tag:blogger.com,1999:blog-10983926564618077742008-07-05T20:55:59.287+02:00La cólera de AquilesAntígonahttp://www.blogger.com/profile/16663356725297508681noreply@blogger.comBlogger99125tag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-87986334743848368982008-07-03T13:19:00.009+02:002008-07-04T13:38:12.576+02:00Perlas cultivadas (III): Lo femenino<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SGym_VgC2xI/AAAAAAAAAX0/TdkBU6xqu9M/s1600-h/1485411559_d468e58ed9.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SGym_VgC2xI/AAAAAAAAAX0/TdkBU6xqu9M/s400/1485411559_d468e58ed9.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5218729675249081106" border="0" /></a><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;"><br /></span></span><div style="text-align: justify;"><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;">Esta sección, largo tiempo dormida, despierta hoy con todo su ímpetu para presentaros unas "perlas" que tal vez muchos ya conozcáis, dado que han sido ampliamente difundidas por la red, pero de cuyo descubrimiento no podía dejar de hacerme eco en este blog. Los que lo seguís con cierta asiduidad comprenderéis por qué en cuanto sigáis leyendo. He aquí, queridos y queridas, estas preciadas, valiosísimas "perlas", que adornan los archivos de nuestra memoria histórica:</span></span><br /></div><div style="text-align: justify;"><span style="font-style: italic; font-weight: bold;font-size:85%;" ><span style="font-family:verdana;">"Las mujeres nunca descubren nada; les falta, desde luego, el talento creador, reservado por Dios para inteligencias varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar, mejor o peor, lo que los hombres nos dan hecho"</span></span><br /><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;"><br />Tales palabras fueron escritas en 1942 por Pilar Primo de Rivera, hermana de Jose Antonio Primo de Rivera y fundadora en 1934 de la Sección Femenina, institución surgida desde la Falange y de la cual sería la única Delegada Nacional durante los 43 años de su pervivencia. Uno de sus pilares doctrinales consistía en la voluntad -¡atención!- de "dignificar" a la mujer: la Sección Femenina se erige en defensora de unos valores específicamente "femeninos" que deben dejar de menospreciarse socialmente para ser valorados en su justa medida. Su lema era: "Hay que ser femeninas y no feministas".<br /><br /></span></span><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SGylQUDW5xI/AAAAAAAAAXs/HoO8Gn69O0k/s1600-h/pilarprimorivera.JPG"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SGylQUDW5xI/AAAAAAAAAXs/HoO8Gn69O0k/s400/pilarprimorivera.JPG" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5218727767894845202" border="0" /></a><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;"><br />Nada mejor para dignificar a la mujer que empezar por reconocer cuáles son sus carencias con el fin de potenciar sus virtudes. ¿No sería ridículo que un elefante pretendiera caminar con la ligereza y elegancia de una gacela? Pues como esos elefantes torpones y ridículos debían de ser para Pilar mujeres como <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Cecilia_Bohl_de_Faber">Cecilia Böhl de Faber</a>, <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Lou_Andreas_Salom%C3%A9">Lou Andreas-Salomé</a>, <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Adeline_Virginia_Stephen">Virginia Woolf</a>, <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Jane_Austen">Jane Austen</a>, <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Charlotte_Bront%C3%AB">Charlotte Bronté</a>, <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Emily_Dickinson">Emily Dickinson</a>, <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Sylvia_Plath">Sylvia Plath</a>, <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Anais_Nin">Annaïs Nin</a> o <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Marie_Curie">Marie Curie</a>, por citar sólo unas cuantas de una lista que podría ser interminable, empeñadas en hacer uso de un talento creador del que carecían en lugar de limitarse a interpretar lo que los hombres les dieron hecho. Mejor o peor, claro. Ya se sabe que el arte de la interpretación es un asunto de mucha enjundia. Pero sigamos, sigamos interpretando, mal que bien, dado que, según Pilar, es lo único que las mujeres sabemos hacer:<br /><br /></span></span><span style="font-style: italic;font-size:85%;" ><span style="font-family:verdana;"><span style="font-weight: bold;">"La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular -o disimular-, no es más que un eterno deseo de encontrar a quien someterse. La dependencia voluntaria, la ofrenda de todos los minutos, de todos los deseos y las ilusiones, es el estado más hermoso, porque es la absorción de todos los malos gérmenes -vanidad, egoísmo, frivolidades- por el amor"</span><br /><br /></span></span><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SGyjnFED98I/AAAAAAAAAXU/FDbn5-c7VXg/s1600-h/puerta_alcala.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SGyjnFED98I/AAAAAAAAAXU/FDbn5-c7VXg/s400/puerta_alcala.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5218725959985002434" border="0" /></a><br /><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;">Esta otra perla apareció el 13 de Agosto de 1944 en la revista de la Sección Femenina "<span style="font-style: italic;">Medina</span>", cuyo nombre hace referencia al Castillo de la Mota de Medina del Campo que Franco entregara a la Sección Femenina para sus actividades. Falta de todo talento creador, ¿qué otra cosa podría desear una mujer más que encontrar a un amo y señor al cual someterse, ofrecerse y del que depender, todo ello en aras del amor, el objetivo más alto que le corresponde? Queridas, admitámoslo ya de una vez: todo afán de libertad, igualdad e independencia no son más que simulaciones enmascaradoras de lo que en el fondo constituye, según proclama la Sección Femenina, nuestro auténtico deseo. Dejémoslo aflorar y pleguémonos a él si no queremos traicionar nuestra verdadera naturaleza y abocarnos así a la infelicidad. Como infelices seremos si no atendemos a las palabras del Padre García Figuer, publicadas el 12 de agosto de 1945 en esta misma revista:<br /><br /></span></span><span style="font-style: italic;font-size:85%;" ><span style="font-family:verdana;"><span style="font-weight: bold;">"La mujer sensual tiene los ojos hundidos, las mejillas descoloridas, transparentes las orejas, apuntada la barbilla, seca la boca, sudorosas las manos, quebrado el talle, inseguro el paso y triste todo su ser. Espiritualmente, el entendimiento se oscurece, se hace tardo a la reflexión: la voluntad pierde el dominio de sus actos y es como una barquilla a merced de las olas: la memoria se entumece. Sólo la imaginación permanece activa, para su daño, con la representación de imágenes lascivas, que la llenan totalmente. De la mujer sensual no se ha de esperar trabajo serio, idea grave, labor fecunda, sentimiento limpio, ternura acogedora"<br /></span><br /></span></span><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SGyk9T1miDI/AAAAAAAAAXk/6p6fP8W-oCI/s1600-h/franquismo7.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SGyk9T1miDI/AAAAAAAAAXk/6p6fP8W-oCI/s400/franquismo7.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5218727441419634738" border="0" /></a><br /><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;">Vaya, yo no sé, pero parece que para este piadoso Padre, tan preocupado por la salud de la mujer, la sensualidad en ella -¿valdría decir la sexualidad?- no es más que una <span style="font-style: italic;">enfermedad</span> con síntomas ciertamente peculiares y preocupantes que afectan tanto a su cuerpo como a su alma. ¿Será la oración la medicina para acabar con toda inclinación a la sensualidad? ¿O tal vez el sano cultivo del cuerpo? Esto es lo que podría sugerir la siguiente "perla", aparecida en marzo de 1951 en otra revista de la Sección Femenina llamada "<span style="font-style: italic;">Teresa</span>", obviamente en honor a su patrona Santa Teresa de Jesús: </span></span><span style="font-style: italic;font-size:85%;" ><span style="font-family:verdana;"><br /></span></span><br /><span style="font-style: italic; font-weight: bold;font-size:85%;" ><span style="font-family:verdana;">"Una mujer que tenga que atender a las faenas domésticas con toda regularidad, tiene ocasión de hacer tanta gimnasia como no lo hará nunca, verdaderamente, si trabajase fuera de su casa. Solamente la limpieza y abrillantado de los pavimentos constituye un ejemplo eficacísimo, y si se piensa en los movimientos que son necesarios para quitar el polvo de los sitios altos, limpiar los cristales, sacudir los trajes, se darán cuenta que se realizan tantos movimientos de cultura física que, aun cuando no tiene como finalidad la estética del cuerpo, son igualmente eficacísimos precisamente para este fin"<br /></span></span><br /><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SGykTo2Vh-I/AAAAAAAAAXc/N2OJXO5cYFo/s1600-h/0000009963.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SGykTo2Vh-I/AAAAAAAAAXc/N2OJXO5cYFo/s400/0000009963.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5218726725505353698" border="0" /></a><br /><span style=";font-family:verdana;font-size:85%;" >Pero, ¡claro!, ¿cómo no habíamos caído antes en la cuenta? ¿A qué perder el tiempo yendo a la oficina, dirigiendo una empresa, conduciendo un autobús, tecleando en el ordenador o mucho menos, acudiendo a un gimnasio? Para estar guapas y esbeltas, que es lo que realmente importa a la hora de encontrar a quien someterse, nada tan eficaz como dedicarse de lleno a las faenas domésticas. ¿Que tus carnes empiezan a mostrar signos de flacidez? Rápido, ¿a qué esperas? Ponte de rodillas y empieza a abrillantar el suelo, que seguro que lo tienes hecho un asco y a tu maridito no le gusta nada, como tampoco tus carnes flácidas. ¿Pero es que nadie te enseñó en el colegio cuál es tu auténtica misión en la vida? Pues mira qué clarito lo decía el libro para primer curso de Bachillerato de "Formación Político Social" editado por la Sección Femenina en 1962:<br /><br /></span><span style="font-style: italic;font-size:85%;" ><span style="font-family:verdana;"><span style="font-weight: bold;">"A través de toda la vida, la misión de la mujer es servir. Cuando Dios hizo el primer hombre, pensó: "No es bueno que el hombre esté solo". Y formó la mujer, para su ayuda y compañía, y para que sirviera de madre. La primera idea de Dios fue el "hombre". Pensó en la mujer después, como un complemento necesario, esto es, como algo útil"<br /></span><br /></span></span><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SGyjYZ5ekLI/AAAAAAAAAXM/KzP0u9wbPWo/s1600-h/tem431.