este fenómeno y de aceptar que, nos guste o no, tal y como han venido administrándose, algunas pruebas de admisión sí son excluyentes y limitativas. Su propia filosofía así lo determina.<br /><br />En tales casos, el destino depende de unos percentiles y cortes. Todo gira alrededor de una cifra.<br /><br />Durante algún tiempo estuve implicado en esto de los modelos de pruebas y también me llegué a plantear más de una vez el asunto relacionado con la presencia abrumadora de la matemática y todo lo relativo a la resolución de problemas en esos sistemas de medición. Aún a riesgo de que se me malinterprete, parece obvio que ha existido una corriente cultural y un paradigma científico que tiene a la matemática como el eje del universo. Si al salir del bachillerato no tienes habilidades de esas que se denominan “cuantitativas” casi pasas a ser considerado un “guateperro”, como suele decirse en el oriente del país. A juzgar por lo que rige a eso que se denomina las “ciencias duras”, todo el universo pareciera girar en torno de ecuaciones, teoremas, productos notables, números binarios, propiedades, funciones trigonométricas, raíces cuadradas, etc.<br /><br />Y eso, a mi parecer, ha incidido en las pruebas, en su diseño, en sus contenidos y en su operatividad.<br /><br />No es un azar publicitario que buena parte de los institutos que dictan los tan “productivos” propedéuticos lleven precisamente nombres que suenan y resuenan en el universo de los números: Newton, Galileo, Gauss, Leibniz, Kepler, Volta, Einsten... Tampoco lo es que el mayor porcentaje de ejercicios contenidos en esos instrumentos de evaluación impliquen habilidades y destrezas relacionadas con procesamientos matemáticos (directos o indirectos). Hasta algunos ítemes vinculados al manejo de “habilidades verbales” y “espaciales” tienen que ver con eso.<br /><br />De las varias pruebas que llegué a evaluar alguna vez, muy pocas estaban relacionadas, por ejemplo, con procesos relativos a otros fenómenos, si se quiere más cualitativos, pero también humanos, como la reflexión, la opinión, la argumentación, el ambiente, la vida comunitaria, la actitud crítica, las comunicaciones, entre otros. A mi juicio también muy importantes si los relacionamos con algunas carreras universitarias existentes o futuras.<br /><br />No quiero decir con ello que deba erradicarse la “mate” -como la llaman los estudiantes- de toda prueba de admisión. Sin embargo, tampoco estoy seguro de que el mundo gire exclusivamente todo en torno de esa sola y única disciplina que, si bien es auxiliar indiscutible de muchas ciencias, no es propiamente <strong>La ciencia</strong>. Y que me disculpen mis colegas matemáticos.<br /><br />Tampoco estoy seguro de que un bachiller que falle en alguna prueba no pueda llegar a ser un buen profesional, incluso en alguna carrera que tenga los dígitos como eje fundamental. Una diarrea originada por la terrofilia que rodea estos ambientes puede ser la causa de que el respondiente confunda circunstancialmente a Pitágoras con Calígula.<br /><br /></div>Luis Barrera Linareshttp://www.blogger.com/profile/06751870693941712233noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36965238.post-77269129443942177332008-02-15T20:14:00.000-04:302008-02-15T20:39:56.058-04:30¿Cuál es el más macho de los sexos?<a href="http://bp3.blogger.com/_kpptgi0yMwA/R7YyzeN2ULI/AAAAAAAAAAk/reGwwtPbeDM/s1600-h/mujer+musculosa.gif"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5167373482320089266" style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_kpptgi0yMwA/R7YyzeN2ULI/AAAAAAAAAAk/reGwwtPbeDM/s320/mujer+musculosa.gif" border="0" /></a><br /><br /><div align="justify">El rollo de la posmodernidad sexual y la confusión de los géneros traen a mi tía Eloína de cabeza. A fin de seguir ocultando sus canas, acudió hace poco a uno de esos lugares “unisex” que otrora se llamaban salones de belleza y se ha quedado completamente “estupefaciente” con lo que allí vio.<br /><br />Casi se le pasma la mollera al ver herido su ancestral machismo femenino y observar a varios hombres pechugones y musculosos haciéndose colocar mascarillas en el cutis o pidiendo que les curasen el acné con cremas frías. Machos de nuevo cuño, ejemplares desinhibidos de este siglo XXI confuso y difuso en el que pronto ya no sabremos distinguirnos por el género con el que hemos nacido.<br /><br />Le aclaro a mi parienta que no se asombre, que su concepción de lo masculino se mantiene todavía en una época de charros mexicanos gritones, cananas que cruzan el pecho, pobladas cejas y espesa barba. Le insisto además en que eso que ella considera un síndrome de la machumbre esfumada es ya parte de nuestra cultura contemporánea y que nadie debe aperplejarse ante la presencia de hombres que van adquiriendo hábitos que antes pertenecieron exclusivamente al sexo femenino, ni tampoco de mujeres que poco a poco, desde que pudieron vestir pantalones, se han ido sumergiendo en lo que alguna vez tipificó a los integrantes de la pandilla de Adán.<br /><br />Todos sabemos que ya no es extraño que, desde presidentes y ministros serios y muy formalotes, hasta doctos profesores, escritores célebres, artistas de renombre, ejecutivos de alto coturno y muchos otros integrantes del género masculino, acudan a la estrategia de teñirse las canas sin ningún tipo de resquemor ni falsos complejos que les aminoren la hombría.<br /><br />Paralelamente a cierto furor generalizado entre los hombres jóvenes por rasparse el coco y andar completamente calvos, cada día es mayor el número de individuos “maduros” que recurren a la estratagema del bisoñé para taparse los despojos que les va dejando la inevitable calvicie natural, acontecimiento que en otro tiempo pudo haber constituido delito de leso sexo.<br /><br />Ni hablar de quienes acuden a modernos y modernas estilistas para que les inyecten el cutis con botox, les barnicen las uñas y, ahora, en contraposición al clásico charrismo de mis tiempos infantiles, hasta exigen que les dejen barba, bigotes, axilas y otros lugares pudendos como pómulo de lampiño.<br /><br />El mito de Sansón ha muerto arrastrado por la publicidad: hoy día no falta el tipo cuadradote, fornido y pechugón que se rasura las axilas para evitar aquel pelero que, de acuerdo con la sabiduría ancestral de nuestros abuelos y abuelas, ha sido por siempre símbolo de la virilidad absoluta. Por sus afeites los conoceréis.<br /><br />Así como los tacones han sido desde tiempos inmemoriales la excusa de ciertos ejemplares masculinos pequeños para deslastrarse del chinche de la baja estatura y sentirse más esbeltos, menos rechonchos y más rechulos, ya la edad no es excusa para que las personas (“varonas” o “hembros”) se engarcen zarcillos en las orejas, en la nariz o en los pezones, cuando no simpáticos dijecitos en el ombligo o pulseritas en los tobillos, en franca señal de presunta rebeldía contra la supuesta y atávica discriminación cultural de los sexos. Como lo mismo han hecho desde siempre la mayoría de las damiselas, es obvio que ya casi vamos siendo iguales pero no tanto.<br /><br />Cuerpos masculinos absolutamente despojados de la molestosa pelambre. Machos remachos que ahora se han antojado por hacerse remaches. Figuras femeninas desquiciadamente peludas y quiludas.</div><div align="justify"><br /></div><div align="justify"></div><div align="justify">Aparte de esto, a nadie que se considere individuo o individua posmo le da ninguna vergüenza mostrarse públicamente como militante de un amaneramiento exagerado y es obvio que, con tal arremetida hiperconfusa, la radio, la tele y los otros medios ya no tienen miramientos en destacar a ciertos ejemplares como prototipos habituales de la sociedad contemporánea. Algunas damas públicas fuman, vociferan, gesticulan y asumen sin miramiento pose de Kamba el salvaje o de El Dragón chino. Por su parte, ciertos caballeros no temen parecerse a la dulce Luisa Lane o la refinada Penélope que en las historietas de la tele es perseguida por un apestoso zorrillo.<br /><br />Definitivamente, Eloína, no es fin de mundo. Sólo que los tiempos están cambiando. Más que en el año de la rata o en época de Mercurio retrógrado, pareciera que estamos viviendo tiempos de Géminis acelerado. Lapso en el que cada sujeto o sujeta social se muestra ante los demás con dos rostros absolutamente opuestos. Severos y rudos militantes comunistas de los sesenta del siglo pasado ya no tienen empacho en tener hoy un color distinto de cabello para cada mes del año. Finas y delicadas damas de sociedad de los tiempos de Maricastaña, han dejado de lado su característica sifrinería para asumir bruscas y rudas conductas que las acercan a los rústicos comportamientos de quienes en otro tiempo fueron su contraparte, los supuestos hombres recios y regañones.<br /><br />Tenga paciencia entonces y no se asuste el día que sus hijos varones grandototes, criados con Nenerina y a fuerza de MacDonald’s, le confiesen que han comenzado a depilarse las piernas o a inyectarse esteroides para abrir paso a sus prominencias corporales. Tampoco si sus chiquillas le aseguran alguna vez que su estilista y "psiquiatra" favorito les ha aconsejado seguir un tratamiento infalible para ganar musculatura, ensanchar las espaldas y fortalecer los bíceps.<br /><br />Sin decir nada de los movimientos desaforados que desde hace algunos años han clamado por la igualdad de los sexos. Sólo que, a juzgar por lo que está pasando, ya casi vamos siendo iguales pero distintos. Una paradoja. Ellas como nosotros, nosotros como ellas. Cambiar todo para que nada cambie.<br /></div>Luis Barrera Linareshttp://www.blogger.com/profile/06751870693941712233noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36965238.post-86874949427290316142008-01-08T17:49:00.000-04:302008-01-08T18:02:10.383-04:30Un metro de amor<a href="http://bp2.blogger.com/_kpptgi0yMwA/R4P3yuhfUTI/AAAAAAAAAAc/pj_UvVxnIDc/s1600-h/plaza-venezuela-subway.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5153234849495994674" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_kpptgi0yMwA/R4P3yuhfUTI/AAAAAAAAAAc/pj_UvVxnIDc/s200/plaza-venezuela-subway.jpg" border="0" /></a><br /><br /><div align="justify">Aunque cada vez que aparece alguna novedad, mostramos total reticencia hacia las nuevas tecnologías, ellas parecen ejercer una maléfica venganza posterior volviéndose imprescindibles, inevitables, ineludibles.<br /><br />Por ejemplo, aunque no siempre fue parte de la cultura humana, es difícil imaginar el mundo sin electricidad. Hoy día tenemos la seguridad de que los bombillos y los electrodomésticos siempre estuvieron ahí, esperando por nosotros<br /><br />Por perversiones y obsesiones relacionadas con la modernidad, muchos habitantes de este siglo XXI somos reacios imaginar la vida sin aditamentos tecnológicos como la televisión, el teléfono, el fax o la nevera. Ni hablar de la tecnología comunicacional contemporánea y sus vínculos ya inevitables con el computador, los <em>ipods</em>, los teléfonos celulares y los llamados <em>pendrives</em>. Aunque su edad es todavía la de un adolescente temprano, hay quien cree que el mundo sin Internet y sin el correo electrónico sería de un vacío existencial absoluto. De suicidio.<br /><br />Retomo estas reflexiones cada vez que debo entrar en ese mundo misterioso y subterráneo que es el metro. Una vez adentro, pongo a rodar mis fabulaciones e imagino lo que sería nuestra cotidianidad urbana sin ese medio de transporte.<br /><br />Por ejemplo, pocos saben lo que ese chorizo tubular significa en la vida de un peatón gozón. Y no tanto por aquello de llegar más temprano o más rápido o por la ventaja que ofrece de poder almorzar en casa.<br /><br />Más que eso, para muchos habitantes de las ciudades modernas, el metro es un mundo de vagancias y extravagancias en los vagones. Una aventura diaria vinculada al amor y sus regodeos.<br /><br />Durante eso que los venezolanos llamamos las horas pico, tiempo de abrumante y abundosa afluencia de pasajeros, los larguruchos vagones son para ciertos pasajeros el más barato y menos riesgoso mercado de amor citadino.<br /><br />Muy tempranito, a eso de las seis y treinta de la mañana, puede usted ingresar en la lujuria de los túneles eróticos. Bañado, perfumado y planchadito para la ocasión.<br /><br />Como si fuera un hábito ancestral, de siempre, se sumerge en una cascada de gente. Camina ligerito por unos pasillos en los que los cuerpos se desplazan, se medio tocan, se trastocan, se turban y se masacran a caricias anónimas. Sólo se escucha el ruido marcial de los tacones de quienes más adentro serán su “pareja colectiva”.