tag:blogger.com,1999:blog-273443682009-05-13T22:54:02.585-07:00La Gruta de OlimpiaNovela on line de una escritora argentinaLucía Bernardinoreply@blogger.comBlogger23125tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-78347088547188209402008-09-25T21:54:00.000-07:002008-09-25T22:05:12.830-07:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_B9LmvahJubY/SNxrUijA9-I/AAAAAAAAABI/9mHNMbiu9u0/s1600-h/ojo.jpg"><img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer;" src="http://1.bp.blogspot.com/_B9LmvahJubY/SNxrUijA9-I/AAAAAAAAABI/9mHNMbiu9u0/s320/ojo.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5250189266222381026" border="0" /></a>
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<br /><span style="color: rgb(255, 0, 0);font-family:webdings;" >Capítulo - 23</span>
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<br /><meta name="Originator" content="Microsoft Word 11"><link rel="File-List" href="file:///C:%5CDOCUME%7E1%5CCMP%5CCONFIG%7E1%5CTemp%5Cmsohtml1%5C01%5Cclip_filelist.xml"><!--[if gte mso 9]><xml> <w:worddocument> <w:view>Normal</w:View> <w:zoom>0</w:Zoom> <w:hyphenationzone>21</w:HyphenationZone> <w:punctuationkerning/> <w:validateagainstschemas/> <w:saveifxmlinvalid>false</w:SaveIfXMLInvalid> <w:ignoremixedcontent>false</w:IgnoreMixedContent> <w:alwaysshowplaceholdertext>false</w:AlwaysShowPlaceholderText> <w:compatibility> <w:breakwrappedtables/> <w:snaptogridincell/> <w:wraptextwithpunct/> <w:useasianbreakrules/> <w:dontgrowautofit/> </w:Compatibility> <w:browserlevel>MicrosoftInternetExplorer4</w:BrowserLevel> </w:WordDocument> </xml><![endif]--><!--[if gte mso 9]><xml> <w:latentstyles deflockedstate="false" latentstylecount="156"> </w:LatentStyles> </xml><![endif]--><style> <!-- /* Style Definitions */ p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal {mso-style-parent:""; margin:0cm; margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:12.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman";} @page Section1 {size:612.0pt 792.0pt; margin:70.85pt 3.0cm 70.85pt 3.0cm; mso-header-margin:36.0pt; mso-footer-margin:36.0pt; mso-paper-source:0;} div.Section1 {page:Section1;} --> </style><!--[if gte mso 10]> <style> /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tabla normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} </style> <![endif]--> <p class="MsoNormal" style="line-height: 150%;">
<br /><span style="font-family:Arial;"><o:p></o:p></span></p> <p class="MsoNormal" style="line-height: 150%;"><span style="font-family:Arial;">No sabía si escribir o no la verdad. Aunque Francisco Menéndez lo había amenazado, Esteban dudaba de lo que estaba haciendo. ¿Por qué no contar todo? ¿Por qué sus lectores no podían compartir sus descubrimientos?<o:p></o:p></span></p> <p class="MsoNormal" style="line-height: 150%;"><span style="font-family:Arial;">Esteban se sentó en su escritorio y comenzó a deslizar sus dedos sobre el teclado de su computadora portátil.<o:p></o:p></span></p> <p class="MsoNormal" style="line-height: 150%;"><span style="font-family:Arial;">Francisco Menéndez y yo fuimos a la “Gruta de Olimpia”. No es cierto que el casero le había enviado un mensaje al entrenador.<o:p></o:p></span></p> <p class="MsoNormal" style="line-height: 150%;"><span style="font-family:Arial;">Llegamos por la tarde. Cruzamos una tranquera y el Ford K azul lentamente recorrió, casi con pereza, el camino bordeado por antiguos álamos. El olor a pasto húmedo se introducía por todos los resquicios. Tuve una sensación de bienestar…extraño…Menéndez no era una compañía agradable. Cerré los ojos para que mis otros sentidos se volvieran más perceptivos. De pronto, noté en mis manos la sensación de algo sedoso. Acerqué el objeto a mi rostro. Tenía un aroma que conocía, pero no pude definirlo.<o:p></o:p></span></p> <p class="MsoNormal" style="line-height: 150%;"><span style="font-family:Arial;">Decidí, entonces, mirar qué había tomado. Con sorpresa y un poco de repugnancia comprobé que eran los mechones de cabello que había encontrada al salir desde Buenos Aires.<o:p></o:p></span></p> <p class="MsoNormal" style="line-height: 150%;"><span style="font-family:Arial;">En ese momento, Francisco Menéndez se dio cuenta de la situación y me dijo…me dijo…me dijo… Esteban se detuvo. No podía seguir escribiendo. ¿Cómo contarlo? No es lo mismo escucharlo que verlo plasmado en un espacio. ¿Debería o no continuar? Era horroroso. No podía tomar distancia de lo que el entrenador, con una tranquilidad admirable, le había explicado. <o:p></o:p></span></p> <p class="MsoNormal" style="line-height: 150%;"><span style="font-family:Arial;">Esteban decidió dejar de escribir. Sólo publicaría en su blog parte de la verdad. Pero, de nuevo, aparecieron las dudas…fantasmas sin descanso…¿Por qué no todo?<o:p></o:p></span></p>
<br /><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-7834708854718820940?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com2tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-85237852445957624792008-03-27T20:57:00.000-07:002008-03-27T21:00:58.172-07:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp3.blogger.com/_B9LmvahJubY/R-xs9ILFzRI/AAAAAAAAAA4/B9w4hjtruwc/s1600-h/capitulo+22.jpg"><img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_B9LmvahJubY/R-xs9ILFzRI/AAAAAAAAAA4/B9w4hjtruwc/s320/capitulo+22.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5182637068618419474" /></a><br /><br /><br />-22-<br /><br />Pasaron muchas horas hasta que Esteban y Francisco Menéndez se detuvieron en un restaurante a la vera del camino. No era un lugar muy atractivo para almorzar. Las paredes descascaradas con manchones de humedad simulaban ser un mapa de un planeta que se asemejaba a la tierra.<br />Del techo de madera gastada pendía una pequeña lámpara que servía para alumbrar estrictamente el círculo que cubría la mesa. <br />Francisco Menéndez ordenó carne asada para los dos. Hubo varios periodos de silencio. Esteban sentía que no debía hablar demás. Temía el enojo, tal vez un repentino cambio de planes del entrenador que terminarían con su ansiedad por conocer la verdad.<br />-No hay una verdad absoluta- las palabras de Francisco Menéndez se introdujeron con violencia en los oídos de Esteban.<br />- No entiendo…usted me dijo que en la “Gruta de Olimpia” me contaría todo.<br />-Paciencia…hoy no podremos llegar a ese lugar- Francisco Menéndez extrajo de su bolsillo un diminuto teléfono móvil- “El camino al casco de la estancia está anegado. Imposible acceder”- El entrenador leyó dos veces con lentitud el mensaje de texto del casero de la “Gruta”.<br />- Esperemos hasta mañana. Nos podemos alojar en algún hotel de Las Flores- Esteban se mostraba al borde de la desesperación. Presentía que el fin de su aventura estaba cerca.<br />Francisco Menéndez lo miró con sorpresa y con un dejo de rabia. No respondió ante la insistencia de su acompañante. Extrajo dinero. Lo dejó sobre la mesa, y se dirigió a su automóvil.<br />Eran las diez de la noche cuando Esteban estuvo de regreso en su casa. Peor no podía haber sido la despedida con el entrenador. Un portazo de Esteban al descender del Ford K azul marcaba la conclusión de una relación que apenas había durado unas horas.<br />Sonó el teléfono. Esteban no sabía si estirar el brazo desde el sillón donde se encontraba para atender. Se sentía destruido. Sólo deseaba estar muy lejos de Buenos Aires. El timbre del teléfono no cesaba.<br />-¡Hola, Esteban! Soy Silvina- el muchacho experimentó una mezcla de alivio y enojo.<br />-¿A dónde te habías metido? Te estuve buscando por las notas en los vestuarios. Juan estaba enfurecido conmigo.<br />-Murió mamá, en Uruguay…Necesito verte urgente…es por unas cartas…<br />- Bueno, lo siento…no sé qué decir-Esteban se avergonzó por su reproche, pero por otra parte la curiosidad no lo dejaba expandir demasiado su sentimiento -¿Cartas?<br />-Esteban- la voz de Silvina tenía un matiz de angustia- tengo una veintena de cartas escritas por Francisco Menéndez a mi madre.<br />Esteban colgó. Se puso un abrigo liviano, y salió lo más rápido que pudo. Silvina lo esperaba en su casa.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-8523785244595762479?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com3tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-5566027675162808252008-03-23T21:33:00.000-07:002008-03-23T21:36:05.229-07:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp3.blogger.com/_B9LmvahJubY/R-cveYLFzQI/AAAAAAAAAAw/Z9haIn8W4lM/s1600-h/cap+21.jpg"><img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_B9LmvahJubY/R-cveYLFzQI/AAAAAAAAAAw/Z9haIn8W4lM/s320/cap+21.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5181162095244594434" /></a><br /><br /><br /><br /><br />-21-<br /><br />Las calles empedradas de Colonia tenían el aspecto de un pueblo costero. Los colores blancos, rosados, verdes, azules, y rojos completaban un paisaje que a Silvina le traían cierta melancolía. Recuerdos que no llegaban a ser demasiado claros. <br />Silvina caminaba sin ir a ningún lugar. Atardecía y las luces amarillentas de los bares comenzaban a encenderse. Todo tomaba un aspecto irreal. En su mente se mezclaban trozos de imágenes. Las vecinas ancianas llorando alrededor del féretro de su madre. El olor de las flores que por momentos la asfixiaba con el intenso calor que despedían las numerosas velas encendidas. El ruido de los tambores que tanto le habían gustado en vida a Irene…las guirnaldas chillonas que rodeaban su cuello tan duro y blanco como el mármol.<br />Silvina caminaba y caminaba. De pronto, el rostro de Mauro Arana surgió de la noche espesa de sus pensamientos… los ojos que la habían mirado desde la luneta del automóvil conducido por Lucas Newman. Pero, sobre todo, los ojos la perseguían, llegaban a provocarle un dolor de cabeza insoportable.<br />La muchacha agotada por la presencia insistente de Mauro Arana entró en un café. Se ubicó con ímpetu en una mesa próxima a un televisor viejo.<br />-No hay rastros del jugador Mauro Arana. La policía sólo encontró un mechón de pelo cerca del estadio donde estuvo por última vez…-la voz del locutor del noticiero televisivo continuaba. Sin embargo, Silvina ya no escuchaba.<br />-¡Señorita! ¡señorita!- el camarero hacía más de cinco minutos que intentaba comunicarse con la muchacha-<br />-¡Ah!...sí…disculpe- Silvina parecía volver de un sueño- <br />-¿Desea que le sirva algo?<br />-Un café…solo un café.<br />Los ojos, los ojos de Mauro Arana…el cabello negro…su voz…el error de haber enfrentado su mirada.<br />Silvina salió a la calle, y no pudo más que llorar apoyada en una antigua esquina colonial. <br />Mauro y su madre se transformaban uno en otro de manera continua en su mente. <br />Fue el momento que decidió volver a Buenos Aires. Ella misma buscaría a Mauro.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-556602767516280825?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com0tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-35098666296807398182008-03-20T22:22:00.000-07:002008-03-20T22:30:56.813-07:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp1.blogger.com/_B9LmvahJubY/R-NHh4LFzPI/AAAAAAAAAAo/eekYRlnmZPs/s1600-h/cap+20.jpg"><img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_B9LmvahJubY/R-NHh4LFzPI/AAAAAAAAAAo/eekYRlnmZPs/s320/cap+20.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5180062643746360562" /></a><br /><br /><br />-20-<br /><br />Silvina había desaparecido. Esteban había dejado varios mensajes en el contestador del teléfono. Juan necesitaba urgente las notas de los vestuarios. <br />Esteban decidió ir a la casa de Silvina. Tocó el timbre de manera insistente. La noche avanzaba, y no obtenía respuesta. El muchacho pasó de un estado de nerviosismo a uno de temor. Comenzó a imaginar un grave accidente, un incidente con algún sujeto violento, típico del fútbol. Él era el responsable de que su amiga asistiera a un lugar tan arriesgado. Extrajo una radio diminuta del bolsillo derecho de su camisa, la encendió. Parecía que todo estaba bajo los parámetros normales. Sólo se escuchaban la eternas discusiones de los periodistas deportivos sobre quién había sido la estrella, quién el gran culpable merecedor de los peores castigos de este mundo por haber fallado en la jugada del gol.