tag:blogger.com,1999:blog-21624643.post-65387426473711844502008-02-05T12:55:00.000+01:002008-12-09T00:41:23.410+01:00La decadencia del dodecafonismo<div style="text-align: justify; font-family: times new roman;"><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_ksAVFY3YE30/R6hM393yWEI/AAAAAAAAAjI/7pNHeaV4m04/s1600-h/arnoldschoenberg.jpg"><img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://4.bp.blogspot.com/_ksAVFY3YE30/R6hM393yWEI/AAAAAAAAAjI/7pNHeaV4m04/s200/arnoldschoenberg.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5163461497165338690" border="0" /></a>Para inaugurar este <span style="font-weight: bold;">Centro de Estudios Eruditos y un tanto Absurdos</span> (CEEA), incluiré un fragmento de mi última publicación: '<span style="font-weight: bold;">Muestreo de telas para comerciales textiles o de cómo Schoenberg subió a los cielos</span>', publicado por el <span style="font-weight: bold;">Ministerio de Cultura</span> en colaboración con el de <span style="font-weight: bold;">Comercio </span>en <span style="font-weight: bold;">1996</span>.<br />“El día en que en la fiesta del magnate de la industria tabaquera <span style="font-weight: bold;">Friedrich Sültz</span>, que se ofreció en 1958 en su mansión de <span style="font-weight: bold;">Viena</span>, <span style="font-weight: bold;">Arnold Schoenberg</span> apareció vestido de flamenca, comprendimos que el principio del fin del <span style="font-weight: bold;">dodecafonismo </span>en toda su magnitud estaba cerca. Algunos argumentaron que el fuerte desequilibrio que sufría (y que se manifestaba claramente en la manera que <span style="font-weight: bold;">Arnold </span>tenía de arrojar gambas rebozadas a las damas al grito de “¡Alás, alás! ¡Sin guarnición no hay pecado!”) sería la razón inefable del fin de esta escuela revolucionaria. Nada más lejos de la realidad, en mi opinión, puesto que a mediados de siglo esta corriente musical ya había superado a su propio creador y eran muchas teorías que, más allá de la supervisión del maestro vienés, surgían como setas silvestres. Publicaciones como ‘<span style="font-weight: bold;">El dodecafonismo en la cocina guayabesa</span>’ y ‘<span style="font-weight: bold;">El serialismo es sencillo si sabes cómo coger la pluma</span>’, ambas del antaño alumno de <span style="font-weight: bold;">Alban Berg Emilio Cussinni</span> (no merecen mi mención los artículos de la <span style="font-weight: bold;">Revista Anual de Piragüismo Sueco</span>, '<span style="font-weight: bold;">Trascendencia de la corchea con mas de un rabito</span>’ y <span style="font-weight: bold;">‘Hasta cuándo la cisterna del W.C. tendrá que compararse con el concretismo musical</span>’), habían lanzado este fenómeno musical más allá de lo que su creador podría imaginar.<br />Las razones por las que me inclinaba a pensar que la técnica de la escuela vienesa estaba abocada a terminar decorando mantelitos individuales en diseños de <span style="font-weight: bold;">Ikea </span>las maduré durante mis últimas conversaciones con el insigne <span style="font-weight: bold;">Igor Stravinski </span>(publicadas en el libro ‘<span style="font-weight: bold;">Por favor, cállate ya</span>’, de 1983) quien afirmaba que las pautas serialistas nunca fueron capaces de “mejorar el ´<span style="font-weight: bold;">Corro de la patata</span>´”, asunto que fue fuente de inspiración de gran parte de la última producción de Stravinski y en concreto de su ballet ‘<span style="font-weight: bold;">La cuchara de madera y el monstruo de debajo de la cama</span>’.<br />En nuestros paseos por los jardines de la residencia de verano del compositor ruso, a pesar de los ataques que las ardillas que allí moraban me propinaban cada veinte minutos, pude vislumbrar cómo Stravinski iba desmontando uno a uno los argumentos dodecafónicos sin que pareciese importarle que quedasen esparcidos por el camino (con el riesgo que suponía si algún animal los ingería). En definitiva, lo que a <span style="font-weight: bold;">Schoenberg </span>le parecía “la sublimación del orden puro”, <span style="font-weight: bold;">Stravinski </span>no podía dejar de compararlo con “ese pinchazo en la entrepierna”.