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SGyjYZ5ekLI/AAAAAAAAAXM/KzP0u9wbPWo/s400/tem431.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5218725707879714994" border="0" /></a><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;"><br />Nuestra misión, queridas lectoras de este blog, es, simple y llanamente, servir. ¿Y qué es algo que sirve para algo? Pues no hay duda alguna: un objeto útil, útil para ayudar y acompañar al hombre, útil para parir futuros hombres así como futuras siervas que sigan ayudándolos y acompañándolos. No en otro lugar reside la clave de nuestra dignidad: que asumamos nuestra condición utilitaria, sabiamente dictada por el todopoderoso, en tanto su idea primera, el hombre, necesitaba de un complemento para no sentirse solo. Y no siendo más que un ente útil y complementario del hombre, cuya finalidad originaria estriba en ponerse a su servicio, es lógico que aceptemos igualmente que no somos más que una propiedad suya, como lo eran los esclavos de los hombres libres. Así lo enseñaba a la mujeres españolas el manual de Economía doméstica para Bachillerato, Comercio y Magisterio que la Sección Femenina editó en 1968:<br /><br /></span></span><span style="font-style: italic; font-weight: bold;font-size:85%;" ><span style="font-family:verdana;">"Cuando estéis casadas, pondréis en la tarjeta vuestro nombre propio, vuestro primer apellido y después la partícula "de", seguida del apellido de vuestro marido. Así: Carmen García de Marín. En España se dice de Durán o de Peláez. Esta fórmula es agradable, puesto que no perdemos la personalidad, sino que somos Carmen García, que pertenece al señor Marín, o sea, Carmen García de Marín"<br /><br /></span></span><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;">Afortunado este señor Marín, ¿verdad?, al que además de su casa, su coche, su dinero y sus calzoncillos, también le pertenece su mujercita Carmen García. Como afortunada debe de sentirse Carmen García por pertenecer a su maridito y haber pasado de ser un perro sin amo a disponer de un dueño que la cobije y proteja en su hogar, resguardándola de la intemperie. ¿Que a cambio Carmen debe someterse a él? Bueno, ¿no es eso lo que, según se ha dicho, representa su más auténtico deseo? Seguro que, aunque Carmen no ladre, le lleva gustosa las zapatillas cuando el señor Marín vuelva a casa cansado de trabajar.<br /><br />Por no alargar demasiado el post, obvio otras "perlas" que también merecerían figurar aquí y os remito a un último <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://malerudeveuret.blogspot.com/2008/04/totes-sou-evesde-supermarch.html">texto</a> que ya recogió en su blog <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://malerudeveuret.blogspot.com/">el veí de dalt</a>, también editado por la Sección Femenina, sobre el correcto comportamiento de una mujer con su marido. Advierto que es un texto no apto para estómagos delicados. Luego no me digáis que no os avisé.<br /><br />Algo me inquieta profundamente de todas estas perlas. Quienes leyeron las revistas Medina y Teresa, quienes estudiaron en los colegios los manuales de Bachillerato citados, son una franja de mujeres que actualmente rondará entre los cincuenta y los noventa años. Mujeres que han educado a otros hombres y mujeres que, si bien habitan una realidad social cada vez más dispar con respecto a la que ellas vivieron, han crecido en hogares en los que la compresión del papel de la mujer y de su relación con el hombre transmitida por estas perlas, de una manera más o menos patente, o lo que es aún peor, más o menos larvada, no podía dejar de estar presente.<br /><br />¿Sería sensato pensar que las notorias transformaciones sociales de las últimas décadas habrían logrado eliminar todas y cada una de las improntas, leves o no tanto, labradas por esa educación? Personalmente creo que no. Ni aun con la voluntad más consciente y decidida para ello. Porque si bien la verdadera revolución es la que se da en las conciencias, sus estratos más subterraneos no resultan fácilmente accesibles ni se dejan transformar con la misma rapidez que los más superficiales. Una revolución radical de las conciencias requiere, además de esfuerzo, tiempo. Eso sí: para promover la venida de ese tiempo, creo que sólo nos cabe seguir, entre todos, reflexionando, revisando y ahondando en nuestras conciencias.<br /><br /></span></span></div>Antígonahttp://www.blogger.com/profile/16663356725297508681noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-10126054431016627092008-06-26T13:17:00.006+02:002008-06-26T20:34:54.190+02:00Truncar<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp0.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SGN4mXeOU5I/AAAAAAAAAWs/OtZCmFWWvOE/s1600-h/headofaman%5B1%5D.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp0.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SGN4mXeOU5I/AAAAAAAAAWs/OtZCmFWWvOE/s400/headofaman%5B1%5D.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5216145393956311954" border="0" /></a><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;"><br /></span></span><div style="text-align: justify;"><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Aunque el calendario lo aproxima velozmente a la cuarentena, en sus sonoras carcajadas, incontenibles ante la nimiedad que las dispara, todavía resuena el reír explosivo y ligeramente torpe del infante que acaba de ser descubierto por la risa. El repentino derramarse en cascada de la máscara impostada, de la rígida careta de gestos sobrios y endurecidos con que se prodigan los aprendices de hombre, testimonia así una fragilidad -la del arbolillo malogrado en pleno proceso crecimiento por una tierra infértil- que al asalto de la risa asoma en todos sus trazos para exponerlo desnudo, desprovisto de la precaria coraza que habitualmente lo encubre.</span></span><br /></div><div style="text-align: justify;"><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Tal vez sea por esa risa fácil y de contagiosa inocencia tardía por lo que más se le aprecia en el bar refugio de costumbre, en el que entra pesadamente al declinar la tarde tras cada jornada de soldado raso en el centro comercial, balanceando su volumen rotundo de ya tres dígitos en la báscula sobre sus pies planos. Se le aprecia </span></span><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">pese a su conversación insulsa y reiterativa sobre los desmanes del estereotipo tosco de comprador impertinente. </span></span><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Pese a su hablar atropellado, en ocasiones difícilmente inteligible, en palabras escupidas para espantar el silencio. Pese a los exabruptos con que alza de nuevo la máscara para dejarla caer bruscamente al rebrotar la risa ante el más leve comentario jocoso del camarero, de los clientes que comparten con él día tras día, año tras año un par de cervezas.</span></span><br /><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Pero ese aprecio, tan generoso como circunstancial, tan sincero como despreocupado, nunca querrá demorarse en deducir de sus risotadas aniñadas la infancia oscura, enquistada en algún punto del curso natural y esperable de su superación. Ni habrá entonces de aventurarse a colegir sus causas en el nido de ramas floridas poco a poco degeneradas en espinas. En el hogar podrido de frustraciones antiguas transformadas en feroz tiranía ante la frustración sobrevenida de las expectativas no cumplidas por el retoño torpe y desmañado. En el constante golpear del martillo del piano sobre una única nota de múltiples matices: la de la reprobación por la ausencia de éxito, la de la reducción de su valor a cero por su incompetencia frente a los primeros retos escolares, la de la mirada despreciativa y los bofetones por su falta de empuje y su alegre indolencia.</span></span><br /><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Estrategias, nadie se atrevería a dudarlo, automática, irreflexivamente destinadas a la motivación y al aleccionamiento. Pero su desmesura y persistencia grosera en medio de la podredumbre y los corazones dolidos sólo podían desembocar en su caso en la huida interior apenas consciente, en la aceptación anticipada de la derrota, en el abandono prematuro, muerto por esos golpes de martillo, de todo principio de lucha. La toalla hubo de ser arrojada antes de que sonara la campana. Acosado por la admonición constante de su incapacidad para alzar los puños, ¿qué valiente se lanzaría a poner siquiera un pie sobre el ring? Y si bien los insultos y los gritos hace ya mucho que cesaron, aún reverberan adheridos a las paredes de sus arterias paralizando sus miembros, condenándolos a permanecer aferrados al único nido conocido, el que con sus espinas ya romas en la vejez brinda amparo y protección a su alma de niño a cambio de haber quebrado sus alas. Si ahora le ofrecieran unos guantes a la medida de sus manos de hombre, los rechazaría con un gesto indiferente y una media sonrisa conformada.<br /><br />Sobre su cabeza no hay más horizonte que el transcurrir idéntico de los días iguales, que la planicie estéril incapaz de acoger la semilla del más mínimo proyecto de futuro, incluso de la esperanza del amor adulto merecido y jamás realmente buscado. Bastan el par de cervezas y la risa espontánea e incontenible para sostenerse a través de la monotonía ciega, de la repetición ajena a la pregunta por el sentido. En sus ojos sólo rara vez se detecta una tenue sombra de resignación, cuyo brillo precisaría al menos de la conciencia, nunca terminada en su construcción, de otro horizonte lejano contemplado como inalcanzable. La vida truncada en sus inicios camina a ras de suelo y olvida la presencia de un cielo azul hacia el que alzar el vuelo. </span></span><br /></div><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;"><br /><br /></span></span><object height="344" width="425"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/-ERnT1X9HPw&amp;hl=it"><embed src="http://www.youtube.com/v/-ERnT1X9HPw&amp;hl=it" type="application/x-shockwave-flash" height="344" width="425"></embed></object>Antígonahttp://www.blogger.com/profile/16663356725297508681noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-65591688578089385962008-06-18T19:55:00.016+02:002008-06-19T19:06:31.156+02:00Sobre el diván<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SFk2D0CrAEI/AAAAAAAAAWk/ZFqzqbQqCSg/s1600-h/freud.