<br />Esteban apagó el aparato. En ese instante, un ruido de motor captó su atención. Levantó la vista. Enfrente estaba el Ford KA azul que había visto un tiempo atrás `pasar por la casa de Silvina. <br />Después de reflexionar unos minutos, Esteban decidió acercarse. Para su sorpresa se encontró con Francisco Menéndez. Estaba sentado ante el volante del automóvil con las pupilas fijas en el asfalto.<br />Esteban golpeó tres veces la ventanilla. El entrenador despertó de pronto, lo observó, y le hizo una seña.<br />Un cuarto de hora más tarde, los dos tomaban la carretera hacia Azul. “La Gruta de Olimpia” los esperaba.<br />-¿Querés saber la verdad? ¿Estás dispuesto a ingresar al infierno?- las palabras de Francisco Menéndez permanecieron muchos años después en la mente de Esteban. <br />- Si fuera necesario vendería mi alma para llegar al fondo, al centro- el muchacho se mostró ansioso, y decidido. Mientras terminaba esta frase, percibió que en su asiento había un mechón de pelo oscuro. Sacudió sus dedos para deshacerse de los restos de cabello. Sin embargo, prefirió no preguntar de qué se trataba. Después de todo, estaba cerca de develar el misterio.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-3509866629680739818?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com0tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-82537932964548044972007-01-29T18:59:00.000-08:002007-01-29T19:27:20.985-08:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp0.blogger.com/_B9LmvahJubY/Rb668QCvY0I/AAAAAAAAAAY/yGHqoUa6hPM/s1600-h/op-art.jpg"><img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer; width: 118px; height: 138px;" src="http://bp0.blogger.com/_B9LmvahJubY/Rb668QCvY0I/AAAAAAAAAAY/yGHqoUa6hPM/s320/op-art.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5025659778453431106" border="0" /></a><br /><div style="text-align: left;"><br /></div><p class="MsoNormal"><b><span style=""><br /></span></b></p><p class="MsoNormal"><b><span style=""><span style="font-size:130%;"> <span style="font-family:arial;"> -19-</span></span> <o:p></o:p></span></b></p><p class="MsoNormal" style="margin-left: 18pt;"> </p> <o:p></o:p> <p class="MsoNormal">Llegabas demasiado temprano. No encontrabas razón para detenerte en el camino a los vestuarios. Era necesario mantener la discreción. Hablabas poco. No sabías nunca si estabas bien o mal ubicada. Las palabras te sonaban extrañas. La incomodidad de estar en el lugar donde no deberías. La sensación de pertenecer a algo que no habías elegido. Algo que te atraía más que nada en el mundo, el centro de la tierra, el infierno. El calor era insoportable. Repasabas una y otra vez los pasos del procedimiento.<o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal">-¡Hola! ¡Silvina!- una voz chillona retumbó en tu cabeza.- ¿Partido complicado, no?<o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal">-Sí, claro- tu respuesta era un tanto dudosa. Observabas con curiosidad la vestimenta de la rubia oxigenada, inventada, creada. Piel morena, y no por el sol. Pantalones vaqueros dos números menores de su talla. Camisa sin mangas. Los labios sangrantes del rojo artificial, y una altura producto de plataformas. <o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal">-Tendríamos que hacerle una nota a Germán Ledesma. Yo sabía que iba a hacer un gol...- la rubia seguía desplegando su discurso de periódico deportivo, pero vos ya no la escuchabas. <o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal">La puerta se abriría, saldría en pocos minutos Mauro Arana, lo abordarías, las preguntas no menos de cuatro, no más de cinco, el teléfono celular, la tecla indicada. Sólo era cuestión de un breve período de tiempo. Sólo era cuestión de recordar las instrucciones. Sólo era cuestión de...<o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal">-¡Mauro!- gritaste con todas tus fuerzas. El ruido de los vestuarios crecía con la salida de los jugadores. Autógrafos, fotos, abrazos... todos querían todo.<o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal">Mauro te miró de reojo. Saludó a un grupo de muchachos que exhibían con orgullo grandes tatuajes en sus brazos musculosos. De pronto, Mauro dio un breve giro. Había decidido abrir el diálogo con vos.<o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal"><i>Sí, la verdad es que nosotros sabíamos que era difícil, pero nunca</i> <i>bajamos los brazos...</i> la piedad es un sentimiento que hace débiles a los poderosos, y poderosos a los débiles. <o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal">Te sonreía, sus ojos se iluminaban cuando terminaba las frases. Te sonreía, y...¿cómo podrías apretar la tecla? ¿Cómo continuar con lo pactado? Era una estrategia de la víctima, quería sobornarte.<o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal"><i>Siempre fuimos optimistas. Creímos en nosotros.</i> No deberías experimentar ningún afecto. Era otra debilidad. No caerías en la flaqueza de su seducción. Nada más perverso que el pedido de misericordia de la víctima.<o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal"><i>Por suerte se nos dio</i>. Faltaba poco. Buscabas en tu bolsillo el teléfono celular. La tecla *, apretarla sobre el final de la nota. Ni un momento antes, ni uno después.<o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal"><i>Estoy ilusionado.</i> Pensabas qué pasaría si escaparas, si le dijeses a Mauro ¡huyamos! No, no eras así. Sabías que más importante era servir a la ciencia. Otra vez te invadían y querían vencerte los sentimientos de conmiseración, piedad, misericordia. Inventos de una sociedad manejada por seres inferiores.<o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal">Corridas, gente con pánico, la policía con sus perros hambrientos de llegar al foco del conflicto. <o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal">-¡Salgamos! ¡Vamos!- pudiste ver a la rubia con una expresión de terror en su rostro, sin sus plataformas, empujada por una multitud hacia la puerta trasera de los vestuarios.<o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal">Habías apretado la tecla *. Un enfrentamiento entre hinchadas se había desatado. El plan estaba saliendo a la perfección.<o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal">Mauro Arana había podido arribar a la puerta principal segundos antes de los desmanes. Seguías con una distancia suficiente sus pasos. Nadie quedaba en el playón de estacionamiento. Viste de lejos que Mauro Arana saludaba a Lucas Newman, el chofer de Alberto Artigas. Viste de lejos cómo después de un forcejeo Mauro fue introducido en el automóvil conducido por Lucas. Te acercaste. No había testigos. <span style=""> </span>Por la luneta, los ojos de Mauro te suplicaron piedad. Pero la ciencia no sabe de afectos. Mauro Arana tu virtud, ser el jugador de fútbol más veloz, te hizo un elegido para la condena. Habías vencido, ya no eras la misma. Mientras regresabas a tu casa tarareaste la canción que sonaba con insistencia en las radios:<o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal"><span style=""> </span><o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal" style="line-height: 150%;"><span style=""> </span><b><span style=";font-family:Arial;font-size:10;" >E</span></b><span style=";font-family:Arial;font-size:10;" >stabas en aquel pueblo lejano,<o:p></o:p></span></p> <p class="MsoNormal" style="line-height: 150%;"><span style=";font-family:Arial;font-size:10;" >extranjera de ciudad te miraba<o:p></o:p></span></p> <p class="MsoNormal" style="line-height: 150%;"><span style=";font-family:Arial;font-size:10;" >el ángel sin alas, te señalaba<o:p></o:p></span></p> <p class="MsoNormal" style="line-height: 150%;"><span style=";font-family:Arial;font-size:10;" >con naipes para jugar una mano.<o:p></o:p></span></p> <p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt; line-height: 150%;"><b><span style=";font-family:Arial;font-size:10;" >A</span></b><span style=";font-family:Arial;font-size:10;" > la medianoche hacía su entrada<o:p></o:p></span></p> <p class="MsoNormal" style="line-height: 150%;"><span style=";font-family:Arial;font-size:10;" >el campeón del fútbol exclusivo<o:p></o:p></span></p> <p class="MsoNormal" style="line-height: 150%;"><span style=";font-family:Arial;font-size:10;" >Vos la partida tenías ganada</span><span style="font-family:Arial;">.<o:p></o:p></span></p> <p class="MsoNormal"><o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal" style="margin-left: 18pt;"><o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal" style="margin-left: 18pt;"><o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal" style="margin-left: 18pt;"><br /><o:p></o:p></p><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-8253793296454804497?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com3tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-1158556726166469202006-09-17T22:13:00.000-07:002006-09-17T22:18:46.180-07:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/1600/op-art.jpg"><img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/320/op-art.jpg" alt="" border="0" /></a><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><span style="font-weight: bold;"></span><div style="text-align: center;"><span style="font-weight: bold;"><blockquote> Capítulo -18 -<br /><br /><div style="text-align: left;"> <p class="MsoNormal"><span style=""> </span><span style="font-weight: normal;font-family:arial;" >La primera vez que había visitado la Gruta de Olimpia se había visto envuelto en una atmósfera de nostalgia. La gran casona que estaba ubicado en el medio de una arboleda tenía el aspecto de haber sido lujosa en otros tiempos. Era una casa de dos pisos con las paredes exteriores revestidas de enredaderas. Estaban algo húmedas, y el gris era el color por excelencia de los grandes bloques de la construcción.</span><br /><span style="font-weight: normal;font-family:arial;" >La vegetación era espesa, pero estaba prolijamente cuidada por un jardinero al que no le supo calcular la edad. Era un hombre alto, corpulento, de piel cobriza. Se expresión de seriedad, y dedicación lo hacían algo misterioso.</span><br /><span style="font-weight: normal;font-family:arial;" >El parque que rodeaba el solar estaba plagado de árboles de distintas especies, y matizado con varias clases de rosales. Hacia el este del casco, al salir por una tranquera se encontraba un arroyo bordeado de sauces.</span><br /><span style="font-weight: normal;font-family:arial;" >Llegaron en el Ford Falcon amarillo después de cinco largas horas de viaje. Estacionaron el automóvil frente a una escalinata rodeada de violetas. Una mucama vestida con pulcritud los atendió. Tenía una cofia en la cabeza que era demasiado grande. Seguramente la había heredado de una empleada anterior. Los hizo sentar en unos sillones antiguos, pero muy bien cuidados. Estaban cubiertos con finas telas celestes y rosadas. Había una estufa hogar que por ser verano no estaba encendida. El salón estaba rodeado por bibliotecas abarrotadas de libros. Revistas francesas, inglesas y alemanas sobre una mesa de vidrio claro completaban la decoración del lugar.</span><br /><span style="font-weight: normal;font-family:arial;" >Esperaron una hora. Conversaban en voz baja, casi como en secreto. Quizás el salón invitaba a un tono intimista. Ese día no había percibido la escalera imponente de roble que conducía hacia el piso superior.