tag:blogger.com,1999:blog-31214079049740350992008-07-21T12:10:35.012+02:00El blog de Paco Gómez EscribanoPaco Gómezhttp://www.blogger.com/profile/11714888896056493468noreply@blogger.comBlogger32125tag:blogger.com,1999:blog-3121407904974035099.post-88697062310324093542008-06-22T13:13:00.004+02:002008-06-22T13:19:29.388+02:00Algeciras dominical<div><div>Esta mañana de domingo he despertado entre ecos del congreso del PP y los fervores patrios del España-Italia que escupían los auriculares de la radio. Mientras calentaba el café, ya me estaba relamiendo sólo de pensar en el momento casi eucarístico de sentarme en el sofá y experimentar, entre las tinieblas del amanecer, la mezcla alquímica de la nicotina y la cafeína. Tras experimentar el mencionado momento, decidí hacer una visita matinal y dominical a la ciudad, placer y gozo que no me daba desde hace mucho tiempo. Así que cogí el coche y me planté en diez minutos en el centro de Algeciras. Eran las 8.45, pero el periódico, al menos el que yo quería, todavía no había llegado. Con resignación, me senté en la Pza. de Joaquín Ibáñez y encendí un cigarrillo contemplando el silencio que aprisionaba la plaza, sólo roto por el ruido de las escobas de un par de barrenderas que limpiaban el borde de la carretera de la basura que algunos ciudadanos sin escrúpulos habían decidido depositar en la vía pública. Apenas pasaba un coche y no se veía a nadie pasando por la calle. Mis únicos conciudadanos despiertos a esas horas eran esos que mendigan y malviven en la plaza y que a diario conjugan sus andaduras con las correrías de los alumnos del I.E.S. Ventura Morón.<br /><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5214663349609894386" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/SF40sCC_EfI/AAAAAAAAAHw/lDacETJIfas/s320/alge1.jpg" border="0" /><br />Por fin, a eso de las nueve, vi que una furgoneta aparcaba frente al despacho de prensa, señal inequívoca de que mi periódico acababa de llegar. Después de comprarlo, me senté tranquilamente en la Calle Castelar a tomar un café. Nada nuevo: más PP y más fútbol en el periódico, la indiferencia de los camareros de la cafetería de cuyo nombre no voy a acordarme, la terraza vacía y la calle aún más vacía. Al cabo del rato, un camarero colocaba una bandera de España, de las que llevan el toro en el centro, en la reja del bar, y me sirvió un café como si fuera una molestia innecesaria que él se tomaba por cortesía hacia mí. Le di las gracias con ironía inglesa y entonces sí, me dediqué durante una hora a saborear otras noticias más escondidas pero más interesantes. Por supuesto, cuando decidí marcharme, tuve que entrar dentro del bar a rogar que me cobrasen.<br /><br />El paseo hasta la Pza. Alta resultó un bálsamo para los sentidos, ya que las calles seguían vacías y pude aspirar sensaciones que sólo se respiran en soledad. Dicen que Algeciras es una ciudad fea y, ciertamente, bonita no es, aunque lo fue. Lo atestiguan las casas señoriales y otras no tan señoriales que muestran en estado de ruina sus bellos atributos arquitectónicos y que los dueños, o quienes sean, dejan que se hundan para construir pisos y apartamentos modernos y estéticamente horribles. Sí, Algeciras no es bonita, pero a mí me gusta pasear por sus calles y descubrir los restos de la otrora Algeciras que seguramente embrujaba al caminante. La Pza. Alta, que en un día de diario está llena, produce vértigo un domingo por la mañana sin nadie que dé de comer a las palomas o que charle con el vecino.<br /><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5214663540397631986" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/SF403IyU6fI/AAAAAAAAAH4/VhtntiQz8Uo/s320/alge2.jpg" border="0" /><br />Al llegar a la Calle Ancha volví a sentarme en una terraza para terminar de leer el periódico. Otra característica de la ciudad son los pedigüeños que importunan al ciudadano haciéndole elegir entre la comprensión o la solidaridad y el hastío o el “déjame en paz, tío, no me des el coñazo”. Otros solitarios como yo poblaban la terraza de la calle principal de la Algeciras dominical solitaria. Y cuando terminé de leer el periódico, me fui como había venido, con mi periódico bajo el brazo y con un estremecimiento contenido, por la soledad de las calles, por el silencio que flotaba en el ambiente y por lo horroroso de los edificios modernos que, sin gente, se hacen más evidentes. No me preocupo porque mañana es lunes. Volveré a caminar por los mismos sitios pero el bullicio matinal habrá ahogado ese insoportable silencio de los domingos.</div></div>Paco Gómezhttp://www.blogger.com/profile/11714888896056493468noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-3121407904974035099.post-68548737554552066242008-06-10T10:38:00.008+02:002008-06-10T13:26:21.150+02:00Crónica: Viaje a Granada y firmas de José Luis MuñozEran las doce de la mañana del viernes, 6 de junio de 2008, cuando llegué al andén de la estación de Algeciras. Encendí un cigarrillo entre aroma a tren y a estación y me senté en un banco a esperar a Lucía, mi mujer. Había quedado con ella allí. Cuando llegó con el carrito y esa sonrisa suya, pareció como si saliera el sol, siempre me provoca ese efecto. Subimos al tren y dijimos adiós a la que ya se ha convertido en nuestra ciudad, con sus virtudes y sus defectos. Nos esperaban cuatro horas y media de viaje, casi el mismo tiempo que se tarda en ir a Madrid en el Altaria, sólo que éste de Granada es un tren expreso que viaja lento por una orografía más que difícil.<br />Me encanta viajar en tren porque uno se puede dedicar a contemplar paisajes, a levantarse y caminar entre las hileras de asientos poblados de desconocidos y a leer, es el sitio ideal para leer. No tardamos mucho en dar buena cuenta de unos bocadillos de lomo preparados para la ocasión mientras iban quedando atrás San Roque, Jimena de la Frontera y tantos otros pueblos con sublimes encantos del Parque Natural de Los Alcornocales. Después, con la relajación flotando como una leve bruma por el vagón, llegó el tiempo de la lectura. Al llegar a Ronda el tren se quedó casi vacío y la tranquilidad se instaló en el ambiente.<br />Extraje del bolso la novela ganadora del Premio de Novela Ciudad de Badajoz, la culpab<a href="http://bp1.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/SE4-AvrXMBI/AAAAAAAAAG8/QJvhGCLeokk/s1600-h/gra1.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5210170001433505810" style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/SE4-AvrXMBI/AAAAAAAAAG8/QJvhGCLeokk/s320/gra1.jpg" border="0" /></a>le de mi viaje a Granada. Una novela de mi amigo José Luis Muñoz, al que conocí como a tantos otros amigos por Internet, debido a que él participó en nuestro Certamen de Relatos Cortos "Revista Digital I.E.S. Ventura Morón". Una novela que se titula "El mal absoluto" y que trata de los campos de exterminio nazis y del pasado, y de venganzas. El libro se lee bien. Es de esos que, cuando quieres darte cuenta, llevas cincuenta páginas y no te has enterado. Y, sin enterarme, llegamos a Granada. La verdad es que me esperaba otra estación acorde con la categoría de la ciudad. No la conocía y me decepcionó. He visto estaciones de cercanías en poblaciones de Madrid mucho mejores, ciertamente. Y, ni un taxi a la vista, así que permanecimos más de quince minutos esperando entre bocanadas de tabaco y aromas de Granada.<br />Llegamos al hotel a eso de las seis. Había hecho la reserva por Internet. Por cierto, aun habiéndolo hecho con tiempo, me fue muy difícil conseguir una habitación en toda la ciudad. El portal de reservas me dio el Hotel Montecarlo, en pleno centro, un hotel de dos estrellas que está muy bien y el personal amabilísimo. Como la novela me había enganchado en el tren, seguí leyéndola en la habitación después de un pequeño paseo con Lucía y un café. Ella fue a dar una vuelta por la catedral y yo me sumí en "El mal absoluto" entre las paredes de una habitación acogedora. La lectura fue interrumpida con el regreso de Lucía que venía rebosante, con el recuerdo acuestas de los días que habíamos pasado en la ciudad años atrás: yo, examinándome, y ella, pateando las calles, nerviosa por el resultado de las pruebas.<br />Después de refrescarnos y arreglarnos un poco, nos acercamos paseando hasta la librería Picasso, en donde José Luis Muñoz iba a presentar sus novelas "El mal absoluto" y "La caraqueña del maní". Como todavía era pronto, me dediqué a hacer una de las cosas que más me gustan: mirar y mirar y remirar los libros que poblaban los estantes. Con la noción del tiempo perdida, escuché que alguien pronunciaba mi nombre. Al volverme, vi que era José Luis. No nos habíamos visto nunca, pero ambos nos reconocimos por las fotos en Internet. Nos saludamos y charlamos animadamente durante cinco minutos hasta que la hora se echó encima y el escritor tuvo que ir a saludar a otras personas. Porque en una presentación, el que presenta no para de saludar, de ser saludado y de ser fotografiado y hasta agobiado por todos. <a href="http://bp0.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/SE4_Dzv1E6I/AAAAAAAAAHE/33Q5UZRwxxw/s1600-h/gra2.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5210171153577218978" style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/SE4_Dzv1E6I/AAAAAAAAAHE/33Q5UZRwxxw/s320/gra2.jpg" border="0" /></a><br />Llegada la hora, me senté con Lucía dispuesto a escuchar lo que el autor y las personas que le acompañaban tenían que decirnos. Por cierto, escoltaban a José Luis, Alicia Núñez, Gregorio Morales y César Girón. Abrió el acto Alicia, describiendo el universo literario del escritor, prolífico en obras: novelas, relatos, crónicas y columnas periodísticas. Destacó el hecho de que José Luis no es un autor de un sólo género sino que ha ido tocando todos ellos, destacando "quizá" un poquito más en el género de novela negra. Después, Gregorio y César presentaron respectivamente "La caraqueña del maní" y "El mal absoluto". Ambos destacaron la calidad de las novelas y la técnica y el oficio de José Luis Muñoz. Se deshicieron en elogios hacia el escritor, como no podía ser de otra manera.<br />Tras las intervenciones de las personas que acompañaban al autor, llegó el momento esperado. José Luis nos contó exactamente cómo se le ocurrió escribir "La caraqueña del maní". Tras viajar a Caracas a promocionar una novela de género erótico, el autor pudo comprobar por sí mismo la dinámica de la ciudad. El acto de percibir la personalidad y las características de un sitio nuevo no es un acto racional. Es algo de lo que uno empieza a empaparse nada más empezar a caminar por las calles, es como si un hálito de finos hilos de energía se te colara por todos los poros de la piel y tu cerebro empezara a descodificar información en un acto reflejo. José Luis nos contó que enseguida se sintió fascinado por las sensaciones que le provocaba Caracas, sensaciones contradictorias que van desde la espontaneidad y la amabilidad de sus gentes hasta la pobreza y la miseria que flotan en el ambiente. Ninguna de las personas que acompañaban al autor había dejado de sufrir un robo, un asalto o un "secuestro exprés". Pero lo que más le fascinó fue un garito al que le llevaron. Una sala de baile que le ofreció un espectáculo tal para sus sentidos que no pudo hacer otra cosa que apoyarse en una columna y contemplarlo. En ese momento, José Luis ya sabía que iba a escribir una novela sobre todo aquello. Y es que los que escribimos, siempre vamos con la caña preparada para pescar cualquier historia que nos pueda sugerir un argumento. Ya sólo le faltaba dilucidar desde qué punto de vista iba a narrar la historia y, tras pensarlo un poco decidió que, mejor que bajo su perspectiva, la historia iba a ser narrada desde el punto de vista de un personaje que iba a resultar ser un ex etarra refugiado en Venezuela, hecho nada extraordinario ya que varios ex terroristas viven en Sudamérica en un retiro pactado. Así que, una vez en el hotel, agarró su portátil y empezó a aporrear las teclas.<br /><a href="http://bp3.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/SE4_nL_XT0I/AAAAAAAAAHM/JemIeqvjx2w/s1600-h/gra3.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5210171761380249410" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/SE4_nL_XT0I/AAAAAAAAAHM/JemIeqvjx2w/s320/gra3.jpg" border="0" /></a>Tras acabar de hablar de "La caraqueña del maní", José Luis empezó a contarnos cómo surgió "El mal absoluto". Curiosamente, la novela se engendra a raíz del visionado de un documental de la BBC sobre el campo de exterminio de Auschwitz. Documental que yo también vi en su día junto a Lucía y con el que nos quedamos bastante impresionados. Una vez más, el escritor experimenta un hecho que le inspira para escribir una novela. Una novela nada fácil, según nos explicó José Luis, debido a la dificultad para meterse en la propia piel de un nazi que, lejos de arrepentirse de lo que hizo, se muestra orgulloso de su pasado ante la periodista que lo entrevista. Un judío que estuvo en el campo prisionero reconoce en la entrevista al nazi octogenario. Fue su carcelero en Auschwitz, y a partir de ahí, asume que sobrevivió para vengarse. <a href="http://bp2.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/SE5A8RuBk6I/AAAAAAAAAHU/OSUXvAZmnrQ/s1600-h/gra4.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5210173223207015330" style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/SE5A8RuBk6I/AAAAAAAAAHU/OSUXvAZmnrQ/s320/gra4.jpg" border="0" /></a><br />Lo demás fueron aplausos, reconocimientos y firmas de libros que José Luis Muñoz llevó a cabo con paciencia y amabilidad. El que esto escribe recibió su firma y su dedicatoria personal en "El mal absoluto", como tantos otros lectores y admiradores del escritor.