tag:blogger.com,1999:blog-354216202008-05-16T02:50:52.539+02:00Julio CortázarHotel Kafka - Escuela de creación literaria y escritura de guiónhttp://www.blogger.com/profile/08144062015585532343noreply@blogger.comBlogger77125tag:blogger.com,1999:blog-35421620.post-67013452960574223612008-04-12T12:10:00.000+02:002008-04-12T12:11:21.721+02:00Jorge Edwards gana el Premio Planeta-Casa de AméricaEl escritor chileno Jorge Edwards fue galardonado este 1 de abril con el II Premio Iberoamericano Planeta-Casa de América de Narrativa, dotado con 200.000 dólares, por su novela La casa de Dostoievski, anunció el jurado en la capital argentina.<br /><br />La novela ganadora está inspirada en el denominado “Caso Padilla” que dividió a los intelectuales latinoamericanos frente al gobierno de Fidel Castro en la década del 70. Edwards reconstruye las polémicas y rupturas originadas por la censura del gobierno cubano al poeta Heriberto Padilla, quien finalmente redactó de puño y letra, antes de exiliarse en Estados Unidos, una “autocrítica” que para los opositores a Castro fue forzada. Algunos como Julio Cortázar privilegiaron entonces la defensa de la revolución cubana, mientras que el peruano Mario Vargas Llosa rompió públicamente con Fidel Castro.<br /><br />El finalista del certamen fue el escritor y periodista colombiano Fernando Quiroz, premiado con 50 mil dólares por su novela Justos por pecadores, una crítica al Opus Dei basada en sus propias experiencias e investigaciones.<br /><br />El jurado del premio que deliberó y comunicó su fallo desde Buenos Aires, estuvo integrado por la nicaragüense Gioconda Belli, los españoles Álvaro Pombo y Miguel Barroso, director general de la Casa de América, la chilena Marcela Serrano y el argentino Ignacio Iraola, director editorial de Planeta Argentina.<br /><br />Pombo destacó que la novela premiada “se trata de una espléndida recreación poética de Chile y de Cuba, porque aquí no se da un retrato de enfrentamiento con el régimen cubano; Edwards cuenta de manera brillante el encanto de La Habana”.<br /><br />Edwards, de 76 años, celebró el premio a su novela. “Me siento muy contento de recibir un premio joven, nuevo, que comparto con escritores muy jóvenes de América Latina. Yo estoy entrando en la tercera o cuarta juventud, como pueden ver”, declaró el escritor en una conferencia de prensa.<br /><br />La casa de Dostoievski, que fue presentada a concurso con el título provisional La ciudad del Pingüino, es “una novela sobre la poesía, los poetas y las ganas de ser poetas, los que no lo éramos, queríamos serlo y todos los demás pertenecían a un fondo gris que no veíamos”, resumió Edwards, ganador del Premio Cervantes en el año 2000.<br /><br />La historia se sitúa en “una casa de los años 50 que se estaba desmoronando, ocupada por pintores, en una época en que todos leían la novela rusa”. El protagonista, un escritor chileno que se encuentra becado en La Habana al estallar el “caso Padilla”, es “deliberadamente indefinido, parecido al poeta Enrique Lihn, que pasa por la política de izquierda de mi país, va a París, Cuba, y vuelve al Chile de la dictadura”.<br /><br />Edwards fue embajador en Cuba durante el gobierno socialista de Salvador Allende pero su traumática experiencia en la isla de donde fue virtualmente expulsado por Fidel Castro, inspiró el relato Persona non grata.<br /><br />“No soy analista político, pero considero que hay gestos de (el presidente cubano) Raúl Castro que indican que algo comenzó a cambiar” en la isla, afirmó Edwards, en su primer contacto con la prensa luego de proclamarse al ganador del certamen.<br /><br />En total se presentaron 557 manuscritos de los cuales 164 procedieron de Argentina, 92 de España, 71 de Colombia y 62 de México.<br /><br />Fuentes: Ansa • EFEHotel Kafka - Escuela de creación literaria y escritura de guiónhttp://www.blogger.com/profile/08144062015585532343noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-35421620.post-63019751762397419412008-04-01T01:23:00.002+02:002008-04-01T01:30:38.209+02:00CIRCEAnd one kiss I had of her mouth, as I took the apple from her hand. But while I bit it, my brain whirled and my foot stumbled; and I felt my crashing fall through the tangled boughs beneath her feet, and saw the dead white faces that welcomed me in the pit.<br /><br />DANTE GABRIEL ROSSETTI - The Orchard-Pit<br /><br /><br />Porque ya no ha de importarle, pero esa vez le dolió la coincidencia de los chismes entrecortados, la cara servil de Madre Celeste contándole a tía Bebé la incrédula desazón en el gesto de su padre. Primero fue la de la casa de altos, su manera vacuna de girar despacio la cabeza, rumiando las palabras con delicia de bolo vegetal. Y también la chica de la farmacia -"no porque yo lo crea, pero si fuese verdad, ¡qué horrible!"- y hasta don Emilio, siempre discreto como sus lápices y sus libretas de hule. Todos hablaban de Delia Mañara con un resto de pudor, nada seguros de que pudiera ser así, pero en Mario se abría paso a puerta limpia un aire de rabia subiéndole a la cara. Odió de improviso a su familia con un ineficaz estallido de independencia. No los había querido nunca, sólo la sangre y el miedo a estar solo lo ataban a su madre y a los hermanos. Con los vecinos fue directo y brutal; a don Emilio lo puteó de arriba abajo la primera vez que se repitieron los comentarios. Ala de la casa de altos le negó el saludo como si eso pudiera afligirla. Y cuando volvía del trabajo entraba ostensiblemente para saludar a los Mañara y acercarse -a veces con caramelos o un libro- a la muchacha que había matado a sus dos novios.<br /><br /><img alt="Circe" src="http://i9.photobucket.com/albums/a55/rosebud_05_/waterhouse_circe_offering_the_cup_t.jpg" width="280" /><br /><br />Yo me acuerdo mal de Delia, pero era fina y rubia, demasiado lenta en sus gestos (yo tenía doce años, el tiempo y las cosas son lentas entonces) y usaba vestidos claros con faldas de vuelo libre. Mario creyó un tiempo que la gracia de Delia y sus vestidos apoyaban el odio de la gente. Se lo dijo a Madre Celeste: "La odian porque no es chusma como ustedes, como yo mismo", y ni parpadeó cuando su madre hizo ademán de cruzarle la cara con una toalla. Después de eso fue la ruptura manifiesta; lo dejaban solo, le lavaban la ropa como por favor, los domingos se iban a Palermo o de picnic sin siquiera avisarle. Entonces Mario se acercaba a la ventana de Delia y le tiraba una piedrita. A veces ella salía, a veces la escuchaba reírse adentro, un poco malvadamente y sin darle esperanzas.<br /><br />Vino la pelea Firpo-Dempsey y en cada casa se lloró y hubo indignaciones brutales, seguidas de una humillada melancolía casi colonial. Los Mañara se mudaron a cuatro cuadras y eso hace mucho en Almagro, de manera que otros vecinos empezaron a tratar a Delia, las familias de Victoria y Castro Barros se olvidaron del caso y Mario siguió viéndola dos veces por semana cuando volvía del banco. Era ya verano y Delia quería salir a veces, iban juntos a las confiterías de Rivadavia o a sentarse en Plaza Once. Mario cumplió diecinueve años, Delia vio llegar sin fiestas -todavía estaba de negro- los veintidós.<br /><br />Los Mañara encontraban injustificado el luto por un novio, hasta Mario hubiera preferido un dolor sólo por dentro. Era penoso presenciar la sonrisa velada de Delia cuando se ponía el sombrero ante el espejo, tan rubia sobre el luto. Se dejaba adorar vagamente por Mario y los Mañara, se dejaba pasear y comprar cosas, volver con la última luz y recibir los domingos por la tarde. A veces salía sola hasta el antiguo barrio, donde Héctor la había festejado. Madre Celeste la vio pasar una tarde y cerró con ostensible desprecio las persianas. Un gato seguía a Delia, no se sabía si era cariño o dominación, le andaban cerca sin que ella los mirara. Mario notó una vez que un perro se apartaba cuando Delia iba a acariciarlo. Ella lo llamó (era en el Once, de tarde) y el perro vino manso, tal vez contento, hasta sus dedos. la madre decía que Delia había jugado con arañas cuando chiquita. Todos se asombraban, hasta Mario que les tenía poco miedo. Y las mariposas venían a su pelo -Mario vio dos en una sola tarde, en San Isidro-, pero Delia las ahuyentaba con un gesto liviano. Héctor le había regalado un conejo blanco, que murió pronto, antes que Héctor. Pero Héctor se tiró en Puerto Nuevo, un domingo de madrugada. Fue entonces cuando Mario oyó los primeros chismes. La muerte de Rolo Médicis no había interesado a nadie desde que medio mundo se muere de un síncope. Cuando Héctor se suicidó los vecinos vieron demasiadas coincidencias, en Mario renacía la cara servil de Madre Celeste contándole a tía Bebé, la incrédula desazón en el gesto de su padre. Para colmo fractura del cráneo, porque Rolo cayó de una pieza al salir del zaguán de los Mañara, y aunque ya estaba muerto, el golpe brutal contra el escalón fue otro feo detalle. Delia se había quedado adentro, raro que no se despidieran en la misma puerta, pero de todos modos estaba cerca de él y fue la primera en gritar. En cambio Héctor murió solo, en una noche de helada blanca, a las cinco horas de haber salido de casa de Delia como todos los sábados.<br /><br />Yo me acuerdo mal de Mario, pero dicen que hacía linda pareja con Delia. Aunque ella estaba todavía con el luto por Héctor (nunca se puso luto por Rolo, vaya a saber el capricho), aceptaba la compañía de Mario para pasear por Almagro o ir al cine. Hasta ese entonces Mario se había sentido fuera de Delia, de su vida, hasta de la casa. Era siempre una visita , y entre nosotros la palabra tiene un sentido exacto y divisorio. Cuando la tomaba del brazo para cruzar la calle, o al subir la escalera de la estación Medrano, miraba a veces su mano apretada contra la seda negra del vestido de Delia. Medía ese blanco sobre negro, esa distancia. Pero Delia se acercaría cuando volviera al gris, a los claros sombreros para el domingo de mañana.<br /><br />Ahora que los chismes no eran un artificio absoluto, lo miserable para Mario estaba en que anexaban episodios indiferentes para darles un sentido. Mucha gente muere en Buenos Aires de ataques cardíacos o asfixia por inmersión. Muchos conejos languidecen y mueren en las casas, en los patios. Muchos perros rehúyen o aceptan las caricias. Las pocas líneas que Héctor dejó a su madre, los sollozos que la de la casa de altos dijo haber oído en el zaguán de los Mañara la noche en que murió Rolo (pero antes del golpe), el rostro de Delia los primeros días... La gente pone tanta inteligencia en esas cosas, y cómo de tantos nudos agregándose nace al final el trozo de tapiz -Mario vería a veces el tapiz, con asco, con terror, cuando el insomnio entraba en su piecita para ganarle la noche.<br /><br />"Perdóname mi muerte, es imposible que entiendas, pero perdóname, mamá." Un papelito arrancado al borde de Crítica, apretado con una piedra al lado del saco que quedó como un mojón para el primer marinero de la madrugada. Hasta esa noche había sido tan feliz, claro que lo habían visto raro las últimas semanas; no raro, mejor distraído, mirando el aire como si viera cosas. Igual que si tratara de escribir algo en el aire, descifrar un enigma. Todos los muchachos del café Rubí estaban de acuerdo. Mientras que Rolo no, le falló el corazón de golpe, Rolo era un muchacho solo y tranquilo, con plata y un Chevrolet doble faetón, de manera que pocos lo habían confrontado en ese tiempo final. En los zaguanes las cosas resuenan tanto, la de la casa de altos sostuvo días y días que el llanto de Rolo había sido como un alarido sofocado, un grito entre las manos que quieren ahogarlo y lo van cortando en pedazos. Y casi enseguida el golpe atroz de la cabeza contra el escalón, la carrera de Delia clamando, el revuelo ya inútil. Sin darse cuenta, Mario juntaba pedazos de episodios, se descubría urdiendo explicaciones paralelas al ataque de los vecinos. Nunca preguntó a Delia, esperaba vagamente algo de ella. A veces pensaba si Delia sabría exactamente lo que se murmuraba. Hasta los Mañara eran raros, con su manera de aludir a Rolo y a Héctor sin violencia, como si estuviesen de viaje. Delia callaba protegida por ese acuerdo precavido e incondicional. Cuando Mario se agregó, discreto como ellos, los tres cubrieron a Delia con una sombra fina y constante, casi transparente los martes o los jueves, más palpable y solícita de sábado a lunes. Delia recobraba ahora una menuda vivacidad episódica, un día tocó el piano, otra vez jugó al ludo; era más dulce con Mario, lo hacía sentarse cerca de la ventana de la sala y le explicaba proyectos de costura o de bordado. Nunca le decía nada de los postres o los bombones, a Mario le extrañaba, pero lo atribuía a delicadeza, a miedo de aburrirlo. Los Mañara alababan los licores de Delia; una noche quisieron servirle una copita, pero Delia dijo con brusquedad que eran licores para mujeres y que había volcado casi todas las botellas. "A Héctor...", empezó plañidera su madre, y no dijo más por no apenar a Mario. Después se dieron cuenta de que a Mario no lo molestaba la evocación de los novios. No volvieron a hablar de licores hasta que Delia recobró la animación y quiso probar recetas nuevas. Mario se acordaba de esa tarde porque acababan de ascenderlo, y lo primero que hizo fue comprarle bombones a Delia. Los Mañara picoteaban pacientemente la galena del aparatito con teléfonos, y lo hicieron quedarse un rato en el comedor para que escuchara cantar a Rosita Quiroga. Luego él les dijo lo del ascenso, y que le traía bombones a Delia.