</span><br /><span style="font-weight: normal;font-family:arial;" >La mucama apareció por una puerta que se encontraba en el fondo de la habitación con una bandeja donde traía dos tazas de té.</span><br /><span style="font-weight: normal;font-family:arial;" >-Buenas tardes- una voz gruesa salida de la oscuridad con acento extranjero, sin dudas era un castellano aprendido, los saludó.</span><br /><span style="font-weight: normal;font-family:arial;" >-Alberto Artigas- el hombre bajo le extendió la mano a un individuo vestido con un guardapolvo blanco. Su mirada era profunda, que se acentuaba con el fuerte azul de sus ojos- Él es Francisco Menéndez – señaló con timidez a su compañero de viaje.</span><br /><span style="font-weight: normal;font-family:arial;" >-Así que ustedes son los expertos de que me habló Díaz Vásquez- Disculpen, no me presenté...José Menger...el doctor José Menger.</span><br /><span style="font-weight: normal;font-family:arial;" >Francisco Menéndez no supo hasta tiempo después que estaba sólo en el comienzo de su infierno. </span><o:p style="font-family: arial; font-weight: normal;"></o:p></p> </div><br /><br /><br /></blockquote></span></div><span style="font-weight: bold;"></span><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-115855672616646920?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com0tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-1156475594732974632006-08-24T20:04:00.000-07:002007-01-29T19:14:20.305-08:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/1600/lucy%2017.jpg"><img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 183px; height: 170px;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/320/lucy%2017.jpg" alt="" border="0" /></a><br /><p class="MsoNormal"><br /></p><p class="MsoNormal"> </p><blockquote><span style="font-size:130%;"> Capítulo -17-</span></blockquote><span style="font-size:130%;"></span><o:p></o:p><p></p> <p class="MsoNormal"><o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal"><br /></p><p class="MsoNormal">Esa noche Juan Varela había ido a reportar el informe quincenal sobre las actividades de Esteban. Alberto Artigas estaba algo nervioso en su despacho con la puerta extrañamente entreabierta. Juan entró, entregó la carpeta con la información requerida, y antes de marcharse observó que sobre la alfombra roja del escritorio había una mancha blanca. En el lugar había un aroma que le resultó entre familiar y desagradable.<br />Cuando caminaba hacia la salida, en uno de los largos corredores con pesados cortinados de terciopelo claro se cruzó con Francisco Menéndez, quien iba tan ensimismado que no percibió su presencia. Afuera llovía. Juan caminó bajo el agua hasta la carretera más cercano, y se subió a un taxi. Llegó a la redacción de El Informante antes que Esteban. Encendió un cigarrillo. El humo gris y denso le penetraba por el orificio de su boca. Hubiera querido que fuera veneno y no nicotina.<o:p></o:p></p><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-115647559473297463?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com2tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-1155355557497716882006-08-11T20:51:00.000-07:002007-01-29T19:17:07.510-08:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/1600/op%20art.jpg"><img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer; width: 124px; height: 177px;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/320/op%20art.jpg" alt="" border="0" /></a><br /><br /><p class="MsoNormal"><b><span style=";font-family:";font-size:16;" ><br /><o:p></o:p></span></b></p> <p class="MsoNormal"><o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal"><o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal"><span style="font-family:arial;"><span style="font-weight: bold;"><blockquote>Capítulo - 16 -</blockquote></span><br /></span></p><p class="MsoNormal"><span style="font-family:arial;"><br /></span></p><p class="MsoNormal"><span style="font-family:arial;">Intentó por cuarta vez en el día comunicarse con Alfredo. Necesitaba decirle que renunciaría. El pacto que habían celebrado hacía un año y medio, ya no le interesaba. Es cierto, aceptar las condiciones de Alberto Artigas le valió ser el jefe de redacción de la sección deportiva de “El Informante”. Sin embargo, desde aquella noche en la mansión del doctor Ezequiel Díaz Vásquez, no había podido dejar de pensar en Esteban.</span> <span style="font-family:arial;">Su imagen estaba presente hasta en los momentos que amaba a Silvina. Era una obsesión. Sentía que su piel expedía el olor de la traición. No soportaba ver a Esteban en el diario, trabajando y hablando con él cuando escondía un secreto. Una sombra se movía por donde mirara, una sombra tan oscura como su conciencia. Faltaba poco para el final. La promesa debía cumplirse. Él ya había obtenido parte de su pago. Él, Juan Varela, había recibido como garantía de su trabajo ser jefe de redacción. Pero esto había perdido sentido. Juan Varela sólo quería huir. Había entregado demasiado por algo que finalmente era poco. La necedad de querer ser alguien, de tener un nombre, un prestigio que no servía más que para ser infeliz.</span> <span style="font-family:arial;">Recordaba la noche de la fiesta, la conversación con Alberto Artigas. Era sencillo, ellos, Juan y Alfredo, amigos de Esteban debían lograr que éste llegara a La Gruta de Olimpia en un lapso de uno o dos años. Juan Varela quiso indagar sobre las razones del pedido. Alberto Artigas respondió con una suma de dinero. Tres mil dólares era la recompensa. ¡Tres mil dólares, para cada uno! Para él, Juan Varela, que jamás había ganado más de doscientos pesos era su oportunidad. Su vida de estudiante había sido miserable. Él que soñaba con asaltar el mundo. Se había entregado a un plan que desconocía. Ahora sentía que un odio inmenso, inabarcable lo había tomado por completo. Se miraba sus manos y las encontraba repugnantes. Las veía manchadas de sangre. Una sangre espesa, lúgubre, insoportable.</span> <span style="font-family:arial;">Alfredo no respondía a sus llamadas. Cada uno trabajaba sin comunicarse. Nadie debía saber de su relación. El silencio, la prudencia había sido una de las condiciones más importantes para el pacto.</span> <span style="font-family:arial;">Juan Varela quería salir de ese círculo que lo iba aprisionando lentamente. Su libertad valía trescientos mil sucios dólares.</span> <span style=";font-family:arial;font-size:12;" >Alfredo no sería capaz de contestar, tal como Francisco Menéndez<span style=""> </span>cuando lo encontró después de uno de los primeros partidos de la temporada en la mansión de Alberto Artigas.</span><span style="font-family:arial;"> </span><br /></p><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-115535555749771688?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com2tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-1153635814279945462006-07-22T23:13:00.000-07:002006-07-22T23:23:34.290-07:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/1600/abstracto.jpg"><img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer; width: 218px; height: 171px;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/320/abstracto.jpg" alt="" border="0" /></a><br /><br /><div style="text-align: left; font-weight: bold;"><blockquote><span style="font-size:130%;">Capítulo - 15 - <br /></span></blockquote></div><br /><br /><br />Esteban estuvo toda la tarde del martes en busca de datos sobre La Gruta de Olimpia. Observó el antiguo reloj de pie de su abuelo paterno. Marcaba las seis de la tarde. Tomó su grabador, su libreta de direcciones, y salió.<br />A las seis y media debía estar en la calle 152 y 29. Anduvo bastante tiempo por un barrio de casas bajas, y algo desvencijadas. Llegó hasta el lugar pactado. Era un bar oscuro de paredes despintadas, con ventanas pequeñas, y una puerta algo estrecha que al abrirla producía un desagradable chirrido. Esteban entró, y se acercó al mostrador cubierto de grandes manchas marrones.<br />-Disculpe- un hombre de escasa estatura levantó la vista de la copa que estaba secando- Estoy buscando a Fernando Páez.<br />Un dedo que señaló a una figura gris acodada en la mesa ubicada en el fondo del lugar fue todo lo que recibió como respuesta. Esteban caminó en dirección a su entrevistado. El piso de madera crujía bajo sus pies, le daba la impresión de que en cualquier momento se caería en un sótano profundo.<br />-Esteban Menger, de la editorial española “Letra”- le extendió la mano, pero no fue correspondido.<br />-Así que vos sos el que está hurgando en la vida de Francisco Menéndez- una risa socarrona mostró la dentadura amarillenta y descuidada de Fernando Paéz.<br />-Hurgando...no sería la palabra. Estoy intentando escribir un libro sobre él- Esteban se había sentido atacado por un ser por demás desagradable en su aspecto y sus modos.<br />-¿ Qué tengo que ver con todo eso?- Fernando Paéz terminó de armar un cigarrillo. Al encenderlo esparció un denso humo que olía a tabaco de mala calidad. A Esteban le hizo recordar el aroma que había percibido en el Estadio Las Naciones, donde habló por última vez con Francisco Menéndez.<br />-Usted era el zaguero central de Deportivo U, campeón del ’82...- Esteban dudó cómo realizar la pregunta- ¿ Sabe por qué murió Pabla Pardo?<br />-Su habilidad puso fin a su vida- el ex defensor saludó a tres hombres de avanzada edad que ingresaron en el bar- Son mis compañeros de juego. Hoy tenemos una apuesta fuerte- Páez extrajo del bolsillo derecho de su pantalón descolorido un mazo de cartas- Soy bueno para el truco...<br />-No entiendo qué quiso decir de Pablo Pardo- Esteban temió que la conversación finalizara en ese momento, malograda por una partida de truco. Pero después de unos minutos Fernando Páez retomó la entrevista.<br />-¿Visitó a ex compañeros míos o soy el primero?- por un momento se invirtieron los papeles. El entrevistado hacía las preguntas.<br />-Fui a ver a Daniel Newmann . ¿ Lo recuerda, verdad?- Esteban tuvo la impresión de que sería muy difícil obtener información de ese hombre que pidió dos vasos de vino tinto para compartir con él.<br />-Sí, lejanamente- Páez entrecerró los ojos- No tanto su cara como sus marcas en los brazos. Él era hábil como el otro, el muerto, pero no tanto...no tanto como para eliminarlo...<br />-¿ Para eliminarlo? Creía que Pablo Pardo había fallecido de un paro cardíaco respiratorio...<br />-Creía mal- Páez lo miró directamente a los ojos- Yo siempre tuve que hacer el trabajo sucio en la cancha. Era bastante rudo. Me dediqué al fútbol para salir del pueblo miserable donde vivía. Lo odiaba. En cambio, Pablo Pardo era una estrella, un virtuoso como le decía Francisco Menéndez- tomó un trago del vino barato que un mozo avejentado les había acercado a la mesa- Era un blanco perfecto para los experimentos. El otro, Daniel Newmann también, pero alcanzaba con operaciones esporádicas- Fernando Páez se levantó de la silla de mimbre para dirigirse a la mesa de juego.<br />-Espere ¿ de qué experimentos habla?- Esteban sintió que le estaba negando la información más importante.<br />Fernando Páez no respondió. Sólo lo saludó levantando uno de sus brazos. Esteban se resignó a irse del bar. Veía la historia de Francisco Menéndez como una pintura abstracta donde encontrar el sentido era para él una búsqueda imposible. Fragmentos de datos se juntaban y separaban en el espacio de su biografía.<br />Cuando estaba por cerrar la puerta del bar, escuchó que la voz ronca de Fernando Páez le gritaba.<br />-La Gruta de Olimpia, ese fue el comienzo del fin.<br />Esteban mientras conducía su automóvil hacia el diario pensó que sería necesario ubicar ese lugar e ir cuanto antes.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-115363581427994546?