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SFk2D0CrAEI/AAAAAAAAAWk/ZFqzqbQqCSg/s400/freud.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5213257482795417666" border="0" /></a><br /><div style="text-align: justify;"><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Cuando el doctor Sigfroid, reputado psicoanalista, ve entrar en su consulta a alguno de sus pacientes, no ve a una sola persona, sino a tres. El Ello es el que se rasca distraídamente la entrepierna mientras cierra la puerta. El Superyo mira inquieto el reloj al alcanzar el diván. El Yo declara con cierta angustia que no sabe por dónde empezar a contar en esta nueva sesión. </span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">- Tal vez haya tenido usted esta semana algún sueño que pueda recordar -indica con estudiada frialdad el doctor Sigfroid cogiendo su pluma y abriendo su bloc de notas. </span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">- Pues mire, sí, doctor, ya sabe usted que yo no suelo recordar mis sueños, pero justamente anoche tuve uno que sí recuerdo. Entraba en casa todo empapado, se ve que estaba lloviendo, con un paraguas negro en la mano...</span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">"Paraguas negro", anota el doctor Sigfroid frunciendo los labios, "símbolo fálico".</span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">- No sé por qué, en lugar de llevarlo a la galería, como suelo hacer normalmente con los paraguas mojados, trataba de cerrarlo, pero algo no funcionaba en el mecanismo. El suelo se estaba poniendo perdido de agua...</span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">"El paraguas negro no cierra", escribe ahora el doctor Sigfroid, "¿posibles problemas de erección? ¿eyaculación precoz?".</span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">- Después de mucho pelear con el dichoso paraguas, consigo cerrarlo hasta el punto de que lo que parecía un paraguas de los de antes, ¿sabe?, de esos que no podían plegarse, queda convertido en un diminuto paraguas plegable...</span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">"Reducción repentina del paraguas", sigue anotando el doctor Sigfroid, "posible complejo de castración; en su defecto, miembro viril de tamaño insuficiente". </span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">- Me acerco entonces a la mesa de mi despacho, que en lugar de ser la mía, es una mesa antigua de madera maciza, apoyada sobre dos grandes cajoneras. Abro el cajón superior de la parte derecha...</span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">El doctor Sigfroid arquea levemente una ceja y emite un ligerísimo carraspeo, signo inequívoco de su intensa concentración en el relato del paciente. "Cajón", garrapatea rápidamente, "símbolo de los órganos sexuales femeninos".</span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">- ...y meto en él el paraguas. Pero al cerrarlo con cierto descuido me pillo un dedo y lanzo un aullido de dolor...<br /><br />El doctor Sigfroid esboza una discreta sonrisa mientras escribe: "Consumación simbólica de un acto sexual prohibido. Dedo: temor al castigo. Se refuerza la hipótesis del complejo de castración". Todo empieza a cuadrar.<br /><br />El paciente se ha quedado callado. Su Ello vuelve a rascarse distraídamente la entrepierna.<br /><br />- Prosiga, caballero, prosiga, creo que hoy estamos haciendo grandes progresos...<br /><br />- No, doctor, ya no hay más que contar. Al lanzar el aullido en el sueño me desperté. Creo que estaba en una mala postura y yo mismo me estaba aplastando una mano...<br /><br />- Hmmm, no sé, no sé... ¿No hay ninguna otra cosa que recuerde? ¿Algún detalle que no me haya contado? ¿Tal vez algún objeto inusual sobre la mesa del despacho? ¿O quizás dentro del cajón?<br /><br />- Pues... ahora que lo dice... Sí, recuerdo que sobre la mesa había un sombrero, algo así como una pamela, con una cinta de color rosa y unas flores atadas en ella...<br /><br />"Objeto de forma redondeadas", anota esta vez el doctor Sigfroid, "nuevo símbolo de los órganos sexuales femeninos".<br /><br />- ...se parecía mucho, ¿sabe?, a un sombrero que solía llevar mi madre cuando íbamos al campo para protegerse del sol...<br /><br />"¡Eureka!", escribe con precipitación el doctor Sigfroid, ajeno en ese momento a la falta de profesionalidad de su anotación.<br /><br />- Estimado paciente -interrumpe el doctor Sigfroid- creo que por fin hemos dado con la clave de sus conflictos. Se llama "complejo de Edipo", ¿sabe?, un complejo neurótico por el que pasan todos los niños y que por lo general se resuelve sin problemas. Pero en su caso particular algo ha impedido la saludable resolución del complejo, lo cual explicaría sus actuales trastornos. Mire, se lo expondré de una forma sencilla, para que lo entienda. Usted está enamorado de su madre, la desea, y siente por ello deseos de matar a su padre, su rival. Pero también le teme: teme que, de enterarse de los deseos incestuosos que alberga hacia su madre, su padre le castre, ya sabe, le prive de sus órganos sexuales...<br /><br />- Pero doctor, ¿qué está diciendo? ¿Que yo deseo a mi madre? Pero si mi madre... ¡por dios, doctor!, es una señora de casi ochenta años, llena de achaques... Y mi padre, ¿que quiero matarlo? ¡Mi padre murió hace años y yo siempre me llevé muy bien con él!<br /><br />- Caballero, no se escandalice. Ya le he dicho que es un conflicto absolutamente normal en la infancia más temprana, es imposible que lo recuerde. Pero en su caso ese conflicto ha quedado enquistado, no ha logrado vencer sus deseos hacia su madre, como suele ocurrirle a la mayoría de los niños, y como le resultan vergonzosos los reprime y afloran bajo la forma de la patología que usted sufre. Caballero, no somos más que un amasijo de pulsiones libidinosas que tratan de canalizarse por el complejo entramado de las normas sociales. Esa es nuestra verdad, una verdad tal vez amarga cuando se conoce por primera vez pero plenamente demostrada por la ciencia psicoanalítica -dice el doctor Sigfroid con voz afectada recostándose satisfecho sobre su sillón de cuero.<br /><br />- Doctor -el paciente se vuelve hacia él con irritación-, después de tres años de terapia semanal, ¿ésta es la conclusión a la que ha llegado? Acudo a su consulta porque sufro de claustrofobia, me angustian los ascensores, trabajo en la planta decimocuarta de un enorme edificio de oficinas y por culpa de mi maldita claustrofobia debo subir y bajar catorce pisos varias veces todos los días. ¿Me puede decir qué puede tener que ver ese complejo de Edipo del que habla con mi claustrofobia? No sé, doctor, tal vez debería plantearme si quiero continuar con la terapia. No es que dude de su competencia, no es eso. Pero, francamente, cada sesión me cuesta un ojo de la cara, mi economía no anda muy boyante últimamente y creo que no puedo seguir con este gasto semanal durante más tiempo sin resultados más efectivos...<br /><br />El doctor Sigfroid lo mira fijamente, acariciándose lentamente la barbilla y elogiándose interiormente por su agudo ojo clínico.<br /><br />- Caballero, disculpe que le pregunte, pero, ¿padece usted de estreñimiento?<br /><br />- Bueno... ehhhh, sólo ocasionalmente, cuando tengo mucho estrés. ¿Por qué lo pregunta?<br /><br />- Mi estimado paciente, me temo que su dolencia es aún más grave de lo que sospechaba. Porque no sólo sufre usted del "complejo de Edipo", sino que intuyo alguna suerte de fijación de su personalidad en la fase anal, uno de cuyos posibles síntomas es la tacañería. El asunto se complica, caballero, y su salud mental, téngalo muy en cuenta, está en juego. Habrá que adoptar alguna medida terapéutica de choque, no queremos que la cosa vaya a peor, ¿verdad? Me veo entonces obligado, qué remedio, a subirle el precio de cada sesión para empezar a combatir esa inclinación a la tacañería y la fijación anal que revela. No se asuste, no se asuste, confíe en que poco a poco iremos solucionando sus problemas. ¡Está usted en buenas manos! ¿Le parece bien, entonces, el próximo miércoles a esta misma hora?<br /><br /><br /><span style="font-style: italic;">Disculpen los amantes del psicoanálisis la ridiculización. Que conste que el señor Freud merece todos mis respetos. Esto sólo ha sido un pequeño divertimento. ¡Que últimamente ando demasiado seria! :)<br /></span></span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span></div>Antígonahttp://www.blogger.com/profile/16663356725297508681noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-7625209451700108622008-06-12T18:11:00.009+02:002008-06-13T08:23:09.358+02:00Necesitamos los huevos<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp0.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SFFKUe5cvsI/AAAAAAAAAWc/s_i7liqbrh4/s1600-h/6a00d834539fab69e200e54f7d14ab8833-800wi.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp0.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SFFKUe5cvsI/AAAAAAAAAWc/s_i7liqbrh4/s400/6a00d834539fab69e200e54f7d14ab8833-800wi.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5211027959596236482" border="0" /></a><br /><div style="text-align: justify;"><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Por paradójico que resulte, hay comedias que pueden acabar por helarnos la sonrisa en los labios. Comedias cuyo auténtico propósito estriba en exponernos, bajo el formato más digerible del humor, a una verdad amarga sobre la debilidad y la consecuente inclinación al error de nuestra condición humana. Comedias, en definitiva, cuya hilaridad sólo semeja destinada a dulcificar una visión en extremo negativa de nuestras posibilidades de esquivar el fracaso y la infelicidad.<br /></span></span></div><div style="text-align: justify;"><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Éste es, a mi juicio, el caso de <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.miradas.net/0204/estudios/2003/11_wallen/anniehall.html"><span style="font-style: italic;">Annie Hall</span></a> (1977), una de las comedias del genial <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Allen_Stewart_Konigsberg">Woody Allen</a> en las que con mayor pesimismo se retratan las relaciones de pareja. Porque si de algo quiere hablarnos <span style="font-style: italic;">Annie Hall</span> es, básicamente, de nuestra común incompetencia en la búsqueda del amor, de nuestra habitual torpeza en el terreno de los afectos allí donde las distancias más se acortan. Y, ante todo, de la falta de lucidez que se deriva de nuestra permanente tendencia a ahogar cualquier posible voluntad de amar en la acuciante necesidad de ser amado.