<br />Tras el acto, Lucía y yo nos encaminamos hacia una búsqueda melancólica. Queríamos encontrar un viejo bodegón en donde solíamos cenar aquellas noches de nervios y oposiciones. Después de caminar por calles y callejuelas con el embrujo de cientos de años de Historia y cuando ya habíamos perdido la esperanza de encontrar el sitio, apareció allí como por arte de magia ante nosotros. El bar, de cuyo nombre no es que no quiera acordarme, es que no me acuerdo, despide un tufo añejo a vino y a vermut, a fritanga y a antiguo. Podría decirse que es cutre pero con mucho encanto. El caso es que allí cenamos unas generosas raciones de albóndigas y jamón asado acompañadas de un buen vino de la casa. Después, marchamos hacia el hotel con una parada de café irlandés por en medio. <a href="http://bp2.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/SE5BJTRx3ZI/AAAAAAAAAHc/vQ5ZyBYPk1o/s1600-h/gra5.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5210173446963715474" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/SE5BJTRx3ZI/AAAAAAAAAHc/vQ5ZyBYPk1o/s320/gra5.jpg" border="0" /></a><br />La mañana siguiente transcurrió entre el Albaicín, las teterías, la Capilla de los Reyes Católicos y la Catedral, en cuya salida me agarró una gitana, y como no podía zafarme de ella sin violencia me vi abocado a la lectura de la buenaventura y otras vicisitudes que tuve que pagar con un par de euros y un par de cigarrillos. Bueno, más se perdió en la guerra, aunque tenía que haber andado más vivo. Comimos en la plaza del mercado entre aromas florales y melodías ejecutadas por músicos ambulantes. Y finalizamos la estancia regresando al hotel a por nuestras cosas y cogiendo un taxi para la estación de tren que sólo alberga cuatro bancos, con lo que, al final, todo el mundo acaba tirado por el suelo en espera de su tren.<br />El nuestro llegó a su hora y, entre Granada y Algeciras, Lucía, "El mal absoluto" y yo. El tren vacío hasta Ronda y, a partir de ahí, llenazo. Y José Luis Muñoz, que después de Granada marchaba a Madrid, a Bilbao y a la Semana Negra de Gijón. Buen viaje, amigo. Que las venideras presentaciones sean tan agradables como lo fue la de Granada. Y que tengas buenas ventas.<br /><br /><span style="color:#993399;"><strong>Premios de José Luis Muñoz:</strong><br /></span>Ciudad de Seseña Novela Romántica (2008) Ciudad de Badajoz (2007) Camilo José Cela (2007) Letra Erecta (2004) Ciudad de Jumilla (2004) Diputación de Córdoba (2004) Francisco García Pavón (2003) Café Gijón (1999) Ciudad de Alcorcón (1993) Ciudad de Cáceres (1992) Angel Guerra (1991) La Sonrisa Vertical (1990) Félix Urabayen (1989) Ateneo de Albacete (1988) La Odisea (1987) Azorín (1985) Tigre Juan (1985)<br /><br /><span style="color:#993399;"><strong>Libros publicados:<br /></strong></span>EL MAL ABSOLUTO (Algaida, 2008) LA CARAQUEÑA DEL MANÍ (Algaida, 2007) VIAJEROS DE SI MISMOS (Brosquil, 2006) ÚLTIMO CASO DEL INSPECTOR RODRÍGUEZ PACHÓN (Algaida, 2005) LOS RITOS AJENOS (Ayuntamiento de Jumilla, 2005) LLUVIA DE NÍQUEL (Algaida, 2004) EL SABOR DE SU PIEL (Alfadil, 2004) LA PÉRDIDA DEL PARAÍSO - CARIBE (Planeta, 2002) LA PÉRDIDA DEL PARAÍSO - EL FUERTE NAVIDAD (Planeta, 2002) LA PÉRDIDA DEL PARAÍSO - GUANAHANÍ (Planeta 2001) LIFTING (Algaida, 2001) UNA HISTORIA CHINA (Editorial Koty, 2000) LA PRECIPITACIÓN (CIMS, 1999) LA MALFORMACIÓN DE R. MELIC (El Brocense, 1994) EL FINAL FELIZ (Ayuntamiento de Alcorcón, 1993) MALA HIERBA (Grupo Libro 88, 1992) PUBIS DE VELLO ROJO (Tusquets, 1990) LA CASA DEL SUEÑO (Laia, 1989) LA LANZADORA DE CUCHILLOS (Icaria, 1989) SERÁS GAVIOTA (Ayuntamiento de Toledo, 1989) EL BARROCO (Plaza & Janés, 1988) LOS OJOS AJENOS (Ayuntamiento de Toledo, 1988) BARCELONA NEGRA (Júcar, 1987) EL CADÁVER BAJO EL JARDÍN (Júcar, 1987)Paco Gómezhttp://www.blogger.com/profile/11714888896056493468noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-3121407904974035099.post-14820551030381421992008-06-05T12:22:00.001+02:002008-06-05T12:25:51.929+02:00La caja<a href="http://bp0.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/SEe_GfL-cII/AAAAAAAAAG0/dv0Awc1fKxM/s1600-h/caja.png"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5208341612249116802" style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/SEe_GfL-cII/AAAAAAAAAG0/dv0Awc1fKxM/s320/caja.png" border="0" /></a><br /><div>Entré en casa, me acosté y los temblores fueron evolucionando hacia un fuego que me quemaba las entrañas. Me asusté tanto que volví a temblar, esta vez de miedo transformado en pavor a sufrir un infarto, un derrame cerebral o algún otro colapso corporal que me dejara tendido en la cama para siempre o muerto en la soledad de aquel apartamento infecto en el que vivía. Ahora, echaba de menos a Sofía, a Carmen, a Inma y a tantas otras mujeres con las que podía haber decidido pasar el resto de mi vida. Pero no lo había hecho, quizá por ese miedo al compromiso, a la lealtad y a la pérdida de libertad.<br />Me levanté de la cama entre estertores y acompañado de un sudor frío que cubría todo mi cuerpo. Llegué al botiquín y revolví los frascos de pastillas que cayeron al suelo ruidosa y desordenadamente. Algunos se abrieron y esparcieron por el suelo del baño un reguero de grageas y cápsulas de colores. Desenrosqué el tapón de los tranquilizantes y engullí dos como si me fuera la vida en ello. Pegué mis labios resecos y amoratados al grifo y tragué las pastillas. Sentí náuseas, pero logré aguantar el vómito, sobretodo porque no quería que las pastillas que acababa de ingerir iniciaran su periplo a través del inodoro. Pegué la frente al gélido tacto de los baldosines de la pared y el frescor me alivió. Seguía temblando, aunque el fuego interno se fue aplacando poco a poco.<br />De repente, un dolor que surgía del pecho me hizo tumbarme en el suelo y encogerme con las manos entrelazadas sobre el estómago. Empecé a sentir unas pulsaciones en la cabeza que se transformaron en un martilleo lento y continuo. Con cada latido del corazón parecía como si me atravesaran el cerebro con una aguja de punto. No aguantaba más. Me levanté como pude e intenté llegar al teléfono para llamar a una ambulancia. Mientras marcaba, vi la caja sobre la mesa y sentí una atracción irrechazable que me hizo colgar el teléfono cuando ya estaba dando la señal. Arrastré mis pies en dirección a la mesa y tomé la caja con aprensión. Con ella bajo el brazo, me dirigí hacia la cocina y la deposité en la encimera. La caja, esa caja de los milagros y de la locura.<br />La abrí. Deposité el polvo blanco sobre la cucharilla y trasladé el agua desde un vaso a la misma. La fui depositando con ansiedad con un cuentagotas. Tenía apoyados los codos en la encimera para evitar que los temblores mandaran todo a la mierda. Encendí el mechero y volví a ser testigo, una vez más, de cómo el polvo se diluía y se mezclaba con el agua. Saqué la jeringa de la caja y succioné hasta la última gota de la cuchara. Me até la goma a mi esquelético brazo apretando el nudo con los dientes. Cuando detecté claramente la vena, me inyecté todo.<br />No transcurrieron ni dos minutos hasta que volví a mi estado de ser habitual. Había acabado con la crisis. Lo de desengancharme…, quedaba pendiente hasta una mejor ocasión.</div>Paco Gómezhttp://www.blogger.com/profile/11714888896056493468noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-3121407904974035099.post-15961693869948201572008-05-23T10:56:00.006+02:002008-05-23T11:06:12.833+02:00La carta<div>En mi enésima visita al museo, justo cuando me aproximaba a admirar una pila bautismal, me ocurrió un suceso inesperado. Al acercarme, vi que en la pila había una carpeta de color verde. La tomé en mis manos y miré alrededor. La sala estaba vacía en esos momentos, así que miré la carpeta por si había algún nombre escrito. Al no encontrar nada, la abrí en un intento de identificar al dueño, pero tampoco <a href="http://bp0.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/SDaH9oY6kTI/AAAAAAAAAGs/06KyWF0rY4k/s1600-h/carta.png"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5203495912356876594" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/SDaH9oY6kTI/AAAAAAAAAGs/06KyWF0rY4k/s320/carta.png" border="0" /></a>encontré dentro nada que fuera significativo y que me permitiera identificar a la persona que, evidentemente, se había dejado olvidada la carpeta en la pila. Invadida por un cierto grado de curiosidad, fisgué entre el contenido, consistente en unos folios en blanco y en un sobre, un sobre en blanco cerrado. Al asirlo, me di cuenta rápidamente de que contenía algo. Cerré la carpeta y me dirigí al conserje del museo. Le referí el casual encuentro de la carpeta y le dije que se la quedara por si alguien preguntaba por ella.</div><br /><div></div><br /><div>-No puedo quedarme con eso, señorita -me dijo muy serio.</div><br /><div>-¿Por qué no?</div><br /><div>-Pues porque no sé de quién es, ¿qué quiere que haga?</div><br /><div>-Pues..., qué se yo -le dije-. Guárdela y alguien preguntará por ella.</div><br /><div>-Oiga, señorita, yo no me la he encontrado. Así que no voy a cargar con el muerto. Lo que debe hacer es llevar eso a objetos perdidos.</div><div></div><br /><div>La respuesta del conserje, que nada más pronunciar la última frase siguió con sus tareas ignorándome descaradamente, me dejó desconcertada y sin palabras. Salí del museo sin saber muy bien qué hacer con la carpeta y me metí en la primera cafetería que encontré. Mientras me traían el café, encendí un cigarrillo y empecé a dar vueltas al sobre en blanco entre mis manos. Después de que el camarero depositara el café humeante en la mesa, decidí abrirlo. Quizá el contenido podría darme alguna pista acerca del dueño de la carpeta. Empecé a leer. Se trataba de una carta, una carta escueta pero intensa, dramática y melancólica.</div><br /><div></div><br /><div><em>"Querida Mercedes:</em></div><br /><div><em>Como sabes me han dado el traslado que pedí y por el cual me felicitaste. Me voy del museo. Sé que te sorprendió y no me extraña, tantos años juntas y no te había dicho nada. Pues, querida amiga, el motivo de mi traslado eres tú. Vuelve a sorprenderte. Ahora ya puedo decírtelo, quiero decírtelo. Llevo años enamorada de ti. ¿Sorprendida? Creo que en el fondo, no tanto. Eres una persona muy inteligente y alguna vez habrás notado algo.No puedo seguir trabajando a tu lado, Mercedes, ni verte todos los días sabiendo que nuestro amor es imposible. Lo sé y me retiro esperando no verte más pero, eso sí, guardando tu recuerdo para siempre en mi corazón. Espero sinceramente que continúes siendo muy feliz con Pedro y los niños. Hasta siempre.Eternamente, Lucía."</em></div><br /><div></div><br /><div>Volví a meter el papel en el sobre mientras mis lágrimas caían en la mesa. Apuré el café, pagué la consumición y volví a encaminar mis pasos hacia el museo. Volví a interpelar al conserje y, como pude, intenté hacerle ver la urgencia de encontrar a Mercedes. Tras aclararle, a falta del conocimiento de sus apellidos, que era la amiga de Lucía, me condujo a su despacho. Ella me atendió de manera cortés.-Buenos días, siéntese. ¿En qué puedo ayudarla?-Creo que esto es para usted. Lo he encontrado casualmente -le dije tendiéndole la carta.Mercedes terminó de leer la carta con lágrimas en los ojos y su mirada era tan amarga que supe en ese mismo instante que Lucía se había equivocado. Aunque, puede que hubiera tomado la decisión acertada. Nunca lo sabré.</div>Paco Gómezhttp://www.blogger.com/profile/11714888896056493468noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-3121407904974035099.post-4259122672097859552008-04-03T09:08:00.000+02:002008-04-03T09:10:17.291+02:00¿Qué les pasa a nuestros jóvenes?Como jefe de estudios de un instituto de enseñanza secundaria, me comprometí con un centro italiano para realizar un intercambio de alumnos de una semana. La idea, que partió de los italianos me pareció estupenda. Con una juventud tan falta de valores, me pareció estupendo fomentar la amistad, la hospitalidad, la cultura y los idiomas. Creí que todo iba a ir de maravilla, y al final, así ha sido. Pero me tropecé con la falta de inquietud de los alumnos y de los padres. El intercambio prácticamente es un regalo, ya que a los niños sólo les supone un gasto el billete de avión, que en una compañía de bajo coste ha salido por 175 euros.<br />La mayoría de los padres no estaban dispuestos a alojar a un italiano que no conocen. Bastante curioso, porque hablamos de niños, no se pide alojar a un tío de 50 años que, hombre, la negativa sería más comprensible. Por otra parte, he visto que los niños y los padres tienen miedo de salir de su localidad. ¿Miedo a qué? Hablamos de alumnos de 17 años.<br />El caso es que me ha costado la vida reunir a 10 alumnos en todo el centro, de distintos cursos, dispuestos a hacer el intercambio. Los italianos ya han estado aquí y todo ha salido maravilloso, como no podía ser de otra manera. Han viajado a diversos sitios con nuestros niños, todos juntos. El instituto ha hecho un esfuerzo económico para que las excursiones les salieran gratis. Y se han creado lazos de afectividad de un valor incalculable. Pasado mañana parten los nuestros para Italia.