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com0tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-1152675827964379402006-07-11T20:33:00.000-07:002006-07-13T21:21:39.226-07:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/1600/monet.0.jpg"><img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer; width: 213px; height: 141px;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/320/monet.0.jpg" alt="" border="0" /></a><br /><p class="MsoNormal"><b><span style=""><span style=";font-family:arial;font-size:130%;" > Capítulo -14 -</span><o:p></o:p></span></b></p> <p class="MsoNormal"><o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal"><span style="font-size:100%;"><span style="font-family:arial;"><br /></span></span></p><p class="MsoNormal"><span style="font-size:100%;"><span style="font-family:arial;">Francisco Menéndez se preparó para ir al entrenamiento. Antes de salir pasó por la habitación matrimonial, y miró con atención a su esposa dormida.</span> <span style="font-family:arial;">-Guillermo, esta vez no te pude salvar la vida- repitió estas palabras mientras entraba con cierta resignación al ascensor.</span> <span style="font-family:arial;">Era un día caluroso. El sol estaba en su plenitud. Le gustaba la soledad del predio arbolado y extenso donde entrenaban. Todavía no habían llegados sus dirigidos. Francisco Menéndez se sentó en una de las gradas de madera ubicadas al costado de la cancha principal. Levantó su vista, y percibió bandadas de golondrinas en un campo cercano. Más allá detrás de un vallado, algunos caballos de polo meneaban sus crines, mientras el cuidador se aprestaba a alimentarlos y asearlos.</span> <span style="font-family:arial;">-Buenos días.</span> <span style="font-family:arial;">El entrenador se sobresaltó al escuchar una voz chillona. Giró su cabeza y se encontró con la mirada aguda de Alberto Artigas. Su figura parecía aún más insignificante con el resplandor de la mañana que le ensombrecía su rostro.</span> <span style="font-family:arial;">-¿ A qué debo tu visita?- respondió con angustia Francisco Menéndez.</span> <span style="font-family:arial;">-Sé que recibiste el sobre. Sabés que tenemos que continuar cuanto antes las investigaciones, principalmente por el problema que hay en el equipo.</span> <span style="font-family:arial;">-¿ Los resultados? Es cierto, algo no está funcionando- Francisco Menéndez ya no miraba a Alberto Artigas, sino que se entretenía con el trote de los caballos de polo.</span> <span style="font-family:arial;">-La semana que viene debe estar todo listo, ya nos esperan en La Gruta de Olimpia. Desde el ’82 que no voy. Me dijeron que montaron un laboratorio con tecnología superior...</span> <span style="font-family:arial;">-¿ Cuál es mi función esta vez?- el entrenador escuchó el motor de los automóviles de los jugadores que iban arribando de a poco al lugar de trabajo.</span> <span style="font-family:arial;">-Sólo tenés que estar allá, del resto me encargo yo- Alberto Artigas dio media vuelta, y subió una camioneta con la ayuda de un muchacho alto, de ojos claros.</span> <span style="font-family:arial;">-Vamos, Lucas- le gritó Alberto Artigas a su chofer.</span> <span style=";font-family:arial;font-size:100%;" >Francisco Menéndez creyó reconocer en ese rostro joven los rasgos de alguien conocido, pero no acertó con el nombre. Tiempo después supo que era el hijo de Daniel Newman, uno de sus dirigidos en el ’82. </span></span><br /></p><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-115267582796437940?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com0tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-1152165461679874242006-07-05T22:31:00.000-07:002006-07-05T22:57:41.696-07:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/1600/mar.jpg"><img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 170px; height: 126px;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/320/mar.jpg" alt="" border="0" /></a><br /> <p class="MsoNormal" style="margin-left: 18pt;"><b><span style=";font-family:";font-size:14;" ><span style="font-size:100%;"> Capítulo -13-</span><o:p></o:p></span></b></p> <p class="MsoNormal" style="margin-left: 18pt;"><!--[if !supportEmptyParas]--> <!--[endif]--><o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal"><br /></p><p class="MsoNormal"><span style="font-family: arial;">La tenue luz del sol lo despertó. Estaba sentado desde hacía varias horas en el sillón del comedor. Su esposa dormía en la habitación contigua.</span><br /><span style="font-family: arial;">Se levantó, y se observó en el espejo del baño. Miró con atención sus párpados arrugados. Su hermano aparecía desde un fondo brumoso, se construía y se deshacía con rapidez. Recordaba las tardes que habían compartido en los veranos familiares.</span><br /><span style="font-family: arial;">El mejor de todos había sido cuando visitaron Mar del Plata. Tenían once y doce años. Sus padres discutían el día entero, pero ellos caminaban hasta llegar a las playas solitarias, alejadas, donde el mar golpeaba con fuerza los acantilados, donde jugaban a caerse desde gran altura al mar, y en el último instante uno de ellos tomaba de la mano al otro.</span><br /><span style="font-family: arial;">-Te salvé la vida- era el grito de satisfacción.</span><br /><span style="font-family: arial;">Esta vez él no había podido evitar que su hermano menor no pasara la línea de la nada, ese límite que habían experimentado desde la niñez. El poder de seguir o no. La libertad de salir de un mundo que no habían elegido. Entre esos dos planos existía un intersticio casi invisible, pero cuando se entraba en él no había manera de huir salvo por uno de los extremos. Esa posibilidad de dividir infinitamente una recta, de ser parte de ese plano de puntos grises. Una especie de vidrio empañado. Ese era el camino que había elegido él, que aunque mayor siempre más cobarde.</span><br /><span style="font-family: arial;">En cambio, su hermano asumía riesgos. Una tarde en que el sol estaba insoportable con el calor que irradiaba, ellos en los acantilados sintieron que la cabeza les iba a estallar. Un sopor que los hacía percibir todo en un tiempo lento, como si estuvieran viendo una película cuadro por cuadro, los envolvía progresivamente.</span><br /><span style="font-family: arial;">Su hermano avistó un gato pequeño, quizás tenía meses. Estaba arrinconado contra el murallón</span><span style="font-family: arial;"> </span><span style="font-family: arial;">que separaba la playa de la avenida costanera. Era una mancha negra en la piedra blancuzca, temblando ante la presencia de ellos.</span><br /><span style="font-family: arial;">Comenzaron a desafiarse quién de los dos sería capaz de arrojar al gato al mar desde los acantilados. Él no se animó, ante su sorpresa, su hermano tomó con cautela al animal y lo lanzó con todas sus fuerzas por una de las resbalosas paredes rocosas. El gato chillaba. En un instante había desaparecido. Sintió miedo ante la actitud de aquél. El menor, el que hasta el momento lo había seguido en todo, acababa de hacer algo distinto.</span><br /><span style=";font-family:arial;font-size:100%;" ><span style="font-family: arial;">Pasaron los años. Cada uno construyó su mundo paralelo, sin comunicación entre ellos. Ninguno sabía demasiado sobre la vida del otro. Cuando se encontraron al cabo de unos</span><span style="font-family: arial;"> </span><span style="font-family: arial;">años, la conversación era superficial. Había sido en México. No sabían de qué hablar</span>.</span><br /><o:p></o:p></p><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-115216546167987424?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com0tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-1151809063767819362006-07-01T19:35:00.000-07:002006-07-01T20:17:43.250-07:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/1600/PaulKlee.1.jpg"><img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer; width: 168px; height: 221px;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/320/PaulKlee.1.jpg" alt="" border="0" /></a><br /><span style=""><span style="font-weight: bold;font-size:130%;" ><span style="font-size:100%;">Capítulo-12-</span></span></span><br /><p class="MsoNormal"><b><span style=""><o:p></o:p></span></b></p> <p class="MsoNormal"></o:p></p><p class="MsoNormal"></p><p class="MsoNormal"><br />Anochecía. Esteban recordó que debía presentarse en la redacción de “El Informante”.<br />Antes se dirigió a la casa de Silvina. Estuvo unos minutos sin descender del automóvil abstraído en el recuerdo de la conversación con Daniel Newman. La meta ahora era saber de qué se trataba La Gruta de Olimpia. Tendría que ubicar el lugar e ir a investigar. De pronto, escuchó que se acercaba un auto con el volumen de música demasiado alto. Era un Ford K azul. Francisco Menéndez pasó a su lado a una velocidad que fue imposible para Esteban reconocerlo. Pero sí lo sacó de su estado meditabundo.<br />Tocó varias veces el timbre de la puerta de Silvina.<br />-¡Por fin! Creía que habías olvidado nuestro trato- Esteban se mostró nervioso y molesto.<br />-Sólo estaba escuchando con mis auriculares si el trabajo había salido bien- Silvina hizo pasar a Esteban al cuarto de estar donde había una computadora encendida, y un casete en un walkman.<br />-¿Cuántas entrevistas hiciste?- Esteban tenía prisa por llegar a la redacción del diario.<br />-Cinco -respondió Silvina con sequedad.<br />-Veo que te fue muy bien- el tono de Esteban había cambiado, al menos sonaba más amable- ¿ Los nombres...?<br />-Germán Ledesma, Gustavo Ortiz, Damián Fernández, Franco Martínez, y Mauro Arana- Silvina sonrió porque había recordado los nombres con menos esfuerzo que de costumbre.- Les hice cuatro o cinco preguntas a cada uno...no vayas a creer que...<br />-¿ Mauro Arana? En fin... no es muy hábil- Esteban había interrumpido a Silvina sin darse cuenta- Juan sólo la publicará si sobra espacio en la página de Deportivo U.<br />Silvina no respondió e hizo una mueca de fastidio. Esteban se dirigió con apuro a la puerta de calle.<br />-¡Ah! Disculpame. Lo olvidaba- Esteban le extendió un billete de $50.<br />-Gracias. El domingo próximo te espero a la misma hora.- Silvina cerró con fuerza la puerta.<br />Esteban escuchó el ruido de la llave que giraba del lado de adentro. Cuando estaba subiendo a su automóvil le llamó la atención que pasaba nuevamente el Ford K azul con la música fuerte y a gran velocidad.<br />Al llegar a “El Informante” se encontró con Juan que lo estaba esperando impaciente.<br />-Acá traje las notas- Esteban con una sonrisa sacudió el casete en su mano derecha. Se sentó frente a la pantalla de la computadora. Realizó las transcripciones ante la sorpresa de Juan.<br />-Es la primera vez que te veo trabajar con seriedad.<br />Esteban no respondió. Dos horas más tarde había terminado las columnas que le correspondían.<br />Juan observó todo con minuciosidad. Tal vez buscaba develar el misterio del cambio de actitud de Esteban.<br />-Está muy bien- dijo después de unos treinta minutos mientras se tocaba la barbilla- Salvo...la nota a Mauro Arana. ¿ Para qué? Hoy jugó pésimo.<br /><span style=""></span>Esteban no durmió esa noche. Pasó un largo tiempo buscando en su archivo <span style=""> </span>referencias sobre La Gruta de Olimpia. Todo fue en vano. <o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal" style="margin-left: 18pt;"><!--[if !supportEmptyParas]--> <!--[endif]--><o:p></o:p></p><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-115180906376781936?