<br /><br />-Hiciste mal en comprar eso, pero andá, lleváselos, está en la sala. -Y lo miraron salir y se miraron hasta que Mañara se sacó los teléfonos como si se quitara una corona de laurel, y la señora suspiró desviando los ojos. De pronto los dos parecían desdichados, perdidos. Con un gesto turbio Mañara levantó la palanquita de la galena.<br /><br />Delia se quedó mirando la caja y no hizo mucho caso de los bombones, pero cuando estaba comiendo el segundo, de menta con una crestita de nuez, le dijo a Mario que sabía hacer bombones. Parecía excusarse por no haberle confiado antes tantas cosas, empezó a describir con agilidad la manera de hacer los bombones, el relleno y los baños de chocolate o moka. Su mejor receta eran unos bombones a la naranja rellenos de licor, con una aguja perforó uno de los que le traía Mario para mostrarle cómo se los manipulaba; Mario veía sus dedos demasiado blancos contra el bombón, mirándola explicar le parecía un cirujano pausando un delicado tiempo quirúrgico. El bombón como una menuda laucha entre los dedos de Delia, una cosa diminuta pero viva que la aguja laceraba. Mario sintió un raro malestar, una dulzura de abominable repugnancia. "Tire ese bombón", hubiera querido decirle. "Tírelo lejos, no vaya a llevárselo a la boca, porque está vivo, es un ratón vivo." Después le volvió la alegría del ascenso, oyó a Delia repetir la receta del licor de té, del licor de rosa... Hundió los dedos en la caja y comió dos, tres bombones seguidos. Delia se sonreía como burlándose. El se imaginaba cosas, y fue temerosamente feliz. "El tercer novio", pensó raramente. "Decirle así: su tercer novio, pero vivo."<br /><br />Ahora ya es más difícil hablar de esto, está mezclado con otras historias que uno agrega a base de olvidos menores, de falsedades mínimas que tejen y tejen por detrás de los recuerdos; parece que él iba más seguido a lo de Mañara, la vuelta a la vida de Delia lo ceñía a sus gustos y a sus caprichos, hasta los Mañara le pidieron con algún recelo que alentara a Delia, y él compraba las sustancias para los licores, los filtros y embudos que ella recibía con una grave satisfacción en la que Mario sospechaba un poco de amor, por lo menos algún olvido de los muertos.<br /><br />Los domingos se quedaba de sobremesa con los suyos, y Madre Celeste se lo agradecía sin sonreír, pero dándole lo mejor del postre y el café muy caliente. Por fin habían cesado los chismes, al menos no se hablaba de Delia en su presencia. Quién sabe si los bofetones al más chico de los Camiletti o el agrio encresparse frente a Madre Celeste entraban en eso; Mario llegó a creer que habían recapacitado, que absolvían a Delia y hasta la consideraban de nuevo. Nunca habló de su casa en lo de Mañara, ni mencionó a su amiga en las sobremesas del domingo. Empezaba a creer posible esa doble vida a cuatro cuadras una de otra; la esquina de Rivadavia y Castro Barros era el puente necesario y eficaz. Hasta tuvo esperanza de que el futuro acercara las casas, las gentes, sordo al paso incomprensible que sentía -a veces, a solas- como íntimamente ajeno y oscuro.<br /><br />Otras gentes no iban a ver a los Mañara. Asombraba un poco esa ausencia de parientes o de amigos. Mario no tenía necesidad de inventarse un toque especial de timbre, todos sabían que era él. En diciembre, con un calor húmedo y dulce, Delia logró el licor de naranja concentrado, lo bebieron felices un atardecer de tormenta. Los Mañara no quisieron probarlo, seguros de que les haría mal. Delia no se ofendió, pero estaba como transfigurada mientras Mario sorbía apreciativo el dedalito violáceo lleno de luz naranja, de olor quemante. "Me va a hacer morir de calor, pero está delicioso", dijo una o dos veces. Delia, que hablaba poco cuando estaba contenta, observó: "Lo hice para vos". Los Mañara la miraban como queriendo leerle la receta, la alquimia minuciosa de quince días de trabajo.<br /><br />A Rolo le habían gustado los licores de Delia, Mario lo supo por unas palabras de Mañara dichas al pasar cuando Delia no estaba: "Ella le hizo muchas bebidas. Pero Rolo tenía miedo por el corazón. El alcohol es malo para el corazón". Tener un novio tan delicado, Mario comprendía ahora la liberación que asomaba en los gestos, en la manera de tocar el piano de Delia. Estuvo por preguntarle a los Mañara qué le gustaba a Héctor, si también Delia le hacía licores o postres a Héctor. Pensó en los bombones que Delia volvía a ensayar y que se alineaban para secarse en una repisa de la antecocina. Algo le decía a Mario que Delia iba a conseguir cosas maravillosas con los bombones. Después de pedir muchas veces, obtuvo que ella le hiciera probar uno. Ya se iba cuando Delia le trajo una muestra blanca y liviana en un platito de alpaca. Mientras lo saboreaba -algo apenas amargo, con un asomo de menta y nuez moscada mezclándose raramente-, Delia tenía los ojos bajos y el aire modesto. Se negó a aceptar los elogios, no era más que un ensayo y aún estaba lejos de lo que se proponía. Pero a la visita siguiente -también de noche, ya en la sombra de la despedida junto al piano- le permitió probar otro ensayo. Había que cerrar los ojos para adivinar el sabor, y Mario obediente cerró los ojos y adivinó un sabor a mandarina, levísimo, viniendo desde lo más hondo del chocolate. Sus dientes desmenuzaban trocitos crocantes, no alcanzó a sentir su sabor y era sólo la sensación agradable de encontrar un apoyo entre esa pulpa dulce y esquiva.<br /><br />Delia estaba contenta del resultado, dijo a Mario que su descripción del sabor se acercaba a lo que había esperado. Todavía faltaban ensayos, había cosas sutiles por equilibrar. Los Mañara le dijeron a Mario que Delia no había vuelto a sentarse al piano, que se pasaba las horas preparando los licores, los bombones. No lo decían con reproche, pero tampoco estaban contentos; Mario adivinó que los gastos de Delia los afligían. Entonces pidió a Delia en secreto una lista de las esencias y sustancias necesarias. Ella hizo algo que nunca antes, le pasó los brazos por el cuello y lo besó en la mejilla. Su boca olía despacito a menta. Mario cerró los ojos llevado por la necesidad de sentir el perfume y el sabor desde debajo de los párpados. Y el beso volvió, más duro y quejándose. No supo si le había devuelto el beso, tal vez se quedó quieto y pasivo, catador de Delia en la penumbra de la sala. Ella tocó el piano, como casi nunca ahora, y le pidió que volviera al otro día. Nunca habían hablado con esa voz, nunca se habían callado así. Los Mañara sospecharon algo, porque vinieron agitando los periódicos y con noticias de un aviador perdido en el Atlántico. Eran días en que muchos aviadores se quedaban a mitad del Atlántico. Alguien encendió la luz y Delia se apartó enojada del piano, a Mario le pareció un instante que su gesto ante la luz tenía algo de la fuga enceguecida del ciempiés, una loca carrera por las paredes. Abría y cerraba las manos, en el vano de la puerta, y después volvió como avergonzada, mirando de reojo a los Mañara; los miraba de reojo y se sonreía.<br /><br />Sin sorpresa, casi como una confirmación, midió Mario esa noche la fragilidad de la paz de Delia, el peso persistente de la doble muerte. Rolo, vaya y pase; Héctor era ya el desborde, el trizado que desnuda un espejo. De Delia quedaban las manías delicadas, la manipulación de esencias y animales, su contacto con cosas simples y oscuras, la cercanía de las mariposas y los gatos, el aura de su respiración a medias en la muerte. Se prometió una caridad sin límites, una cura de años en habitaciones claras y parques alejados del recuerdo; tal vez sin casarse con Delia, simplemente prolongando este amor tranquilo hasta que ella no viese más una tercera muerte andando a su lado, otro novio, el que sigue para morir.<br /><br />Creyó que los Mañara iban a alegrarse cuando él empezara a traerle los extractos a Delia; en cambio se enfurruñaron y se replegaron hoscos, sin comentarios, aunque terminaban transando y yéndose, sobre todo cuando venía la hora de las pruebas, siempre en la sala y casi de noche, y había que cerrar los ojos y definir -con cuántas vacilaciones a veces por la sutilidad de la materia- el sabor de un trocito de pulpa nueva, pequeño milagro en el plato de alpaca.<br /><br />A cambio de esas atenciones, Mario obtenía de Delia una promesa de ir juntos al cine o pasear por Palermo. En los Mañara advertía gratitud y complicidad cada vez que venía a buscarla el sábado de tarde o la mañana del domingo. Como si prefiriesen quedarse solos en la casa para oír radio o jugar a las cartas. Pero también sospechó una repugnancia de Delia a irse de la casa cuando quedaban los viejos. Aunque no estaba triste junto a Mario, las pocas veces que salieron con los Mañara se alegró más, entonces se divertía de veras en la Exposición Rural, quería pastillas y aceptaba juguetes que a la vuelta miraba con fijeza, estudiándolos hasta cansarse. El aire puro le hacía bien, Mario le vio una tez más clara y un andar decidido. Lástima esa vuelta vespertina al laboratorio, el ensimismamiento interminable con la balanza o las tenacillas. Ahora los bombones la absorbían al punto de dejar los licores; ahora pocas veces daba a probar sus hallazgos. A los Mañara nunca; Mario sospechaba sin razones que los Mañara hubieran rehusado probar sabores nuevos; preferían los caramelos comunes y si Delia dejaba una caja sobre la mesa, sin invitarlos pero como invitándolos, ellos escogían las formas simples, las de antes, y hasta cortaban los bombones para examinar el relleno. A Mario lo divertía el sordo descontento de Delia junto al piano, su aire falsamente distraído. Guardaba para él las novedades, a último momento venía de la cocina con el platito de alpaca; una vez se hizo tarde tocando el piano y Delia dejó que la acompañara hasta la cocina para buscar unos bombones nuevos. Cuando encendió la luz, Mario vio el gato dormido en su rincón y las cucarachas que huían por las baldosas. Se acordó de la cocina de su casa, Madre Celeste desparramando polvo amarillo en los zócalos. Aquella noche los bombones tenían gusto a moka y un dejo raramente salado (en lo más lejano del sabor), como si al final del gusto se escondiera una lágrima; era idiota pensar en eso, en el resto de las lágrimas caídas la noche de Rolo en el zaguán.<br /><br />-El pez de color está tan triste -dijo Delia, mostrándole el bocal con piedritas y falsas vegetaciones. Un pececillo rosa translúcido dormitaba con un acompasado movimiento de la boca. Su ojo frío miraba a Mario como una perla viva. Mario pensó en el ojo salado como una lágrima que resbalaría entre los dientes al mascarlo.<br /><br />-Hay que renovarle más seguido el agua -propuso.<br /><br />-Es inútil, está viejo y enfermo. Mañana se va a morir.<br /><br />A él le sonó el anuncio como un retorno a lo peor, a la Delia atormentada del luto y los primeros tiempos. Todavía tan cerca de aquello, del peldaño y el muelle, con fotos de Héctor apareciendo de golpe entre los pares de medias o las enaguas de verano. Y una flor seca -del velorio de Rolo- sujeta sobre una estampa en la hoja del ropero. Antes de irse le pidió que se casara con él en el otoño. Delia no dijo nada, se puso a mirar el suelo como si buscara una hormiga en la sala. Nunca habían hablado de eso. Delia parecía querer habituarse y pensar antes de contestarle. Después lo miró brillantemente, irguiéndose de golpe. Estaba hermosa, le temblaba un poco la boca. Hizo un gesto como para abrir una puertecita en el aire, un ademán casi mágico.<br /><br />-Entonces sos mi novio -dijo-. Qué distinto me parecés, qué cambiado.<br /><br />Madre Celeste oyó sin hablar la noticia, puso a un lado la plancha y en todo el día no se movió de su cuarto, adonde entraban de a uno los hermanos para salir con caras largas y vasitos de Hesperidina. Mario se fue a ver fútbol y por la noche llevó rosas a Delia. Los Mañara lo esperaban en la sala, lo abrazaron y le dijeron cosas, hubo que destapar una botella de oporto y comer masas. Ahora el tratamiento era íntimo y a la vez más lejano. Perdían la simplicidad de amigos para mirarse con los ojos del pariente, del que lo sabe todo desde la primera infancia. Mario besó a Delia, besó a mamá Mañara y al abrazar fuerte a su futuro suegro hubiera querido decirle que confiaran en él, nuevo soporte del hogar, pero no le venían las palabras. Se notaba que también los Mañara hubieran querido decirle algo y no se animaban. Agitando los periódicos volvieron a su cuarto y Mario se quedó con Delia y el piano, con Delia y la llamada de amor indio.