<br /><br /></span></span><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Alvy Singer (el propio Allen) es un cómico de rasgos neuróticos marcado por su incapacidad para disfrutar de la vida y su obsesión por la muerte. Para Alvy, el mundo se divide en dos clases de individuos: los "horribles", que son los enfermos terminales, los mutilados, los discapacitados... y los "miserables", todos los que no pertenecen al primer grupo y deberían además alegrarse por ello. Carga con dos fracasos matrimoniales sobre sus espaldas y tras quince años de terapia psicoanalítica sigue preso de sus eternos conflictos.<br /><br /></span></span><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp3.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SFFIEo_evoI/AAAAAAAAAV0/QfvQrCZ2eRg/s1600-h/AnnieHoofd.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp3.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SFFIEo_evoI/AAAAAAAAAV0/QfvQrCZ2eRg/s400/AnnieHoofd.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5211025488404725378" border="0" /></a><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;"><br />La película empieza con un monólogo en el que Alvy dice estar enamorado de Annie Hall (Diane Keaton) y se lamenta por su pérdida. A partir de ese momento, asistimos a un relato desordenado de su relación, una relación que, pese a las palabras de Alvy, se muestra dominada desde sus inicios por las discrepancias y desencuentros entre ellos. Es Annie, una mujer alegre, impetuosa y un tanto extravagante la que, tal vez movida por una mezcla de curiosidad y admiración o simplemente por mera soledad, se aproxima a Alvy. Éste parece sentirse atraído por su vitalidad, tan opuesta a su pesimismo, pero también es obvio que le irritan su falta de formación intelectual y sus maneras pueblerinas. Erigido en una suerte de pigmalion, Alvy tratará entonces de acercarla a sus propios intereses, de moldearla para convertirla en la compañera de sus obsesiones e inquietudes. Consciente de sus carencias y víctima de una cierta inseguridad ante Alvy, Annie se matricula en la universidad, accede a compartir la afición de Alvy por el cine de Bergman y por aburridos documentales históricos de duración abusiva, e incluso acude, incitada por él, a una psicoanalista.<br /><br /></span></span><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp3.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SFFISvKWlkI/AAAAAAAAAV8/Y4w31NTL1hk/s1600-h/775.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp3.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SFFISvKWlkI/AAAAAAAAAV8/Y4w31NTL1hk/s400/775.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5211025730579109442" border="0" /></a><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;"><br />No obstante, cada uno de los pasos que Alvy emprende para introducirla en su particular mundo supondrán el comienzo de un progresivo alejamiento de Annie. Su recién despertada curiosidad se proyecta hacia lugares radicalmente dispares a los habitados por Alvy. Sus diferentes caracteres y motivaciones se hacen día a día más palpables. Mientras Alvy continúa enclaustrado en sus obsesiones y su visión torturada de la existencia, ante Annie se abre un nuevo abanico de posibilidades no contempladas hasta entonces por ella. Al tiempo, en este proceso Annie va ganando poco a poco en autoconfianza y seguridad en sí misma, y no tardará en ver a Alvy como un obstáculo para sus nuevas inquietudes.<br /><br />Llegado cierto punto, ambos se descubren plenamente conscientes de que las diferencias entre ellos son demasiado grandes como para que la relación funcione. Pero la decisión de Annie de romper con él anula toda lucidez en Alvy, falto de otras perspectivas, y lo sume en la angustia y la desesperación de la pérdida. Alvy llegará a descubrir que Annie nunca se interesó realmente por compartir con él sus más íntimas preocupaciones, como revela la significativa confesión de Annie de que jamás leyó los libros que Alvy le regalara, en cuyos títulos siempre aparecía la palabra "muerte". Y, sin embargo, no por ello dudará en arrastrarse por el fango para tratar de recuperarla. Creo que huelga decir que, como suele suceder en las películas de Woody Allen, todos sus intentos serán en vano.<br /><br /></span></span><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp3.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SFFI4vuaTSI/AAAAAAAAAWM/jWzGj2pHzTQ/s1600-h/Annie_Hall_3.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp3.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SFFI4vuaTSI/AAAAAAAAAWM/jWzGj2pHzTQ/s400/Annie_Hall_3.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5211026383565376802" border="0" /></a><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Un Alvy nostálgico tras un casual reencuentro con Annie, quizá fantaseando sobre lo que pudo ser y no fue, pero a la vez perfectamente conocedor de las razones que los separaron, abandona al espectador en medio de una calle de Manhattan con una última reflexión: </span></span><span style="font-style: italic;font-family:verdana;font-size:85%;" >"Y recordé aquel viejo chiste, aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: ‘Doctor, mi hermano está loco. Cree que es una gallina’. El doctor le contesta: "¿Y por qué no lo mete en un manicomio?". Y el tipo le dice: ‘Lo haría, pero necesito los huevos’. Pues eso es, más o menos, lo que pienso sobre las relaciones humanas, ¿saben? Son totalmente irracionales, y locas y absurdas, pero… supongo que continuamos manteniéndolas porque, la mayoría, necesitamos los huevos".<br /><br /></span><span style=";font-family:verdana;font-size:85%;" >Cómico, sí. Pero también desolador, ¿no?<br /></span><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;"><br /></span></span><span style="font-family:verdana;"></span></div>Antígonahttp://www.blogger.com/profile/16663356725297508681noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-46174476509858164392008-06-03T20:39:00.009+02:002008-06-05T16:42:06.705+02:00Juzgar<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SEWF0VktJ6I/AAAAAAAAAVk/iFSFRAdNFq0/s1600-h/gauguin+-+arearea.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SEWF0VktJ6I/AAAAAAAAAVk/iFSFRAdNFq0/s400/gauguin+-+arearea.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5207715678314637218" border="0" /></a><br /><div style="text-align: justify;"><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Llegó a mis manos hace unos días una <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.webislam.com/?idt=8793">entrevista</a>, publicada meses atrás, a un antiguo misionero "convertido" a la antropología por los evuzok, una etnia africana del Camerún. Lluís Mallart cuenta en ella cómo siendo aún joven aterrizó entre estas gentes mal llamadas primitivas con la piadosa intención de convertirlos al cristianismo. Sin embargo, la convivencia con ellos acabó invirtiendo las tornas: hoy por hoy Mallart se considera hijo de los evuzok, según destaca en un libro editado recientemente cuyo título coincide con esta misma declaración.<br /><br /></span></span><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Algunas historias conocía ya de oídas de antiguos antropólogos dedicados al trabajo de campo en recónditos lugares del planeta, cuya creciente empatía y fascinación por las tribus investigadas les había llevado incluso a practicar los mismos rituales mágicos que al principio observaban con mirada crítica y distanciada de entomólogo. Por eso, lo que más me llamó la atención de esta entrevista no fue tanto el relato sobre el abandono de las pretensiones evangelizadoras de este antiguo misionero para hermanarse con los evuzok, como las razones que aducía para justificar su transformación.<br /><br />Dice Mallart que en el trato con ellos descubrió que "<span style="font-style: italic;">era un misionero con una inclinación hacia el </span><span style="font-style: italic;">otro</span><span style="font-style: italic;">, y que esa inclinación tenía un límite</span>". Un límite que sitúa con contundencia en el "<span style="font-weight: bold; font-style: italic;">juzgar al otro</span><span style="font-style: italic;">". </span><span>Pues, según explica Mallart,</span><span style="font-style: italic;"> "</span><span style="font-weight: bold; font-style: italic;">si juzgas al otro, ya no le quieres <span>otro</span>, le quieres igual a ti</span><span style="font-style: italic;">. Y claro, el misionero juzga: le dice al otro que debe cambiar algo supuestamente malo por algo supuestamente bueno...</span>". A la inevitable condena que supone ese juicio sobre el otro, Mallart prefirió indagar en ese otro, tratar de comprenderlo. Y por ello se vió, casi sin quererlo, convertido en antropólogo.<br /><br />No han dejado desde entonces estas palabras de dar vueltas en mi cabeza. Entiendo que por una razón obvia: su aplicación sobrepasa ampliamente la experiencia concreta de quien se enfrenta a grupos humanos radicalmente dispares a los de la cultura a la que uno pertenece. Porque aquí todos somos otros de otros, otros embarcados en la aventura de convivir, compartir, amar, respetar o simplemente tolerar a esos otros. Aquí todos nos hallarmos inclinados sin remedio hacia el otro, sin el cual nada seríamos. Y sin embargo es posible que, en esa inevitable inclinación hacia el otro, no nos detengamos lo suficiente a pensar sobre sus límites. O que, si tratamos de pensarlos, no sepamos distinguir con claridad dónde se encuentran.<br /><br />Me pregunto si es verdad que juzgar a otro implica realmente no quererlo ya otro. Pienso entonces en lo que sucede cuando nos juzgamos a nosotros mismos. "Esto lo he hecho mal", nos decimos, "no debería haber actuado así". Vemos en nosotros a un yo indeseable, ése que ha actuado mal, un yo que no queremos o querríamos ser porque se desdice del yo que sí queremos ser, o de la imagen ideal que de nosotros mismos nos hemos forjado. Pretendemos así, al juzgarnos, dejar de ser, rechazar a ese yo indeseable, dañino o estúpido, a ese "otro" de nuestra imagen ideal, para ser iguales al yo que aspiramos a ser.