tag:blogger.com,1999:blog-322024722009-07-07T09:37:09.328-03:00La venganza de ColónCrónicas de la América MestizaGonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.arBlogger52125tag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-13057128147658531202009-05-25T06:04:00.013-03:002009-06-08T20:34:26.531-03:00Esta gripe me enfermaEn todos los aeropuertos latinoamericanos hay una monjita. A veces dos, o más todavía. En el de Buenos Aires, además, siempre hay un rabino. Bueno, yo les digo rabino, con respeto y admiración, a los judíos de traje y sombrero negros y camisa blanca y ya sé que son Lubavitch. Pero ni las monjitas ni los lubavitches se salvaron esta vez de la gripe porcina, la que se nos pegó del chancho y justo en algún lugar de México por estricta casualidad. En seguida unos castigaron a México y otros a los cerdos, que también son inocentes.<br /><br />Llevo unas semanas de aviones y aeropuertos y la cosa está muy pesada. Las lindas azafatas de mostrador se han vuelto cirujanas, con barbijo y guantes y un bolígrafo para extraer apéndices y cambiar válvulas del corazón de los pasajeros. Los changarines y emplasticadores de maletas se convirtieron en bandidos asaltantes de diligencias. En la Argentina, para mantener nuestro estilo nacional, casi ningún empleado del aeropuerto tiene puesto el barbijo donde debe ser: lo llevan en el cuello, como los motoqueros llevan el casco ensartado en el brazo por la visera. Y hacen con los ojos muecas de “¡lo que tenemos que aguantar!”<br /><br /><a href="http://3.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/Si2erDOD9RI/AAAAAAAACH4/MNloDIi7Ahk/s1600-h/DSC01080.JPG"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 400px; height: 300px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/Si2erDOD9RI/AAAAAAAACH4/MNloDIi7Ahk/s400/DSC01080.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5345102795194496274" /></a> Siempre hubo que rellenar un par de formularios de esos en los que hay que encajar el nombre en cuatro casilleros y el sexo en diecisiete: preguntan si uno piensa atentar contra el vicepresidente de la nación o si trae un oso polar entre sus pertenencias. Ahora han sumado otro en el que hay que consignar si le duelen los ojos, si ha sentido escalofríos adentro de los huesos y si se ha estado besando con extraños. No deben creer una palabra de la declaración jurada porque después miden la temperatura con un rayo infrarrojo de esos para encontrar vietcongs en la oscuridad. Y preguntan en qué asiento viajó y el número de celular, por las dudas haya que guardarlo en cuarentena en la Isla de los Estados.<br /><br />La gripe porcina ha complicado los viajes, pero no tanto como la estupidez colectiva. Ha conseguido exacerbar la histeria generalizada de los habitantes de los aeropuertos, de los comunicólogos estupidizados y de los imbéciles consuetudinarios. Ahora sabemos que lo que se dice gripe -sin adjetivos ni nacionalidades- mata a 36.000 norteamericanos por año... sin contar a los chinos de la China o indios de la India que mueren con la misma gripe que nos toca a todos y que algunos pasan de pié sin más curas que un poco de paracetamol.<br /><br />“Durará lo que dure en los informativos” leí de ojito en la contratapa de <em>La Vanguardia</em> en el aeropuerto de Barcelona. Dice el doctor entrevistado -un tal Amiguet- que esta gripe es más benigna de lo que imaginaba en un principio, que está resultando suave, poco contagiosa y poco peligrosa. Los cientos de miles de muertos anuales por gripe no merecen ni un segundo de televisión ni un titular de periódico, ni siquiera en Internet; pero ésta, justo ésta, merece que nos alarmen por la televisión los presidentes, reyes y primeros ministros. Y termina pidiendo que utilicemos el circuito neuronal de la razón y el sentido común humanos y que bloqueemos el centro neuronal del miedo que compartimos con los animales. <br /><br />¿Habrá algún negocio detrás? Seguro, pero no son los fabricantes de barbijos o los laboratorios: esos aprovechan la volada como los vendedores de paraguas bailan cuando llueve. El negocio de la gripe no es la medicina sino la anestesia, pero la anestesia colectiva, la que duerme al pueblo. Si hay un tema en la agenda informativa que tapa los escándalos y la corrupción hay que inflarlo como un globo aerostático. Desde entonces sospecho que los funcionarios que hablan de mucho de la gripe mexicana están desviando la atención al cerdo. Y ya se sabe que la culpa no es del chancho.<br /><br /><a href="http://1.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/Si2f6nPj-4I/AAAAAAAACIA/RF0NyB9HifY/s1600-h/DSC01085.JPG"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 400px; height: 300px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/Si2f6nPj-4I/AAAAAAAACIA/RF0NyB9HifY/s400/DSC01085.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5345104162074131330" /></a><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-1305712814765853120?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-54156724555509508142009-03-04T17:59:00.018-02:002009-03-18T15:04:54.096-03:00DarwinionDebe haber pocos lugares en el mundo con una geografía tan borgeana como el Barrio Parque Aguirre de San Isidro. Las calles circulares se cruzan hasta dos o tres veces entre sí o se vuelven tangentes, sin casi molestarse. Forman un laberinto en el que pocos saben cómo encontrar una casa o salir del barrio y los taxistas no quieren entrar, asustados por las horas que perderán buscando la avendia Libertador. A la noche hay que usar las piedritas de Hansel y Grettel...<br /><br />Pero hay un lugar que solo se encuentra cuando uno ya está perdido: un pequeño palacio estilo <em>art deco</em> que nadie sabe qué hace allí. Una pesadilla para todos, pero en especial para mi madre que lo tenía por templo de una religión extraña, potenciado el misterio por la sombra pesada de las tipas y las plantas salvajes que lo rodean. En el portal unas letrotas apretadas de palo seco dicen DARWINION.<br /><br />Años después Marcelo Vázquez -un amigo biólogo con quien compartimos república cuando éramos estudiantes- trabajó en el Darwinion. Entonces supe que aquello era un instituto de botánica. Después de graduarse, Marcelo investigó allí unos ficus y la avispita que los fecunda. Viajaba a la selva vestido de Indiana Jones con una ballesta de Guillermo Tell que le permitía bajar las ramas de los árboles para llevarse muestras a su herbario. Esos árboles inmensos solo pueden reproducirse si el insecto preciso que le corresponde -ninguna otra especie ni género- anida en su fruto. Por eso, me explicaba Marcelo, no se reproducen los gomeros gigantes de Buenos Aires, los que mandó traer Sarmiento de la India: las avispitas no resisten el desarraigo y se quedan en la India o se mueren por el estrés del viaje.<br /><br />Volví a encontrarme con Charles Darwin en las islas Galápagos hace unos pocos días, entre el vaivén materno de las olas y el arrullo abrigado del motor: los barcos son máquinas perfectas de dormir. En mi equipaje llevaba una edición antigua de <em>El viaje del Beagle</em>. Se cumplían 200 años, casi día por día, de su nacimiento y el de su mellizo Abraham Lincoln. En nuestro Beagle con GPS y yaccuzi viajaban también dos matrimonios argentinos, de la casi desconocida localidad de Punta Alta. Desconocida para todo el mundo menos para Darwin, que descubrió allí más fósiles que en ningún otro sitio de su jornada alrededor del mundo: le sorprendía comparar los armadillos vivos con los gliptodontes desenterrados en la ría de Bahía Blanca. Coincidencias de la vida porque aquellos paisanos no tenían ni idea del parentesco darwiniano de las islas con su pueblo.<br /><br /><a href="http://1.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/Sa7gBwZZTgI/AAAAAAAACHg/Do7NLMk6MxE/s1600-h/Gal+062.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 400px; height: 300px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/Sa7gBwZZTgI/AAAAAAAACHg/Do7NLMk6MxE/s400/Gal+062.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5309427331492302338" /></a>Un dentista de urgencias me aseguró una vez que mi generación era la última con muelas del juicio: los más jóvenes ya vienen si ellas. Justo a mi me había tocado ser la bisagra de este cambio fenomenal en la especie humana que hace dos millones de años necesitaba más muelas que ahora para desgarrar mamuts. Maldije la manía de meterse en medio del proceso: si nos hubieran dejado evolucionar tranquilos, como a los armadillos en sus pastizales, me libraba de la escabechina en cuatro ocasiones.<br /><br />Con las tortugas de las islas pasa lo mismo porque crecieron a sus anchas sin las ansiedades humanas. Son las mismas del <em>pet-shop</em> de la esquina, pero grandes y pesadas como un becerro. Estoy seguro de que si las alimentamos unos 400 años, las de Santiago del Estero se ponen como un caballo. Por cierto, en España llamaban galápagos a las tortugas antes de que aparecieran por allí los romanos y así le dicen también a una montura tan incómoda como un carapacho.<br /><br />Unos exploradores que recorrían la isla Pinta en 1972 notaron que se movían los palosantos y así se encontraron con George, sobreviviente de la subespecie aislada hacía miles de siglos y extinguida por culpa de las cabras que alguien llevó allí cuando se cansó de comer tortuga. Se lo llevaron a la reserva de Puerto Ayora, en Santa Cruz, a ver si se reproducía con unas amigas de otra subespecie que le presentaron. Cada vez que las hembras ponen huevos hay que esperar a ver si el Solitario George hizo bien su parte: hasta hoy parece que ni las toca y eso que tiene apenas unos 120 años. Quizá sea porque también le tocó la bisagra de la evolución y las tortugas que le arriman se le antojan armadillos.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-5415672455550950814?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-12016719759968032202009-01-11T12:05:00.008-02:002009-02-05T09:44:00.934-02:00Hurto famélicoUn fin de semana largo del invierno de 1967 nos fuimos de campamento a la quinta Canale de Bella Vista. Seríamos cinco o seis, de unos trece años. No curtíamos de boy scouts, pero lo éramos y de la patrulla de los Bisontes de la tropa de La Lucila. La moda entonces y creo que también ahora consistía en parecer zaparrastrosos y mal entrazados. Ninguno de nosotros tenía pinta de explorador y no usábamos, jamás, el uniforme.<br /><br />Pero aquel fin de semana había que ganar puntos y por eso decidimos hacer algo. No teníamos un peso, así que nos aprovisionamos en nuestras casas según un plan bastante bien trazado para resistir en las carpas en Bella Vista y jugar a las cartas y cocinar polenta y hacer alguna tropelía por los alrededores y volver victoriosos para enrostrar a los Zorros quiénes eran los mejores. Entonces yo era el jefe de la patrulla por renuncia de mi antecesor.<br /><br />Viajamos en tren. Primero el Mitre hasta Retiro y luego el San Martín hasta Bella Vista, que entonces se llamaba Teniente General Pablo Ricchieri. Desde allí caminamos varios kilómetros hasta la quinta, que quedaba un trecho largo después de pasar la calle Gaspar Campos, en medio del campo, como su nombre lo indica. Era una chacra de la familia Canale que el dueño prestaba para campamentos, igual que la chacra Gallardo o algún regimiento de Campo de Mayo. Hacía un frío de pelarse: como en todos los campamentos de invierno lo difícil era pasar la noche en una tienda con el olor arrugado y húmedo de meses de desván.<br /><br />Cuando nos levantamos al día siguiente, entre la bruma congelada de la madrugada y el olor concentrado de pis de vaca, descubrimos que los chanchos de don Canale nos habían comido nuestras provisiones. Habían lamido los platos y las ollas como un lavadero a presión. No nos quedaba ni plata ni comida y había que aguantar hasta el domingo a la tarde si no queríamos perder los puntos ni caer en el ridículo absoluto. Así que nos organizamos como la banda de Jesse James y caímos sobre el pueblo de Bella Vista...<br /><br />Había que conseguir, por los medios que fuera, algo para comer esos días. Valía todo porque la necesidad lo exigía, pero lo suyo era mendigar a los almaceneros alguna prepizza, arroz, fideos o leche que nos permitiera subsitir. Nos dispersamos al entrar al pueblo y nos volvimos a encontrar en la estación a una hora señalada para volver al campamento con lo que consiguiéramos. Todos, menos Jorge Fernández Alonso, nos dedicamos con esmero a robar cosillas de almacenes, quioscos y supermercados. Nada de polenta: chocolates, mantecol, latas de paté, sardinas... y ropa. Nos probamos remeras y nos las llevamos puestas. Jorge -a quien llamábamos Frito- se hizo amigo de un almacenero que le dio de comer en su casa y lo llenó de regalos. Allí fuimos con nuestro botín a recoger más vituallas.