tag:blogger.com,1999:blog-260254922008-07-14T20:15:28.450+02:00Cuaderno de TriesteCuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comBlogger41125tag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-11044696228629148152008-07-10T20:43:00.002+02:002008-07-11T16:09:33.376+02:00Primavera en Salamanca y algunas lecturas<a href="http://bp3.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/SHZY0UQmHhI/AAAAAAAAAEI/cfuIqjLVouQ/s1600-h/Blake_et_Mortimer.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5221458473797426706" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/SHZY0UQmHhI/AAAAAAAAAEI/cfuIqjLVouQ/s400/Blake_et_Mortimer.jpg" border="0" /></a><br /><div>Paso la última parte del curso en Salamanca. Llego en tren una mañana con la esperanza de quedarme algún tiempo. Nunca había estado antes aquí en primavera y la ciudad rebosa vida. La Plaza Mayor parece estar siempre renovándose.<br /><br />Los primeros días son aún frescos. Una persistente llovizna de madrugada deja limpias las mañanas. Luego vendrá el calor, seco como en toda Castilla.<br /><br />Aprovecho para recuperar el contacto con mi amigo Jimmy, que vive feliz en esta ciudad desde hace algunos años, trabajando de día y leyendo (y viviendo) de noche. Entre cafés con hielo y cervezas en sesión vespertina repasamos varios de nuestros mitos: hablamos de Silvio, de Delibes, de Sabina, de la fantástica novela de Yann Martel, de los Monthy Phyton, de Leonard Cohen, de los Panero (cómo no), de los bares, de las noches, del paso del tiempo, de la vida. En su biblioteca acaricio con los dedos las letras de las firmas de Neruda, Cortázar y Sábato sobre el “Canto general”, “Rayuela” y “El escritor y sus fantasmas”.<br /><br />Siempre que me cruzo con él aprendo algo. Me habla de Nacho Vegas y de Iván Ferreiro, que no tardo en incorporar a mi lista de favoritos; bajo su tutela leo a Kurt Vonnegut y una novela originalísma: “¿Quiere ser millonario?”, del escritor indio Vikas Swarup. También me recomienda “Maus” la genial novela gráfica de Art Spiegelman, la serie “Paracuellos” de Carlos Giménez y los cómics de Joe Sacco sobre Palestina y Los Balcanes. Intento ser de alguna utilidad y le hablo de Martin Amis, Cees Nooteboom o Tibor Fischer.<br /><br />Durante estos últimos meses he pasado bastante tiempo en ciudades en las que apenas conozco a nadie. Tengo mucho tiempo para pasear y leer, así que en cuanto puedo solicito el carné de la biblioteca pública que alberga la Casa de las Conchas. Paso allí varias tardes al fresco, entre los pasillos crujientes y los anaqueles repletos. Como concesión nostálgica leo los cómics de Mortimer y Blake de Edgar P. Jacobs que no leí de pequeño. Entonces me parecían el colmo de la sofisticación; ahora podrían resultar hasta casposos (pero aún así disfruto de la lectura: tal vez haya una cierta ingenuidad que no se deba perder).<br /><br />El tiempo se va escurriendo deprisa y el sol de verano se acaba por instalar en la perpendicular de la ciudad. Cincuenta días después de haber llegado, cargado de nuevas lecturas, me subo a otro tren que cruza una Castilla que aún conserva algo de verdor.</div>Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-89785286673815866432008-06-01T18:03:00.002+02:002008-06-01T18:11:08.812+02:00La primavera en Corfú: Gerald Durrell<a href="http://bp0.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/SELJIkYGNGI/AAAAAAAAAEA/MGO5Tz2dRYw/s1600-h/old_man_juniers_trap_hi.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5206945268234597474" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/SELJIkYGNGI/AAAAAAAAAEA/MGO5Tz2dRYw/s400/old_man_juniers_trap_hi.jpg" border="0" /></a><br /><div> Es evidente que la literatura tiene una notable capacidad para remover la nostalgia. Quizá sea esa la emoción más básica que nos empuja a leer, una fuerza primaria alejada de alharacas y ejercicios de estilo que conmueve al lector. Y es ese sencillo e irrefutable mecanismo el que me ha llevado a disfrutar de la lectura de “Mi familia y otros animales” de Gerald Durrell.<br /><br /> También parece obvio que hay lecturas más estacionales que otras. El subconsciente se acomoda mejor a leer a Dostoyevski en diciembre, bajo una manta y con un catarro cavernoso retumbando en las entrañas; en cambio, Durrell es la primavera hecha novela, pero no una primavera adulta, sino una infantil, de aquellas que preludiaban los larguísimos veranos de la niñez en los que no había otra preocupación que abastecerse de ocio suficiente para ocupar tres meses.<br /><br /> La primavera de Durrell dura nada menos que un lustro, el que pasa con su impagable e insoportable familia en la isla griega de Corfú. El joven Durrel aguanta con estoicismo y hasta con una cierta ternura la imbecilidad de su familia, a la cual él mismo aporta la parte alícuota. Y es que cada miembro se empecina en su propia locura hasta hacer de ella la razón de su existencia: el joven Gerald en la zoología, Lawrence en la atormentada persecución del arte, la hermana Margo en sus coqueteos de adolescencia tardía, Leslie a la veneración de las armas de fuego y la madre a la dificultosa articulación de egos y manías.<br /><br /> Mientras, el joven Gerald va llenando la casa de animales de todo tipo. En una suerte de antropomorfismo, mitad tierno, mitad ingenuo, nos cuenta cómo sus perros, tortugas, urracas, serpientes y hasta escorpiones van ocupando su lugar en la ya de por sí caótica familia. Y ahí es donde Durrell se vale del afilado humor británico para describir una vida cotidiana en la que no hay lugar para el aburrimiento. Exactamente igual que en aquellos larguísimos veranos de la niñez.</div><div> </div><div>(La imagen que acompaña es "La calesa del Padre Juniet", de Henry Rousseau.)</div>Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-74268726648961598982008-05-01T13:30:00.004+02:002008-05-01T13:36:31.234+02:00Adolescencia<a href="http://bp2.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/SBmqDUS6ekI/AAAAAAAAAD4/LpnYmmywwxY/s1600-h/MelancolÃ&shy;a+(Munch).jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5195370619112946242" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/SBmqDUS6ekI/AAAAAAAAAD4/LpnYmmywwxY/s400/Melancol%C3%ADa+(Munch).jpg" border="0" /></a><br /><div> </div><div> No siempre he leído mucho. Durante algunos años me perdía sin remedio en lecturas vagas que dejaba y retomaba cada dos o tres meses, o en libros sobre ciencia, los cuales, por algún inexplicable motivo, encontraba más reconfortantes mientras más áridos fuesen. Pero creo que casi siempre he leído con intensidad.<br /><br />Cuando tenía quince o dieciséis años empecé a acercarme a la poesía, no ya como el más o menos aplicado estudiante de lengua que había sido en el colegio, sino como un lector en busca de verdades. La poesía era un murmullo, un código secreto que fluía entre todos, pero que sólo unos pocos éramos capaces de descifrar.<br /><br />El instituto tenía algo de carcelario, con la sordidez y juego sucio de quien se afana por sobrevivir; y la poesía tenía algo de religioso, como una fe que apuntara hacia un horizonte más esperanzador (todo muy pueril, sí, pero qué adolescencia, fe o esperanza no lo es).<br /> <br />Los poetas llegaban por distintas vías. Algunos casi como residuos casuales que uno se encontraba entre las anquilosadas programaciones académicas. Y otros a través de los trovadores que los cantaban: Miguel Hernández, Machado, Blas de Otero, Gil de Biedma o Gamoneda aparecían en las voces de Amancio Prada, Serrat, Paco Ibáñez o Loquillo.<br /><br />Casi todos eran perdedores, o excluidos o contestatarios. Y tal vez por eso no era difícil identificarse con ellos. Quizá haya un tipo de concomitancia íntima con la poesía, una conexión directa entre el lector y el poeta que sólo puede tenerse en la adolescencia. Quizá exista un fulgor vital condenado a extinguirse y que resulta incompatible con la treintena. Resultan esclarecedores los versos de Gil de Biedma al respecto. (“Podría recordarte que ya no tienes gracia./ Que tu estilo casual y que tu desenfado/ resultan truculentos/ cuando se tienen más de treinta años,/ y que tu encantadora/ sonrisa de muchacho soñoliento/ —seguro de gustar— es un resto penoso,/ un intento patético.” )<br /><br />Puede que lo único bueno de la adolescencia sea que un día desaparece, como si no hubiera sido más que una enfermedad larga y aburrida; y no deja más secuela que una nostalgia apagada, leve, indolora.</div><div> </div><div>(Esa mirada perdida que Munch pinta en su "Melancolía" me remite a aquellos. En esa mirada parece haber más aburrimiento que desesperación real.)</div>Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-63610310561833618952008-03-17T13:26:00.001+01:002008-03-18T08:57:12.076+01:00Peligroso hombre sabio: Krahe<a href="http://bp3.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/R95john9i8I/AAAAAAAAADw/n9b2_8m5Z3k/s1600-h/krahe.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5178686169394547650" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/R95john9i8I/AAAAAAAAADw/n9b2_8m5Z3k/s400/krahe.jpg" border="0" /></a><br /><div>Como el fiel que renueva sus votos cada cierto tiempo, uno siempre termina regresando a los mismos lugares; es decir, leyendo a los mismos autores, escuchando a los mismos músicos o viendo las mismas películas. Y no es fácil prever cómo nos reencontraremos con esos preciados amuletos cuyo recuerdo conservamos idealizado en la memoria; es decir, nunca sabe uno si habrá envejecido mejor o peor que su amuleto.<br /><br />Entre los míos, figura desde hace bastante Javier Krahe, que no envejece, al menos desde que se le blanqueara la barba como una orla de su perfil enjuto, solemne y burlón a un tiempo.<br /><br />Sucede con Javier Krahe que la gente siempre se ha reído mucho con sus canciones, en parte por su agudeza, en parte por sus rimas consonantes e impredecibles (“Yo, que siento por Jesús / repelús”). Pero lo cierto es que yo, por mi parte, me lo tomo cada vez más en serio; sospecho incluso que toda esa apariencia quijotesca de Krahe no es más que un disfraz, digamos un excipiente, que camufla su amalgama de lucidez y ternura.