tag:blogger.com,1999:blog-166532212009-07-13T05:05:34.990-07:00Gonzalo SaavedraMúsica • Periodismo • Literatura • DiseñoGonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.comBlogger90125tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-69650651478413178702009-07-13T04:18:00.000-07:002009-07-13T05:05:35.002-07:00La naturaleza y el espíritu<!--StartFragment--> <p class="MsoNormal">Orquesta Sinfónica de Chile | Max Valdés | Teatro de la Universidad de Chile | viernes 10 de julio</p><p class="MsoNormal"><!--StartFragment--> </p><p class="MsoNormal">Los intentos por imitar la naturaleza con música son tan antiguos como el arte musical mismo, pero tal vez nunca se dieron con tanto ímpetu como desde mediados del siglo XIX en adelante: la ampliación de la orquesta sinfónica –gracias a las necesidades expresivas de Berlioz y Wagner– permitió más posibilidades de color, una metáfora perfectamente justa para describir la calidad de los sonidos que se puede alcanzar con un conjunto grande y variado. Obras de esas intenciones fueron las que predominaron en el último concierto de la Orquesta Sinfónica de Chile, bajo la conducción precisa y de buen gusto de Max Valdés. </p> <p class="MsoNormal">El programa incluyó <i>El cisne de Tuonela </i><span style="font-style:normal">(1893) de Jean Sibelius, con el corno inglés de Rodrigo Herrera, impecable en su entrega, y una orquesta que lo acompañó con notable contención; la obertura desbordante y también acuática de </span><i>El holandés errante</i><span style="font-style:normal"> (1841) de Richard Wagner, servida limpiamente por los bronces, un fenómeno que, décadas atrás, solía ser pura utopía en una orquesta chilena; y para el final, </span><i>El mar</i><span style="font-style:normal"> (1903-5) de Claude Debussy, tres “bocetos sinfónicos”, según propia nominación del compositor, tan texturosos en su armonía como ricos en frases de lucimiento solista. Aquí Valdés supo mantener los equilibrios y mostrar lo relevante en su momento, con una orquesta atenta y energética. Cada uno de los movimientos, redactados por Debussy tierra adentro, en la Borgoña, tiene indicaciones descriptivas de asuntos marítimos, pero la música en sí misma resulta mucho más entretenida que cualquier búsqueda literal de semejanzas.</span></p> <p class="MsoNormal">Antes había sonado también la <i>Misa berlinesa</i><span style="font-style:normal"> (1990) del estonio Arvo Pärt, para coro mixto y una reducida orquesta de cuerdas, una suerte de mantra católico que intenta imitar, con mínimos pero sin embargo complejos recursos, el espíritu elevado hacia su creador.<o:p></o:p></span></p> <!--EndFragment--> <p></p><!--EndFragment--><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-6965065147841317870?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com0tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-22024499723090478162009-07-02T05:11:00.000-07:002009-07-13T04:28:52.224-07:00La infinitud de lo privado<!--StartFragment--> <p class="MsoNormal">Emerson String Quartet | Teatro Oriente, Santiago | martes 30 de junio</p> <p class="MsoNormal"> Si hubo un Shostakovich oficial, obediente del realismo socialista, que incluso llegó a disculparse por su música ante las autoridades, ése fue el de la orquesta, el del gran público. Los conjuntos numerosos le sirvieron en ocasiones para hacer el arte del Estado, pero en su música de cámara plasmó como nunca el estado de su arte privado: dolorosamente honesto, arriesgado, vanguardista. Tal vez donde su búsqueda llegó más lejos sea en el Cuarteto Nº13, el plato fuerte –nunca mejor dicho– del extraordinario concierto que ofreció el Emerson Quartet el martes pasado. Desde el solo de viola, magníficamente fraseado por Larry Dutton, y el tristísimo llanto con que entra el resto de las cuerdas, el conjunto estadounidense, tocando de pie, creó una atmósfera de notable suspensión, incluso contra la acústica todavía pobre del Teatro Oriente. La obra, redactada en un solo movimiento, tiene en su parte central un drama desatado de acordes durísimos, y originalidades rítmicas que los ejecutantes marcan golpeando el cuerpo de sus instrumentos con la madera de sus arcos; luego la música vuelve a la serie inicial y sus temas derivados hasta extinguirse hacia el infinito en el mismo si bemol del inicio. La entrega del Emerson tuvo toda la determinación y profundidad que requiere esta partitura, una suerte de eslabón perdido en la evolución de la música rusa: aquí ya resuena lo que vendrá con Gubaidulina, Denisov, Kancheli, pero sobre todo con Schnittke.</p> <p class="MsoNormal">El programa había comenzado con el cuarteto Op. 74 Nº 2 de Haydn, tan personal como ingenioso, y culminó con la fiesta nostálgica del Cuarteto <i>Americano</i><span style="font-style:normal"> de Dvořák, escrito por el músico checo en Iowa. </span></p> <p class="MsoNormal">El Emerson hizo honor a su nombre, tomado no de un músico sino del filósofo Ralph Emerson, campeón del individualismo, que resumió su doctrina central como «la infinitud del hombre privado».</p> <!--EndFragment--><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-2202449972309047816?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com0tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-60002683477215148772008-12-14T07:50:00.000-08:002009-01-03T11:02:15.728-08:00ShilenoEn la recién inaugurada <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">CNN Chile</span> pronuncian el nombre de la Presidenta como <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Mishel Bashelé.</span> El asunto podría chocar en un país que se muere de vergüenza de que se escape una <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">sh</span> entre los dientes. Mal que mal, Don Francisco se rio por décadas de los concursantes que decían que eran de <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Shuqui</span> o <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Shiguayante</span>. La televisión extendió la burla y ahora ni en los bingos de pueblo se puede escuchar esa delicia de autenticidad que era: «<span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Osho</span>, solito el <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">osho</span>».<div><br /></div><div>El lingüista William Labov llamó a este fenómeno <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">presiones desde arriba</span>: los sujetos adoptan el cambio de pronunciación de manera consciente, porque lo consideran socialmente deseable. Al intentarlo, eso sí, muchas veces se pasan de largo. En uno de sus ingeniosos experimentos, Labov midió la presencia de «la <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">r</span> de Nueva York», un sonido que no existía en el habla de esa ciudad hasta que lo trajeron los soldados de la II Guerra y adquirió cada vez más prestigio. Los gráficos del estudio muestran el comportamiento de las clases alta, media y baja mientras hablan informal y formalmente; mientras leen en voz alta un pasaje o listas de palabras. En el grupo más adinerado, la <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">r</span> aparece en la conversación despreocupada y su presencia sube ligeramente mientras más cuidado se pone al hablar; en la clase media el asunto es parecido, aunque con valores menores. En el estrato bajo, sin embargo, la <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">r</span> casi no se escucha coloquialmente; pero en los discursos formales supera en 20 y 30 puntos a los otros grupos.