<br /><br />Taca taca taca.<br /><br />Llega vuesa merced al andén y se dispone a entrar al vagón. Allí se inician los segundos coqueteos para el acto amoroso mañanero. Apenas se coloca entre la multitud que lucha por aproximarse a la raya amarilla, siente los segundos amapuches por todo su cuerpo.<br /><br />Como para entrar en calor.<br /><br />Pero el calor de verdad comienza al ingresar a empujones lentos al tren y tener que permanecer de pie. La situación lo obliga primero a levantar los brazos y agarrarse de lo primero que consiga, para no caerse. Una excusa muy bien pensada por los tecnólogos para incitarlo a quedar liberado o liberada de la cintura hacia abajo.<br /><br />De pronto, sin anestesia, siente una mano furtiva que le roza el tren trasero (o el delantero). Busca con la vista en la multitud aglomerada dentro del vagón al autor o autora del escarceo y, como no adivina, casi se ve en la obligación de sonreír con pasión.<br /><br />Después vendrán otros toques técnicos cuya intensidad será mayor durante las frenadas leves, antes de llegar a cada estación. Si su viaje es corto, digamos entre dos o tres estaciones, su rato de placer durará lo mismo que dura un gallo apurado cuando cumple con la gallina. Pero si va de un extremo a otro de la ciudad, requerirá de muchos aditivos afrodisíacos para aguantar el recorrido hasta el final.<br /><br />Durante el viaje siente usted las durezas y flaquezas de los espacios aledaños. Oye como quejidos silenciosos las respiraciones cortadas de sus vecinos y vecinas y los jadeos dispersos de la contienda, que por cierto parece anónima porque nadie se da por enterado, aunque todos la viven. Cada cual prefiere mantener la mirada perdida.<br /><br />Percibe además los sudores olorosos o los hedores sudorosos y nada puede hacer para evitarlo. Ni lo intenta. Como si fueran parte de su rutina, los ignora.<br /><br />Usted ha aceptado las reglas desde el mismo momento en que entró en el juego de ese acto sexual comunitario y silencioso. ¿Qué remedio?. Si se le ocurre protestar, igual la murmullante rechifla de respuestas ante su queja será colectiva (“toma un taxi”, “cómprate un carro”, “vete en avioneta”, etc.). Lo cierto es usted sabe de sobra que, aun cuando entró fresquito y aromático, saldrá bien arrugado y menos perfumado, a veces oliendo a mono, o a santo, de acuerdo con los vecinos o vecinas que le hayan servido de pareja anónima.<br /><br />Llega entonces a su destino y sale casi flotando de la inofensiva máquina del sexo que es el metro. Recuerda que venía para su trabajo y siente la sensación de haber tenido relaciones extramaritales con cientos de personas sin rostro a quienes no volverá a ver hasta el día siguiente, y sin los riesgos implícitos en el contacto directo. Una forma barata y muy práctica de evitar las contrariedades propias del amor libertino en estos tiempos. Una manera eficaz de “acopularse” sin los dolores de cabeza de los preservativos o los extraños aparatos. Un modo práctico y ligero de hacer el amor sin ir a la guerra y sin necesidad de ver la fisonomía ni los gestos de su pareja, porque casi siempre todo se lleva a cabo a sus espaldas.<br /><br />O sea, en la urbana y cotidiana actividad de estos días el metro es un carro de amor, un termo-metro gratuito, sin riesgos, candente y anónimo que parece haber estado siempre allí, esperando por usted.<br /><br />De manera que si usted es “peatón de a pie” y usa este medio de transporte, imagine lo triste y acongojada que sería su rutina de ir al trabajo si el mismo faltare en su vida. Aunque dentro de él lo estrujen y lo repujen. Así es la venganza de la tecnología.</div>Luis Barrera Linareshttp://www.blogger.com/profile/06751870693941712233noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36965238.post-86337766816657249182007-11-14T16:41:00.000-04:002007-11-14T16:55:50.459-04:00¿Des-abastecimiento o des-ajuste?<div align="justify">Siempre he sospechado de aquellos sujetos y sujetas que utilizan el lenguaje para impresionar a los demás. A veces no saben ni siquiera lo que están diciendo, pero lo dicen abierta y públicamente. Sin anestesia. Quienes escuchamos nos quedamos ora impresionados, ora sospechosos, casi siempre patidifusos, a veces incluso imposibilitados de reaccionar. Se trata de ciertos profesionales a quienes les corresponde hacer de hablantes públicos, pero desconocen las normas implícitas en tal actitud comunicativa.</div><div align="justify"><br />Un hablante público es una persona que habla para muchos, a veces sin saber exactamente quiénes son o serán los integrantes de su audiencia. Eso implica una responsabilidad que, si no se asume como lo que es, puede provocar efectos perversos. La gente suele aceptar y repetir, incluso sin estar conciente de ello, mucho de lo que escucha o lee de quienes desde importantes posiciones públicas hablan o escriben para grandes audiencias.</div><div align="justify"><br />Aunque parezca demasiado pronto, dentro del contexto del comercio venezolano han comenzado las encuestas prenavideñas a los dueños de supermercados, en relación con las expectativas hacia lo que esperan del mes de diciembre. Nunca hemos escuchado o leído que algún comerciante tenga esperanzas positivas en torno a esto, pero esta vez la situación se pinta patética. Siempre en dichas encuestas hay reporte de escasas ganancias, cuando no de pérdidas, incluida la posibilidad de quiebra. No obstante, a toda hora, usted ve cada local repleto de gente. </div><div align="justify"><br />Hay además un fenómeno muy particular al que en ese ambiente suele denominarse “ajuste de precios”. Motivado por la inminente llegada de un anunciadísimo proceso de reconversión monetaria, los precios han venido cambiando hacia arriba semana a semana. En el comercio nacional, nadie ha conocido jamás ajustes hacia abajo. Para un consumidor cualquiera, todo “ajuste” proveniente de la macroeconomía constituye sencillamente un desajuste de su microeconomía. Por el contrario, ajuste en términos de quien invierte para obtener ganancias exorbitantes significa no sacrificar en lo absoluto esos márgenes. </div><div align="justify"><br />Me motiva esta duda el hecho de que, aparte de los ya inevitables ajustes pre-decembrinos, ahora complementados con los pre-reconversión, nos estamos acostumbrando en Venezuela a la ausencia de productos que no son precisamente alimentos de lujo. No es que no hay caviar o salmón ahumado. No es que se consigan ingredientes para preparar un <em>fondue</em> o unas codornices en sarcófago. La “escasez”, el “desabastecimiento” o el “acaparamiento” (todo depende de quien responda la encuesta) está muy cerca de nuestra necesaria alimentación cotidiana. En cuanto a la leche, se argumenta que ahora la culpa es de los chinos, nación que según parece ha decidido contratar todas las ubres del mundo entero, sin importarle que quede algo para el resto de los niños del universo. Parece más bien un cuento chino porque basta con viajar a otros países de la región y ver los anaqueles repletos.</div><div align="justify"><br />No faltará el encuestado que dentro de poco salga a demostrarnos que la carencia de huevos es asunto de gallos y gallinas en huelga de sexos caídos o bajas en la libido de las ponedoras. En cuanto a las sardinas, se dirá que su ausencia en el mercado se relaciona con que los pescadores no reciben dólares para adquirir los “insumos” con que alimentan a los peces. Y, claro, no hay azúcar porque no hay caña y no hay “caña” porque escasea el güisqui. ¿Cuentos de camino?.</div><div align="justify"><br />Lo curioso de esto es que la publicidad cotidiana, que no cesa, insiste en que comamos huevos, en que la leche es necesaria para el crecimiento y las sardinas son las mejores amigas del colesterol malo, al tiempo que la carencia de glucosa en el cuerpo, implica poca energía y, si no hay energía, pues no se podrá pasar del dicho al lecho. </div><div align="justify"><br />El colmo de esta situación es que la conseja permanente de la calle es: ¡ Pssss!, ¡hey! ¡compren comiiiida!”.</div><div align="justify"><br />Ley de la comunicación de la que al parecer se valen quienes quieren hacernos creer que, como en el mundo bizarro de las historietas de Superman, si todo funciona al revés, es posible que terminemos creyendo que es así por naturaleza. No hay, pero igual usted debe consumirlos. </div>Luis Barrera Linareshttp://www.blogger.com/profile/06751870693941712233noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36965238.post-44015116518355587372007-10-24T11:53:00.000-04:002007-10-25T15:56:03.274-04:00¿Se llamaría de verdad Rafael Bolívar Coronado?<div align="justify">“El lenguaje del llanero es uno de sus muchos detalles pintorescos. Y gentiles. En esto es marcadamente andaluz, sus exageraciones, sus embustes, su propensión a la burla y la guasa, delatan a leguas el abolengo de los vaqueros de las riberas del Guadalquivir”. </div><div align="justify"><br />Esta cita corresponde a la segunda edición (1944) del libro <em>El llanero</em> (<em>Estudio de Sociología Venezolana</em>), publicado por primera vez en España (editorial América, volumen 24 ¿1918?), cuyo entusiasta propietario fuera el escritor, editor y diplomático venezolano Rufino Blanco Fombona. Dicho volumen aparece firmado por el escritor venezolano Daniel Mendoza.</div><div align="justify"><br />La misma editorial “reeditó” un libro intitulado <em>Letras españolas, primera mitad del siglo XIX</em> (volumen 43), firmado por el ilustre académico venezolano Rafael María Baralt. El volumen 25 de la Biblioteca de Ciencias Políticas y Sociales corresponde a las <em>Obras científicas</em> de Agustín Codazzi.</div><div align="justify"><br />En realidad, ninguno de los tres escritores referidos arriba era el autor verdadero (o al menos no el autor del contenido total) de los citados volúmenes. Detrás de cada autoría (re)conocida en esos libros y en muchos otros estaba la sombra (perversa para algunos, genial para otros) de quien ha sido a mi juicio uno de los más originales y menos (re)conocidos escritores de la literatura venezolana. Un hombre que, a lo mejor, sin proponérselo, desveló para nuestra historia literaria el misterio de la importancia de la literatura para la vida pública: si no eres nadie dentro del mundo literario, poco puedes hacer para ser visto como escritor. De ese modo, a través de esos mismos recursos de lenguaje con que caracteriza al llanero venezolano ( con “sus exageraciones, sus embustes, su propensión a la burla y la guasa”), el verdadero autor de tales volúmenes pondría en tela de juicio la noción del escritor que desahoga su ego a través de la literatura. Y lo haría mediante la parodia de proponerse a sí mismo como el único escritor venezolano “con más de seiscientos nombres”. Así lo ha bautizado Rafael Ramón Castellanos en su libro sobre este curioso personaje, publicado en 1993. </div><div align="justify"><br />Treinta y nueve años de “ruidosa” vida fueron entonces suficientes para que Rafael Bolívar Coronado (1884-1924) ocupara el espacio escritural de 656 heterónimos o seudónimos.</div><div align="justify"><br />En honor a la verdad, aparte de habérsele reconocido después de muchos años su autoría de la letra de lo que popularmente se conoce como nuestro segundo Himno Nacional, el joropo <em>Alma Llanera</em> (parte de la zarzuela del mismo nombre, con música de Pedro Elías Gutiérrez, pieza musical consagrada por la sabiduría popular para despedir a los últimos borrachos de las fiestas), nuestra canónica y siempre cuidadosa y conservadora crítica literaria ha soslayado su nombre. Lo ha mostrado más bien como un farsante o timador de identidades, baluarte venezolano de la literatura apócrifa. No es entonces un escritor conocido por la vía de lo que sí podemos suponer como obras propias (<em>Corazón. Memorias de una niña rubia</em>, 1918; <em>Memorias de un semibárbaro</em>, 1919) sino como el primer burlista de algunos de nuestros más connotados hombres públicos de la letras. Y esta actitud rebasa a mi juicio los límites de la guasa y la charlatanería, porque implica una severa crítica al <strong>establisment</strong> político de su momento y sus particulares maneras de consagrar a los escritores a través de la adulancia, cuando no de los cargos diplomáticos, hábito muy común durante la dictadura de Juan Vicente Gómez, durante la cual le correspondió actuar. </div><div align="justify"><br />Apreciemos su justificación ante tal actitud: “Como yo no tengo nombre en la República de las Letras, he tenido que usar el de los consagrados, porque yo no puedo darme el lujo de que me salgan telarañas en las muelas”. Es decir, o escribo con pomposos nombres ajenos o me muero de hambre. Y para corroborar tan sencillo argumento, asumió para sí la función de ficcionauta recurrente; sujeto social que vive por, para y dentro de la ficción. Una maravilla, pues. </div><div align="justify"><br />Espíritu absoluto de rebeldía, luego de obtener un poco relevante premio literario local, Bolívar Coronado se marcha a España estimulado por el gobierno del dictador y, una vez allí, lo primero que hace es volverse opositor del régimen y aliarse con el sindicalismo de la izquierda española. No obstante, para sobrevivir económicamente, debe valerse de sus dotes de escritor y es cuando, aupado por la editorial América inicia su mejor etapa de farsa para comenzar a escribir con nombres prestados. Sus escritos calzarán entonces la firma de múltiples autores, algunos vivos, otros fallecidos, muchos inventados, inexistentes. Valga mencionar sólo otros de los tantos nombres públicos locales de que se valió: Andrés Bello, Francisco Lago Martí(sic), Enrique Soublette, J.A. Pérez Bonalde, Jacinto Gutiérrez Coll, Joaquín Antonio Crespo, Juan Santaella, Juan Vicente Gómez, Pío Gil, José Antonio Calcaño, Arturo Uslar Pietri.