<br /><br />Y es que las canciones de amor de Krahe son más lacerantes que la mismísima copla, sus lamentos nocturnos son más amargos que el blues, sus reflexiones son proyectiles más certeros que cualquier panfleto pseudopunk e, incluso, su relectura de los clásicos (“Yo, como Ulises he sido/de Penélope el marido”) es crítica literaria en estado puro.<br /><br />Pero seguramente a Krahe le gusta pasar desapercibido, camuflado de genial entretenedor del público que jalea sus letras como si de las oraciones de un culto en vías de extinción se tratara. De hecho, es esa libertad tan natural la que le ha ocasionado problemas con los siempre alertas bienpensantes a diestro y siniestro (y ojo, que los de siniestro son tan gazmoños como los de diestro). Y al mismo tiempo Krahe se ríe por fuera y conserva la seriedad por dentro, mientras nos afea nuestra rutina burguesa en los tres minutos de “No todo va ser follar”.<br /><br />Así que no os dejéis engañar por este hombre de aspecto bonachón que propaga consignas anarquistas; y, por supuesto, tampoco os perdáis ni uno solo de sus conciertos.</div>Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-58496946737092435512008-02-10T22:37:00.002+01:002008-03-18T08:55:03.215+01:00Postal desde el desierto (y 2)<a href="http://bp3.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/R69vY62b4jI/AAAAAAAAADo/o5CmSMFVDjM/s1600-h/Grupo-desierto.gif"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5165469771522368050" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/R69vY62b4jI/AAAAAAAAADo/o5CmSMFVDjM/s400/Grupo-desierto.gif" border="0" /></a><br /><div>Nos levantamos antes de que salga el sol. Basta alejarse unos pasos de la kasbah en la que nos alojamos para notar en la piel toda la soledad de este lugar. El frío, el silencio, la ausencia de formas en la oscuridad son las señales mediante las cuales se manifiesta el vacío. Parece como si la humanidad se hubiera extinguido miles de años atrás; o como si nunca hubiera existido.<br /><br />Nuestro guía, que tiene un aire a Omar Sharif de joven, se llama Idir. Es el bereber que nos rescató de la arena la noche anterior. Conduce con seguridad por el desierto mientras nosotros nos preguntamos cómo puede orientarse en la maraña de pistas y rodadas que se entremezclan sobre el suelo del reg.<br /><br />Por fin vemos salir el sol sobre las dunas del Erg Chebbi. Mis compañeros disfrutan y hacen fotos. Yo intento que un persistente dolor de estómago no me amargue la experiencia. Por algún extraño motivo, no he conseguido pegar ojo y no me encuentro bien. Me sorprendo a mí mismo preguntándome qué rayos hago allí, con lo bien que podría estar en mi casa. Pero bien sé que la pregunta es inútil. En este instante, en este día, mi vida está aquí, en el desierto. Poco importan mis dolores estomacales o mis dificultades respiratorias. He decidido moverme y mi cuerpo, aunque no siempre resulte el mejor compañero posible, viaja conmigo.<br /><br />Más tarde Idir nos lleva hacia las montañas que separan Marruecos de Argelia. La zona es aún más inhóspita, alejada de los pueblos y de los hoteles que se apiñan junto a las dunas. No hace demasiado calor, pero la luz del sol parece capaz de taladrarte el cráneo después de unos pocos minutos. Es una luz blanca, casi punzante.<br /><br />En medio de la nada, nos detenemos en la casa de una familia nómada. Son cuatro paredes de adobe reseco. Nos sentamos sobre las esterillas gastadas que alfombran el interior y compartimos un té con dos mujeres berberes y sus hijos. Sacamos más de diez años a las chicas. Imagino que ese aire de adolescentes treintañeros que podemos permitirnos los europeos les tiene que resultar de lo más extraño. Seguramente les resulte de lo más frívolo, aunque es posible que lo envidien.<br /><br />A media mañana llegamos a un pueblo perdido, más al sur de Risanni Aquí, la mayor parte de la población es de raza negra. Eso nos recuerda que estamos en África y que apenas nos hemos asomado a un continente enorme y vertiginoso que el Sáhara casi divide en dos.<br /><br />Al atardecer, Idir nos invita a tomar el té en su jaima. Su hijo Mohamed, un niño de unos tres años que ya tiene la misma mirada recia y determinada de su padre, corre con los pies descalzos sobre el suelo rocoso. Idir parece estar contento con su modo vida. Seguramente podría permitirse cambiarla si así lo deseara. Mientras miro de reojo cómo bebe su té y deja vagar la vista hacia el desierto, me pregunto si su mundo, que a nosotros nos parece tan simple, será para él tan complejo como lo es el nuestro para nosotros.<br /><br />Probablemente en ese desierto que mira Idir, en esa inmensa llanura pedregosa y seca, esté la respuesta a mi pregunta. Pero yo no soy capaz de descifrarla. Una vez más, es al viajero a quien más le queda por aprender.<br /><br />Mientras dejo que la vista se me pierda en el desierto, recuerdo a aquellos lotófagos de la Odisea a los que el loto les hacía olvidar su patria, liberándoles así de la tiránica obligación de regresar a ella.<br /><br />Idir rellena el vaso de té ya vacío. Se lo agradezco, bebo otro sorbo y me dejo llevar por la melancolía de las últimas luces de la tarde.</div><br /><div></div><br /><div></div>Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-10912843221674339562008-01-07T13:45:00.000+01:002008-01-07T14:07:12.169+01:00Recomendaciones para 2008<a href="http://bp3.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/R4Ih29QADTI/AAAAAAAAADg/_Qugb3dRwo0/s1600-h/trinity-college2.gif"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5152718151703596338" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/R4Ih29QADTI/AAAAAAAAADg/_Qugb3dRwo0/s320/trinity-college2.gif" border="0" /></a><br /><div>Aquí os dejo las lecturas recomendadas para 2008. Son doce libros que he seleccionado entre los que he leído durante 2007; doce, para que podáis dedicarle un mes a cada uno (es cierto que hay algunos bastante voluminosos, pero de otros se puede dar buena cuenta en un par de tardes). Sobre algunos de ellos he publicado artículos en estos doce meses. De los dos últimos os copio sus sugerentes comienzos.<br /><br />La selección, cómo no, es totalmente arbitraria. El único criterio ha sido el placer que he encontrado al leer estos libros y las ganas de compartirlo con vosotros. No son novedades editoriales ni reediciones de moda. Al contrario. El propio concepto de novedad editorial pertenece al campo de la gestión empresarial y en ningún caso al de la literatura. Hoy parece que los libros que tienen más de seis meses han pasado de moda. Así que esta lista pretende ser una humilde rebelión contra esa dictadura de lo banal.<br /><br />Por cierto, si alguien malgastó tiempo y dinero en las recomendaciones para 2007 y quiere utilizar como proyectil alguno de aquellos libros, ahora es el momento de hacerlo.</div><div><a href="http://cuadernodetrieste.blogspot.com/2007/01/recomendaciones-para-2007.html">http://cuadernodetrieste.blogspot.com/2007/01/recomendaciones-para-2007.html</a><br /><br />Salud y buenas lecturas para este año.<br /><br /><br />-<strong>Los monederos falsos</strong>, André Gide (Poseidón).<br /><br />-<strong>Vida de Pi, Yann Martel</strong> (Destino)<br /><br />-<strong>Animales y más que animales</strong>, Saki (Valdemar)</div><div><br />-<strong>Ruido de fondo</strong>, Don DeLillo (Seix Barral)</div><div><br />-<strong>Crónica del pájaro que da cuerda al mundo</strong>, Haruki Murakami (Tusquets)<br /><br />-<strong>Campo de Agramante</strong>, Manuel Caballero Bonald (Anagrama)<br /><br />-<strong>La suerte de Barry Lyndon</strong>, William Makepeace Thakeray (Cátedra).<br /><br />-<strong>Solaris</strong>, Stanislav Lem (Minotauro).<br /><br />-<strong>El curioso incidente del perro a medianoche</strong>, Mark Haddon (La Salamandra).<br /><br />-<strong>El desierto del los tártaros</strong>, Dino Buzzati (Gadir).<br /><br />-<strong>El pozo</strong>, Juan Carlos Onetti (Punto de lectura)<br /><br />“Hace un rato me estaba paseando por el cuarto y se me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez. Hay dos catres, sillas despatarradas y sin asiento, diarios tostados de sol, viejos de meses, clavados en la ventana en lugar de los vidrios.”<br /><br />-<strong>Sobre héroes y tumbas</strong>, Ernesto Sábato (Seix Barral)</div><div><br />“Las primeras investigaciones revelaron que el antiguo Mirador que servía de dormitorio a Alejandra fue cerrado con llave desde dentro por la propia Alejandra. Luego (aunque, lógicamente, no se pueda precisar el lapso transcurrido) mató a su padre de cuatro balazos con una pistola calibre 32. Finalmente, echó nafta y prendió fuego.<br />Esta tragedia, que sacudió a Buenos Aires por el relieve de esa vieja familia argentina, pudo parecer al comienzo la consecuencia de un repentino ataque de locura. Pero ahora un nuevo elemento de juicio ha alterado ese primitivo esquema. Un extraño "Informe sobre ciegos", que Fernando Vidal terminó de escribir la noche misma de su muerte, fue descubierto en el departamento que, con nombre supuesto, ocupaba en Villa Devoto. Es, de acuerdo con nuestras referencias, el manuscrito de un paranoico. Pero no obstante se dice que de él es posible inferir ciertas interpretaciones que echan luz sobre el crimen y hacen ceder la hipótesis del acto de locura ante una hipótesis más tenebrosa. Si esa inferencia es correcta, también se explicaría por qué Alejandra no se suicidó con una de las dos balas que restaban en la pistola, optando por quemarse viva.”</div><div> </div><div> </div><div></div><div>(En la foto, la espectacular biblioteca del Trinity College, en Dublín)</div>Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-849624636870071492007-12-25T13:17:00.000+01:002007-12-25T18:35:36.370+01:00Postal desde el desierto (1)<a href="http://bp2.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/R3D2INQADSI/AAAAAAAAADY/tm1fJm5ViFo/s1600-h/3-Marruecos.gif"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5147884994940636450" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/R3D2INQADSI/AAAAAAAAADY/tm1fJm5ViFo/s400/3-Marruecos.gif" border="0" /></a><br /><div></div><div>A última hora de la tarde, conduzco sin prisa por el valle del Ziz. Avanzamos con suavidad. El coche parece acomodarse a la carretera trazada en paralelo al cauce seco. El valle se estrecha en una garganta y se vuelve a abrir poco después. De cuando en cuando, un palmeral rompe la monotonía y revela que en otra época del año, en algún lugar, debe de haber algo de agua.