<br /><br />Una o dos veces, durante esas semanas de noviazgo, estuvo a un paso de citar a papá Mañara fuera de la casa para hablarle de los anónimos. Después lo creyó inútilmente cruel porque nada podía hacerse contra esos miserables que lo hostigaban. El peor vino un sábado a mediodía en un sobre azul, Mario se quedó mirando la fotografía de Héctor en Ultima Hora y los párrafos subrayados con tinta azul. "Sólo una honda desesperación pudo arrastrarlo al suicidio, según declaraciones de los familiares". Pensó raramente que los familiares de Héctor no habían aparecido más por lo de Mañara. Quizá fueron alguna vez en los primeros días. Se acordaba ahora del pez de color, los Mañara habían dicho que era regalo de la madre de Héctor. Pez de color muerto el día anunciado por Delia. Sólo una honda desesperación pudo arrastrarlo. Quemó el sobre, el recorte, hizo un recuento de sospechosos y se propuso franquearse con Delia, salvarla en sí mismo de los hilos de baba, del rezumar intolerable de esos rumores. Alos cinco días (no había hablado con Delia ni con los Mañara), vino el segundo. En la cartulina celeste había primero una estrellita (no se sabía por qué) y después: "Yo que usted tendría cuidado con el escalón de la cancel". Del sobre salió un perfume vago a jabón de almendra. Mario pensó si la de la casa de altos usaría jabón de almendra, hasta tuvo el torpe valor de revisar la cómoda de Madre Celeste y de su hermana. También quemó este anónimo, tampoco le dijo nada a Delia. Era en diciembre, con el calor de esos diciembres del veintitantos, ahora iba después de cenar a lo de Delia y hablaban paseándose por el jardincito de atrás o dando vuelta a la manzana. Con el calor comían menos bombones, no que Delia renunciara a sus ensayos, pero traía pocas muestras a la sala, prefería guardarlos en cajas antiguas, protegidos en moldecitos, con un fino césped de papel verde claro por encima. Mario la notó inquieta, como alerta. A veces miraba hacia atrás en las esquinas, y la noche que hizo un gesto de rechazo al llegar al buzón de Medrano y Rivadavia, Mario comprendió que también a ella la estaban torturando desde lejos; que compartían sin decirlo un mismo hostigamiento.<br /><br />Se encontró con papá Mañara en el Munich de Cangallo y Pueyrredón, lo colmó de cerveza y papas fritas sin arrancarlo de una vigilante modorra, como si desconfiara de la cita. Mario le dijo riendo que no iba a pedirle plata, sin rodeos le habló de los anónimos, la nerviosidad de Delia, el buzón de Medrano y Rivadavia.<br /><br />-Ya sé que apenas nos casemos se acabarán estas infamias. Pero necesito que ustedes me ayuden, que la protejan. Una cosa así puede hacerle daño. Es tan delicada, tan sensible.<br /><br />-Vos querés decir que se puede volver loca, ¿no es cierto?<br /><br />-Bueno, no es eso. Pero si recibe anónimos como yo y se los calla, y eso se va juntando...<br /><br />-Vos no la conocés a Delia. Los anónimos se los pasa... quiero decir que no le hacen mella. Es más dura de lo que te pensás.<br /><br />-Pero mire que está como sobresaltada, que algo la trabaja -atinó a decir indefenso Mario.<br /><br />-No es por eso, sabés -bebía su cerveza como para que le tapara la voz-. Antes fue igual, yo la conozco bien.<br /><br />-¿Antes de qué?<br /><br />-Antes de que se le murieran, zonzo. Pagá que estoy apurado.<br /><br />Quiso protestar, pero papá Mañara estaba ya andando hacia la puerta. Le hizo un gesto vago de despedida y se fue para el Once con la cabeza gacha. Mario no se animó a seguirlo, ni siquiera pensar mucho lo que acababa de oír. Ahora estaba otra vez solo como al principio, frente a Madre Celeste, la de la casa de altos y los Mañara. Hasta los Mañara.<br /><br />Delia sospechaba algo porque lo recibió distinta, casi parlanchina y sonsacadora. Tal vez los Mañara habían hablado del encuentro en el Munich. Mario esperó que tocara el tema para ayudarla a salir de ese silencio, pero ella prefería Rose Marie y un poco de Schumann, los tangos de Pacho con un compás cortado y entrador, hasta que los Mañara llegaron con galletitas y málaga y encendieron todas las luces. Se habló de Pola Negri, de un crimen en Liniers, del eclipse parcial y la descompostura del gato. Delia creía que el gato estaba empachado de pelos y apoyaba un tratamiento de aceite de castor. Los Mañara le daban la razón sin opinar, pero no parecían convencidos. Se acordaron de un veterinario amigo, de unas hojas amargas. Optaban por dejarlo solo en el jardincito, que él mismo eligiera los pastos curativos. Pero Delia dijo que el gato se moriría; tal vez el aceite le prolongara la vida un poco más. Oyeron a un diariero en la esquina y los Mañara corrieron juntos a comprar Ultima Hora. A una muda consulta de Delia fue Mario a apagar las luces de la sala. Quedó la lámpara en la mesa del rincón, manchando de amarillo viejo la carpeta de bordados futuristas. En torno del piano había una luz velada. Mario preguntó por la ropa de Delia, si trabajaba en su ajuar, si marzo era mejor que mayo para el casamiento. Esperaba un instante de valor para mencionar los anónimos, un resto de miedo a equivocarse lo detenía cada vez. Delia estaba junto a él en el sofá verde oscuro, su ropa celeste la recortaba débilmente en la penumbra. Una vez que quiso besarla, la sintió contraerse poco a poco.<br /><br />-Mamá va a volver a despedirse. Esperá que se vayan a la cama...<br /><br />Afuera se oía a los Mañara, el crujir del diario, su diálogo continuo. No tenían sueño esa noche, las once y media y seguían charlando. Delia volvió al piano, como obstinándose tocaba largos valses criollos con da capo al fine una vez y otra, escalas y adornos un poco cursis, pero que a Mario le encantaban, y siguió en el piano hasta que los Mañara vinieron a decirles buenas noches, y que no se quedaran mucho rato, ahora que él era de la familia tenía que velar más que nunca por Delia y cuidar que no trasnochara. Cuando se fueron, como a disgusto, pero rendidos de sueño, el calor entraba a bocanadas por la puerta del zaguán y la ventana de la sala. Mario quiso un vaso de agua fresca y fue a la cocina, aunque Delia quería servírselo y se molestó un poco. Cuando estuvo de vuelta vio a Delia en la ventana, mirando la calle vacía por donde antes en noches iguales se iban Rolo y Héctor. Algo de luna se acostaba ya en el piso cerca de Delia, en el plato de alpaca que Delia guardaba en la mano como otra pequeña luna. No había querido pedirle a Mario que probara delante de los Mañara, él tenía que comprender cómo la cansaban los reproches de los Mañara, siempre encontraban que era abusar de la bondad de Mario pedirle que probara los nuevos bombones -claro que si no tenía ganas, pero nadie le merecía más confianza, los Mañara eran incapaces de apreciar un sabor distinto-. Le ofrecía el bombón como suplicando, pero Mario comprendió el deseo que poblaba su voz, ahora lo abarcaba con una claridad que no venía de la luna, ni siquiera de Delia. Puso el vaso de agua sobre el piano (no había bebido en la cocina) y sostuvo con dos dedos el bombón, con Delia a su lado esperando el veredicto, anhelosa la respiración, como si todo dependiera de eso, sin hablar pero urgiéndolo con el gesto, los ojos crecidos -o era la sombra de la sala-, oscilando apenas el cuerpo al jadear, porque ahora era casi un jadeo cuando Mario acercó el bombón a la boca, iba a morder, bajaba la mano y Delia gemía como si en medio de un placer infinito se sintiera de pronto frustrada. Con la mano libre apretó apenas los flancos del bombón, pero no lo miraba, tenía los ojos en Delia y la cara de yeso, un pierrot repugnante en la penumbra. Los dedos se separaban, dividiendo el bombón. La luna cayó de plano en la masa blanquecina de la cucaracha, el cuerpo desnudo de su revestimiento coriáceo, y alrededor, mezclados con la menta y el mazapán, los trocitos de patas y alas, el polvillo del caparacho triturado. Cuando le tiró los pedazos a la cara, Delia se tapó los ojos y empezó a sollozar, jadeando en un hipo que la ahogaba, cada vez más agudo el llanto, como la noche de Rolo; entonces los dedos de Mario se cerraron en su garganta como para protegerla de ese horror que le subía del pecho, un borborigmo de lloro y quejido, con risas quebradas por retorcimientos, pero él quería solamente que se callara y apretaba para que solamente se callara; la de la casa de altos estaría ya escuchando con miedo y delicia, de modo que había que callarla a toda costa. A su espalda, desde la cocina donde había encontrado al gato con las astillas clavadas en los ojos, todavía arrastrándose para morir dentro de la casa, oía la respiración de los Mañara levantados, escondiéndose en el comedor para espiarlos, estaba seguro de que los Mañara habían oído y estaban ahí contra la puerta, en la sombra del comedor, oyendo cómo él hacía callar a Delia. Aflojó el apretón y la dejó resbalar hasta el sofá, convulsa y negra, pero viva. Oía jadear a los Mañara, le dieron lástima por tantas cosas, por Delia misma, por dejársela otra vez y viva. Igual que Héctor y Rolo, se iba y se las dejaba. Tuvo mucha lástima de los Mañara, que habían estado ahí agazapados y esperando que él -por fin alguno- hiciera callar a Delia que lloraba, hiciera cesar por fin el llanto de Delia.Hotel Kafka - Escuela de creación literaria y escritura de guiónhttp://www.blogger.com/profile/08144062015585532343noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-35421620.post-2679151411092670642008-03-29T12:03:00.003+01:002008-03-29T12:09:37.397+01:00Muestran al 'otro' Julio CortázarThursday, 13 de March de 2008<br /><br />Recuerda Aurora Bernárdez, viuda del literato argentino, los hábitos y costumbres de su esposo<br />MARCELA FÉLIX<br />AGENCIA REFORMA<br />GUADALAJARA, JALISCO<br /><br /><img src="http://www.diariodelibros.com/wp-content/uploads/2007/06/ray.jpg" alt="Julio Cortázar, Rayuela" /><br /><br />Como una presencia constante que se revela no sólo en su obra, sino en el pensamiento de sus lectores, es como Aurora Bernárdez, viuda de Julio Cortázar, percibe al autor a más de 20 años de su muerte.<br /><br />Una charla con Julio Ortega, escritor y profundo conocedor de la vida y obra del literato argentino, sirvió de íntima plataforma para que unos 80 admiradores del autor de Rayuela descubrieran el viernes al escritor detrás de sus palabras.<br /><br />A petición de Bernárdez, a quien Ortega calificó como una viuda muy modesta, su visita a Guadalajara no fue una conferencia magistral como suelen ofrecerlas los invitados a la Cátedra Cortázar.<br /><br />La primera esposa y albacea de su obra expresó con los ojos y contó con el verbo espontáneo, sin escatimar un solo detalle que acompañara sus recuerdos, cómo es que a partir de su oficio heredado, de organizar los textos, recordó el proceso de creación, espontáneo y secreto del escritor.<br /><br />"Yo nunca tenía la impresión de que estaba escribiendo un libro, anotaba cosas...era vivir como todos los días y tomar notas, escribir tres páginas que nunca mostraba, Julio nunca mostraba sus proyectos. Decía: 'se me ha ocurrido una idea', pero no decía cuál era", recordó Bernárdez.<br /><br />Y así, la traductora radicada en París, a raíz de un viaje que hizo junto a Cortázar y del que nunca volvió, compartió sus apuros por conseguir trabajos para financiar sus paseos en pareja, las necesidades del autor, sus obsesiones y su costumbre por crear historias a partir de los "disparates" que decía ella o cualquiera que se los contara. Recordó también el gusto de su esposo por la trompeta y sus intentos por tocarla; su atractivo con sus lectoras femeninas, su respeto por los sueños que muchas veces se convirtieron en obras, como La Casa Tomada y El Examen, esta última nacida a partir de un sueño de Aurora.<br /><br />Durante su intervención Ortega recordó la "distancia deportiva y juguetona" que Cortázar mantenía con los textos de su autoría, y que lo hacía un escritor inédito de situaciones excepcionales, que llegaban inevitablemente a las páginas.<br /><br />"La parte visible de la obra es la que conocemos, pero no es el proceso, la gestación, la exploración, la apuesta, el riesgo, que solamente se puede ver en los manuscritos", añadió Ortega.<br /><br />Esos textos, Bernárdez los compartirá con el público en próximas publicaciones, con la ayuda del filólogo Carlos Álvarez, junto con sus obras completas, la extensa correspondencia que el autor tuvo con personalidades e instituciones, entrevistas, textos dispersos, proyectos de cuentos y artículos que se han publicado en diferentes periódicos del mundo.<br /><br /><object height="355" width="425"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/mXb33aHIFNk&amp;hl=en"><param name="wmode" value="transparent"><embed src="http://www.youtube.com/v/mXb33aHIFNk&amp;hl=en" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" height="355" width="425"></embed></object><br /><br />Al término de la charla, se proyectó un video del portal YouTube en el que se vio a Cortázar, Octavio Paz y la propia Aurora bailando, en una fiesta en el traspatio de la Embajada de México en la India.Hotel Kafka - Escuela de creación literaria y escritura de guiónhttp://www.blogger.com/profile/08144062015585532343noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-35421620.post-66806338684573503582008-03-17T13:57:00.001+01:002008-03-17T13:59:42.700+01:00Cortázar monumentalLa edición española, dirigida por Saúl Yurkievich, amigo y albacea, constará de nueve tomos de mil páginas cada uno. Los dos primeros volúmenes saldrán en noviembre e incluirán sus poemas y cuentos.