<br /><br />Algo análogo diría que sucede cuando juzgamos a otro. "Esto lo has hecho mal", le decimos, "no deberías haber actuado así". ¿Y cómo es así? Del modo en que nosotros creemos que debería haber actuado, del modo en que nosotros mismos en su situación, pensamos, habríamos actuado. Pretendemos así, al juzgarle, que rechace lo que le diferencia de nosotros, que deje de ser ese "otro" que es con respecto a lo que somos para hacerlo igual a nosotros mismos. Como dice Mallart, en efecto, al juzgarle no lo aceptamos como otro, sino que lo queremos igual a nosotros. El juicio al otro pasa por el intento de asimilar al otro, por la aspiración a transformarlo en un fiel reflejo de nosotros mismos en el que espejearnos sin mancha ni distorsión alguna.<br /><br />¿Con qué derecho?, imagino que se preguntaría Mallart ante los evuzok. ¿Con qué legitimidad?, deberíamos tal vez preguntarnos nosotros cada vez que, al juzgar, imponemos al otro nuestro propio yo negándole su ser otro. ¿Tanto nos cuesta entender, aceptar, tolerar que el otro es simplemente otro?<br /><br />Me temo que sí. Nos manejamos mal con la diferencia, sobre todo con la del otro más cercano, a quien más deseamos ofrecer de nosotros mismos. Quizás porque esa diferencia nos cuestiona en nuestras elecciones, o en la falta de ellas, para mostrarnos todo aquello que queda más allá del círculo sobre el que cada día tratamos de ir cerrando celosamente nuestra identidad. Quizás porque nos asustan las posibilidades de ser otro que habitan en nosotros mismos. Quizás por éstas y mil razones más que no sabemos ni tan siquiera discernir.<br /><br />Abramos ese círculo. Suspendamos tanto como sea posible el juicio sobre el otro. También sobre el otro que asoma en el centro mismo de lo que creemos o queremos ser.<br /><br /></span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span></div>Antígonahttp://www.blogger.com/profile/16663356725297508681noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-31627895740468747012008-05-29T17:43:00.002+02:002008-05-29T20:13:33.069+02:00Tensar la cuerda<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp3.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SD2pNtJmOgI/AAAAAAAAAVc/AfmgwTuoP4M/s1600-h/535px-Tiziano_-_S%C3%ADsifo.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp3.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SD2pNtJmOgI/AAAAAAAAAVc/AfmgwTuoP4M/s400/535px-Tiziano_-_S%C3%ADsifo.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5205502797233404418" border="0" /></a><br /><div style="text-align: justify;"><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;">"<span style="font-style: italic;">Vi de igual modo a Sísifo, el cual padecía duros trabajos empujando con entrambas manos una enorme piedra. Forcejeaba con los pies y con las manos e iba conduciendo la piedra hacia la cumbre de un monte; pero cuando ya le faltaba poco para doblarla, una fuerza poderosa derrocaba la insolente piedra, que caía rodando a la llanura. Tornaba entonces a empujarla, haciendo fuerza, y el sudor le corría de los miembros y el polvo se levantaba sobre su cabeza</span>"</span></span><br /><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;"></span></span></div><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;"><br /></span></span><div style="text-align: right;"><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;">Homero, <span style="font-style: italic;">Odisea</span>, XI, 593.</span></span><br /><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;"></span></span></div><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;"><br /></span></span><div style="text-align: justify;"><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;">Tal vez sea necesario preguntarse si <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/S%C3%ADsifo">Sísifo</a> sabía de lo que ha trascendido hasta nosotros como una condena divina de causas oscuras. Si había sido informado de que cada vez que alcanzara la cumbre de aquel monte, la enorme piedra rodaría cuesta abajo obligándole a reiniciar su tarea. Si era consciente, entonces, de la eternidad, inhumana para los hombres mortales, de su castigo y carecía de toda esperanza de descanso sobre la cima de la montaña del Hades. Porque de lo contrario, ¿no sería aún mayor su condena?<br /><br />Imaginemos a Sísifo desconocedor del absurdo de su existencia y todavía animado por la esperanza.<br /><br />Sísifo lleva ya largo tiempo subiendo por la ladera de la montaña cargado con su inmensa piedra. Aún recuerda cuando estaba al pie, alzando la mirada para otear su cumbre, concentrado en su respiración, tratando de convencerse de que su voluntad y fortaleza bastarían para acarrear el imponente peso, acallando en su conciencia las voces que le avisaban de su ingenua incapacidad para anticipar los probables escollos no calculados con los que habría de toparse. Apostando, en la falta de elección, por sí mismo y por su hasta ese punto no vencida resistencia.<br /><br />No han sido pocas desde entonces las ocasiones en que se ha sentido al borde de sus fuerzas. Ha sufrido ya la desalentadora sorpresa de esos escollos imprevisibles. En tales momentos, abrumado por el agotamiento y la duda sensata sobre la magnitud de sus energías, la cumbre le ha parecido cada vez más lejana pese a saber que cada centímetro recorrido sólo podía acercarle a ella. El amanecer de un nuevo día ha logrado, sin embargo, despejar la bruma posada ante sus ojos e iluminar una vez más la certeza, tendente a desdibujarse por el mero cansancio, de que la cumbre acabará por llegar. Incluso se ha acostumbrado al periódico emerger de tales jornadas de flaqueza. Ha aprendido que su acaecimiento siempre vuelve a cegarle, pero también que se trata de una ceguera provisional y cada vez superada. A esa experiencia se aferra: allí donde la cuerda amenaza con romperse, puede aún seguir tensándose más allá de los límites esperados. Tal es la virtud de la voluntad humana. No obstante, tampoco se le escapa la peligrosa disminución de sus energías por el ascenso, y la enorme mole sobre sus hombros resulta ya tan pesada que parece querer aplastarlo.<br /><br />Lo encontramos en el instante en que se halla a punto de arribar a la cima. Apenas debe resistir un poco más el lacerante dolor de sus manos maltrechas, de sus músculos extenuados, de sus pies sangrantes llenos de magulladoras. Apenas debe tensar un poco más la cuerda. Y aunque las dudas acerca de su posible ruptura le sobrevienen en intensa oleada, las aparta de un manotazo sosteniéndose sobre la expectativa del ya inminente frescor de la cumbre, de la liberación de la carga, del reposo merecido y el sueño tranquilo. Sólo es un poco más, se dice a sí mismo, sólo un poco, muy poco más.<br /><br />A la vuelta de un recodo del camino conducente a la cima le aguarda el golpe de gracia de la cólera divina: con angustiada desesperación descubre sinuosas curvas que prolongan el trayecto más de lo imaginado, que suponen dificultades añadidas en el ascenso. Sísifo siente cómo el último bastión de sus menguadas fuerzas se evapora en el aire. Cree que se desploma sin remedio. Percibe con claridad cómo la cuerda comienza a quebrarse. Se ciega definitivamente al cercano frescor de la cumbre. Ya no consigue ni tan siquiera intuirla. Quizás ni exista. Y si existe -es su último pensamiento- ya ningún reposo logrará recobrarle de sus continuados esfuerzos. Reducido a un amasijo de carne doliente y exhausta, sin horizonte ni luz en la mirada con que contemplarlo, afloja las manos. La piedra se desliza con brusquedad por su espalda, golpeándole en la cabeza, para rodar rápidamente ladera abajo. Sísifo se derrumba.<br /><br />Fundido en negro.<br /><br />Un Sísifo desmemoriado aparece de nuevo al pie de la montaña, alzando la mirada para otear su cumbre, </span></span><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;">concentrado en su respiración, tratando de convencerse de que su voluntad y fortaleza bastarán para acarrear el imponente peso, acallando en su conciencia las voces que le avisan de su ingenua incapacidad para anticipar los probables escollos no calculados con los que habrá de toparse.</span></span><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;"><br /><br />Aún no sabe que los límites de su capacidad de resistencia coincidirán con los de sus expectativas truncadas. Aún no sabe de la astucia de los dioses para transformar la esperanza, fuente de su posible victoria, en instrumento criminal de su eterna derrota.<br /><br />¿Alguien se atreve, como proponía <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/El_mito_de_S%C3%ADsifo">Camus</a>, a imaginar a Sísifo feliz?<br /></span></span><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;"><br /><br /></span></span><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;"></span></span></div>Antígonahttp://www.blogger.com/profile/16663356725297508681noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-57159195005749896812008-05-21T14:45:00.015+02:002008-06-05T19:43:12.689+02:00Puertas cerradas<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SDQFViwpDYI/AAAAAAAAAVU/cmZwi3xsg2o/s1600-h/magritte+door.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SDQFViwpDYI/AAAAAAAAAVU/cmZwi3xsg2o/s400/magritte+door.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5202789337185979778" border="0" /></a><br /><div style="text-align: justify;"><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">En esas casas laberínticas, indefinidas y en constante proceso de construcción y demolición que son nuestras vidas existen puertas cerradas de las cuales apenas si nos acordamos en el cotidiano desplazarnos por sus dependencias. Se trata de puertas ubicadas en el fondo de pasillos ahora rara vez transitados. Puertas casi invisibles al no recibir la luz de habitaciones cercanas. En ocasiones, puertas ocultas tras pesados muebles cuidadosamente colocados sobre ellas en un intento desesperado por rehuir la tentación de volver a atravesarlas. Puertas hace ya mucho clausuradas, incluso selladas, pese a que hubiera un tiempo en que las estancias que se abren tras ellas constituyeran nuestra morada y allí encendiéramos cada noche el fuego cálido del hogar capaz de resguardarnos del frío callejero.