<div><br /></div><div>La pronunciada curva, nunca mejor dicho, es un verdadero dibujo de la inseguridad que pretende corrección. La misma que erradicó la <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">sh</span> del repertorio fonético chileno; por eso aquí se dice <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">tchow</span>, <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">tchock</span> y <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Bachelet</span>. Porque, ¿decir <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Bashelé</span>? Así lo prefiere La Moneda. Sí, pero ¿y si después te creen <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">shileno</span>?</div><div><br /></div></div><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-6000268347721514877?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com5tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-36345054985188786122008-11-16T03:04:00.000-08:002008-11-16T03:06:38.160-08:00Pulp Non-fictionEn <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Circus Americanus</span>, Ralph Rugoff calcula que un ciudadano estadounidense medio ha visto, cumplidos los 18 años, unos trece mil asesinatos dramatizados o ficticios, en cine o en televisión; supongo que para los chilenos globalizados la enormidad de esa cifra será más o menos parecida. Tal como los gringos, en las películas y teleseries hemos aprendido, además de las más raras o atroces formas de morir, que las computadoras hacen <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">pip pip pip</span> cuando el héroe o heroína busca información, asunto que en la vida no ocurre ni por casualidad; que, cuando llueve, el agua corre por las ventanas como si en Hollywood no hubieran inventado todavía las casas con aleros; y que los villanos suelen maquinar sus arteros planes en solitario y en voz alta, sobajeo de manos y risotada macabra incluidos: «¡Los destruiré y todo esto será mío, mío, ja, ja, ja!». Después llaman a sus cómplices, casi siempre pusilánimes amateur, y arman el tinglado.<div><br />Todo esto lo aceptamos por el cómodo <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">suspended disbelief</span>, que es la frase que acuñó Samuel Coleridge en 1817 para describir ese pacto de credulidad –irónico o no– que hacemos ante la ficción. El artificio permite que nos vayamos a nuestras casas o nos quedemos dormidos en la tranquilidad de que la inspiración de los guionistas bebe de fuentes que tal vez existan, pero lejos. </div><div><br />Hasta que nos encontramos con María del Pilar Pérez, vecina de Providencia; hasta que nos enteramos de que en Chile también hay sicarios; hasta que logramos imaginar con detalle –Hollywood nos ha enseñado cómo hacerlo– a una mujer sola, asomada en su balcón mientras asiste al forcejeo, escucha los gritos, los disparos, ve cómo se desangra Diego Schmidt-Hebbel y sabe –sabemos– que es la autora de ese número de un macabro <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Circus Chilensis</span>.<br /><br /></div><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-3634505498518878612?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com1tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-61080938846854198302008-10-26T06:40:00.000-07:002008-10-30T16:16:38.570-07:00AparienciasQue las apariencias engañan es una de esas afirmaciones que se aceptan por pura convención, pero en las que nadie cree. De hecho, no se nos ocurriría dejar de confiar en la primera impresión, porque hemos aprendido que el que tiene cara de pesado, la mayoría de las veces, es pesado; que hay miradas honestas, tímidas o mentirosas, y que un ademán o unas pocas palabras pueden revelar toda una verdad. Es cuando nos topamos con el error estadístico del pronóstico que nos acordamos de la frasecita del engaño y la elevamos a norma.<div><br />Escribo esto mientras las calles están plagadas de fotos gigantes y unánimes de señoras y señores candidatos municipales: sonrisas congeladas, arrugas retocadas y fondos colorinches en degradé, a cuyos diseñadores dan ganas de pedir que no ayuden tanto, compadres. Aparte de las caras, los únicos mensajes textuales –cuando las tipografías dejan leerlos– son el nombre, y la sigla con la lista y número, y, raramente, alguna frase perezosa. </div><div><br />No se trata de poner el programa completo (en el caso optimista de que tal cosa exista), pero ¿sólo la cara y el nombre? ¿Ni una idea que le haga cosquillas a la neurona, ni un eslogancito que recordar, ni un juego de palabras ingenioso, más que no sea? Vaya creatividad para personas a las que habrían de ocurrírsele un par de asuntos de vez en cuando y que deberían saber cómo comunicarlos. En estas elecciones el IPSA de la inspiración está tan deprimido, que, de acuerdo con la cobertura de los medios, un especulador quilpueíno de la música de <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Queen</span> se convirtió en el colmo de la originalidad.</div><div><br />Y como no hay más, en la calle nos quedamos con las caras: de buena gente, de insinceros o de pillos. Sus primeras palabras –o más bien la ausencia de ellas– tampoco engañan a nadie.<br /><br /></div><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-6108093884685419830?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com0tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-90172699610286251252008-10-05T07:14:00.000-07:002008-10-06T08:56:48.619-07:00Expresar, exhibirseOcurre a la salida de un teatro, en un café o en plena calle: se te acerca una persona y te pone en las manos unas cuartillas. «Son mis poemas», te dice bajito, con ojos humildes. Ni siquiera se molestará si no hay monedas compasivas de retribución: le basta con que, en una de ésas, leas su poesía.<br /><br />A la parcela de Limache de un amigo, que es un clásico <span style="font-style:italic;">rock star</span> nacional, llega el veinteañero Omar a mostrar los temas de su banda <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">heavy metal</span>, en los que grita –literalmente– la rabia, las ganas, la esperanza. El limachino pone su CD, lleva con golpes leves de su zapatilla el ritmo brutal de la percusión y la guitarra distorsionada, escruta las caras de los presentes, atiende concentrado a los consejos del sabio roquero y se va piola, conforme con que lo hayan escuchado un rato.<br /><br />Nunca como en este tiempo la necesidad de expresión ha estado tan bien servida. La tecnología a la mano permite que el poeta callejero imprima él mismo sus cuartillas y que las publique en un blog; y que Omar, el metalero, mezcle sus canciones, diseñe la carátula de sus discos y muestre la música de <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Demencia extrema</span> –así se llama su grupo– en una página web.<br /><br />Mientras, el farandulero Álvaro Ballero, famoso recursivo, ilustra sobre cómo se derritió en el contacto con una patinadora rusa que ya tenía pololo y la obvia trifulca. Nunca hubo tantos medios tan dispuestos a reproducir este tipo de confesiones ignorantes de cualquier escrúpulo, a cambio de unas cuantas monedas de retribución. El regalón del <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">reality</span>, como muchos, cree que se expresa; pero en realidad, apenas se expone. Cuando no hay mucho que decir, no queda más que decirse.<div><br />Ésa es la diferencia: el artista no se exhibe. Para eso tiene su obra.</div><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-9017269961028625125?