<br /><br />FUENTE: PAGINA 12<br /><br /><img src="http://158.109.216.17/blog/wp-content/uploads/2007/04/cortazar.jpg" /><br /><br />Falta más de un año para que la efeméride (noventa años de su nacimiento y veinte años de su muerte) justifique el despliegue, pero el prestigio de Julio Cortázar en Europa consigue que se adelanten los homenajes, los seminarios y las reediciones relacionadas con su figura. Habrá, por ejemplo, una Expo Cortázar itinerante que recorrerá el mundo. Pero antes se concretará lo que, seguramente, más disfrutaría el autor de Rayuela: la edición de sus obras completas, un proyecto editorial monitoreado desde España, que prevé publicar a partir de noviembre próximo, en nueve tomos, un total de nueve mil páginas. La iniciativa para ofrecer al lector un conocimiento pleno de Cortázar será desarrollado por el Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg y cerrará la celebración de sus 40 años de implantación en España.<br />La obra de Cortázar será editada en nueve tomos de más de mil páginas cada uno y la edición estará dirigida por el ensayista y poeta argentino Saúl Yurkievich, amigo personal y albacea de Cortázar y experto en la obra del autor argentino, nacido en Bélgica y ciudadano parisino. En noviembre saldrán los dos primeros volúmenes, el de poesía y el de cuentos. El propósito de la editorial es ir sacando luego dos tomos por año.<br />El propio Yurkievich recordó que es la primera vez que se publican las obras completas de Cortázar, un escritor –dijo– dotado de “una franca e impresionante vocación literaria, y que hizo de la literatura el eje de su vida durante mucho tiempo”. Hasta el momento se habían editado antologías varias, que reunían sus cuentos o su obra crítica, pero nunca se había encarado un proyecto de tanta magnitud.<br />Las Obras Completas nacen con la intención de “ser definitivas”, incluirán numerosos inéditos y todo el material disperso que se conoce del escritor, según Yurkievich. Además de los volúmenes citados, en el tercero figurará el teatro y las novelas anteriores a Rayuela. El cuarto estará dedicado a las novelas de madurez; el quinto incluirá su Prosa varia; el sexto, la obra crítica; el séptimo y el octavo la correspondencia, y el noveno las principales entrevistas publicadas en distintos medios.<br />En su testamento, Cortázar le confió a Yurkievich y a su segunda esposa, Gladys, su obra inédita, para que la editaran o la destruyeran, si así lo veían necesario. Pero ellos fueron publicando el teatro, las dos primeras novelas (El examen y Divertimento) y ensayos. El resto será incluido en las Obras Completas.<br />También manejó Yurkievich un gran número de manuscritos y su ingente correspondencia, ésa en la que el autor de Las armas secretas “se explayaba a sus anchas y contaba todo: lo que estaba haciendo, lo que pensaba, sus proyectos... Las cartas son su verdadera biografía”, añade el albacea. La intención de los editores es que sean las obras definitivas, pero “siempre quedarán textos sueltos”, advierte el director, ya que hay algunos que no se podrán conseguir, como su correspondencia con Carlos Fuentes. Esas cartas están en la Universidad de Princeton y sólo se podrá acceder a ellas dentro de 50 años.<br />Si se le pregunta a Yurkievich cómo era Cortázar, no duda al responder que, “fundamentalmente, era un hombre de letras. Su mayor aspiración era cambiar la vida y dominarla a través de la literatura; en el campo literario veía posible llegar a la manifestación más intensa, más íntima y más poderosa de lo humano. También quiso cambiar el mundo, y en un momento dado descubre la revolución, descubre la solidaridad”, dice Yurkievich al referirse a la militancia política de Cortázar, que comenzó “cuando ya había escrito la mayor parte de su obra”. Para el director de las Obras Completas es tan importante la faceta cuentística como la novelística. “El estaba muy orgulloso de sus cuentos” y de hecho –añade Yurkievich– “es realmente difícil encontrar en la literatura española un corpus de más de cien cuentos de esa calidad”.<br />La obra novelística “es más osada, porque hay una gran capacidad de innovación en ella. Los cuentos le salían solos y le salían redondos; sus novelas son lo contrario de lo redondo, tienen una forma estallada, en el sentido de que son fragmentadas, intermitentes”, asegura Yurkievich. Yurkievich considera además que la publicación de Rayuela, la novela cumbre de Cortázar, “supuso una revolución literaria”, hasta el punto de que en la historia de la novela hispanoamericana “hay un antes y un después” de este libro. En la edición de las Obras Completas de Cortázar participarán expertos en su legado literario, a manera de prologuistas, como Rosalba Campra, Jaime Alazraki, Steven Boldy, Saúl Sosnowski, Alberto Manguel, Alicia Borinsky o Tomás Eloy Martínez.Hotel Kafka - Escuela de creación literaria y escritura de guiónhttp://www.blogger.com/profile/08144062015585532343noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-35421620.post-87341697434677080722008-02-29T07:36:00.002+01:002008-02-29T07:39:45.948+01:00Hace 45 años los lectores descubrían Rayuela<a href="http://www.elresumen.com/libros/rayuela.jpg"><img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 260px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://www.elresumen.com/libros/rayuela.jpg" border="0" /></a><br />Lunes 18 de febrero de 2008 - lanacion.com<br /><br />El 18 de enero de 1963 se publicó Rayuela , novela -o antinovela- de Julio Cortázar. "¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua." Así comienza, en su versión convencional, o sea a partir del capítulo 1, uno de los escritos más influyentes del llamado boom de la literatura latinoamericana. Según se anuncia en el Tablero de Dirección con que abre el volumen: "A su manera este libro es muchos libros, pero sobre todo es dos libros". Allí, además de aclararle al lector que puede leerse de forma convencional, también se informa que existe otro orden, que lo lleva, por ejemplo, de los capítulos centrales a los primeros, luego al final y así. La historia principal está basada en un grupo de intelectuales y buscavidas sudamericanos en París en la década del 50, aunque hay continuos datos, aparentemente inconexos, que ayudan a darle a la narración una visión caleidoscópica. Toques existencialistas, humor, desenfado, Cortázar consiguió con este escrito un nombre propio en las letras contemporáneas. Traducido a doce idiomas, hay quienes han querido ver en esta obra lo mismo que significó el Ulises , de James Joyce, una verdadera revolución dentro la literatura española.<br /><br /><br /><br />Luis IniHotel Kafka - Escuela de creación literaria y escritura de guiónhttp://www.blogger.com/profile/08144062015585532343noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-35421620.post-15791262342038084252008-02-05T10:54:00.000+01:002008-02-05T10:57:58.042+01:00Cuando los textos generan polémica o sorprendenHa sucedido muchas veces que, muerto el escritor, sus descendientes o albaceas publiquen manuscritos que el desaparecido no los dio a conocer en libro o revistas mientras vivía. En este texto, Carlos Sforza expone su punto de vista sobre esta cuestión a propósito de la edición de Caminos y cantos juveniles, de Julio Manuel Bielinis.<br /><br />A raíz de un cuento inédito de Julio Cortázar publicado en la Revista Ñ (Nº 215), se desató una polémica por una nota que en su columna, en la misma revista, escribió Rosa Montero bajo el título Malditos sean los inéditos. En ella critica la publicación del cuento mencionado y dice que Cortázar “sigue siendo inmenso como cuentista, y no merece que se publique este relato tedioso y obviamente innecesario”.<br />En el número siguiente de la misma revista, en la sección Cartas, dos lectores salen en defensa de Cortázar y atacan directamente a la escritora española.<br /><br /><img alt="Primavera, Sandro Botticelli" src="http://mimosa.pntic.mec.es/jgomez53/pintura/botti-primavera.jpg" /><br /><br />Es sabido que F. Kafka ordenó a su amigo y albacea que destruyera los manuscritos y éste no atendió esa orden cuando murió el autor de El Castillo, sino que gracias a esa desobediencia, salvó al publicarla, la obra de uno de los grandes narradores. La Montero afirma que el caso del autor de La Metamorfosis debe dejarse de lado “(...) porque Kafka era una singularidad literaria, un formidable neurótico” (sic).<br />Pienso que resulta difícil, ante una obra como el cuento Ciao, Verona de Cortázar (que es el inédito que motivó la polémica), defender o atacar su publicación cuando el autor ha muerto y no lo ha publicado.<br />Es evidente que todos quienes somos escritores, de mayor o menor fuste o calidad, tenemos manuscritos inéditos. Y en mi caso particular, tengo una primera novela que no publiqué ni pienso publicar ni deseo que cuando desaparezca, se publique. Es un primer ensayo de novela, que recibió el visto bueno del amigo Martín del Pospós, definiéndola precisamente como un buen ensayo de novela. Lo que siempre le agradecí.<br />Hay escritores, por otra parte, que recuperan manuscritos de su juventud, a veces primeros trabajos que no se han publicado puesto que otros, posteriores, han requerido convertirse en libros porque la labor creadora se ha afirmado, se ha purificado el estilo, y rescatan esos manuscritos como una forma de que no se pierdan.<br /><br />CANTOS JUVENILES. El escritor Julio Manuel Bielinis que nació en San Salvador (Entre Ríos) y desde niño reside en Villaguay, acaba de publicar Caminos y cantos juveniles (Ediciones Mis Escritos, Lanús —Buenos Aires—, 2007, 104 págs.). Y todo el introito a esta nota se justifica porque estos poemas de Bielinis como lo expresa desde el título, son de su juventud. Anteriormente publicó La Palabra Unitiva (1994), Morada transitoria (2001), Intervalos de sombra (2004) y Matices de olvido (2006).<br />El autor en el prólogo de este nuevo libro da una explicación de por qué lo publica. Dice: “Cuando edité mi primer libro ‘La Palabra Unitiva’ en 1994, expresé en esa oportunidad que había realizado una selección de mis trabajos, por diversos motivos, uno de ellos la brevedad y otro la preferencia de piezas, por entender que era lo más logrado de mi quehacer literario. Ahora, pasados ya varios años de aquel evento tan agradable para mí, y habiendo escrito otros libros cuya valoración dejo a criterio de los lectores, me puse a revisar una carpeta de hojas amarillentas, como si el otoño hubiera anclado en ellas, habiendo observado que muchísimas poesías correrían el riesgo de perderse, si yo no me animaba a publicarlas. Es por eso que este volumen viene a ser la continuación de mi primer libro, todas composiciones de mi época de juventud, de ahí el título del mismo (...)”.<br />Evidentemente el poeta, al recorrer esas primeras poesías, encontró muchos ecos que lo movieron a revisarlas y publicarlas. En el libro se nota en algunos versos, que son creaciones de una juventud que trata de expresarse a través del poema, con la impronta de los años que tenía al escribirlos, y donde se entrecruzan las poesías libres con los metros clásicos, especialmente con el soneto.<br />En los primeros es, creo, donde más se hace patente esa búsqueda de una forma, a través del verso libre que se expandió durante el siglo pasado. Bielinis en los sonetos demuestra un conocimiento de esta forma clásica, a la que le pone su sello a través de los temas, que no son sino emociones, sentimientos, creencias, apetencias.<br /><br />RECUPERACIÓN. El poeta, con esta entrega ha querido recuperar esas poesías que como lo dice expresamente “correrían el riesgo de perderse”. Y él no ha querido que ello suceda. Y edita el volumen como un tributo a su esposa Ofelia, que es en gran parte destinataria de estos versos de juventud.<br />En el final del libro, Bielinis realiza traducciones de Oda Maecenas Atravis y Oda XII del libro I del poeta latino Horacio. Y como cursó latín y griego en el Seminario Arquidiocesano de Paraná, y no perdió estos estudios, realiza una labor poética de traducción digna de aplauso. Porque no es fácil vertir al español las obras de los poetas latinos como lo hace Bielinis en su libro. Quizá fuera un ejercicio de su juventud tras las huellas de la esquiva poesía, pero que le ha servido para ceñir la forma, buscar la palabra fundante y encontrar la senda en su discurso poético que desde estos primeros poemas juveniles, ha ido ascendiendo en sus posteriores creaciones (aunque publicadas antes que este volumen).