</span></span><br /></div><div style="text-align: justify;"><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Puede querer, sin embargo, la premura de las circunstancias que una de aquellas puertas reaparezca súbitamente en nuestra memoria. Quizás algo olvidado tras ella se descubre de repente necesario para mantener el orden y la limpieza de las habitaciones ahora ocupadas. Quizás tememos la pérdida de la llave de una de las habitaciones en las que se ha instalado nuestro presente, y recordamos la existencia de una copia en esa habitación olvidada. </span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Se nos plantea entonces la disyuntiva de la momentánea vuelta atrás frente a la idea calladamente alimentada de que la reapertura de puertas cerradas sólo retarda el saludable proceso de demolición de espacios ahora inservibles. En un primer momento puede ganarnos la pereza ante el mero pensamiento de recorrer una vez más los pasillos largamente abandonados. Nos resistimos acaso al malgaste de energías que supondría el movimiento de los pesados muebles que las encubren. O nos invade el temor a ensuciarnos con el polvo acumulado en esas viejas habitaciones, al probable temblor en medio de su atmósfera rancia y su previsible oscuridad, a resucitar a antiguos fantasmas de su justo descanso si osamos franquear su entrada. </span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Finalmente respiramos hondo y nos aventuramos a emprender el retroceso. Nos acercamos con sigilo a la puerta, tratando de obviar el olor a humedad y la realidad descascarillada del pasillo que allí desemboca. Si es el caso, tensamos los músculos y nos disponemos a liberarla de los obstáculos situados ante ella, aun cuando sólo el mínimo necesario para cruzar su umbral. Por último, sujetamos con firmeza el picaporte y empujamos despacio. </span></span><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Ya estamos dentro. Observamos a nuestro alrededor los objetos almacenados, aquel cuadro de pintura desvaída inclinado sobre su eje, la mesa que cojea, las sillas desfondadas, los desconchones en la pared, parpadeando bajo los pequeños haces de luz macilenta que se filtran por las ranuras de sus persianas precipitadamente bajadas. Mientras hurgamos por los cajones en busca del objeto a rescatar, nos asalta una inquietante sensación de familiaridad que despierta el recuerdo de los días vividos entre aquellos muebles, de los acontecimientos transcurridos sobre la alfombra ya entonces mohosa, sobre la madera ajada de la mesa que ya entonces cojeaba. Porque esa misma sensación arrastra consigo una evidencia incuestionable: la decadencia imperante en la estancia no es atribuible al lógico desgaste del tiempo. Ya un día devino inhabitable a fuerza de mugre y quiebra. Por más que el hábito y el miedo nos abocaran a persistir en lo inhabitable, empeñados en hallar un imposible refugio bajo los crecientes agujeros de las mantas que debían abrigarnos.</span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Y es entonces cuando revivimos con más intensidad que nunca las causas por las que tuvimos que salir de esa habitación, o las que nos expulsaron violentamente de ella, poco importa ya la diferencia. Pero, sobre todo, la decisión, tan sabia en su inconsciencia, que una vez fuera nos impulsó a cerrar su puerta y a dirigir nuestros pasos hacia distantes y aún no inventadas habitaciones.</span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Con el objeto encontrado ya en el bolsillo tornamos a cerrarla con ímpetu renovado y nos apresuramos a alejarnos por el pasillo que hace ya tanto recorrimos con vacilante gravedad, posiblemente apesadumbrados por el dolor de la pérdida, a la par guiados por la certeza de que la salvación pasaba sin remedio por atreverse a mirar hacia delante. Sólo hacia adelante. Sobre las baldosas descoloridas brincan alegremente nuestros pies, camino de la chimenea encendida en las estancias cálidas que ahora habitamos, y que habitando somos. </span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span></div>Antígonahttp://www.blogger.com/profile/16663356725297508681noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-71996861644069409662008-05-15T20:12:00.006+02:002008-05-15T22:16:18.905+02:00Cultura del miedo<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp0.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SCx1rSwpDWI/AAAAAAAAAVE/H217nPoQH98/s1600-h/piramide-maslow.gif"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp0.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SCx1rSwpDWI/AAAAAAAAAVE/H217nPoQH98/s400/piramide-maslow.gif" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5200661056336760162" border="0" /></a><br /><div style="text-align: justify;"><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">En 1943 <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Abraham_Maslow">Abraham Maslow</a> planteó una teoría sobre la motivación que estructuraba jerárquicamente las necesidades humanas en una <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Pir%C3%A1mide_de_Maslow">pirámide</a> de cinco niveles. Según Maslow, tal organización jerárquica pretendía reflejar el hecho de que sólo una vez satisfecho el primer nivel cabía percibir y focalizar la atención sobre la satisfacción del segundo, y así sucesivamente hasta llegar al último, en el que no sin cierto debate situó la búsqueda de sentido y la felicidad a través de la autorrealización personal como estado nunca plenamente alcanzado y por ello motor inagotable de la vida humana. Pero para llegar a este último y más elevado estadio otros cuatro debían ser antes satisfechos. </span></span><br /></div><div style="text-align: justify;"><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">En el segundo nivel, y únicamente por detrás de la satisfacción de las necesidades fisiológicas básicas -respirar, beber, dormir, comer- y por delante tanto de las sociales -afecto, amistad, amor- como de las de autoestima o reconocimiento, se hallarían para Maslow la necesidades de seguridad, entendida en primer término como seguridad física y derivadamente de recursos e ingresos. Es decir, que según esta teoría, es preciso que nos sintamos seguros para que pueda emerjar la motivación suficiente por satisfacer las necesidades de afecto, reconocimiento y sentido en nuestras vidas. O, visto a la inversa: el sentimiento de inseguridad nos vuelve ciegos para la valoración y persecución de otros aspectos también fundamentales en nuestra existencia hasta no ser aliviado de una u otra manera.<br /><br />No es de extrañar por ello que la oscarizada y a mi juicio genial película documental de <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Michael_Moore">Michael Moore</a> "<span style="font-style: italic; font-weight: bold;">Bowling for Columbine</span>" (2002) trate de responder a la pregunta acerca del porqué del elevado número de asesinatos por arma de fuego en Estados Unidos apelando, entre otros factores, a una "<span style="font-weight: bold;">cultura del miedo</span>" que impulsa a los norteamericanos a armarse hasta los dientes en busca de una seguridad que no sienten garantizada por los medios de seguridad del Estado. Porque los americanos tienen miedo. Así lo reflejan la Primera Enmienda, que da derecho a todo ciudano estadounidense a poseer armas e incluso en algunos Estados les obliga a ello; las múltiples y descabelladas medidas de seguridad que pueden encontrarse hasta en las casas de pequeñas y tranquilas comunidades; o las restricciones aplicadas en algunos colegios tras la masacre del instituto Columbine sobre la vestimenta del alumnado para evitar que lleven armas de fuego. Y, como señala el propio Moore en su película, una persona atemorizada con un arma en la mano puede convertirse en un animal muy peligroso.<br /><br /></span></span><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp3.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SCx0NCwpDVI/AAAAAAAAAU8/JP_V_Gi4nbk/s1600-h/michael+moore.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp3.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SCx0NCwpDVI/AAAAAAAAAU8/JP_V_Gi4nbk/s400/michael+moore.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5200659437134089554" border="0" /></a><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">El miedo que padecen los americanos es, para Michael Moore, un hábil producto de los medios de comunicación cuyos rendimientos benefician a muchos y muy diversos sectores. El miedo vende y llena los bolsillos de numerosas industrias, desde las dedicadas a la fabricación de dispositivos de protección doméstica hasta las grandes multinacionales de producción de misiles. El miedo es, según comenta <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Brian_Warner">Marilyn Manson</a> en la entrevista que se le hace en la película, un eficaz incitador al consumo como mecanismo psicológico para olvidarlo. Además, una sociedad aterrorizada deviene mucho más controlable y manipulable si en aras de paliar sus miedos está dispuesta a renunciar a algunos de sus derechos civiles fundamentales, tales como el de la privacidad o la protección de datos.<br /><br />Pero no es sólo el miedo a la delicuencia o al enemigo internacional el que atenaza a los americanos. De su cultura del miedo forma también parte esencial el miedo al fracaso característico de un sistema que carece de los mínimos servicios de asistencia social o sanitaria y deja al individuo abandonado a su propia suerte ante la desgracia. Un sistema en el que las diferencias entre ricos y pobres aumentan día a día y condena a los más desfavorecidos a la miseria y la frustración. Y ya se sabe que la frustración puede degenerar igualmente en agresividad y conductas violentas.<br /><br />He visto varias veces "<span style="font-style: italic;">Bowling for Columbine</span>" y cada vez que la veo de nuevo aún me gusta más. Y no sólo porque su ritmo trepidante y el genial sentido del humor de Michael Moore libre en todo momento al espectador del aburrimiento pese a la densidad del tema tratado y a los numerosos datos y estadísticas ofrecidos. Me gusta que Michael Moore intente afrontar la compleja cuestión de la violencia en la sociedad americana aludiendo a una multiplicidad de factores sin pretender agotar sus causas ni tampoco pontificar sobre él. Me gusta su irónica y contundente crítica al <span style="font-style: italic;">american way of life, </span><span>así como su</span> solidaridad con las víctimas que deja a su paso. Y, sobre todo, me gusta que en sus películas muestre que hay otra América radicalmente distinta a la imagen de los Estados Unidos que se ha impuesto en nuestras conciencias tras los numerosos desmanes y atropellos de sus últimos presidentes. Una América disconforme e insatisfecha con la idea del sueño americano, compuesta por personas que aspiran a cambiar la situación de su país a través de la reflexión y la denuncia.