<br />Además, este año, seguimos fomentando las prácticas en el extranjero de los alumnos de Formación Profesional. Esto supone que nuestros alumnos pueden realizar las prácticas en un país de la Unión Europea. Dos meses con todos los gastos pagados. ¿Saben cuántos alumnos de Grado Superior se han apuntado? Pues ninguno. No entiendo ni a los niños ni a los padres. Ojalá yo hubiera tenido todas estas cosas en mis tiempos.Paco Gómezhttp://www.blogger.com/profile/11714888896056493468noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-3121407904974035099.post-66593758247294822342008-02-23T09:19:00.002+01:002008-02-23T09:24:25.760+01:00Amor en el Estrecho<div align="left">Desde que trabajaba en el puerto de Algeciras, Manuel Cárdenas había tenido la oportunidad de cambiar de parecer. Ahora era un enamorado de la zona de la que, en un principio, no tenía una buena opinión, confirmándose una vez más que las opiniones prematuras y sin elementos de juicio suelen ser erróneas. No conocía la ciudad cuando le ofrecieron hacerse cargo de la gestión portuaria, y sólo aceptó porque sabía que Lucía siempre había querido residir en el Campo de Gibraltar. Y también porque habían movido los hilos para que a ella la trasladaran. De la Complutense a la sede de la UNED en Algeciras, en donde podría seguir enseñando Historia en un enclave paisajístico privilegiado, donde antaño moraron griegos, cartagineses, romanos, visigodos, árabes...<br />Vivían en la Sierra de la Luna, en una casita situada en la falda del pico del Algarrobo, muy cerca del Peñón del Fraile, donde nace el río de la Miel. A los dos les encantaba contemplar la bahía de Algeciras, con el Peñón de Gibralt<a href="http://bp0.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/R7_XVur5wvI/AAAAAAAAAGk/9wy_HBklU2A/s1600-h/estrecho.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5170087665554014962" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/R7_XVur5wvI/AAAAAAAAAGk/9wy_HBklU2A/s320/estrecho.jpg" border="0" /></a>ar a la izquierda, África enfrente y el comienzo del Estrecho a la derecha. Ahora en vez de respirar humo, aspiraban la fragancia de los bosques de helechos, quejigos, rododendros y alcornoques.<br />Como cada tarde se la podía ver sentada en la roca, en lo alto del acantilado, mirando el horizonte mientras escuchaba cómo rompían las olas unos metros más abajo. Era la hora en que el sol va perdiendo su brillo, ganando tamaño y perdiendo altitud. Le gustaba sentir con su cuerpo, muy concentrada, cómo iba transformándose el paisaje. El cielo cambiaba del azul al negro pasando por toda una gama de texturas que Lucía observaba en un silencio religioso. El espectáculo terminaba cuando el sol se escondía por la cresta de la montaña. A estas alturas escuchaba una vibración que nadie más notaba y que finalizaba cuando por fin oscurecía. Entonces expresaba su gratitud al infinito, se levantaba y caminaba por la carretera del faro hacia el coche, para regresar a casa. Así transcurrían las tardes de aquel verano que acababa de comenzar, ausente de problemas, en calma. Desde que vivía en el sur había coleccionado sin premeditación lo que en un principio denominó momentos mágicos. Al poco tiempo cambió de opinión al respecto, ya que todo lo que hacía al cabo del día le parecía igualmente especial. Había cambiado la gran ciudad por una casita de campo en la costa y desde entonces, su vida se había transformado de forma tangible. Al fin había dado el paso. Llevaba años soñando con ello, los mismos durante los cuales estuvo sintiéndose prisionera en una prisión sin barrotes, pero deprimente, agobiante. La vida le había hecho un regalo y todos los días agradecía el gesto emocionada, sola y en compañía de Manuel, su amado.<br />Condujo tranquila hasta la casa y cuando entró vio una nota que estaba sujeta con un imán en la puerta del frigorífico. La cogió con delicadeza y se sentó plácidamente en el porche a leerla. Mientras lo hacía escuchaba los sonidos de la noche de la Sierra de la Luna que de vez en cuando obsequiaba a sus habitantes con inquietantes silencios que no había experimentado en ningún otro sitio. Eran silencios misteriosos y extraños, todo cesaba y estaba ocurriendo en ese mismo momento. </div><div align="left"><br /><em>"Buenos noches niña. ¿Qué tal estás? Espero que bien cariño mío. ¿No sabes tú que eres el amor de mi vida? Como me decías el otro día, llevamos media vida juntos. Y el tiempo que me resta de vivir, espero que estés siempre junto a mí, alegrándome la vista y el alma. Porque eres mi angelito y te amo. Y te echo mucho de menos todos los días. Un beso. Te veo luego."</em> </div><div align="left"><br />Las notas de Manuel eran un ritual. Él no dejaba pasar ni un día sin ejecutarlo y ella las leía emocionada. Ahora, sentada en el umbral de la casa, esperaba que los faros del coche iluminaran la noche anunciando el regreso de él. Mientras lo hacía pensaba que les quedaba poco tiempo para estar juntos, ya que al día siguiente ella partía para Madrid. Desde allí cogería un vuelo que la llevaría a Etiopía en donde pensaba continuar con la investigación que había emprendido para su departamento. Esperaba que la misma se plasmara en un libro, no era el primero que escribía. Y pensaba en qué aventuras la esperarían allí. La investigación estaba relacionada con un hipotético viaje que habrían realizado los caballeros templarios a tierras etíopes en los tiempos de las cruzadas en busca del arca de la alianza. Y los temas relacionados con su especialidad, Historia Medieval, la apasionaban.<br />Un resplandor lejano la sacó de su ensueño. Manuel volvía a casa. Al cabo de unos minutos se besaban y sentados en el salón se contaban cómo habían pasado el día. Tomaron una cena ligera a base de ensalada y fumaron un último cigarrillo en el patio trasero de la casa, sin luz, íntimamente como a ellos les gustaba y escucharon los mensajes de la noche. Habían aprendido a hacerlo desde que vivían allí y les encantaba repetir cada noche la misma escena mientras contemplaban el nítido mapa estelar del cielo. Sólo cuando el sueño hizo acto de presencia se levantaron y cogidos de la mano caminaron a la habitación, se besaron y se quedaron profundamente dormidos. </div><div align="left"><br /><em>"Buenos días angelito mío. Espero que hayas pasado una buena noche y que hayas tenido dulces sueños. Yo he dormido muy bien, muy relajado después de lo de anoche. Estabas muy bonita mirando las estrellas. Y cenando y conversando, es que siempre estás preciosa, no sé como lo haces. Te echo de menos, y más que te voy a echar estos días en los que vas a estar tan lejos. Pero estoy contento ya que sé que estás a mi lado. Ah, gracias por casarte conmigo, y por quererme. Te amo angelito. Luego te veo. Un beso."</em> </div><div align="left"><br />Después de escribir la nota para Lucía, Manuel Cárdenas apagó su cigarrillo, retiró la taza de café que acababa de tomar y se dispuso a salir de casa para contemplar el espectáculo. Era temprano, ella todavía dormía y mientras abría la puerta pensó que tenía una hermosa mañana por delante para disfrutar de su amada. Llevaban veinte años juntos y seguían enamorados. Le gustaba dejarle notas siempre que podía. Ahora la imaginaba bajando por la escalera cuando se levantara de la cama, leyendo el mensaje mientras hacía café. La veía aún medio dormida inhalando el típico aroma que producía la cafetera y llenándose de energía, sentada en el sofá, releyendo la nota y echándole de menos. Manuel saludó al nuevo día y se dirigió a su peña favorita desde donde podía contemplar el mar. Pasaba allí sentado muchos momentos, quieto, divisando el horizonte y podían transcurrir horas antes de que se levantase y tuviera la percepción de que sólo habían pasado unos minutos. Extrajo un libro de su pequeña mochila que siempre llevaba acompañándole en sus paseos y se dispuso a leer un rato. Al cabo de dos horas divisó a Lucía que asomaba la cabeza tras la puerta y le obsequiaba con una sonrisa que era lo más parecido que había visto a un amanecer. Era preciosa y él tenía el privilegio de disfrutarla todos los días. Dio gracias al cielo y recorrió a paso ligero los cien metros que le separaban de la casa, abrazó a su angelito y le dio los buenos días con un beso que le supo a néctar del cielo. Se miraron embobados, como si no se hubieran visto nunca, y sonrieron. Tomaron café y después revisaron juntos la maleta de Lucía, cuidando de que no faltara nada para el largo viaje que se avecinaba. Aunque era pronto, decidieron pasar las últimas horas en la playa. Ya en el coche, mientras avanzaban por la nacional trescientos cuarenta, contemplaban el Estrecho que ese día les mostraba una de sus muchas facetas. El día era soleado pero había nubes en el cielo. No se veía el agua del mar, ya que una espesa neblina cubría la superficie y de vez en cuando alcanzaban a divisar la parte superior de algún barco que hacía la transición entre el Atlántico y el Mediterráneo o viceversa. Lucía lloraba emocionada ya que todavía no podía creer que había alcanzado su sueño de estar ahí y más de una vez temía despertar. Al llegar aparcaron el coche y saludaron a su manera a uno de sus rincones favoritos. Enseguida notaron que el saludo les era devuelto en forma de energía que a modo de abrazo les envolvió. Se cogieron de la mano y decidieron aprovechar el espléndido día para caminar tranquilamente por la playa. La temperatura les permitió descalzarse y sentir las suaves caricias de la arena en las plantas de los pies. Caminaban despacio, sin prisa. El mar estaba tranquilo y el suave viento cambiaba de levante a poniente. La playa estaba vacía y avanzaban disfrutando el uno del otro dejando atrás rocas, garitas en ruinas de la guerra... Al cabo de una hora se sentaron en una peña y contemplaron el horizonte.<br />-Ya queda menos para que te marches Angelito -comentó Manuel apesadumbrado.-Calla, no me lo recuerdes amor -contestó ella con tristeza- . Pero tengo que hacerlo, tú bien lo sabes. Cuando se hace un trabajo de investigación llega un momento en que hay que viajar a los lugares de los cuales estás escribiendo. -Ya lo sé Angelito, lo que pasa es que no me gusta separarme de ti. Además no es lo mismo ir a Francia o a Inglaterra que a Etiopía. Tengo miedo, no sé exactamente a qué peligros vas a enfrentarte en ese país africano.-No te preocupes vida. Recuerda que no voy a hacer el trabajo sola. Como ya sabes no puedo entrar en el monasterio por mi condición de mujer, así que voy acompañada. Juan Luis, del departamento de Historia de la UNED de Madrid va conmigo. Además en todo momento nos acompaña personal de seguridad de la embajada. Ni los etíopes ni los españoles van a permitir que nos ocurra nada.-Eso espero porque si no se las verán conmigo.-No te preocupes más. Además estoy muy contenta de que me hayan elegido a mí, es una gran oportunidad. Y sabes que el tema me apasiona, hay bastantes posibilidades de que los templarios viajaran allí. Se han rescatado documentos y hay cruces del Temple en algunas de las iglesias y en el monasterio.-No podían haber elegido mejor, eres un "coquito" y bien que lo saben. Nadie haría mejor el trabajo.-Gracias cielo pero tú sabes tan bien como yo que hay muchas personas que podrían hacer el trabajo.-Sí, pero no saben tanto sobre la orden y las cruzadas como tú. En fin, tendré que sacrificarme y pasar estos días sin disfrutar de tu presencia.-Eres un cielo...<br />Aún con la palabra en la boca Lucía recibió un dulce beso de su esposo. Después decidieron que ya era hora de dar media vuelta y encaminar sus pasos al bar de Mateo para comer. Mientras volvían, Lucía, que por unos momentos se quedó un poco rezagada, contemplaba a Manuel y se preguntaba qué habría hecho de no haberle encontrado. Le quería con toda su alma y pidió con todas sus fuerzas que les quedasen muchos momentos como ese para compartir. Ya en el bar comieron unos platos de atún a la plancha con patatas fritas y una ensalada. Les encantaba, sobre todo a él que era buen comedor y a menudo acababa su comida y continuaba con la de ella. A Lucía le gustaba verlo comer porque se notaba que disfrutaba al hacerlo. Pidieron dos cafés y encendieron un pitillo dedicándose a contemplar las montañas que todavía conservaban el verde característico de la primavera; ese año había llovido mucho. Pagaron la cuenta y llegó el momento de elegir entre perder el tren o seguir disfrutando del momento.<br />Ya en la estación de Algeciras un hombre permanecía quieto en el andén con los ojos vidriosos. En el vagón del tren una mujer extraía una hoja de un sobre que encontró al abrir su libro de lectura. </div><div align="center"><br /><em>En la soledad de su alma</em></div><div align="center"><em>un hombre llora en callada</em></div><div align="center"><em>y observa con tensa calma</em></div><div align="center"><em>la partida de su amada.</em></div><div align="center"><em>La angustia que manifiesta</em></div><div align="center"><em>por ese tren que se aleja,</em></div><div align="center"><em>es un dolor que molesta,</em></div><div align="center"><em>silencio de rabia queja.</em></div><div align="center"><em>Sólo tiene la esperanza</em></div><div align="center"><em>de que el tiempo pase en nada</em></div><div align="center"><em>y que sin grande tardanza</em></div><div align="center"><em>le devuelvan a su amada.</em> </div><div align="left"><br />Ahora eran los ojos de una mujer en el interior de un vagón de tren los que se tornaron vidriosos. Y pensó para sí que Manuel era un cielo.