<br /><br />La luz se va escurriendo sobre las laderas rojizas. Casi minuto a minuto, cambian de tonalidad. El cansancio se diluye en una relajación profunda y algo extraña. Es el sosiego del anonimato, de la lejanía.<br /><br />Permanecemos en silencio. Sólo se escucha el rugido del motor sobre la carretera trazada en medio de la nada. Sobre el mapa, aún no hemos pisado la minúscula esquina del Sáhara a la que nos dirigimos; sobre el terreno, llevamos más de trescientos kilómetros de laderas desoladas y carreteras desiertas azotadas por un viento constante. Del laberinto borgiano de la medina de Fez, en el que ayer nos perdimos una y otra vez, sólo queda en la memoria un murmullo apagado.<br /><br />Mis compañeros son viajeros militantes. Como yo, observan fascinados, sin preguntarse por qué no dejamos de movernos. Sé que me seguirán mientras me mueva y que me arrastrarán cuando flaquee. Supongo que, como los tiburones, tenemos la necesidad de movernos continuamente para no asfixiarnos.<br /><br />Ya es de noche cuando dejamos atrás la localidad de Erfoud. El asfalto termina poco después y no nos queda más remedio que adentrarnos en las pistas de tierra. No tardamos en comprobar cómo la tierra seca y pedregosa del desierto se intercala con la arena. Menos de media hora después de haber abandonado la carretera, estamos atrapados en la arena. Las ruedas giran sin oposición y el coche termina clavándose en el suelo.<br /><br />Dos adolescentes bereberes a los que hemos intentado dar esquinazo sin éxito, se ríen de nosotros. A falta de plan mejor, decidimos reírnos con ellos. Mientras esperamos a que aparezca su hermano con un Land Rover, comprendemos que formamos parte de uno de los pasatiempos preferidos de los jóvenes que viven aquí: ver cómo se atascan en el desierto los incautos conductores europeos.<br /><br />Dos horas y una ducha más tarde, cenamos un <em>tajine</em> de verduras en la <em>kasbah</em> en la que nos hospedamos, no muy lejos del lugar en el que hemos quedado atrapados. Recordamos el incidente entre risas, pero no se nos escapa que nos ha colocado en nuestro lugar. El viajero es el último en llegar a un lugar; es quien menos sabe, a quien más le queda por aprender. </div>Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-33776515114460826052007-11-24T13:48:00.001+01:002007-11-24T14:00:59.933+01:00Hasta siempre, Cebrián<a href="http://bp2.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/R0gdtxxtu1I/AAAAAAAAADQ/KP_Sm_Eb88A/s1600-h/06_RosaVientos.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5136388047309224786" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/R0gdtxxtu1I/AAAAAAAAADQ/KP_Sm_Eb88A/s400/06_RosaVientos.jpg" border="0" /></a><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br />En estos últimos meses negros en los que se nos fueron Bergman y Fernán Gómez entre otros, hubo un golpe especialemente traicionero. Se murió Juan Antonio Cebrián, de repente y sin despedirse, a los 41, con infinidad de proyectos por delante.<br /><br /><p>Le pedí a mi amigo Raúl Cuervo que escribiera algo para el blog. Compartimos, además de la afición al bourbon, el cariño hacia Cebrián. Ahí van nuestros pequeñas cartas de despedida.</p><p></p><p></p><p></p><p><strong>Hasta siempre, Cebrián</strong></p><p>Venía ya uno con el alma radiofónica, esa que parpadea en la oscuridad, bastante revuelta porque hace nada se nos había ido Carlos Llamas, ejemplo vivo de que la ternura y la acidez, no son incompatibles; y es esas, se nos murió Juan Antonio Cebrián.</p><p><br />Había comenzado a escucharle hace unos cuantos años, si bien, como en toda relación de amistad, me distancié de él en varias ocasiones. Pero aunque durante algún tiempo no pasara por allí, nunca me olvidé de que la casa de Cebrián estaba abierta. Su casa era La rosa de los vientos, que además era la casa de todo aquel que quisiera entrar y sentarse junto al fuego abrazado a una copa de oporto a escuchar buenas historias. A veces, qué se le va a hacer, uno prefiere vagar solo por las calles de madrugada, pero siempre consuela saber que hay puertas que siguen abiertas, por más que haga mucho tiempo que uno no las franquea. No sé si los que hacen la radio nocturna tendrán idea de la cantidad de vidas de insomnes que han alargado.</p><p><br />Fueron pasando los años, pero la impresión inicial que había tenido de Cebrían no varió en absoluto. Cebrián era el compañero de clase de la fila de atrás, inteligente, noble y gamberro a partes iguales, de esos que lo comparten todo y te llegan al cerebro pasando por el corazón.</p><p><br />A su lado recorrí muchos kilómetros, viajes nocturnos de aquí para allá en los que escuchaba sus Pasajes de la historia. La monotonía de la autopista o el ronquido de algún compañero de viaje quedaban enseguida atrás, y uno se veía inmerso en la batalla de las Termópilas, en la revuelta de los bóxers en China o en las disputas conyugales del mismísimo Sócrates.</p><p><br />Y es que Cebrián tenía esa vocación por compartir que requieren los divulgadores. Si Carl Sagan logró en los años 80 que taxistas, enfermeras y ferreteros discutieran sobre nebulosas y quásares, Cebrián nos hizo preguntarnos si Rober E. Lee había sido un traidor o por qué rayos Aníbal no había arrasado Roma cuando tuvo ocasión de hacerlo.</p><p><br />Queda el vago consuelo de saber que los grandes capitanes dejan el rumbo marcado en su rosa de los vientos cuando se van; y queda, claro está, la obligación de seguir navegando.</p><p><br />Gracias, Cebri.</p><p>(Os dejo unos links como banda sonora de la lectura.</p><p><a href="http://es.youtube.com/watch?v=Vr5d0Otp8FU">http://es.youtube.com/watch?v=Vr5d0Otp8FU</a></p><p><a href="http://es.youtube.com/watch?v=pW-Njfe6zcg">http://es.youtube.com/watch?v=pW-Njfe6zcg</a> )</p>Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-19048334197085215992007-11-24T13:28:00.000+01:002007-11-24T13:47:36.772+01:00Homenaje a Cebrián<div align="right"><a href="http://bp1.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/R0gc-hxtu0I/AAAAAAAAADI/y0lME3ZqlRk/s1600-h/jacpz4.gif"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5136387235560405826" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/R0gc-hxtu0I/AAAAAAAAADI/y0lME3ZqlRk/s400/jacpz4.gif" border="0" /></a> <em>por Raúl Cuervo</em><br /></div><br /><br />Tu cálida y profunda voz inundó la noche. Almas sonámbulas, jornaleros de la madrugada, vampiros del saber,…todos congregados bajo el hechizo de tu luna.<br /><br />Trovador del saber, desvelaste a las conciencias dormidas, retiraste telarañas de las mentes, despertaste al conocimiento. Lograste llegar donde nadie había llegado. Creaste un hogar para noches perdidas, arropando oídos vagabundos.<br /><br />Nos llevaste de la mano, ávidos de una luz que seguir; y tu luz brilló más intensa que ninguna, alta e inequívoca en el horizonte. Brilló tanto que eclipsó las demás luces y, como un mal presagio, tanto resplandeció que se apagó de pronto, dejándonos desorientados y afligidos, como quien ha visto el mar y desdichado ha de regresar a su jaula terrenal.<br /><br />Profunda es la huella que has dejado en tu partida. Hiciste de la palabra una obra de arte. Pintaste cuadros con tu voz, llenando de matices y colores la noche. Endulzaste nuestros sentidos con aromas de misterio y antigüedad, llevándonos por sendas desconocidas con esencias de un pasado lejano y remoto.<br /><br />Ay Juan…honda es la pena al adivinar las aventuras que se perderán en el olvido al no haber ya juglar que las cante.<br /><br />Sólo me queda despedirme de ti. De alguien que me acompañó en tristezas y dichas. A ti te doy las gracias por estos años de dedicación; dedicación a la radio, dedicación a todos nosotros, dedicación a mi, pues tu dedicación fue mi ventura…y mi suerte escucharte.<br /><br />Hoy te digo Cebri que, por haberte conocido, me siento más que nunca, encantado y feliz como una lombriz…Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-40817308128923615152007-11-20T13:32:00.000+01:002007-11-20T13:46:27.940+01:00LukeLectores, amigos, críticos, polizones y toda suerte de marinería:<br /><br /> Desde noviembre he comenzado a publicar en la revista cultural "Luke", donde su directora, Inés Matute, me ha reclutado. De momento estamos rescatando artículos ya publicados aquí, pero en el futuro espero publicar artículos nuevos.<br /><br /> Que me embarque en otro proyecto no significa que abandone éste; en los próximos días publicaré el artículo de noviembre.<br /> <br /> Os dejo la estela de "Luke" por si os apetece echar un ojo, cosa que os recomiendo a todos.<br /><br /> <a href="http://www.espacioluke.com/">http://www.espacioluke.com</a><br /> <br /><div align="center">Un saludo a todos</div>Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-29467968971611865902007-10-06T16:42:00.000+02:002007-10-06T16:53:55.441+02:00Poe según Cortázar<a href="http://bp3.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/Rwee_Qj5BfI/AAAAAAAAACw/ZTou0P2mDWU/s1600-h/Edgar+Allan+(foto)"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5118234311144310258" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/Rwee_Qj5BfI/AAAAAAAAACw/ZTou0P2mDWU/s400/Edgar+Allan+(foto)" border="0" /></a><br /><div>Este verano le hinqué al fin el ojo a uno de los libros a los que más ganas le tenía: la colección completa de los cuentos de Edgar Allan Poe que Julio Cortázar tradujo y editó en 1956. El encargo le llegó al argentino desde la Universidad de Puerto Rico, en la que entonces trabajaba el sin par Francisco Ayala.<br /><br />Cortázar siempre confesó que traducir a Poe era uno de los trabajos que había realizado con mayor gusto. Ese placer impregna todo el libro y hace que el lector se sienta doblemente complacido; se diría que Cortázar nos acomoda en el sillón de orejas, enciende la chimenea y nos sirve la copa de oporto para que nosotros podamos centrarnos en la lectura.