</div><div align="justify"><br />A su propio editor, Rufino Blanco Fombona, lo parodió mediante diversos apelativos como Fomborino Blanco Rufián, Rabino Fombo Blancona, Rufino Mata Blanconi, Rufino Negro Assesin, Ventura Blanco Fombona. Por cierto, se cuenta que Blanco Fombona anduvo en busca del plagiario con intenciones de enviarlo a apropiarse de nombres de escritores del otro mundo. Afortunadamente nunca lo localizó. Y esto sin decir nada de los nombres de escritores extranjeros con que también se cubrió (Cervantes, Unamuno, Sor Juana Inés, Ricardo Palma, Amado Nervo…). O del modo como parodió al cónsul venezolano en Barcelona, adulante de Juan Vicente Gómez, Alberto Urbaneja, quien lo persiguió incansablemente y acusó de conspirador ante las autoridades españolas de la época (Urbano Cabroneja, Alberto Mierdaneja, Alberto Cabroneja).</div><div align="justify"><br />Fuera del campo literario, Bolívar Coronado aportó unas apócrifas crónicas sobre la conquista y colonización de América y las atribuyó a heterónimos como Juan de Ocampo, Mateo Motalvo de Jarana y F. Salcedo Ordóñez.</div><div align="justify"><br />Sus parodias autorales fueron tan ajustadas que logró incluso que “sus obras” fueran referenciadas por importantes investigadores posteriores, hecho que conduce a la conversión de la ficción en verdad pública. Así, Bolívar Coronado hizo gala de su sátira total hacia la institucionalidad literaria. Pero su arremetida no sólo iba dirigida a los escritores de cuyos nombres se apropió, también los editores estaban en su mira: “Ellos necesitaban nombres famosos: yo necesitaba trabajar para salir de apuros que comenzaban a hacerse también famosos”. </div><div align="justify"><br />En las bibliotecas españolas todavía pueden consultarse “sus obras”; en el universo de la literatura venezolana todavía hace falta fijarse no sólo en su capacidad para la apropiación de nombres ajenos sino también para estudiar su inmersión desenfadada en la fantasía, la burla y la farsa con que asumió el rol utilitario de la literatura. Todo con el fin de sobrevivir dentro de un universo en el que un escritor ignorado, desconocido y genial, un autor que no ejerció ningún cargo en la administración pública ni fue un político relevante, igual ocupó los puestos de muchos otros a quienes parodió. </div><div align="justify"><br />Rafael Bolívar Coronado es entonces un nombre para recordar en estos tiempos en que la red ha puesto en juego las vanidades egocéntricas propias de la autoría individual y el celo indiscutible y desbocado de muchos autores para que sus nombres se vuelvan famosos y brillen. Un auténtico y genial escritor de ficción que bien merece una duda melódica. Hoy ni siquiera estamos seguros de que su nombre verdadero fuera Rafael Bolívar Coronado.</div>Luis Barrera Linareshttp://www.blogger.com/profile/06751870693941712233noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36965238.post-14423684633123239022007-09-29T17:44:00.000-04:002007-10-01T11:52:00.884-04:00Felipe Pirela, BOLERISTA DEL UNIVERSO<a href="http://bp2.blogger.com/_o8ZrYC7ugiM/RqofuxDjXzI/AAAAAAAAAAk/pbFgwr4ikzU/s200/Libro+Felipe+Pirela+056.jpg"><img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_o8ZrYC7ugiM/RqofuxDjXzI/AAAAAAAAAAk/pbFgwr4ikzU/s200/Libro+Felipe+Pirela+056.jpg" border="0" /></a><br /><div><a href="http://bp3.blogger.com/_o8ZrYC7ugiM/RqogKBDjX1I/AAAAAAAAAA0/zAo8lhadNJM/s200/Libro+Felipe+Pirela+147.jpg"></a><br /><br /><div align="justify"></div><br /><br /><div align="justify"></div><br /><br /><div align="justify">Muchos de mis amigos más cercanos saben que soy adicto convicto y confeso a la música de rocola, que no tengo vergüenza al expresar mis gustos por lo popular (el lenguaje, la música, la cultura en general) ni por esos cantantes que sin mucho esfuerzo aparente se van volviendo parte de nuestra vida. Con ellos vivimos, padecemos, soñamos y pensamos el mundo. Y si alguien me forzara a escribir tres nombres venezolanos ineludibles en ese inventario, pues respondería sin ambages que son FELIPE PIRELA (en el más alto pedestal del podio), ALFREDO SADEL Y LILA MORILLO. Palurdeces o aberraciones de clase de las que no he podido desprenderme, pero que además proclamo con orgullo. En el caso de la música, soy rocolero obsesivo compulsivo ¿y qué?. </div><br /><br /><div align="justify"><br />Hoy confieso que admiro mucho más a Felipe Pirela, que me he metido en su vida y he rememorado los tiempos en que aspiraba a escribir una novela o un cuento que lo fijara definitivamente en la memoria de este país. Que le dijera a otros de lo que se han perdido quienes no lo han escuchado o no se han familiarizado con los boleros que consagró esa voz mágica, maravillosa, misteriosa, envolvente, única. Gracias Felipe.</div><br /><br /><div align="justify"><br />También he creído siempre que, como a los escritores, a cada cantante popular que ha sido marginado por sus propios congéneres, le llega su sábado. Y al menos yo creo que estamos disfrutando hoy la plena hora de Pirela. Gracias Luis Ugueto, aunque no nos conocemos, creo que la admiración por “Pipito” (como le decían familiarmente a Pirela) nos acerca.</div><br /><br /><div align="justify"><br />Aterrizo entonces con esta duda melódica para manifestar, sin importarme si resulto cursi, estrambótico o hiperbólico, la plena satisfacción y contentura que he respirado desde que (en agosto pasado) comencé a leer el libro <em>“Lo que es la vida” Felipe Pirela</em> (Caracas: El perro y la rana, 2006). Me lo obsequió mi entrañable amigo y compañero de andanzas Cigilberto Ramírez, auténtico y muy sincero cultor de (y por) lo venezolano. Y desde que lo hizo, no hemos hecho más que comentar a nuestros amigos el acierto fabuloso de su joven autor, Luis Ugueto, a quien tenemos que agradecer las 319 páginas sin desperdicio ninguno en las que, a partir de una incuestionable y amplísima investigación documental, nos muestra completa, sin fisuras, sin complejos, sin compromisos, con altos y bajos, la vida de “El bolerista de América”. </div><br /><br /><div align="justify"><br />El autor del libro se ha metido de verdad en la trayectoria vital de este innegable ídolo nuestro (nacido en Maracaibo, en 1941, y lamentablemente asesinado por una oscura y, a mi juicio, todavía misteriosa mano, en Puerto Rico, 1972). Ugueto ha colocado a Felipe en el justo sitial de gloria que como héroe musical nuestro le corresponde. El libro despierta inquietudes, gratifica, incita a la curiosidad. La manera como presenta la secuencia de entrevistas realizadas a diversos personajes que conocieron de cerca a Pirela le otorga a su escritura una atmósfera de narración majestuosa de la que se hace difícil desprenderse. </div><br /><br /><div align="justify"><br />Y si a eso se le suma la profusa y muy bien hilvanada documentación de prensa, pues nada, el libro se vuelve una fuente inagotable de presencias de Felipe. Su veloz y muy exitosa carrera como cantante se nos confunde con una vida accidentada, marcada por la envidia y cierto egoísmo de un contexto en el que marcó pauta frente a otros grandes cantantes, signada por la fatalidad de un matrimonio a todas luces infeliz, impregnada por múltiples desprecios y agravios sufridos dentro del patio, salpicada de algunas actitudes sospechosas en el entorno del cantante, y también, claro, de voces y presencias amigas que contribuyeron a su éxito. Aparte de aludir a las preocupaciones recurrentes por el destino de su hija Lennis Beatriz Pirela (en la foto, con el autor del libro), de sus hermanos y de su madre coraje, doña Lucía Morón González, desde siempre confiada en la voz privilegiada del hijo.</div><br /><br /><div align="justify"><br />Pero Ugueto no ha escrito sólo la vida de un cantante al que admiramos y hacemos más nuestro en la medida en que vamos avanzando en los capítulos del libro. Ha mostrado además la aureola de falsedades, las pequeñeces de algunas personas de nuestro ambiente musical y político, ha desvelado algunos entretelones del mundillo venezolano d ela farándula, cuando no una radiografía de traiciones, zancadillas y ratapeludeces emanadas del entorno. Y, sobre todo, ha consagrado para las futuras generaciones, la figura majestuosa, imponente, de nuestro mejor bolerista, requeteadmirado e idolotrado en otras latitudes (Puerto Rico, México, Colombia, por ejemplo) pero, vaya paradoja, no pocas veces dejado de lado hasta ahora entre nosotros. Gracias, Luis Ugueto, con investigaciones obsesivas e impecables como la suya, se contribuye de verdad a configurar una imagen realista, sin tapujos, del país que hemos sido, somos y podremos ser. </div><br /><br /><div align="justify"><br />Lo que es la vida, mi admirado Felipe, qué maravilla que entre nosotros haya comenzado a llegar por fin tu sábado. No me cansaré de repetir y reiterar mi agradecimiento por ese sendero hacia la ruta vivencial de ese héroe musical en el que logra sumergirnos el libro. De ahora en adelante habremos de llamarlo a grito sostenido y con orgullo sincero El BOLERISTA DEL UNIVERSO.</div><br /><div align="justify"></div><br /><div align="justify">------------------</div><br /><div align="justify">------------------</div><br /><div align="justify"><span style="font-size:85%;color:#3333ff;">Nota: La fotografía inserta en esta duda procede del blog del autor del libro (<a href="http://elboleristadeamerica.blogspot.com/">http://elboleristadeamerica.blogspot.com/</a>). La dirección he localizado a través de la publicación de una entrevista en el semanario Todos adentro. Caracas, 28 de julio de 2007, p.7.</span></div><br /><div align="justify"></div><br /><div align="justify"></div><br /><div align="justify"><span style="font-family:times new roman;color:#3366ff;"></span></div></div>Luis Barrera Linareshttp://www.blogger.com/profile/06751870693941712233noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36965238.post-21877285320969415852007-08-16T20:52:00.001-04:002007-08-16T21:13:36.746-04:00Torturas aeroportuarias del siglo XXI<div align="justify">Viajar por avión en estos tiempos se ha convertido en un verdadero martirio porque, al parecer, algunas tipologías de pasajeros nos hemos vuelto sospechosos de cualquier cosa, sin saberlo.<br /><br />Día a día salen nuevas normas impuestas desde los centros corporativos donde se gerencian las supuestas medidas de seguridad de la aviación comercial.<br /><br />Así, para algunas personas, cada vez se vuelve más incómodo atravesar las entradas de los aeropuertos. Sobre todo, si tienen aspecto de indígena, piel de color o facha de árabe en fuga. En promedio, las medidas van desde quitarte los zapatos, el reloj, el cinturón, los abrigos, y cuanta prenda de vestir pueda generar resquemor en alguno de los (generalmente) poco amables funcionarios de seguridad. Y como si eso no fuera suficiente, después de la desvestida inicial y del <em>escaneo</em> total del equipaje, te confronta un señor o señora que con rostro bastante duro y actitud de mandón te conmina a ponerte “manos arriba” (como en las series de televisión) y rastrea todo tu cuerpo con un aparatito de forma fálica que más bien parece haber sido elaborado para probar el umbral de tus cosquillas.