</div>Paco Gómezhttp://www.blogger.com/profile/11714888896056493468noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-3121407904974035099.post-62581225931189751992008-02-21T13:30:00.003+01:002008-02-21T13:48:54.849+01:00El contrato<div>Después de una vida de lujos y de bienestar, allí estaba, convertido en un miserable vagabundo. Harto de mí mismo y de mis miserias, me levanté y me acerqué a la orilla del río. El acontecimiento de la mañana era que algún desalmado ciudadano, al que el medio ambiente y todos esos rollos se la traían al pairo, había tirado un colchón al río. Y la corriente, traviesa e irracional, lo había arrastrado hasta mi palacio, dejándolo varado aproximadamente a dos metros de la orilla. Como no tenía otra cosa que hacer, tomé carrerilla y salté patéticamente hasta el colchón. No transcurrieron ni dos segundos antes de darme cuenta de lo absurdo de la ocurrencia, como tantas otras ideas mías. El colchón estaba empapado y me salpiqué, aunque lo más grave fue el hecho de hundir mis raídas botas en el maldito colchón. Me calé los<a href="http://bp1.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/R71yPer5wuI/AAAAAAAAAGc/XN9cbdrsNoE/s1600-h/colchon.png"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5169413557552005858" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/R71yPer5wuI/AAAAAAAAAGc/XN9cbdrsNoE/s320/colchon.png" border="0" /></a> últimos calcetines que me quedaban, lo que hizo crecer la idea de abofetearme o estrangularme. Pero cuando contemplé mi propia imagen en el río, la mente se me quedó en blanco. El efecto que me produjo descubrir la barba de mi rostro, el afeado sombrero y, en general, todo mi atuendo de color oscuro, fue sobrecogedor. No se me debió ocurrir otra cosa y, de repente, me escuché llorar amargamente. Era lo que me faltaba para alegrarme la mañana: mezclar mi propio sollozo con el sonido de la débil corriente del río y con el trino de los pájaros. A esas alturas de mi vida ya no eran muchas las cosas que me conmovían, pero escucharme sollozar de esa manera, provocó que algo se sacudiera en lo más profundo de mis entrañas.<br />-¡Eh, oiga! -escuché de repente a mis espaldas. Cuando me volví observé como un tipo situado a unos quince metros de la orilla me hacía gestos con la mano.-¿Es a mí? -contesté secándome el rostro y señalándome con el dedo índice de mi mano derecha.-Sí, sí. ¿Es suyo el colchón? -me preguntó.-¿Por qué lo dice?-Porque si no es suyo -me dijo acercándose hasta la orilla- me gustaría llevármelo a mi guarida. Vivo a doscientos metros, río arriba, y el colchón me serviría para dormir.Incrédulo ante lo que estaba oyendo, miré a izquierda y a derecha, no fuera que el tipo fuese la avanzadilla de una turba que viniera con malas intenciones, pero no vi a nadie. No creí lo que estaba oyendo porque mi interlocutor, que era aproximadamente de mi misma edad, iba bien vestido y hablaba de forma educada.-Por mí no hay problema -dije- pero, ¿lo ha pensado usted bien? El colchón se ve bastante deteriorado y además está podrido.-No me importa. Es más de lo que tengo y creo que poniéndolo al sol me servirá.En aquel preciso momento mi cuerpo se independizó de mi mente. A pesar de mis ganas de morir y acabar con todo, mis músculos se tensaron y me sobrevino el instinto de supervivencia. Había en todo aquello algo que no encajaba y mi cuerpo lo sabía, así que salté hasta la orilla y, sin esperar más acontecimientos saqué mi navaja.-¿Qué es lo que buscas, pingo? El tipo, lejos de asustarse, sonrió y con una habilidad como yo no había visto nunca, me arrebató el arma de las manos y me dio un puñetazo que me rompió la nariz. Caí de bruces en la orilla del río y el agua se tiñó de rojo. A continuación me agarró por las axilas y me arrastró diez o quince metros hasta quedar lo suficientemente apartados de la orilla. Mi "amigo" me miraba mientras se acariciaba suavemente la barbilla. Yo estaba en el suelo, malherido y humillado; y, tengo que reconocerlo, me hice mis necesidades encima.-Escucha -me dijo al mismo tiempo que se agachaba y me miraba con fiereza-. He venido para desvelarte algo, pedazo de basura.-¿Me vas a decir quién eres, malnacido? -repliqué haciendo acopio de valor.-Mi cliente me ha dado "tu dirección" para encontrarte y a ti no se te ha ocurrido otra cosa que sacarme una navaja y cagarte en los pantalones. En lo que a mí respecta no eres más que un desecho humano. Pero, sin embargo, hay alguien que quiere que seas consciente de algo que hiciste en el pasado -dijo mientras describía un semicírculo de ciento ochenta grados con su mano derecha.Dicho esto, se levantó y se dio media vuelta para alejarse. A continuación presencié la imagen más insólita de mi vida. El tipo iba caminando y de repente desapareció ante mis ojos, se volatilizó.Cuando logré recomponerme me metí en el río con una pastilla de jabón y me aseé lo más dignamente que pude. Después puse mi ropa a secar al sol y, tras más de una hora de reflexión hilarante, me dirigí al centro médico más próximo para que me curaran la maltrecha nariz. Dos horas después y con una escayola presidiendo el centro de mi rostro, estaba sentado en la orilla del río observando el maldito colchón encallado. Fue entonces cuando noté una mirada penetrante que me taladraba la espalda; supe que el tipo había vuelto.Al volverme le vi sosteniendo un papel en la mano, de tamaño folio. Lo sujetaba por la parte superior y me lo mostraba para que lo leyera. Y al hacerlo, recordé de qué se trataba, era un contrato. Mi firma estaba plasmada al lado de una fecha que se remontaba a veinte años atrás. Turbado y sin saber qué decir le hice la fatídica pregunta.-¿Tengo que acompañarle?-En absoluto, amigo. No hay un lugar físico llamado "Infierno". Su infierno acaba de comenzar y está aquí -me dijo apuntando con su índice al suelo-. Y durará toda una eternidad, usted así lo quiso.Dicho esto, observé como se alejaba y volvía a volatilizarse de forma inverosímil. Me quedé con un palmo de narices mientras convertía mi contrato en un avión que fue a aterrizar en el centro del viejo colchón varado.</div>Paco Gómezhttp://www.blogger.com/profile/11714888896056493468noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-3121407904974035099.post-10779581751205469482008-02-04T19:37:00.000+01:002008-02-04T19:45:08.061+01:00El polifacético Arturo Pérez ReverteCuando el talento y la originalidad sobran, la vida nos obsequia con personas que se salen de lo común. Y no ocurre sólo en el periodismo, que es el objeto de este artículo, sino en todas las disciplinas.En Arturo Pérez Reverte confluyen una serie de virtudes que raramente se concentran sólo en una persona. Posee el talento de los buenos escritores, el espíritu aventurero del corresponsal de guerra, la independencia del buen periodista articulista y la sobriedad del buen académico de la Real Academia de la Lengua. Y encima es un tío "enrollao", cosa que pude comprobar por mí mismo, ya que su agencia, su editorial o él mismo, ya no lo recuerdo, quiso o quisieron que <a href="http://bp2.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/R6db4ETNlMI/AAAAAAAAAGM/FG2mfUObJpw/s1600-h/arturo7.png"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5163196516588688578" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/R6db4ETNlMI/AAAAAAAAAGM/FG2mfUObJpw/s320/arturo7.png" border="0" /></a>nuestro I.E.S. Ventura Morón de Algeciras estuviera en Cádiz en la presentación de su libro sobre Trafalgar. Nos metieron en el Teatro Falla y el tío estuvo debatiendo con los alumnos todas las cuestiones que éstos le plantearon en plan amable y entrañable.<br /><br />Cuando decidimos montar esta revista escribí a varios escritores para que nos enviaran algún artículo que pudiéramos introducir en nuestra modesta publicación. Por supuesto, nadie nos contestó. Nadie excepto él. Nos dijo que no tenía tiempo, que andaba muy ocupado, comprensible. Sin embargo, nos autorizó a reproducir en nuestras páginas digitales todos los artículos que él publicaba por ahí. Le tomamos la palabra y, desde entonces, así lo hacemos.Las columnas de Reverte en el Semanal son geniales, demoledoras. Es escritor, académico, periodista y vende los derechos de sus libros para hacer películas. Esto le ha dado la suficiente independencia económica como para no casarse con nadie. Y cuando algo no le gusta, lo critica de manera magistral. No tiene la sutileza de Umbral, desde luego, su estilo es diferente. Y, para muestra, un botón. Lean sin perder un minuto más el artículo titulado <a href="http://www.juntadeandalucia.es/averroes/iesventuramoron/titular2_3.htm" target="_blank">"Permitidme tutearos, imbéciles"</a>, publicado en el Semanal el 27 de diciembre de 2007 y que reproducimos en nuestra revista digital del instituto. Sencillamente genial y demoledor, no deja títere con cabeza. Umbral habría serpenteado y nos habría regalado unas cuantas metáforas con gracejo cheli. Pero Reverte no. Reverte va al grano y no se corta. Hace que a uno le duela, ya no el sistema educativo que tenemos, que también, sino los gobernantes mediocres que nos gobiernan, sobre todo en materia de educación.Llevas toda la razón, Arturo. Con este sistema ¿qué Revertes o qué Umbrales tendremos en el futuro?Paco Gómezhttp://www.blogger.com/profile/11714888896056493468noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-3121407904974035099.post-3041780125423985082007-11-17T11:50:00.000+01:002007-11-17T11:56:37.537+01:00Menos mal que era un sueño<a href="http://bp1.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/Rz7I0h7TAXI/AAAAAAAAAFg/y1FaaOvTaFk/s1600-h/cama.png"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5133761430034776434" style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/Rz7I0h7TAXI/AAAAAAAAAFg/y1FaaOvTaFk/s320/cama.png" border="0" /></a><br /><div>Como todos los días, desperté en mi cama sin saber dónde estaba. Tuvieron que transcurrir cinco minutos hasta que me despabilé un poco y me centré. Había tenido sueños recurrentes y rutinarios, la noche había sido de pesadilla, como todo en mi vida. Así que me hice un café, encendí un cigarrillo y tomé una determinación. Me dirigí a la ventana y sin pensarlo dos veces salté. Mientras iba cayendo observé las escenas cotidianas protagonizadas por mis vecinos; eran agradables. En mi corazón renacía la esperanza, ya no quería morir, pero ya no había remedio.<br />Afortunadamente volvía a equivocarme, como todos los días, desperté en mi cama sin saber dónde estaba.</div>Paco Gómezhttp://www.blogger.com/profile/11714888896056493468noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-3121407904974035099.post-91301743602312233222007-10-28T19:15:00.000+01:002007-10-28T19:43:15.294+01:00Ciclo vital<div><br /><div align="center"><strong>Ensenada de Bolonia: Mercedes y Aurora</strong><br /></div><br /><div align="left">-No puedo más, Aurora, no sé cuál será el límite de mi capacidad de aguante, pero te aseguro que ando muy cerca -dijo Mercedes mientras exhalaba con violencia el humo de su enésimo cigarrillo aquella tarde.<br />-Cálmate, mi amor -contestó Aurora con ternura, procurando apac<a href="http://bp0.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/RyTYAQdR_oI/AAAAAAAAAFY/d3xp2yu9iME/s1600-h/Image1.png"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5126459774783848066" style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/RyTYAQdR_oI/AAAAAAAAAFY/d3xp2yu9iME/s320/Image1.png" border="0" /></a>iguar a su más preciada amiga y compañera de fatigas. Había transcurrido mucho, mucho tiempo. Tanto, que los rasgos típicos de la vejez habían empezado a aparecer en Mercedes, aunque levemente. Aurora no pudo evitar sentir una punzada de deseo contemplando tan de cerca a su antigua amante, lo que, dadas las circunstancias, provocó en ella un rápido arrepentimiento. Mercedes había viajado hasta allí porque la necesitaba, pero no en ese sentido. -Me estás asustando y mucho. No has querido decirme nada por teléfono, así que no sé lo que te pasa, pero te aseguro que todo tiene solución.<br />-Aurora, antes de nada quiero agradecerte que me hayas atendido tan amablemente. Ayer cuando hablé contigo, te faltó tiempo para decirme que viniera a pasar el fin de semana.<br />-Mercedes, cariño, ahórrate los agradecimientos y demás cosas innecesarias que entre amigas sobran. Has sido una de las personas que más huella ha dejado en mí, por no decir la que más. Y si tienes algún problema y yo puedo ayudarte, aquí me tendrás siempre.<br />-Eres un encanto -dijo Mercedes con cariño, casi con devoción-, ¿te lo había dicho alguna vez?<br />-Sí, pero de eso hace ya mucho tiempo, quizá demasiado -contestó Aurora mirando con melancolía en dirección a la playa.<br />-En serio, Aurora, quiero agradecerte en voz alta y aquí en este lugar, por lo que ha significado para nosotras, que estés aquí conmigo atendiéndome y escuchándome, sin pedir nada a cambio. Y quiero que sepas que para mí es un verdadero placer volver a estar contigo.<br />Mercedes y Aurora se habían conocido hacía más de treinta años en la Universidad Complutense de Madrid. Sus vidas se habían cruzado por primera vez casualmente en un aula de la Facultad de Geografía e Historia. Sin saber muy bien por qué, desde el primer día en que se habían sentado juntas en el pupitre, había surgido entre ellas una corriente de empatía que en poco tiempo se transformó en un amor profundo, un amor que vivieron con pasión durante más de diez años. Aurora sabía desde que era bien joven que lo que a ella le gustaba no eran los hombres, como al resto de sus amigas. Sin embargo, a Mercedes le había cogido totalmente por sorpresa. De hecho, hasta ese momento sólo había salido con chicos. El caso es que las dos mujeres habían vivido juntas la etapa más apasionante de sus vidas.