<br /><br />Después aprendí lo que era el hurto famélico. En la Facultad de Derecho y en la estación Retiro de Buenos Aires.<br /><br />Un día de 1971 volvía en tren de San Isidro a Buenos Aires bastante tarde. El hambre y las ganas de comer un buen pebete de jamón y queso se juntaron de repente, así que me senté en el banco de los grandes de un bar alargado del gran hall de la estación Retiro. Gente de la noche tomaba grapas o ginebras y hablaría de fútbol o de mujeres o de carreras de caballos con la curiosa experiencia sabelotodo de los porteños, siempre lista para nunca decir que no sabe y que tampoco tiene la culpa. Cuando me trajeron mi cocacola y mi sándwich, un chiquito que no había visto se lo llevó como un relámpago. Mi propia distracción me apartó del cuidado de la botella que se tomó su hermanita, despreocupada y lo más campante, mientras caminaba para el otro lado. <br /><br />Bien hecho. Por las remeras de Bella Vista.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-1201671975996803220?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-6987825547357424682008-12-23T10:38:00.001-02:002008-12-23T10:50:21.136-02:00La calleMaría y Pedro vivían de la caridad de los vecinos en las calles empedradas de San Isidro; nadie los molestaba y parecían felices. Desaparecieron quizá porque los enajenados viven ahora en nuestras casas, revisan nuestros cajones y entran por la cocina y salen por las ventanas y canturrean en la mesa historias de la atmósfera o pasean el perro del general Perón, o conversan con los gatos del vecindario mientras dicen a todo el mundo que no digan a nadie que son la Madre Teresa de Calcuta. Ya no manejan camiones de aire y zorzal, como el loco Pedro, que lo estacionaba marcha adelante y marcha atrás con un cuidado de maníaco compulsivo contra la vereda de la calle Lasalle. Se agarraba fuerte a su volante de nada y era mudo como una piedra: jamás tocó la corneta ni nos contó lo que llevaba, pero todos sabíamos que manejaba una catramina del año 20, descalzo sobre los adoquines, aunque pelaran de sol o de frío. Ya nadie dirige el tránsito de la avenida del Libertador como la loca María, la del pelo gris, lacio hasta la cintura, que castigaba las contravenciones con guarangadas entre los dientes y una llama en cada ojo. <br /><br />O se habrán muerto sin descendencia. O alguien, que no la pobreza, los echó de las calles y los asiló en abrigos donde nadie los vea. O será que ahora a la generosidad la consumen las mascotas. Igual las autoridades no han terminado con la vida en las calles de América. Los Pedros y Marías de ahora no están locos ni son mendigos: son comerciantes que habitan todas las esquinas del continente y saltimbanquis que cobran como se debe, después de la función y no antes de actuar. A veces las encrucijadas parecen supermercados: una medianoche aciaga en los semáforos de Asunción compré todo lo que necesitaba para sobrevivir varios días escondido. Las calles contienen a los paseadores de animales y pesadores de personas y emplasticadores y notarizadores de documentos y vendedores de perfumes falsos y de relojes medio falsos y de alfombras casi persas. Rellenadores de geniogramas y de formularios y escribidores de cartas de amor. Artistas de ocasión y tangueros en desgracia. Sobadores al paso. Limpiadores de vidrios y bailadores y magos y pintores y albañiles y saxofonistas y tarotistas y predicadores de desgracias y hippies trasnochados y acordeonistas rumanos y guitarristas ciegos. Nadie los molesta. Jamás.<br /> <br /><a href="http://2.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/SVDedk99eaI/AAAAAAAACEw/YSmlRkzabVk/s1600-h/Puerto+L%C3%B3pez_3.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 395px; height: 400px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/SVDedk99eaI/AAAAAAAACEw/YSmlRkzabVk/s400/Puerto+L%C3%B3pez_3.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5282966962626722210" /></a>Ahora dicen que no hay que dar limosna a los ciegos ni a los pobres ni a los rengos de mentira o de verdad. Ni alojar a los vagabundos, ni comprar en las esquinas, ni pagar por el número vivo de los saltimbanquis ni contratar Ciranos que escriban cartas de amor. Que así se alienta la falsificación a ultranza, la vagabundez desenfrenada, el semaforismo empedernido, la miseria disimulada, la evasión impositiva, el circo sin red, el robo al natural y hasta la delincuencia juvenil. <br /><br />Debe ser cierto, pero que se lo digan a ellos. Por lo menos antes de que un premio Nóbel descubra que mucho peor es pagar los impuestos para alimentar el despotismo de los gobernantes.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-698782554735742468?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-72934991507099121122008-12-11T16:16:00.003-02:002008-12-14T11:50:43.587-02:00Himno nacionalUn viejo embajador -que entonces no era viejo- me dio una lección imborrable mientras almorzábamos en un bonito restaurante del centro de Francfort por el año 90 ó 91. Preocupado por las legiones de argentinos que volvían a la tierra de sus antepasados, y por mi presencia ya dilatada en Europa, me explicó que un país no se funda con una sola generación. Y agregaba que los argentinos que se quedan en Europa gracias a los privilegios de su doble nacionalidad, renuncian al sueño de sus antepasados: “Ellos fueron a América para crear países grandiosos y sus nietos al volver a Europa los hacen fracasar”.<br /><br />A veces busco afiebrado la ilusión de mis bisabuelos y la razón por la que no le encontramos la vuelta a nuestro destino. ¿Despegaremos algún día? ¿Seremos así para siempre? Los americanos estamos convencidos de que tenemos algo fuerte y valioso que aportar al mundo. Lo que no sabemos es cuándo. <br /><br />¿Por qué un europeo –laborioso e inocente- se vuelve taimado y perezoso en América? ¿Por qué los vagos de Buenos Aires trabajan como chinos en los bares de Barcelona? Muchos europeos son burros en el sentido catalán: les dicen a dónde hay que ir y llegan a como dé lugar. Los americanos, en cambio, vamos siempre para el otro lado. Será por la geografía de límites infinitos y por la sangre indómita americana, pero también por el mestizaje: los que vinieron de Europa buscaban la libertad que no tenían en su patria. Segundones y hasta criminales descubrieron y conquistaron el continente y lo poblaron los marginados por el hambre, la pobreza y la intolerancia. Juntos crearon las patrias que ahora integran Iberoamérica.<br /> <br />Desde entonces y quizá por eso, entre la libertad y la vida elegimos siempre morir. Las letras de los himnos nos espeluznan y nos sacan lágrimas hasta cuando los cantamos antes de enfrentarnos a vida o muerte contra la selección de bádminton de Singapur. “¡Coronados de Gloria vivamos o juremos con Gloria morir!” gritamos los argentinos para el que nos quiera oír. Así es América, la del sur, la dulce y mestiza. No nació el que nos ponga el cascabel, aunque aparezcan de vez en cuando y como tormentas de verano verborrágicos déspotas de pacotilla.<br /><br />Todos los himnos de la América mestiza juran morir antes que perder la libertad, mientras que tantos pueblos o ciudadanos del mundo prefieren un hilo de vida que quizá les permita ser libres otra vez, aunque sea después de siglos de esclavitud. Sin vida no hay libertad, argumentan, y hay que aguantar lo que sea. No está mal, pero a nosotros esa vida no nos va.<br /><br />Lo que tenemos seguro en América es la libertad y sabemos que lo demás vendrá cuando le toque. No nos gustan ni los reglamentos, ni las vallas, ni los diccionarios, ni los límites, ni las leyes, ni los árbitros, ni los peajes, ni las barreras, ni las cadenas, ni los guardias, ni las verjas, ni las llaves, ni los horarios, ni los impuestos, ni las riendas, ni los candados... “Asimismo es” repetimos desde el Río Bravo al Cabo de Hornos para el que demande una explicación. Y así es nomás: una fuerza incontenible que explotará un día como una bomba atómica de Justicia y Libertad.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-7293499150709912112?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-57491340194525860102008-11-07T20:43:00.002-02:002008-12-14T11:54:34.362-02:00A freír buñuelos“Adolescentes ¿ellos o nosotros?” gritaba rebelde el título de una revista que tuve en mis manos por los años 60, cuando yo lo era sin remedio. Creo que el autor era Rodolfo Patuel, un tipo que llegó a pensar mucho y que se nos murió pronto. En aquellos días éramos rebeldes a los catorce y entusiasmaba endilgarle a los mayores su condición bastante precaria, por lo pronto más que la nuestra, a juzgar por el contenido del artículo. Al final concluía que los verdaderos adolescentes son los mayores porque les pasa lo mismo que a los que lo son por derecho propio, pero multiplicado por su edad. <br /><br />Todavía los semiólogos discuten la etimología de la palabra. Parece que no viene de adolecer que según los diccionarios significa "...padecer alguna dolencia habitual; caer enfermo; tener o estar sujeto a vicios, pasiones o afectos, o tener malas cualidades, causar enfermedad o dolencia". Es decir que los adolescentes serían gentes a las que les faltan plata, aptitudes y hasta salud. Carestía de lo que fuera era lo que nos vendían entonces. Pero ahora resulta que entre los romanos la <em>adolescentia</em> no era una edad en la que se adolecía de algo o se sufriera. Dicen que en latín la palabra proviene del verbo <em>adolesco</em>, que no deriva de ad y doleo, sino de ad y oleo, un verbo que expresa la idea del ungido, "del crepitar de los fuegos sagrados; los que llevan y transmiten el fuego; el crecer, desarrollarse, desenvolverse la razón, el ardor". Los semiólogos son capaces de engañarnos a todos...<br /><br />Sean tipos que carezcan de razón o de salud o se abrasen en el fuego sagrado, que es tres cuartos de lo mismo, se puede descubrir a un adolescente más por sus desplantes que por sus padecimientos. Son las respuestas adolescentes las que me están preocupando en nuestra América trasnochada de ideologías. Pero resulta que no son los verdaderos adolescentes los que las formulan.<br /><br />Si fuéramos más pragmáticos mandaríamos a freír buñuelos a los que nos argumentan con razonamientos de <em>teenagers</em> aunque tengan edad para regalar. Como si la respuesta fuera suficiente y hasta sabia, nos quedamos tal cual, como antes de preguntar, porque no nos contestaron nada. Es la señal de los ideólogos latinoamericanos en casi todas las discusiones, igual en las cumbres de jefes de estado que en los abismos de la adolescencia nostálgica de pensamiento. Lo que resulta es un diálogo de sordos, o de mudos, que para el caso es lo mismo. Incoherencia fatal que vuelve estéril la reunión más pintada. Y así seguimos, sin avanzar ni retroceder.<br /><br />Contesta como adolescente el sofista de barricada que se enfrenta con la policía que le exige que libere la ruta y argumenta que es más delito hambrear al pueblo con políticas neoliberales. Y el ideólogo de café y vino tinto que zafa con un “no le parece que debería hacerle esa pregunta al gobierno”. O el presidente que raja “usted es un mandado y se lo voy a demostrar” en lugar de contestar la pregunta con una respuesta adecuada a su obligación de funcionario público.<br /><br />Pero resulta que últimamente muchos periodistas nos quedamos –me meto en el ruedo- con la respuesta quinceañera como si fuera buena y coherente. Y las escribimos en el diario o las difundimos por radio y televisión ¡como si fueran inteligentes! Cuando presidentes, gobernadores, diputados o intendentes salen con evasivas de adolescentes resulta que los periodistas no repreguntamos ni les exigimos que nos contesten la pregunta. Lo que indica que los periodistas nos volvemos a veces tan adolescentes como ellos. O peor: que nos tragamos los sapos de la política como se los tragan ellos... Nos cuadran estas magníficas palabras –también en primera persona- del viejo hijueputa de Allen Neuharth: “los periodistas nos vamos demasiado de copas con nuestras fuentes y acabamos convertidos en ellos, apresados en el síndrome de Estocolmo”.<br /><br />Si. Deberíamos mandarlos a freír buñuelos en lugar de tomar copas con ellos.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-5749134019452586010?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-23471425047938620192008-11-03T17:14:00.003-02:002008-11-03T17:23:30.849-02:00La venganza de don JulioEl presidente de la Asociación del Fútbol Argentino se fregó en todas las opiniones y eligió a Maradona como director técnico de la selección nacional. Raro porque estaba peleado con el astro, pero no tan raro si se sabe que era el único modo de jorobarlo a Carlos Bianchi, con quien está más peleado todavía. Es decir que la elección de Diego Maradona no es para ganar el campeonato mundial de la FIFA ni la copa América: es para molestar al que realmente puede ganarlos. Parece que a don Julio Grondona no le interesa ganar otra cosa que no sea plata, mucha plata. <br /><br />Hay que decirlo con todas las letras. Aunque sea el mejor jugador de fútbol que haya tenido jamás la Argentina, Diego Armando Maradona es un adicto maleducado y pendenciero.