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com0tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-1150950949964489012006-06-21T21:30:00.000-07:002007-01-29T19:19:14.859-08:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/1600/cubismo2.jpg"><img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer; width: 146px; height: 190px;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/320/cubismo2.jpg" alt="" border="0" /></a><br /> <p class="MsoNormal"><b><span style=";font-family:";font-size:14;" ><br /></span></b></p><p class="MsoNormal"><b><span style=";font-family:";font-size:14;" ><span style="font-size:130%;">Capítulo -11-</span><o:p></o:p></span></b></p> <p class="MsoNormal"><o:p></o:p></p> <p face="verdana" class="MsoNormal"> </p> <p style="font-family: verdana;" class="MsoNormal"><br /></p><p style="font-family: verdana;" class="MsoNormal">Esteban descendió de su automóvil frente a una casa antigua, pero bien cuidada. Estaba ubicada en las afueras de la ciudad. El lugar era agradable. Tocó dos veces una campana negra suspendida sobre la parte superior de un portón. Minutos después un hombre de mediana estatura caminó hacia la entrada, y lo hizo pasar.<br />-Esteban Menger- extendió su mano.<br />-Daniel Newman- esbozó una sonrisa. Sus ojos revelaban cierta tristeza.<br />Esteban se sentó en una sillón blanco entre los árboles del jardín del frente. El hombre trajo una bandeja con dos tazas de té, y galletas de limón.<br />-Tengo muchos frutales- Newman recorrió con una mirada orgullosa las copas de los ciruelos, los naranjales, y los manzanos- Me dedico a esto desde que me retiré del fútbol en el año ’82.<br />-¿ Porqué dejó la profesión tan joven? Usted tenía veintiocho años...¿ No es así?<br />-A veces hay circunstancias que nos obligan. Pablo Pardo, mi mejor amigo, murió de un paro cardiaco respiratorio. No tuve el valor de continuar...Demasiados recuerdos...<br />-De eso quería conversar con usted. En realidad, estoy escribiendo una biografía sobre Francisco Menéndez, y necesito saber más sobre lo que ocurrió la tarde del<span style=""> </span>13 de diciembre de 1982...<br />-El día que salimos campeones, y que Pablo...- el ex jugador se quedó con las pupilas fijas en sus manos con la cabeza baja.<br />-¿ Me podría contar cómo fue todo esa tarde?- Esteban tuvo la impresión de que su entrevistado no lo estaba escuchando.<br />-Todo comenzó con Francisco Menéndez...- se detuvo en forma repentina. Después de unos segundos continuó- Antes le pido que no me nombre en su libro ni en ningún lado. Hace mucho tiempo que no tengo nada que ver con el fútbol.<br />-No se preocupe. Nadie sabrá de nuestro encuentro- Esteban se acomodó en el sillón para obtener información importante. Encendió su grabador. De a ratos sorbía un poco de té.<br />-Francisco Menéndez es una persona algo especial. Nos cuidaba como si fuéramos sus hijos. Se preocupaba por nuestras vidas: el lugar donde vivíamos, nuestras amistades, la alimentación. En fin todo estaba en sus planes. Pero, los problemas empezaron en la pretemporada de verano del ’82. Es el punto de partida de la muerte de Pablo...y de todo el equipo.<br />-¿De todo el equipo?- Esteban hizo una expresión de sorpresa.<br />-Ninguno de nosotros volvió a jugar después de ese campeonato.<br />La entrevista se interrumpió por el sonido de la campana del portón. Un hombre joven saludaba con las dos manos. Daniel se levantó de su asiento, y volvió acompañado por el visitante.<br />-Mi hijo Lucas- se lo presentó a Esteban.<br />-Mucho gusto. Soy periodista. Trabajo para una editorial española- Esteban comprendió que Daniel Newman no seguiría con la conversación.<br />El hombre lo condujo hasta la salida.<br />-Discúlpeme. Surgió un imprevisto con mi hijo, pero le aconsejo que investigue sobre “La gruta de Olimpia”.<br />-¿ “ La gruta de Olimpia”?<br />-Allí hicimos esa nefasta pretemporada.<br />Al extender los brazos para cerrar el portón de madera, Esteban observó que estaban surcados por dos cicatrices cada uno que iban desde las muñecas hasta ambos codos.<br />Esteban subió a su automóvil, e intuyó que estaba cada vez más cerca de la verdad.</p><span style=";font-family:";font-size:12;" ><span style="font-family:verdana;"></span> </span><p class="MsoNormal"><br /><o:p></o:p></p><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-115095094996448901?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com0tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-1150348440281877232006-06-14T22:05:00.000-07:002006-06-14T22:14:00.286-07:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/1600/matisse.jpg"><img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer; width: 149px; height: 207px;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/320/matisse.jpg" alt="" border="0" /></a><br /> <p class="MsoNormal"><b><span style=";font-family:";font-size:14;" ><blockquote>Capítulo-10- </blockquote><br /></span></b></p><br /><p class="MsoNormal"><br /></p><p class="MsoNormal"><br /><b><span style=";font-family:";font-size:14;" ><o:p></o:p></span></b></p> <div style="text-align: left;"><span style=";font-family:arial;font-size:12;" >Era la primera vez que ibas. El temor y la ansiedad se adueñaban de vos, mientras esperabas con cierta sensación de querer irte, que la puerta roja se abriera, y una cara cansada con olor a loción saliera</span><span style="font-family:arial;">.</span> <span style="font-family:arial;">No sabías cómo empezar. Ensayabas una y otra vez los nombres para no equivocarte al llamarlos. Recordar cada rostro asociado a un conjunto de sonidos te resultaba un juego que requería esfuerzo para alguien con una memoria tan débil como la tuya.</span> <span style="font-family:arial;">Te miraban tus colegas. En su expresión se leía extrañeza. Te observaban con un aire de insoportable superioridad. Se mostraban como cazadores avezados. Eras la nueva, la que estaba con un pequeño grabador negro, repasando en forma continua las preguntas que habías elaborado al finalizar el juego.</span> <span style="font-family:arial;">No eras la única mujer. Es cierto, había tres o cuatro más que se movían con soltura, en un terreno que conocían desde hacía tiempo.</span> <span style="font-family:arial;">Ellas con sus jeans y botas, sus cabellos hartos de agua oxigenada, la pintura de sus caras que formaba gotas chorreantes, efecto del calor que hacía en los vestuarios. Era febrero. Domingo a las cinco de la tarde. El vaho inundaba cada uno de los rincones del lugar. Te apoyaste en una baranda un tanto alta para vos. Una cronista comenzó a hablarte. Tenía en su rostro una sonrisa nerviosa, pero segura de su posición.</span> <span style="font-family:arial;">Sus facciones eran demasiado varoniles, y aún sus gestos tenían que ver con el ámbito donde se movía.</span> <span style="font-family:arial;"> Consultaste tu reloj pulsera. Había pasado sólo media hora desde que había terminado el encuentro. Te parecía una eternidad.</span> <span style="font-family:arial;">De pronto, escuchaste unos pasos. Levantaste tu vista y te diste cuenta de que era el momento de empezar.</span> <span style="font-family:arial;">¡ Mauro, Mauro!- tu voz sonaba un tanto nerviosa.</span> <span style="font-family:arial;">El jugador se detuvo. Te paralizaste unos segundos, y luego comenzaste. No podías escuchar sus respuestas, porque la ansiedad que te invadía te confundía los sentidos.</span><span style=";font-family:arial;font-size:12;" >Minutos más tarde,<span style=""> </span>viajabas rumbo a tu casa con el trabajo hecho. </span><br /></div><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-115034844028187723?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com0tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-1149747009414715052006-06-07T22:38:00.000-07:002006-06-14T21:58:33.700-07:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/1600/dadaismo2.jpg"><img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 134px; height: 185px;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/320/dadaismo2.jpg" alt="" border="0" /></a><br /><br /><span style="text-decoration: underline;"></span><br /><br /><p class="MsoNormal"> </p><p class="MsoNormal" style="font-family:arial;"><b><span style="font-size:16;"></span></b><b><span style="font-size:16;"></span></b><blockquote><b><span style="font-size:16;">Capítulo</span></b><b><span style="font-size:16;"> -9-</span></b></blockquote><b><span style="font-size:16;"></span></b><blockquote></blockquote><b><span style="font-size:16;"><o:p></o:p></span></b></p> <p style="font-family: arial;" class="MsoNormal"><!--[if !supportEmptyParas]--> <!--[endif]--><o:p></o:p></p> <span style="font-weight: bold;font-family:arial;font-size:12;" >Juan Varela miró a su alrededor, y no encontró más que rostros desconocidos. Decidió beber otro café. Sólo faltaban veinte minutos para entrar a la redacción de “ El Informante”. La mayoría de sus compañeros hacía bastante tiempo que concurrían al bar de calle ocho. Pero él se sentía mejor en el antiguo café San Martín. Hombres con</span><span style="font-weight: bold;font-family:arial;" >boinas, cabellos blancos, y manos surcadas de arrugas. Sus miradas cansadas parecían no esperar nada más allá de terminar sus vasos de ginebra.<br />Las mesas de madera desgastada, las luces tenues, y las paredes descascaradas le daban al lugar un aire de nostalgia.</span><span style="font-family:arial;"> </span><span style="font-weight: bold;font-family:arial;" >No soportaba las pantallas, la música permanente, estridente, los ventanales y reflectores indiscretos del bar de calle ocho.</span><span style="font-family:arial;"> </span><span style="font-weight: bold;font-family:arial;" >Le gustaba la penumbra, con ese aroma mezclado de humedad, café y alcohol.</span><span style="font-family:arial;"> </span><span style="font-weight: bold;font-family:arial;" >Juan Varela extrajo de su bolsillo unos papeles amarillos. Buscó con cierto nerviosismo el teléfono de Alfredo, un amigo de años. Se visitaban poco. No se veían desde que habían finalizado el programa deportivo en una radio local.</span><span style="font-family:arial;"> </span><span style="font-weight: bold;font-family:arial;" >Encendió su teléfono celular. Dudó unos minutos. Llamó. No obtuvo respuesta. Intentó sin éxito dos o tres veces más.</span><span style="font-family:arial;"> </span><span style="font-weight: bold;font-family:arial;" >Alfredo siempre soñaba con realizar grandes proyectos, aunque no lograba demasiado en su profesión. Había emprendido con Esteban y él la aventura de tener su programa deportivo. No fue todo tan mal. En el comienzo, parecía fácil hacer notas en vestuarios, recopilar información. La relación entre los tres era aceptable. Pero, después de la noche de la fiesta en lo del doctor Ezequiel Díaz Vásquez nada había vuelto a ser igual.</span><span style="font-family:arial;"> </span><span style="font-weight: bold;font-family:arial;" >La densa nube de humo, el vino que había sobrado, la sensación de estar en el lugar preciso en el momento indicado. La estupidez de una juventud deseosa de ganar el mundo, ya, ahora. La madrugada, el sueño que hacía percibir los movimientos de los otros y los propios con una cierta lentitud.</span><span style="font-family:arial;"> </span><span style="font-weight: bold;font-family:arial;" >Sólo habían sido dos noches en su vida. Suficiente para haber cambiado el curso de su destino.</span><span style="font-family:arial;"> </span><span style="font-weight: bold;font-family:arial;" >La última vez que los tres trabajaron de mozos en la cena de Alberto Artigas, Juan había bebido más de la cuenta después que habían concluido con la limpieza del salón de la mansión del reconocido doctor.</span><span style="font-family:arial;"> </span><span style="font-weight: bold;font-family:arial;" >Cuando buscó a Esteban, no pudo encontrarlo. Recordaba que había salido, y el frío de la noche de junio lo había despertado de su sopor. Volvió a ingresar en la casa, para preguntar por su amigo. Alfredo estaba sentado frente a una estufa hogar, y cada tanto alimentaba el fuego. Juan tuvo la impresión de que aquél se movía con una naturalidad inusitada. No entendía la familiaridad de un mozo contratado, con esa casa.</span> <span style="font-weight: bold;font-family:arial;" >Juan se acercó al sillón que le daba la espalda.