<br />Un gusto, un deseo del poeta que no ha esperado que sus descendientes lo publiquen o no. Él, en plena lucidez y actividad creadora, lo ha hecho.Hotel Kafka - Escuela de creación literaria y escritura de guiónhttp://www.blogger.com/profile/08144062015585532343noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-35421620.post-55630040806249779212008-01-26T15:35:00.000+01:002008-01-26T15:37:45.223+01:00Todos los fuegos el fuegoPor Julio Cortázar<br /><br /><img src="http://www.leelibros.com/biblioteca/files/images/41E0XP8E6GL._SS500__0.preview.jpg" alt="Todos los fuegos el fuego"/><br /><br /> Así será algún día su estatua, piensa irónicamente el procónsul mientras alza el brazo, lo fija en el gesto del saludo, se deja petrificar por la ovación de un público que dos horas de circo y de calor no han fatigado. Es el momento de la sorpresa prometida; el procónsul baja el brazo, mira a su mujer que le devuelve la sonrisa inexpresiva de las fiestas. Irene no sabe lo que va a seguir y a la vez es como si lo supiera, hasta lo inesperado acaba en costumbre cuando se ha aprendido a soportar, con la indiferencia que detesta el procónsul, los caprichos del amo. Sin volverse siquiera hacia la arena prevé una suerte ya echada, una sucesión cruel y monótona. Licas, el viñatero, y su mujer Urania son los primeros en gritar un nombre que la muchedumbre recoge y repite: "Te reservaba esta sorpresa", dice el procónsul. "Me han asegurado que aprecias el estilo de ese gladiador". Centinela de su sonrisa, Irene inclina la cabeza para agradecer. "Puesto que nos haces el honor de acompañarnos aunque te hastían los juegos", agrega el procónsul, "es justo que procure ofrecerte lo que más te agrada". "¡Eres la sal del mundo!", grita Licas. "¡Haces bajar la sombra misma de Marte a nuestra pobre arena de provincia!" "No has visto más que la mitad", dice el procónsul, mojándose los labios en una copa de vino y ofreciéndola a su mujer. Irene bebe un largo sorbo, que parece llevarse con su leve perfume el olor espeso y persistente de la sangre y el estiércol. En un brusco silencio de expectativa que lo recorta con una precisión implacable, Marco avanza hacia el centro de la arena; su corta espada brilla al sol, allí donde el viejo velario deja pasar un rayo oblicuo, y el escudo de bronce cuelga negligente de la mano izquierda. "¿No irás a enfrentarlo con el vencedor de Smirnio?", pregunta excitadamente Licas. "Mejor que eso", dice el procónsul. "Quisiera que tu provincia me recuerde por estos juegos, y que mi mujer deje por una vez de aburrirse". Urania y Licas aplauden esperando la respuesta de Irene, pero ella devuelve en silencio la copa al esclavo, ajena al clamoreo que saluda la llegada del segundo gladiador. Inmóvil, Marco parece también indiferente a la ovación que recibe su adversario; con la punta de la espada toca ligeramente sus grebas doradas.<br /><br /><br /> "Hola", dice Roland Renoir, eligiendo un cigarrillo como una continuación ineludible del gesto de descolgar el receptor. En la línea hay una crepitación de comunicaciones mezcladas, alguien que dicta cifras, de golpe un silencio todavía más oscuro en esa oscuridad que el teléfono vuelca en el ojo del oído. "Hola", repite Roland, apoyando el cigarrillo en el borde del cenicero y buscando los fósforos en el bolsillo de la bata. "Soy yo", dice la voz de Jeanne. Roland entorna los ojos, fatigado, y se estira en una posición más cómoda. "Soy yo", repite inútilmente Jeanne. Como Roland no contesta, agrega: "Sonia acaba de irse". <br /><br /><br /> Su obligación es mirar el palco imperial, hacer e saludo de siempre. Sabe que debe hacerlo y que verá a la mujer del procónsul y al procónsul, y que quizá la mujer le sonreirá como en los últimos juegos. No necesita pensar, no sabe casi pensar, pero el instinto le dice que esa arena es mala, el enorme ojo de bronce donde los rastrillos y las hojas de palma han dibujado los curvos senderos ensombrecidos por algún rastro de las luchas precedentes. Esa noche ha soñado con un pez, ha soñado con un camino solitario entre columnas rotas; mientras se armaba, alguien ha murmurado que el procónsul no le pagará con monedas de oro. Marco no se ha molestado en preguntar, y el otro se ha echado a reír malvadamente antes de alejarse sin darle la espalda; un tercero, después, le ha dicho que es un hermano del gladiador muerto por él en Massilia, pero ya lo empujaban hacia la galería, hacia los clamores de fuera. El calor es insoportable, le pesa el yelmo que devuelve los rayos del sol contra el velario y las gradas. Un pez, columnas rotas; sueños sin un sentido claro, con pozos de olvido en los momentos en que hubiera podido entender. Y el que lo armaba ha dicho que el procónsul no le pagará con monedas de oro; quizá la mujer del procónsul no le sonría esta tarde. Los clamores le dejan indiferente porque ahora están aplaudiendo al otro, lo aplauden menos que a él un momento antes, pero entre los aplausos se filtran gritos de asombro, y Marco levanta la cabeza, mira hacia el palco donde Irene se ha vuelto para hablar con Urania, donde el procónsul negligentemente hace una seña, y todo su cuerpo se contrae y su mano se aprieta en el puño de la espada. Le ha bastado volver los ojos hacia la galería opuesta; no es por allí que asoma su rival, se han alzado crujiendo las rejas del oscuro pasaje por donde se hace salir a las fieras, y Marco ve dibujarse la gigantesca silueta del reciario nubio, hasta entonces invisible contra el fondo de piedra mohosa; ahora sí, más acá de toda razón, sabe que el procónsul no le pagará con monedas de oro, adivina el sentido del pez y las columnas rotas. Y a la vez poco le importa lo que va a suceder entre el reciario y él, eso es el oficio y los hados, pero su cuerpo sigue contraído como si tuviera miedo, algo en su carne se pregunta por qué el reciario ha salido por la galería de las fieras, y también se lo pregunta entre ovaciones el público, y Licas lo pregunta al procónsul que sonríe para apoyar sin palabras la sorpresa, y Licas protesta riendo y se cree obligado a apostar a favor de Marco; antes de oír las palabras que seguirán, Irene sabe que el procónsul doblará la apuesta a favor del nubio, y que después la mirará amablemente y ordenará que le sirvan vino helado. Y ella beberá el vino y comentará con Urania la estatura y la ferocidad del reciario nubio; cada movimiento está previsto aunque se lo ignore en sí mismo, aunque puedan faltar la copa de vino o el gesto de la boca de Urania mientras admira el torso del gigante. Entonces Licas, experto en incontables fastos de circo, les hará notar que el yelmo del nubio ha rozado las púas de la reja de las fieras, alzadas a dos metros del suelo, y alabará la soltura con que ordena sobre el brazo izquierdo las escamas de la red. Como siempre, como desde una ya lejana noche nupcial, Irene se repliega al límite más hondo de sí misma mientras por fuera condesciende y sonríe y hasta goza; en esa profundidad libre y estéril siente el signo de muerte que el procónsul ha disimulado en una alegre sorpresa pública, el signo que sólo ella y quizá Marco pueden comprender, pero Marco no comprenderá, torvo y silencioso y máquina, y su cuerpo que ella ha deseado en otra tarde de circo (y eso lo ha adivinado el procónsul, sin necesidad de sus magos lo ha adivinado como siempre, desde el primer instante) va a pagar el precio de la mera imaginación, de una doble mirada inútil sobre el cadáver, de un tracio diestramente muerto de un tajo en la garganta.<br /><br /><br /> Antes de marcar el número de Roland, la mano de Jeanne ha andado por las páginas de una revista de modas, un tubo de pastillas calmantes, el lomo del gato ovillado en el sofá. Después la voz de Roland ha dicho: "Hola", su voz un poco adormilada y bruscamente Jeanne ha tenido una sensación de ridículo, de que va a decirle a Roland eso que exactamente la incorporará a la galería de las plañideras telefónicas con el único, irónico espectador fumando en un silencio condescendiente: "Soy yo", dice Jeanne, pero se lo ha dicho más a ella misma que a ese silencio opuesto en el que bailan, como en un telón de fondo, algunas chispas de sonido. Mira su mano, que ha acariciado distraídamente al gato antes de marcar las cifras (¿y no se oyen otras cifras en el teléfono, no hay una voz distante que dicta números a alguien que no habla, que sólo está allí para copiar obediente?), negándose a creer que la mano que ha alzado y vuelto a dejar el tubo de pastillas es su mano, que la voz que acaba de repetir: "Soy yo", es su voz, al borde del límite. Por dignidad, callar, lentamente devolver al receptor a su horquilla, quedarse limpiamente sola. "Sonia acaba de irse", dice Jeanne, y el límite está franqueado, el ridículo empieza, el pequeño infierno confortable.<br /><br /><br /> "Ah", dice Roland frotando un fósforo. Jeanne oye distintamente el frote, es como si viera el rostro de Roland mientras aspira el humo, echándose un poco atrás con los ojos entornados. Un río de escamas brillantes parece saltar de las manos del gigante negro y Marco tiene el tiempo preciso para hurtar el cuerpo a la red. Otras veces -el procónsul lo sabe, y vuelve la cabeza para que solamente Irene lo vea sonreír- ha aprovechado de ese mínimo instante que es el punto débil de todo reciario para bloquear con el escudo la amenaza del largo tridente y tirarse a fondo, con un movimiento fulgurante, hacia el pecho descubierto. Pero Marco se mantiene fuera de distancia, encorvadas las piernas como a punto de saltar, mientras el nubio recoge velozmente la red y prepara el nuevo ataque. "Está perdido", piensa Irene sin mirar al procónsul que elige unos dulces de la baraja que le ofrece Urania. "No es el que era", piensa Licas lamentando su apuesta. Marco se ha encorvado un poco, siguiendo el movimiento giratorio del nubio; es el único que aún no sabe lo que todos presienten, es apenas algo que agazapado espera otra ocasión, con el vago desconcierto de no haber hecho lo que la ciencia le mandaba. Necesitaría más tiempo, las horas tabernarias que siguen a los triunfos, para entender quizá la razón de que el procónsul no vaya a pagarle con monedas de oro. Hosco, espera otro momento propicio; acaso al final, con un pie sobre el cadáver del reciario, pueda encontrar otra vez la sonrisa de la mujer del procónsul; pero eso no lo está pensando él, y quien lo piensa no cree ya que el pie de Marco se hinque en el pecho de un nubio degollado.<br /><br /> "Decídete", dice Roland, "a menos que quieras tenerme toda la tarde escuchando a ese tipo que le dicta números a no sé quién. ¿Lo oyes?" "Sí", dice Jeanne, "se lo oye como desde muy lejos. Trescientos cincuenta y cuatro, doscientos cuarenta y dos". Por un momento no hay más que la voz distante y monótona. "En todo caso", dice Roland, "está utilizando el teléfono para algo práctico". La respuesta podría ser la previsible, la primera queja, pero Jeanne calla todavía unos segundos y repite: "Sonia acaba de irse". Vacila antes de agregar: "Probablemente estará llegando a tu casa". A Roland le sorprendería eso, Sonia no tiene por qué ir a su casa. "No mientas", dice Jeanne, y el gato huye de su mano, la mira ofendido. "No era una mentira", dice Roland. "Me refería a la hora, no al hecho de venir o no venir. Sonia sabe que me molestan las visitas y las llamadas a esta hora". Ochocientos cinco, dicta desde lejos la voz, cuatrocientos dieciséis. Treinta y dos. Jeanne ha cerrado los ojos, esperando la primera pausa en esa voz anónima para decir lo único que queda por decir. Si Roland corta la comunicación le restará todavía esa voz en el fondo de la línea, podrá conservar el receptor en el oído, resbalando más y más en el sofá, acariciando el gato que ha vuelto a tenderse contra ella, jugando con el tubo de pastillas, escuchando las cifras, hasta que también la otra voz se canse y ya no quede nada, absolutamente nada como no sea el receptor que empezará a pesar espantosamente entre sus dedos, una cosa muerta que habrá que rechazar sin mirarla. Ciento cuarenta y cinco, dice la voz. Y todavía más lejos, como un diminuto dibujo a lápiz, alguien que podría ser una mujer tímida pregunta entre dos chasquidos: "¿La estación del Norte?"<br /><br /><br /> Por segunda vez alcanza a zafarse de la red, pero ha medido mal el salto hacia atrás y resbala en una mancha húmeda de la arena. Con un esfuerzo que levanta en vilo al público, Marco rechaza la red con un molinete de la espada mientras tiende el brazo izquierdo y recibe en el escudo el golpe resonante del tridente. El procónsul desdeña los excitados comentarios de Licas y vuelve la cabeza hacia Irene que no se ha movido. "Ahora o nunca", dice el procónsul. "Nunca", contesta Irene. "No es el que era", repite Licas, "y le va a costar caro, el nubio no le dará otra oportunidad, basta mirarlo". A distancia, casi inmóvil, Marco parece haberse dado cuenta del error; con el escudo en alto mira fijamente la red ya recogida, el tridente que oscila hipnóticamente a dos metros de sus ojos. "Tienes razón, no es el mismo", dice el procónsul. "¿Habías apostado por él, Irene?" Agazapado, pronto a saltar, Marco siente en la piel, en lo hondo del estómago, que la muchedumbre lo abandona. Si tuviera un momento de calma podría romper el nudo que lo paraliza, la cadena invisible que empieza muy atrás pero sin que él pueda saber dónde, y que en algún momento es la solicitud del procónsul, la promesa de una paga extraordinaria y también un sueño donde hay un pez y sentirse ahora, cuando ya no hay tiempo para nada, la imagen misma del sueño frente a la red que baila ante los ojos y parece atrapar cada rayo de sol que se filtra por las desgarraduras del velario. Todo es cadena, trampa; enderezándose con una violencia amenazante que el público aplaude mientras el reciario retrocede un paso por primera vez, Marco elige el único camino, la confusión y el sudor y el olor a sangre, la muerte frente a él que hay que aplastar; alguien lo piensa por él detrás de la máscara sonriente, alguien que lo ha deseado por sobre el cuerpo de un tracio agonizante. "El veneno", se dice Irene, "alguna vez encontraré el veneno, pero ahora acéptale la copa de vino, sé la más fuerte, espera tu hora". La pausa parece prolongarse como se prolonga la insidiosa galería negra donde vuelve intermitente la voz lejana que repite cifras. Jeanne a creído siempre que los mensajes que verdaderamente cuentan están en algún momento más acá de toda palabra; quizá esas cifras digan más, sean más que cualquier discurso para el que las está escuchando atentamente, como para ella el perfume de Sonia, el roce de la palma de su mano en el hombro antes de marcharse han sido tanto más que las palabras de Sonia. Pero era natural que Sonia no se conformara con un mensaje cifrado, que quisiera decirlo con todas las letras, saboreándolo hasta lo último. "Comprendo que para ti será muy duro", a repetido Sonia, "pero detesto el disimulo y prefiero decirte la verdad". Quinientos cuarenta y seis, seiscientos sesenta y dos, doscientos ochenta y nueve. "No me importa si va a tu casa o no", dice Jeanne, "ahora ya no me importa nada". En vez de otra cifra hay un largo silencio. "¿Estás ahí?", pregunta Jeanne. "Sí", dice Roland dejando la colilla en el cenicero y buscando sin apuro el vaso de coñac. "Lo que no puedo entender...", empieza Jeanne. "Por favor", dice Roland, "en estos casos nadie entiende gran cosa, querida, y además no se gana nada con entender. Lamento que Sonia se haya precipitado, no era ella a quien le tocaba decírtelo. Maldito sea, ¿no va a terminar nunca con esos números?" La voz menuda, que hace pensar en un mundo de hormigas, continúa su dictado minucioso por debajo de un silencio más cercano y más espeso. "Pero tú", dice absurdamente Jeanne, "entonces, tú..."