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com0tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-6668727875940675032008-09-08T09:09:00.000-07:002008-10-02T18:40:18.038-07:00Toc, tocSi usted, como yo, es mayor de 40, habrá escuchado muchas veces su música preferida, una canción, un concierto, una ópera, en un radiocasete; éste, por si acaso, era un prodigio tecnológico que, además de oír radio, permitía registrar lo que se escuchaba. ¿Para qué? Para repetirlo infinidad de veces, por supuesto. Para aprendérselo.<br /><br />Se apretaba <span style="font-style:italic;">Eject</span> y el aparato desnudaba ahí mismo su alcurnia: si la puerta saltaba como un resorte, rasca; onda marca <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Electra</span>; si, en cambio, las fauces se abrían suaves, hidráulicas, bueno, ése era un <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Sony</span> o <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Aiwa</span>, por lo menos. Se introducía un casete –<span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Maxell</span>, por ejemplo, naranja y amarillo–, se presionaba <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Play</span>, la tecla bajaba y se fijaba, y uno se disponía a disfrutar del sonido mono o estereofónico –según la suerte de la familia– pero de todas formas lleno de <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">hiss</span>, onomatopeya gringa que sirve para describir ese ruidito característico de las cintas –<span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">tsssssss</span>– que, si usted es mayor de 40, conoce tan bien como yo. <div><div><br /></div><div>La música la escuchaba uno, la familia y hasta los vecinos: los radioscasetes sonaban mal, pero fuerte. Al fin, uno iba al botón <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Stop</span>; luego <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Rewind</span> hasta el comienzo y vuelta a escucharla. Habíamos sacado la letra –no entendíamos todo, pero nos carrileábamos– y cantábamos poseídos. La familia, los vecinos, los perros protestaban. Uno, ufano: déle de nuevo: <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Stop. Rewind. Play;</span> o, con <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Play</span> todavía apretado, <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Rewind</span>: <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">wiri wiri wiri</span>, hasta encontrar ese pasaje que nos interesaba repasar. </div><div><br />Torturé a mi familia con los <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">wiri wiri</span> de la Sonata para violín y piano de Shostakovich. Pobre gente. Yo andaba loco por esa obra, qué le vamos a hacer; intentaba retener en mi cabeza la serie dodecafónica inicial, tan bonita, y déle una y otra vez. Mi hermana chica me decía: «¡Parece una mosca!». Qué fuerte que esta música tan increíblemente humana y sincera haya servido en la práctica como instrumento de tortura. A Pedro Gandolfo también lo martiricé con ella en el auto de vuelta de la playa: <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">wiri wiri wiri:</span> «Escucha aquí en esta parte»; <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">wiri, wiri: </span>«Escúchala de nuevo». El tipo es un genio y un pozo de sabiduría; esa vez, eso sí, primó su buena educación: llegó a Santiago con sonrisa diplomática, pero descompuesto.</div><div><br />Si usted es, como yo, mayor de 40, ya habrá escuchado del T.O.C. (Trastorno obsesivo compulsivo). Se trata de uno de los acosos mentales más comunes. Y hay que respetarlo: mal que mal, nos ha permitido sobrevivir lo más bien. ¿Obsesivo con que la pega le quede bien? Obvio, pues. ¿Quién no? ¿Pegado con una serie de TV, con una novela o con el Concierto para piano de Schönberg (como le ocurre a servidor, hace no menos de 18 meses, confieso con embarazo que es honesto, no siútico: qué manera de pegarme) u otra distracción similar? ¿Nos pegamos, digamos? Claro. Nadie ha dicho que sea malo atender al llamado obsesivo –toc, toc– a una puerta que se abre suave, hidráulica.</div><div><br /></div><div>Publicado en <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">123 Entel</span></div></div><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-666872787594067503?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com0tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-28573298166608404822008-09-07T06:57:00.000-07:002008-10-07T20:30:30.868-07:00Aldea localActualidad y novedad son los criterios que rigen al periodismo porque son también los de la modernidad, aquello que Octavio Paz caracterizó como «la tradición de la ruptura». Pero como no todo lo cercano en el tiempo y a la vez desconocido para los destinatarios es necesariamente noticia, a esos parámetros se agregan otros, como el de proximidad. Muchos de los textos que se ocupan del asunto –algunos buenos, otros infumables– se adelantan a aclarar que la proximidad, además de geográfica, puede ser también psicológica, etaria, cultural, económica, social.<div><br />¿Qué versión de este criterio actuó en el despliegue de los medios que siguió al tristísimo accidente de Putre, con nueve alumnas del Colegio Cumbres muertas y otras 23 personas heridas? Tres diarios mostraron las caritas de las víctimas mortales, en composiciones que recuerdan, entre muchos otros, al periódico <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Virginian Pilot</span> cuando llenó su primera página con pequeñas fotografías de 168 niños y adultos asesinados por Timothy McVeigh en el atentado de Oklahoma; o al <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">USA Today</span>, que hizo lo propio con los jóvenes soldados caídos durante la guerra de Irak.</div><div><br />Varias personas con las que conversé esta semana se preguntaban si la considerable cobertura de la tragedia de las colegialas de Las Condes –condolencias de lectores de noticias incluidas– era un síntoma de la aldea en que vivimos. No ocurrió lo mismo, por ejemplo, con los escolares que volvían a su internado en una barcaza sin papeles y que se ahogaron en el lago Maihue en 2005; tampoco con los diez cabos y conscriptos que junto a nueve oficiales y civiles, casi todos miembros de una banda instrumental, murieron en un accidente de bus en Cañete en 2006. Si la atención prestada por los medios a estos casos hubiera sido similar a la de ahora, esa ruptura con la tradición nos habría hecho más próximos como país. Menos aldea, pero sí más locales.<br /><br /></div><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-2857329816660840482?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com1tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-57437421151322558552008-08-24T22:55:00.000-07:002008-09-03T00:50:29.403-07:00El rastroEl <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Mercedes</span> C111 color naranja, a control remoto, marca <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Schuco</span>, que me regalaron a los seis era una obra magnífica de diseño por fuera: tenía unas ruedas anchas con llantas preciosas, dos puertas que se abrían como alas y las luces delanteras salían del capó como un ser que de pronto se despierta. Era para caer en <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">shock</span>, de una. Jugué con él varias semanas. Pero pasada la impresión del exterior, vino la curiosidad por el interior.<div><br />Por eso, premunirse de herramientas y separar la carrocería del resto, con la emoción del que sabe que no debe, fue lo más entretenido que hice con ese juguete: de repente el prodigio mostraba sus entrañas de cablecitos e infindad de piezas movibles. El mecanismo de la dirección era increíblemente ingenioso, con un motor diminuto que tenía un sinfín y movía no menos de cinco engranajes a distintas velocidades, mientras las ruedas del <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Mercedes</span> giraban acompasadas. Mirando, uno aprendía: se podía apreciar las buenas ideas que había detrás, las soluciones inteligentes con las que habían dado los ingenieros.