<br /><br />Maradonas hay por todos lados. Son esos astros que se malogran, mareados por el éxito y quizá por una falta congénita de resto moral para enfrentarse con el dinero y la fama. A eso se suman los malos amigos (las malas compañías se decía en mi adolescencia) que solo sirven para la diversión y el trago. Pero aunque haya muchos maradonas, hay muchos más ídolos ejemplares a quienes el éxito no se les sube a la cabeza, no se creen dioses ni desafían al planeta. Usan el dinero para ellos y para otros que lo necesitan más que ellos. Se ocupan de sus familias y de su salud. Saben que la suerte y el esfuerzo los han puesto en el pedestal de la fama y que muchos jóvenes los imitarán. Eso los alienta a comportarse como personas y no como animales (con el perdón de todos ellos).<br /><br />Es fácil imaginar a don Julio Grondona haciendo migas con Alfio Basile porque son tal para cual, hasta en el modo de hablar aguardentoso y sobrador. Carlos Bianchi no encaja en ese casillero: ese estilo no le va al mejor técnico argentino, capaz de sacar campeón lo que le pongan delante. Por eso había un peligro después de la renuncia de Basile a la selección nacional. Todos lo sabíamos. Hasta el periodismo deportivo, que sabe aprovechar los exabruptos y la idiotez, hizo fuerza para que, a pesar de sus diferencias con Grondona, sea Bianchi quien reemplace a Basile. Salía primero en todas las votaciones y aporto que no sería una mala idea elegir al seleccionador nacional por el voto popular, como a los presidentes y gobernadores. <br /><br />Pero ocurrió lo inevitable. No podía ser de otro modo. Es la histeria nacional que malogra nuestro futuro una y otra vez. Hace tiempo que la Argentina actúa colectivamente como si alguien le hubiera envenenado la voluntad. Elegimos el insulto en lugar de la sabiduría, el show en lugar del trabajo, la vanidad en lugar de la humildad, el alarido en lugar de la calma, la guerra en lugar de la paz... Si la selección Argentina tenía alguna posibilidad de ganar el próximo campeonato del mundo, ahora lo que tiene es la gran oportunidad de convertirse en un cabaret de primer orden. Con mercadería de la mejor calidad, de esa que sólo consiguen nuestros astros idolatrados. Diversión no va a faltar. Ni excentricidades. Ni dinero que las pague para alimentar al empobrecido público nacional. Por eso Maradona era también el candidato de los Kirchner.<br /><br />Alguien dijo que no había otra salida y que nadie quiere dirigir la selección contra la opinión de Maradona, porque escorcha al más pintado con sus comentarios repetidos hasta el infinito por todos los medios del país. Es otro vicio nacional: no tener agallas para enfrentarse contra la estupidez bobalicona de los famosos.<br /><br />Pero hay todavía otra explicación... terrible. Es evidente que el vértigo de la fama le hace un daño incalculable a Diego Armando Maradona. Tanto que lo ha llevado más de una vez hasta el umbral de su mausoleo, eso sí, acompañado de toda la imbecilidad nacional. Julio Grondona no puede no saberlo y a pesar de ello acaba de elegirlo en la anciana soledad de su gobierno despótico de la Asociación del Fútbol Argentino. Para nombrarlo ha tenido que hacer las paces con el astro. Algunos dicen que es la venganza de don Julio.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-2347142504793862019?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-82267919849292742502008-10-14T13:56:00.002-03:002008-10-31T01:19:28.998-02:00LorenzoVolvíamos del colegio arrastrando las tardes perezosas de San Isidro. Mi hermano mayor decidía el camino y también las paradas: mirábamos aviones para armar en la vidriera de Marietta o robábamos sin querer algún chocolate en Bonafide y hasta rezábamos en la puerta cerrada de la catedral. Al llegar a casa tomábamos café con leche y pan con manteca en cantidades que asustan. A las cinco en punto prendíamos la radio para oír una lista impenetrable de kurnikovas y estravinskis y algún Antonio perdido de tanto en tanto. La voz solemne de Radio Nacional pedía antes y después que quienes conocieran a alguno de los nombrados dieran cuenta a un número de teléfono. Aclaraba que eran desaparecidos en las guerras y buscados por sus parientes de distintos lugares del planeta. La Guerra Mundial había terminado hacía unos 20 años.<br /><br />Esperábamos en vano que nombraran a Lorenzo Rubinstein, un vagabundo que vivía en la glorieta de los fondos de una casa de la parroquia que llamábamos La Fundación. Era uno de los linyeras de San Isidro, como el loco Pedro, que manejaba en alpargatas su camión de aire por las calles empedradas de adoquines, o María, la de los ojos azules y la boca sucia, que dirigía el tráfico con autoridad de mariscal. Decían que Lorenzo había sido mayordomo en la quinta de los Anchorena y que tenía derecho a habitar aquellos fondos al final de la barranca. Tenía mala bebida y pésimo genio. Reaccionaba con furia cuando lo provocábamos, que era uno de nuestros deportes de entonces. Hasta desbarrancó unos escombros desde arriba la loma con ganas merecidas de aplastarnos. A veces andaba con un cuchillo con el que pelaba las gallinas que le regalaba otro antiguo empleado de los Anchorena. Las cocía enteras, con la cabeza enganchada en el borde de la lata renegrida. Parece que don Peruca –que ahora era carnicero- también le prestaba el baño de su casa. Nunca supimos si era un criminal de guerra o un pobre enajenado por los desastres de la historia, pero muchas veces sospechamos que su locura era una cortina de humo.<br /><br />Cuando hago el cálculo, me sale que Lorenzo debió nacer con el siglo veinte. La guerra lo habría pescado a los 40 en el peor lugar de Europa. Pudo ser oficial del ejército alemán, judío enloquecido por los horrores de la persecución o un eslavo perdido entre las ingenierías étnicas soviéticas. No pudimos sacarle más que ese nombre de mentira y unos pocos insultos en castellano. Hablaba mucho, solo o con nosotros, pero con palabras imposibles. Si éramos varios nos contaba uno por uno en troposlovaco. Tenía el pelo blanco y largo. Y la cara polaca, digo ahora, después de conocer la de Juan Pablo II.<br /><br />Cada vez que ocurre una catástrofe se me ocurre que muchos sentirán la tentación de hacerse humo, mientras los servicios de inteligencia blanquean muertos que guardan en sus placares de acero inoxidable: unos se hacen los muertos y otros mueren por fin. Me recordó a Lorenzo el que se hizo pasar por cónsul de Chile para anunciar su muerte en el accidente se Spanair en Barajas. En todas las catástrofes habrá gente más o menos pirada que se libra de una vida acorralada y se convierte en Lorenzo, que vivía como hoy le gustaría a miles de turistas de la ecología, pero gratis.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-8226791984929274250?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-69877173569777981772008-10-03T09:35:00.004-03:002008-10-07T12:27:23.901-03:00El Pichincha nos proteja<a href="http://4.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/SOdqkU4BMNI/AAAAAAAABd8/8nLTdvvMDwk/s1600-h/pichincha.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://4.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/SOdqkU4BMNI/AAAAAAAABd8/8nLTdvvMDwk/s400/pichincha.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5253284662662475986" /></a>Camilo José Cela se divierte con la nuca espeluznada del protagonista de <em>Madera de héroe</em>, una buena novela sobre la similitud entre el coraje y el pánico. No sabía don Camilo de himnos y canciones patrias americanas y de nuestra emoción cuando cantamos el himno nacional, cada uno el suyo. Fueron épocas heroicas y románticas las de nuestros himnos, pletóricos de glorias inmarcesibles de laurel ceñidas, de faustas diademas y gorros triunfales... no entendíamos ni jota cuando aprendimos a cantarlos y eso que nos toca la parte abreviada. Todos nuestros himnos son largos y de una poesía esdrújula, pero a la vez son heroicos y libertarios y nos prometen la muerte antes que vivir esclavos. Los cantamos a voz en cuello como el primer día lo hicieron nuestros próceres antepasados: “¡Coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir!”, gritamos los argentinos antes de enfrentarnos a una muerte segura -y sin pena ni gloria- contra la selección de bádminton de Singapur.<br /><br />En la vieja Europa les debe sonar a herejía decimonónica: ellos prefieren vivir, aunque sea en pésimas condiciones. Los americanos mestizos, los del Sur, preferimos en cambio, que nos maten antes que no ser libres. Estoy seguro de que fue el mestizaje el que produjo semejante virtud y también la geografía de límites infinitos y la inmigración europea que se mezcló con la raza americana. Ellos vinieron buscando la libertad que no tenían en su patria. La conquistaron segundones y criminales y la poblaron los marginados por el hambre, la pobreza y la intolerancia. Juntos crearon las patrias que ahora integran Iberoamérica.<br /><br />Quienes prefieren un hilo de vida como valor superlativo son los eternos amigos de las limitaciones, sean europeos, americanos o filipinos. Ellos aman los reglamentos y las cortapisas. Entre los libros eligen los diccionarios. Cuando van al campo disfrutan con los alambrados. En el estadio, en lugar de mirar las jugadas, siguen al árbitro. De la calle prefieren las líneas amarillas. Se sienten seguros entre barreras, peajes, cadenas y guardianes, y se abrigan con horarios y tablas periódicas.<br /><br />“¡Orientales, la Patria o la tumba!/ ¡Libertad o con gloria morir!”, canta bizarro el coro del himno uruguayo, y sigue: “¡Es el voto que el alma pronuncia/ y que heroicos sabremos cumplir!”. El de Chile en una estrofa desenvaina la espada: “Si pretende el cañón extranjero/ nuestros pueblos osado invadir;/ desnudemos al punto el acero/ y sepamos vencer o morir”, y el coro responde: “Dulce Patria, recibe los votos/ con que Chile en tus aras juró/ que, o la tumba serás de los libres,/ o el asilo contra la opresión”. El coro del de Bolivia lo reafirma con otro juramento, también en el altar de la Patria: “De la Patria, el alto nombre/ en glorioso esplendor conservemos/ y, en sus aras de nuevo juremos:/ ¡morir antes que esclavos vivir!”. Brasil no se queda atrás y le anuncia a la Libertad, por si no lo sabe: <em>“Em teu seio, ó Liberdade. Desafia o nosso peito a própria morte!”</em>. “Paraguayos, ¡República o muerte!”, canta con bronca contenida el himno guaraní. El del Perú se pone serio y desafía al mismo sol: “Somos libres, seámoslo siempre/ y antes niegue sus luces el sol,/ que faltemos al voto solemne/ que la patria al Eterno elevó”.<br /><br />Hace pocos años me hubiera costado meses conseguir las letras completas de los himnos nacionales americanos. Ahora los encontré en cinco minutos: maravillas de la red... Todas son impagables y las conocemos poco porque solo cantamos coros y estribillos. El del Ecuador es fantástico y es el resumen latinoamericano de nuestro eterno juramento:<br /><br /> Y si nuevas cadenas prepara<br /> la injusticia de bárbara suerte,<br /> ¡gran Pichincha! prevén tú la muerte<br /> de la Patria y sus hijos al fin;<br /> hunde al punto en tus hondas entrañas<br /> cuanto existe en tu tierra, el tirano<br /> huelle solo cenizas y en vano<br /> busque rastro de ser junto a ti.<br /><br />No tengo dudas de que la libertad está a salvo en nuestra América. El que nos quiera esclavizar se tendrá que enfrentar hasta con la furia del Pichincha, pero sobre todo con las ansias infinitas de libertad de su pueblo soberano.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-6987717356977798177?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-39892819319360007572008-09-11T17:23:00.001-03:002008-09-11T17:31:56.338-03:00Monjita de aeropuerto“Solicita-se a os senhores passageiros do vôo...” susurraban como una cantinela Paco Gómez Antón y Juan Antonio Giner cuando llegaron a Buenos Aires en 1986: se les había pegado en el aeropuerto de Río de Janeiro. Cuenta Paco en <em>Desmemorias</em> cómo les sorprendían en América las voces que seducen a los pasajeros en lugar de amenazarlos con rugidos españoles tallados a cuchillo.