<br />Habían terminado la carrera juntas, habían opositado y accedido a la función pública juntas, y juntas habían ido descubriendo las luces y las sombras de la vida. Un buen día, Mercedes había conocido a Fernando, un compañero del ministerio en el que trabajaba. Y, pasados tres años, descubrió que estaba locamente enamorada de él, no había podido evitarlo. Al poco tiempo se enteró de que Fernando la correspondía en silencio, así que una tarde, al volver del trabajo, se sentó con Aurora y procuró explicarle lo que le estaba pasando con toda la delicadeza que fue capaz de reunir. Aurora no se enfadó, jamás había podido enfadarse con Mercedes, pero procuró sacarle de la cabeza a Fernando. Demasiado tarde para eso; Aurora supo en ese mismo instante que acababa de perder a su amada para siempre. Al día siguiente, en el trabajo, pidió una plaza vacante que había surgido en la Subdelegación de Gobierno del Campo de Gibraltar, en Algeciras, y tuvo suerte. A las dos semanas pudo incorporarse, dejando atrás a Madrid y a Mercedes. Aurora se instaló en la Ensenada de Bolonia, en su casa natal. Allí había vivido con sus padres hasta que los dos murieron, casi al mismo tiempo. De esto hacía casi ya tres años.<br />-Aurora, si he recurrido a ti es porque no tengo a nadie más -continuó Mercedes-. Como sabes, Fernando y yo hemos estado siempre muy unidos. Como consecuencia de esto, en su día dejamos un poco de lado a nuestros amigos. Actualmente, tengo a gente conocida, sí, pero con nadie disfruto de la intimidad que da una amistad sincera y verdadera. Me estoy tragando esto yo sola y, la verdad, ya no puedo más.<br />Las dos mujeres no habían vuelto a verse desde que Aurora abandonó Madrid para cambiar de vida. Las dos lo habían querido así: verse habría sido demasiado doloroso. Pero nunca habían perdido el contacto, aunque su relación desde entonces se había limitado a dos llamadas telefónicas en sus respectivos cumpleaños y al envío de felicitaciones por Navidad.<br />-Mercedes, o disparas de una vez o me va a dar un ataque de nervios -dijo Aurora verdaderamente alterada.<br />Mercedes se había casado con Fernando y habían tenido un niño, Miguel. La vida les había tratado bien hasta que cuatro años atrás Fernando había muerto de cáncer. Ahora Mercedes vivía con Miguel en Madrid, en la misma casa de siempre, ya que él todavía no se había emancipado. Pero había alguien más viviendo con ellos y ése había sido el verdadero motivo del viaje de Mercedes a Bolonia, buscar refugio en su queridísima amiga y antigua amante, buscar cobijo en la tierra natal de Aurora, en esa herradura mágica que era la Ensenada de Bolonia y que tantas veces les había servido como lugar de descanso estival.<br />-Es Miguel, Aurora, es mi Miguel, no puedo seguir viendo cómo sufre día tras día viendo que lo suyo no tiene solución alguna -ahora Mercedes lloraba amargamente con la fuerza del llanto contenido durante tanto tiempo. A Aurora, la explosión de dramatismo la sorprendió totalmente desprevenida. Y rápidamente extrajo un pañuelo del bolso y se levantó para sentarse más cerca de Mercedes y consolarla. Estaban solas en la terraza del "Bellavista" tomando un café, y eso les permitió unos momentos de intimidad.<br />-Calma, mi niña, venga mi amor, no llores, tranquilízate, que aquí está tu Aurora para ayudarte. -Aurora separó la cabeza de Mercedes de su propio hombro con exquisita delicadeza y ahora le secaba las lágrimas que caían por sus mejillas con dulzura. En ese momento observó más de cerca su semblante, que sufría, y a pesar de todo, pensó que era el rostro más bonito que había visto nunca. La besó tiernamente y luchó con determinación contra sus fantasmas personales que le estaban pidiendo a voces devorarla.<br />-Lo siento, Aurora -dijo Mercedes ya más calmada mientras apuraba el segundo café de la tarde.<br />-No tienes que pedir disculpas, mi niña, necesitabas desahogarte y lo has hecho. -Aurora se levantó de la mesa e hizo un gesto a través de la ventana a Carmelo. Le conocía de toda la vida y tenía con él una complicidad fuera de lo común. Tras haber trabajado como camionero una temporada, hacía muchos años, había vuelto a Bolonia y hacía ya más de cuarenta años desde que había montado el restaurante y el hostal. Tanto él como su mujer y sus hijas eran muy queridos en la comarca. Y con una mirada de Aurora, Carmelo supo que tenía que intervenir de inmediato. Así que salió a la terraza y se dirigió a las dos mujeres.<br />-Bueno -dijo-, ¿ya han tomado el café? -Carmelo era muy tímido- Pues escúchenme:<br />Dicen por este lugar encantadoque el sol no ha vuelto a centellear igualporque dos mujeres guapas se separarony hoy yo me las he vuelto a encontrar.Con razón el astro reyhoy se va a esconder más tardeno se va a querer perdera dos preciosas mujerespor cuyas bellezas arde.<br />Inmediatamente después de pronunciar la poesía o chascarrillo, como a Aurora le gustaba denominar a los poemas improvisados de Carmelo, éste empezó a reír convulsivamente tapándose la cara con la mano, tratando de esconder su timidez aumentada por el aplauso de las dos mujeres. Cuando los tres se sosegaron, Aurora guiñó casi imperceptiblemente el ojo a Carmelo en señal de agradecimiento, porque era la primera vez en toda la tarde que había visto sonreír a Mercedes.<br />-Carmelo, ¿te acuerdas de lo que solíamos tomar aquellas tardes de verano hace ya más de veinte años?<br />-Claro que sí, Aurora, ahora mismo os traigo dos.<br />-Aurora, yo ya no bebo -dijo Mercedes mientras Carmelo ya se había encaminado hacia la barra.<br />-Hoy sí, querida, hoy sí -contestó Aurora.<br />Cuando Mercedes terminó de referir a Aurora la historia que desde hacía tiempo tenía emponzoñada toda su alma, habían transcurrido cuatro horas entre güisquis y un paquete de cigarrillos.<br />Después de despedirse de Carmelo, las dos mujeres enfilaron el camino que llevaba hasta la casa de Aurora. La anfitriona arropó con mimo a Mercedes, que experimentó la misma punzada de deseo que antes había percibido Aurora. Ocurrió al sentir en su rostro las cosquillas que le produjeron los cabellos de la larga melena rubia de su querida amiga, que no pudo evitar besarla tiernamente en los labios. Al despegarse de ella, Aurora contempló fijamente los ojos verdes de Mercedes y ese rostro envuelto por la cabellera negra que tanto había amado tiempo atrás.<br />-Escúchame, querida -susurró Aurora-, quiero que descanses. Mañana nos vamos a ir a Algeciras, me voy contigo a Madrid.</div><br /><div align="center"><br /><strong>Madrid: Miguel y Nadya (la llamada por Dios)</strong></div><br /><div align="left"><br />En cuanto Nadya cerró la puerta de casa tras de sí para bajar a por el pan, Miguel vio la oportunidad. Se dirigió al armario ropero de su madre, ausente porque había viajado a visitar a una antigua amiga, y cuchillo en mano extrajo una bolsa de entre unos pantalones. Rápidamente la abrió y extrajo una barra de lomo, de la que cortó una generosa lámina que se introdujo con ansiedad en la boca. <a href="http://bp0.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/RyTW7QdR_mI/AAAAAAAAAFI/44d6ruPuPOY/s1600-h/Image2.png"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5126458589372874338" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/RyTW7QdR_mI/AAAAAAAAAFI/44d6ruPuPOY/s320/Image2.png" border="0" /></a>A la carrera, se dirigió a la cocina y cortó un pedazo del pan que había sobrado del día anterior y cogió una cerveza del frigorífico. Aún con el regusto del lomo en la boca, volvió a la habitación y cortó un grueso taco de jamón serrano. Lo masticó rápidamente y echó un largo trago de cerveza que le ayudó a tragar la mezcla de pan y jamón que le quedaba en la boca. Cuando hubo terminado, recogió todo y puso cuidadosamente cada cosa en su sitio. A continuación se dirigió al servicio y se lavó los dientes y después se los enjuagó con elixir de menta.<br />Una vez más, había cumplido con el ritual que se había convertido en un conjunto de movimientos mecánicos. A renglón seguido, volvió a acomodarse en el sofá para continuar leyendo la novela, situándose casi en la misma posición que estaba cuando Nadya había abandonado la vivienda.<br />Miguel era un ávido lector de narrativa, aunque hoy paseaba sus ojos por las líneas del libro sin asimilar nada. Al final dejó descansar el grueso tomo sobre sus piernas y mirando hacia el techo empezó a reflexionar. Pensó en cómo había conocido a Nadya y en cómo se habían enamorado como dos adolescentes. Llevaban tres años saliendo juntos, aunque esto era una verdad a medias. La verdad es que se habían conocido en la Facultad, en el último año de carrera de Miguel. Nadya estaba estudiando en Madrid con una beca Erasmus. Ella había nacido en Lyon, aunque sus padres eran argelinos que habían emigrado a Francia en busca de una vida mejor.<br />El comienzo de la relación entre Nadya y Miguel nació de un flechazo, así que empezaron a salir y comenzaron a hacer planes de futuro. No había transcurrido ni un mes, cuando los dos jóvenes ya estaban viviendo en casa de Mercedes, la madre de Miguel, que estaba encantada con Nadya. La joven llevó un viento de brisa fresca a un hogar que acababa de perder al padre de Miguel, Fernando.<br />El drama comenzó a sobrevenir dos meses más tarde, cuando Nadya comunicó a sus padres su situación. Ellos no la entendieron en absoluto, sobre todo porque los dos hermanos mayores de Nadya se habían casado en Francia con dos mujeres musulmanas, como mandaba la tradición. Y hacía ya dos años que Leylah, la hermana menor de Nadya, había contraído matrimonio con un vecino de sus padres, que también era musulmán, naturalmente. Sus padres habían advertido a Nadya de que no se hiciera ilusiones, porque lo que se proponía era imposible. Tanto fue lo que la presionaron, que a los dos años Nadya volvió a Lyon para vivir con su familia y permaneció allí durante un año, pero el tiempo que pasó con ellos fue un infierno. Vivió prácticamente encerrada en su habitación y era repudiada a diario por sus padres y por sus hermanos, que jamás entenderían la humillación a la que Nadya les había sometido.<br />Cuando no pudo aguantar más, llamó por teléfono a Miguel, que se presentó en Lyon sin dudarlo ni un instante. Permaneció allí varios días, durante los cuales Nadya fue sacando de su habitación a escondidas las cosas más importantes. Después regresaron a Madrid y volvieron a vivir juntos. Bien es cierto que había mucho amor entre los dos y mucho cariño entre Mercedes y Nadya, pero la convivencia no era todo lo llevadera que los tres habrían querido: siempre chocaban contra la inmensa grieta cultural entre cristianos y musulmanes. De momento, el amor y el cariño habían podido más, aunque siempre eran Mercedes y Miguel quienes acababan cediendo.<br />Miguel aún reflexionaba cuando Nadya abrió la puerta después de comprar el pan. Sólo deseaba que ella no notara que había estado comiendo otra vez lomo y jamón, para eso se había esmerado con el aseo de sus dientes. Más de una vez Nadya le había pillado in fraganti, tras lo cual había estado semanas sin besarle. En esas ocasiones, la dulce mujer que era se transformaba en otra cosa que no era ella. "Me das asco", le había dicho en cada ocasión recordándole la prohibición musulmana de comer cerdo.<br />-Hola, amor mío -dijo Nadya-, ya estoy aquí.<br />-Hola, cariño-contestó Miguel-. Vaya, te has empapado.<br />-Sí, de repente ha empezado a llover y me ha cogido sin paraguas -contestó Nadya a la vez que besaba a Miguel-. ¡Vaya, es que no me lo puedo creer! -Nadya acababa de poner el tono de voz que precedía a sus frecuentes cambios de personalidad cuando había algo que no le encajaba.<br />-¿Qué ocurre, Nadya? -preguntó Miguel.<br />-¡Has vuelto a beber cerveza! -gritó con ira en sus ojos. Nadya portaba en su mirada la censura absoluta hacia Miguel, a quien escrutaba severamente como si hubiera cometido el pecado más terrible.<br />-¡Nadya! -replicó Miguel que, aun a pesar de haber tratado de esconder su "falta", se sentía incómodo con la situación y siempre intentaba razonar con ella- Lo hemos hablado mil veces. ¿Por qué siempre pareces entender y luego a la primera ocasión vuelves con lo mismo?<br />-¡Porque es pecado comer cerdo y beber alcohol! ¡Y además es asqueroso! ¿Es que no lo sabes? ¿Cómo voy a hacer que lo entiendas?<br />Miguel bajó la mirada y pensó que era mejor callar. Al fin y al cabo, ella no iba a entender sus razonamientos y si intentaba defenderse sólo conseguiría que ella se violentara aún más. "Sí, es lo mejor", pensó. Lo más prudente era dejar que se calmara y que se le pasara poco a poco.<br />Además, el tiempo también jugaba a su favor, ahora mismo estaba demasiado herido, así que recuperó su novela, pero cuando se dirigía a su habitación sonó el teléfono.<br />-Sí, dígame.<br />-¿Miguel? Soy mamá.<br />-¡Mamá! ¿Dónde estás? ¿Qué tal todo?<br />-Estoy en el tren, cariño. Aurora, la amiga a la que he venido a visitar, está conmigo. Va a quedarse con nosotros una semana.-¡Vaya! ¡Eso es estupendo! Pero, dime, ¿a qué hora llegáis?<br />-Llegamos a la estación de Atocha a las dos de la tarde.<br />-Vale, mamá. Estaré esperándoos en el andén.<br />-No hace falta que vayas, Miguel, cariño. Escucha, voy a comer con Aurora por el centro y después vamos a hacer unas compras. Estaremos en casa sobre las ocho. Oye, ¿va todo bien?<br />-Sí, mamá -mintió-. Bueno, pues entonces os esperamos en casa a las ocho. Estoy deseando conocer a Aurora.-Muy bien, cariño. Un beso.<br />-Un beso, mamá. Hasta luego.<br />-Hasta luego, cariño.<br />Miguel colgó el teléfono, cogió su novela y sin despedirse de Nadya salió a la calle. Necesitaba que le diera el aire y calmarse. Sabía que le esperaba un día de silencio y de desasosiego.