<br /><br />La semblanza que Cortázar hace de Poe tampoco tiene desperdicio. Elucida con pasión el periplo vital de escritor bostoniano, y, allí donde la historia no llega, apunta lo que encuentra más probable. Nos cuenta así cómo Poe se educó como un caballero sudista, lo que explicaría tanto ciertas posiciones políticas como su inclinación hacia la salmodia tétrica y la fascinación necrófila. También sostiene Cortázar que Poe no era alcohólico, si consideramos como tal a quien abusa de la bebida. Siempre según el argentino, Poe padecía una severa hipersensibilidad al alcohol que lo catapultaba a un estado de lucidez alucinada casi desde el primer trago.<br /><br />Esa tormentosa relación con el alcohol junto con algunos otros factores decisivos, como su temprana orfandad o su apasionamiento por las mujeres, conformaron una personalidad que se ajusta a los cánones del héroe romántico: un extraño equilibrio entre fortaleza y fragilidad, una tendencia suicida a beberse la vida a borbotones hasta consumirla. El más claro testimonio de ese fervor son sus cuentos y poemas. Cuando escribió su poema más célebre, <em>El cuervo,</em> estaba en la cima de su carrera; y sin embargo, bien sabía Poe que todo lo que le quedaba era ya deslizarse sin remedio, cada vez a mayor velocidad, hacia su propio abismo.<br /><br />Y es que al igual que aquel magnifico y aterrador Dostoyevski que Coeztzee imaginó en <em>El maestro de Petersburgo</em>, Poe sabe que vivir es un precio: el precio que debe pagar por poder escribir. Atormentado por sus demonios interiores (los más crueles y, quizás, los únicos en verdad temibles) murió tras varios días de delirio etílico. Tras él quedaron sus cuentos y poemas, como una sincera y embriagadora invitación para compartir esos mismos demonios.<br /><br />Ahí tenéis una lectura ideal para las tormentosas noches de este otoño. Julio y Edgar os esperan. Sentaos, leed y, sobre todo, no abráis la puerta a nadie.</div><div></div><div> </div><div> </div><div>(Esta fantasmagórica imagen es la más clásica que hay de Poe. Su mirada parece revelar el miedo contenido de los que han comprendido ya qué les depara el futuro.)</div><div></div>Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-85599166489844543372007-09-06T12:30:00.000+02:002007-09-06T15:25:02.815+02:00Umbral<a href="http://bp2.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/Rt_XIBeVNmI/AAAAAAAAACc/nkDyLyta6qE/s1600-h/umbral+nu.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5107037035296011874" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/Rt_XIBeVNmI/AAAAAAAAACc/nkDyLyta6qE/s400/umbral+nu.jpg" border="0" /></a><br /><div>Jamás imaginé que le dedicaría un artículo de este blog a Francisco Umbral. Ni me gustaba mucho ni me caía demasiado bien; pero no es menos cierto que leí con fruición algunas de sus novelas cuando empezaba a interesarme (de verdad) por la literatura.<br /><br />Y es que hubo un tiempo en que yo también fui un pardillo de provincias en la capital; un tierno aspirante a plumilla que miraba las mesas del Café Gijón desde el Paseo de Recoletos con la improbable esperanza de encontrarme una celebridad (Fernán Gómez, Vicent, el mismo Umbral) que me apadrinase en un aún más improbable mecenazgo literario.<br /><br />Por aquel entonces yo imaginaba que todo consistía en hacer horas en el Gijón (más tarde lo cambiaría por el Comercial), con la mirada distraída en algún libro de prosa enrevesada y, anudado al cuello, un fular negro que me había agenciado a modo de bufanda. Recuerdo haber paseado por Madrid “La leyenda del César Visionario”, donde Umbral retrataba, entre el carboncillo y la sátira, la generación de los Laín, Ridruejo, Torrente, Foxá o el cuñadísimo Serrano Suñer. También, cómo no, a su admirado D’Ors. Tiempos de tertulias en blanco y negro en los que los intelectuales bailoteaban alrededor del sátrapa de voz aflautada procurando no levantar la voz más de la cuenta. El principio de la novela de Umbral es casi su resumen: “En un Burgos salmantino de tedio y plateresco, en una Salamanca burgalesa de plata fría, Francisco Franco Bahamonde, dictador de mesa camilla, merienda chocolate con soconusco y firma sentencias de muerte.”<br /><br />Umbral estaba de moda y en cada página yo me encarnaba en aquel Francesillo, su alter ego adolescente que empezaba a comprender (a mí me llevaría algo mas de tiempo) que en la vida suena una sola nota entre un océano de ruido, crece una sola violeta por varias toneladas de mierda, y, en definitiva, hay que achicar sordidez a calderadas para rescatar un trocito de belleza.<br /><br />Eso es lo que queda en el haber de Umbral. Su escepticismo agrio, su poesía sórdida, su efigie de literato vanguardista y cínico que citaba a Proust y a Baudelaire cuando España era un país cerril y narcisista. Quizá sea más abultada la lista del debe. Su servilismo hacia quien le interesaba (Cela en vida, el inefable Pedro J., su encumbrado Ramoncín) y esa permanente y aburrida proclamación como guardián de la alta literatura<br /><br />Tampoco le mejoró mucho su cultivada imagen de genio incomprendido. Y es que tiene bastante de tramposo jugar al poeta maldito con la mano izquierda mientras se reciben preces con la derecha. Poeta maldito es Leopoldo María Panero, que sobrevive alcoholizado, loco y desdentado tras varios intentos de suicidio y tres décadas largas de peregrinaje por los manicomios del país. Umbral se acomodó en el rol del genio incomprendido mientras disparaba desde su columna diaria de “El Mundo” y recibía los más altos premios nacionales.<br /><br />Queda, eso sí, la imagen tópica del escritor misántropo y nictálope, el ave de bufanda y gafas de pasta que deja caer sus garras sobre una olivetti gastada. Umbral quiso ser un poco Cela y otro poco Larra. Tiempo habrá en el futuro, sin su alargada sombra enturbiando, de colocarlo en su lugar. De momento, me sumo a los que lo recuerdan. Aunque sólo sea porque un día, hace años, yo también quise ser un novelista con bufanda en el Café Gijón.<br /><br />(Os dejo unos links. Ahí va la necrológica que le escribió Delibes.<br /><a href="http://www.lasprovincias.es/valencia/prensa/20070829/cultura/dice-manana-umbral_20070829.html">http://www.lasprovincias.es/valencia/prensa/20070829/cultura/dice-manana-umbral_20070829.html</a><br /><br />Estos son los dos artículos que le dedica el académico y exitoso novelista Pérez-Reverte. Cada cual sabrá sacar sus propias conclusiones.<br /><br /><a href="http://www.capitanalatriste.com/escritor.html?s=cementerio/ce_borges">http://www.capitanalatriste.com/escritor.html?s=cementerio/ce_borges</a><br /><br /><a href="http://www.capitanalatriste.com/escritor.html?s=patentescorso/pc_27nov05">http://www.capitanalatriste.com/escritor.html?s=patentescorso/pc_27nov05</a> )</div>Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-75653684296065462532007-08-06T14:27:00.000+02:002007-08-06T14:33:11.296+02:00Gabriel García Márquez: crónica del periodismo mágico<a href="http://bp0.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/RrcT6368xsI/AAAAAAAAACU/H0m6FldDV1o/s1600-h/(web).gif"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5095563405557548738" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/RrcT6368xsI/AAAAAAAAACU/H0m6FldDV1o/s400/(web).gif" border="0" /></a><br /><div> Hace unos días que he terminado de leer “El amor en tiempos del cólera”, de Gabriel García Márquez. Es la excusa perfecta para hablar del Nobel colombiano, lo que no me atrevía a hacer hasta haber leído esa novela, que ocupa un lugar preeminente entre sus obras.<br /><br /> Además, confieso que necesitaba un contrapunto a “Cien años de soledad”. Si tengo una relación pasional con algún libro, es con éste; si no lo hubiera leído en mi adolescencia, si algunos años más tarde otros libros no hubieran complementado aquella lectura (los cuentos de Cortázar, las obras completas de Borges, algunas novelas de Muñoz Molina) mi relación con la literatura sería (imagino) bien distinta. Por eso, por lo apegado que lo tengo a la víscera, me resulta muy difícil analizar “Cien años de soledad” de un modo sereno, y por ello, ponderar la figura de su autor.<br /><br /> Quizá la clave la dio el editor y poeta catalán Carlos Barral cuando dijo que García Márquez era un narrador oral del Norte de África. Lo cuenta Juancho Armas Marcelo en su libro “Vargas Llosa: el vicio de escribir”. No sé hasta qué punto es exacta la anécdota, pero más allá de lo que tiene de <em>boutade</em> (que Armas Marcelo interpreta en su libro como menoscabo del colombiano respecto del peruano) la definición es estupenda; es probable que Barral imaginara a Gabo como un narrador ciego en la Plaza Jamaa el Fna de Marrakech, rodeado por un círculo de oyentes alucinados entre la marabunta de aguadores, encantadores de serpientes y comedores de alacranes.<br /><br /> Y es que la principal característica de García Márquez es la reinterpretación de la realidad en términos casi mitológicos; sin que el lector lo note, es capaz de mudar la piel, desde la del cronista honesto a la del profeta iluminado que salmodia al dictado de un dios antiguo.<br /><br /> Por eso creo que le debe tanto al oficio de periodista que ejerció durante algunos años. Más allá de sus deudas literarias (evidentes las de Faulkner y Rulfo), García Márquez se curtió en la crónica periodística, en la narración verosímil sostenida por la precisión de los detalles. Sólo tuvo que leer la historia de Iberoamérica, escrita con sangre y barro durante siglos, y dotarla de consistencia literaria. La superstición, la fatalidad del destino y, en resumen, el realismo mágico, emergieron solos.<br /><br /> Y así construyó una de las literaturas más personales del Siglo XX, donde el mito sólo es una extensión natural del individuo, como si fuera su propia sombra. Mi terna: “Cien años de soledad”, “El amor en tiempos del cólera” y “Crónica de una muerte anunciada” (se admiten otras).<br /><br /> Os dejo el link en el que podréis escuchar el discurso de Gabo al recibir el Nobel. Dieciocho minutos imprescindibles.<br /><br /><a href="http://nobelprize.org/nobel_prizes/literature/laureates/1982/marquez-lecture.html">http://nobelprize.org/nobel_prizes/literature/laureates/1982/marquez-lecture.html</a><br /><br /><br /> Y en este link podréis repasar el cine de Bergman (también imprescindible).