<br /><br />Entonces en Ezeiza –el aeropuerto grande de Buenos Aires- buscaban al señor Carlos Soria a cada rato por los altavoces: para que se presente en la cabina de tráfico, en el mostrador de informaciones o en la oficina de objetos perdidos. La primera vez que oí su nombre pensé que Carlos andaría allí por casualidad, quizá de paso hacia otro destino o se le habría perdido a quien lo iba a buscar. También supuse que sería coincidencia de nombres con algún empleado local, hasta que un buen día me fui investigar al lugar donde lo requerían: “yo también estoy buscando a Carlos Soria”. Entonces me explicaron con un glup en la garganta que Carlos Soria era el nombre en clave para llamar a los agentes de Interpol que vagaban por mostradores y tenderetes de Ezeiza a la caza de algún tránsfuga. Pero recién cambiaron la clave cuando una vez se presentó el verdadero don Carlos Soria a preguntar quién lo buscaba con tanta insistencia.<br /><br />Se llamen como se llamen los espías, más de una vez he pensado que debería denunciar un hecho sorprendente a la policía... o a la Guardia Suiza: en todos los aeropuertos de América latina hay una monjita. Como Zelig, tiene una formidable capacidad de mimetizarse: cambia de edad, de hábito y de lugar. A veces está sola y otras la encuentro acompañada por una banda de uniformadas. La veo antes de salir y me la vuelvo a encontrar en el destino aunque no haya viajado en mi avión. La he visto de azul y de blanco. También de gris, de marrón y hasta con guardapolvo igualitario de mucama, presumo que cuando va de superiora. En cambio, si anda de última generación va más oronda y de hábito generoso por las colas de migraciones o los escáners anti granadas. Cuando llego a un aeropuerto la busco con ansiedad: cada nuevo viaje pienso que esta vez no aparecerá. Pero no, ahí está en la fila de Taca: nunca en los bares ni el las peceras de fumadores a pesar de lo que digan algunos. Tampoco en el diutifrí perfumado por luengas azafatas de Kenzo.<br /><br />Una vez dije esta es la mía, aquí no habrá monjita. Llegaba a una pista abierta como un tajo en la selva de la Amazonía ecuatoriana. Ya nos habíamos subido a la avioneta de seis plazas que nos llevaría a Shell cuando el piloto dejó de mover clavijas y se apoltronó en el asiento con un resoplido. Le pregunté qué pasaba y me contestó que esperaba a la monjita. Me quedé loco y empecé a mirar para todos lados: selva y sol y nubes y al fondo las chozas de los achuar. Siempre que viene un avión –me explicó el piloto- las monjitas aprovechan para mandar correo a Quito. ¿Qué monjitas? pregunté seguro de que en la selva no podía haber de ninguna ganadería. Aquella, me mostró y venía una blanquísima caminando por el medio de la pista; con un sobre manila se protegía del sol del mediodía. Y siguió el piloto: son hermanitas peruanas muy buenas que se ocupan de mantener cristianos a los pueblos donde no llegan los curas...<br /><br /><a href="http://1.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/SMmAJThMVcI/AAAAAAAABdY/rtYONzM8nAI/s1600-h/Monjita+de+aeropuerto.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://1.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/SMmAJThMVcI/AAAAAAAABdY/rtYONzM8nAI/s400/Monjita+de+aeropuerto.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5244864138396325314" /></a><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-3989281931936000757?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-91928447705144701082008-07-20T10:18:00.007-03:002008-07-24T21:12:41.180-03:00Semiología políticaEn la Argentina los próceres son militares. Las calles tienen escalafón descendente del centro a las periferias y las estatuas llevan charreteras y entorchados. Los generales desafían ecuestres la intemperie en padrillos imposibles de bronce y guano. Los almirantes otean el horizonte inmortales en columnas de granito y floripondio con sus medallas al viento. Los viejos barcos de guerra sobreviven en las dársenas muertas del antiguo puerto de Buenos Aires: allí alegran la vista de restaurantes y tenderetes de moda. Mientras aparezca algo mejor, gastan alas y fuego de cemento para celebrar las batallas de la guerra de las Malvinas. El himno, las banderas y los escudos son símbolos tan militares como los botones dorados y las lágrimas cuando izan la bandera o soplan los primeros acordes del himno nacional en sus cornetas de independencia y libertad: “Oíd mortales el grito sagrado...” <br /><br />Las banderas tienen una relación secreta con las naciones... o los países vienen empaquetados con colores, olores y sabores. Quizá por eso la patria tiene colores y flor y ave y bandera y también escudo y hasta postre nacional. Los gringos se volverían brasileños si las barras fueran verdes y las estrellas amarillas y España no tendría fuego ni sol con un pabellón anaranjado. Los símbolos patrios rigen la vida, pero no tanto como las comidas o los partidos de fútbol. Boca Júniors es una religión y al argentino que no le gusta el dulce de leche se lo fusila por traidor. Símbolos tienen los clubes, los colegios y las familias. También las empresas, los obispos, los municipios, los regimientos, las academias y los barcos.<br /><br />Mientras el poder peleaba por sacarle el dinero a los productores rurales, ellos le birlaron los símbolos de la patria. El matrimonio presidencial abusó de las palabras huecas y se quedó sin signos. En 100 días el gobierno perdió hasta la bandera argentina y solo usó las pletóricas de rabia de un partido. Al himno nacional se lo quedaron los opositores y lo cantaron cada diez minutos en las calles al ritmo de sus cacerolas. Las marchas militares dan grima a las autoridades setentistas y hasta los galones de los boy scouts los ponen nerviosos. Para colmo los Kirchner son de Rácing -no de River ni de Boca-, que casi se pierde en las ciénagas del descenso.<br /><br /><a href="http://bp3.blogger.com/_s7l79RQR08U/SIkaYJd0wEI/AAAAAAAABdQ/K-uyo__BsuY/s1600-h/Campo.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_s7l79RQR08U/SIkaYJd0wEI/AAAAAAAABdQ/K-uyo__BsuY/s400/Campo.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5226737844700364866" /></a>El gaucho, las botas, el poncho, el mate, las espuelas y la guitarra son de la oposición campestre que se levantó contra las retenciones exageradas a las exportaciones de granos. También la chacarera, la cueca y el chamamé y ahora resulta que cantar la zamba de la Esperanza es un delito federal porque los gauchos son golpistas. La empanada, el puchero, la mazamorra y el alfajor están desterrados porque la presidente se puso a dieta de grasas y calorías y su marido tiene a raya su colon irritable. La vaca y el caballo son del campo, también los chanchos, las ovejas, los gallinas batarazas y los perros cimarrones. Por eso son opositores el chorizo, el bife, el asado, los chinchulines y hasta el huevo quimbo. El poder perdió también los símbolos religiosos en su pelea con obispos y prelados: se quedó sin la Virgen de Luján, la del Valle y la de Itatí. Perdió la Cruz, pero también la Estrella de David por culpa de Hugo Chávez y sus amigos iraníes y ni siquiera le quedó el turbante del Profeta por que es propiedad de su antecesor y contrincante capicúa. Los ruralistas opositores llevan en sus solapas la escarapela argentina y en sus marchas pasean sin remilgos ni vergüenzas a la Inmaculada y a todo el santoral.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-9192844770514470108?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-26986961585568771062008-07-06T16:38:00.006-03:002008-07-11T22:31:25.868-03:00NeustadtTanto predicaba en el desierto que su último libro se llama <em>Escribir sobre el agua</em>. Lo presentó en la plaza Lavalle de Buenos Aires, enfrente de la sinagoga de la calle Libertad, un par de semanas antes de morir. Era ya de noche y hacía frío debajo del gomero y de las estrellas. El acto formal en la librería El Ateneo fracasó por una amenaza de bomba. El rabino Sergio Bergman estuvo locuaz, redondo y cristiano. Y Bernardo, como siempre, no se apartó ni un milímetro de sus monsergas masoréticas. Me acordaba de la presentación de un libro mío sobre el periodismo y la pasión en un restaurante de comida rápida de Callao y Santa Fe. Neustadt estaba un poco molesto por el olor de la cebolla y no lograba entender la metáfora agarrada de los pelos del sándwich y la lectura.<br /><br /><a href="http://bp2.blogger.com/_s7l79RQR08U/SHEfpMvPAyI/AAAAAAAABb4/eHocsXqVt0A/s1600-h/Bernardo+Nesutadt.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_s7l79RQR08U/SHEfpMvPAyI/AAAAAAAABb4/eHocsXqVt0A/s400/Bernardo+Nesutadt.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5219988235753554722" /></a>El sábado 7 de junio murió en su casa de Martínez, de un paro cardíaco, como todo el mundo, pero con buena puntería: en la Argentina es el día del Periodista. Había nacido en Rumania el 9 de enero de 1925 y emigró a La Plata con sus padres cuando tenía seis meses. Pasó su infancia pupilo primero en un colegio de hermanos de Lasalle y luego en uno de salesianos. Su madre murió cuando tenía trece años: casi no la conoció. A los catorce su padre lo echó de casa porque quería ser periodista: por ese camino no se llega más que al vicio. Se fue con una maleta chiquita y dos mudas de ropa al diario <em>El Mundo</em> donde ya trabajaba. Llegó lejos. Durante 30 años dirigió el programa con más <em>rating</em> de la televisión y fue uno de los hombres más influyentes de la Argentina. Una vez por semana se paraba el país ante la mesa de <em>Tiempo Nuevo</em>. <br /><br />Cuando comenzamos la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral se entusiasmó y le gustaba venir siempre que lo invitábamos. En esa época todos los estudiantes querían ser como él. Una vez llegó tarde a una reunión porque venía de una autotransfusión: por las dudas la necesitara alguna vez, llenaba con paciencia un barril de su propia sangre. Ni la sangre ni la plata le cundieron pero sí nuestro reconocimiento. No tuvo hijos y su vida se consumió en soledad a pesar de sus sucesivos matrimonios. Gastaba manías que había que respetar y era muy difícil contradecirlo. Los años de crisis y el gobierno autoritario de los Kirchner lo amargaron hasta la muerte.<br /><br />Siempre pensé que sería el perfecto fundador de un Centro de Estudios de Medios en Buenos Aires. Sin sucesores directos, y con mucho dinero, podía contribuir con su patrimonio a la creación del fondo para solventar una institución dedicada al estudio del periodismo. La gente conoce a Joseph Pulitzer por los premios más que por su historia y a Nelson Poynter por el Instituto de Estudios de Medios que lleva su nombre. Nadie los recuerda como polémicos, santos, avaros, generosos o corruptos. Así que caí en su casa una mañana de primavera con la idea de convertirlo de un plumazo en Instituto y arreglarle su fama para siempre. Entonces ya andaba orillando los 80 y hablaba seguido de su muerte. Estaba seguro de que, si conseguía viajar con él al Poynter, lo convencería. Pero la agenda de Neustadt había fraguado y no conseguí sacarlo de su letanía perpetua. Así murió el Centro Bernardo Neustadt de Estudios de Medios, frente al Río de la Plata que mirábamos desde el ventanal de su casa colgada en la barranca de Martínez.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-2698696158556877106?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-49858121835628375482008-06-09T18:39:00.004-03:002008-06-09T18:58:08.920-03:00Tres cerritosLlegué a El Bordo de las Lanzas un viernes, después de una reunión sudamericanista en San Salvador de Jujuy, bien al noroeste de la Argentina. Esa noche conversamos con Graziela y Darío Arias –fue la última vez que lo vi– de la Virgen que parece que se aparece en los Tres Cerritos de Salta. Me contaron con paciencia de santos todas las historias: desde el negocio inmobiliario de un senador hasta el madrinazgo de las carmelitas de San Bernardo. Al final me aconsejaron que subiera al cerro para verlo con mis propios ojos.<br /><br />Al día siguiente Darío me dejó en Güemes desde donde seguí a la ciudad de Salta. A las once llegué en taxi a un playón en la falda del cerro donde estacionaban 30 autobuses y otros tantos coches. Entre los talas de la picada adelanté un par de grupos que subían la cuesta de 350 metros. Cerca de la cima me ordenaron la vida unos boy scouts con pañuelos celestes en el cuello que todos llaman servidores. Me puse al final de la cola sin saber que había que esperar horas sin moverse y sin más compañía que las mujeres de adelante y atrás. Oía sus comentarios, apenas susurrados porque los servidores no dejan levantar la voz a los presentes. Conversaban de sus experiencias anteriores: “la vez pasada me caí, pero ésta no creo que me caiga”. En un lugar que no veía no acababa nunca un rosario intercalado de canciones lánguidas e infinitas. Después el silencio fue total y empezamos a movernos muy despacio. La fila subía por un brete de palos hasta la cima y después bajaba hacia una explanada de cemento alisado. En lo más alto hay una ermita donde se venera una Virgen de primera comunión. Al lado un tala se volvió sauce llorón por los rosarios que cuelgan inútiles de sus ramas. Allí ya pude ver lo que pasaba en el rellano, mientras la cola se acercaba a nuestro turno.