<br /><br /><br /> Roland bebe un trago de coñac. Siempre le ha gustado escoger sus palabras, evitar los diálogos superfluos. Jeanne repetirá dos, tres veces cada frase, acentuándolas de una manera diferente; que hable, que repita mientras él prepara el mínimo de respuestas sensatas que pongan orden en ese arrebato lamentable. Respirando con fuerza se endereza después de una finta y un avance lateral; algo le dice que esta vez el nubio va a cambiar el orden del ataque, que el tridente se adelantará al tiro de la red. "Fíjate bien", explica Licas a su mujer, "se lo he visto hacer en Apta Iulia, siempre los desconcierta". Mal defendido, desafiando el riesgo de entrar en el campo de la red, Marco se tira hacia delante y sólo entonces alza el escudo para protegerse del río brillante que escapa como un rayo de la mano del nubio. Ataja el borde de la red pero el tridente golpea hacia abajo y la sangre salta del muslo de Marco, mientras la espada demasiado corta resuena inútilmente contra el asta. "Te lo había dicho", grita Licas. El procónsul mira atentamente el muslo lacerado, la sangre que se pierde en la greba dorada; piensa casi con lástima que a Irene le hubiera gustado acariciar ese muslo, buscar su presión y su calor, gimiendo como sabe gemir cuando él la estrecha para hacerle daño. Se lo dirá esa misma noche y será interesante estudiar el rostro de Irene buscando el punto débil de su máscara perfecta, que fingirá indiferencia hasta el final como ahora finge un interés civil en la lucha que hace aullar de entusiasmo a una plebe bruscamente excitada por la inminencia del fin. "La suerte lo ha abandonado", dice el procónsul a Irene. "Casi me siento culpable de haberlo traído a esta arena de provincia; algo de él se ha quedado en Roma, bien se ve." "Y el resto se quedará aquí, con el dinero que le aposté", ríe Licas. "Por favor, no te pongas así", dice Roland, "es absurdo seguir hablando por teléfono cuando podemos vernos esta misma noche. Te lo repito, Sonia se ha precipitado, yo quería evitarte ese golpe". La hormiga ha cesado de dictar sus números y las palabras de Jeanne se escuchan distintamente; no hay lágrimas en su voz y eso sorprende a Roland, que ha preparado sus frases previendo una avalancha de reproches. "¿Evitarme el golpe?", dice Jeanne. "Mintiendo, claro, engañándome una vez más". Roland suspira, desecha las respuestas que podrían alargar hasta el bostezo un diálogo tedioso. "Lo siento, pero si sigues así prefiero cortar", dice, y por primera vez hay un tono de afabilidad en su voz. "Mejor será que vaya a verte mañana, al fin y al cabo somos gente civilizada, qué diablos". Desde muy lejos la hormiga dicta: ochocientos ochenta y ocho. "No vengas", dice Jeanne, y es divertido oír las palabras mezclándose con las cifras, no ochocientos vengas ochenta y ocho. "No vengas nunca más, Roland". El drama, las probables amenazas de suicidio, el aburrimiento como cuando Marie Josée, como cuando todas las que lo toman a lo trágico. "No seas tonta", aconseja Roland, "mañana lo comprenderás mejor, es preferible para los dos". Jeanne calla, la hormiga dicta cifras redondas: cien, cuatrocientos, mil. "Bueno, hasta mañana", dice Roland admirando el vestido de calle de Sonia, que acaba de abrir la puerta y se ha detenido con un aire entre interrogativo y burlón. "No perdió tiempo en llamarte", dice Sonia dejando el bolso y una revista. "Hasta mañana, Jeanne", repite Roland. El silencio en la línea parece tenderse como un arco, hasta que lo corta secamente una cifra distante, novecientos cuatro. "¡Basta de dictar esos números idiotas!", grita Roland con todas sus fuerzas, y antes de alejar el receptor del oído alcanza a escuchar el click en el otro extremo, el arco que suelta su flecha inofensiva. Paralizado, sabiéndose incapaz de evitar la red que no tardará en envolverlo, Marco hace frente al gigante nubio, la espada demasiado corta inmóvil en el extremo del brazo tendido. El nubio afloja la red una, dos veces, la recoge buscando la posición más favorable, la hace girar todavía como si quisiera prolongar los alaridos del público que lo incita a acabar con su rival, y baja el tridente mientras se echa de lado para dar más impulso al tiro. Marco va al encuentro de la red con el escudo en alto, y es una torre que se desmorona contra una masa negra, la espada se hunde en algo que más arriba aúlla; la arena le entra en la boca y en los ojos, la red cae inútilmente sobre el pez que se ahoga.<br /><br /><br /> Acepta indiferente las caricias, incapaz de sentir que la mano de Jeanne tiembla un poco y empieza a enfriarse. Cuando los dedos resbalan por su piel y se detienen, hincándose en una crispación instantánea, el gato se queja petulante; después se tumba de espaldas y mueve las patas en la actitud de expectativa que hace reír siempre a Jeanne, pero ahora no, su mano sigue inmóvil junto al gato y apenas si un dedo busca todavía el calor de su piel, la recorre brevemente antes de detenerse otra vez entre el flanco tibio y el tubo de pastillas que ha rodado hasta ahí. Alcanzado en pleno estómago el nubio aúlla, echándose hacia atrás, y en ese último instante en el que el dolor es como una llama de odio, toda la fuerza que huye de su cuerpo se agolpa en el brazo para hundir el tridente en la espada de su rival boca abajo. Cae sobre el cuerpo de Marco, y las convulsiones lo hacen rodar de lado; Marco mueve lentamente un brazo, clavado en la arena como un enorme insecto brillante.<br /><br /><br /> "No es frecuente", dice el procónsul volviéndose hacia Irene, "que dos gladiadores de ese mérito se maten mutuamente. Podemos felicitarnos de haber visto un raro espectáculo. Esta noche se lo escribiré a mi hermano para consolarlo de su tedioso matrimonio".<br /><br /><br /> Irene ve moverse el brazo de Marco, un lento movimiento inútil como si quisiera arrancarse el tridente hundido en los riñones. Imagina al procónsul desnudo en la arena, con el mismo tridente clavado hasta el asta. Pero el procónsul no movería el brazo con esa dignidad última; chillaría pataleando como una liebre, pediría perdón a un público indignado. Aceptando la mano que le tiende su marido para ayudarle a levantarse, asiente una vez más; el brazo ha dejado de moverse, lo único que queda por hacer es sonreír, refugiarse en la inteligencia. Al gato no parece gustarle la inmovilidad de Jeanne, sigue tumbado de espaldas esperando una caricia; después, como si le molestara ese dedo contra la piel del flanco, maúlla destempladamente y da media vuelta para alejarse, ya olvidado y soñoliento.<br /><br /><br /> "Perdóname por venir a esta hora", dice Sonia. "Vi tu auto en la puerta, era demasiada tentación. Te llamó, ¿verdad?" Roland busca un cigarrillo. "Hiciste mal", dice. "Se supone que esa tarea les toca a los hombres, al fin y al cabo he estado más de dos años con Jeanne y es una buena muchacha". "Ah, pero el placer", dice Sonia sirviéndose coñac. "Nunca le he podido perdonar que fuera tan inocente, no hay nada que me exaspere más. Si te digo que empezó por reírse, convencida de que le estaba haciendo una broma". Roland mira el teléfono, piensa en la hormiga. Ahora Jeanne llamará otra vez, y será incómodo porque Sonia se ha sentado junto a él y le acaricia el pelo mientras hojea una revista literaria como si buscara ilustraciones. "Hiciste mal", repite Roland atrayendo a Sonia. "¿En venir a esta hora?", ríe Sonia cediendo a las manos que buscan torpemente el primer cierre. El velo morado cubre los hombros de Irene que da la espalda al público, a la espera de que el procónsul salude por última vez. En las ovaciones se mezcla ya un rumor de multitud en movimiento, la carrera precipitada de los que buscan adelantarse a la salida y ganar las galerías inferiores, Irene sabe que los esclavos estarán arrastrando los cadáveres, y no se vuelve; le agrada pensar que el procónsul ha aceptado la invitación de Licas a cenar en su villa a orillas del lago, donde el aire de la noche la ayudará a olvidar el olor a la plebe, los últimos gritos, un brazo moviéndose lentamente como si acariciara la tierra. No le es difícil olvidar, aunque el procónsul la hostigue con una minuciosa evocación de tanto pasado que la inquieta; un día Irene encontrará la manera de que también él olvide para siempre, y que la gente lo crea simplemente muerto. "Verás lo que ha inventado nuestro cocinero", está diciendo la mujer de Licas. "Le ha devuelto el apetito a mi marido, y de noche..." Licas ríe y saluda a sus amigos, esperando que el procónsul abra la marcha hacia las galerías después de un último saludo que se hace esperar como si lo complaciera seguir mirando la arena donde enganchan y arrastran los cadáveres. "Soy tan feliz", dice Sonia apoyando la mejilla en el pecho de Roland adormilado. "No lo digas", murmura Roland, "uno siempre piensa que es una amabilidad". "¿No me crees?", ríe Sonia. "Sí, pero no lo digas ahora. Fumemos". Tantea en la mesa baja hasta encontrar cigarrillos, pone uno en los labios de Sonia, acerca el suyo, los enciende al mismo tiempo. Se miran apenas, soñolientos, y Roland agita el fósforo y lo posa en la mesa donde en alguna parte hay un cenicero. Sonia es la primera en adormecerse y él le quita muy despacio el cigarrillo de la boca, lo junta con el suyo y los abandona en la mesa, resbalando contra Sonia en un sueño pesado y sin imágenes. El pañuelo de gasa arde sin llama al borde del cenicero, chamuscándose lentamente, cae sobre la alfombra junto al montón de ropas y una copa de coñac. Parte del público vocifera y se amontona en las gradas inferiores; el procónsul ha saludado una vez más y hace una seña a su guardia para que le abran paso. Licas, el primero en comprender, le muestra el lienzo más distante del viejo velario que empieza a desgarrarse mientras una lluvia de chispas cae sobre el público que busca confusamente la salida. Gritando una orden, el procónsul empuja a Irene siempre de espaldas e inmóvil. "Pronto, antes de que se amontonen en la galería baja", grita Licas precipitándose delante de su mujer. Irene es la primera que huele el aceite hirviendo, el incendio de los depósitos subterráneos; atrás, el velario cae cobre las espaldas de los que pugnan por abrirse paso en una masa de cuerpos confundidos que obstruyen las galerías demasiado estrechas. Los hay que saltan a la arena por centenares, buscando otras salidas, pero el humo del aceite borra las imágenes, un jirón de tela flota en el extremo de las llamas y cae sobre el procónsul antes de que pueda guarecerse en el pasaje que lleva a la galería imperial. Irene se vuelve al oír su grito, le arranca la tela chamuscada tomándola con dos dedos, delicadamente. "No podremos salir", dice, "están amontonados ahí abajo como animales". Entonces Sonia grita, queriendo desatarse del brazo ardiente que la envuelve desde el sueño, y su primer alarido se confunde con el de Roland que inútilmente quiere enderezarse, ahogado por el humo negro. Todavía gritan, cada vez más débilmente, cuando el carro de bomberos entra a toda máquina por la calle atestada de curiosos. "Es en el décimo piso", dice el teniente. "Va a ser duro, hay viento del norte. Vamos".Hotel Kafka - Escuela de creación literaria y escritura de guiónhttp://www.blogger.com/profile/08144062015585532343noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-35421620.post-67403402574996940732008-01-18T10:15:00.000+01:002008-01-18T10:16:50.160+01:00El Aula CAM de Alicante acoge la obra de teatro-jazz 'El Perseguidor' de Julio CortázarALICANTE, 18 Ene. (EUROPA PRESS)<br />El Aula de Cultura de Caja Mediterráneo acogerá hoy viernes la obra de teatro-jazz 'El Perseguidor', la obra de teatro-jazz basada en el relato homónimo de Julio Cortázar, según informaron ayer en un comunicado fuentes de la entidad financiera. <br /><br /> La representación, que se celebrará a las 20.30 horas de hoy viernes, es una adaptación del escritor y guionista Andreu Martín, quien se encargó de seleccionar los textos y de adaptar la obra de Julio Cortázar, 'El Perseguidor', a música y palabras. <br /><br /> Al texto de Martín, se le añadió la música de Dani Nel·lo, el director musical, y del resto se encargó Lurdes Barba, que acomete la dirección artística de los actores. Esta obra es una coproducción de 'Barcelona ad libitum' y del Festival Grec de Barcelona, en la que además colaboran la Casa América, RBA y Círculo de Lectores.