<br /></span></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">No voy a dejar de reconocer que Michael Moore es un personaje polémico, a menudo tendente a la manipulación y la demagogia. Pero la enorme simpatía que ya sentía por él no ha hecho sino aumentar después de haber leído sus recientes <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://weblog.xanga.com/mgt0904/653525203/carta-abierta---michael-moore.html">declaraciones</a> a favor de Obama, indignado por el juego sucio con que Hilary Clinton pretende desprestigiarlo por su filiación con el ya famoso reverendo Wright. Y es que resulta que a este mismo y ahora tan denostado reverendo acudió el matrimonio Clinton para solucionar sus problemas matrimoniales tras el escándalo Lewinsky. Sólo que, como dice Michael Moore, por más que él le grite que lo haga cuando lo ve en televisión, Obama nunca cometería la indecencia de arrojar este trapo sucio a la cara de los Clinton. Porque Obama también pertenece a esa otra América.<br /><br />Lo confieso: si un buen día me cruzara por la calle con Michael Moore, caería rendida a sus pies y le pediría en matrimonio. Vale, exagero. Pero únicamente porque jamás he creído ni creeré en el matrimonio.<br /><br />Y por hoy os dejo con esta peculiar y divertida historia de los Estados Unidos que aparece en "<span style="font-style: italic;">Bowling for Columbine</span>". ¡No os la perdáis si queréis reíros un rato!<br /><br /><br /></span></span></div><object height="355" width="425"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/WltILMBw96M&amp;hl=en"><param name="wmode" value="transparent"><embed src="http://www.youtube.com/v/WltILMBw96M&amp;hl=en" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" height="355" width="425"></embed></object>Antígonahttp://www.blogger.com/profile/16663356725297508681noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-63074781029759432442008-05-06T20:34:00.008+02:002008-06-05T21:11:57.697+02:00Sueño kafkiano con herida en el costado<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SCCfcNZvnmI/AAAAAAAAAUs/jSACjf3qFH4/s1600-h/SNV30215.JPG"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SCCfcNZvnmI/AAAAAAAAAUs/jSACjf3qFH4/s400/SNV30215.JPG" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5197329276968345186" border="0" /></a><br /><div style="text-align: justify;"><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Es de noche. Camino por una estrecha callejuela de una ciudad desconocida. Tiemblo de frío. La ventisca de nieve golpea mi rostro helado, apenas permitiéndome entreabrir los párpados, obligándome a caminar en la semiceguera de la oscuridad moteada de blanco. Mi caballo ha muerto. Duele en mi mejilla izquierda el reciente mordisco del cochero. Pero yo no soy Rosa. No sé quién soy.</span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Diviso al fondo una luz. Avanzo con dificultad hacia ella. Emerge del pequeño ventanuco de una fachada que adivino azul. Alzo los ojos. Sobre la puerta brilla el número 22. ¿Será mi casa? Me río quedamente ante el pensamiento de que <span style="font-style: italic;">uno nunca sabe las cosas que tiene en su propia casa</span>. Por el ventanuco asoma de repente el rostro anguloso de un hombre joven, de pobladas cejas y orejas prominentes. Y grita: "¡Yo tengo no uno, sino dos caballos!" ¿No los oyes relinchar? Y en efecto, de un segundo ventanuco brotan las cabezas poderosas de dos caballos, que me miran, sin embargo, silenciosos, agitando levemente las crines. </span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Se abre la puerta y subo con fatiga las estrechas escaleras. Tengo que atender a un enfermo grave. Pero cuando alcanzo el primer piso sólo encuentro una habitación diminuta amueblada con una silla y un escritorio sobre el que se inclina el hombre de rostro anguloso. Ante él, dos folios en blanco. Sujeta una pluma y tan pronto la lleva sobre el folio situado a su izquierda como sobre el de su derecha, sin decidirse a escribir en ninguno de los dos. "Felice espera una carta mía. Pero el médico también me necesita. No sé a quién de los dos necesito yo más", dice volviéndose hacia mí.</span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Le pregunto por el médico. Tal vez sea yo el médico. "Ha llegado, como tú, en medio de la noche, de la ventisca, a la casa de un enfermo que le pide morir y a la vez ser salvado. Ha descubierto una gran herida floreciente en su costado. Pero el médico ya sabe que su herida, sin ser peligrosa, no tiene cura. Perecerá por su causa, sí, pero no antes que cualquiera. No antes que yo mismo, ni que tú. Sólo cuando le llegue su hora. Como todos". El hombre de rostro anguloso se inclina de nuevo sobre la mesa y entonces la veo. En su costado derecho, <span style="font-style: italic;">cerca de la cadera, se ha abierto una herida grande como un platillo, rosada, con muchos matices, oscura en el fondo, más clara en los bordes, suave al tacto, con coágulos irregulares de sangre, abierta como una mina al aire libre. Así es como se ve a cierta distancia. De cerca, aparece peor. ¿Quién puede contemplar una cosa así sin que se le escape un silbido? Los gusanos, largos y gordos como mi dedo meñique, rosados y manchados de sangre, se mueven en el fondo de la herida, la puntean con sus cabecitas blancas y sus numerosas patitas</span>. Aparto la vista con repugnancia de esa gran flor sanguinolienta cargada de muerte, cargada de vida. Miro por encima de su hombro. Son estas mismas palabras las que ahora manchan con tinta negra el papel de su izquierda. El de la derecha sigue en blanco. Felice esperará eternamente. </span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Todavía concentrado sobre el folio escrito el hombre de rostro anguloso dice como para sí: "El enfermo querría arrancarle los ojos al médico que no es capaz de aliviar su herida. Todos querríamos arrancarle los ojos. Al menos hasta que comprendamos que también esa herida late en su propio costado. Aunque a cada cual le duela en el suyo". Llevo mi mano a mi cadera derecha. Puedo notar, bajo la camisa, el agitarse inquieto de los pequeños gusanos. Duele. Con un dolor antiguo pero soportable. El dolor que llevo aprendiendo a soportar entre risas y lágrimas desde que mis pulmones se abrieron al mundo. El que habré de soportar hasta el día en que se cierren. Lo único que verdaderamente poseo. El hombre se vuelve por última vez hacia mí: "No voy a arrancarte los ojos. Tampoco te desnudaré ni te acostaré a mi lado. Pero debes irte. Bajo la ventana aguarda el carruaje con los caballos".</span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Cuando llego a la callejuela oigo a lo lejos el chirrido de unas ruedas que se alejan precipitadamente y el relinchar cada vez más distante de los caballos. La nieve amortigua el sonido de mis pasos errantes. Tiemblo de frío. También yo sé, como aquel <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://www.literatura.us/idiomas/fk_medico.html">médico rural</a>, que nunca llegaré a casa. Mi mano se desliza sobre la flor agusanada de mi costado y siento palpitar su calor.<br /><br /><br /></span></span><div style="text-align: right;"><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;"><span style="font-style: italic;">"Al dolor nace el hombre y ya hay riesgo de muerte en el nacer, decía el poema. Y también: Pero, ¿por qué alumbrar, por qué mantener vivo a quien, por nacer, es necesario consolar? Y también: Si la vida es desventura, ¿por qué continuamos soportándola?"</span></span></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;"><span style="font-style: italic;"><span style="font-style: italic;"></span></span></span></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;"><span style="font-style: italic;">2666</span>, Roberto Bolaño</span></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;"><span style="font-style: italic;"><span style="font-style: italic;"></span></span></span></span></div><br /></div>Antígonahttp://www.blogger.com/profile/16663356725297508681noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-91168295440663747232008-04-25T13:42:00.004+02:002008-04-25T20:02:53.049+02:00Purgatorio<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SBHBp9ZvnlI/AAAAAAAAAUk/uOCKCqk_n40/s1600-h/dore-dc-51.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SBHBp9ZvnlI/AAAAAAAAAUk/uOCKCqk_n40/s400/dore-dc-51.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5193144771936230994" border="0" /></a><br /><div style="text-align: justify;"><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Queridas y queridos, queridos y queridas: mañana, cuando aún no haya salido el sol, me envían al purgatorio. Como lo oís. Se ve que he sido mala muy mala en los últimos tiempos y las altas esferas han decidido que, para que no me vea irremediablemente abocada al ardor de los fuegos infernales cuando me saquen definitivamente de este mundo, tengo que pasar unos cuantos días purgando los muchos pecados que he debido de acumular hasta ahora. </span></span><br /></div><div style="text-align: justify;"><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Supongo que piensan que si tengo ya la ocasión de comprobar cuánto grado de sufrimiento necesita la purificación de un alma tan manchada como la mía, tal vez comience ya a corregir mi conducta y así consiga librarme de la bajada directa a los infiernos que me espera de no hacerlo. O quizá la cuestión no sea tan grave. Simplemente se han encontrado ahora con una plaza vacante, y se han dicho: "Oye, mira, no vaya a ser que cuando le toque no le encontremos sitio y así, para entonces, ya tiene unos días de purgatorio cumplidos y luego hasta nos lo va a agradecer". Vete tú a saber. ¿No dicen que los designios divinos son inescrutables? Pues eso, yo escrutarlos, desde luego que no los escruto.