<br /><br />Viene luego el susto mayor. Algún policía ubicado justamente a la entrada de esa especie de chorizo acordeonado que conduce hacia la nave te pasa de nuevo las manos por todo el cuerpo y, dependiendo de su “intuición”, te obliga o no a acudir a una solitaria habitación en la que te conmina a desvestirte de nuevo totalmente.<br /><br />No obstante, cuando crees que han concluido todas las sobadas y humillaciones posibles, aparece de nuevo el fantasma de la requisa en el momento de llegar a tu aeropuerto de destino. Pareciera que a todos los funcionarios de inmigración se les ha educado para que sospechen que acudes a otro país con la finalidad de convertirte en inmigrante ilegal. De modo que nunca falta el largo cuestionario que debes responder, en el que incluso hemos vivido la fantasía de que se nos inquiera si alguno de nuestros abuelos habla o hablaba inglés o, en el caso de llegar a algún aeródromo antillano, si sabes donde quedan en Caracas las esquinas de Madrices y Sociedad. A veces me ha provocado gritarles a tan particulares gendarmes que vivo en un país de donde no deseo marcharme y que jamás me ha tentado la marruqueñería de ser tildado de extranjero en otro lugar o de creer ingenuamente en la presunta felicidad total que se logra en ciertas “naciones desarrolladas”.<br /><br />Algún misterioso decreto ha dejado muy claro que cualquier objeto que portes durante el vuelo puede convertirse en una peligrosa arma para someter a la tripulación. De allí la nueva modalidad según la cual no puedes llevar contigo pasta dental, desodorantes en crema o gel, jabón, afeitadoras de cualquier naturaleza ni ningún tipo de líquidos. Uno se imagina a algún humilde pasajero amenazando con saña al piloto mientras le coloca en frente una pasta de jabón al tiempo que le indica: ¡Si no desvías el avión, te obligaré a bañarte durante una semana completa!. O agarrando a la azafata y apuntándole con el envase de desodorante: ¡O te lo pones en tus axilas o me bajo del avión!.<br /><br />La última novedad que acabo de vivir en ese ambiente de zozobra que me ha convertido en candidato a sospechoso la acabo de padecer en el aeropuerto de Lima. Primero, porque, según los funcionarios de Alan García, durante el paso por las casetas donde con máquinas y manos te revisan hasta el codo, los viajeros no pueden portar botellines de agua para calmar su sed, aunque curiosamente sí pueden comprarla bien costosa cuando están dentro.<br /><br />Pero esta vez ha habido una guinda que corona el pastel, la excusa perfecta para esta duda melódica de tiempos vacacionales.<br /><br />Tanto mi esposa como yo llevábamos sendos frascos de perfume en nuestros respectivos equipajes de mano. Pues, les cuento que un policía macho masculino, cruce de quechua originario con entonación argentina porteña, decomisó el mío, pero no el de ella y me indicó que para poder pasarlo debía transportarlo en una “bolsa de ziploc”. Para quienes no lo saben, <strong>Ziploc </strong>es una de las marcas de esas bolsitas que tienen una especie de cierre hermético que puedes abrir de manera muy fácil. Por eso nunca comprendí la razón por la cual el portar un perfume deja de ser sospechoso si lo llevas metido en un empaque de esa naturaleza. Ni tampoco por qué la bolsa debe ser de esa marca. Asuntos del capitalismo y los tratados comerciales, supongo. Pero viviré toda la vida con esos enigmas porque nadie supo ofrecerme razones valederas.<br /><br />Y por supuesto que tampoco sabré jamás por qué la regla aplica al perfume masculino y no al femenino. A menos que dependa del sexo del guardia que revise tu equipaje.<br /><br />No he dicho que (con mucho orgullo) tengo rasgos indígenas que heredé de mi madre, mi abuela, mi bisabuela y mi tatarabuela timoto-cuica. Y, al parecer, ello me convierte en sospechoso recurrente para cualquier tombo del mundo universo. Pero igualmente, también heredé de dicha etnia el arte de insistir mentalmente en reiterados deseos para alguien que (de cualquier manera) nos ha ofendido o maltratado. Por eso mismo, desde mi regreso he estado imaginando la escena de un policía peruano que se pone mi perfume antes de salir a ver a su novia y aquello le ocasiona una picazón alérgica que no le dejará vivir en paz durante varios días. Sin saber por qué, se le formarán unos inmensos rosetones y llagas que le harán recordar mi porte de timoto-cuica sonriente. Que así sea.</div>Luis Barrera Linareshttp://www.blogger.com/profile/06751870693941712233noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36965238.post-27392170907456357422007-07-19T21:05:00.000-04:002007-07-19T21:22:38.587-04:00Dietas posmodernas o como ser un cadáver light<div align="justify">De mi época de adolescente recuerdo muy bien los antojos de mi tía Eloína por tomarse diariamente un medicamento que se denominaba <strong>Dianobol</strong> o algo parecido. Por supuesto que a esa edad muy poco me interesaban los componentes de aquello, pero sí me llamaba la atención la rígida disciplina con que mi parienta se engullía aquella mínima pildorita blanca. Por otra parte, ella no se conformaba con seguir sola aquel tratamiento automedicado por la sabiduría popular, sino que lo ofrecía también a sus dos más jóvenes hijas expósitas.<br /><br />Desde mi actitud de buscarle respuesta a aquel misterio, y desde mis deseos de inmiscuirme en lo que no me concernía (pero me llamaba la atención porque si algo he sido en mi vida es investigador policial frustrado), elaboré algunas hipótesis relacionadas con el propósito de tal hábito. Lo primero que pensé fue que podría tratarse de un anticonceptivo. Asunto que descarté muy rápidamente. Y lo descarté porque a los pocos días escuché comentar a Eloína que ella tenía “matriz infantil”, lo que desde siempre le había impedido concebir hijos. De allí que sólo tuviera "descendientes" adoptivos o expósitos. Y de allí también que no precisara de anticonceptivos para coyuntarse con sus maridos de turno.<br /><br />Mi segunda hipótesis giró entonces en torno a la posibilidad de que el medicamento de marras sirviera para embellecer a las mujeres, porque sólo las damas del pueblo lo consumían religiosamente. Hasta que constaté que había algunas vecinas cuya fisonomía poco agraciada no mejoraba para nada por muchas tabletas que hubieren ingerido.<br /><br />Un día escuché sin querer una amena conversación entre las expósitas y unas amigas. Descubrí por fin que el objetivo de las pildoritas era lograr unos quilitos que las pusieran a tono con el ideal de cuerpo vigente para la época. Tiempos en que ser flacuchento-a era motivo para muchos comentarios despectivos. Si lucías delgado, lo primero que pensaban y murmullaban los desocupados del pueblo (por cierto, casi todos sus habitantes) era que padecías alguna enfermedad incurable o, en el caso más benigno, que estabas pasando el hambre hereje. Flaco o flaca eran entonces sinónimos de “pobre”, casi de “indigente”. He allí la razón para que las damas quisieran entonces ser un poco más gorditas de lo que eran. Los hombres desconfiaban de las chicas “palilludas” o “garranchos” –como las llamábamos- y en consecuencia todas las féminas aspiraban a que sus carnes demostraran que económicamente estaban en la buena y, en consecuencia, físicamente, estaban además bien buenas.<br /><br />Y lo comento en la duda de hoy porque ahora, en estos tiempos de “capitalismo salvaje”, de estimulación casi desenfrenada del consumo, las cosas cambian tan rápido que todos dependemos del modo como los grandes fabricantes decidan movilizar ese fenómeno que los “terconomistas” llaman mercado. Si bien ser flaco era en aquellos tiempos un pecado de lesa humanidad que denunciaba tu condición de “pelabolas” o de “desahuciado”, pues en esta época la flacura voluntaria es aspiración de una catorcera de habitantes del planeta. Y nótese que he escrito “flacura voluntaria” porque hay otro tipo de delgadez originada por el hambre involuntaria que nadie quiere para sí ni desea para sus semejantes. La gente quiere tener bajo peso porque ahora el pecado es ser (o parecer gordo). Se cuentan por miles las personas que, más allá de reales padecimientos o de razones médicas obligantes, quieren ser “palilludas” para sentirse bien consigo mismas y para ser bien miradas por los demás.<br /><br />Así, la moda actual es tomar medicamentos para rebajar, o simplemente no comer.<br /><br />Se dice, por ejemplo, que hay unas tabletas que deben consumir quienes padecen de elevados niveles de glicemia en la sangre. Pues no se consiguen en el mercado porque algún laboratorio descubrió que además adelgazan y entonces se han convertido en la dieta preferida de una multitud de muchachitas que quieren seguir siendo “garranchos” a cualquier costo.<br /><br />Nada digo de la ya archiconocida costumbre de alimentarse como un marrano o marrana para luego regocijarse en vomitar lo consumido. Ni de las personas que pasan las veinticuatro horas del día con apenas una zanahoria o un plato de repollo hervido.<br /><br />Porque en este extraño universo bizarro en el que vivimos, las ideas y algunos postulados “científicos” parecen cambiar de acuerdo con los intereses de la oferta y la demanda. Un día las bebidas alcohólicas son malas para la salud, pero al siguiente aparece el reporte de alguna institución cuyos investigadores han concluido con sus experimentos que beber es bueno para mejorar la hipertensión y que los pueblos con más alto promedio de consumo anual de cerveza, vino, ron o vodka, pues han alcanzado unas mayores expectativas de vida.<br /><br />Igual pasa con otros productos. Primero “se demostró”, por ejemplo, que el azúcar refinada era lo mejor para la salud, ahora no hay dieta en la que no se nos indique que el azúcar es más sana mientras menos haya sido sometida a procesos de refinación industrial. Y en cuanto a los edulcorantes químicos, te hacen permanecer delgado o delgada, pero por otra parte se dice que desencadenan procesos cancerígenos. La promesa subyacente es que serás un cadáver delgado. No es poco.<br /><br />El resultado de estos cambios relacionados con las bondades y daños de la alimentación y las dietas cargan de cabeza a la gente y no han hecho más que generar un total descocamiento en todos y todas. De allí que haya personas que quieren aumentarse algunas partes del cuerpo, pero, paradójicamente, igual añoran rebajarse otras. Si usted come tomate, pues seguramente será muy bueno para combatir los radicales libres, aunque malísimo para el ácido úrico. La leche proporciona calcio para las damas menopáusicas pero igual les puede aportar piedras en los riñones. El vino es bueno para la salud, mas sus taninos pueden dejarlo o dejarla estéril. No podemos vivir sin consumir hidratos de carbono, sin embargo, no faltan quienes insistan en que se convierten en azúcar y luego en grasa y la grasa es mala compañera del sistema venoso. No coma carne, le indica su nutricionista, consuma pescado (aunque se puede contaminar con mercurio) o pollo (que transmite unas hormonas que pueden estimularlo a cambiar de sexo).<br /><br />Locos, orates, descocados, todos estamos desquiciados, a punto de tirar la toalla.<br /><br />Aparte de que ahora todo alimento (¡hasta la sal!) tiene su versión <em>light</em>, la consigna posmoderna preferida es “ser gordo o gorda es malo”, sobre todo si se lo dice a usted un médico barrigón y fumador que pesa 150 kilos, y quien, sin miramientos, le asigna a sus pacientes una dieta en la que deben obviar las carnes, las pastas, las harinas, los granos, los lácteos, los cítricos, los vegetales, las bebidas alcohólicas.... O sea, coma piedras <em>light</em> y sea “vivo”, sálvese muriéndose de inanición. </div>Luis Barrera Linareshttp://www.blogger.com/profile/06751870693941712233noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36965238.post-89741239285402678592007-07-04T16:35:00.000-04:002007-07-04T17:15:02.475-04:00Entre ficcionautas y jurados literarios<div align="right"><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:arial;">A Rayda Guzmán, en Barcelona, España</span><br /></span></div><div align="justify"><br />Pertenezcamos o no al gremio de los descreídos, los escritores y escritoras latinoamericanos vivimos adornados por una aureola de ese cierto desparpajo e indiferencia con que suele condimentarse la (des)creencia en los procesos burocráticos y administrativos. Basadas en generalizaciones y estereotipos pasados de moda, algunas personas creen que de verdad todos somos seres que permanentemente vivimos “caídos de la mata”, que no somos hombres o mujeres mortales de este mundo y que, muy poco tenemos que ver con la cotidianidad que rodea al resto del universo. Hay incluso quienes creen que ese “apendejamiento” nos acompaña cuando por alguna razón debemos actuar como jurados de concursos literarios.