<br /></div><br /><div align="center"><br /><strong>Madrid: Mercedes, Aurora, Miguel y Nadya</strong><br /></div><br /><div align="left"><br />Hacía mucho tiempo que Mercedes y Aurora no disfrutaban tanto. A las seis de la mañana, antes de abrir el bar, Carmelo las había llevado en coche hasta el cruce de Bolonia, en donde tomaron el autobús para Algeciras. Habían sacado los billetes para el TALGO de las 8.40 y se dieron una vuelta por la Plaza Alta. Después de tomar un café en la calle Ancha, volvieron a la estación y tomaron el tren. Durante las cinco horas que duró el trayecto no pararon de hablar de sus cosas. Ahora, después de haber comido en Lhardy, estaban tomando un café en la Plaza de Santa Ana y volvieron a retomar el tema de conversación que había posibilitado volver a estar juntas.<br />-Y ella ¿no lo comprende? -preguntó Aurora.<br />-Claro que lo comprende -contestó Mercedes-. Nadya es una persona hermosa, por dentro y por fuera, ya la verás. Pero es que además es inteligentísima. Es licenciada en Administración y Gestión de Empresas y además tiene varios "masters". Habla cinco idiomas, Aurora. Yo hablo con ella muchísimo y es muy razonable, incluso tocamos sutilmente temas de actualidad que atañen a la comunidad musulmana internacional.<br />-¿Entonces? -preguntó Aurora.<br />-Lo que ocurre es que puedes hablar con ella de cualquier cosa, pero en frío. En el momento que menos te lo esperas, afloran sus prejuicios y cambia de personalidad, ya no es ella.<br />-Y cuando se calma, ¿no se arrepiente?<br />-No se arrepiente en absoluto, Aurora. Y yo veo que siempre es Miguel el que pide perdón por hacer cosas que son a todas luces normales. Él ahora está muy enamorado y lo hace, pero ¿qué sucederá cuando vayan pasando los años? Pues yo creo que se cansará de disculparse. ¿Y qué ocurrirá cuando tengan hijos? ¿Qué educación van a darles? Porque desde luego, Miguel no está dispuesto a convertirse al Islam y ella no va a hacerse cristiana o laica, en eso no cede ninguno de los dos.<br />-Pues sí que está complicada la cosa. Oye, Mercedes, y sus padres ¿qué dicen?<br />-No tengo ni idea, pero te lo puedes imaginar. Ya te conté en el tren lo que pasó cuando ella regresó a Lyon. En ese sentido ella es muy reservada, no dice absolutamente nada. Pero parece ser que su familia rompió con ella. A veces tengo miedo, Aurora, miedo de que puedan venir para llevársela a la fuerza, aunque ellos no saben quiénes somos ni dónde vivimos. Yo no dudo que sean buenas personas, han tenido que ser buenos padres. Llegaron a Francia sin nada y todos los hijos tienen carrera. Pero esos prejuicios raciales y religiosos...<br />-Y, ¿qué dice Miguel? -preguntó Aurora mientras encendía un cigarrillo, besaba la boquilla y se lo daba a Mercedes.<br />-Miguel está enamorado, Aurora -dijo Mercedes mientras exhalaba el humo del cigarrillo-. Estoy preocupadísima, porque, por si fuera poco, a Miguel le ha salido un importante trabajo en Sevilla y la semana que viene se van a vivir allí. Ya hace un mes que tienen el piso montado.<br />-¡Pobre Mercedes! Lo que debes estar pasando. Oye, ¿y ella? ¿Tiene trabajo?<br />-Eso no me preocupa en absoluto, Aurora. Sé que ella encontrará trabajo cuando quiera y donde quiera. Lo que me preocupa es la relación entre los dos.<br />Pagaron los cafés y fueron dando un paseo hasta la casa de Mercedes. El tiempo había pasado volando para las dos antiguas amigas. Aurora estaba emocionada por haber vuelto a caminar por las calles de Madrid. Y Mercedes, aunque apesadumbrada, se sentía más tranquila en compañía de Aurora.<br />Al llegar, Mercedes hizo las presentaciones, y después de que las dos amigas deshicieran las maletas y se pusieran cómodas, cenaron los cuatro juntos. Nadya había preparado un cordero asado que estaba riquísimo y Aurora conversó con ella animadamente. Había esperado que llevara velo o algo que la identificara como musulmana, pero nada de esto había ocurrido. Nadya, de piel clara, parecía una española más, moderna y muy abierta y culta. Con lo cual, no podía entender que se produjeran situaciones como las que le había referido Mercedes.<br />Por su parte, Miguel era un chico estupendo. Se parecía físicamente a Mercedes, lo cual le hizo gracia. Y vio a la joven pareja muy enamorada y muy compenetrada. Pensó que quizá su amiga había exagerado, porque no encontró ningún motivo para desconfiar de Nadya, ni esa noche, ni durante la semana que permaneció acompañando a Mercedes, tras la cual volvió a Bolonia y a su vida.</div><br /><div align="center"><br /><strong>Ensenada de Bolonia: Mercedes y Aurora. Ocho años después</strong><br /></div><br /><div align="left"><br />El día era estupendo, de esos en que la suave brisa cambia de poniente a levante y viceversa. Habían pasado cinco años desde que Mercedes había pedido la jubilación anticipada y se había ido a vivir con Aurora a Bolonia. Y no hacía ni un mes que se habían casado. Desde que habían viajado a Madrid, habían vuelto a retomar la relación. Y ahora vivían tranquilas en casa de Aurora. Esperaban hacerlo lo que les restara de vida. Estaban tumbadas en unas hamacas en la playa, tranquilas, leyendo y fumando un cigarrillo. Mercedes levantaba la vista de vez en cuando para no perder de vista al niño, que jugaba indiferente en la arena. <a href="http://bp1.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/RyTXVgdR_nI/AAAAAAAAAFQ/fHkQYY1Jws4/s1600-h/Image3.png"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5126459040344440434" style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/RyTXVgdR_nI/AAAAAAAAAFQ/fHkQYY1Jws4/s320/Image3.png" border="0" /></a><br />-¡Abuela! ¿Verdad que luego me vas a comprar un helado?<br />-Sí, cariño, la abuela te comprará un helado.<br />Cuando el niño obtuvo la confirmación volvió a sus quehaceres en la arena.<br />-¡Qué guapo es! -dijo Aurora mirando al niño con ternura- Se parece a ti.<br />-Sí que es guapo, Aurora. Aunque es una pena que tenga que crecer con la ausencia de su madre. Nunca se lo perdonaré, ¿sabes? Nunca se lo perdonaré.<br />Mercedes se refería al hecho que marcó la ruptura definitiva de Miguel con Nadya. Ambos se habían establecido definitivamente en Sevilla y se habían casado. Miguel había cedido y lo habían hecho por el rito musulmán. Al fin y al cabo, él la amaba, y celebrar la ceremonia como ella deseaba no le había parecido un detalle importante. Además hacía años que Miguel no iba a la iglesia, se consideraba un católico "no practicante". Habían tenido un niño y le habían llamado Abdul. Miguel había intentado convencer a Nadya de que, ya que iban a vivir en España, lo más sensato era buscar un nombre español. Una vez más, ante la incomprensión de ella, Miguel había vuelto a ceder.<br />Mercedes había ido viviendo el progresivo deterioro del matrimonio de su hijo, ya que éste viajaba frecuentemente a Madrid por cuestiones del trabajo y hablaba de sus problemas a su madre. Además, como había vuelto a retomar su relación con Aurora, Mercedes paraba en Sevilla siempre que viajaba hasta Bolonia, lo que le había permitido comprobar in situ que los episodios en los que Nadya cambiaba de personalidad habían aumentado.<br />Cuanto más pasaban los meses y los años, más convencida estaba Mercedes de que aquella relación no soportaría el paso del tiempo. Sólo una vez, en la que Miguel la había llamado por teléfono desde la habitación de un hotel, le había aconsejado que se separara de ella. Habían tenido una fuerte discusión y él se había ido de casa. Como Miguel no quiso ni oír la palabra divorcio, Mercedes casi le ordenó que regresara a casa, no fuera que Nadya le denunciara por abandono del hogar. Él juzgó sensatas las palabras de su madre y había vuelto a casa esa misma noche. Pero fue la primera vez que pasó por su cabeza la posibilidad de que cada uno siguiera con sus vidas por separado.<br />La vuelta a casa de Miguel no había arreglado en nada la situación, que cada vez se fue deteriorando más y más. Al final, una fuerte discusión, la enésima, propició que ella abandonara la casa con el niño. Se marchó a Madrid y, tras la denuncia interpuesta por Miguel, la detuvieron en el aeropuerto de Barajas, en la puerta de embarque. Había quedado allí con su hermano mayor y con su padre e iban a tomar un vuelo a Argelia. La policía había abortado el secuestro, y la separación entre Miguel y Nadya fue por fin definitiva. El juez le había dado la custodia del niño a él.<br />-No lo pienses más, cariño -dijo Aurora. Ya verás cómo cualquier día Miguel encuentra una buena chica que le dé el amor que se merece.<br />Y dicho esto, las dos mujeres se besaron tiernamente.<br />-Te amo, Mercedes.<br />-Yo también, Aurora, yo también te amo.</div></div>Paco Gómezhttp://www.blogger.com/profile/11714888896056493468noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-3121407904974035099.post-88115228073581104682007-10-27T19:54:00.000+02:002007-10-27T20:02:28.107+02:00El síndrome de Peter Pan<a href="http://bp3.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/RyN8wQdR_kI/AAAAAAAAAE4/OdqixepNuOc/s1600-h/peter.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5126077969371102786" style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/RyN8wQdR_kI/AAAAAAAAAE4/OdqixepNuOc/s320/peter.jpg" border="0" /></a><br /><div>El otro día escuchaba en la radio un par de noticias alarmantes. Ahí va la primera: "Faltan médicos en España". La segunda decía así: "Antes, de padres con estudios básicos o sin estudios salían hijos con titulación media o superior. Ahora, de padres con estudios básicos, medios o superiores, salen hijos con estudios básicos o sin estudios".</div><br /><div><br />Las dos noticias indican que empezamos a sufrir las consecuencias del abandono y del fracaso escolar. En pocos años, no sólo faltaran médicos sino que empezaran a faltar ingenieros, arquitectos, historiadores, escritores, escultores..., etc. Los niños no quieren estudiar, "no les gusta". Y los padres, más dedicados a "criar príncipes" a los que compran móviles, consolas y motos, no se lo recriminan ni fomentan el esfuerzo como camino para obtener unas metas.</div><br /><div><br />La proliferación de empresas de todo ámbito ha hecho que en España apenas haya paro. Los adolescentes abandonan la escuela en segundo o en tercero de la E.S.O. y empiezan a trabajar por cuatro duros que emplean en seguir manteniendo su estatus y su síndrome de Peter Pan. El proceso de maduración personal no existe y la mayoría acaban convertidos en seres humanos embrutecidos cuyas inquietudes intelectuales más inmediatas son: llenar el carro en el "Carrefour", llenar el tanque de gasolina, llenar el gaznate con cerveza y llenar el tiempo libre con programas al estilo "Salsa Rosa".</div><br /><div><br />Acciones como leer, ir al teatro, escuchar música clásica o hacer un viaje de tipo cultural se convierten en actividades de ciencia-ficción.</div><br /><div><br />Van por la carretera a toda leche, tienen unas hipotecas de locos y las "visas" con los topes de crédito agotados.</div><br /><div><br />¿Adónde va esta sociedad? Pues yo creo que está claro: Hacia la decadencia y hacia un "petardazo" que será el que vuelva a poner las cosas en su sitio y a cada uno en su lugar. No será el gobierno de turno el que ponga arreglo a esto sino una crisis económica que nos obligue a todos a reaccionar.</div>Paco Gómezhttp://www.blogger.com/profile/11714888896056493468noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-3121407904974035099.post-41478198458509876832007-07-20T10:00:00.000+02:002007-07-20T10:05:31.533+02:00El preludio del reflejo de Oberón<a href="http://bp1.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/RqBssdcWkBI/AAAAAAAAAEg/JfUw9Oy19q8/s1600-h/bosque.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5089187090002251794" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/RqBssdcWkBI/AAAAAAAAAEg/JfUw9Oy19q8/s320/bosque.jpg" border="0" /></a><br /><div>Dejando atrás a mi compañera de caminata con la promesa de verla más tarde, continué ascendiendo por aquella angosta y húmeda vereda. Al cabo de un buen trecho, cansado y con el sudor de mi frente penetrando ya en mis ojos, me incliné para beber un poco de agua del arroyo. El riachuelo me devolvió el reflejo de Oberón como preludio de que algo fuera de lo común iba a suceder. Entonces, tras haber bebido un primer sorbo, lo oí. Sonó como un crujido, como si hubieran partido en dos una rama seca.<br /><br />Mi tranquilidad se transformó en un estado de nervios irracional. Lo primero que se me ocurrió fue llamar a mi compañera con mi teléfono móvil, pero no contestó. Un frío gélido se apoderó de mi cuerpo a pesar de ser verano y gozar de una temperatura muy cálida.<br /><br />Y entonces apareció justo enfrente de mí, como un fantasma de rostro incrédulo y aterrado y con varios regueros de sangre provocados por la mortal herida de su cráneo que caían por su cabeza de forma desigual. Me habló como lo que ya era, un espectro confundido y despistado.<br /><br />-¿Por qué me has hecho esto? -me dijo.<br /><br />Agaché la cabeza como un cobarde y no supe qué contestarle. </div>Paco Gómezhttp://www.blogger.com/profile/11714888896056493468noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-3121407904974035099.post-88951864802092523782007-07-19T19:08:00.000+02:002007-07-20T09:58:20.988+02:00Mis dos fobias<a href="http://bp3.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/Rp-etNcWkAI/AAAAAAAAAEY/ScuRV-HRvV4/s1600-h/circo.