</div><div><br />Luego siguieron tocadiscos y la manera en que se las arreglaban para que fueran cayendo los LP de uno en uno gracias a una pestañita retráctil en el eje; estufas y sus termostatos; lavadoras que tenían una rueda de mando que giraba y dirigía cada una de las acciones del aparato automáticamente. Todos esos artefactos contaban sus historias ingenieriles con sólo observarlos; mostraban sus marcas de nacimiento. Mirarle el motor a una <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Citroneta</span>, con todas sus piezas que construían una suerte de escultura, permitía entender mucho más de lo que hoy se entiende un auto nuevo con su motor plano y blindado, que no está hecho para que su dueño lo vea ni lo toque: por eso los autos ya no traen, como antes, una bolsita de herramientas.</div><div><br />La tecnología se ha ido haciendo más discreta, más secreta. Si hoy un niño desarma un <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">iPod</span>, no va a encontrar nada que se mueva; apenas un par de chips. Casi ningún rastro de su creación.<br /><br /></div><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-5743742115132255855?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com2tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-58310976581178934562008-08-04T10:46:00.000-07:002008-08-04T13:12:32.991-07:00La ignoranciaTengo un amigo muy divertido, Esteban, quien, cada vez que le hacen una pregunta que le complica, contesta con voz ronca, solemne, pero los ojos llenos de risa: «No sabemos». La respuesta contagia hilaridad, por el contraste entre el tono campanudo y la mirada cómplice; por el plural mayestático, que colectiviza la inopia, que incluye a todos quienes escuchan, incluso a esa entelequia argumentativa del «auditorio universal»: es la humanidad toda la que desconoce; por lo cientificoide de la sentencia y lo coloquial del caso.<br /><br />La confesión de ignorancia siempre me ha emocionado su poco. Desde la socrática «sólo sé que nada sé», leída en el colegio, hasta esa primera clase de Historia de Chile, cuando entré a estudiar Periodismo: alguien le hizo una pregunta al profesor, Juan Eduardo Vargas, el tipo se la pensó y, con talante prudente de buena docencia, dijo: «No lo sé, pero podría averiguarlo». Ese día sentí que estaba en la universidad.<br /><br />Cuando el Louvre compró, en 1896, la tiara de Saitafernes, «extraída de una tumba escita», la dio como una figura auténtica del siglo III antes de Cristo. Hubo polémica y el muy prestigioso experto Théodore Reinach redactó un informe a favor de su autenticidad, pero al final estampó esto: «En el momento actual, pienso que ningún arqueólogo tiene derecho a ser absolutamente afirmativo en cuanto a la tiara. Debe sopesar el pro y el contra, estudiar […] y esperar». Me encantan su recato, su humildad, su declaración de que, en este caso, no puede llegar a la verdad. El objeto era una auténtica falsificación, se demostró después.<br /><br />Le cuento a Esteban que estoy escribiendo sobre su frase. Me dice que se la copió a una amiga de la que ahora está distanciado; que si sale la columna, la recortará y se la enviará. <br /><br />—¿En serio? —le pregunto. Achica los ojos y suelta:<br /><br />—No sabemos.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-5831097658117893456?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com2tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-32126138649820081742008-07-21T17:33:00.000-07:002008-07-21T17:37:48.970-07:00GLBTLos norteamericanos padecen la manía de clasificarlo todo, más si es comprable. La idea es que los consumidores sepan de antemano con qué se encontrarán y así crean que conjuran cualquier posibilidad de frustración. Tal como en un local de comida rápida te pueden ofrecer doce tipos de hamburguesas descritas al detalle y, por si acaso, fotografiadas <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">ex ante</span>, en algunas librerías grandes catalogan los volúmenes según la historia que cuentan: fantasmas, sagas de familia, médicas, amorosas, ficciones bíblicas… como si eso supusiera garantía de satisfacción.<div><br />Mientras uno recorre los nutridos anaqueles, aparecen rótulos que diseccionan contenidos con pulso de cirujano –<span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">«multicultural romance»</span>, por ejemplo–, hasta que, de repente, te das en la cara con una categoría de brutal generalidad: GLBT (<span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Gay, Lesbian, Bisexual, Transgender</span>). Esta sigla, acuñada hace tres décadas, tiene que ver mucho con los géneros sexuales –esa invención políticamente correcta–, pero bien poco con los literarios; la mayoría de las veces sólo indica que los textos incluidos fueron escritos por personas que pertenecen a uno de esos grupos. <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">So what? </span></div><div><br />En esta sección puede haber de todo: libros tornasolados con consejos para salir del clóset sin demasiados rasguños; otros que discuten que si es <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">nature</span> o <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">nurture</span> (¡es <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">nature</span>, joder!); magníficos cuentos de David Leavitt; excelentes novelas y reportajes de Chuck Palahniuk; alguna poesía de W. H. Auden, por decir algo de lo que encontré la última vez… y también un montón de ficción malita que, con títulos tan sutiles como <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Every Frat Boy Wants It</span>, intenta mezclar dos géneros que en el resto de la librería tienen sus propias secciones: el relato erótico y la vida de santos. Pero aquí, bajo las cuatro letras, va todo junto y revuelto. </div><div><br />A Leavitt le interesan las familias, el cáncer, la agonía; a Palahniuk, la actualización de los terrores de la infancia; y a Auden, bueno, eso y todo lo demás. Son literatura. Buena. Tanto, que podrían lucir una etiqueta igualmente general, pero de todas formas mucho más certera: GL (<span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Good Literature</span>).<br /><br /></div><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-3212613864982008174?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com1tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-85540432172652742932008-06-29T14:23:00.000-07:002008-06-30T20:00:23.482-07:00PareidoliaEl milagro no es menos forastero en el universo de la magia que en el de los astrónomos, escribe Borges: «Para el supersticioso, hay una necesaria conexión no sólo entre un balazo y un muerto, sino entre un muerto y una maltratada efigie de cera o la rotura profética de un espejo o la sal que se vuelca o trece comensales terribles».<div><br />A esa lista borgeana hay que agregar la del hallazgo de figuras santas o diabólicas en imágenes de catástrofe: la Virgen del Carmen en la ventana trizada del Mercedes de Pinochet después del atentado, el demonio entre las llamaradas de las Torres gemelas y, esta semana, una cara divinoide en medio de una tormenta eléctrica sobre el volcán Chaitén. </div><div><br />El fenómeno perceptivo, bien estudiado, se llama pareidolia (<span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">par</span>, adjunto; <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">eidolon</span>, imagen), y puede ser un juego ingenioso y estimulante, siempre y cuando no se le crucen la ignorancia y la sugestión.