<br /><br />Escribo esto pensando en el modo como, a veces, sin darnos cuenta, contribuimos a alimentar estos mitos y leyendas. Y es que no por azar, somos lo que somos: <strong>ficcionautas</strong>. La palabra la tomo del vocabulario de una entrañable filósofa venezolana a quien conocí hace poco y a quien he dedicado esta duda. Vivimos en y por la ficción, la padecemos y además la estimulamos. Por eso somos ficcionautas. Nuestro admirado y desaparecido Denzil Romero habría dicho que a veces hacemos esto de la ficcionáutica para “mentir sin culpa”.<br /><br />El tema viene a duda en el momento en que reflexiono sobre los concursos literarios y los concursantes.<br /><br />Cada vez que me solicitan formar parte de un jurado, mi tía Eloína me recuerda que, si acaso, tendré un amigo o amiga más (el ganador o ganadora), pero me echaré encima al resto de los participantes. Razón no le falta, pero igual le recuerdo que en este continente tan particular los escritores estamos casi obligados a actuar como “toderos”: las circunstancias nos obligan a multiplicarnos para ser profesores, críticos, jurados, editores, correctores, autores, lectores y hasta distribuidores o vendedores de libros al mismo tiempo. Acepta mi parienta que, aunque es patética y triste, no es extraña en Latinoamérica la imagen del autor que va de evento en evento, con su bolsita debajo del brazo, regalando y voluntariamente dedicando a otros algún ejemplar que además ha sido imaginado, escrito, corregido y financiado por él mismo.</div><div align="justify"></div><div align="justify">No obstante, de todos, el rol más riesgoso es el de jurado, de allí que muchos se nieguen a serlo.<br /><br /><br />Siempre me ha llamado la atención el desparpajo con que algunos colegas se vuelven concursantes genéticos. Es decir, no hay certamen nacional en el que no participen. Pequeño, mínimo, grande, regular. No importa. Y a veces en varios con el mismo libro. En ocasiones lo hacen con la excusa de que es la única manera de ser reconocidos o publicados. Comprensible, pero… A veces, cuando percibo que esta actitud se ha prolongado a lo largo de quince o veinte años o más, me parece que participan otros ingredientes como la egolatría y el narcisismo. Los casos son múltiples, suficientes ya para una futura <em>estereotipología</em>.<br /><br />Naturalmente tengo que dejar claro que también durante varios años fui partícipe muy activo y recurrente de certámenes literarios. Y hasta llegué a ganar algunos, pero igual, como es obvio, no cogí pizarra en una buena cantidad de ellos. De manera que creo que los concursos son una institución necesaria. Considero también que muchos de ellos, la mayoría, son objetivos, y además me enorgullezco de haber participado como autor en varios, y de haber tenido como compañeros de jurado a verdaderos adalides de la transparencia, en otros. Tampoco dudo de que haya premios “amañados”, e incluso los (pre)destinados a ciertos autores, pero al menos a mí no me han convocado para que destaque a fulano o zutano. Se dice que eso lo hacen algunas editoriales u otras instituciones por razones comerciales, políticas o ideológicas. No lo he vivido. Pero, además, cuando son acertados, los libros suelen defenderse solos, independientemente de jurados e intenciones extraliterarias.<br /><br />Creo además que la “edad de los concursos” es una etapa necesaria en un escritor, pero no debe durar toda la vida. Tiene que existir un momento en que le pongamos punto final, al menos en aquellas ofertas destinadas a quienes están comenzando. Porque, por muy jóvenes y vigorosos que nos sintamos, en algún momento estamos obligados a dejar de ser “promesas”, “novísimos” o “escritores jóvenes”. Y de no ser así, terminaríamos escribiendo sólo para jurados, a la espera de que nos “descubran” y lancen al estrellato. Así envejeció un personaje de uno de mis cuentos que terminó "lanzándose al estrellato él mismo", desde la altura de un edificio. La literatura ejercida con responsabilidad es mucho más que eso.<br /><br />Acepto también que cada vez aspiremos a ganar algún galardón que supere al que antes hemos obtenido. Como escritores responsables, estamos obligados a jerarquizar los concursos a los que deseamos postularnos. Más de una vez lo he comentado: bien merecida tiene su “mención de finalista” aquel autor o autora ya veterano(a) y muy reconocido que ha sido “vencido-a” por alguien que está comenzando. Y también me parece trucado el anexar a la plica una pequeña nota que indique “si no me dan el premio único, por favor, no me otorguen menciones porque me asesinan el texto”. El “único” asesino en tal caso es el propio autor veterano que se aventura a que le ocurra eso.<br /><br /><br />Como participante en algún concurso, no se me habría ocurrido jamás utilizar como seudónimo una juntura de las primeras sílabas de mi nombre y apellidos: lubali. Tampoco me habría atrevido a firmar mis textos en la última hoja y a pasar luego un leve brochazo con borrador blanco, que facilitare leer el nombre del autor al trasluz. Ni mucho menos acotar al principio del texto un epígrafe o prólogo que provenga de lo que haya(n) escrito algún(os) jurados. No coincido con quienes desglosan un libro completo en los quince o veinte cuentos que contiene y los remiten (con quince o veinte seudónimos diferentes) a un certamen en el que se premiará un solo cuento, verbigracia el Concurso de El Nacional o el de SACVEN. Creo que se confunde en estos casos a la literatura con la lotería de animalitos de Valera. Igual podría opinar de aquellos o aquellas que someten una misma novela, libro de poemas, ensayos o cuentos, a varios concursos simultáneos. Incluso, hubo quien alguna vez agregó a su texto un colofón del mismo modo que lo había hecho con todos sus libros ya publicados. Es decir, no llamó perro al jurado pero le mostró el tramojo de su trayectoria.<br /><br />Los casos referidos los he padecido como jurado o me los han referido escritores muy cercanos. Y conservo un interesante archivo antológico alusivo al tema. Nada digo de quienes se hacen los suizos al ignorar cláusulas de las bases y alegar luego (si ganan) no haberles “parado mucho” porque presuntamente “los escritores somos distraídos”. Simples ficcionautas que escribimos y ya. No estamos pendientes de esas “minucias” administrativas.<br /><br />Y, claro, como digo eso, defiendo a la mayoría. Aquí he referido como ejemplos sólo las excepciones, no la regla. Afortunadamente. Y entiendo que en tales casos excepcionales y minoritarios, los concursantes genéticos confían en la ignorancia del jurado. Como alguna vez confió un otrora joven escritor de Valencia, al enviarnos como suyo un texto de Virgilio Piñera que, por no conocer, estuvimos a punto de premiar. Nos salvó la providencia y la cultura literaria de un escritor amigo a quien por casualidad comentamos aquel texto sin saber quién era su autor(a). O sea, igual que los escritores auténticos, también algunos jurados tienen a veces un ángel que los ilumina. Y no siempre son tan “distraídos” como se cree.</div>Luis Barrera Linareshttp://www.blogger.com/profile/06751870693941712233noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36965238.post-41600659931502884732007-06-20T19:11:00.000-04:002007-06-20T19:52:31.391-04:00Parir (dudas) bien vale una musa<div align="justify">El cuento es del magnífico narrador venezolano José Rafael Pocaterra (1889-1955). Su título “El ideal de Flor”. El personaje principal es femenino. Se llama Flor: “…ella lee, muchísimo, toca el piano y suspira en la ventana que da a una callejuela desierta, cuando el plenilunio es un pavón de plata sobre el panorama oxidado y triste del poblacho”. <br /><br /> Flor es empedernida lectora provinciana de las secciones literarias de los diarios de la capital. Los recibe a través de un digno antecedente del correo electrónico: una vieja mula utilizada para distribuir la correspondencia de pueblo en pueblo. En uno de esos diarios, la chica descubre la poesía fulgurante de un nuevo poeta de nombre J. P. Soto Longo. “Excelso sonetista” de quien además descubre un día la fotografía que, si bien no lo muestra como lo imaginaba, le ofrece la existencia de una “melena crespa” que ella atribuye a “defectos del fotógrafo”. Ante las palabras fulgurantes del bardo, se imagina celosa impenitente de las chicas “rubias y ardientes” delineadas en los versos por el poeta.<br /><br />Así, Flor “construye” de su escritor preferido una imagen ideal, suya de ella nada más (rubio, caballeroso, elegante, conquistador de flor en el ojal). Viaja a la capital, busca desesperadamente encontrar la presencia real de su autor favorito, pasa el tiempo y, ya resignada a que jamás ocurrirá el encuentro, casi a punto de regresar, justo en la mesa vecina del restaurante donde le hacen la despedida, escucha “una voz agria, aguardentosa, colérica y llena de desprecio” de alguien que se niega a pagar lo que ha consumido y discute airadamente con el mesonero. Era la voz de su poeta ideal, que ahora se le mostraba como un picardioso sinvergüenza y tracalero.<br /><br />Por alguna razón mi tía Eloína me ha recordado estas imágenes del cuento de Pocaterra y lo ha relacionado con la magia que genera la literatura. Todo esto, a raíz de la suspensión temporal que hube de hacer de mis dudas melódicas. Para ello se juntaron principalmente dos factores: primero, unos fastidiosos achaques visuales que sacaban a mis pupilas de circulación y, segundo, un breve viaje que me obligó a posponerlas por una semana más.<br /><br />Aclaro esto porque algunos generosos lectores y amigos escribieron a mi buzón electrónico, preguntando por la ausencia de comentarios de mi parienta. Ya conocen las razones y vaya mi formal solicitud de excusas.<br /><br />Pero lo del relato pocaterriano del comienzo viene por otro lado. En este lapso de receso, ante la impotencia que adquirimos cuando algo perturba nuestra vista, nos dedicamos a imaginar los rostros, el aspecto físico, las manías y otros aditamentos de aquellos que nos leen y a quienes no hemos visto nunca físicamente. Desde una atalaya virtual, apenas tenemos idea colectiva de aquellos a quienes por cualquier razón les llega nuestra escritura. Pero igual sabemos que, muy a pesar de la foto que agregamos a la derecha de nuestro texto, también los lectores prefiguran ideas sobre cómo seremos, qué hacemos, cómo hablamos. Por cierto que, desde la inevitable vanidad humana, la fotografía puede ser engañosa. Buscamos para ella nuestra mejor y más favorecedora pose, nos maquillamos de egolatría antes de decidir cuál, casi le rogamos al fotógrafo que haga milagros con nuestro físico.<br /><br />No obstante, somos como somos, sin poder evitarlo, y es mejor que los lectores imaginen. Que también para eso es la escritura. Y en estas lides de cómo nos imaginan, las sorpresas son gratas hasta la saciedad. Resumo algunos ejemplos de la época en que esta columna tenía su versión semanal impresa (sin fotografía) en algunos diarios caraqueños . Sólo la palabra servía de nexo semanal entre este sobrino y quienes tenían a bien leerlo.<br /><br />Una historiadora de la Universidad Central de Venezuela, exnovia de un amigo entrañable y casi hermano, me vio en persona por primera vez y se sorprendió, sin ninguna intención por ocultarlo. Según ella, yo representaba en “La duda melódica” a un tipo altísimo, fortachón, de unos cien kilos, catire, ojos azules, rico, recio y mandón. Apenas supo que era yo, exclamó: ¡¿Eres tú?! ¡¿Tan chiquito?! Después agregó no ser racista, excluyente ni interesada, pero obviamente nos había mostrado el tramojo de su ideología.<br /><br />Un vendedor de automóviles supuso antes de conocerme que se trataba de un autor “borracho, parrandero y jugador”, que cada día llega tardísimo a su casa y tiene por lo menos cien mujeres en su historial, cuando no tres o cuatro simultáneas. Nada machista el amigo.<br /><br />Un estudiante de postgrado, según él, lector asiduo de las crónicas del diario donde yo escribía, jamás imaginó que aquel personaje de pequeño formato a cuyo curso estaba asistiendo en ese semestre era la misma persona (“jodona”, dijo) que escribía “La duda melódica”. Muy a pesar de tener ambos el mismo nombre. “Soy Géminis”, le dije.</div><div align="justify"><br />Una recepcionista de un hotel de la isla de Margarita comentó al leerlo en la tarjeta de presentación que yo tenía el mismo nombre que utilizaba como seudónimo la gente que escribía “La duda melódica”.