</span><span style="font-family:arial;"> </span><span style="font-weight: bold;font-family:arial;" >-¿ Esteban? ¿ No sabés dónde está?- miró con curiosidad la expresión de Alfredo.</span><span style="font-family:arial;"> </span><span style="font-weight: bold;font-family:arial;" >-Se fue. Hace un par de horas- hizo un gesto de desdén.</span><span style="font-family:arial;"> </span><span style="font-weight: bold;font-family:arial;" >-¿ Y...vos?- la voz de Juan sonó dudosa, y con temor.</span><span style="font-family:arial;"> </span><span style="font-weight: bold;font-family:arial;" >-Te estaba esperando. Alguien quiere tener una conversación con nosotros- sonrió con la confianza de un vendedor profesional.</span><span style="font-family:arial;"> </span><span style="font-weight: bold;font-family:arial;" > Recorrieron largos pasillos, subieron una escalera interminable, las alfombras, los muebles todo daba la impresión de un lujo exagerado, repugnante.</span><span style="font-family:arial;"> </span><span style="font-weight: bold;font-family:arial;" >Doblaron por un corredor poco iluminado, donde las sombras se proyectaban como copias gigantes de su miserable humanidad.</span><span style="font-family:arial;"> </span><span style="font-weight: bold;font-family:arial;" >Alfredo dio dos golpes secos en una gran puerta blanca, que no demoró en abrirse.</span><span style="font-family:arial;"> </span><span style="font-weight: bold;font-family:arial;" >En el fondo de una habitación de techos altos, cortinados pesados de terciopelo rojo, se hundía detrás de su escritorio un hombre de escasa estatura, un tanto avejentado.</span><span style="font-family:arial;"> </span><span style="font-weight: bold;font-family:arial;" >Estaban en presencia de Alberto Artigas.</span><o:p style="font-weight: bold; font-family: arial;"></o:p> <p style="font-weight: bold;font-family:arial;" class="MsoNormal"><span style=""> </span><o:p></o:p></p> <span style=""><br /></span><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-114974700941471505?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com0tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-1149390516206425162006-06-03T19:57:00.000-07:002006-06-14T21:57:35.736-07:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/1600/foto%20impresionista.jpg"><img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer; width: 175px; height: 233px;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/320/foto%20impresionista.jpg" alt="" border="0" /></a><br /><span style="font-weight: bold;"><blockquote>Capitulo -8- </blockquote></span><br /><br /><br /><br />Esteban se dejó caer en su sillón de cuero negro detrás de su escritorio. Encendió un cigarrillo, y decidió llamar a Francisco Menéndez. Marcó con lentitud cada uno de los números. Sabía la respuesta. Nunca lo atendía, desde esa tarde en el Estadio Las Naciones.<br />Sentados en las gradas, mientras los jugadores entraban en los vestuarios, el sol los cegaba con su fuerte luz del atardecer. El entrenador miraba sus dedos a medida que respondía con cansancio cada una de las preguntas de Esteban.<br />-¿ Cuánto tiempo dirigió a Deportivo U.?<br />-Fueron unos cuantos años. En realidad, comencé en el año ´73 hasta el ‘82<br />-¿Renunció por la muerte de Pablo Pardo?<br />Francisco Menéndez hizo un gesto de fastidio con sus manos. Frunció el seño. Clavó su mirada con ira en la de Esteban. Se puso de pie, y bajó los escalones de manera impetuosa. Caminó veloz hacia la puerta del vestuario, y desapareció tragado por la penumbra de la gran boca de cemento.<br />-No. Por acá no pasás- un hombre corpulento con un chaleco rojo había tomado del brazo izquierdo a Esteban.<br />-¡Por favor! Necesito terminar la nota.<br />-Otro día. Hoy no. Son órdenes.<br />Esteban salió del estadio angustiado. Tenía la sensación de que Francisco Menéndez estaba atrapado por una culpa. Lo envolvía a él, y a todo lo que lo rodeaba.<br />Un entrenador ya sin futuro. Un equipo hundido en la derrota y el desacierto. Nada parecía que cambiaría la suerte de Francisco Menéndez.<br />Esteban colgó el auricular del teléfono antes de completar la llamada. Pensó que era curioso. Deportivo U. obtuvo el título de campeón de la Liga, el mismo día que murió Pablo Pardo.<br />Abrió el cajón inferior de su escritorio, y extrajo una carpeta negra. La abrió. Seleccionó crónicas de la campaña de Deportivo U. en el año 1982. En casi todas aparecía la fotografía de Pablo Pardo, y sus marcas de honor. Era el mejor delantero de todo el campeonato. Leyó con atención la nota del día de la consagración. En un recuadro aparte estaba la noticia del fallecimiento del atacante más codiciado de los últimos tiempos.<br />Esteban observó un detalle. Era el único encuentro donde no había logrado convertir un gol. Según las crónicas de la época, se había presentado cansado, fatigado. La causa de muerte había sido un paro cardíaco sorpresivo.<br />El nombre de Francisco Menéndez reaparecía en los años ’90. Había recorrido varios países como entrenador. Era bastante lógico que al consagrarse campeón lo hubieran contratado clubes del exterior.<br />Esteban cerró los ojos. Estuvo unos minutos con la mente en blanco. Luego se puso de pie, antes de guardar la carpeta con los recortes, se detuvo en los nombres de la formación campeona del ’82. Anotó cada uno de los apellidos en su agenda, y decidió conseguir una entrevista con algunos de ellos. Miró el reloj de pie antiguo, herencia de su abuelo paterno. Las agujas marcaban las nueve de la noche. Hora de ir al diario pensó con cierto disgusto. Parte de su tiempo lo emplearía en ubicar a los ex compañeros de Pablo Pardo.<br />No podía escribir una biografía de Francisco Menéndez sin aclarar un punto tan oscuro de su vida- pensó Esteban mientras encendía el motor de su automóvil.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-114939051620642516?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com0tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-1148883531069362292006-05-28T23:04:00.000-07:002006-06-14T21:57:10.086-07:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/1600/monet.jpg"><img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/320/monet.jpg" alt="" border="0" /></a><br /><br /><span style="font-weight: bold;"><blockquote>Capítulo -7-</blockquote></span><br /><br />Era una tarde agradable. Francisco Menéndez después de almorzar había salido a caminar. Pensaba en el sobre que había recibido más temprano. Apuraba su paso cada vez que repetía mentalmente La Gruta de Olimpia. Cruzaba las calles, y se adentraba en las veredas arboladas, sin dirigirse hacia ninguna parte.<br />Las manos se le humedecían al recordar aquellas días de los años ’70. Hubiera querido no haber regresado tan pronto de Italia. Debería haber aceptado el contrato que le ofrecieron para jugar en España. Pero ya no había posibilidad de redención.<br />Alberto Artigas la mañana siguiente de haber celebrado la sociedad apareció en un Ford Falcon amarillo, brillante. Se estacionó frente a la puerta de la antigua casa paterna de Francisco, y tocó varias veces la bocina.<br />Media hora más tarde ambos viajaban rumbo a la estancia donde conocería al mejor grupo de preparadores físicos del país.<br />-Ayer hablé con el doctor José Menger. Me anticipó algunos datos. La idea es hacer un lugar donde se logre la excelencia de los jugadores de fútbol...<br />Francisco escuchaba sin emitir palabra. Vio su boca reflejada en el espejo del automóvil. Sonrió como si tuviera alguien delante suyo.<br />-¿ Me escuchás?- Alberto le preguntó con un tono de protesta.<br />-Sí, claro- Francisco observó que había pocas vacas en los campos que bordeaba la ruta- El centro de excelencia...<br />Llegaron al cruce donde tomaron una carretera más angosta que la anterior. Antes de llegar a Azul se desviaron por un camino polvoriento. Anduvieron unos diez kilómetros, y llegaron a una tranquera que en su parte superior pendía una cartel: “La Gruta de Olimpia”.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-114888353106936229?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com0tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-1148187720603112962006-05-20T21:56:00.000-07:002006-06-14T21:56:39.556-07:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/1600/cubismo.0.jpg"><img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/320/cubismo.0.jpg" alt="" border="0" /></a><br /><br /><span style="font-weight: bold;"><blockquote>Capítulo -6-</blockquote></span><br /><br />Las luces de colores se encendieron. Todos estaban a la expectativa. Estrellas devenidas en historia viva. Nuevos valores dando sus primeros pasos. La vanidad que se derramaba por la atmósfera viciada de perfumes importados.<br />Personajes y personas reunidos en torno de una gran mesa. Manteles blancos con bordados púrpuras. El reflejo del cristal que iluminaba rostros llenos de belleza y satisfacción. Mujeres con martinis en sus manos, rozando con sus labios de un exagerado tono rojo conversando en voz baja. El tema central: la figura de Alberto Artigas. La mayoría de los comensales le tenían un odio profundo, pero sabían que sin él jamás hubieran salido de las sombras que envuelven a los mortales. Los nuevos dioses de una sociedad amante del fútbol, la frivolidad y el espectáculo eran señalados por ese ser caprichoso que llevaba a lo mas alto a sus elegidos. Hombres vestidos en trajes de elegante corte inglés.<br />De pronto, se escucharon los violines, y apareció en todo su esplendor Alberto Artigas. Resonó su estruendosa carcajada. Los futbolistas y sus esposas le hicieron las reverencias estipuladas.<br />Alberto Artigas se sentó en su sillón victoriano.<br />Era jueves, el día de reunión en la casa del doctor Ezequiel Díaz Vásquez. Hacía diez años que trabajaba en el equipo de Artigas junto con Francisco Menéndez, y cinco colegas más.<br />Los invitados se sentaron a la mesa. Comenzó el desfile de platos. Salieron a escena tres mozos contratados vestidos de negro con guantes blancos.<br />Primero se escanció el Cabernet Sauvignon. En segundo lugar se sirvió Fiambre a la Húngara seguido de Liebre Munich.<br />-Esto no es exactamente liebre- una voz chillona realizó este comentario al mediocampista más famoso del país.<br />-No me importa demasiado, si se puede comer- respondió con el desdén acostumbrado hacia su esposa.<br />Los platos se sucedían en un desfile vertiginoso de salsas, olores y carnes. Las críticas se susurraban. Alberto Artigas fingía ignorarlas. Después de todo, él no era el anfitrión.<br />-¡Francisco! – un dedo largo y delgado señaló al entrenador. Levantó la vista, y vio unos labios gruesos, luego unos ojos penetrantes. Sus pestañas eran demasiado espesas.<br />-¿Irene?- su voz temblaba.<br />Francisco en un minuto recordó la tarde en que se conocieron. Fue en el estadio Las Naciones. Llovía torrencialmente. El árbitro del partido había decidido suspender el encuentro. Deportivo U. era el club de Francisco Menéndez. El favorito de la Liga. Enfrente Asociación D. equipo casi descendido de categoría.<br />El viento, el público corriendo, los gritos, el miedo. Fragmentos de personas que iban y venían. Periodistas que empujaban, se amontonaban. Los jugadores que intentaban salir de los vestuarios, y en el fondo del recinto un flash que iluminó al entrenador sorprendiéndolo, hiriéndolo.<br />-Mucho gusto- la sonrisa pintada le extendió la mano.- Reportera de « Magazine 11 »<br />La amistad duró tres años. Después llegó todo lo demás.<br />Silvina dejó las hojas sobre la mesa. Bebió un sorbo de café.<br />-Está muy bueno, pero no es una biografía-pensó unos minutos- Tal vez sí...es Nuevo Periodismo.<br />-En realidad sólo es un borrador- Esteban defendía su texto- Fui reconstruyendo todo a partir de recortes de diarios y revistas viejas. Además, cuando estudiaba en la facultad trabajé de mozo en esas fiestas.