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5088960603491831810" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/Rp-etNcWkAI/AAAAAAAAAEY/ScuRV-HRvV4/s320/circo.jpg" border="0" /></a><br /><div><br />Cuando pensaba en mi vida, tenía que acabar concluyendo que todo me iba a pedir de boca. Tenía una mujer estupenda y maravillosa que me amaba y tenía un crío de diez años que era nuestra alegría y nuestra debilidad.<br />Sólo había dos cosas que me traían a maltraer y que no comprendía por irracionales. No podía acercarme a un circo, era superior a mis fuerzas.No es que me pusiera nervioso o alterado, me ponía histérico. Así que, cuando nuestro hijo nos pedía que le lleváramos a ver las atracciones circenses del último circo que hubieran montado en la ciudad, era mamá la que cumplía porque papá no podía. La otra fobia que me acompañaba desde siempre era que no podía ver una baraja de cartas. Daba igual que fuera una baraja española o de póquer, la reacción siempre era la misma. Era ver unos naipes y me ponía a temblar descontroladamente. La verdad es que mi mujer, con la ternura y el tacto que la caracteriza, siempre me había sugerido ir a un psicólogo. Y yo, con la testarudez y la estupidez que me caracteriza a mí, siempre me había negado. Al fin y al cabo uno no va tropezándose en su vida cotidiana con circos y con partidas de cartas. Ese era mi argumento, pero la verdad era que no me apetecía contarle mis tonterías a ningún extraño, aunque fuese profesional. Una tarde habíamos programado una velada en casa de las típicas. Marco y Marisa, su mujer, habían venido con su hijo Pedrito a pasar la tarde. Lo pasábamos bien en esas veladas, ya que Marco era amigo mío desde la infancia, las mujeres se llevaban muy bien y los niños jugaban toda la tarde. Sin saber muy bien por qué, mis fobias se convirtieron en el tema estrella de la conversación. Tanto fue lo que me presionaron que a la mañana siguiente prometí llamar a la consulta del doctor Grau para concertar una cita. El terapeuta había estudiado con Marisa en la universidad y ella me aseguró que hacía milagros con los pacientes. Así que no me quedó más remedio que tomar su tarjeta y prometer a todos que iría a que me viera. A la mañana siguiente, en el trabajo, saqué la tarjeta de mi bolsillo y cuando me disponía a llamar algo me frenó. Debajo del nombre del terapeuta había unas palabras que no me gustaron: “Hipnosis regresiva, viaja a vidas pasadas”. Así que, decidí no llamar. Pero, ¡lo que son las cosas!. Como había poco trabajo, decidí mirar en INTERNET a ver si encontraba algo sobre las regresiones. ¡Y vaya si lo encontré! Aquellas páginas eran un compendio de pseudo-esoterismo barato que me echó definitivamente para atrás. Y para no quedar mal con nadie, llamé a Marisa e intenté disculparme. La conversación fue breve pero sirvió para que yo acabara en la consulta de su amigo.</div><br /><div>-¿Marisa? Hola, soy Pepe.</div><div> </div><div>-Hola Pepe, cómo vas. ¿Ocurre algo?</div><div> </div><div>-Pues sí. Oye, mira, yo creí que tu amigo era un psicólogo serio. Si es uno de esos que promete llevarte a vidas pasadas y esas chorradas parapsicológicas yo…</div><br /><div>-Oye, el doctor Grau no es una persona como la que tú estás describiendo. Por supuesto que es un psicólogo serio, uno de los más serios que yo conozco -me dijo Marisa contrariada.</div><br /><div>-Y, entonces ¿qué significa lo de las vidas pasadas en la tarjeta?-dije yo como si la hubiera cogido en un renuncio.</div><br /><div>-Eso no tiene nada que ver, pura mercadotecnia, chico. Escucha, -me dijo con toda la serenidad del mundo- yo que tú, primero hablaría con él, sin comprometerme a nada. Te atenderá gratis la primera consulta si dices que vas de mi parte. Si una vez que hayas hablado no te ves convencido, pues no pasa nada, te vas y santas pascuas. ¿Qué te parece?</div><br /><div>-Me parece razonable, Marisa. Pero lo de las vidas pasadas me parece una chaladura, chica.</div><br /><div>-Bueno, pues yo ya no te digo más. Te dejo, que tengo trabajo. Ya me contarás.</div><br /><div>-Vale, un beso. Ah, y gracias.</div><br /><div>-No las merezco, chao.</div><br /><div>Después de hablar con Marisa llamé a la clínica y me citaron para el día siguiente. Esa noche hasta tuve pesadillas, lo que provocó que pasara el día entre ansiedad y somnolencia. No obstante, después de salir del trabajo, le eché valor y me presenté allí. Mientras estaba en la sala de espera estuve a punto de marcharme ya que los "elementos de mercadotecnia” colgaban de las paredes en forma de llamativos carteles. Pero cuando iba abandonar la enfermera pronunció mi nombre y me pareció menos violento entrar a la consulta que marcharme sin decir nada. El doctor Grau me saludó educadamente. Al parecer, Marisa ya había hablado con él y le había comentado mis reticencias. Y yo se las confirmé mientras él me escuchaba pacientemente. Tuve la extraña sensación de que el doctor me resultaba inquietantemente familiar, aunque era la primera vez que le veía.</div><br /><div>-Escúcheme -me dijo-. Yo soy un científico y si he optado como terapeuta por el método de la hipnosis regresiva es porque me da estupendos resultados. Mediante este sistema hago retroceder en el tiempo a mis pacientes y les llevo hasta sus traumas. Lo que ocurre es que, a veces, después de hacer un recorrido temporal a lo largo de su vida, no encuentro ningún resquicio. Cuando sigo retrocediendo, el paciente suele verse en lo que parece ser el útero de su madre. A partir de ahí, si seguimos dando marcha atrás, el paciente da un salto hacia un tiempo y un lugar que no pertenecen a su vida cotidiana. Sin embargo, el paciente tiene la sensación de haber vivido esos hechos.</div><br /><div>-¿En vidas pasadas? -le pregunté con sarcasmo.</div><br /><div>-Me importa un pito lo que sea -contestó él de forma tajante.</div><br /><div>-Perdón, ¿cómo dice?</div><br /><div>-El concepto de “vidas pasadas” es el más romántico o el más filosófico. Pero también podría ser que tuviéramos esas informaciones grabadas en el subconsciente. O podría ser que fueran fruto de la información genética. Tenga en cuenta que los genes se van transmitiendo de generación en generación y podría ser que guardáramos información de vivencias que tuvieron nuestros padres, nuestros bisabuelos o nuestros primeros antepasados. En cualquier caso, ninguna de las teorías anteriores ha podido ser demostrada. Y hasta que lo sean, yo sigo curando pacientes mediante la regresión.</div><br /><div>-Oiga, creo que le debo una disculpa -dije arrepentido-. Verá, he visto tantas cosas en INTERNET que creí que sería usted un charlatán.</div><br /><div>-Y no le culpo, amigo. Este es un terreno abonado para sinvergüenzas y estafadores. Pero esto es una consulta médica. Y si usted está de acuerdo, empezamos ahora mismo. La sesión de hoy es gratis y si cuando terminemos no está conforme, se lo dice usted a Marisa y aquí paz y después gloria, ni siquiera tendrá que volver a verme.</div><br /><div>Cuando al cabo de una hora salí de la sesión, tuve claro que volvería a ver a ese hombre. El proceso de hipnosis me llevó a volver a revivir algunos episodios de mi vida. La sensación fue extraña, porque era consciente de estar tendido en la camilla y al mismo tiempo vivía un hecho que había ocurrido en el pasado. Pero no lo recordaba extrayéndolo de mi memoria, sino que volvía a vivirlo como si volviera a estar allí. Fue increíble. </div><br /><div>La siguiente sesión tuvo lugar una semana más tarde. El doctor Grau me relajó y me dijo que íbamos a viajar hasta un circo que hubiera significado mucho para mí. Inmediatamente me sentí transportado hasta el descampado en el que jugábamos al fútbol cuando yo era pequeño. Mis amigos y yo teníamos doce años y me alegré de volver a verlos. Durante esos días no podíamos jugar con el balón ya que en nuestro descampado habían instalado un pequeño circo. Así que aquella noche jugábamos al escondite. Las lonas y los artefactos circenses hacían que el juego fuese más interesante ya que disponíamos de muchos lugares en los que scondernos. Precisamente, yo me escondí detrás de una de las lonas. En un momento dado, escuché pasos detrás de mí. Al volverme contemplé a dos hombres que me miraban con malas intenciones.</div><br /><div>-Así que has venido a robar ¿eh? -dijo uno de ellos enfatizando el final de la frase.</div><br /><div>-Yo… -dije balbuceando-, no… Estoy jugando al escondite y…</div><br /><div>No me dejaron explicarme porque el que había hablado me propinó una patada en el costado que me levantó del suelo.</div><br /><div>-¡Pingo! -dijo el otro con mala leche. Luego me dio una bofetada que provocó que el oído me zumbara durante horas.Como allí no valían las explicaciones, mis amigos me llamaron desde detrás y salimos corriendo como alma que lleva el diablo.El doctor Grau me despertó del trance y recuerdo que al levantarme de la camilla tuve que secarme las lágrimas. Había estado llorando. ¿Cómo había podido olvidar el suceso?</div><br /><div>-Este episodio significó mucho para usted -me dijo el doctor-. Seguramente fue la primera vez que unas personas mayores abusaron de usted. Y usted no había hecho nada malo. Su mente no lo comprendió y decidió borrar ese capítulo de su vida, pero sin embargo, cada vez que ve un circo, no puede soportarlo. Pues bien, ya sabe por qué. Lo que debe hacer ahora es asumir el hecho e integrarlo en su vida cotidiana con su perspectiva de adulto. Y admitir que ponerse nervioso por ver un circo no tiene sentido.</div><br /><div>El sábado siguiente llevé a mi hijo y a Pedrito al circo y yo me lo pasé mejor que ellos. Me había curado. Antes de empezar la siguiente sesión, informé al doctor Grau de mi progreso y le di las gracias por todo.</div><br /><div>-Aún no hemos terminado -me dijo-. Todavía tenemos que ver qué pasa con su fobia a las cartas. </div><br /><div>Esta sesión duró un poco más, ya que no encontramos nada que pudiera justificar mi aversión a los naipes. Así que el doctor me llevó hasta el útero de mi madre. Pero en el momento en que más a gusto me encontraba salté hasta un “yo” que vivía en el siglo XIX en un pueblo del norte de España. Realmente era yo, tenía cincuenta años y me llamaba Paulino.Vivía en un pueblo casi deshabitado y trabajaba de sol a sol. Era viudo y no tenía hijos. Y la única diversión era la partida de cartas de los domingos por la tarde. Mi vida no era radiante pero tampoco era un infeliz. Lo único que ocurría era que desde hacía un año yo venía padeciendo unos dolores infernales en el pecho. Por aquel entonces no había médicos, pero yo sabía que tenía una enfermedad mortal. Y como era un bromista, decidí despedirme de mis amigos a mi manera. Así que en una de aquellas partidas decidí hacer una apuesta. Les dije a mis amigos que sería capaz de adivinar el día de mi muerte con las cartas. Me las coloqué y saqué algunas que, por su número, me dieron la fecha que yo quería: el 10 de diciembre de 1891, una semana más tarde. El Salustiano, buen amigo, entró al trapo e hicimos una apuesta. Si no moría yo le daba mis dos vacas y si moría, él pagaría el entierro y el funeral. A la semana siguiente, el día 10, el cura encontró mi cuerpo en mi casa pendiendo de una soga. Me había suicidado. </div><br /><div>No hace falta decir, que a partir de ese momento las partidas de cartas se incorporaron a las reuniones con Marco y con Marisa. Cuando llegó la hora de pagar al doctor metí en un sobre acolchado un talón, una baraja de cartas y dos entradas para el circo. Y se lo hice llegar de forma anónima. A los pocos días recibí en casa una carta que llevaba el membrete del doctor Grau. La carta decía “Gracias, Paulino”. Y la firmaba “ el Salustiano”. </div>Paco Gómezhttp://www.blogger.com/profile/11714888896056493468noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-3121407904974035099.post-18891544384796722282007-07-12T11:08:00.000+02:002007-07-20T12:37:58.326+02:00Inhumación ilegal<div><span style="color:#cc0000;">Comienzo del relato: Javier Tomeo</span><br />Mi amigo Ramón dice que en estos tiempos que corren la televisión y los televisores vienen a ser la versión electrónica del diablo. -¿Dónde tienen los televisores los cuernos? -le pregunto, divertido por su ocurrencia. Me explica que los cuernos de los nuevos diablos electrónicos pueden ser perfectamente esas antenas que se colocan sobre los televisores para mejorar la imagen. Luego enciende un cigarrillo y me cuenta que hace un par de semanas tuvo la ocurrencia de enterrar su televisor portátil de diez pulgadas mientras estaban retransmitiendo uno de esos programas en los que la gente se insulta y se tira los trastos por la cabeza. -Era una noche de plenilunio y hacía un calor sofocante -recuerda- Bajé al solar que hay delante de casa, puse el televisor en marcha y lo deposité cuidadosamente en el fondo de un pozo q<a href="http://bp1.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/RqCQadcWkCI/AAAAAAAAAEo/PUiB7TaeY24/s1600-h/cementerio.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5089226363183206434" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/RqCQadcWkCI/AAAAAAAAAEo/PUiB7TaeY24/s320/cementerio.jpg" border="0" /></a>ue había cavado aquella misma mañana al pie de un olivo. Luego empecé a echar la tierra removida encima del televisor sin que la presentadora y los concursantes se diesen cuenta. Fue así como consumé el primer televicidio de la historia. -¿Y qué sucedió luego? </div><div><br /><span style="color:#990000;">Continuación del relato: Paco Gómez</span><br />- Lo más increíble que te puedas imaginar -comentó Ramón con desgana- Cuando regresaba a mi casa oí unas voces lejanas. Al principio no quería creerlo, pero cuando por fin acepté el hecho de que los timbres de esas voces me eran irremediablemente familiares, me volví. Encendí un cigarrillo y me quedé mirando al hoyo que acababa de tapar apoyado en el mango de la pala y echando humo como una locomotora. Las voces eran la de la presentadora y la de los concursantes. Y pedían socorro los muy "chalaos", ¿te lo puedes creer?