<br /><br /><a href="http://2.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/SE2l5MaqjfI/AAAAAAAABW8/nFKxztqOcjE/s1600-h/Cerrito-panor%C3%A1mica.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://2.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/SE2l5MaqjfI/AAAAAAAABW8/nFKxztqOcjE/s400/Cerrito-panor%C3%A1mica.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5210002745941724658" /></a>Los servidores ponían en fila a los peregrinos como soldados dispuestos a una revista. Una señora ni joven ni vieja tocaba a uno por uno en el pecho, arriba del corazón. Algunos se caían redondos. Para sostener a los que se desploman varios servidores van por detrás de la fila y los acuestan en el suelo hasta que se despiertan. Algunos desmayados se pasan varias promociones de peregrinos como muertos en un campo de batalla. Una monjita pálida de cáncer, con hábito blanco y poncho gris, dormía a pata suelta y apenas intentaba levantarse se volvía a desvanecer como si hubiera tomado una dosis extra de <em>dormicun</em>.<br /><br /><a href="http://1.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/SE2mGjs70YI/AAAAAAAABXE/I0w6aRJn-1o/s1600-h/IMG_0030.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://1.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/SE2mGjs70YI/AAAAAAAABXE/I0w6aRJn-1o/s400/IMG_0030.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5210002975530668418" /></a>La señora se llama María Livia y dice que se le aparece la Santísima Virgen. Sus mensajes, todos muy cristianos, son iguales a los de otra vidente de las cientos que hay ahora mismo en el laberinto universal de apariciones. No se si es por eso o por su negativa a presentar unas pruebas psicológicas que el obispo no le cree y tiene prohibido a sus curas promoverla. Los salteños casi no suben al cerro y algunos dicen que todo es invento de las empresas de turismo que cada sábado llenan el cerro con peregrinos y curiosos de otras provincias y ciudades. A los que les hace bien, mejor para ellos, dice el obispo.<br /><br />Si me hubiera caído al suelo cuando me tocó María Livia habría sido por el hambre. Milagro por milagro prefiero uno que desafíe la gravedad, como volverme bueno o salir volando. La Virgen del Milagro, que se venera en la ciudad desde 1592, cambia en bendiciones y milagros de verdad las flores y oraciones de miles de salteños que la visitan todos los días. Ninguno se desmaya ni hace cola en un brete de palos de tala. Desde 1692, cuando los salvó de un terremoto, la pasean por sus calles el 15 de septiembre. Aunque no la dice, supongo que es la razón más fuerte del obispo.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-4985812183562837548?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-10594759643370375452008-05-15T21:16:00.005-03:002008-06-09T14:03:23.449-03:00El corteLos aviones están fatal; no se si es por culpa de Bin Laden, de George Bush o por las tiendas de los aeropuertos que exprimen el aburrimiento. Hace diez años había tres vuelos diarios entre Buenos Aires y Posadas; hoy viaja solo uno. Con suerte y a las cansadas te lleva el día viajar esos 1.000 kilómetros. Los altavoces demoran los aviones con dulzura sensual y los reprograman como si fuera cuestión de ñoquis por arroz con pollo. En la Argentina la red ferroviaria era tupida y sólida hasta que un iluminado desamortizó en dos meses la inversión de cien años. Se pudrieron los durmientes y herrumbraron las vías, los terraplenes criaron lechuzas y los puentes se volvieron muelles de pescadores y los túneles abrigaron vagabundos y las estaciones humillaron su pasado británico de cenefas y campanas.<br /><br />Será por eso que los autobuses de larga distancia son jumbos de dos plantas que vuelan por la llanura con luces de neón. Los asientos regordetes se tumban como la primera clase de Lufthansa y las azafatas se afanan con platos de ravioles y canilla libre de champán. En los ómnibus se duerme con el abandono soporífero de las carreteras de llanura y girasol: nada que hacer más que rodar y leer y dormir y rezar y mirar cómo se pone el sol y cómo vuelve a salir con medialunas calientes y manta escocesa y otra película más.<br /><br />Poco después de Semana Santa viajé de Posadas a Buenos Aires en un meteoro de doce ruedas. Me despertaron pasos en el pavimento y un murmullo lejano cuando el amanecer se colaba por el velcro de las cortinas. Llevábamos horas trabados en un corte de ruta, cerca de Gualeguaychú, en la provincia de Entre Ríos: parados en medio de una vía láctea de autobuses alumbrados por el sol oriental. En la otra mano de la ruta la cola de camiones descansaba a la sombra de los autobuses. Sus conductores tomaban mate o paseaban comentando las formidables bondades de sus cargueros de largo aliento. Caminé un rato entre las dos filas y por las banquinas y llegué hasta el piquete que represaba el tránsito con rastras de carpir. La encuesta de opinión pública me dio nadie enojado. Ya sumaban unos quinientos cortes en todo el país en contra de las retenciones a las exportaciones agrarias decretadas por el gobierno central para recaudar, recaudar y recaudar.<br /><br /><a href="http://2.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/SCzU26TUDiI/AAAAAAAABOw/fFe1bhCVyrg/s1600-h/Paro-003.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://2.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/SCzU26TUDiI/AAAAAAAABOw/fFe1bhCVyrg/s400/Paro-003.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5200765709534367266" /></a>Los cortes del campo contra el gobierno duraron 21 días. La pulseada crecía a ritmo de crispaciones. Faltó la carne y la leche en los supermercados. No había queso ni dulce de leche ni frutas ni verduras ni helado de limón. El aceite a litro por cabeza y los combustibles solo de a 50 pesos y nada de tarjetas. Los barcos fondearon en fila en las bocas de los puertos y a cada discurso amenazante de la presidente, miles de personas contestaron golpeando sus cacerolas por las calles de las ciudades. Nadie lo organizó ni se subió a la ola del descontento. <br /><br />La Argentina parece huérfana de destino, pero lo que necesita es tiempo y un poco de paciencia. Quizá el campo le regale al país otro Justo José de Urquiza, el estanciero entrerriano que se opuso al poder central de Rosas en 1850 y fundó el país próspero y federal que alimentó al mundo hasta mediados del siglo pasado. Mientras aparece hay que seguir sembrando, pero para alimentar la manga de langostas que desde entonces devora su esperanza.<br /><br /><a href="http://2.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/SCzVE6TUDjI/AAAAAAAABO4/ujd1ssTrf7U/s1600-h/Paro-008.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://2.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/SCzVE6TUDjI/AAAAAAAABO4/ujd1ssTrf7U/s400/Paro-008.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5200765950052535858" /></a><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-1059475964337037545?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-64546450545321960952008-04-15T05:56:00.006-03:002008-05-02T16:50:59.161-03:00Escarabajos<em>La Gendarmería Nacional incautó 1.600 escarabajos en la localidad de San Pedro, provincia de Misiones. El operativo se realizó sobre la ruta nacional 14, a 240 kilómetros de la ciudad de Posadas, donde se detuvo a dos chilenos, presuntos integrantes de una red de traficantes de animales. Los acusados recorrían pueblos y parajes selváticos en busca de ejemplares demandados por coleccionistas privados radicados en el exterior. Las autoridades allanaron la vivienda de los chilenos, quienes integrarían una ONG ambientalista. Mauricio Olivera, un vecino de la zona, declaró: “Todos sabíamos que esta gente pagaba hasta 150 pesos por cada cascarudo vivo”. En la provincia de Misiones está prohibida la caza de animales nativos, incluida una amplia variedad de insectos que habitan en el monte. Los escarabajos secuestrados tendrían un valor de 100.000 dólares</em>. Palabras más, palabras menos, la noticia apareció en los periódicos de Buenos Aires; lo que no cuenta es que los escarabajos incautados eran grandes como palomas. <br /><br />Soy genocida de insectos en las carreteras misioneras. Lo cometí con mi auto japonés que queda perdido de bichos estrolados en toda la carrocería. También gorriones y hasta ranas, que un verdugo remata en el lavadero con su mortífero chorro a presión. Entre la lluvia de meteoritos que atravieso de noche en la ruta me espanta algún naranjazo que se revientan contra el parabrisas: son escarabajos como los incautados por la gendarmería. También hay langostas como cigarros Montecristo número dos. He estrellado contra mi coche millones de dólares.<br /><br />Además de escarabajos de oro como el de Poe, me he encontrado con insectos de porcelana china, de lapislázuli y también esmeraldas de seis patas. Los sanjorges son rubíes de fuego y carbón dispuestos a terminar con todas las arañas. Y hay dijes más baratos, como las vaquitas de San Antonio, siempre querendonas: alguien ya inventó el ámbar sintético que las petrifica para pendientes y chupetines. Los aguaciles parecen sikorskis y las luciérnagas robinsons que patrullan la noche. Los mamboretás son origamis de papel glacé que entienden castellano.<br /><br />Cuando se ponen molestos, los bichos me recuerdan a mi abuelo el general. Creo que era teniente durante la guerra de África -por los años 1920 - cuando apagaban la luz para no ver los insectos que caían en el rancho: vivió hasta los 94 con unas cuantas batallas en el medio. Tampoco al Bautista le cayeron mal las langostas del desierto. Algunos insectos se comen con placer en señalados sitios de América. Hormigas culonas, chapulines y gorgojos son nutritivos y hasta curan enfermedades. Ya ordeñamos a las abejas para alimentarnos con su miel y explotamos a los niños de las mariposas para vestirnos con su seda. Comeremos ensalada de pirpintos y budín de larvas de termita. Algún día cultivar hormigas será como sembrar chauchas. <br /><br />Si nos rocían un frasco entero de insecticida caemos como moscas: nos salva la proporción, pero un poco morimos cada vez que inhalamos pesticidas y repelentes. Las autoridades persiguen a dos chilenos por comprar escarabajos (o porque los incautos no aceitaron el negocio con algún gendarme), mientras protegen a los que los matan con la guerra química que deja tullidos a la mitad de los colonos que cultivan tabaco. Todo para evitar que langostas y pulgones se almuercen las hojas que otros se fuman sin ningún remordimiento.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-6454645054532196095?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-56487207616543633152008-04-02T13:21:00.001-03:002008-04-02T13:21:44.491-03:00La lluviaLa provincia de Corrientes está bañada por esteros interminables. La tierra firme es una sabana de palmeras y pequeños bosques de monte nativo que llaman capones. Cuando no hay palmeras ni monte, el paisaje se vuelve una llanura de agua a veces hasta el horizonte. Engañan los camalotes y juncales. Los embalsados son islas flotantes, tierra que viaja, con pasajeros inocentes como carpinchos y venados. Hay quienes vieron pasar hasta ranchos con su dueño. En la Villa Adelaida, cerca de Santa Rosa, el agua tiene gusto a hierro, la tierra es arena colorada y en verano hace un calor dulce y espeso: huele a dátiles, a zapallo y a choclo, como una lejana carbonada. En cuanto llegábamos a la estancia, la cocinera se ponía a hacer dulce de leche para todos: su hija revolvía horas la olla donde se cocía la leche con azúcar, siempre en el patio. La minoría es la casa de los peones y la mayoría la del patrón. En las estancias correntinas la cocina es un edificio aparte, como un polvorín. El charque se ahúma en el techo al resguardo de las moscas.<br /><br />Los chicos de la casa odiábamos la siesta porque nos obligaban a dormir. Ahora pienso que era una artimaña de los mayores para no preocuparse por nuestras diabluras mientras ellos roncaban a pata suelta. Todos los días inventábamos una fórmula para burlar la estricta custodia de María Luisa, la tía viuda por cuyo cuarto debíamos pasar para escapar a la libertad. A esas horas el calor pesaba como un muerto. Nos metíamos en los secaderos de tabaco y armábamos unos cigarros descomunales enrollando las hojas: la sensación de libertad se multiplicaba a cada pitada que dábamos con los ojos medio cerrados por el humo. Todavía me zumba en los oídos la conversación de las chicharras en la siesta correntina: cuando se callan oigo el murmullo intermitente de las palomas.