<br /><br /><a href="http://eldormitoriodemaud.blogspot.com/2007/07/ingmar-bergman-1918-2007-se-acabaron.html">http://eldormitoriodemaud.blogspot.com/2007/07/ingmar-bergman-1918-2007-se-acabaron.html</a></div>Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-13792390315654182472007-07-23T22:20:00.000+02:002007-07-24T14:49:17.373+02:00Los cruzados de la causa<a href="http://bp3.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/RqUOQH68xrI/AAAAAAAAACM/8Wd9VG-8GxY/s1600-h/eljueves.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5090490623979210418" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/RqUOQH68xrI/AAAAAAAAACM/8Wd9VG-8GxY/s400/eljueves.jpg" border="0" /></a><br /><br />Durante este verano he estado viendo en TVE algunos capítulos de la serie <em>La transición</em> de Victoria Prego. Es un trabajo serio, bien documentado, si bien algo complaciente con el proceso que terminó con la llegada a España de la democracia. Muchas de las imágenes son ya tópicas, pero hay otras bastante menos conocidas, como las ruedas de prensa de los ministros franquistas o las apariciones del rey junto al ya decrépito dictador (por cierto, estas últimas parecen ser obviadas de forma sistemática cuando los medios de comunicación tiran de archivo). Seguramente, la transición se hizo lo mejor que se pudo hacer; es decir, capeó los problemas más que resolverlos. Para los <em>hooligans</em> de la constitución, aquellos que niegan la conveniencia de alterar una coma, merece la pena recordar el contexto en que se firmó el tratado: en una democracia en pañales, con partidos políticos recién legalizados, el terrorismo perpetrando carnicerías, unos cuerpos de seguridad militarizados y formados en la lógica fascista y un presidente del gobierno cuya principal misión era evitar que le dieran un golpe de estado (bueno, hasta que se lo dieron).<br /><br />Todo ello me dio pie para reflexionar sobre la variedad de caracteres que hay en España. Tiene algo que ver con las dos Españas de las que hablaba Machado; y, en contra de lo que muchas veces se dice, no tiene que ver con la ideología, sino con el civismo.<br /><br />España es unas veces un país optimista y hedonista, como si fuera una taberna limpia y tranquila donde uno come sin prisa mientras mira hacia el mar; y en otras ocasiones es un prostíbulo que hiede a podredumbre y cadaverina, un antro en el que medran los zafios, los mediocres o sencillamente los brutos mientras el talento se asfixia. Es esa España del siglo de oro en la que el trabajo era una deshonra, la España del sablazo y del timo, del <em>trepa</em> y del manipulador. Basta leer “Luces de bohemia” para comprobar qué poco había cambiado ese tejido profundo de la sociedad tres siglos después; basta echar un ojo a la prensa nacional para cerciorarse de que ni la democracia ni la entrada de pleno en Europa han eliminado la gruesa capa de caspa subyacente.<br /><br />Valen como ejemplo de esa estofa social las interpretaciones del Fiscal General delEstado y del juez de guardia de la Audiencia Nacional, cuyo veraniego exceso de celo ha provocado el secuestro del último número de “El jueves”. Imagino que ambos se escudarán en que no hacen más que cumplir la ley, y lo triste es que su coartada legal es válida (si bien no les exime de su gazmoño comportamiento). El problema es (y volvemos a lo de la transición mal resuelta) que continúen vigentes leyes de evidente inspiración antidemocrática, como la tipificación de un delito de injurias a la corona (si es que la propia existencia de la corona no se puede considerar ya en sí misma como antidemocrática).<br /><br />Mayor perplejidad causan aún los argumentos del celoso del Olmo cuando dice que la caricatura es “claramente denigrante y objetivamente infamante”. Para comprender el criterio de Pumpido y del Olmo se necesita un extenuante ejercicio de imaginación. Claramente denigrante y objetivamente infamante es cada una de las soflamas que escupe cada mañana el inefable Jiménez Losantos en la COPE; claramente denigrantes y objetivamente infamantes son los aires chulescos de la izquierda abertzale, acobardada y atrapada en un descomunal ejercicio de cinismo; claramente denigrante y objetivamente infamante es la campaña de aquellos que llevan más de tres años enredando con la masacre del 11-M (y eso bien lo sabe del Olmo); claramente denigrantes y objetivamente infamantes son algunas consignas fascistas que se escuchan en las manifestaciones de la AVT, como la tantas veces coreada de “Zapatero, vete con tu abuelo”. Produce una profunda desolación que nos hayamos acostumbrado a vivir rodeados de semejantes actitudes y que, en cambio, escandalice una caricatura del príncipe heredero copulando con su señora (función que, por otra parte, forma parte de sus obligaciones con el fin de engendrar una amplia progenie que garantice la continuidad de la casa real).<br /><br />Es cierto que “El jueves” cae con frecuencia en el humor fácil y en un gusto bastante cuestionable; pero siempre se agradece su irreverencia innegociable, es decir, su libertad. Aquí lo que es verdaderamente zafio es que aún existan leyes que pretendan coartarla.<br /><br />(Por más que las líneas editoriales de “El jueves” y de este humilde blog difieran de modo notable, no queda otro remedio que publicar la viñeta de marras. Corporativismo positivo o solidaridad gremial, si preferís. Parece que su próximo premio de “El gilipollas de la semana” será ex aequo.)Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-22634535266900091082007-07-05T14:11:00.000+02:002007-07-06T02:28:07.931+02:00El violinista en el fango: Francis Scott Fitzgerald<p align="center"><a href="http://bp1.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/RozgO9rI13I/AAAAAAAAACE/ACDkwDo1ObQ/s1600-h/scott_and_zelda.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5083684627072735090" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/RozgO9rI13I/AAAAAAAAACE/ACDkwDo1ObQ/s400/scott_and_zelda.jpg" border="0" /></a></p><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /> La primera vez que me topé con Francis Scott Fitzgerlad fue leyendo <em>A</em> <em>moveable feast</em>, el libro que Hemingway escribió sobre sus años en París y que ignoro por qué se tradujo al español como <em>París era una fiesta</em>. Así conocí lo que Gertude Stein llamó la generación perdida, término que acabó por agrupar a los escritores estadounidenses que habían nacido en la última década del siglo XIX y que vivieron en Europa durante los años 20. Con alguna variación, podemos citar entre ellos a John Dos Passos, Ezra Pound, Henry Miller y los citados Hemingway y Scott Fitzgerald. Su romántico auotoexilio se suele atribuir a varios motivos; sospecho que la ley seca en EEUU, vigente en aquella época, no fue uno de los menos importantes.<br /><br />Para el testosterónico Hemingway debió de ser toda una experiencia conocer al hipersensible Scotty. Hemingway era un tipo tenaz, un escritor que fue labrándose su propio talento con la misma determinación con la que un culturista cultiva su musculatura; en cambio, Scott tenía un talento innato (“tan natural como el dibujo que forma el polvillo en el ala de una mariposa”, dice Hemingway) que le permitía narrar sin esfuerzo mediante una prosa inteligente y sutil.<br /><br />En <em>París era una fiesta</em>, Hemingway cuenta cómo acompaña a Scott desde París a Lyon para recuperar el coche que ha dejado allí. El relato se mueve entre la acidez y la ternura, y, seguramente, proporciona una idea fiel de lo que Hemingway pensaba de Scott: que era tan irritante como encantador.<br /><br />Francis Scott Fitzgerald había nacido en 1896 en Minessota. A los veintinueve años, las líneas maestras de su vida estaban ya bien definidas: se había convertido en alcohólico y neurótico, estaba casado con una enferma mental, había publicado tres novelas geniales y se había casi inventado una (de)generación: la edad del Jazz.<br /><br />Lo más curioso, es que todo eso lo había hecho a base de ridiculizar de forma pertinaz tanto a sí mismo como todo cuanto le rodeaba. Sus libros son una mezcla del desprecio por el oropel del burgués venido a menos y de la melancolía del que sabe que necesita de ese oropel. Scott fue un crítico vitriólico de esa sociedad, pero no cayó en la ingenuidad de creer que podría huir de ella. Más bien, era un genio entre los mediocres, un violinista tañendo con maestría su violín mientras se hunde en arenas movedizas sin hacer nada por escapar.<br /><br />Cuando Scott murió de un infarto en 1940, ya estaba destruido por el alcohol y la locura de su mujer, Zelda; ella murió ocho años más tarde durante el incendio que arrasó el hospital psiquiátrico en el que estaba internada. Cumplían así lo que las novelas de Scott habían vaticinado: personajes a caballo entre la elegancia y la decadencia, condenados sin remedios a destruirse a sí mismos, como el Anthony Patch de los <em>Hermosos y Malditos</em> o Gatsby en la novela que lleva su nombre.<br /><br /><br />(En la foto, Sctotty y Zelda. La edad del jazz pasó, pero la inteligencia se conserva fresca.)Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-33901226229220596912007-06-01T13:03:00.000+02:002007-06-05T15:44:57.657+02:00Amuletos<a href="http://bp1.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/Rl_9vClkJmI/AAAAAAAAAB8/3MXjEYuoZ_k/s1600-h/onetti.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5071050690032576098" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/Rl_9vClkJmI/AAAAAAAAAB8/3MXjEYuoZ_k/s320/onetti.jpg" border="0" /></a> Confieso que cuando empecé a escribir en este anárquico cuaderno, hace ya algo más de un año, pensé que con el tiempo tendría otro aspecto del que ahora tiene. Siempre lo imaginé cimentado sobre las efigies que me rodean permanentemente, unas veces casi con exclusividad, y otras desde la penumbra, como corredores de relevos preparados para recoger el testigo en cualquier momento.<br /><br />Seguro podéis imaginar de quiénes hablo. No es difícil. Son Cortázar, Stevenson, Sábato, Auster, Borges, Coetzee, Tobias Wolff, Leonard Cohen, Silvio Rodríguez, Serge Gainsbourg, Caetano Veloso, Woody Allen, Truffaut, Billy Wilder o Kubrick, entre otros.<br /><br />Algunos, cuyos nombres he olvidado o prefiero hacerlo, han ido perdiendo su importancia; otros han ocupado poco a poco (libro a libro, canción o canción, película a película) sus lugares, como Onetti, Melville, Mishima, Scott Fitgerald o Jacques Brel. Hay varios que empiezo a descubrir y que supongo que no tardarán en ganarse un hueco, como Dino Buzzati, Imre Kertesz o Don DeLillo.