<br /><br /> 'El perseguidor' narra la vida del músico Johnny Carter y de su relación antagónica con un crítico musical llamado Bruno. El actor Gonzalo Cunill se encarga de dar vida al crítico, mientras que Pedro Gutiérrez se enfunda en la piel del saxofonista, con fama de ser uno de los mejores músicos de jazz de la época, pero que muere por su dependencia al alcohol y las drogas. Cortázar escribió 'El Perseguidor' tras leer la necrológica de Charlie Parker, considerado el mejor saxo alto de la historia del jazz y que murió a los 34 años.<br /><br /> La música "establece un diálogo con el texto" a través de la pequeña banda que permanece todo el tiempo en el escenario, y que está formada por Jordi Prats, saxo alto, Dani Nel·lo, saxo barítono, Ramón Ángel Rey, batería, y Miquel Ángel Cordero, contrabajo.Hotel Kafka - Escuela de creación literaria y escritura de guiónhttp://www.blogger.com/profile/08144062015585532343noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-35421620.post-51233121761541271752008-01-13T12:37:00.000+01:002008-01-13T12:40:58.361+01:00La cultura en el caféUn ensayo sobre el Café como el espacio donde se gestó la modernidad literaria europea.<br />Por Luis Fernando Afanador (semana.com)<br />Fecha: 01/12/2008 -1341<br />Antoni Martí Monterde<br /><br />Poética del Café<br />Anagrama, 2007<br />491 páginas<br /><br />"Cielito lindo, cielito de café", decía Julio Cortázar en Rayuela. Sin duda él perteneció a una generación que vivió el esplendor del Café como un escenario propicio para la lectura, la escritura y la discusión. "El café aguza la inteligencia y aviva la sociabilidad", pensaba el escritor catalán Josep Pla. El escritor vienés Joseph Roth, dijo: "Salir del café y ver la luz del sol era como despertarse en medio de un sueño. Dentro se paraba el tiempo". Para el profesor George Steiner, Europa está hecha de cafés: "Dibujad un mapa de los cafés y tendréis uno de los indicadores esenciales de la idea de Europa". Por eso, la decadencia del café implica la decadencia de una civilización entera.<br /><br /><img src="http://www.britishpubguide.com/media-pub/100652.jpg" width="400" /><br /><br />Las coffeehouses inglesas y el café Procope de París, en el siglo XVIII, pueden ser considerados los primeros. Se inspiraron en los salones de las grandes damas aristocráticas de Francia como Madame de Staël y Madame de Sévigné. Toma su modelo de tertulia, de centro de las novedades culturales y políticas, pero sin un carácter excluyente y elitista. Son espacios abiertos, burgueses, con un único requisito: el pago del consumo que legitima la ocupación de una mesa. En el nuevo café no hay protocolos ni se reconocen jerarquías: el prestigio se gana y se pierde con el buen o el mal uso de la palabra. Aunque tampoco existe la obligación de lucirse: el derecho a permanecer callado, solitario, también hace parte de sus reglas no escritas. Un espacio democrático para el debate al que, sin embargo, sólo accederían las mujeres mucho tiempo después.<br /><br />Al igual que la bebida, los cafés son adictivos. Se empieza con una visita esporádica que se va transformando en asiduidad y permanencia. ¿Cuál es el misterio de su fuerte atracción? ¿La cálida intimidad provocada por sus dimensiones reducidas? ¿La familiaridad encantadora que reina porque todo el mundo se conoce? Responde el periodista Sebastià Gasch: "No lo sé. Lo cierto es que se trata de un no sé qué tan seductor que el día que no vais lo añoras".<br /><br />En el Café se interrumpe la continuidad de la vida, o se la ve desde una distancia irónica. Allí, como en ningún otro lugar, se cruza lo individual y lo colectivo, la soledad y la sociedad. "El Café es la vida interior de la ciudad como ciudad", sostenía Ramón Gómez de la Serna. Más que una historia de los Cafés, este libro de Antoni Martí Monterde, -finalista del último Premio de Ensayo Anagrama- busca seguirle la pista a esa hipótesis: cómo se ha gestado en los cafés la escritura de la ciudad y una noción de literatura. Artistas y muy buenas anécdotas desfilan por estas páginas. Que son una memoria de una forma de vida que se extingue, pero también un punto de reflexión hacia el futuro. "Pero Literatura y Café, en tiempos de pérdida, vuelven a proponerse, en silencio, para una generación -que nunca se afirmará como tal- de individuos desleídos en una nebulosa, donde leen incansablemente y se escriben".Hotel Kafka - Escuela de creación literaria y escritura de guiónhttp://www.blogger.com/profile/08144062015585532343noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-35421620.post-81574874498665222862008-01-04T08:18:00.000+01:002008-01-04T08:21:50.383+01:00Diputación de Cádiz recupera en una obra colectiva la memoria del escritor Julio CortázarLa Fundación Provincial de Cultura de la Diputación Provincial publica en estas fechas la memoria del encuentro que en marzo de 2004 rindió homenaje en Cádiz al escritor Julio Cortázar en el veinte aniversario de su muerte. Bajo el título Volver a Cortázar el libro recopila las conferencias y reflexiones que se hicieron en dicho ciclo dedicado al maestro argentino y en el que participaron expertos en su biografía y obra. <br /><br /><img src="http://boletinargentino.com/img/Cortazar%20Jullio%202.JPG" alt="Julio Cortázar"/><br /><br />26.12.07 - MARÍA ALMAGRO (lavozdigital.es)<br /><br />La memoria, según explica en el prólogo de la memoria, su coordinadora la profesora de Literatura Española de la Universidad de Cádiz, Nieves Vázquez Recio, «es el resultado de aquel encuentro, que no sólo pretendía volver a reflexionar sobre la obra de Julio Cortázar, sino que también contar con personas cercanas al autor que pudieron hablar de él desde su mirada más personal». <br /><br />La mayoría de los textos que componen la obra son transcripciones de las conferencias y mesas redondas que se programaron, y, como indica Vázquez, «poseen la frescura y la riqueza de lo vivido y también de lo compartido, pues incluimos las preguntas y reflexiones que se formularon en esa especie de epifanía cortazariana que se generó». Otros textos se elaboraron con posterioridad con el reposo de lo comentado. <br /><br />La coordinadora destaca dos aportaciones testimoniales que se dejaron: la de Félix Grande y Cristina Peri Rossi, que abren la memoria. Carmen de Mora escribe sobre la estética fundacional de la escritura cortazariana, Mario Muchnik indaga en El examen para descubrir porqué Cortázar dejó Argentina. Sobre el cuento y otros lados escriben Miguel Herráez y Lázaro Covadlo. En torno a Rayuela, obra capital del homenajeado, hablaron Francisco Porrúa, Mario Muchnik y Jean Andreu y la misma Nieves Vázquez. Y sobre la subversión lingüística de esta misma obra trató la conferencia de Michelle Débax, entre otras cuestiones. Además, el libro incluye los textos de los gaditanos María Jesús Ruiz, José Manuel Benítez Ariza y Manuel Ruiz Torres que hablan de la celebración de un encuentro similar que se celebró en Cádiz en 1984. Todo ello enriquecido con las palabras cercanas que dejó en dicho encuentro la primera esposa del escritor, Aurora Bernárdez-.Hotel Kafka - Escuela de creación literaria y escritura de guiónhttp://www.blogger.com/profile/08144062015585532343noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-35421620.post-68958937215738180192007-12-31T21:26:00.000+01:002007-12-31T21:28:50.328+01:00El libro objeto en la obra de Cortázar(26noticias.com.ar <br /><br />Uno de los ensayos que integran la obra "Penúltimas lecturas", sobre el escritor argentino, aborda ese aspecto lúdico y aparentemente secundario del autor de "Rayuela", a partir de "La vuelta al día en ochenta mundos" y "Ultimo round".<br /><br />Uno de los ensayos que integran el libro "Penúltimas lecturas", sobre Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, aborda un aspecto lúdico y aparentemente secundario del autor de "Rayuela", a partir de las obras "La vuelta al día en ochenta mundos" y "Ultimo round". <br /><br />"En la época en que fueron publicadas, lo sagrado de un libro era el texto y cuando tomás estas obras de Cortázar lo que te salta a la vista es que tenés un objeto y esa forma te dice algo desde el vamos, eso es lo que más me impresionó", dijo a Télam, Victoria Riobó, autora del ensayo, recién publicado por Edhasa. <br /><br />En realidad, destacó la investigadora, "hay como un efecto pantalla, antes del texto está el libro como objeto, como mensajero. A partir de esa constatación yo fui para atrás para ver que le pasaba a Cortázar y por qué. Por supuesto que cuando el empieza esta búsqueda ya tiene un nombre en la literatura". <br /><br />"Cortázar socava intencionalmente la ilusión que identifica, por asimilación, libro y texto, poniendo el acento en el libro como "artefacto", y por ello mismo, situándolo fuera de un terreno estrictamente lingüístico", escribe. <br /><br />Riobó abona la tesis de que Cortázar "llegó demasiado pronto a la fórmula del buen cuento, a él le resultaba muy fácil. Y en vez de dejarse ir por ese lado, que era lo más exitoso, toma su riesgo cuando saca estas dos obras que continúan la exploración de las opciones de la forma como elementos significantes". <br /><br />Cortázar se refiere a estas obras como libro-collage, libro almanaque, "especie de baúl", divertimento, libro-objeto, juguete, polilibro, artefacto, nomenclaturas, enumera Riobó, "que nos hablan de una mirada que engloba el conjunto de materiales que las componen y de su peculiar articulación". <br /><br />Cuando estos libros se publican, mencionó la ensayista que es una de las autoras de "Penúltimas lecturas" junto a otros investigadores y profesores universitarios, "la crítica, más que el público, se queda desconcertada. <br /><br />"’Y ahora qué hace Cortázar ...pavadas’. Pero él sigue en ese proceso de exploración que también está acotado. Dice que es un paso necesario pero tampoco se queda en esto", resaltó. <br /><br />Resulta asombroso pensar hoy, reflexionó Riobó, "que estos dos libros hayan tirado cuando aparecieron 12.000 ejemplares. Aunque se trataba de obras de vanguardia era una cuestión de época, ahora es impensable, apenas con un gran escritor se alcanzan esas cifras". <br /><br />La renovación del lenguaje en ese tiempo, apuntó la investigadora, "tenía que ver también con un signo de época, se pensaba entonces que todo se podía cambiar. Ahora la actitud general es de mayor escepticismo". <br /><br />"Incluso algunas declaraciones de Cortazar leídas a distancia pueden sonar ingenuas -consideró Riobó- pero ellos realmente creían en la búsqueda y en la revolución". <br /><br />Un elemento importante que la ensayista incorpora al análisis está relacionado con una afirmación de Cortázar: "una de sus mejores críticas es que no se hace literatura revolucionaria por escribir acerca del tema, sino que se trata de revolucionar la novela. Cuando lo plantea esta postura pudo haber sido irritante". <br /><br />“Uno de los más agudos problemas latinoamericanos es que estamos necesitando más que nunca los Che Guevara del lenguaje, los revolucionarios de la literatura más que los literatos de la revolución", dice Cortázar, según transcribe el escritor y profesor de Literatura Mario Goloboff. <br /><br />Para Riobó, "el espíritu lúdico en el escritor es muy fuerte y al concepto de literatura concebida para durar le contrapone esa otra forma de arte más espontáneo, efímero, que le permite ser menos solemne, irreverente". <br /><br />"Un arte más de interpretación como es la música, en donde el presente entra mucho más, esto le permite no pensar en entrar en el canon, en la historia", definió. <br /><br />El contrapunto entre estos dos libros y la literatura tradicional "es increíble" según la ensayista. <br /><br />Por ejemplo, señala, en ’El ultimo round’, "juega en las tapas con el diario". A su vez, el tema de las misceláneas, la falta de jerarquías en el texto, mencionó la investigadora, "si uno las ve desde lo que hoy pasa en Internet, es fácil deducir que el escritor se adelanta a su tiempo. <br /><br />Aunque usa soporte papel, en realidad lo hace como si estuviera manejando un soporte digital". "El contexto de autor, del boom, hicieron posible estos libros, ahora se puede ver que las editoriales a veces publican algún capricho pero los libros objetos están pensados al revés: no parten del autor, salen a propuesta del editor", concluyó. (Télam)Hotel Kafka - Escuela de creación literaria y escritura de guiónhttp://www.blogger.com/profile/08144062015585532343noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-35421620.post-41267911549685859422007-12-09T09:50:00.000+01:002007-12-09T09:53:26.611+01:00Un concierto escenificado con textos de Julio Cortázar recalará en el Versus Teatre de Barcelona'La maga i el Club de la Serpiente' de Quim Lecina es un concierto escenificado con textos de la novela 'Rayuela' de Julio Cortázar, que el autor argentino dedica al club, y la música de clásicos del jazz. El espectáculo puede verse del 4 al 22 de diciembre en el Versus Teatre de Barcelona.<br /><br /><img src="http://www.rosak.com.ar/imagenes/figuras/julioCortazar3.jpg" alt="Julio Cortázar" longdesc="retrato de Julio Cortázar"/><br /><br />La acción empieza en París, a finales de los años 50, concretamente en el barrio de Saint Germain-des-Près, donde los intelectuales de distintas nacionalidades, un grupo de amigos, forman 'El Club de la Serpiente'.