<br />Silvina levantó las cejas con un gesto de sorpresa.<br />-Sólo fueron un par de reuniones...se hacían todas las semanas. No empleaban al mismo personal más de dos o tres veces- Esteban encendió un cigarrillo-.<br />-Entonces, volviendo a lo nuestro- Silvina hizo sonar la cucharita en la taza- ¿ Qué tengo que ver con todo esto?<br />-Necesito tiempo para escribir la biografía de Francisco Menéndez. La editorial es española, y me pidió que cuanto antes envíe los primeros capítulos- Esteban observó que en la mesa contigua estaba sentado un antiguo profesor de la facultad- Por otra parte, mi relación con Menéndez es cada vez peor. Sus jugadores casi no me hablan, y vivo de las notas que hago para el diario- hizo una pausa- Mi propuesta es que vos realicés las entrevistas en los vestuarios. Te ofrezco $50 por cada partido.<br />Después de unos minutos de silencio Silvina sonrió.<br />-Bien...Acepto. No me viene mal. Estoy sin trabajo. Me queda poco dinero en el banco, con la enfermedad de mi mamá todo cambió mucho. Además, Juan no tiene porqué saberlo. Él está en la redacción durante toda la tarde hasta altas horas de la noche.<br />Esteban siguió a Silvina con la vista hasta que desapareció entre la gente de calle ocho. Pidió otro café, y se dedicó a observar a su profesor. Vestido con un traje viejo, fumando cigarrillos baratos se debatía entre leer Foucault o Barthes.<br />Esteban pensó que no quería tener ese destino de intelectual venido a menos. La biografía sería su posibilidad de salir de su monótona vida de vestuarios, rostros cansados, y palabras que no decían nada.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-114818772060311296?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com0tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-1147653861685963752006-05-14T17:40:00.000-07:002007-01-29T19:22:15.403-08:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/1600/auvers.jpg"><img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 181px; height: 232px;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/320/auvers.jpg" alt="" border="0" /></a><br /><br /><blockquote>Capítulo-5-</blockquote><br /><br /> <span style="font-weight: bold;"> F</span>rancisco sin mirar el sobre lo dejó apoyado sobre la mesa del comedor. Tomó una ducha de agua tibia. Bebió té con unas tostadas dulces.<br />Estaba solo. Cristina salía todas las mañanas. Nunca le preguntaba nada a su esposa. La incomunicación había entrado en sus vidas como la lava que se extiende sin posibilidad de detenerse.<br />Tomó entre sus gruesos dedos el sobre. Observó su gran anillo de oro en su mano izquierda, leyó las iniciales C. D. M. Cristina Díaz de Menéndez. Pensó que quizás ya eso era una formalidad como casi todo lo que rodeaba sus días.<br />Volvió la vista a la correspondencia. Le llamó la atención las dos estampillas de un pálido color amarillento. No pudo distinguir el motivo de los sellos. Abrió el sobre, y extrajo un pliegue de papel blanco. Las iniciales doradas del encabezamiento eran las de su socio. La tinta y la letra confirmaban la autoría de Alberto Artigas.<br />“ Todo marcha bastante mal. Deberás revertir la situación o volveremos a la Gruta de Olimpia. La garantía está en el fondo.”<br />Francisco Menéndez palideció. Se sentó con una lentitud impregnada de tristeza, de horror. Sacudió el sobre y dejó caer en el piso un billete de quinientos dólares.<br />La Gruta de Olimpia. El infierno se cernía sobre su cabeza. Otra vez la oscuridad y la amargura del pasado se derrumbaban sobre su ser. Ahí estaba la advertencia. La costumbre de cumplir la palabra que llegaba hasta el morbo. “Todo lo que se dice se hace”. Frase guía de la particular ética de Alberto Artigas. Hombre pequeño sin demasiados logros en lo deportivo. Marcador de punta derecha, obsesionado con un puesto que le había causado más disgustos que satisfacciones.<br />Compañeros de equipo durante las divisiones inferiores y después en la profesional. Inseparables a pesar de que él era centro delantero. Cinco años de compartir entrenamientos, concentraciones, victorias, derrotas...Luego vino Italia. La separación, ya que Alberto sólo logró pasar a préstamo a un club que estaba luchando para no perder la categoría. Su carrera de futbolista había terminado pronto.<br />El reencuentro. Francisco volvió de Europa con la gloria de haber sido el goleador de la última temporada. Los primeros campeonatos habían sido muy difíciles para un jugador sudamericano poco habituado a ciertas rutinas de trabajo. La lenta adaptación le dio como resultado el premio de ser el mejor. De regreso en Argentina, ya retirado y con el título de técnico buscó a su amigo Alberto Artigas.<br />-Comencé con este negocio hace pocos meses. Sabés que abandoné el juego hace unos cuatro años. Estaba cansado de los gritos y exigencias de un entrenador.<br />-Me dijiste por teléfono que querías hacer algo conmigo- Francisco observó que Alberto tenía una mirada huidiza.<br />-Bien... vamos rápido- rió con estruendo, siempre lo había hecho- Te propongo una sociedad. Me explico. Vos sos el que ponés la parte técnica, yo todo lo demás.<br />-¿ Lo demás?- Francisco entrecerró los ojos con desconfianza-<br />-Digo... el club, los jugadores, los auspiciantes- Alberto hablaba con un tono cansino.<br />Dos días más tarde, Francisco Menéndez y Alberto Artigas brindaron por la nueva sociedad.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-114765386168596375?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com0tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-1147153565071408872006-05-08T22:13:00.000-07:002006-05-08T22:46:05.106-07:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/1600/exp.jpg"><img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/320/exp.jpg" alt="" border="0" /></a><br /> <p class="MsoNormal"><span style="font-weight: bold;font-family:";font-size:14;" ><span style="font-size:180%;">-4-</span></span><b><span style=";font-family:";font-size:14;" > <o:p></o:p></span></b></p> <p class="MsoNormal"><!--[if !supportEmptyParas]--> <!--[endif]--><o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal"><span style=""> </span><br /></p><p class="MsoNormal">Francisco Menéndez subió al ascensor. Marcó el número siete. Una voz metálica le anunció que la puerta se cerraba. Caminó con cansancio hasta su departamento. El interior estaba oscuro, salvo la tenue luz de la habitación donde su esposa leía una revista de modas.<br />Se saludaron con cierta indiferencia. Hacia unos cuantos años que eran desconocidos.<br />-Llamó Carla. Avisó que Guillermo... falleció... en la madrugada- Cristina dejaba caer de a poco las palabras sobre el acolchado de satén azul- Fue una sobredosis. Esta vez no resistió.<br />Francisco no respondió. Se puso la ropa de noche, y se acostó. Su esposa giró la cabeza hacia la pared. El entrenador cerró los ojos. Una lágrima corrió por su mejilla derecha. Se sentía solo. Sus padres habían muerto una década atrás. Ahora su hermano. Siempre el destino de la soledad...<br />Esa noche pudo dormir pocas horas. El timbre de la puerta lo despertó. Consultó su reloj digital. Las diez de la mañana. Era lunes. De pronto, recordó que era su día libre. Después de los partidos siempre había una jornada de descanso.<br />Se puso una bata. Bostezó lo más que pudo, y abrió la puerta. Un muchacho de escasa estatura le tendió un sobre blanco.<br />-Firme aquí- le presentó una planilla con varios casilleros apretados. La mitad de la hoja estaba llena de garabatos identificatorios.<o:p></o:p></p><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-114715356507140887?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com0tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-1146797728261035842006-05-04T19:38:00.000-07:002006-05-08T22:49:20.023-07:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/1600/futurismo.jpg"><img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer; width: 257px; height: 178px;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/320/futurismo.jpg" alt="" border="0" /></a><br /><br /><p class="MsoNormal" style="margin-left: 18pt; text-align: center;"><b><span style=""><span style="font-size:180%;"> -3-</span></span></b><span style="font-weight: bold;"><br /></span></p><p class="MsoNormal" style="margin-left: 18pt;font-family:verdana;"><span style="font-weight: bold;">S</span>onó el teléfono.</p><p class="MsoNormal" style="margin-left: 18pt;font-family:verdana;">Silvina se levantó con lentitud de su butaca frente al televisor. Consultó su reloj. Era la una y media de la madrugada. Pensó que a esa altura de la noche no serían buenas noticias.<br />-Soy Esteban- la muchacha sintió un profundo alivio. Hacía tres meses que su madre estaba en estado vegetativo en un hospital de Montevideo.<br />-Me pone feliz que seas vos...Sabés que estoy esperando el llamado de allá- su voz estaba más tranquila.<br />-Disculpame, no fue mi intención sobresaltarte...- Esteban dudó entre continuar la conversación o cortar. Había escuchado unos pasos cerca de la puerta de su departamento. Después recordó que el día anterior se había ocupado el monoambiente de al lado.<br />-No hay problema...Silvina miró por la ventana, y vio que Juan estaba estacionando su auto.- Llegó mi novio. Hablemos rápido. Ya sabés cómo es.<br />-Necesito verte cuanto antes. ¿ Seguís sin trabajo? Tengo una propuesta para hacerte- la voz de Esteban se fue perdiendo en ruidos de la línea telefónica.<br />-Hace tanto que busco empleo...Cualquier posibilidad es bienvenida ¿ Mañana al mediodía en el bar de ocho? ¿Te parece?<br />-Hecho. Nos vemos.<br />Juan entró a la casa de Silvina justo en el momento en que colgaba el auricular.<br /><span style=""> </span>Se acercó. La besó.<br />-¿ Con quién hablabas?- preguntó con una simulada indiferencia.<br />-Alejandra. Quiere que me sume a un proyecto de corrección de informes. Nada importante, pero al menos me pagarán- Silvina se dirigió a la cocina para servir la cena.<br />-Nunca vas a progresar si seguís haciendo esa clase de trabajos- Juan hizo una mueca burlona y desencantada a la vez.<br />Silvina no respondió.<span style=""> </span>Puso en la mesa dos platos con carne y zanahorias. Sacó<span style=""> </span>una botella de agua mineral. Comieron sin hablar demasiado.<br />-Esteban cada vez está peor- las palabras fueron arrojadas sobre la mesa como si fueran proyectiles- Todos los domingos lo mismo. Tengo que conseguir las notas con otros colegas. No sé para qué va al partido.<br />Silvina lo miró fijo buscando la explicación del caso.<br />-Escribe bien las crónicas. Es verdad- Juan estaba en la etapa de reflexión y misericordia hacia un ex compañero de la facultad- Pero ¿ es tan imposible hacer dos preguntas a uno o dos tipos?<br />Silvina hizo una expresión de ignorar la respuesta.<br />-Debe ser complicado trabajar con alguien así. Cuando estudiaba con vos parecía que se llevaba el mundo por delante.<br />-Hasta que perdió el puesto en el diario. Nunca entendió que todos competíamos en pie de igualdad- Juan se calló de pronto.<br />Tenía una forma de ser muy particular. Pasaba horas en silencio perdido en una coordenada témporo - espacial ignota.<br />Era otoño. Caminar por la ciudad se convertía en una prueba de alto riesgo. El agua de lluvia acumulada en los pozos de las veredas, y las hojas muertas de los árboles eran obstáculos que se presentaban en el momento de trasladarse de un punto a otro. Silvina estaba estudiando para el examen final de filosofía de la comunicación. Deambulaba de una biblioteca a otra completando la infinita bibliografía prescripta por la cátedra.<br />-Ah, no. Ese autor lo encontrás en periodismo- la empleada se acomodó los anteojos sobre su nariz con un aire de tener todo bajo control.<br />Silvina partió al lugar indicado. Se sentía agobiada por no encontrar todo en un mismo sitio.