<br /><br />No todos se han unido al club por los mismos motivos. De Jaime Gil de Biedma siempre me emocionaron dos poemas: “No volveré a ser joven” y “Contra Jaime Gil de Biedma”, que casi resumen por sí mismos la existencia; de Marlon Brando me fascinó el coraje con el que uno de los más grandes de la historia del cine se jugó el tipo (y lo salvó) actuando en ”El último tango en París”, dejándose llevar por el saxo incandescente de Gato Barbieri. A Flaubert le envidio, aparte de su descomunal talento, la pasión que sentía por la literatura, que era por sí sola, capaz de colmar su vida entera. La voz de Billie Holiday es irrepetible porque, como el <em>bourbon</em>, se mueve siempre en el filo entre la dulzura y la aspereza.<br /><br />Sería pretencioso decir que uno aprende algo de ellos. Pero siempre consuela tenerlos a mano mientras va pasando el tiempo y de otros mitos de antaño (ideales tópicos, amistades imposibles) no quedan más que las ruinas. Ellos en cambio siempre están alrededor, no como dioses o ídolos, sino más bien como amuletos de los que se puede echar mano en cualquier momento.<br /><br />Y quizá por lo mucho que a veces cuesta hablar de lo cercano, la mayoría ni siquiera había aparecido por aquí (creo que sólo Stevenson y Wilder han tenido artículo propio), aunque, de modo más o menos consciente, gravitan sobre todo cuanto escribo o pienso.<br /><br />Así que, aunque hay deudas tan elevadas que es ridículo siquiera pretender saldarlas, queda tomada esta foto de familia en la que se apiñan los vivos y los muertos.<br /><br /><br />(En la foto, un amenazante Juan Carlos Onetti. Un día se metió en la cama de su piso de Madrid y ya no volvió a salir en varios años. Con un un montón de libros y orinales se puede sobrevivir bastante tiempo, ¿no?.<br />Os dejo los links a los dos poemas de Gil de Biedma. ¿Sabéis quién es su sobrina? Mejor que no lo sepáis. El tercer link es de Jacques Brel; si alguien conoce a un buen espiritista, que contacte con él y le dé mi mail, por favor.)<br /><br /><a href="http://amediavoz.com/gildebiedma.htm#CONTRA%20JAIME%20GIL%20DE%20BIEDMA">http://amediavoz.com/gildebiedma.htm#CONTRA%20JAIME%20GIL%20DE%20BIEDMA</a><br /><br /><a href="http://amediavoz.com/gildebiedma.htm#NO%20VOLVERÉ%20A%20SER%20JOVEN">http://amediavoz.com/gildebiedma.htm#NO%20VOLVERÉ%20A%20SER%20JOVEN</a><br /><br /><a href="http://www.youtube.com/watch?v=POGegLVKjdQ">http://www.youtube.com/watch?v=POGegLVKjdQ</a>Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-20140196058702879482007-05-08T16:51:00.000+02:002007-05-08T16:57:29.369+02:00Hombre solo en el mar<a href="http://bp0.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/RkCO9eIxK2I/AAAAAAAAAB0/4_CHtTGzmuw/s1600-h/nebulosa.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5062203167877442402" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/RkCO9eIxK2I/AAAAAAAAAB0/4_CHtTGzmuw/s320/nebulosa.jpg" border="0" /></a><br /><div>Bueno, después del baño de multitudes del mes pasado (se agradece tanto cariño virtual) seguimos travesía con el rescate de un libro.</div><div><br /> Normalmente la ciencia ficción es terreno propicio para que los simples ejerciten sus fantasías, haciendo pasar por imaginación lo que no es sino falta de ella (lo dicho vale también para otros infragéneros como la fantasía épica, novela histórica y conspiración templaria, mediante la cual las editoriales llevan años bombardeándonos con infames libelos).</div><div><br /> Claro que los maestros siempre se escapan de la mediocridad. <em>El siglo de las luces</em> de Alejo Carpentier o <em>El amante del volcán</em> de Susan Sontag, son dos ejemplos de novela histórica de altura literaria, como también lo son de la ciencia ficción <em>1984</em> y <em>Un mundo feliz</em> (Orwell y Huxley respectivamente). Aún así, la proporción de buena literatura es tan pequeña que no merece la pena navegar a ciegas.</div><div><br /> Precisamente por ello me ha parecido oportuno rescatar un libro como quien rescata un naufrago. Se trata de <em>Solaris</em>, la novela que el polaco Stanislaw Lem publicó en 1961. Sus dos versiones cinematográficas hacen que sea su obra más conocida (la clásica la dirigió Tarkovsky en 1972 y la moderna Soderbergh en 2002; no he visto ninguna de ellas, pero hay quien dice que la de Tarkovsky fue la respuesta soviética al <em>2001</em> de Kubrick).</div><div><br /> <em>Solaris</em> es una novela compleja y bella en la que, al igual que en otros clásicos de la ciencia ficción, el hombre se enfrenta a lo que más le aterra: el hombre mismo. En una estación espacial que flota sobre un mar vivo, el astronauta Kelvin sufre las dudas y angustias inherentes al ser humano, esperanzado y temeroso de sí mismo a la vez.</div><div><br /> Esa es la gran paradoja que plantea la ciencia-ficción. La tecnología, desarrollada bajo la coartada de simplificar la vida del ser humano, lo aísla sin remedio. La sociedad se muestra como un entramado de artefactos tecnológicos que no sirven para resolver los problemas espirituales. Aunque la tecnología evoluciona desde la rueda hasta los transbordadores espaciales, las dudas sobre el amor y la muerte no cambian. (Si el lector del presente sustituye los transbordadores espaciales por megaurbanizaciones con campos de golf, seguro que lo comprende mejor).</div><div><br /> Tal vez Stanislaw Lem pensaba en el precio de un avance infinitamente más rápido de las ciencias que de las humanidades cuando enunció su famosa ley: nadie lee nada; si alguien lee algo, no lo comprende; y si alguien comprende algo de lo leído, lo olvida enseguida.<br /><br />(La soledad está dentro de nosotros, como dice la oda que Lorca le escribió a Walt Whitman: “Hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman”.)</div>Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-87848070633222947912007-04-13T13:34:00.000+02:002007-04-13T13:38:09.879+02:00Un año en Trieste<a href="http://bp0.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/Rh9q3sJNqvI/AAAAAAAAABc/3YsyyQA3cPo/s1600-h/averahora.gif"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5052874811908139762" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/Rh9q3sJNqvI/AAAAAAAAABc/3YsyyQA3cPo/s400/averahora.gif" border="0" /></a><br />Pues sí, hoy hace un año que echaba a andar este cuaderno de rumbo errático. Lo sé porque nació el mismo día que mi amigo Eric, así que la felicitación por el primer año de vida vale para ambos.<br /><br />Tiene algo de cuaderno de bitácora, ya que éste es aquel en el que se apuntan “el rumbo, velocidad, maniobras y demás accidentes de navegación” (cito la RAE). Si uno navega por las bibliotecas y rebusca libros con el mismo fervor que un buque busca islotes perdidos en el Pacífico, la definición se aproxima. Pero hay dos diferencias.<br /><br />Y es que los cuadernos de bitácora son, supongo, para uso privado del capitán. En este cuaderno, en cambio, puede escribir todo el que quiera. De ese modo en un año hemos ido conformando una tripulación pirata de lectores desde México a Salamanca, desde Bilbao a Málaga (vía Albacete), desde Madrid a Buenos Aires, desde Dublín a León; y así, entre lectura y lectura, vamos recalando en las afiladas costas irlandesas, o en las selvas tailandesas que casi desembocan en el mar, o en la Vailima samoana donde algún día reposaremos junto a Tusitala, el contador de historias, bajo el calor aplastante del Pacífico.<br /><br />La otra diferencia es que este cuaderno y este barco no tienen capitán. Tienen al mando (por decir algo) a un tipo al que un día se le ocurrió compartir con sus amigos lo que más le gustaba, es decir, los libros. Con el tiempo, le sorprendió comprobar que no sólo muchos amigos seguían en el buque, sino que algunos desconocidos se habían subido a él, con lo que adquirían también los derechos del tripulante.<br /><br />El resto de la historia ya lo conocéis. Sobra decir que sin el entusiasmo de esa tripulación lectora el buque se habría ido a pique hace mucho tiempo. Muchas gracias a todos, a los marineros que hablan y participan y también a los silenciosos de los que apenas me llega su murmullo.<br /><br />¡Y ahora que corra el ron, maldita sea!<br /><br />(En la foto, la <em>Bounty</em>. Espero que no os dé por amotinaros...)Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-42203599541727127252007-03-29T12:11:00.000+02:002007-03-29T17:24:04.755+02:00Animales victorianos de dos patas<a href="http://bp3.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/RguRB8c_RKI/AAAAAAAAABE/kzMRW5QDHLA/s1600-h/English_Country_Garden+(Jane+Kay).jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5047287269992383650" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/RguRB8c_RKI/AAAAAAAAABE/kzMRW5QDHLA/s400/English_Country_Garden+(Jane+Kay).jpg" border="0" /></a><br /><br />Terminaba el último artículo de este anárquico cuaderno preguntándome si el humor y la inteligencia no eran más o menos lo mismo. Ya que ninguno de los lectores ha recogido el guante y dado que mi última lectura me reafirma en lo dicho, lo recojo yo mismo.<br /><br />El libro se titula <em>Animales y más que</em> <em>animales</em> y lo firma Saki, que es el pseudónimo (unos dicen que influencia de Omar Khayyam, otros que préstamo de ciertos monos sudamericanos) de Hector Hugh Munro. Es una colección de cuentos en la que se entremezclan asuntos de humanos y animales, teniendo los primeros bastante de los segundos.<br /><br />Los cuentos obedecen casi siempre a un mismo esquema, y a pesar de eso, o precisamente por ello, son divertidísimos. Se plantea un problema cuya única solución pasa por la ironía; ironía que acorta el camino entre la indiferencia y el sadismo, lo que hace que la crueldad de Saki sea tan divertida. (La marca del humor cruel remite ineludiblemente a Cervantes; es curioso que a sus herederos directos haya que ir a buscarlos casi siempre a Inglaterra).<br /><br />Hector Hugh Munro nació en 1870 en Birmania. Borges lo colocaba junto a Kipling y Thackeray en la terna de grandes escritores ingleses nacidos en las colonias. La temprana muerte de su madre propició que fuera enviado a Inglaterra, donde pasó su infancia en la nada divertida compañía de sus tías, dos solteronas victorianas que se odiaban entre sí y que seguramente jamás intuyeron cuánta materia prima estaban proporcionando al afilado y malévolo ingenio de su sobrino.