<br /><br />En el local se reúnen para escuchar jazz, beber vodka y disertar sobre política, literatura, pintura y sobre todo sobre las relaciones humanas.<br /><br />El jazz es el contrapunto musical de los acontecimientos, un protagonista más, que enlaza las conversaciones y las relaciones de los componentes del Club.<br /><br />Las piezas musicales que suenan son de Bix Beiderbeke, Louis Armstrong, Bessie Smith, Coleman Hawkins y Big Bill Broonzy, Champion Jack Dupree, Duke Ellington, Jelly Roll Morton y Earl Hines, entre otros. La dirección musical va a cargo de Àngel Molas.<br /><br />Los habituales del Club son el exiliado argentino Horacio Oliveira, el filósofo checo Ossip Gregorovius, el músico norteamericano de jazz Ronald Bab y la maga Lucía, una paraguaya que llegó a París con su hijo Rocamadour, entre otros.<br /><br />Terra Actualidad - Europa PressHotel Kafka - Escuela de creación literaria y escritura de guiónhttp://www.blogger.com/profile/08144062015585532343noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-35421620.post-69234800547536706342007-11-25T21:52:00.000+01:002007-11-25T21:53:28.427+01:00LOS AMANTES - Julio Cortázar¿Quién los ve andar por la ciudad <br />si todos están ciegos ? <br />Ellos se toman de la mano: algo habla <br />entre sus dedos, lenguas dulces <br />lamen la húmeda palma, corren por las falanges, <br />y arriba está la noche llena de ojos. <br /><br />Son los amantes, su isla flota a la deriva <br />hacia muertes de césped, hacia puertos <br />que se abren entre sábanas. <br />Todo se desordena a través de ellos, <br />todo encuentra su cifra escamoteada; <br />pero ellos ni siquiera saben<br />que mientras ruedan en su amarga arena <br />hay una pausa en la obra de la nada, <br />el tigre es un jardín que juega. <br /><br />Amanece en los carros de basura, <br />empiezan a salir los ciegos, <br />el ministerio abre sus puertas. <br />Los amantes rendidos se miran y se tocan <br />una vez más antes de oler el día. <br /><br /><br />Ya están vestidos, ya se van por la calle. <br />Y es sólo entonces <br />cuando están muertos, cuando están vestidos, <br />que la ciudad los recupera hipócrita<br />y les impone los deberes cotidianos.Hotel Kafka - Escuela de creación literaria y escritura de guiónhttp://www.blogger.com/profile/08144062015585532343noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-35421620.post-57294983043749215642007-11-17T12:14:00.000+01:002007-11-17T12:20:47.570+01:00Cortázar nuevamente11.11.07 - JOSÉ MANUEL MARTÍNEZ CANO (laverdad.es)<br /><br />París es en esta época del año algo así como una fotografía color sepia del álbum de la memoria literaria trasnochada, donde desde todos los ángulos sus luces quieren ser captadas y hallar su acoplamiento en el cuaderno de campo de cualquier escritor del mundo que busca en su callejero el imaginario que les dé tablas y autoría a sus personajes. París no es ahora precisamente una fiesta, como titulara Hemingway su célebre libro, que en este incipiente otoño, tan tópico con sus hojas caídas y Sena tristón y gris, acelera huelgas e indaga en prensa amarilla los deslices sentimentales de los Sarkozy. Pero uno, también en café tópicamente parisino, lee en un suplemento literario de un diario español -Babelia, El País- que un relato inédito de Julio Cortázar Ciao, Verona ve la luz tres décadas después por esas cosas tan raras de los herederos, en este caso la viuda y albacea Aurora Bernárdez, que tuvo a bien hacérselo llegar a Carmen Balcells cuando sus obras completas ya estaban editadas (Galaxia Gutemberg. Círculo de Lectores) e incluía, in extremis, un cuento inédito, Bix Beiderbecke. De cualquier forma, y a pesar de quedar descatalogado de momento, fue gratificante desayunar en París con cuento inédito y netamente cortazariano en un café de la Rue Reaumur, un lugar fetiche en su Rayuela particular, café en el que sus protagonistas comienzan la aventura del desamor.<br /><br /><a href="http://hotelkafka.com/blogs/julio_cortazar/uploaded_images/Cortazar-785294.jpg"><img style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://hotelkafka.com/blogs/julio_cortazar/uploaded_images/Cortazar-785291.jpg" border="0" /></a><br />El cuento que leemos ahora, Ciao, Verona, es de una composición magnífica, epistolar, intimista, que tal vez debiera haberse incluido en Alguien que anda por ahí, pero eso es lo de menos, la gran suerte ha sido rescatar una nueva pieza maestra de Cortázar a la que tal vez Antonioni, como ya hiciera en otra ocasión, le hubiese puesto rostro a las palabras. También la sorpresa de comprar un periódico español y encontrarte con el gran Julio en centrales, en fotos excepcionales, esas que tanto enamoraron a La Maga cuando se exiliaba del libro y se encontraba con Julio por las callejas del barrio Latino y los puentes del Sena. Julio Cortázar, abrigo de espiguilla, hoy tan de moda, y jersey existencialista, en el café de Cluny o en el Flore, tal vez La Closerie, que más da. Ya se sabe que París es una cuestión de cafés y de gatos errantes. Este cuento que leemos ahora y con el que yo deambulo por bulevares y plazas, periódico doblado bajo el brazo, me trae a la memoria ese bestiario tan particular del escritor belga-argentino que fue uno de los pioneros del boom literario hispanoamericano en París. También me acompaña un librito que traje para leer en las largas travesías del metro y autobús y que a Julio Cortázar le hubiera gustado. Se trata de un libro fábula, El niño del pijama de rayas, que acabé cuando esbozaba esta columna y me contagió con el frío de la mañana; la mirada inocente de un niño que ve Auschwitz como una idílica campiña, la pesadilla de una verja y una amistad prohibida. Una denuncia en clave de metáfora de la mayor tragedia de la historia reciente y que bien podría haberse alineado en la borgeana Historia universal de la infamia.<br /><br />Estas cosas traen esos momentos que infunden tristeza a la vez que desolación. El librito, ya acabado, también se sobresalta con la buena literatura que hoy nos hemos encontrado, casi de regalo y sin esperarlo. Se revive un poco el París de Rayuela, aunque el cuento hable de Ginebra, Verona y otras ciudades, pero la sombra de su autor siempre es inseparable a París, creo que es el escritor que mejor la entiende, explica y narra, algo así como estar casado con ella. Él mismo escribió: «Las ciudades son siempre mujeres para mí. Mi relación con ellas ha sido siempre la de un hombre con una mujer.» Y en este romance de piedras, hormigón, metales, plomadas invisibles que descubren los caminos de lo infinitamente pequeño a lo infinitamente grande, el tragaluz de una lejana educación sentimental, especie de efecto involuntario del recuerdo, alertan con sus rasgos las facciones y la música callada de tantos lugares como instantes mágicos. He creído estar en el París de La Maga, de Oliveira, tan excelentemente retratado por Héctor Zamplagione en libro que siempre llevo conmigo cuando visito la ciudad, amante que como un bálsamo de muerte ronda y sigue los pasos de su autor, cuando todo es silencio y la escritura matemática y sabia de la naturaleza nos desvela nuestras identidades proscritas. Ya no es el París de Cortázar, Vallejo y tantos ilustres huéspedes que hicieron de la ciudad personaje de carne y hueso en sus novelas y poemas. Ya no existe el lado de acá ni de allá -los cortazarianos me entenderán-. Ahora son las prisas impuestas por Sarkozy las que neutralizan el tempo lento que la literatura precisa. Se trata de un París postsesentayochista, mestizo y multicultural, con suburbios reivindicativos y existencialistas xenófobos, aunque algunos cronopios y famas de los que todavía quedan nos adentran en los paraísos de la imaginación y la realidad, como ese hermoso cuento que se ha rescatado al posible olvido y al infinito. En Montparnasse, de donde no ando muy lejos, puede leerse en la tumba de Cortázar: « empezar a caminar, caminar solo, hasta la esquina, la esquina sola ».Hotel Kafka - Escuela de creación literaria y escritura de guiónhttp://www.blogger.com/profile/08144062015585532343noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-35421620.post-82849021306437906952007-11-11T12:33:00.000+01:002007-11-11T12:40:27.875+01:00"Amargos pedazos de mi vida", un inédito de Cortázar<a href="http://hotelkafka.com/blogs/julio_cortazar/uploaded_images/julio-cortazar-716638.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://hotelkafka.com/blogs/julio_cortazar/uploaded_images/julio-cortazar-716635.jpg" border="0" alt="" /></a><br />Posiblemente, es el único cuento considerable de Julio Cortázar que aún permanecía inédito. Lo escribió en los años 70 y tiene rasgos autobiográficos, según su propia confesión. En realidad, continúa la historia de otro cuento, "Las caras de la medalla", publicado en "Alguien que anda por ahí", en 1977. Se desconoce por qué Cortázar no hizo publicar luego este texto. Parte del legado de Aurora Bernárdez, su primera mujer, a un proyecto de la agente catalana Carmen Balcells, "Ciao, Verona" se publica aquí, seguido del cuento édito que le antecede y de sendas opiniones del argentino Mario Goloboff y la española Rosa Montero.<br /><br />--------------------------------------------------------------------------------<br />CARLES ALVAREZ GARRIGA ESPECIAL PARA Ñ. (Clarín)<br /><br />En la primavera de 1977 Alfaguara publicó en la elegante colección de cubiertas de color violeta diseñada por Enric Satué el libro de relatos <em>Alguien que anda por ahí</em>, de Julio Cortázar, cuya edición íntegra había sido prohibida en Argentina. Por primera vez se publicaba en España un libro inédito de narrativa del autor, y si bien éste era ya conocido en el país y en dicha ocasión se resignó al circo de las presentaciones y de las conferencias -algo a lo que años atrás se negaba en redondo-, el volumen fue recibido con tibieza o desdén por aquellos que no le perdonaban repeticiones formales ("Cortázar, pero menos") o aquellos otros que no consentían que la política se entremezclara en sus textos ("¡Qué lástima, un escritor que había empezado con tan buena letra...!").<br /><br />Al no saber muy bien qué decir sobre él, o no saber exactamente de qué trataba, qué ocultaba, todos pasaron de puntillas en especial sobre "Las caras de la medalla", enigmática crónica de la relación -o, mejor, de la falta de relaciones- entre una mujer soltera y un hombre casado que trabajan en el Consejo Europeo para la Investigación Nuclear (¡Cortázar hizo de traductor en el Organismo Internacional de Energía Atómica!); un texto de inquietante lectura donde el protagonista no es capaz de comprender el rechazo amoroso al que lo somete su compañera; un texto que parecía, como se lee en el último párrafo, una pesadilla de la que trató de despojarse me diante la escritura.<br /><br /><br /><strong>Dedicatoria enigmática</strong><br /><br />También era enigmática la dedicatoria ("A la que un día lo leerá, ya tarde como siempre"), a la que se sumó después otro misterio mayor, el contenido en esta frase de una carta que Cortázar escribió al año siguiente a su amigo Jaime Alazraki, uno de sus mejores críticos:<br /><br /><br /><br /><em>En "Alguien que anda por ahí" hay amargos pedazos de mi vida, por ejemplo "Las caras de la medalla" cuya historia siguió y terminó en otro cuento muy largo que escribí hace meses y que entrará en otro libro, si libro hay; se llama "Ciao, Verona", y fue tan duro de escribir como el otro.</em><br /><br /><br /><br />Por razones que no es éste el lugar para debatir, "Ciao, Verona" no fue incluido por Cortázar en los dos únicos libros de relatos que editó con posterioridad (<strong>Queremos tanto a Glenda</strong> y <strong>Deshoras</strong>), así que permanecía inédito y la única copia de la que hasta la fecha se tenía noticia, conservada en la Universidad de Texas, estaba prácticamente olvidada; prueba de ello es el hecho de que no se incluyera en el volumen de los cuentos con que se inició recientemente la edición de las obras completas. El examen de los documentos del legado que Aurora Bernárdez, viuda y albacea del escritor, donó a Carmen Balcells en febrero de 2007 para que fueran integrados a la colección de manuscritos de Barcelona Latinitatis Patria, ha permitido el descubrimiento de otra versión original, mecanuscrita con correcciones manuscritas de inconfundible caligrafía cortazariana, de este "cuento muy largo" (diecisiete páginas), quizás el último acabado y de innegable importancia que pueda llegar a encontrarse entre los inéditos del autor.<br /><br />En una de las clases que dio en 1980 en Berkeley, California, Cortázar completó aquella famosa comparación suya según la cual la novela es al cine lo que la fotografía es al cuento, diciendo que las fotografías más reveladoras no eran, para él, aquellas de perfecto encuadre sino aquellas en que por ejemplo hay dos personajes con un fondo de una casa y luego, quizá a la izquierda, donde termina la foto, hay la sombra de un pie, de una pierna. Esa sombra corresponde a alguien que no está en la foto y al mismo tiempo la foto está haciendo una indicación llena de sugestiones, apelando a la imaginación para decirnos qué había allí después. La atmósfera que se proyecta fuera de la fotografía, ese aura de misterio, guarda una especie de vibración que me parece indisp