<br />Al llegar a la facultad de periodismo se topó con un muchacho alto, un tanto desgarbado. Sus ojos azules se hundían en dos círculos violetas que rodeaban sus ojos.<br />-Juan Varela- se presentó.<br />-Silvina- respondió tímidamente al saludo.<br />-¿ Querés que te ayude? Acá podés estar horas sin encontrar lo que buscás. Todo está en otro estante.<br />Silvina aceptó con gusto el ofrecimiento. A partir de ese día se hicieron inseparables. Meses después conoció a Esteban, el del apellido raro como él se llamaba. El mejor amigo de Juan. Los dos estaban en el último año de periodismo.<br /><span style="font-size:12;">-Letras. Siempre quise estudiar esa carrera- eran las pocas palabras de Esteban que recordaba Silvina del día en que fueron los tres al bar de calle ocho. </span></p><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-114679772826103584?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com0tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-1146628175283629072006-05-02T20:30:00.000-07:002006-05-03T13:34:35.683-07:00<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/1600/arte_impresionista_icono.jpg"><img style="FLOAT: right; MARGIN: 0pt 0pt 10px 10px; WIDTH: 135px; CURSOR: pointer; HEIGHT: 161px" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/320/arte_impresionista_icono.jpg" border="0" /></a><br /><p class="MsoNormal" style="MARGIN-LEFT: 18pt"><b><span style="font-family:'Souvenir Lt BT';font-size:14;">-2-<?xml:namespace prefix = o /><o:p></o:p></span></b></p><p class="MsoNormal" style="MARGIN-LEFT: 18pt"><span style="font-family:verdana;"><span style="font-family:Georgia;"></span></span> </p><p class="MsoNormal" style="MARGIN-LEFT: 18pt"><span style="font-family:verdana;">Francisco Menédez cruzó a gran velocidad las calles de la ciudad en su Ford KA azul.<br />¿ Cómo le diría a Alberto Artigas “hemos fallado otra vez”? Tomó la ruta hacia la mansión de aquél. Las luces de los automóviles que venían de frente lo cegaban de a ratos. Iba dejando una estela de agua barrosa por donde pasaba. Tan pegajosa como su mente, y su alma. No soportaba a ese ser de baja estatura, con su célebre bastón en la mano siempre sonriendo irónicamente.</span><br /><span style="font-family:verdana;">Francisco Menéndez con tantos años de fama y prestigio sentía que lo estaba perdiendo todo. No le importaba demasiado. Odiaba lo que hacía. Había llegado un momento en que aquello amado alguna vez se había convertido en suciedad.</span><br /><span style="font-family:verdana;">Pasó tres semáforos. En el cuarto dobló a la izquierda y siguió por una calle escondida hasta la casa de su socio. No quedaba más que llamarlo así.</span><br /><span style="font-family:verdana;">La lluvia caía muy fuerte y en gran cantidad. Se escuchaban los truenos. Apenas se detuvo frente al inmenso portón metálico hizo la señal con el control para que le abrieran. Se oyó un chirrido. Francisco ingresó el auto por la pendiente. Un empleado alto, extremadamente delgado se apresuró a guiar sus pasos cuando descendió del rodado.</span><br /><span style="font-family:verdana;">-El señor lo está esperando- sin que ningún músculo de la cara se le moviera emitió estas palabra como un autómata.</span><br /><span style="font-family:verdana;">Llegaron a la sala principal. Los pasos marcaban un ritmo militar. Los cortinados claros de los ventanales se arrastraban hasta la alfombra roja que se extendía por toda la casa. Caminaron varios metros por un pasillo con luz amarilla. Por fin llegaron al despacho de Alberto Artigas. Extrañamente la puerta no estaba cerrada. Allí en el fondo tras su escritorio estaba el avejentado hombre sentado con su bastón en la mano.</span><br /><span style="font-family:verdana;">Francisco Menéndez lo saludó con un gesto de amargura.</span><br /><span style="font-family:verdana;">-Fallamos- miró hacia el piso. Observó una mancha blanca bajo sus pies.</span><br /><span style="font-family:verdana;">Alberto se levantó de su butaca, avanzó unos pasos.</span><br /><span style="font-family:verdana;">-Cada vez peor. Sabrás qué hacer...No pienso seguir perdiendo dinero- hizo una mueca con su rostro, y dejó ver varias de sus piezas dentales doradas.</span><br /><span style="font-family:verdana;">Francisco no respondió. Ya a esa altura de su vida las soluciones no las encontraba con frecuencia. Dio media vuelta, y cerró la puerta con fuerza.</span><br /><span style="font-family:verdana;">Al dirigirse hacia su automóvil vio en un pasillo estrecho que daba a la entrada del garaje, los cuadros colgados sobre la pared encalada. Se detuvo unos minutos. En uno estaba él levantando la copa del mundo junto con todo el equipo, en otro cuando había sido campeón del Scudetto, un tercero lo mostraba celebrando el título del campeonato local.</span><br /><span style="font-family:verdana;">-Curioso- pensó- en todas las fotografías estaba sea atrás, adelante, en un costado Alberto Artigas.</span><br /><span style="font-family:verdana;">Era evidente...un producto rentable. Artigas el gran creador de Francisco Menéndez.</span><br /><span style="font-family:verdana;">Apareció el empleado alto y extremadamente delgado. Le abrió el portón. El entrenador anduvo por las calles oscuras bajo una humedad insoportable. La noche parecía oprimirlo con sus sombras.</span><br /><span style="font-family:verdana;">-La solución...la solución- repetía como si fuera un juego de palabras.</span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><span style="font-family:verdana;font-size:12;">Se detuvo en un semáforo. Cerró por un instante los ojos.Faltaban pocos metros para llegar a su casa.Sólo deseaba dormir.</span><br /></p><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-114662817528362907?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com0tag:blogger.com,1999:blog-27344368.post-1146451716380005942006-04-30T19:35:00.000-07:002006-05-03T13:35:23.446-07:00<span style="font-size:85%;"><br /></span><br /><h1 style="TEXT-ALIGN: center"><span style="FONT-WEIGHT: bold; COLOR: rgb(102,102,0)">I. Una historia</span><?xml:namespace prefix = o /><o:p></o:p></h1><br /><br /><p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: right" align="right"><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/1600/blog%20lucy.jpg"><img style="FLOAT: left; MARGIN: 0pt 10px 10px 0pt; WIDTH: 267px; CURSOR: pointer; HEIGHT: 193px" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/5724/2878/320/blog%20lucy.jpg" border="0" /></a><span style="font-size:85%;"><b><i><span lang="EN-US" style="font-family:Arial;">"Surely," said I, "surely that is something at my window lattice:<o:p></o:p></span></i></b></span></p><p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: right" align="right"><span style="font-size:85%;"><b><i><span lang="EN-US" style="font-family:Arial;">Let me see, then, what thereat is, and this mystery explore,<o:p></o:p></span></i></b></span></p><p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: right" align="right"><b><i><span lang="EN-US" style="font-family:Arial;font-size:9;"><span style="font-size:85%;">Let my heart be still a moment and this mystery explore.</span></span></i></b><span style="FONT-WEIGHT: bold"><br /></span></p><p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: right" align="right"><span style="FONT-WEIGHT: bold">E. A. Poe</span></p><p class="MsoNormal"><span lang="EN-US"><span style="font-size:+0;"></span><span style="font-size:+0;"></span><o:p></o:p></span></p><p class="MsoNormal"><span style="font-size:+0;"><span style="FONT-WEIGHT: bold"></span></span><o:p style="FONT-WEIGHT: bold"></o:p></p><p class="MsoNormal"><o:p></o:p> </p><div style="FONT-FAMILY: verdana"></div><div style="FONT-FAMILY: lucida grande; TEXT-ALIGN: justify"></div><div style="TEXT-ALIGN: left"><span style="FONT-WEIGHT: bold;font-size:180%;" ><br /><br /></span><div style="TEXT-ALIGN: left"><div></div><div style="TEXT-ALIGN: left"></div><div style="TEXT-ALIGN: left"></div><div style="TEXT-ALIGN: left"></div><div style="TEXT-ALIGN: left"></div><div style="TEXT-ALIGN: left"></div><div style="TEXT-ALIGN: left"></div><div style="TEXT-ALIGN: left"></div><div style="TEXT-ALIGN: left"></div><div style="TEXT-ALIGN: left"></div><div style="TEXT-ALIGN: left"></div><div style="TEXT-ALIGN: left"></div><div style="TEXT-ALIGN: left"></div><div style="TEXT-ALIGN: left"></div><p class="MsoNormal" style="TEXT-ALIGN: left"><span style="FONT-WEIGHT: bold">E</span>speraba en el pasillo iluminado por la tenue luz del atardecer que entraba por unos antiguos ventanucos. Se paseaba impaciente mientras intentaba adivinar cuándo se abriría la maciza puerta rojiza. Encendió un cigarrillo, observó cómo los jugadores hablaban con sus colegas.<br />Esteban sólo quería la palabra de Francisco Menéndez. Los minutos transcurrían y parecía adrede la demora. No se iría sin conseguir contactarse con él.<o:p></o:p><br />-¡Francisco, Francisco! Espere, por favor.<br />El hombre corpulento de unos sesenta años miró a Esteban con una mezcla de indiferencia y rechazo. Hizo un gesto hostil con sus manos, y salió rápidamente hacia la calle.<br />Esteban corrió tras el entrenador. No lo pudo detener. Miró su reloj, ya era bastante tarde. Salió del estadio. Comenzó a caminar sin un rumbo fijo. De pronto, se encontró frente a la puerta del diario donde trabajaba.<br />-¿Tanto tardás en hacer tres notas?- el saludo del jefe de redacción de la sección deportiva fue poco amable, como era habitual.<br />-Vos sabés, el trabajo en los vestuarios no es fácil. La gente se empuja, el lugar es estrecho. Todos quieren por distintos motivos acercarse a los jugadores...Fotos, autógrafos, declaraciones...<br />-Entonces...¿ Qué trajiste hoy?- la voz de Juan Varela sonó como una piedra arrojada al asfalto.<br />Esteban no respondió. Se sacó el sobretodo y encendió su computadora. Escribir crónicas sobre fútbol no era lo que deseaba, pero le daba de comer.<br />Sin dirigir palabra hacia su jefe comenzó la aburrida nota de otro partido de domingo. La figura de Francisco Menéndez cada tanto se le aparecía como un espectro que vigilaba cada uno de sus pasos.<br />-Todas las fechas lo mismo. Tengo que llamar a otros medios para que nos cedan sus entrevistas- la voz de Juan resonó como si estuvieran en una caverna.<br />Esteban miró el reloj colgado de la vieja pared con manchas de humedad. Hizo varios movimientos de cabeza, estiró sus brazos y encendió su disc man. Sólo podía percibir que Juan hablaba por sus gestos exagerados.<br />A Juan Varela lo había conocido en el curso de ingreso de la facultad de periodismo. Fueron buenos compañeros durante toda<span style="font-size:+0;"> </span>la carrera. Unos cuantos exámenes juntos habían marcado una amistad quebrada por la lucha del lado de afuera. Juan había preferido su puesto en el diario a esa relación entrañable, que había querido compensar contratándolo como cronista en los vestuarios.<br />Esteban levantó su vista y observó a Juan. <o:p></o:p></p><div style="TEXT-ALIGN: left"><br /><br /><br /></div><br /></div></div><div style="FONT-FAMILY: verdana; TEXT-ALIGN: left"></div><div style="FONT-FAMILY: verdana; TEXT-ALIGN: left"></div><div style="FONT-FAMILY: verdana; TEXT-ALIGN: left"></div><div style="FONT-FAMILY: verdana; TEXT-ALIGN: left"></div><div style="FONT-FAMILY: verdana; TEXT-ALIGN: left"></div><div style="FONT-FAMILY: verdana; TEXT-ALIGN: left"></div><div style="FONT-FAMILY: verdana; TEXT-ALIGN: left"></div><div style="FONT-FAMILY: verdana; TEXT-ALIGN: left"></div><div style="FONT-FAMILY: verdana; TEXT-ALIGN: left"></div><div style="FONT-FAMILY: verdana; TEXT-ALIGN: left"></div><div style="FONT-FAMILY: verdana; TEXT-ALIGN: left"></div><div style="TEXT-ALIGN: justify"></div><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/27344368-114645171638000594?l=lagrutadeolimpia.blogspot.com'/></div>Lucía Bernardinoreply@blogger.com0