- Venga, Ramón, que esto no hay quien se lo trague.- Ya lo sé -respondió con toda la naturalidad del mundo mientras exhalaba parsimoniosamente el humo de su cigarrillo- Ten en cuenta que el televisor estaba apagado y desconectado del cable de antena. Sólo me había tomado un par de vinos en la cena, así que estaba sobrio. Pensé que me había vuelto "majarón".Ramón encendió otro cigarrillo y permaneció en silencio unos instantes. Parecía que había dado por concluida la conversación. Y yo empecé a experimentar ansiedad, porque empecé a vislumbrar que el relato de Ramón podría ser cierto. Era un bromista, pero esta vez parecía afectado mientras contaba su historia. Me arriesgué a picar en el anzuelo porque, si todo era una broma, iba a estar riéndose de mí por lo menos un mes.- Bueno, Ramón, ¿y que pasó después? -le pregunté.- Pasó lo que tenía que pasar -continuó- Apagué el pitillo y me puse a desenterrar el maldito televisor entre las voces de esos "degeneraos". Cuanto más tierra quitaba, más chillaban, hasta que se hizo el silencio.- Bueno, ¿y qué pasó luego?- Con el trajín de cavar no me había dado cuenta, pero el caso es que delante de mis narices se habían "plantao" dos municipales que me estaban diciendo que saliera del boquete y que les diera mi carné de identidad. Al preguntarme por lo que estaba haciendo no se me ocurrió otra cosa que decirles la verdad. Y les dije que luego me había arrepentido de enterrar el televisor en la vía pública porque... En fin, que les largué un rollo ecologista, tú sabes.- Bueno, y ellos, ¿qué te dijeron? -le pregunté ansioso por saber el desenlace de la historia.- Pues lo primero, que siguiera cavando, para comprobar mi versión. Después, que tapara el hoyo. Luego, tras convencerles de que me llevaría la "tele" a casa y que el suceso no se volvería a repetir, me preguntaron que si quería que me llevaran a un hospital. Tuve que emplear toda mi labia para convencerles de que había sido un episodio de paranoia puntual, insólito pero puntual, Andrés, tú sabes.- ¿Y te dejaron ir? ¿Sin más?- No sin antes decirme que me llamarían en una hora, para ver si todo iba bien. Así que me fui a casa y monté el televisor. En el programa seguían dando gritos pero la pelleja de la presentadora me miró en un momento determinado y me guiñó un ojo.- ¡Vamos anda, Ramón!- Te lo juro por lo más "sagrao", Andrés. Parecía como si me dijera que no iba a poder librarme de ella así como así.- Y, ¿sigues viendo ese programa?-¡Qué remedio, chico! Si no lo pongo empiezan a sonar esas malditas voces en mi cabeza. No me he atrevido ni a quitar el barro del televisor.No supe qué decir así que me despedí de él y me marché de allí pensando en las cosas de Ramón. Ya no me hacía ninguna gracia lo que me había contado. Desde que murió su mujer, se estaba volviendo cada vez más "majarón".</div>Paco Gómezhttp://www.blogger.com/profile/11714888896056493468noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-3121407904974035099.post-27440513138047705892007-07-12T10:35:00.000+02:002007-07-20T12:41:21.532+02:00Un amigo en la noche<a href="http://bp3.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/RqCQw9cWkDI/AAAAAAAAAEw/xFhmTPtEDjk/s1600-h/bolonia.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5089226749730263090" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_c7VMY4Nf1Bk/RqCQw9cWkDI/AAAAAAAAAEw/xFhmTPtEDjk/s320/bolonia.jpg" border="0" /></a><br /><div>No cabía duda, el pueblo costero gaditano ejercía en Paco verano tras verano el efecto terapéutico esperado. Después de trabajar todo el año, tenía que acudir allí y dedicarse a no hacer nada, a prescindir de horarios, a contemplar las montañas, a oír el susurro del oleaje, a tomar el café con los parroquianos. Y tenía que hacerlo solo. No sabía a ciencia cierta de qué manera había desarrollado ese instinto que le hacía no sólo buscar la soledad, sino amarla y gozarla intensamente. Cada vez odiaba más el tener que mezclarse con gente. Si tenía que hacerlo, siempre acababa frustrado y maldecía en silencio el momento en que había decidido acudir a la reunión. La última había sido en su casa, antes de iniciar sus vacaciones. Invitó a una pareja a la que conocía de toda la vida y acudieron con los niños. Ya durante la cena experimentó la familiar sensación de tedio al comprobar que la estrella de la velada era la ausencia de cualquier tipo de conversación medianamente inteligente. Echó profundamente de menos a las personas que conoció tiempo atrás. Cuando al término de la cena el tiempo fue pasando y la pareja compartía juegos con los niños en un pequeño artilugio que él supuso que era una consola, se levantó, se dirigió al servicio y vomitó. Cuando volvió seguían emitiendo gruñidos e incluso se enfadaban entre ellos. Así que les echó de su casa con toda la diplomacia que fue capaz de reunir. Acababa de cenar y mientas fumaba un cigarrillo escuchando el ruido de las olas, estaba reflexionando. ¿Sería una enfermedad sentirse feliz estando solo? Hace ya mucho tiempo que se hacía esta pregunta. Abandonó el murmullo de la terraza y se dirigió a experimentar su rutinario paseo nocturno. Le gustaba ir de noche por esa carretera oscura, sin más luces que las de las casas lejanas, sin más ruido que el pitido de los barcos que atravesaban el Estrecho de Gibraltar. Y rezaba para que la civilización no llegara nunca allí, para que su refugio estival permaneciera siempre como hasta ahora, en estado semisalvaje. Al cabo de un buen trecho de marcha observó un bulto en la oscuridad, algo sobre el murete que bordeaba la estrecha carretera. Cuando se fijó un poco más, vio que era un hombre de espaldas que miraba en dirección a la estela luminosa proyectada por la luna sobre el mar. El hombre lloraba y su llanto era el más amargo que Paco había escuchado nunca. Se quedó tan impresionado por la circunstancia que su primera reacción fue seguir la inercia de sus pasos y, cuando se dio cuenta, había dejado la escena unos cien metros atrás. De repente sintió que no podía seguir paseando y que de alguna manera, se había contagiado de una angustia vital como nunca antes había sentido. Giró ciento ochenta grados y se fue acercando poco a poco al desconocido. Se situó a su espalda mientras pensaba que no tenía ninguna necesidad de hacer lo que iba a hacer.</div><div>-Buenas noches, amigo -dijo Paco al tiempo que el hombre dio un respingo y se volvió asustado.</div><div> </div><div>-¿Quién es usted? ¿Qué quiere? -contestó el hombre con marcado acento británico.</div><div> </div><div>-Perdóneme, pero sólo soy un paseante nocturno que no he podido asumir sin más lo que he visto mientras iba caminando. No quiero molestar, es más, si me dice que me vaya seguiré mi camino inmediatamente.</div><div> </div><div>-No, no es eso. Es sólo que no le conozco y me ha sorprendido el sonido repentino de su voz. Ni siquiera le había visto llegar. -El extranjero había apagado sus sollozos e intentaba aparentar más dignidad de la que tenía en esos momentos.</div><div> </div><div>-Entonces, permítame que me siente ¿quiere un cigarrillo? -El hombre aceptó y la llama del mechero permitió a ambos escrutar más de cerca sus rostros. </div><div> </div><div>-Se está bien aquí ¿eh? Al menos a mí siempre me reconforta la mezcla de la oscuridad de la noche y el rumor de las olas. -Paco intentó iniciar la conversación intentando poner en práctica la poca sensibilidad que aún le quedaba en sus relaciones con los demás.</div><div> </div><div>-Pues la verdad es que sí, -contestó el extranjero- a pesar de que la vida no tenga sentido.</div><div> </div><div>-Puede que lleve razón, o puede que no. O puede que el error sea intentar explicar la vida en términos racionales. Siempre pensé que la razón es una cualidad estrictamente humana, por tanto, siendo anecdótico el género humano dentro de la diversidad animal, vegetal y mineral, ¿por qué tendría que ser acertado analizar la vida en pensamientos razonados?</div><div> </div><div>-Eso es demasiado profundo amigo, aunque admito que la reflexión es original. Mire, intuyo que le he dado pena y que se ha sentado conmigo para intentar ayudarme, cosa que le honra y que le agradezco. Pero sencillamente, mi vida es un asco, algo he debido hacer mal. Me encuentro en un momento en el que no me reconozco, sólo siento angustia y una pena muy grande.</div><div> </div><div>-Se equivoca amigo -dijo Paco procurando no contrariar en exceso al afligido desconocido-. No sentía ninguna pena por usted, no le conocía. Haciendo un ejercicio de sinceridad, me he sentado con usted porque he sentido la necesidad, nada más. Sin embargo, nuestra conversación hace que empiece a sentir una corriente de empatía hacia usted, inexplicable ¿verdad? Pero así es como funcionamos. Como puede ver no es nada racional, pero ahí está.</div><div> </div><div>-Le agradezco sus palabras, de verdad. Pero cuando uno pierde su trabajo por cuidar a su mujer que acaba de morir de cáncer, cuando al cabo de un mes tu única hija muere en un accidente de tráfico y una semana más tarde tus padres mueren en una explosión de gas, no queda más remedio que pensar que todo esto es una mierda, y perdone la expresión -afirmó categórico el extranjero.En ese momento a Paco sólo le resonó una palabra en el cerebro: ¡joder! ¿Qué podía decirle ahora a este hombre? ¿Que la vida sigue? ¿Que hay que olvidar? Esperaba estar a la altura de las circunstancias.</div><div> </div><div>-Lo que acaba usted de decirme es tan fuerte que no se cómo no se ha quitado usted de en medio -respondió Paco intentando reforzar la valentía de su interlocutor.</div><div> </div><div>-Pues está usted a punto de presenciarlo. Llevo más calmantes encima de los que mi cuerpo podrá soportar. Lo siento pero he intentado no involucrar a nadie -contestó sereno el extranjero.Como Paco intuyó que no serviría de nada seguir con la conversación, sacó de su bolsillo el teléfono móvil y llamó a la Guardia Civil. En ese momento el extranjero le quitó el teléfono, lo apagó y lo lanzó lejos.</div><div> </div><div>-Pero ¿qué hace? -gritó Paco.</div><div> </div><div>-Se lo ha tragado ¿verdad? -le decía el extranjero mientras le miraba con el rostro totalmente cambiado. Ahora sonreía como un niño que se hubiera salido con la suya y Paco estaba desconcertado.- La verdad es que le he mentido como un bellaco amigo. Demos un giro a nuestro encuentro y escuche los hechos como yo los he percibido. He visto acercarse a un hombre en la oscuridad. Y he visto que ese hombre tiene una pena tan grande en el alma que he decidido montar un ardid para que se detuviera. Y ahora cuénteme amigo, ¿qué diablos le ocurre a usted?</div>Paco Gómezhttp://www.blogger.com/profile/11714888896056493468noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-3121407904974035099.post-11931535041934067222007-04-11T11:22:00.001+02:002007-04-11T11:22:41.289+02:00Relato: El DiarioLlegué a casa y tomé la cena que corresponde a un teniente de la brigada de homicidios que ha tenido que examinar el cuerpo de su compañero muerto de un tiro en la cabeza, es decir, un bocado ligero. Ni siquiera tuve ganas de anotar en mi diario los acontecimientos del día. Me recosté en la cama y me dispuse a leer las últimas páginas del diario del teniente Cárdenas: "-... hasta estrellarme contra mi cama-. Terminé de leer el diario del difunto y recliné la cabeza sobre la almohada. Enseguida empecé a relajarme. Tanto, que al poco tiempo sentí que la conocida sensación estaba llegando. En vez de tomar el camino del sueño tomé el otro. Ese en el que uno está lúcido sin estar dormido, pero tampoco despierto, y con el cuerpo totalmente paralizado. En mi cerebro comenzó a sonar un martilleo continuo, lento, aumentando el ritmo hasta convertirse en una frecuencia semejante a un pitido. Era muy extraño y yo sabía que algo iba a pasar. De repente vi una bola de luz creciente que se tornó en estallido mudo y se transformó en un torrente de vértigo que desembocó en una situación de lo más extravagante. Me encontraba ante un ser de figura antropomorfa y en un abrir y cerrar de ojos me estaba mostrando lo que parecía una ciudad con edificios de cristal. Había carreteras, y algo semejante a personas y vehículos. Todo era muy raro y sentía que me costaba ajustar la percepción. Entonces el ser me dijo que dejara de luchar contra mí mismo y mi visión se convirtió en energía. De repente veía luces y entre ellas podía identificar claramente a los seres humanos, que eran resplandores ambarinos. Continuó diciéndome que no me preocupara por nada. Que me enseñaba esto porque pronto sería una luz ámbar, ya que al día siguiente yo iba a morir y regresaría al lugar de donde procedía. A continuación sentí un vértigo atroz y algo tiró desde atrás con fuerza hasta estrellarme contra mi cama. Sudoroso y extrañado tampoco di más importancia al asunto y me dormí." Vaya con el teniente Cárdenas, sueño premonitorio de muerte anunciada. Terminé de leer el diario del difunto y recliné la cabeza sobre la almohada. Enseguida empecé a relajarme. Tanto, que al poco tiempo sentí que la conocida sensación estaba llegando. En vez de tomar el camino del sueño...