</div><div><br />En pleno fervor pagano y masivo por la aparición de la Virgen en Villa Alemana, me contaron, los más crédulos obedecían a los altoparlantes que conminaban a mirar directo ¡al sol! para ver a la <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Mater</span> en su visita a la Quinta región. Una señora, después de mucho pestañeo deslumbrado tratando de descubrir la sagrada figura en el incendio de la fusión nuclear (hidrógeno convertido en helio), se desplomó seca en el pavimento (con demasiado oxígeno convertido en dióxido de carbono). «Llamen a la Cruz Roja, llamen a la Cruz Roja», echaron a correr la voz entre la multitud los que estaban cerca. Y unos metros más allá salió una mujer gritando, con aspavientos de poseída, las córneas ya asadas término medio, el brazo apuntando al astro: </div><div><br />—¡Sí! ¡Ahí está, la veo! ¡Una cruz roja!<br /><br /></div><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-8554043217265274293?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com0tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-86752813453582743792008-06-08T06:03:00.000-07:002008-09-07T07:02:30.868-07:00La dilaciónEn un cuento del catalán Quim Monzó –escritor que por fin empieza a estar en las librerías chilenas–, a un tipo que ha salido a recoger hongos silvestres se le aparece un gnomo y le ofrece cumplir un deseo. Una vez superada la perplejidad, el afortunado accidental se pone a la tarea de decidir qué quiere: ¿mujeres, poder, dinero? Como se demora, el gnomo le advierte que tiene cinco minutos y que ya han pasado tres. Mientras el duende lleva la cuenta regresiva en voz alta, el hombre zozobra tratando de explorar su voluntad, hasta que, desesperado y en el último segundo, pide: «Quiero otro gnomo como tú». Aparece un nuevo duende, con igual promesa y otros cinco minutos.<div><br />El relato, excelente, retrata la congoja de quien debe hacer una tarea en un lapso determinado, pero pone más energía en pensar que el tiempo se agota que en comenzar a realizarla. En estos casos, el estómago suele acusar recibo en forma de una trenza tirante de colegiala matea, el corazón camina a tropiezos y la ansiedad se convierte en una brea viscosa entre las neuronas. Eso, si te lo tomas dramáticamente. El escritor británico Douglas Adams se reía de lo que en inglés llaman <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">procrastination</span> (de <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">pro</span>, adelante y <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">crastinus</span>, perteneciente a mañana: dejar para mañana lo que podrías hacer hoy): «Me encantan los plazos», escribía Adams. «Me gusta el silbido que hacen mientras pasan volando». </div><div><br />Pero el pequeño alivio de concederse un poco más de tiempo caduca rápido. En el cuento de Monzó, el narrador informa que el recolector de hongos sabe que, si no tiene bastante, le queda la posibilidad de pedir un nuevo gnomo; pero eso, anota, no lo libera de la angustia.<br /><br /></div><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-8675281345358274379?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com0tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-84349869467709185782008-05-18T19:49:00.000-07:002009-01-08T19:48:27.764-08:00Leeento<!--StartFragment--> <p class="MsoNormal">El pianista canadiense Glenn Gould fue dueño una neurosis considerable, que puso al servicio de sus interpretaciones minuciosas, hechas casi todas en estudio. Gould grabó dos veces las <i>Variaciones Goldberg</i><span style="font-style:normal"> de Bach y tal vez la principal diferencia entre una versión y la otra es que la segunda vez las tocó mucho más lento. Y no era por falta de agilidad, precisamente. </span></p> <p class="MsoNormal">Juan Pablo Izquierdo contaba que cuando vino Arrau en 1984 y tocó el primer concierto para piano de Brahms con la Filarmónica, el pianista le pidió ya en el primer ensayo: «No se apure, Juan Pablo: es ‘Maestoso’»; y así, esa interpretación resultó mucho más lenta que las dos grabaciones que había hecho el chileno de la misma obra en años anteriores y una de las más lentas de la historia. Otra vez, no se trataba de artritis, sino de una manera nueva, detenida, de considerar la obra. </p> <p class="MsoNormal">Esas dos versiones calmas hacen que se escuche más música: las líneas se hacen más diáfanas y uno cree entender más que con las otras.</p> <p class="MsoNormal">Con la lectura puede ocurrir lo mismo. Lejos de la eficiencia de esos cursos que prometen enseñar a zamparse el <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Quijote</span> en una única y veloz tanda, está el placer de considerar de a poco cada palabra, paladear el ritmo y el color de la frase, casi con la misma velocidad con la que fue escrita. Hasta llegar al punto de una cierta obsesión: Foucault se acuerda del enfermo descrito por el psicólogo Pierre Janet, para quien el menor enunciado «encerraba inagotables tesoros de sentidos que merecían ser indefinidamente reconsiderados». «Cuando pienso», decía el neurótico, «en esta frase que va a irse a la eternidad y que quizás no he comprendido completamente».<o:p></o:p></p> <!--EndFragment--><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-8434986946770918578?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com1tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-72949361071198697982008-04-27T08:00:00.000-07:002008-08-20T12:00:02.883-07:00OtrosíHay algunos médicos que muestran una voluntad morosa a la hora de traducir su acervo clínico y por eso dicen que uno <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">hace un cuadro febril</span> en vez de que tiene fiebre; que padece <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">cefaleas</span> en vez de dolores de cabeza; o informan convencidos algo así como: «Usted presenta un severo déficit en la oxidación de xenobióticos», y se quedan mirando fijo; uno experimenta, inmediatamente y de yapa, otro severo déficit cuasi culpable: el de entendimiento.<br /><br />Es como escuchar a un abogado que en una reunión de padres dice «menor» en vez de «niño», lo que despierta un escrúpulo mayor: ¿hablará así este letrado con sus hijos? O al telefonista que suelta campante: «Favor accesar el pin»; y uno se pregunta por qué dirá «favor» en vez de «por favor», rebusca sin éxito el verbo «accesar» en sus registros y se derrota ante el opaco «pin».<br /><br />Estos léxicos privados pueden convertirse en auténticas divisas de cofradías profesionales o técnicas; cada quien se entiende con su par: médicos, abogados, telefonistas, siempre al margen del resto de los mortales. ¿Y si es el Estado el que usa una jerga secreta para comunicarse con los ciudadanos?<br /><br />Después de un topón en el auto, recibo en mi casa una notificación de un juzgado de policía local. Es mi primera vez y quedo lelo. Saltan las palabras querella y demanda, y los pálpitos les siguen el compás. Después, «Al segundo otrosì [sic]: Como se pide.». Luego, «Al tercer otrosì: Como se pide a la suspensión.». Por último, «Al cuarto otrosì: Reitérese en su oportunidad.».<br /><br />La modernización de la justicia debería tener en cuenta que es en estos escritos donde comienza la discriminación. Por el momento, es más fácil descifrar un perfil bioquímico que tales jeroglíficos judiciales.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-7294936107119869798?