<br /><br />A la tardecita, cuando el sol aplacaba su castigo, nos íbamos a la laguna. Antes de meternos en el agua debíamos espantar las palometas. Removíamos el agua a pedradas desde la costa y de paso ahuyentábamos también algún yacaré que se movía perezoso hacia otro lugar donde pasar la noche. El agua estaba rica y el vértigo de ser mordidos ni nos preocupaba mientras estuviéramos en movimiento o en la balsa que no terminábamos de componer: las palometas son pirañas solitarias que muerden bravo a los animales. El resto del día lo pasábamos arriba del caballo, casi siempre acompañando a los peones en su trabajo: arrear ganado, cortar y acarrear dátiles para los chanchos, buscar sandías, pesar balas de tabaco... Un día arreamos de vuelta a casa a los gansos que habían escapado al otro lado de la laguna. Los sapos cururú son compañeros solemnes en todas las galerías correntinas y a la noche se atolondran debajo de las lamparitas a zamparse miles de insectos idiotizados por la luz. <br /><br />Ese verano hubo seca. El calor apretaba y bajaba el nivel de las lagunas. Cuando la situación se volvió crítica, María Luisa nos convocó a todos a rezar el rosario para pedir agua al Cielo. Nos sentamos en círculo a la sombra de un chivato: vinieron también los hijos de los peones y del servicio de la mayoría. En el cuarto misterio cayeron las primeras lágrimas pesadas en la arena picada de verdolagas. Subía el olor narcótico de la lluvia cuando nos refugiamos en la galería del diluvio que organizamos con avemarías. Entonces María Luisa empezó el quinto misterio.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-5648720761654363315?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-51819916030384398992008-02-11T12:22:00.007-02:002008-03-10T12:33:35.706-02:00HuáscarDebió ser en enero de 1986. Visitaba el diario <em>El Mercurio</em> de Santiago de Chile en su nueva sede de Lo Curro. En el despacho del director –que no estaba– me quedé embobado con una maqueta bastante grande de un combate naval que adornaba la sala desde una caja de vidrio: un velero y un vapor blindado trabados en batalla. Años después visité <em>El Mercurio</em> de Valparaíso y entonces supe de la afición del director por las representaciones del combate de Iquique: estaban por todos lados.<br /><br />El 21 de mayo de 1879 el capitán Arturo Prat, comandante de la corbeta chilena Esmeralda, abordó sable en mano el monitor peruano Huáscar en el momento mismo en que lo hincaba al medio con su espolón de proa en la bahía de Iquique. Prat fue muerto cuando avanzaba hacia la torreta de mando del almirante Miguel Grau. La Esmeralda se hundió después de la tercera arremetida del Huáscar que la partió al medio. Murieron 135 chilenos y un solo peruano que asomó la cabeza por una escotilla. Mientras el Huáscar se afanaba en rescatar del agua a los sobrevivientes de la Esmeralda, otros dos buques se enredaron en su propia escaramuza. La cañonera chilena Covadonga (había sido tomada a los españoles en 1865) y el Independencia, otro blindado peruano, que tenía órdenes de Grau de seguirla en su escapada hacia el sur. Rajaba a toda pastilla con apenas 412 toneladas, rascando el fondo, casi en la rompiente de Punta Gruesa. La Independencia era mucho más veloz y cuatro veces más pesada. Cuando estaba a punto de alcanzarla se topó con un risco que le cortó la quilla como un abrelatas. La Covadonga viró en redondo y se cebó sobre la Independencia que chapoteaba impotente, ensartada en el risco. El comandante de la Covadonga tenía dos primos peruanos en la Independencia. Después de Iquique y Punta Gruesa, el buque insignia de la armada peruana siguió su singladura de guerra al mando de Grau, pero todos dicen que la Guerra del Pacífico se ganó y perdió ese día. El 8 de octubre el Huáscar se enfrentó en Punta Angamos contra la flota chilena que lo acorraló y se lo llevó como botín de guerra antes de que los peruanos pudieran hundirlo. En plena batalla una bala de acero de 250 libras encontró a Grau en la torre de mando y lo desparramó por la misma cubierta en la que muriera Prat el 21 de mayo: era de esos militares que pelean a cuerpo gentil y sin siquiera esconder la cabeza entre los hombros.<br /><br />El Huáscar flota todavía en la bahía de Concepción, al sur de Chile, cerca de la Base Naval de Talcahuano. Es un buque museo, como tantos, pero no está amarrado sino fondeado en la rada: se llega en un bote que traslada a los visitantes desde el muelle. Se lo puede ver todavía gallardo a unos 300 metros de la costa. Subí a bordo con el recuerdo intacto de mis visitas a <em>El Mercurio</em>. Es un monumento al coraje y a la hidalguía con que se enfrentaron hasta parientes de las marinas de guerra de Chile y el Perú. Homenaje a la hermandad singular de dos pueblos de América. Muchos de ellos habían peleado juntos contra la flota española en Valparaíso y El Callao doce años antes. Al llegar a cubierta la emoción es un cañonazo que se mete en la barriga. De los mil episodios de la Guerra del Pacífico, el Huáscar los resume a todos y es suficiente para recordar el valor con que combatieron dos pueblos y dos caballeros cuyos abuelos pasearon por los mismos malecones del mediterráneo español.<br /><br /><a href="http://1.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/R8f8owjMkWI/AAAAAAAAAuI/LDELUd74i5M/s1600-h/Hu%C3%A1scar3.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://1.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/R8f8owjMkWI/AAAAAAAAAuI/LDELUd74i5M/s400/Hu%C3%A1scar3.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5172380474215797090" /></a><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-5181991603038439899?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-56427973805482166232008-01-31T17:54:00.000-02:002008-02-10T18:17:37.237-02:00NaufragioEl canal Vinculación une los ríos San Antonio y Luján en el Delta del Paraná, apenas a 50 kilómetros del centro de Buenos Aires. Es el camino obligado para los yates, barcos y lanchas que salen de los puertos de San Fernando y Tigre hacia las islas del Delta: un inmenso laberinto de ríos y arroyos que forman el Paraná y el Uruguay antes de convertirse en el Plata, que los conquistadores llamaron Mar Dulce porque no podían creer que esa enormidad fuera un río. El Delta es otro mundo surcado por embarcaciones: lanchas veloces, yates de crema pastelera con señores solemnes tocados de capitán, chinchorros, balandros, veleros al viento con sus spinakers, genoas, foques y mayores. El espectáculo del Vinculación en las mañanas soleadas de los fines de semana es para alquilar balcones (o cubiertas): ahí navega con sus gallardetes al viento la flor y nata de la crisis argentina. El canal es un concurso de estelas que provocan una marejada capaz de hundir al Poseidón.<br /><br />Una linda mañana de domingo de agosto de 1982, salí a remar con Félix Racca, un amigo poco náutico pero bastante aventurero. A pesar de ser pleno invierno no hacía frío. Entonces era socio del Rowing Club, un club de regatas muy inglés, situado sobre el río Luján, en el Tigre. Salimos en un doble par con timón, pero no llevábamos timonel. Es que también íbamos con una agenda secreta y prohibida: en esos días ensayaba una vela de quita y pon para travesías más largas por el Delta del Paraná. Para eso necesitaba el timón y toleteras que me permitieran fijar los obenques. El palo estaba desarmado en segmentos que se encastraban y cabía, junto con la vela, en un bolso en el que también llevaba algo de comida y un abrigo.<br /><br />A pesar del buen tiempo ni se nos ocurrió que aquel domingo saldría tanta gente a navegar. Quizá por eso nos metimos en el Vinculación en lugar de remar por riachos más calmos rumbo al estuario del San Antonio, que era nuestro destino. El canal se llenaba de barcos y la marejada entraba por las bordas sin darnos tiempo a achicar. En segundos el bote se llenó de agua y se dio vuelta. Flotaba pesado y desarmado entre las estelas y los barcos que surcaban el Vinculación sin siquiera mirarnos. Por fin un yate se acercó: el piloto nos echó un salvavidas atado a un cabo del que se agarró Félix, mientras yo intentaba recuperar las partes del bote que flotaban por el agua: remos, carritos móviles, timón, bichero... temía el reto que me daría el capitán del club si perdía algo. A duras penas conseguí darlo vuelta y meter todo adentro del casco anegado. Llegué hasta la orilla como un condenado a trabajos forzados. En la isla achiqué el agua y lo volví a armar. El bote se salvó completo, pero la vela, la ropa y los sandwiches se fueron a pique. Volví al agua a reunirme con Félix que esperaba tomando algo caliente en el yate que había fondeado cerquita.<br /><br />Amarré el bote al yate y subí a cubierta. Félix me hacía gestos con los ojos pero no lograba descifrar su mensaje. Nuestro anfitrión era el Jefe de la Armada Argentina que paseaba con su mujer; un barco de la Prefectura lo custodiaba discreto. La Guerra de las Malvinas había terminado dos meses antes y el almirante había sido el principal impulsor de la reconquista de las islas: una gesta que abusó del sentimiento de los argentinos para perpetuar una dictadura en retirada. El General Galtieri le había comprado la estrategia que, si salía bien, lo subiría al panteón de los próceres y lo mantendría en el sillón de Rivadavia por unos cuantos años. Con papas fritas de paquete y un vinito reparador el almirante nos contó que, después del hundimiento del viejo crucero General Belgrano, decidió guardar la flota en puerto. Confirmé entonces que habíamos peleado una guerra naval mezquinando la flota para no hundirla. Para colmo el almirante nos dijo también que habíamos estado a punto de ganar la guerra: ahora sabía que si aguantábamos unas horas más los ingleses se retiraban vencidos... <br /><br />El único que seguro no gana la lotería es el que no compra billetes. No usé esta metáfora, pero dije algo parecido y cambiamos de tema para no arruinar la hospitalidad. El almirante no podía ignorar que las guerras se ganan matando y muriendo. Al final de las batallas los valientes que pierden y sus buques están más cómodos en el fondo del mar que en la vergüenza del puerto. Casi no quedaron aviones de combate en la Argentina al final de la guerra, mientras que la Armada solo perdió un crucero que se había salvado de Pearl Harbor en 1941 y un pequeño aviso. El almirante lo sabía 40 años antes, cuando preparó el primer plan de recuperación de las Malvinas. ¿Porqué guardó la flota? Muchos sospechan, pero ya nadie lo sabrá porque murió el 9 de enero de 2008.<br /><br /><a href="http://2.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/R6Rh0MJTtUI/AAAAAAAAArQ/oXmHkNa7tY0/s1600-h/Anaya.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://2.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/R6Rh0MJTtUI/AAAAAAAAArQ/oXmHkNa7tY0/s400/Anaya.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5162358622114788674" /></a>Igual le debo el salvataje. La ropa que nos prestó se la devolvimos limpia con un ramo de flores para su mujer unos días después del naufragio.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-5642797380548216623?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-84193297638908459402007-12-25T21:04:00.001-03:002008-03-28T16:11:33.178-03:00Bote de pimientosLa anteúltima vez que estuve en casa de los Ramírez en Madrid comimos pimientos rellenos. Los cocinó Pablo mientras Mica cuidaba de Gabriela, recién nacida. Tanta habrá sido mi admiración que Pablo me regaló un bote ahí mismo. Era un frasco de conserva, cilíndrico y con tapa de latón, lleno de pimientos del Piquillo apretujados en aceite de oliva.<br /><br />En ese mismo viaje almorcé con Carlos Soria en Puente la Reina, donde probé, una vez más, esas lenguas de Lenín y terciopelo acomodadas en el plato como una flor de Navidad. En Tarragona me volví a encontrar con los pimientos cuando cené con Toni Piqué en un gracioso restaurante que no tiene cocina sino abrelatas y sacacorchos: solo dan comidas en conserva con estupendos vinos de la tierra. Llegué de nuevo a Madrid con el tiempo justo para subirme a un <em>Easy Jet</em> que me dejó en Londres. Los pimientos de Pablo siguieron viaje en el fondo de la maleta y me acordé de ellos cuando desempaqué en casa de Alfredo Triviño.<br /><br />Olvidé el frasco en un cajón, debajo de una cama sofá que tienen en la sala de estar. Allí los había puesto al llegar, al abrigo de los juegos que sus niños, que entonces eran dos. Me di cuenta en Buenos Aires cuando los eché de menos unos días después de llegar. Le advertí a Alfredo que allí seguirían para que dieran cuenta de ellos, pero al ver la fecha de vencimiento decidió que había tiempo para comerlos juntos en otro viaje.