<br />Etcétera.<br /><br />Y por supuesto que no faltan los que piensan que los cronistas somos un ejército de mercenarios que recibimos fortunas inmensas por lo que escribimos. Ignoran que hay personas e instituciones privadas que solicitan nuestros “servicios” y se asombran cuando les preguntamos cuánto nos pagarán por alguna charla, conferencia, corrección o taller. O sea, no nos consideran dignos de cobrar algo por lo que hacemos.<br /><br />La confesión más graciosa que he escuchado es que algunas personas creen que nos damos el lujo de pagarle a un equipo para que se ocupe del artículo de cada semana. No dudo que haya columnistas que así lo hicieron o lo hagan, pero igual tenían o tienen fortunas que heredaron de alguien. A los demás, a la mayoría de quienes hacemos este ejercicio periódico de buscar contacto con los lectores, antes por la prensa convencional, ahora través de la red, pues los “millardos” nos llegan en satisfacciones: cuando en la calle, en la universidad, en los bares de buena y mala muerte, en las oficinas públicas, en el aula de clases, en cualquier lugar donde se lea lo que borroneamos, e incluso ahora a través de la mensajería electrónica, la gente (nos) comenta el tema de la semana (bien o mal, no importa).<br /><br />Lo que sí aspiramos es que no nos ocurra jamás lo que a Flor, el personaje del maestro Pocaterra, porque lo peor que puede pasarle a un escritor es decepcionar a alguien que ha tenido la gentileza de leerlo. Bravo entonces por los lectores. Gracias a ustedes, parir (dudas) bien vale una musa.<br /><br />Y gracias a quienes imaginaron que, durante este largo mes de ausencia involuntaria de la red, mi tía Eloína me había castigado por alguna impertinencia. Como dijera un señor banquero de aquellos que huyeron con el dinero de los ahorristas en los noventa: aquí estamos y aquí seguimos. </div><div align="justify"><br />Volveremos ahora quincenalmente.<br /><br /><br /> </div>Luis Barrera Linareshttp://www.blogger.com/profile/06751870693941712233noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36965238.post-60140693536264389992007-05-16T15:46:00.000-04:002007-05-16T21:15:34.881-04:00Derek Walkott ¿En Caracas?<div align="justify">Suele mi tía Eloína pedirme que de vez en cuando me dedique en estas entregas semanales a dar noticias o impresiones sobre el acontecer cultural o culturoso del país. No es mi hábito, pero esta vez me salgo del redil para complacerla y ofrecer las dudas que nos causaron las recientes intervenciones del poeta y Premio Nóbel de Literatura (1992) Derek Walkott, quien, en compañía de otro Nóbel de la Paz (2006: Muhammad Yunus) acaba de visitar el país, invitado por BANESCO en su ya conocido programa “Palabras para Venezuela”.<br /><br />Este par de Premios Nóbel aceptaron visitarnos y eso es, naturalmente, una deferencia. Gracias a ellos y a la institución que hizo posible la visita, tras el furor de una contundente campaña publicitaria que, como es natural, despertó muchas expectativas.<br /><br /><br />Muhammad Yunus dedicó buena parte de su discurso a demostrarnos cómo prestar dinero a los pobres para fortalecer en ellos la responsabilidad del crédito y la productividad del trabajo creativo, poniendo énfasis en la solución de problemas sociales. Y lo hizo bien, muy bien, incluida cierta sazón de humor que para nada disminuyó la profundidad de su discurso, hiladísimo, muy narrativo, convincente y contundente: no es poca cosa adjudicar microcréditos a una millonada de mujeres pobres, hacia las cuales su banco tiene preferencia obvia y confesa. Punto a favor de los economistas. El célebre fundador del <em>Grameen Bank</em>, de Bangladesh, demostró que no es un “terconomista” común y corriente. Bravo por él. Nos vio (a la audiencia) como gente, así nos habló y así nos sintonizamos con su palabra.<br /><br />Por el contrario, menos consistente y convincente fue la intervención de Derek Walkott. Luego de una mínima y casi imperceptible introducción, leyó un fragmento de un largo poema suyo, acompañado por ese magnífico músico y guitarrista venezolano que es Miguel Delgado Estévez. Esto lo hizo el poeta muy bien, cómo dudarlo. Le puso melodía, le puso cadencia, le puso emoción y entonación ajustadísima a su fragmento declamado en inglés.<br /><br />Para decir la pura verdad, hubiéramos preferido que lo leyera sólo en su lengua materna, sin la intermediación “traductolectora” del señor que, luego de la lectura pausada, fascinante, del poeta, se dedicaba a “transmitirnos” el contenido en español. Todo el esfuerzo del autor se venía abajo cada vez que el traductor intervenía. Dice Eloína que en realidad no intervenía, más bien “interfuñía”, transgredía, violentaba la magia lírica mediante una lectura totalmente plana y desentonada, desencajada, desventurada, “destrozadora”, en fin todos los <strong>des-</strong> con significado negativo posibles en lengua española. Sin decir nada de algunos pretéritos simples terminados en “ese” que se le deslizaban, como si jamás hubiera asistido a la escuela (vinistesss, corristesss, etc.).<br /><br />La poesía de Walkott perdió ese día buena parte de su magia y su fulgurante esfera de imágenes vueltas añicos por un mal lector que además no estaba traduciendo sino leyendo de un papel. Y, obvio, esto para nada concierne al autor que, como hemos dicho, en su lectura en inglés se lució. Ni es su culpa ni él escogió (suponemos) al “intermediario”.<br /><br />Lo que sí le compete al autor es que los escuchas, participantes pasivos en el evento, que éramos muchísimos, nos quedamos esperando un discurso posterior un tanto más sustancioso, algo que nos dijera un poco más de su manera de pensar el mundo. Dice mi parienta que limitarse apenas a leer un poema, ya traducido y conocido, después de la campaña que “repletó” los espacios del auditorio, sin que sobrara ni una sola silla, pues como que no encaja mucho. La encuesta inmediata que hicimos <em>in situ</em> lo ratificó: Aparte del poema, la gente aspiraba a un poco más de reflexión, algo más de otra cosa que nos dijera por qué alguien es un Nóbel de Literatura, por qué un Nóbel es un hablante público consustanciado con el mundo, con sus problemas y con los problemas de la gente que vive el día a día, sobre todo, en una realidad como la caribeña.<br /><br />Pero nada de eso ocurrió.<br /><br />Y esto sin olvidar el folclórico detalle de cierre ofrecido por el pequeño cortejo de venezolanos selectos que lo acompañaba durante el brindis final. Unos cinco o seis escritores robacámara que rodeaban al poeta, monopolizándolo, sin permitir que nadie se le acercara. Una especie de espontáneo “anillo de seguridad” que se añadió a las expectativas frustradas, para impedir que los mortales tuvieran la oportunidad de preguntar algo sobre aquello que no habían escuchado y tanto habían esperado desde hacía varios días.<br /><br />Esa noche la literatura y la poesía dejaron pasar la oportunidad. Como para que se siga pensando que los escritores vivimos en las nebulosas. Como si el poeta no hubiera estado entre nosotros.</div>Luis Barrera Linareshttp://www.blogger.com/profile/06751870693941712233noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36965238.post-34162050591823266882007-05-09T15:54:00.000-04:002007-05-09T16:04:36.730-04:00Terconomistas<div align="justify">Según mi tía Eloína, el mundo comenzó a girar de manera extraña desde el mismo día en que se fundó la Economía como ciencia. ¿Ciencia de qué? Pues de activos, de pasivos, de curvas que suben y bajan, de precios y contraofertas, de mercado y de mercadeo, en fin, de números y de acciones que suben e índices que bajan.</div><div align="justify"><br />El prototipo del economista tropical que ha sido pasante del FMI o del Banco Mundial es un señor de corbata negra y rostro duro, lo que se dice un hombre aparentemente pasivo y circulante que vive hablando de activos fijos. Su mayor obsesión de espíritu parece ser la liquidez. No hay nada sólido ni gaseoso en su rutina profesional de bolsas y acciones. Suele hablar mucho de productividad, pero en ciertos casos sólo pareciera producir recurrentes opiniones negativas acerca de los planes y proyectos presupuestarios en los que no ha participado.</div><div align="justify"><br />Casi todo economista moderno es asesor o consultor de algo o de alguien. Vive de consulta en consulta y , entre una asesoría y otra, pues lee e interpreta cifras y presupuestos que casi siempre resultan en rojo para el común de la gente. Perciben en las encuestas y sondeos lo que nadie es capaz de captar. Y usualmente esperan que nos quedemos con la lengua afuera, luego de escuchar sus pronósticos sobre ahorros y gastos. Lo hacen a uno sentirse una caja de conversión de sorpresas.</div><div align="justify"><br />Fije usted su atención cada vez que alguno de estos profesionales declare por la tele o por la prensa escrita y percibirá que, casi como fórmulas de encantamiento, dejan escapar como quien no quiere la cosa tres o cuatro términos que plasman al que escucha o al que lee: </div><div align="justify"><br /> “La hiperinflación traerá un déficit estanflacionario reversado por el superhábit de la indexación macroeconómica del gasto público”.<br /><br />Es natural que al intentar descifrar este tipo de expresiones superespecializadas, termine uno creyendo que de verdad hay detrás un complejo mundo de teorías apretadísimas y métodos infalibles. Se imagina uno a sí mismo como un impotente gusanillo incapaz de consumir cálculos y expulsar números, un pequeño e insignificante cascajo que perecerá bajo las sesudas formulaciones salidas de los consultorios económicos.</div><div align="justify"><br />Sin olvidar que un economista que se precie de serlo, uno salido de la propia escuela de economía de alguna institución gringa, como, por ejemplo, la de la Universidad de Chicago, no acepta ni que se le refute ni que se le discuta lo que a su propio parecer tantas neuronas le ha costado deducir. Algunos se ponen entonces tercos hasta el punto de enrojecer sus cachetes y comenzar a argumentar con el manual de Adam Smith o John Keynes en la mano. </div><div align="justify"><br />Según mi parienta, esos, más bien deberían llamarse <strong>terconomistas</strong>. </div><div align="justify"><br />Si vamos a la realidad y nos sentamos frente a nuestra propia situación de ciudadanos comunes y corrientes, pues encontraremos que mientras los más reputados economistas (que, por cierto en el caso venezolano siempre son los mismos en la radio, en la televisión, en los medios impresos y hasta en la Internet) hablan de ”libre mercado”, nosotros sentimos el peso de su léxico detonante cuando acudimos al “mercado libre”. Y temblaríamos si sale alguno a decir que va a mejorar la situación porque suelen expresarse de retruque: algo andará mal en nuestras vidas cotidianas si algún economista vislumbra cierto “crecimiento de la economía”. Igual que pasa cuando dicen que la masa de dinero no está para bollo de gasto corriente, o que nuestro cuerpo mortal y pedestre no puede alimentarse con “dinero inorgánico. Debemos aprender a interpretarlos y a saber que cuando dicen “crecimiento de gastos fijos” quieren decir “presupuesto hogareño en declive”. Economía, toda una ciencia que asusta, pues.</div>Luis Barrera Linareshttp://www.blogger.com/profile/06751870693941712233noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36965238.post-22937673896124361372007-05-02T16:40:00.000-04:002007-05-02T19:30:33.613-04:00Sesos y sexos<div align="justify">El calificativo humorístico y no pocas veces discriminatorio de “seso débil”, atribuido durante mucho tiempo a las integrantes del bando femenino, comenzó a derrumbarse desde el mismo día en que una doctora de nombre Sally Shaywitz (co-directora del Centro de Estudio para el Aprendizaje y la Atención, de la Universidad de Yale, especialista en dislexia), demostró con sus experimentos que a la hora de poner en práctica los recursos verbales, las damas son mucho más diestras que los varones porque se valen de ambos hemisferios cerebrales simultáneamente.