<br /><br />Y así Saki se convirtió en azote de las sociedades puritanas (es decir, todas). La mejor forma que encontró para evadirse de un entorno tan aburrido fue la invención de sus fantasías ácidas y socarronas. Murió en Francia durante la Primera Guerra Mundial, abatido por el disparo de un francotirador alemán. Según cuentan, sus últimas palabras fueron “¡Apagad ese maldito cigarrillo!”.<br /><br /><div align="justify">(La imagen es <em>English country garden</em>, pintura de Jane Kay. Tal vez entre alguno de esos arbustos podamos encontrar a las tías de Saki con una tijeras de podar. Cuidado.) </div>Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-30092002809941326642007-03-13T23:58:00.000+01:002007-03-28T17:45:30.611+02:00Un hombre pequeño y un gato grande<a href="http://bp2.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/RfcssABVlfI/AAAAAAAAAA8/cctKjQLMkOU/s1600-h/richard+parker+y+yo.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5041547442296034802" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp2.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/RfcssABVlfI/AAAAAAAAAA8/cctKjQLMkOU/s320/richard+parker+y+yo.jpg" border="0" /></a><br />Muchas veces uno tiende a parapetarse detrás del canon de la cultura oficial; no la oficial de los gobiernos, que siempre han preferido pueblos dócilmente iletrados, sino la que dictan los mandarines y santones literarios desde academias, universidades y columnas de periódico. Y es que lo contrario, absorber cual esponja sin tamizado previo todo lo que se ponga a tiro, no es en absoluto recomendable; la imbecilidad espera agazapada en cada esquina para asaetear a los imprudentes. Así que no queda otro remedio que leer y releer a los de siempre, procurando dejar al mismo tiempo cierto margen a la intuición. Se pierden algunas lecturas de interés que quedan condenadas a la inopia, pero se ahorra mucho tiempo (que a su vez se reinvierte) y se evitan (casi siempre) los molestos efectos de la bazofia pseudoliteraria.<br /><br />Con tanta profilaxis no era demasiado probable que <em>Vida de Pi</em> fuera a caer en mi estantería de libros de próxima lectura. Un desconocido canadiense salmantino de nombre extraño, Yann Martel, con unos sospechosos aspecto y biografía de viajero, tenía pocas posibilidades de abrirse paso a codazos entre los DeLillo, Pamuk, Scott Fitzgerald, Philip Roth, Dickens, Zweig o Turguénev (ya ven los lectores cómo me las gasto cuando juego a ser bibliotecario). Pero el caso es que cuando comencé a leer <em>Vida de Pi</em> comprendí que había tenido mucha suerte de que el libro hubiese caído en mis manos.<br /><br />Durante cuatrocientas páginas Yann Martel se va transformando; a veces es un divertido contador de aventuras, otras un humilde y agudo investigador del hecho religioso. Pero en ningún momento pierde la honestidad narrativa, honestidad que surge cuando la literatura, más que inventar, filtra la vida; y de ese modo, mediante ese compromiso vital de la escritura, Yann Martel regala a los lectores una auténtica joya de inusitada altura literaria.<br /><br />Si uno repasa los protagonistas, el libro ya promete: un niño indio, los inquilinos de un zoológico, un dios, un océano. El resultado es una novela que se disfruta de la primera a la última palabra. Uno se emociona y se divierte con el pequeño y a la vez enorme descubrimiento que es pasar cada página. El joven Pi nos presta su cuerpo, a través del cual el lector comparte con él esperanza y angustia, salitre y sudor.<br /><br />Una vez finalizada la lectura el tópico del humor inteligente no alcanza para abarcar la novela de Martel. Más bien, uno se pregunta si el humor y la inteligencia no son básicamente lo mismo.<br /><br />En fin. Más no puedo decir. Sólo me queda agradecer a mi amigo Jimmy Puerta la recomendación y hacerla llegar hasta vosotros. Leed <em>Vida de Pi</em>. Dichosos los que lo podéis hacer por primera vez.<br /><br />(En la foto, apasionado lector del libro y tigre de Bengala a escala.)Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-17583818224694638222007-02-20T14:09:00.000+01:002007-03-28T18:16:59.682+02:00Faulkner en Getxo<a href="http://bp1.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/RdrzMpOLZyI/AAAAAAAAAAk/WZhQyIyTuFY/s1600-h/Ramiro_Pinilla_2.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5033602932089251618" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/RdrzMpOLZyI/AAAAAAAAAAk/WZhQyIyTuFY/s320/Ramiro_Pinilla_2.jpg" border="0" /></a><br /><div>Acabo de terminar una aventura lectora que me ha tenido enredado un mes largo. Se trata de <em>Verdes valles, colinas rojas</em>, la desaforada novela que Ramiro Pinilla ha tardado veinte años en escribir; más de dos mil páginas repartidas en tres gruesos tomos que abarcan desde la salida mítica del mar de los fundadores de Getxo hasta la erección del Guggenheim como alegoría del título del tercer volumen, <em>Las cenizas del hierro.<br /></em><br />La historia va avanzando lastrada por la densidad del pasado; para los personajes de <em>Verdes valles, colinas rojas</em>, el pasado no es un ornamento de la memoria, sino una carga inexorable que les obliga a abolir la propia idea de futuro. Por supuesto, la válvula que permite que la novela respire entre tanta opresión es el humor.<br /><br />Y es esa pesadez del pasado que equipara presencias de vivos y muertos la que emparenta a Ramiro Pinilla con Faulkner. Las voces ancestrales no dejan a los vivos en paz. Lo que Faulkner inventó para los sudistas derrotados en la Guerra de Secesión cobra nuevos significados al aplicarlo sobre una sociedad tan convulsa como la vasca. Y ahí aparece el humor, que Pinilla utiliza para rebanar cabezas a diestro y siniestro (bueno, más a diestro). El nacionalismo queda rebajado a imaginería primitiva y absurda. Y es que en <em>Verdes valles, colinas</em> <em>rojas</em> la patria no es Euskadi, sino Getxo; y, apurando, la playa de Arrigúnaga, cuna del mito.<br /><br />Ramiro Pinilla fue un escritor de cierto éxito en los años 60 y 70. Prueba de ello son su Premio Nadal de 1960 por <em>Las ciegas hormigas</em> y su finalista del Planeta en 1972 por <em>Seno</em>. Pero harto de las inicuas políticas editoriales de sus mecenas, se encerró en su caserío de Gexto.<br /><br />Durante los siguientes veintidós años publicó algunos libros en una editorial independiente que él mismo había fundado. También se dedicó a cultivar tomates y criar gallinas. Y entre ellos fue acumulando el original de la que iba a ser su gran novela: más de tres mil quinientos folios manuscritos de epopeya vasca.<br /><br />El resto de la historia es más conocido. Volvieron el éxito y los premios. Supongo que poco alterarán ya a quien se ha forjado en la soledad de la escritura durante tanto tiempo. Lo único que importa es que ahora su inmensa novela llegará a miles de lectores.</div><div></div><div></div><div></div><div></div><div></div><div></div><div></div><div></div><div></div><div></div><div>(En la foto, el escritor vasco Ramiro Pinilla sin txapela; lo normal es que la lleve. Os dejo un link con entrevista al autor.</div><div><a href="http://www.dosdoce.com/continguts/entrevistas/vistaSola_cas.php?ID=28">http://www.dosdoce.com/continguts/entrevistas/vistaSola_cas.php?ID=28</a>)</div>Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-58823712396651012322007-02-05T14:17:00.000+01:002007-03-28T17:50:39.901+02:00Letras después de la bomba<a href="http://bp1.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/RccvJalXH5I/AAAAAAAAAAU/U9WHDvPaiX0/s1600-h/Garden+in+Hiroshima.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5028039347783802770" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_P-X1OXpGDFQ/RccvJalXH5I/AAAAAAAAAAU/U9WHDvPaiX0/s320/Garden+in+Hiroshima.jpg" border="0" /></a><br /><br />El filósofo alemán Theodor Adorno se preguntaba si era posible escribir poesía después de Auschwitz. Es cierto que más tarde matizó la pregunta y que atribuyó el revuelo a interpretaciones deficientes, pero eso ya era lo de menos. La cuestión quedó flotando como espada de Damocles sobre las gargantas de la intelectualidad europea.<br /><br />Por supuesto, el problema es puro pasatiempo intelectual. Si vamos a ello, ya sabíamos que no se podía escribir después de, por ejemplo, Cervantes o Rimbaud. El primero ridiculiza todo novelista anterior y posterior y el segundo demuestra que quien se acerca demasiado a la poesía (pero de verdad) se abrasa y/o se estampa contra el suelo como un Ícaro iluminado.<br /><br />Pero si vamos a lo práctico, el novelista japonés Kezaburo Oé demostró que sí se podía escribir después de Hiroshima. Es decir, no escribir obviando lo que había ocurrido en Hiroshima, sino hacerlo desde la nueva perspectiva que ofrecía la realidad. Así Oé propone una sociedad expresionista, donde desnuda la individualidad de dentro a fuera hasta confundirla con la conciencia colectiva de la derrota.<br /><br />Ya había dado pistas con sus dos primeras novelas, <em>La presa</em> y <em>Arrancad las semillas,</em> <em>fusilad a los niños</em>. <em>La presa</em> es una novela corta de impecable ejecución formal que narra lo que sucede en una aldea tras la captura de un piloto negro; En <em>Arrancad las semillas</em> Oé vuelve a utilizar a la infancia como modelo de la sociedad adulta mediante la huida imposible de los adolescentes de un reformatorio.<br /><br />En 1963 su perspectiva vital se ve alterada al ser padre de un niño con retraso mental. La catarsis literaria se hace patente en <em>Una cuestión personal</em>. Oé indaga en su interior como un Dostoyevski rabioso. Seguramente Oé, que se ha doctorado con una tesis sobre Sartre, piense en algún momento que en París el existencialismo no es más que un mero juego de café de charla ebria y sexo rápido y banal, mientras que el Japón de posguerra es un país humillado y atormentado en el que sólo queda la deriva nihilista.