<br /><br />A fines de noviembre regresé a Londres sólo por unas horas para ver a Pelle Tornberg. Perdí casi todo el tiempo en volver por un paraguas prestado que dejé en el guardarropa de la National Gallery, donde me refugié del aguacero de las once. También perdí mi teléfono: lo recuperé en la catedral de Westminster cuando volvía a la estación Victoria a tomar el tren a Gatwick. Me esperaba custodiado por un guardia que en ese momento almorzaba un estupendo sandwich a dos manos en su oficina debajo de la torre. Me señaló con el dedo meñique el cajón de su escritorio donde guardaba objetos perdidos, casi todos anteojos que claman por sus dueños como mascotas desamparadas. <br /><br />Volvía con los pimientos en mi mochila. Pero en Gatwick resolvieron que era una peligrosa bomba de tiempo. En lugar de fusilarme, me mostraron un gran cesto donde podía dejar el bote para que algún artificiero de la policía secreta británica arriesgara su vida entre pomos de crema <em>antiage</em> y desodorantes en aerosol. No pensaba desprenderme de los pimientos ni en broma, así que volví sobre mis pasos para despacharlos como equipaje en el mostrador de <em>Easy Jet</em>. Improvisé el embalaje con unos pedazos de cartón de una caja vieja y el pegote para identificar las maletas. Una azafata mofletuda y anaranjada me entregó el resguardo entre solemne y divertida y dejó mi bote en la cinta transportadora. Llegué al avión cuando cerraban la puerta y me senté como pude entre dos gordas que comían galletitas sin parar. En Madrid me reencontré con mis pimientos, que ni explotaron ni se convirtieron en Allien: aparecieron entre unas maletas en las que cabía Bin Laden en carne mortal. <br /><br />Todavía faltaba la prueba de fuego: el aeropuerto de Ezeiza, en Buenos Aires. Unos perritos bastante ridículos de la temible Senasa -la Stasi de la bromatología local- correteaban entre las maletas a contracorriente de la cinta giratoria. Descubrieron butifarras y ensaimadas que los agentes secuestraron implacables ante el llanto de sus dueños. Después vino el escáner de la aduana, buscador de tecnología de punta mal habida. Un fisgón de pantalla encontró el frasco escondido entre mi ropa arrugada y me ordenó que abriera la valija. Fue directo al bote con su mano enguantada de paramédico y me lo mostró con aire pícaro y hambre de pimientos. Le conté la historia y me perdonó la vida. Un buen día nos los comimos en mi casa de Buenos Aires rellenos de carnecita y bechamel.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-8419329763890845940?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-33071731107188738212007-11-11T13:43:00.000-03:002007-12-03T10:37:10.488-03:00Sarah HellenLlegué al Lima unos días después del terremoto que desparramó por el suelo a la ciudad de Pisco. Duraba en los limeños el susto tremendo de aguantar casi dos minutos de sacudón y no podían hablar de otro tema. Seguían los remezones y réplicas, que tienen también lo suyo: el más fuerte lo sentí todavía en Guayaquil, una noche en que el hotel se movió como si fuera de bambú. <br /><br />Dice la enciclopedia de los sismos que el del 22 de mayo 1960 en Valdivia, Chile, fue el campeón mundial de los terremotos, con 9.5 de la escala de Richter: desaparecieron islas, otras surgieron, los ríos cambiaron de cauce y el mar se retiró por algunos minutos para volver en una ola de doce metros que destruyó lo que quedaba. Murieron 1.600, 3.000 quedaron heridos y dos millones en la calle. El maremoto provocó, además, 138 muertes en el Japón, 61 en Hawai y 32 en las Filipinas. Lo comparaba Charles Richter con una explosión de 260 millones de toneladas de TNT, pero a esas alturas da igual contar dinamita, martillos neumáticos o alfajores de dulce de leche. <br /><br />Durante el terremoto se vuelven cómicas las recomendaciones reglamentarias pegadas en algunas paredes: “lugar seguro en caso de sismo”: nadie explica para qué sirve una columna de hormigón en un piso 19 cuando se desploma el edificio. Además, todo depende de a dónde a uno lo pille: siempre es peor en el Tercer Mundo que en el Primero. En Japón antes morían como moscas y ahora son <em>bloopers</em> para la televisión. En San Giuliano di Puglia en 2002 murieron 26 niños en una escuela mal construida. El <em>tsunami</em> de Sumatra de diciembre de 2004 se llevó 283.000 almas. En Pisco 150 pasaron a la otra vida durante un funeral porque se les desplomó el techo de la iglesia. Van por 517 muertos cuando esto escribo y todavía suenan móviles entre los escombros de un hotel. Además se derrumbaron todos los pabellones del cementerio porque nadie los construye antisísmicos...<br /><br />Todos menos uno: el que aloja en su séptimo nivel a Sarah Hellen, una bruja inglesa que fue enterrada en Pisco porque en su tierra la despacharon como una carga radioactiva. En pleno Lancashire los civilizados ingleses ajusticiaron el 9 de julio de 1913 a tres hermanas por asesinato, brujería, vampirismo y magia negra. Una de ellas prometió resucitar 80 años después y vengarse de todos los descendientes de sus acusadores. Asustados por la amenaza prohibieron enterrarlas en el cementerio local y así empezó el calvario de su viudo que terminó en 1917 en el puerto de Pisco, donde las autoridades le dejaron enterrarla cristianamente, previo pago de cinco libras. En 1993, al cumplirse los 80 años de su asesinato, los habitantes de Pisco se organizaron para esperar a Sarah y rematarla con estacas y cruces, no fuera que al volver a la vida confundiera Pisco con Blackburn y pagaran justos por pecadores. No resucitó, y fue entonces que los pisqueños empezaron a rezarle y a pedirle favores. Hoy, después del terremoto, su tumba tiene siempre flores frescas y exvotos agradecidos. Así es la América mestiza: los ingleses se lo pierden.<br /><br /><a href="http://2.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/RuhVaSBiMtI/AAAAAAAAAPs/vRc2DnlTQqA/s1600-h/Sarah+Hellen2.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://2.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/RuhVaSBiMtI/AAAAAAAAAPs/vRc2DnlTQqA/s400/Sarah+Hellen2.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5109427687255061202" /></a><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-3307173110718873821?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-35097881022407228952007-10-17T10:20:00.000-03:002007-10-18T09:59:35.855-03:00Día del PeriodistaEn la Argentina se celebra el Día del Periodista al cumplirse el aniversario de <em>La Gaceta de Buenos Aires</em>, el periódico fundado por Mariano Moreno el 7 de junio de 1810, días después de la Revolución de Mayo que derrocó al virrey Cisneros. Moreno era un jacobino roussoniano, un poco resentido, que estudió Leyes en Chuquisaca. Murió el 4 de marzo de 1811 en la goleta inglesa <em>Fame</em> cuando viajaba a Londres a buscar apoyo para la Revolución. Su hermano Manuel, que viajaba con él, siempre sospechó que el capitán del barco le dio arsénico en lugar de un vomitivo. Su cuerpo terminó en el fondo del mar envuelto en la <em>union jack</em>.<br /><br />En Posadas se hizo tradición entre los periodistas celebrar a don Mariano Moreno enfrente de un busto que lo recuerda en la avenida Mitre. Pero en estos tiempos jorobados para la libertad, aquel sencillo acto fue copado por el sindicato de los "trabajadores de prensa" de Misiones, dominado por amigos del gobierno. El día anterior llegó al diario un fax con la invitación a un extenso programa en el que figuraba el Himno Nacional, interpretado por la banda de la Policía de la Provincia que espía nuestros teléfonos, asistencia de colegios para que haya público, oración de un cura con apellido polaco. Todo regado con discursos del secretario general del sindicato, del intendente de la ciudad y del presidente de la legislatura provincial. Colocarían, además, ofrendas florares a los pies del prócer. Periodistas no aparecían por ningún lado.<br /><br />En el diario decidimos anticiparnos y nos complotamos para madrugarles el acto. Nos reunimos a las ocho de la mañana, con unas flores y sin más preámbulos ni música que nuestra presencia. Con el fotógrafo sumamos nueve personas. Muertos de frío y divertidos por los chistes de dos de nosotros -humoristas gráficos- nos hicimos la foto delante del monumento a Mariano Moreno. Antes limpiamos un poco el lugar con una escoba vieja que encontramos allí mismo. Mientras esto hacíamos llegó un camión con empleados municipales a instalar los equipos de audio que retumbarían las palabras de los funcionarios una hora después: ellos fueron nuestro público. La noche anterior obreros de la intendencia pintaron de blanco el busto de Moreno: los brochazos de cada año engordan al prócer y borran sus rasgos. La placa que recuerda su nombre a los transeúntes casi no se lee por la pintura que se acumula entre sus letras. <br /><br />Nos divertimos todo el día imaginando el acto de los funcionarios. Cuando llegaron, descansaba a los pies de Mariano Moreno un ramo de flores de <em>El Territorio</em> y otro de la revista de humor <em>Mbarigüí</em>. No asistió el presidente del parlamento provincial, el mismo que prohibió las reuniones de más de dos personas en la legislatura. El intendente de Posadas bramó por altoparlantes en contra del gobierno provincial. Le retrucó el subsecretario de gobierno, responsable del robo de miles de documentos para cometer un fraude flagrante en las últimas elecciones. También escupió palabras inconexas el secretario general de sindicato, en nombre y representación de su propio bolsillo... Hasta leyeron un mensaje del gobernador, un déspota que intentó modificar la constitución provincial para morir en el poder. Al final se aplaudieron con codicia y se fueron a desayunar chocolate con medialunas.<br /><br /><a href="http://4.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/RmlquJmw4rI/AAAAAAAAAIE/lMT5hm4Co8I/s1600-h/Sixto+070607%3D06.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://4.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/RmlquJmw4rI/AAAAAAAAAIE/lMT5hm4Co8I/s400/Sixto+070607%3D06.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5073703796294607538" /></a><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-3509788102240722895?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-15991087863259199812007-09-22T21:58:00.000-03:002007-10-02T11:33:01.443-03:00La billeteraViajé de Guayaquil a Lima a la tarde del 26 de agosto, cuando ya anochecía. Llegué a las 10 de la noche y seguí viaje a San Isidro en un carro de la radio que me fue a buscar al aeropuerto y me acercó hasta un departamento en la avenida Angamos y Francisco Tudela. Cuando llegamos, cerca de las doce de la noche, no había portero ni nadie que supiera qué hacer para entrar. El chofer era un tipo divertido y metedor, de esas personas que uno contrataría para lo que sea. Debía tener ganas de irse a dormir porque apretó sin remilgos todos los botones del intercomunicador de la puerta de calle. Solo contestó una señora que le dijo con una paciencia de santa que no había portero ni modo de abrir ese departamento que no fuera con la llave. Llamé por teléfono a la radio: en la guardia tenían un sobre con mi nombre. Fuimos para allí. Adentro del sobre de papel manila había un mapa, un juego de llaves y 400 soles. Después de varios intentos conseguí abrir la cancela y despedí al coche y a mi amigo el chofer. Pero en la puerta del 3º A, no hubo caso: no pude abrirla ni girando la llave a la inglesa o a la francesa. Por hacer palanca casi la rompo. Maldije la idea de mis anfitriones de instalarme en un piso para ahorrar un poco de plata: un hotel es tanto más hospitalario para una visita de pocos días.<br /><br />Debía ser la 1.30 cuando me di por vencido y decidí buscar un hotel. No pasaba ni un alma por la calle así que me disponía a buscar en el mapa cómo llegar hasta el Olivar de San Isidro donde me alojé otra vez en un hotel muy agradable. Había caminado unas dos cuadras cuando apareció un taxi vacío: no se si fue buena o mala suerte, porque cuando me subí encontré una billetera de mujer en el asiento de atrás. Tenía dinero, documentos y tarjetas de crédito. Antes de llegar al hotel -que ahora se llama Sonesta Posada del Inca El Olivar- cometí el error de contárselo al taxista. Me porfió que debía dársela a él y que era su botín: había aparecido en su auto y por tanto era suya. Le intenté explicar que no era así: desde tiempos de los romanos las cosas son del que las encuentra solo si no son robadas ni perdidas y esa billetera clamaba por su dueña con cuatro documentos que lo certificaban. Además, en todo caso era mía por haberla encontrado, aunque fuera en su carro. Para colmo estaba seguro de mi intención de devolverla y dudaba de la del taxista. Eran las tres de la mañana cuando le pedí intervención al agente de seguridad del hotel ante el acoso del taxista que no pensaba perderse la billetera. El hombre me dio la razón y se las arregló con el chofer. Por suerte había lugar en el Sonesta, por 200 dólares que me chuparon de la Visa para dormir cuatro horas. Le encargué a la conserje que se asegurara de encontrar a la propietaria de la billetera, se la dejé y me fui a dormir agotado. A la mañana la conserje me aseguró que la habían devuelto a una empleada del casino del óvalo Gutiérrez. Ojalá sea cierto.