</div><div align="justify"><br />Se ha argumentado además que si bien es cierto que ellas se fijan más en lo superfluo, los hombres somos la auténtica torta a la hora de utilizar las neuronas para distinguir tonos de voz y melodías. Por eso a veces no diferenciamos entre un regaño y una caricia. <em>Si es hombre…es bruto</em> era el lema de un conocido programa radial venezolano, animado por un par de chicas apodadas <em>Las cuaimas</em>. </div><div align="justify"><br />Desde hace tiempo, este asunto ha tenido verdaderamente preocupada a mi tía Eloína, no tanto por ella sino por su marido de turno, quien, educado al estilo de la vieja guardia machista, siempre ha estado plenamente convencido de la presunta superioridad absoluta de los varones a la hora de esculcar los territorios cerebrales u otros lares de la humana anatomía. </div><div align="justify"><br />Eso de que las chicas son capaces de poner en funcionamiento la razón y los sentimientos de un solo guamazo, no convence demasiado a mi “tío político”. Su frustración se ha agigantado cuando además leyó en un reportaje que hay partes del cerebro femenino que son de mayor tamaño que sus equivalentes en los del sexo opuesto.</div><div align="justify"><br />-Comprendo que ellas sean expertas en el arte de las escenas emotivas y lloronas –dice el don- pero no por eso debemos creer que nosotros somos insensibles hasta la médula e incapaces de identificar las cosas por el tamaño.</div><div align="justify"><br />Al margen de lo que opine mi colérico casi pariente, este rollo de sesos y de sexos se está complicando en estos tiempos, y quizás más de lo que hubiéramos querido tanto nosotros como ellas. Cierta anécdota referida hace tiempo en un artículo de la famosa revista gringa <strong>Nature </strong>indicaba que un conferencista de Pensylvannia, había estado a punto de ser linchado por un grupo de fúricas damiselas, cuando lo oyeron decir que las diferencias de género vienen genéticamente programadas desde las propias circunvoluciones cerebrales y que se localizan en el “lóbulo temporal”, el “cuerpo calloso” y la “comisura anterior”. </div><div align="justify"><br />Ante la posibilidad de que esto fuera cierto, la catorcera de feministas que lo escuchaba se levantaron al unísono de sus asientos y, utilizando precisamente sus ventajas cerebrales para manifestar emociones sin tapujos, le cayeron a codazos al inofensivo investigador, quien debió ser protegido por los agentes de seguridad del local y marcharse con su “cerebridad” a otra parte.</div><div align="justify"><br />De acuerdo con sus propias declaraciones a la prensa, el rollo que se les planteó a las chicas atacantes fue el siguiente. Si ambos hemisferios no son iguales en los integrantes de ambos sexos y si fuera verdad que vienen genéticamente preparados para hacer sentir, actuar y expresarse de manera distinta, entonces podría darse al traste con los muchos años de lucha por la igualdad de los géneros en todos los ámbitos. Ya no podría echarse la culpa a los caballeros por ser “olvidadizos”, debido a que el que nace con las neuronas del recuerdo torcidas nunca sus ramas enderezará. Se abriría además la posibilidad de que cobremos en casa muchas deudas eternas y pendientes. Por ejemplo, las esposas de los chicos parranderos nunca habrían tenido verdaderos motivos para echarlos del hogar cada vez que hubieran olvidado dormir en su propia cama. Puestos ante cualquier tribunal familiar, podrían argumentar masculina y muy “científicamente” algo como lo que sigue: </div><div align="justify"><br />-Bueno, suegra, ya la neurología ha demostrado que uno como varón no se fija en los superfluo sino en lo principal. Se me olvidó dormir con su hija por culpa de un <em>cuerpo calloso</em> que no aguanta dos pedidas. Entienda usted que si esto ocurre, cualquiera puede perder el <em>lóbulo temporal</em> en alguna <em>circunvalación</em> de esta ciudad.</div>Luis Barrera Linareshttp://www.blogger.com/profile/06751870693941712233noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36965238.post-61714434340268567582007-04-25T16:46:00.000-04:002007-04-25T17:40:10.810-04:00Crítica literaria y llanto literatoso<div align="justify"><strong><em></em></strong> </div><div align="justify"><strong><em></em></strong> </div><div align="justify"><strong><em>Los Perdomo</em><br /></strong>Los últimos días se han tornado verdaderamente interesantes para reavivar el proceso de nuestra siempre vapuleada crítica literaria local. Se retoman las discusiones de siempre y casi regresamos al mero principio de los comienzos. La crítica seria y responsable se confunde con el lamento borincano de los criticones. La chispa de una discusión que ya es cíclica y recurrente en Venezuela, se ha disparado otra vez debido a la presencia de un nuevo intento por hacer comentarios críticos acerca de la literatura local.<br /><br />Todo comenzó hace ya unas tres semanas, cuando un mensaje de correo electrónico invitaba a la visita de una nueva página virtual dedicada a la crítica literaria. Me refiero a <strong>Los Perdomo C.A.</strong> Bienvenida toda iniciativa que aspire a poner orden en este berenjenal en el que –ya lo he dicho antes- se ha venido repitiendo hasta la saciedad que no hay crítica, que todo se limita a la “fastidiosa pedantería académica para especialistas”. Mas cuando alguien intenta otra posibilidad, aparecen nuevos motivos para perpetuar el llantén de los llorosos. Por eso he dicho otras veces que la crítica es una familia suicida. La aniquila el chingo y la remata el sin nariz.<br /><br />Apenas ingresé en el <em>blog </em>me encontré con dos tipos de opiniones bastante contrapuestas. Unas muy ponderadas (positivas o negativas, no importa) y otras más bien dedicadas a la ofensa gratuita, al descrédito y hasta a la descalificación de los propósitos, cuando no a la chanza de algunos “opinantes anónimos” que no escriben ni sobre las reseñas ni sobre los libros reseñados, sino sobre otros asuntos muy personales.<br /><br /><br />Hay incluso un comentario que en tono de broma intenta mezclar a mi tía Eloína en la discusión. Nada podemos decir ni ella ni yo a su autor o autora anónimo-a. Lo aceptamos porque mi parienta es un personaje público y nadie la ha mandado a meterse en este boscaje confuso, brumoso y polémico que es el mundillo de la literatura. Además, no sabemos quién es el o la comentarista: “Perro que no conocemos, no le jorungamos la cola”.<br /><br /><em><strong>La última vez</strong><br /></em>Con otros cuatro escritores, dos de acá, dos extranjeros, participé como jurado en la última versión del Premio Adriano González León. Justamente, ése en el que, por la vía del seudónimo, se premió la novela <em>La última vez</em>, que resultó ser del periodista Héctor Bujanda y que ahora ha publicado la editorial Norma. Si a ese resultado llegamos como colectivo y yo lo suscribí complacido y sin ningún tipo de miramientos, pues no puedo estar de acuerdo con los juicios emitidos en Los Perdomo acerca de la novela. Aunque creo que es su derecho formularlos. Pero tampoco la defenderé, como esperan algunos, porque <em>La duda melódica</em> no es una defensoría de nada. No me corresponde. Sólo soy vocero de Eloína Padrón. Y de vaina. De nadie más.<br /><br /> No comparto los argumentos, insisto, pero eso no me impide reconocer que son coherentes, hilvanados, pensados. Bastantes veces he repetido (incluso en esta misma página) que los escritores venezolanos, sobre todo los que sólo se sienten “escritores de ficción” –aunque “matan tigres” con otros géneros y con otras actividades- han pasado la vida clamando por la existencia de la crítica literaria.<br /><br />Y en cuanto a si la crítica se hace anónima o no, mediante seudónimo o firma explícita, pues son opciones que ofrece la red y cada cual tiene derecho a escoger la suya. Lo que sí es cierto es que, desde esta casi milagrosa <em>blogósfera</em>, ha surgido una posibilidad de distanciamiento entre el crítico y los autores u obras que se comentan y ello, sin duda, promete un desarrollo interesante para fortalecer la evaluación y divulgación de la literatura. Sobre todo, con escasos compromisos afectivos o personales. Para la crítica, la anonimia o seudonimia posibles en la red han facilitado el oficio de los suicidas del pasado desde dos perspectivas contrapuestas: un sano, responsable y (hasta donde se puede) equilibrado anonimato, o una reprochable y deshonesta actitud de retaliación. Si por cualquier razón se desea ser invisible, esperemos que prevalezca la primera.<br /><br />Creo que eso nos interesa a todos, incluido ese colectivo lloroso y quejoso que, explícita o implícitamente, se ha pasado la vida negando a la crítica. </div>Luis Barrera Linareshttp://www.blogger.com/profile/06751870693941712233noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36965238.post-42127453474979375932007-04-11T15:11:00.000-04:002007-04-11T16:01:47.455-04:00¿Quién corrige a quién cuando hablamos?<p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.45pt; line-height: 200%;">Aprovecho que estamos en el mes del idioma para (entro) meterme en asuntos propios del español que hablamos en Venezuela. Y lo hago a partir de una pregunta recurrente de amigos y estudiantes: ¿Cómo actuamos lingüísticamente los venezolanos cuando hacemos uso del español? </p> <p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.45pt; line-height: 200%;">Pues nada diferente de como lo hacen otros conglomerados sociales, incluso aquellos que hablan otra lengua o una variedad distinta de la nuestra. Si posteriorizamos (“aspiramos” dicen algunos) las eses a final de sílaba o de palabra, a veces en exceso, es cierto, ( “<span style="font-style: italic;">laj cosaj ejtán bajtante mejorej</span>”) o algunos de nuestros hablantes abusan en ocasiones de las llamadas muletillas (“<span style="font-style: italic;">o sea</span>”, “<span style="font-style: italic;">okey</span>”, “<span style="font-style: italic;">digamos</span>”, “<span style="font-style: italic;">¿sabes?</span>”), no se trata de fenómenos exclusivamente nuestros. ¿Quién se preocupa por la tendencia de los galohablantes a omitir las vocales de final de palabra o por la frecuencia con que los anglohablantes contraen las frases y a veces reducen sus expresiones a conglomerados de puras consonantes?<o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.45pt; line-height: 200%;">Lo que sí abunda en todas partes son los correctores espontáneos. Sin ver el techo de vidrio en el que cobijan su habla particular, son muchos los hablantes públicos de nuestro medio (escritores, docentes, comunicadores sociales, políticos, gobernantes, parlamentarios, etc.) que se quejan recurrentemente de lo mal que hablamos y de la manera en que presuntamente contribuyen “los otros” a deteriorar el idioma. </p> <p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.45pt; line-height: 200%;">Si en realidad existiera de nuestra parte, como colectivo, una tendencia al desgaste, a la descomposición del español, la responsabilidad no sólo recae en quienes han tenido menos acceso la educación formal. Muchos podríamos ser los implicados<span style=""> </span>y no sólo aquellos que no están de nuestro lado o no utilizan el lenguaje como esperamos que lo hagan. <o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 27pt; line-height: 200%;"><span style=""> </span>Entre quienes se rasgan las camisas y las comisuras<span style=""> </span>“defendiendo el cuerpo herido del idioma”, no es difícil detectar hábitos verbales que distan mucho del uso adecuado. Cito ejemplos que he atrapado al azar en la prensa, la radio, la televisión, la publicidad y la lengua oral cotidiana: entre otras cosas, abunda el abuso de las eses exageradamente pronunciadas (para contraponerlas precisamente a las “esesss possssteriorizadassss”). Por otra parte, pareciera que en las escuelas de teatro,<span style=""> </span>locución y comunicación social sobrevive algún duende oculto que insiste en que se pronuncia “labidentalmente” toda palabra que comience por <span style="font-weight: bold;">V</span> (vida, voy, venga…), articulando así un segmento fónico inexistente en el español. No es errado pronunciar esa <span style="font-weight: bold;">v </span><b style=""><v></v></b> corta (o “uve” como dicen los peninsulares) como <b style="">[b]</b>. La falla más bien radica en insistir en una forzada y artificial pronunciación que casi obliga a morderse con saña el labio inferior. <o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 36pt; line-height: 200%;"><span style=""> </span>Recordamos además la intromisión<span style=""> </span>recurrente de una [<b style="">k]</b> en palabras como “piscina”, “absoluto”, “etcétera” y “escena” (que muchos gratuitos correctores suelen pronunciar como [piksína], [aksolúto], [eksétera] y “[ekséna”]. Por otra parte, expresiones como “darse cuenta que”, “pensar de que”, “motivado a”, “habemos”, “haiga” y “vinistes” (algunas de ellas censuradas por unos y aceptadas por otros) se han vuelto parte del habla la cotidiana de muchos de nuestros hablantes públicos. Sin decir nada de giros y palabras tan comunes en la oralidad de estos días como “dividí” ( <i style="">digital video disc</i> ) y “cidí” (<i style="">compact disc</i>), “timoshon” (<i style="">Text-motion</i>), “pendraiv” (<i style="">pen drive</i>), “full empleo” (empleo total) “jaquear”<span style=""> </span>y “desjaquear” (del inglés <i style="">hacker</i>). Hay otros ejemplos que, por haber sido escuchados de hablantes públicos irresponsables (hipercorrectores gratuitos), se extendieron originalmente como bromas populares<span style=""> </span>y han comenzado a escucharse o leerse cual si fueran auténticas frases originales. Por ejemplo, “popol vuh” (por <i style="">vox populi</i> ), “mato grosso” (por <i style="">grosso modo</i>), “equidistante” e “inverosímil” (por equivalente e indiferente).