<br /><br />A partir de entonces su mirada será la del deforme y la del excluido. De ese mismo fango visceral nacerán <em>El grito silencioso</em> y los relatos de <em>Dime cómo sobrevivir a nuestra locura</em>. Las páginas de Oé son para quien se atreva a compartir ese ojo único. El lector no saldrá indemne. Pero de eso se trata.<br /><br /><div align="center">(La pintura es <em>Garden at Hiroshima, Autumn</em>, de Standish Backus.)</div>Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-1169473027538782632007-01-22T14:23:00.000+01:002007-03-28T17:53:34.797+02:00Recomendaciones para 2007<a href="http://photos1.blogger.com/x/blogger/675/2725/1600/384384/sontag.jpg"><img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/x/blogger/675/2725/320/678584/sontag.jpg" border="0" /></a><br /><br />Recomiendo doce libros que he seleccionado de entre los que leí en 2006. Así podéis leer uno cada mes en 2007. Aún estáis a tiempo.<br />Os deseo un año de buenas lecturas y espero vuestros afilados comentarios.<br /><br /><br /><br /><br />—<strong>La trilogía de Nueva York</strong> (Paul Auster). <em>Anagrama</em><br /><br /><strong>—Sesenta semanas en el trópico</strong> (Antonio Escohotado). <em>Anagrama</em><br /><br /><strong>—Sábado</strong> (Ian McEwan). <em>Anagrama<br /></em><br /><strong>—Shalimar el payaso</strong> (Salman Rushdie). <em>Mondadori</em><br /><br /><strong>—De ratones y hombres</strong> (John Steinbeck). <em>Edhasa<br /></em><br /><strong>—El buda de los suburbios</strong> (Hanif Kureishi). <em>Anagrama</em><br /><br /><strong>—El pabellón de oro</strong> (Yukio Mishima). <em>Seix-Barral</em><br /><br /><strong>—Los girasoles ciegos</strong> (Alberto Méndez). <em>Anagrama</em><br /><br /><strong>—El amante del volcán</strong> (Susan Sontag). <em>Alfaguara</em><br /><br /><strong>—<em>Suite francesa</em></strong> (Irene Nemirowski). <em>Salamandra<br /></em><br /><strong>—Un encargo difícil</strong> (Pedro Zarraluki). <em>Destino</em><br /><br /><strong>—Las partículas elementales</strong> (Michel Houellebecq). <em>Anagrama</em><br /><em></em><br /><em></em><br />(En la foto la novelista estadounidense Susan Sontag. <em>El amante del volcán</em> es una de las mejores novelas históricas que servidor ha leído. Sin conspiraciones simplonas ni idioteces templarias, cuenta la historia de amor entre un diplomático inglés, <em>il cavaliere</em>, y el Vesubio en el Nápoles de finales del siglo XVIII.)Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-1166447174483385422006-12-18T13:53:00.000+01:002007-03-28T17:55:04.391+02:00El hombre que encendió la mecha<a href="http://photos1.blogger.com/x/blogger/675/2725/1600/83633/Arresto%20princip.jpg"><img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/x/blogger/675/2725/400/724099/Arresto%20princip.jpg" border="0" /></a><br />Hace algunos años, intentando diferenciar la casualidad de la causalidad, me topé (ignoro si casual o causalmente) con una idea interesante. No recuerdo la autoría de la misma, pero venía a decir que el siglo XX comenzaba y terminaba en una misma ciudad, Sarajevo. Se comprendía así el siglo XX como un complejo maremágnun de recodos y circunvoluciones que quedaban ensartados en un mismo punto, la capital bosnia, en dos momentos: el asesinato del Archiduque Francisco Fernando en 1914 y al cruel asedio serbio a partir de 1992. El argumento tenía sin duda algo de falsario, ya que atribuía la guerra de los Balcanes a la caída del telón de acero, caída que fue un acicate para dicha guerra pero en modo alguno causa primigenia; pero como motivo literario, resultaba apasionante.<br /><br />Rumié el asunto durante algún tiempo y fui acumulando información para escribir sobre él. Al final todo quedó en un escueto esbozo y un par de notas; pero me sirvió para encontrar al personaje que, si damos por buena la hipótesis, encendió la mecha del siglo XX.<br /><br />Se trata de un joven estudiante serbobosnio. Es veintiocho de junio de 1914 y es probable que en Sarajevo aún perdure el fresco de la mañana como un aliento que baja desde las montañas hacia el Miljacka. Nuestro hombre resuella nervioso mientras trata de apoyar el cañón caliente de su <em>browning</em> contra su sien; a sus pies agonizan el Archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona austro-húngara, y su esposa. El tipo se llama Gavrilo Princip, tiene diecinueve años, está enfermo de tuberculosis y pertenece a la organización terrorista <em>Mlada</em> <em>Bosna</em>, contraria a la anexión de Bosnia por parte del Imperio Austro-Húngaro.<br /><br />La historia que sigue es más conocida. Un mes más tarde, Austria le declaraba la guerra a Serbia por considerarla madre intelectual del magnicidio. Poco después, mediante una imprevisible reacción en cadena, Alemania, Francia, Rusia, Inglaterra, Turquía y Japón se van sumando a la contienda; Estados Unidos e Italia entraran más tarde. Es la Gran Guerra, que transcurre de 1914 a 1919. El resultado es desastroso: más de ocho millones de muertos y veinte de heridos, medio continente sumido en la miseria y unas vergonzantes condiciones de armisticio para Alemania que crearán el sustrato necesario para el ascenso al poder de Hitler en 1933. Más tarde, la Segunda Guerra Mundial, la división del mundo en dos bloques, etc. La mecha de Gavrilo sigue ardiendo. ¿Qué fue de él?<br /><br />Nuestro hombre resuella nervioso mientras trata de apoyar el cañón caliente de su Browning contra la sien. Tal vez no sea consciente de lo que acaba de hacer. En realidad no es más que uno entre tantos, ya que otros correligionarios suyos se habían apostado por la ciudad con la intención de asesinar al heredero. Pero de algún modo, la historia lo ha elegido a él.<br /><br />Justo cuando el dedo nervioso se dispone a apretar el gatillo, una multitud enfurecida le tira al suelo. Tal vez Gavrilo deja de sentir los golpes y en su lugar sólo nota un dolor sordo y deslocalizado por todo el cuerpo. Logra sin esfuerzo meter una mano en el bolsillo y sujeta entre los dedos una pequeña píldora. La policía llega a tiempo para evitar que sea linchado. También le confisca la cápsula de cianuro que está a punto de tragarse. Seguramente Gavrilo se siente más confuso que agradecido porque su vida haya sido salvada por tercera vez en un minuto. No sabemos si el joven serbocroata tenía sentido del humor; si lo tenía, no cabe duda de que en algún momento tuvo que preguntarse cómo demonios había sido tan eficaz en el más complejo tipo de asesinato, el magnicidio, para luego revelarse tan torpe para el mecánicamente más sencillo, el suicidio.<br /><br />Aún el destino le salvó la vida por cuarta vez: la condena a muerte le fue conmutada por cadena perpetua debido a que no alcanzaba la mayoría de edad. Lo que no pudieron los hombres, lo logró la persistencia del bacilo de Koch y Gavrilo Princip murió en la cárcel víctima de la tuberculosis en 1918.<br /><br />Tal vez, de no haber disparado él, otro lo habría hecho; tal vez nada hubiera cambiado, y Gavrilo Princip sólo fuera la marioneta de la historia que estaba en el lugar preciso en el<br />momento preciso. Probablemente su historia sea insignificante. Como todas.<br /><br />(La foto es de la detención de Gavrilo Princip justo después de cometer el asesinato. Es el segundo por la derecha. En cierto modo, los Balcanes son una miniatura de toda Europa, un laboratorio multiétnico que, como dijo Churchill, produce más historia de la que puede consumir.)Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-26025492.post-1164719645674745502006-11-28T14:05:00.000+01:002007-05-14T19:30:01.121+02:00El placer de la lucidez<a href="http://photos1.blogger.com/blogger/675/2725/1600/Escohotado.jpg"><img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/675/2725/320/Escohotado.jpg" border="0" /></a><br />Un hombre viaja al otro extremo del planeta para evitar las consecuencias de su propia infidelidad. La coartada que lo empuja es un vago proyecto académico sobre las causas de la pobreza en el tercer mundo. Aún hay un tercer motivo para el viaje. El hombre se confiesa inquieto por su tránsito de la segunda a la tercera edad, pues está a punto de cumplir sesenta años. Falta por decir que el hombre es Antonio Escohotado, filósofo en el sentido etimológico del término, pensador autónomo y profesor vocacional, siempre dispuesto a enseñar al que quiera leerle/escucharle y que el libro se titula <em>Sesenta semanas en el trópico</em> (publicado por <em>Anagrama</em>, editorial que merece artículo propio en este cuaderno.)<br /><br />Ya advierte la solapa que esta es la primera y tal vez única incursión de su autor en el terreno narrativo. De confirmarse sería una verdadera lástima, pues Escohotado tiene el don de la narrativa intuitiva; a ella se suma la curiosidad por el conocimiento que le mueve y mediante la cual estimula al lector. Y es que Escohotado lo mismo departe sobre Hume, que bucea en la botánica tropical o asesora sobre la práctica de la natación en el mar.<br /><br />Otra cosa es que uno tenga que coincidir necesariamente con todas sus opiniones; en cuanto uno se descuida el filósofo madrileño escora hacia un librecambismo despiadado confiando en que el mercado se autorregule, como si las leyes de la economía fueran tan inviolables como las de la termodinámica. Así que el placer se multiplica al tener que leer siempre alerta para discrepar cuando convenga; desde luego se aprende más discrepando de los inteligentes que coincidiendo con los necios.<br /><br />En cualquier caso, lo que hace único a Escohotado es que su pensamiento se basa en la inducción, es decir, sus posiciones se erigen partiendo de los hechos y remontando el sendero de la lógica, sin caer en la estafa moral que supone utilizar la erudición para justificar lo que uno ya pensaba previamente. Quien quiera comprobarlo no tiene más que acompañarle rumbo a Bangkok. El arrebato inicial de sinceridad hace que el lector sólo quiera sentarse a su lado y, sin prisa alguna, mecido por la voz honesta y sosegada por el tabaco, escuchar.<br /><br />(En la foto, el filósofo madrileño Antonio Escohotado. En los comentarios dejo las primeras líneas del libro; tal vez así alguien se deje enganchar por la lectura. Para ampliar información se puede acudir a su extraordinaria página web: <a href="http://www.escohotado.org/">http://www.escohotado.org/</a>)Cuaderno de Triestehttp://www.blogger.com/profile/12717829781697133188noreply@blogger.com