<br /><br />Al día siguiente saqué mis cosas del hotel y volví al departamento. Me recibió la dueña que ya estaba adentro y a quienes habían advertido de mi percance. Aseguró que la puerta se abrió sin problemas, pero nunca le creí: pudo entrar por la puerta de servicio de la que yo no tenía llave. Una traba de hierro que cruzaba de lado a lado estaba levantada. La señora había abierto todas las ventanas y corría un viento helado por adentro del piso. Cuando empecé a cerrar las ventanas se molestó un poco. Por fin, cuando se fue, terminé de cerrarlas. Entonces me di cuenta de que el departamento olía a pis de gato.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-1599108786325919981?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-39235584147470101202007-08-06T13:12:00.000-03:002007-11-14T10:21:15.270-03:00El periodista de los apagonesEn el año 1983 Sendero Luminoso comenzó a atentar contra las torres de alta tensión que alimentan de energía varias ciudades del Perú. Muchas noches Lima quedaba en tinieblas, oscura como la sombra del carbón. No solo falta la luz cuando no hay energía eléctrica: no hay televisión, ni agua, ni calor, ni frío, ni semáforos, ni radares, ni lanzaderas, ni rotativas, ni los millones de zumbidos que arrullan los oídos en las ciudades. La negrura atrapa en lugares insólitos: en la ducha, en un ascensor, en el quirófano... algunos se mueren porque la energía no les marca el paso. Las heladeras pierden sentido y la comida se echa a perder. Cierran las oficinas, las tiendas, los bares y algún vivo se roba lo que puede del supermercado. Por las calles deambulan quienes intentan volver a sus casas a tientas y tropezones. En la oscuridad absoluta no se sabe qué pasa ni qué hay que hacer. Los que están en su casa no se atreven a salir y solo les queda la zozobra de esperar al marido, a la mujer o a los hijos. No había teléfonos móviles entonces, pero sin energía en las antenas tampoco hubieran funcionado. Muchos limeños, aterrados, se hundían en la ansiedad. A las tinieblas se agregaba la explosión de algún coche bomba, los secuestros y las masacres. Sendero Luminoso asesinó a más de 31.000 personas en esos años.<br /><br />Entonces la voz de Miguel Humberto Aguirre -Mihua para todo el mundo- acompañaba a los limeños desde los estudios de Radio Programas del Perú. Cuando empezaron los atentados, en RPP compraron urgente dos generadores, uno para el estudio y otro para la antena de transmisión. Así se mantuvo en el aire, y en medio de la inmensa ansiedad, Mihua acompañaba y contenía a los oyentes con simpatía y le quitaba dramatismo al apagón: lo contrario de lo que buscaba Sendero Luminoso. Hoy los limeños reconocen a Mihua cuando habla. Lo he comprobado al acompañarlo en un taxi, andando por la calle o al pedir el menú en un restaurante. Todavía le queda un dejo chileno a este periodista que vive en el Perú desde el 15 de septiembre de 1973. Por casualidad estaba afuera de su país -en Brno, entonces Checoslovaquia- cuando el golpe de Pinochet. Y ya no volvió a su patria hasta el plebiscito que en 1988 le dijo no al general. "No quería pedir permiso para entrar a mi país" se excusa restándose importancia. Entonces ya era tarde para otra mudanza familiar y ya se quedó en el Perú.<br /><br />La voz de Miguel Humberto Aguirre en los apagones de Lima sitiada por Sendero Luminoso es un paradigma del periodismo que cambia la realidad en lugar de mirarla desde afuera. Mihua no relataba el apagón: lo sufría junto con sus oyentes a quienes animaba, contenía y calmaba. En Radio Programas del Perú estaban seguros de la misión que debían cumplir en ese momento de la historia del país, pero también sabían muy bien que una radio siempre debe estar en el aire y con potencia. Hoy es la emisora con más audiencia y más credibilidad del Perú. También la más querida por los peruanos.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-3923558414747010120?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-24097799659779852582007-08-02T11:58:00.000-03:002007-08-02T12:10:50.721-03:00Iberia y AlcazarquivirJosé Saramago es un provocador infatigable y entretenido: hasta cara tiene de pícaro. Acaba de profetizar la integración de España y Portugal en una divertida entrevista que publicó <em>Diário de Noticias</em> de Lisboa el pasado 15 de julio. El nuevo país se llamará Iberia, producto de la unión de ambos y no de la anexión de uno por el otro. Madrid, en el centro de la península, seguirá siendo la capital. Portugal mantendrá su independencia cultural, como Cataluña, Galicia o el País Vasco y convivirán juntos en el espacio común europeo. La línea aérea no tendrá que cambiar de nombre y los reyes podrán volver a Estoril. Don José piensa que sería mucho más provechoso para España y Portugal integrar un país fuerte y poderoso, que haga oír su voz y sentir su peso en Europa como Francia o Alemania. Al final, las diferencias son tanto menores que las semejanzas y la unidad geográfica de ambas naciones es incontrastable. Saramago mismo es una muestra de ello: aunque nacido portugués, vive hace catorce años en Lanzarote (Islas Canarias) y su mujer es granadina.<br /><br />El 4 de agosto de 1578 se libró la batalla de Alcazarquivir, cerca de Fez, en el norte de África. Es conocida también como la batalla de los Tres Reyes, porque allí murieron Sebastián de Portugal y los sultanes Muley al-Mutawajil y Abd el-Malij. Sebastián, con 24 años, había cruzado el estrecho con 16.000 hombres para auxiliar a Mutawajil en sus pretensiones al trono de Marruecos contra Malij, pero parece que andaba queriendo quedarse con una parte del reino magrebí y había prometido matar a todos los judíos de Marruecos si ganaba. Dicen que no había familia portuguesa que no tuviera un muerto en Alcazarquivir. También pelearon y murieron españoles, alemanes y franceses. Y los judíos de Marruecos todavía celebran su buena estrella.<br /><br />Pero la consecuencia más interesante de la batalla de Alcazarquivir fue la unión de los reinos de España y Portugal. Felipe II, que era tío de Sebastián y nieto de Manuel II de Portugal, aprovechó el trono vacante y sin herederos para reclamar sus derechos y mandó a Lisboa al Duque de Alba con tropas suficientes para asegurarse la sucesión. Fue así que, desde 1580 hasta 1640, España y Portugal fueron un solo reino, como le gusta a Saramago. Y América también fue una sola porque se borró durante esos años la línea de Tordesillas. Todo era Iberia, desde los Pirineos a Lisboa y desde Oregón a Tierra del Fuego. Hasta el Amazonas y el País de la Canela, la indomable Nueva Andalucía, que Francisco de Orellana intentó conquistar primero desde Quito y luego desde el Atlántico. <br /><br />No es la primera ni la segunda vez que España y Portugal piensan en la Unión Ibérica. Siempre existió entre ambos países un germen que tiende a juntarlos, nacido de la evidente unidad geográfica de ambas naciones y del sentido del destino común. En el siglo XIX intentaron más de una vez la unión dinástica de las coronas de España y Portugal para convertir a la península en un solo reino y hasta se creó una bandera que mezcla los colores de España y Portugal en cuatro partes iguales.<br /><br />La unión de dos reinos por sucesión o por matrimonio era perfectamente natural a los contemporáneos de Felipe II y el pobre rey Sebastián. Pero si hace 50 años nos decían que iba a dejar de existir Alemania Oriental nos hubiéramos reído. Checoeslovaquia era una sola palabra, pero ahora resulta que son dos países. La Unión Soviética no solo cambió de nombre: desaparecieron la Unión y el Soviet. Ceilán ahora se llama Sri Lanka, y Birmania, Unión de Myanmar… Moldavia, Bielorusia y unos cuantos más estaban escondidos detrás de una cortina. Timor Oriental se desprendió de repente de Indonesia. Formosa figura en el mapa pero no existe para casi nadie por las presiones de China. <br /><br />A la vez que se borran las fronteras entre los países se exacerban las nacionalidades más pequeñas, localistas, basadas en la tradición del propio valle, necesitadas de su folclore y del ancla en el terruño. Es un movimiento centrípeto producido por su contrario, centrífugo, de los grandes bloques continentales. Hoy pueden Portugal o el Algarbe integrar perfectamente las autonomías españolas como una más, sin que se mueva un pelo a nadie. De hecho, Cataluña es más independiente de España que Portugal, hipercolonizada por empresas españolas. Y es más probable encontrar una bandera española en Londres que en Bilbao. Vamos hacia un mundo de localismos que conviven en grandes bloques, como hace siglos ocurrió con los imperios, que cambiaban por conquista o matrimonio las fronteras anchas de sus dominios pero no las pequeñas de sus comarcas. No es una novedad para los analistas de la realidad mundial, pero es una de las más notables características de nuestra era, que cambiará el modo de ver el mundo, también en nuestro continente. Y José Saramago no es poca autoridad para anunciarlo.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-2409779965977985258?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.artag:blogger.com,1999:blog-32202472.post-82133049982286332742007-06-03T21:53:00.000-03:002007-07-30T21:36:22.939-03:00Piedra fundamentalCon alegría de zapatos nuevos estrenaba mi oficina en pleno centro de Buenos Aires. Llevaba mi computadora y los libros que cabían en mi eterna bolsa negra con letras rojas de <em>Clarín</em>. Quería instalar, con la inocencia de un esquimal, el código genético de mi nueva usina. Por eso llevaba como piedra fundamental mis libros de Marshall McLuhan. Además viajaban en ese bolso <em>Life After Television</em>, de George Gilder, y <em>Mind Grenades, Manifestos from the Future</em>, la estupenda colección de las granadas con que empezaba cada número de la revista <em>Wired</em> en la época de Louis Rossetto y John Plunkett. También <em>La hoja roja</em>, de Delibes que estaba leyendo en esos días y <em>La nueva Edad Media</em>, de Alain Minc que necesitaba para terminar un artículo sobre la primera guerra de la segunda Edad Media para <em>El Universo </em>de Guayaquil.<br /><br />Dejé el coche en una playa de estacionamiento cercana y caminé hasta Viamonte y San Martín cargado con las dos valijas. Cuando llegué a la puerta del ascensor, no estaba en la planta baja, así que dejé en el suelo el bolso de los libros para llamarlo; la computadora quedó colgando del otro hombro. Una señora bajita y morocha se puso demasiado cerca y empezó a bombear el botón con insistencia, apurada. Quise explicarle que el sistema es eléctrico y no mecánico: el ascensor no sube ni baja a fuerza de golpes de botón… pero la señora desapareció enojada, insultando al loco del botón.<br /><br />Desapareció con mi bolso negro de letras coloradas, con las obras completas de San Marshall, con la vida después de la televisión y con unas 30 granadas activadas para reventar algún cerebro. Un despistado estaba allí en el momento del atraco, distrayendo al portero con una pregunta pava. "Se fue para allá" me gritó señalando el lado contrario a la fuga. Después me enteré de que era un compinche; siempre es tarde cuando el padre de todos los vivos te explica cómo funciona la picaresca porteña. De paso te aseguran que no se puede andar por las calles de Buenos Aires sin prestar atención a pungas, rateros y descuidistas. Además nunca hay que dejar bolsos y maletas en el suelo y mucho menos cuando se espera el ascensor en el hall de un edificio y hay alguien merodeando... Al final el culpable es uno mismo.<br /><br />Consuela pensar que la gitana que me robó se quiso cortar las venas cuando abrió el bolso negro y gastado de <em>Clarín</em> lleno de libros en inglés. Enfrente del portal del edificio, cruzando la calle Viamonte, miraba la escena un pordiosero que pide limosna en la verja del monasterio de Santa Catalina. Lleva siempre, como segunda piel, un anorak sucio y raído que un san Martín de saco y corbata le regaló en una fría mañana de invierno; para eso es el patrono de Buenos Aires. En las mangas de la campera, entre hombros y puños, todavía se puede leer en letras romanas de caja alta: UNIVERSIDAD DE NAVARRA.<br /><br /><a href="http://1.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/Rq6D5W_r8oI/AAAAAAAAAMk/ECsgDYU0XqY/s1600-h/Santa+Catalina_4.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://1.bp.blogspot.com/_s7l79RQR08U/Rq6D5W_r8oI/AAAAAAAAAMk/ECsgDYU0XqY/s400/Santa+Catalina_4.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5093153250051093122" /></a><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/32202472-8213304998228633274?l=venganzadecolon.blogspot.com'/></div>Gonzalo Peltzergpeltzer@medios.org.ar