<o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 200%;"><o:p> </o:p></p> <p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt; line-height: 200%;">Mención aparte merecen los lugares comunes de algunos de nuestros redactores de noticias. No son pocos los que insisten en repetir expresiones harto gastadas y a veces hasta redundantes como “testigo ocular”, “vital líquido”, “tricolor patrio”, “imágenes elocuentes”, “lapso de tiempo”, “mortal suicidio” o “sucesos de proporciones incalculables”. Y ni hablar de aquellos que ante cualquier expresión que los complazca, cuando desean asentir, sólo pueden expresar “¡Eso es correcto!”. No es extraña tampoco la tendencia a “masculinizar” a través de los medios algunos sustantivos que aluden a profesiones ejercidas por damas: “ella es <u>sicólogo</u>”, “La <u>médico</u> forense”, “una <u>ministro</u> muy enérgica”. Luego de una ardua y muy razonable lucha por la igualdad de género en todos los aspectos, hay incluso damas de notable influencia pública que no aceptan que sus oficios sean expresados con terminación en femenino. Es verdad que hay oficios y profesiones que en femenino suenan casi como malas palabras (miembra, fiscala, concejala, ingeniera, jueza), pero seguirán siendo extrañas al oído mientras más se las rechace.<o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt; line-height: 200%;">Y, cuidado, no me refiero a lo que sí pudieran ser consideradas creaciones propias del (in) genio de los hablantes. He escuchado con grata sorpresa como un lúcido pescador del oriente del país, cuando desea expresar que alguien además de pícaro es tramposo, lo llama<span style=""> </span>“picardioso”. Así mismo, algunos jóvenes de hoy utilizan el verbo “mensajear” para referirse exclusivamente a la acción y efecto de remitir notas a través de teléfonos celulares. Igual que me parecen dignas de estudio desprejuiciado esas instantáneas y hermosas respuestas que muchos hablantes de hoy ofrecen ante las interrogantes o peticiones, como “Sí va” o “¡Dale, pues!”. </p> <p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.45pt; line-height: 200%;">Aparte de eso, la mitificación histórica de nuestra actividad como profesores o investigadores del lenguaje ha contribuido a crear la idea de que estamos en la obligación de conocer absolutamente todo lo que tenga que ver con su uso, desuso y abuso y, por supuesto, a no equivocarnos jamás. Casi como asumir que los médicos no tienen derecho a enfermarse o que los dentistas están exentos de caries. </p> <p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.45pt; line-height: 200%;">Quienes por alguna razón vivimos de la lengua, estamos en permanente riesgo de que cualquier cosa que hagamos, digamos o juzguemos, pueda ser utilizada contra nosotros mismos. Hasta cuando vamos de consulta médica, terminamos siendo consultados. Se nos pregunta usualmente si tal vocablo existe o no, como si fuéramos dioses. Toda palabra tiene existencia desde el momento en que se la utiliza. En el supermercado u otros espacios, nunca falta la cajera, el ama de casa, el vecino o el profesional que nos increpa con sus dudas: ¿Por qué los jóvenes de ahora dicen tanto “cartelúo”, “demasiado buena”, “arrugar” y “burda de”?; ¿cómo hago para que mi hermano no repita tantas veces “coye” o “bicho y bichito”? ¿que me querrá decir mi hija cuando me reclama que la observo con mirada ‘puntofijista’?”. A ese respecto mi tía Eloína suele decir que los chamos de ahora pertenecen a la generación BON-ICO: casi todas las frases de conversación entre ellos comienzan o terminan en “güebón-a” o “marico-a” (¡No güebón, sí márico, sí marica, no güebona!)<o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt; line-height: 200%;">En fin, aunque siempre debemos tener cuidado sobre dónde, para qué y con quien utilizamos el idioma, no ganamos nada cultivando irreflexivamente la creencia según la cual los hablantes del español de Venezuela somos como colectivo los peores del ámbito idiomático hispano (a veces autoexcluyéndonos individualmente y con cierta pedantería como la excepción de la regla, creyéndonos los<span style=""> </span>únicos “chéveres” del conjunto corrupto y pervertido). Hay hablantes “eficientes” y “deficientes” en todas partes, en todas las lenguas y en todos los estratos socioeconómicos. Y no siempre algunos procesos idiomáticos son propiamente deformantes o “destructores” del idioma; pueden obedecer a mecanismos naturales de reajuste, al modo como va cambiando la cultura: porque las lenguas no son cuerpos inertes ni cementerios de palabras y frases a las que podemos embalsamar, resucitar o sepultar cada vez que individualmente se nos antoje. Ahí sí es verdad que el soberano somos todos.</p><p class="MsoNormal" style="text-align: center; text-indent: 35.4pt; line-height: 200%;">-----------------------------------------------------</p><span style="line-height: 200%; color: rgb(255, 102, 0);font-family:Arial;font-size:10;" ></span><span style="line-height: 200%;font-family:Arial;font-size:10;" >Nota: La duda melódica estrena otra dirección electrónica a la que pueden escribirnos (a mi parienta o a mí): barreralinares@gmail.com</span>Luis Barrera Linareshttp://www.blogger.com/profile/06751870693941712233noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36965238.post-13856704945988183742007-03-28T14:40:00.000-04:002007-03-28T15:13:46.651-04:00El profesor de castella(s)no<div align="justify">De todas mis anécdotas de adolescencia, jamás olvidaré la conducta de mi profesor de castellano en el primer año de Bachillerato, en Los Puertos de Altagracia. Largurucho y borrachín, hediondo siempre a ron y cerveza, se autoconsideraba irónico hasta más no poder. Hablaba poco en las clases. Y nos prohibía hacerlo a nosotros. Lo repetía cada vez que nos alborotábamos: </div><div align="justify"><br /> -Mis estimados alumnos, en las clases de castellano ¡ NO SE HABLA! </div><div align="justify"><br />Mediante la técnica del rumor, nos enteramos de que venía despedido de una empresa contratista de las petroleras, donde había sido “listero” –ocupación que hasta ese día desconocíamos. Allí había tenido por tarea diaria leer y chequear la lista de los obreros. Cuántos entraban, cuántos salían y a qué hora hacían cada cosa que hacían. Pero, claro, para ello debía estar primero que todos los demás. Sin embargo, debido a su rutina de resaca perenne, no era su costumbre llegar temprano a ninguna parte y se había ganado que lo echaran. Se convirtió así en beodo desempleado. </div><div align="justify"><br />Valiéndose de sus influencias de adeco bebedor, parece que acudió al director, quien no tuvo mejor idea que designarlo formalmente “profesor de la asignatura Castellano y Literatura del primer año” (nuestro grupo). Nada de extraño tenía en Venezuela la tradición de designar de profesor de lengua nativa a alguien que sólo supiera balbucearla. Era parte de la política rutinaria del Ministerio de Educación de esos años. Así llegó nuestro flamante listero al aula. Él a pasar lista y nosotros a responder ¡PRESENTE!.</div><div align="justify"><br />Para dármelas de lector, lo primero que hice el día que se estrenó con nosotros fue preguntarle públicamente si había leído <em>Sobre la misma tierra</em> (de Rómulo Gallego, 1943), pero el nuevo profe apenas sabía que Gallegos había sido Presidente de Venezuela en algún momento, nada de que fuera novelista. Tampoco yo era un experto. Ésa era una de las poquísimas novelas que había leído para ese momento y lo había hecho por el azar de la escuela primaria que la puso en mi camino para que me cautivara. Todavía me seduce su lectura, precisamente, por la presencia fugaz que hay en ella de Los Puertos de Altagracia. Al parecer lo avergoncé sin proponérmelo. Se hizo el andaluz y me habló de otras cosas. </div><div align="justify"><br />Pero retrucó e inquirió que, si yo era taaaan leído, qué más conocía, para que el resto lo supiera. Y obviamente se me trancó el serrucho, no era demasiado, como he dicho. Ni siquiera podía yo presumir todavía de lo que para mí sería pocos años después una cantera de placer: las breves novelas vaqueras de Marcial La Fuente Estefanía y las fabulosas tramas de Agatha Chistie. Así que mi inventario era de lo más sencillo. Después de ése libro del autor de <em>Doña Bárbara</em> (1929) y de <em>Casas Muertas</em> (Miguel Otero Silva,1955), apenas recordaba un sabroso volumen pornográfico titulado <em>Tierna era mi carne</em>, sin que aflorara para mí el nombre de su autora. Lo recordaba escrito por una mujer y no debe haber sido nada importante para los literatos exóticos y exquisitos porque no he conseguido historia literaria que lo reporte, al menos en español. Buena parte de mis compañeros lo conocían y explotaron en risas cuando me oyeron referir el título. </div><div align="justify">No dije más, pero creo que desde ese momento nació la ojeriza del profesor hacia mí. Y bien que me la guardó porque su venganza no tardó demasiado en llegar. Supongo que había estado agazapado, esperando algún desliz mío para darme la estocada. Lo hizo y me ridiculizó públicamente, aunque con ello me dio sin saberlo un indicio de que algún día yo podría ser escritor. Es un lugar común que a todos los escritores nos pase algo parecido. Y si no nos ha ocurrido, lo inventamos y ya, lo integramos a nuestra “biografía”. Pero en nombre de la ficción y de mi tía Eloína, juro que así fue. </div><div align="justify"><br />Según el programa de la asignatura, eran los días de la temática formal sobre el cuento. Entonces, su mejor salida fue ordenarnos la elaboración de un cuento durante las dos horas de clase.</div><div align="justify"><br /> -Escriban un cuento mientras yo leo la prensa. Eso sí, un cuento que tenga <em>introducciónudoidesenlace</em>.</div><div align="justify"><br /> No sé si resulto pedante al decir que no me costaba demasiado aquello. Pensé en una historia posible y, ¡zas!, me dispuse a escribirla: </div><div align="center"><br />Tonta tuerta</div><div align="justify"><br /> Una chica medio tonta, fea y tuerta, es arrollada por un automóvil conducido por un chofer ebrio (podría haber calificado al conductor con algún sabroso venezolanismo como “borracho e bola” o “vuelto mierda” , “peo”, “curdo”, “jumo”, “guarapeao”, “rascao”, “hecho verga”, “palitroso”, “paloteao”, pero escribí “ebrio” para parecer culto y correcto). </div><div align="justify"> </div><div align="justify">Ella se vuelve más tonta con el golpe y entonces, a fin de evitar males mayores, sus padres deciden enviarla a la escuela con un letrero en el pecho como distintivo de su condición: “Soy tonta, mansa y tuerta”. </div><div align="justify"><br /> Fin del cuento, presumía yo, pero…</div><div align="justify"><br />Aquel hombre se fue enrojeciendo más y más en la medida en que iba leyendo mi breve historia. La calva sudorosa le fue cambiando de tonalidades, su semblante oscilaba entre rojo arrechera y blanco furia. Yo lo miraba y creía de verdad que lo había impactado como lector de aquel disparate. Hasta que terminó y, aunque solíamos presagiar sus juicios valorativos según la dirección hacia donde moviera la boca (torcedura hacia la derecha, aprobado, torcedura hacia la izquierda, reprobado), no movió los labios. Tiró el papel sobre el escritorio y, enfatizando en la primera palabra del título, me ripostó en tono severo: </div><div align="justify"><br /> -¡Yo les pedí que escribieran un cuento, no una <strong>tontería</strong> como ésta! </div><div align="justify"><br />Juro que jamás lo supe antes de escribir aquel relato: el profesor tenía una hija que era tuerta y había sido premiada y preñada con un par de gemelos p