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com0tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-41037478093641631522008-04-06T08:22:00.000-07:002008-04-06T08:30:02.748-07:00AstrosEl cartel con que ya se anuncia <span style="font-style: italic;">A Quantum of Solace</span> muestra la silueta de James Bond sobre un suelo trizado, guijarroso, magníficamente árido; la imagen homenajea al VLT, el arreglo de telescopios más poderoso del mundo, que proyecta una sombra muy parecida en lo alto del cerro Paranal. El European Southern Observatory lo instaló en este lugar, porque, en el Norte de Chile, el resto del universo se ve más clarito que en cualquier otra parte del planeta. Aquí hay descubrimientos astronómicos todos los días.<br /><br />Ya por eso, no más, los niños de este país deberían decir Nube Grande de Magallanes, hoyos negros o supernovas como dicen cobre o 200 millas marítimas; o informarte de que son cientos los planetas detectados fuera de nuestro Sistema Solar, tal como te cuentan el Combate Naval de Iquique o te describen Chuquicamata. El asunto es tan chileno como que los científicos de este país tienen reservado, en todos los observatorios instalados, el 10% del tiempo de observación. Pero no sé si en esos ramos colegiales con nombres que espeluznan un poco, tipo “Comprensión del medio”, los harán comprender esto. Chile no es líder en ninguna ciencia; debería serlo en astronomía.<br /><br />A los medios, en cambio, lo que más les importó es que podamos convertirnos en una “locación”. Eso, y que Daniel Craig se dejara ver: todos los días despachos en directo para informar, casi ofendidos, que ese día tampoco a la estrella se le había visto el polvo. Y cuando aparece, se le cruza un alcalde gordo resistente al bochorno, el actor huye y horas después lo imita el resto del equipo en estampida. Ahora sí que es seguro que no seremos “locación” de los astros de Hollywood. Mejor concentrarse seriamente en los que se pueden observar desde aquí, sólo desde aquí, en el cielo.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-4103747809364163152?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com0tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-822223520247813662008-03-16T15:03:00.000-07:002008-03-17T15:06:02.829-07:00La voz humana<!--StartFragment--> <p class="MsoNormal">«Tuviste suerte, huevón», se canta líricamente entre reclutas del Ejército que están en el escenario, y parte del público se ríe, casi celebra, mientras otra parece incomodarse, como si se preguntara si estará bien que aquí en El Municipal se diga huevón; aunque, ¿por qué no, ah? Así que un microinstante después esa risa primera se refuerza con los carcajeos rezagados y todos se sienten felices espectadores de la primera ópera chilena en décadas. La hilaridad es macabra: en pocas horas a 45 de esos conscriptos se les acabará la suerte para siempre, huevón.<o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal">Tal vez sea ése el instante más verosímil de todo el guión de<span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;"> Viento blanco</span>, la estimulante ópera de Sebastián Errázuriz sobre la tragedia de Antuco, que acaba de estrenarse. El compositor, sin embargo, reserva sus mayores potencias para otros momentos, tal vez porque antes y después de esa frase el texto cae en intercambios tan lateramente prosaicos que necesitan el refuerzo de una buena invención musical.<o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal">En la vida las personas no hablan como en el teatro o en las novelas, y los personajes de teatro y novelas no hablan como las personas en la vida. De no ser así, las novelas y la vida serían insoportables. Lo mismo vale para la ópera. De todas formas, se celebra la naturalidad de los diálogos de ciertos autores, que saben captar una parte significativa, pero nunca el todo, del habla cotidiana. El teatro de Harold Pinter, por ejemplo. O Jean Cocteau, cuyo libreto sobre una mujer abandonada que habla sólo a través de un teléfono y que tiene que lidiar con comunicaciones cruzadas que hieren de muerte, le sirvió a Francis Poulenc para una ópera magnífica cuyo título hace un homenaje a todo el asunto:<i> </i><span style="font-style:normal">se llama </span><span style=""><span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">La voz humana</span></span><span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">.</span><span style="font-style:normal"><o:p></o:p></span></p> <!--EndFragment--><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-82222352024781366?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com1tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-63928571663445081972008-03-16T13:28:00.000-07:002008-09-17T13:31:12.315-07:00Los amigosSoy de esas personas cuyos amigos son los de toda la vida. No es que me resista a hacer amistades nuevas: me la paso obnubilándome con recién llegados que me hacen reír y que se carcajean conmigo de vez en cuando. Pero, finalmente, mi mejor amigo, al que encuentro más inteligente y originalmente gracioso, lejos, es el mismo mejor amigo desde los nueve años. Fue en un recreo, en un campo de yuyos que eran casi de nuestra altura; ahí intercambiamos juegos de palabras ingeniosos, mientras nos tomábamos unas Nobis Castel de coco, hoy desgraciadamente desaparecidas. Los yuyos estaban infestados de pololos y una vez vacías, se nos ocurrió llenar las botellas de Nobis hasta el tope con esos insectos que no pican, pero que pueden infundir cierto temor cuando levantan su caparazón expresionista de naranja y negro para volar. A vuelta del recreo, liberamos a los bichos en plena clase de cuarto básico, y hubo gritos y hasta desmayos entre histéricas precoces. <div><br />Nos suspendieron. Un día. A partir de entonces nos hicimos amigos irremediables en lo que nosotros considerábamos una broma y la jefatura de la Segunda Unidad de Básica, una suerte de crimen.<br /><br />Seguimos inseparables hasta como a los 20, cuando la universidad te regala otros horizontes y también magníficas amistades. Ahí me tocó realizar con nuevos amigos del alma proyectos que nosotros considerábamos periodismo, y el Ministerio del Interior, y la CNI o sus facciones, una suerte de crimen.<br /><br />Me reencontré con mi mejor amigo del colegio poco antes de cumplir 40. Cada uno tenía un par de verdades que nos confesamos en un almuerzo largo. Eso bastó, porque volvimos a ser cómplices, con el humor habitual que a veces es cáustico, pero siempre hace cariño.<br /><br />Como a algunos amigos de la universidad también dejé de verlos, pensé que todos los reencuentros, verdades incluidas, serían parecidos. Acerté, con un margen de error de ésos que son estadísticamente insignificantes, pero que humanamente representan casi todo.<br /><br />Es en la consideración de esos pocos ex amigos en lo que más he cambiado de parecer. Ellos saben que yo no pico, pero creen que infundo cierto temor cuando vuelo. Lo que para mí y el resto de mis amistades es una broma del destino, para ellos sigue siendo una suerte de crimen.<br /><br />Publicado en <span style="font-style:italic;">La Media Pista</span> (http://lamediapista.blogspot.com)</div><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-6392857166344508197?