<br />Seis meses después, la convivencia con Igor se volvió confusa, y cuando encontré la víbora escondida en el cajón de mi ropa interior deduje que era hora de regresar a mi hogar, que en aquel momento se hallaba en la pequeña localidad de <span style="font-weight: bold;">Figueras</span>. Me dispuse entonces a analizar los argumentos en contra del dodecafonismo y extraje las siguientes conclusiones:<br /><ol><li>El teórico <span style="font-weight: bold;">Theodor W. Adorno</span>, famoso por sus furibundos ataques a Stravinski (recuérdese el que se ha dado en llamar ‘<span style="font-weight: bold;">Suceso de las peras</span>’, cuando Adorno acusó al músico de inmoralidad por la sodomización de peras maduras, que se demostró falso cuando las peras declararon a favor del compositor), siempre basó sus críticas en simpatías personales hacia la <span style="font-weight: bold;">Escuela de Viena</span> tales como que en las fiestas no le obligasen a servir el ponche o que en la partitura del monodrama de Schoeberg ‘<span style="font-weight: bold;">Erwartung</span>’ éste anotase al final una pequeña dedicatoria que versaba: “Gracias a ti, Theodor, por no verter el café más de seis veces sobre el piano”. Por lo tanto no pueden ser consideradas estas defensas hacia el dodecafonismo por parte de Adorno por estimarlas fruto de, en palabras de Igor, “una cabeza débil con un preocupante problema de alopecia” (no hay que olvidar que tras las humillaciones a las que era sometido a menudo por <span style="font-weight: bold;">Anton Webern</span>, Adorno no era capaz de decir más que “este chico sí que sabe ponerse el sombrero” mientras era abofeteado o asado a fuego lento en las cocinas del <span style="font-weight: bold;">Hotel Ambassador</span>).</li><li>Si, tal como me confirmó Schoenberg, ‘<span style="font-weight: bold;">Pierrot Lunaire</span>’ (obra capital de la producción schoenbergiana) no era más que una serie de canciones infantiles puestas, nota a nota, al revés pero “tocadas con cierta gracia”, no me quedaba otra cosa que pensar sino que la intelectualidad de mediados de siglo estaba adorando a un becerro de oro pero con menos cuernos.</li><li>Según Stravinski de toda la producción de Schoenberg sólo salvaría una obra de la quema: '<span style="font-weight: bold;">Friede auf Erden</span>', una pieza coral sobre la que afirmó el ruso: “Me recuerda desesperadamente a mi madre”. Tal vez el sentimiento de culpa que el recuerdo de la madre le provocaba (léase al respecto el genial artículo de <span style="font-weight: bold;">Emil Von Pérez </span>‘<span style="font-weight: bold;">El sentimiento de culpa en los cenáculos intelectuales. Conversaciones en torno al pollo en salsa</span>’. Princeton Review of Psichoanalisis, 1963) no sea razón para ensalzar una obra que, a pesar de sus buenas intenciones, provocaba, como todas las obras del vienés, una extraña expresión en el rostro del auditorio.</li><li>En cierta ocasión, tras un recital de su obra para piano en el <span style="font-weight: bold;">Carnegie Hall</span> de <span style="font-weight: bold;">Nueva York</span>, sorprendí a Arnold regalando plumas estilográficas a los críticos del New York Times mientras le preguntaba desesperadamente y con una risa nerviosa a las personas del público que abandonaban la sala “¿Le ha gustado? En realidad no son más que apuntes”. Schoenberg, ya no me quedaba ninguna duda, no estaba seguro de su obra y mucho menos de poder pagar el billete de vuelta a Viena.</li><li>Mi conclusión definitiva acerca de la caída de la figura de Schoernberg surge de un breve encuentro con el autor en su residencia a las afueras de Viena. Arnold me había llamado para interpretarme su última composición, ‘<span style="font-weight: bold;">Die Glückliche Hand</span>’. Era nuestro primer encuentro (afortunadamente también el último), pero noté algo extraño cuando pregunté dónde podía colgar mi abrigo y me contestó: “¿Puerros? No, gracias, soy alérgico”. Al final de la interpretación, en la que Arnold no sólo tocaba el piano sino que además cantaba, yo ya había intentado asesinarle de varias maneras sin éxito alguno. Con una sonrisa bonachona, me miró y me dijo: “Suena bonito ¿no?”. Deduje en seguida que Schoenberg sufría una considerable sordera además de una hipermetropía tal que se tenía que sostener las gafas mediante un complicado sistema de poleas. Además, sobre el atril del piano no había partitura alguna sino un libro de recetas tirolesas para celíacos. En definitiva, Arnold, “ese ser acogedor cuando no te muerde la oreja”, en palabras de su esposa, <span style="font-weight: bold;">Gertrud Kolisch</span>, tuvo una trascendencia un tanto accidental y merecida, según opiniones, (me ahorro la mía hasta que apruebe música en el Bachillerato), pero que nunca supo asimilar, aunque lo disimulaba muy bien por la manera de concentrarse antes de tocar ante su viejo piano (que por cierto, estaba bastante desafinado).</li></ol>Colaboración de <span style="font-weight: bold;">Rodrigo Manchado</span>.<br /></div><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21624643-6538742647371184450?l=elanimalario.blogspot.com'/></div>AnimalUnohttp://www.blogger.com/profile/15981001633385326016animaluno@gmail.com5