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com0tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-42292187353983630922008-02-24T14:12:00.000-08:002008-02-29T08:50:39.303-08:00Sin horrorLeo una entrevista en que la dramaturga Manuela Infante, autora de la excelente <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">Cristo</span>, cuenta que no hay una sola función de esta obra –que se repone en marzo– en que un par de espectadores no se haya ido en la mitad. No son creyentes ofendidos ni teólogos indignados; nada de eso. Se trata de aburridos. Algunos pocos han querido compartir a gritos su juicio, muy poco lisonjero, por cierto; pero el resto de los desertores ha escapado sigiloso, tapándose el bostezo. La periodista Andrea Lagos le pregunta si cuando la obra se dio en Holanda también hubo personas que salieron de la sala antes de que terminara el espectáculo. «Es que los europeos tienen otra disposición», contesta Infante. «Están dispuestos a aburrirse».<div><br />Esa sanísima tolerancia al tedio se manifiesta en la capacidad de callarse y atender por un rato, con mínima pertinacia, a lo que nos muestran; con la paciencia de quien está<span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;"> ab horrere</span>. Literalmente, sin horror. Sin temor. Aburrido. Nadie se muere de eso. Por el contrario, en ese estado uno se puede deslizar por la curva de interés, desde la observación desaprensiva al compromiso total; desde el pálpito emocionado hasta arriar la bandera ante el sopor. Es bonito dormirse en el teatro, dice Infante. Y es bonito que lo diga.</div><div><br />Su obra puede requerir, salvo por la pestañeada, todos esos estados: aborda el tema de la representación como quien visita a los muertos respetables y a su vez representa (¿quién se escapa de esa sala?) el problema de la manera más imaginativa. Seguro que hubo tedio en su creación. Del bueno, digo. Porque el malo no es más que una suerte de fantasía paranoide de morir de aburrimiento. En vez de entregarse. Un rato, no más. Sin horror, sin temor.<br /><br /></div><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-4229218735398363092?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com0tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-4247655961466070932008-02-03T03:22:00.000-08:002008-02-27T14:09:00.563-08:00La fraternidadLos destellos rojos y azules le iluminaron la cara desde el otro lado de la avenida. Delante de él, las patrullas, con maniobras de película y ululares estridentes, encerraron el <span style="font-style: italic;">Hyundai</span> de Rodney King, un tipo de raza negra, en libertad bajo palabra, que segundos antes había intentado escapar a 180 kilómetros por hora. Los oficiales Powell, Wind, Briceno y Koon, todos de raza blanca, sacaron a King violentamente de su auto, sin que éste intentara siquiera agredirlos. Y la golpiza brutal que siguió un instante después coincidió con la presión del pulgar de George Holliday sobre el botón rojo marcado REC de su aparatosa cámara videograbadora.<br /><br />Había salido al balcón de su departamento de Lake View Terrace, Los Angeles, y con su gesto cambiaba para siempre nuestra manera de dar testimonio. Era 1991, a unos cien años de la popularización de la fotografía y a catorce de que se inventara <span style="font-style: italic;">YouTube</span>, donde hoy se puede ver, cómo no, este <span style="font-style: italic;">paleovideo</span> que originó las revueltas de los meses siguientes.<br /><br />Antes de eso, el Estado y algunos particulares ya nos tenían fichados; en ese sentido, el asunto podía asemejarse a la pesadilla orwelliana de <span class="Apple-style-span" style="font-style: italic;">1984</span>, con un Gran Hermano que te vigila.<div><br />Cuesta encajarlo, pero ayer a usted y a mí nos filmaron y fotografiaron su buena cantidad de veces. En apenas unas horas, al secuestrador y presunto asesino de Soledad Lapostol lo grabaron en el edificio en el que ella trabajaba, circulando por la autopista y tratando de sacar plata del cajero automático. Hoy no es que tengamos sólo un Gran Hermano, sino un montón de hermanitos, cada uno con su cámara de seguridad o su celular listo para la foto o el video. Como dice hasta en el más modesto supermercado de pueblo, “sonría, que lo están filmando”.</div><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-424765596146607093?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com1tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-37636476961937995002008-01-13T16:10:00.001-08:002008-01-13T16:16:37.481-08:00El nombreEn <span style="font-style:italic;">La idea de Europa</span>, George Steiner dice que la cultura de ese continente es distinta de la norteamericana, entre otras cosas, porque las calles, los parques y las obras arquitectónicas de importancia tienen nombres de artistas, científicos, compositores, filósofos y políticos, a diferencia de Estados Unidos, donde las calles se llaman con letras y números, o existen un montón de Oak, Maple o Willow Squares o Parks. En tal escenario, dice Steiner, «los automóviles no tienen tiempo de cavilar si van por la Rue Nerval o la Explanada Copérnico».<br /><br />El nombre de una vía, de una plaza, de un estadio, se hace con el tiempo un fósil que sin embargo vuelve a una humana lozanía cada vez que alguien se pregunta por qué se llama Enrique Soro la calle por la que camina o por qué la palabra República tiene en Santiago una avenida tan grande y, en su tiempo, tan bonita.<br /><br /><div>Escribo esto después de que algunos diputados propusieran, presurosos, ponerle Julio Martínez al Estadio Nacional, un recinto donde se jugó el Mundial del 62, donde hubo clásicos universitarios de antología, donde la juventud ochentera le dijo con todo respeto al Papa que no renunciaría al sexo y donde también hubo detenidos, torturados y ejecutados en el 73, un asunto que, hasta donde me acuerdo, don Julio siquiera aludió nunca. No digo que haya tenido que hacerlo, desde luego. Pero su sensibilidad fue la del galvano institucional y en su trabajo tuvo siempre más jefes que jefaturas; fue una buena persona que hizo de la generalidad y la tautología su mejor estrategia de supervivencia. Eso le valió, por cierto, una admirable ausencia de enemigos. Pero eso no basta para el Estadio. Que se discuta, claro, pero no antes de que se le ponga Pablo Neruda al aeropuerto. Mínimo.</div><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-3763647696193799500?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com1tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-33623273910728394082007-12-23T19:38:00.000-08:002008-05-22T20:17:38.181-07:00Pero existe<!--StartFragment--> <p class="MsoNormal"><!--StartFragment--> </p><p class="MsoNormal"><!--StartFragment--> </p><p class="MsoNormal">La curiosidad estaba al acecho y el olor de petróleo dulce dio la pista: metí la nariz por una rendija de la bodega, luego agrandé la brecha con las manos y me asomé. Ahí estaba, reluciente, una bicicleta con manubrio mariposa, campanilla metálica, foco cromado adelante, lucecita roja y puntiaguda atrás, ambos conectados por un cable rizado a un dínamo, el bolsito de cuero de las herramientas que pendía del asiento, neumáticos con finas estrías paralelas. Todo el cuarto estaba fragante de vapores de caucho novísimo.<br /></p><p class="MsoNormal"><o:p></o:p></p> <p class="MsoNormal">El <i>shock</i><span style="font-style:normal"> fue considerable: si todavía faltaba un día para la Pascua, ¿qué hacía tal prodigio ahí? Esa bicicleta era la mejor respuesta concebible a mis deseos, claro, pero semejante previsión se parecía más a la de mis padres que a la de un Viejo Pascuero que sólo irrumpía en la noche del 24, con una ubicuidad global que ya empezaba a arañar la confianza.<o:p></o:p></span></p> <p class="MsoNormal">Al día siguiente, a los seis años, me engañé con plena conciencia y me mostré sorprendido: incluso un niño quiere preservar un <i>statu quo</i><span style="font-style:normal"> favorable. La bicicleta, magnífica, a la que ahora podía mirar y tocar sin culpa, ayudó, por supuesto.<o:p></o:p></span></p> <p class="MsoNormal">Me acuerdo de esta historia, porque en una comida me cuentan que en un <i>mall</i><span style="font-style:normal"> de Yaoundé, capital de Camerún, pusieron a un viejo pascuero crucificado; todos nos reímos con el macabro sincretismo. Pero al día siguiente me asalta la curiosidad, me asomo por los parajes de </span><i>Google</i><span style="font-style:normal"> y ahí está: “</span><i>Santa” </i><span style="font-style:normal">sufriente en una cruz ha aparecido en varias ciudades de Japón y en algunas africanas, también. Todos, cuentos de mentira. Pero me encuentro con la imagen de un Pascuero con sus brazos clavados en el madero ante un suelo lleno de paquetes de regalo, del artista </span><i>pop</i><span style="font-style:normal"> Robert Cenedella. Y pienso que la curiosidad espera aquello que es verosímil.<o:p></o:p></span></p> <!--EndFragment--> <p></p> <!--EndFragment--> <p></p> <!--EndFragment--><div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-3362327391072839408?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com4tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-2581908194832312962007-12-02T20:08:00.000-08:002007-12-08T04:27:25.811-08:00DesafinadasEn los 80 el lingüista George Lakoff y el filósofo Mark Johnson se hicieron famosos cuando postularon que las metáforas con las que nos referimos a ciertos asuntos cotidianos dan cuenta de profundos significados culturales. Si decimos, por ejemplo, que durante una discusión nos atrincheramos en tal posición o nos bombardearon con argumentos es porque, en nuestra cultura, <span style="font-style: italic;">las discusiones son guerra.</span><br /><br />Me acuerdo del asunto, porque, como estamos en período de cierre de semestre, una alumna en la universidad me pide que vuelva a corregirle la prueba que rindió hace unos días; nos sentamos, reviso las páginas manuscritas con ella delante y comienzo a explicarle que no ha contestado lo que se le preguntaba, que se ha equivocado en la mención de este autor, porque… Y ella me para en seco con un trompetazo estridente: “Ya, pero ¿me va a subir la nota o no?”. Y antes de que pueda contestar nada, me suelta con sonrisa suficiente de quien dice una verdad desnuda: “Es que los ramos se pasan con nota, profesor; y si no me sube tres décimas, no puedo eximirme del examen”. Algo así como: ya, pues, pongámonos serios; no me venga con autores y cuentos: hablemos en nota.<br /><br />Como en las humanidades asignar puntajes es un poco más complejo que hacerlo con la resolución de ecuaciones, el asunto del bendito número se termina tratando de manera bien parecida a como se transa el interés en una mesa de dinero, es decir justamente donde no hay referente ninguno: ahí se compra, se vende y se habla en plata. Y, claro: aunque Lakoff y Johnson no lo ponen como ejemplo, las notas se piden, se ofrecen, se negocian, se descuentan y bonifican; y así quedan huérfanas de todo sentido. Desafinadas.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-258190819483231296?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com0tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-55299341788981035382007-11-11T20:52:00.001-08:002007-11-12T06:26:17.130-08:00NarratofiliaEl británico Oliver Sacks es profesor de neurología clínica y psiquiatría en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Pero la manera en que acostumbra comunicar sus hallazgos lo ha convertido en un verdadero autor de <span style="font-style: italic;">best sellers</span>. Sacks proviene de una tradición de relatos de casos, que es la de su maestro Alexander Luria y la del mismísimo Freud. Algunos llaman a esa tradición “de la anécdota clínica”, una manera medio despectiva de referirse a la enorme importancia que tiene la historia particular bien contada en el desarrollo de cualquier ciencia; por eso la suelen emplear sabihondos con dificultad de expresión. Sacks, en cambio, escribe narraciones verídicas con tramas entretenidísimas y títulos irresistibles como<span style="font-style: italic;"> El hombre que confundió a su mujer con un sombrero</span>, sobre un profesor de música que no está loco pero que tiene una agnosia visual que le juega malas pasadas como ésa; o <span style="font-style: italic;">Un antropólogo en Marte</span>, acerca de una mujer autista que compone historias mentales no con palabras sino con imágenes.<br /><br />Sacks acaba de lanzar <span style="font-style: italic;">Musicophilia. Tales of Music and the Brain</span>. Ahí está el médico ortopedista que, luego de que un rayo lo electrocutara, se convirtió en un inspirado compositor; y jóvenes con CI de 60 pero que son secos –nunca mejor dicho– para tocar un instrumento.<br /><br />En el prólogo, Sacks pelea con el lingüista Steven Pinker, autor del famoso <span style="font-style: italic;">The Language Instinct</span>, quien en un desafortunado pasaje afirma que la música podría desaparecer y a la especie humana le daría lo mismo. El neurólogo le contesta, aunque no llega a demostrar, que la música –como el lenguaje– es instintiva. Pero lo que Sacks sí prueba, otra vez más, es que contar historias y atender a ellas es tan humano e importante para la especie, que seguro que eso sí que es instinto.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-5529934178898103538?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com3tag:blogger.com,1999:blog-16653221.post-2597842278226347942007-10-20T22:55:00.000-07:002007-10-20T22:57:39.667-07:00DisponibleEn la casa de Luis Sánchez Latorre (Filebo, Premio Nacional de Periodismo, muerto esta semana a los 82) había tantos libros, que debían ordenarlos en repisas infinitas, a dos y tres corridas; ahí, mientras descansaban de su última lectura y se reponían para la próxima, esos volúmenes intercambiaban vapores y se mezclaban con otros objetos de arcilla, madera y bronce. También cohabitaban otros libros, instalados en los sofás, en las sillas, en el suelo.<br /><br />Como de niño fui su vecino y entonces ser vecino otorgaba legítimos fueros, algunas veces crucé la calle y pude entrar a esa casa. La primera, a los cinco o seis años, me quedé mirando una mesa de comedor con una cubierta grande, una verdadera explanada en la que habían construido, uno al lado del otro, edificios de veinte y hasta treinta libros. Me acuerdo de que me pregunté si en esa casa preferirían leer que comer. Y es probable que si me hubiera atrevido a planteárselo a Filebo y a su mujer, la escritora siempre sonriente Mimí Garfias, se habrían reído y después de una pausa hubieran contestado: “Por supuesto que sí”. Generosos, esa biblioteca monumental y casera nos sirvió alguna vez para las obligaciones escolares y universitarias, y creo que las siguientes lecturas que estaban esperando ahí <span style="font-style: italic;">Crimen y castigo</span>, <span style="font-style: italic;">Werther</span> y <span style="font-style: italic;">La consagración de la primavera</span> de Carpentier se las di yo.<br /><br />Eso es lo que tienen que hacer los libros: estar disponibles. Si vienen en el maletín, habrá que sacarlos. Y mirarlos, aunque sea de lejos. Y ponerlos en algún sitio. Me tinca que uno importante. Por lo menos cerca de la tele. Y dejarlos ahí. Que intercambien vapores, que se mezclen con otros objetos de la casa. Que cohabiten, listos para una primera lectura. Que estén disponibles.<div class="blogger-post-footer"><img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/16653221-259784227822634794?l=gonzalosaavedra.blogspot.com'/></div>Gonzalo Saavedrahttp://www.blogger.com/profile/05376921450670176062gonzaloblog@mac.com3