</span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Bueno, la verdad es que no lo estoy contando como realmente ha sucedido. Mi purgatorio comenzó hace ya unos cuantos meses y, cómo no, algo tuve que ver en todo ello. Presionada por una serie de circunstancias, no fui capaz de decir que <span style="font-weight: bold;">NO</span> a algo a lo que siempre había sabido que tenía que decir que <span style="font-weight: bold;">NO</span>. Ya véis, con lo fácil que resulta pronunciar esta palabra: <span style="font-weight: bold;">NO</span>. Si hubiera tenido que pronunciar, por ejemplo, <span style="font-style: italic;">idiosincrásico</span>, aún podría entenderse que se me hubiera trabado la lengua. Pero sólo tenía que decir que <span style="font-weight: bold;">NO</span>. Y no lo hice porque no supe cómo hacerlo. Para que luego digan que la ignorancia es sinónimo de felicidad. ¡Ja! Y como la hipotética existencia de una justicia universal parece siempre querer probarse en aquello de que los errores se pagan -mucho menos frecuentemente, hay que joderse, en la recompensa por los aciertos-, llevo pagando por este error, a un ritmo de intensidad creciente, durante bastante meses.<br /><br />Mañana comienza el pago de la mayor parte de esa deuda, según el balance de errores y aciertos que todos llevamos en nuestras cuentas corrientes del banco divino, contraída por mi equivocación. Será la última estación de mi particular purgatorio, pero también la más dura. Puedo ya anticipar algunas de las torturas y tormentos que me esperan, y tiemblo ante su mera idea. Pero habrá que ser fuerte y resistir porque me han garantizado que tendrá un tiempo limitado. Ya lo dicen: Dios aprieta pero no ahoga. Aún no puedo imaginarme con qué secuelas, cicatrices, traumas o miembros de menos, pero en una semana me devolverán a casa.<br /><br />Sería una grata sorpresa descubrir que también en este último tramo del purgatorio pueden vivirse momentos de disfrute. Que de cuando en cuando tus torturadores te ofrecen un vinito para aliviar los dolores y te hacen cosquillas para que te rías un rato. Quiero confiar en ello, agarrándome a eso que de pequeñitos nos contaban sobre la infinita bondad divina. Ojalá.<br /><br />Pero aunque así fuera, ya sabéis: sed buenos mientras estoy ausente, no vaya a ser que os pase como a mí, y tomando ejemplo de mi experiencia, seguid ejercitándoos en el difícil arte de decir que <span style="font-weight: bold;">NO</span> a todo aquello a lo que la cabeza y el corazón saben y siempre han sabido que hay decir que <span style="font-weight: bold;">NO</span>. Que todo SÍ equivocado no es más que una cesión gratuita a la muerte en lugar de una afirmación a la vida. Yo, desde luego, volveré si sobrevivo con la lección bien aprendida. O eso espero.<br /><br />Y deseadme muchos ánimos y fuerzas, que las voy a necesitar.<br /><br />¡Miles de besos para todos y todas y hasta mi vuelta!<br /><br /><br /></span></span><span style="font-family:verdana;"></span></div><object height="355" width="425"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/p8M0XmkECYY&amp;hl=en"><param name="wmode" value="transparent"><embed src="http://www.youtube.com/v/p8M0XmkECYY&amp;hl=en" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" height="355" width="425"></embed></object>Antígonahttp://www.blogger.com/profile/16663356725297508681noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-86887941029118489242008-04-19T19:44:00.008+02:002008-04-23T22:11:57.808+02:00Celebrar<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp3.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SAotHhydHrI/AAAAAAAAAUU/jxTlYSju1VY/s1600-h/ChagallBlauerGeiger.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp3.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SAotHhydHrI/AAAAAAAAAUU/jxTlYSju1VY/s400/ChagallBlauerGeiger.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5191011127850245810" border="0" /></a><br /><div style="text-align: justify;"><span style=";font-family:verdana;font-size:85%;" >Un íntimo convencimiento de que el misterio de la sustancia del tiempo elude a su paso por nuestro más esencial interior el recuento de soles y lunas, la voluntad al servicio del orden y la memoria, te mueve a renegar de la celebración impuesta al compás de las hojas de tu propio calendario.</span><br /></div><div style="text-align: justify;"><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;"><br />Dices que la coerción de la repetición ritual a fecha fija se compadece mal con la anarquía que rige el fluir de los estados de ánimo. Que el caer de los números sobre tu cabeza se encuentra a menudo con el corazón ocupado en más urgentes menesteres, indispuesto para la alegría obligada, para la emoción compartida, para la solemnidad requerida. </span></span><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">No es extraño, piensas, que el convenido soplar de las velas nos halle en ocasiones sin aliento. Tampoco que la peregrinación a la tierra sagrada se exija cuando en discordante y odiosa injusticia impera el letargo sobre la sinceridad del dolor y la añoranza vivamente sentidos pero a destiempo de la reiteración regular de los días. O que la simbólica renovación de los votos de unión sobrevenga en la semiconsciencia asustada del desacierto, en el temido anuncio del declive, en presencia de una infelicidad esquivada que sume en el tormento de la duda y fuerza a la hipocresía encubierta.<br /><br />Crees entender la ancestral necesidad de marcar hitos, de proporcionar muletas a la memoria para esa narración sobre la que constantemente nos construimos y reconstruimos, perfilando en sonidos y trazos el significado de la historia que nos cuenta. Pero desconfías de la posibilidad de instaurar comienzos. El propio nacimiento no es sino un acontecimiento de otros si tu mismo despertar a la vida te rehúsa la condición de testigo capaz de rememoración. La unión de dos se asienta sobre una marea confusa de cruces, de percepciones, de fuerzas, que no resiste la demarcación de un origen ni la constatación devenida del acto que aspira a inventarlo. Y hasta la muerte puede carecer de un principio definido que sobrepase la última exhalación y el definitivo desmadejarse de los miembros.<br /><br />Ante todo, proclamas para ti que la celebración de lo más grande y hermoso debe ser continua, ceremonia perpetua que fragüe la materia huidiza de cada instante.<br /><br />Y sin embargo, hoy una vaga intuición te impulsa a detenerte en el calendario, a retroceder en busca de las huellas que adivinas depositadas sobre esta misma fecha. A reconocer algo semejante a un comienzo en un tímido movimiento de apertura, allí necesariamente ciego para el mundo que después levantaría, cuyas dimensiones siguen ensanchándose, cada vez más luminosas, sobre un horizonte que quiere perderse en la lejanía.<br /><br />La palabra celebración toma entonces posesión del silencio de tu lengua y desgranas entre tus dedos los diversos sentidos que dicta la fría objetividad del diccionario, templándolos con su calor, espejeándote con intensidad en todos ellos. Porque celebrar significa hoy entregarse a la acogedora recreación del recuerdo que conmemora y revive la voz muda cargada de promesas, no sabidas y sólo ahora legibles, en medio del canto de las sirenas. Festejar al son de campanas en tus oídos la siempre frágil intervención del azar, lentamente transformado en dichosa fortuna. Celebrar son hoy las manos que se arrancan sin moverse a aplaudir con entusiasmo cada uno de los pasos que, desde aquel día pretérito, han trazado el curso del río que desemboca en este presente. Venerar, una vez más, mil veces más, el espacio sagrado que crece imparable sobre el germinar de aquella pequeña semilla.<br /><br />No se precisan velas, ni cirios, ni copas, ni tan siquiera abrazos para la celebración a la que hoy te pliegas. Basta el entrechocar de las gotas de sangre en tu corazón danzante, que se regocija de estar vivo, tan abrumadoramente vivo. Basta la certeza de que la celebración aún será mayor mañana.<br /><br /><br /></span></span></div>Antígonahttp://www.blogger.com/profile/16663356725297508681noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-17899944519995612472008-04-14T19:48:00.014+02:002008-04-14T22:34:42.493+02:00Hermenéutica II: Publicidad<div style="text-align: justify;"><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;"><br />Lo dije ya en una ocasión pero no me importa repetirlo: quien aquí firma como Antígona se quiere antes persona que mujer, y pese a reconocerme profundamente en deuda con los movimientos feministas que han hecho posible que hoy por hoy pueda decir esto, no dejo de discrepar con aquellas tendencias que en la actualidad, en nombre del feminismo, parecen antes interesadas en promover una guerra entre sexos, de todo punto indeseable tanto para hombres como para mujeres, que en proseguir la lucha legítima por la igualdad de oportunidades de éstas en relación a aquellos. </span></span><br /></div><div style="text-align: justify;"><br /><span style="font-size:85%;"><span style="font-family:verdana;">Sin embargo, de lo que no me cabe la menor duda es de que a esta lucha, iniciada hace poco más de un siglo, aún le queda mucho camino por recorrer. Creo que resulta más que obvio que la igualdad de oportunidades no podrá ser una realidad efectiva sin una progresiva disolución -afortunadamente ya puesta en marcha en la mayor parte de los países occidentales- de las diferentes funciones sociales atribuidas durante milenios a las condiciones femenina y masculina, y sin la radical transformación que debe acompañarla de los distintos parámetros valorativos históricamente aplicados sobre ambos sexos. Pero hay quien no vacila, con el fin de obtener un beneficio económico, en utilizar y fomentar algunas de esas valoraciones tradicionalmente ligadas a la condición femenina que, además de situarla en una posición de desigualdad con respecto al varón, siguen haciendo depender su valía de atributos conducentes a su cosificación.<br /><br />Me refiero, en concreto, a la conocida empresa automovilísta Renault, que en la feria de coches usados de Bogotá de 2006 se anunciaba con el siguiente cartel publicitario:<br /><br /><br /></span></span><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp3.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SAOHx0yHBtI/AAAAAAAAAUA/S5cY-oAgEvA/s1600-h/renault.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp3.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/SAOHx0yHBtI/AAAAAAAAAUA/S5cY-oAgEvA/s400/renault.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5189140485713102546" border="0" /></a><br /><span style=";font-family:verdana;font-size:85%;" >El mensaje de Renault es claro: sus coches usados son aún tan atractivos y apetecibles para el potencial usuario como la modelo de la fotografía, quien pese a tener ya cuarenta años y haber pasado por dos divorcios, sigue mostrando unos incuestionables -y a mi entender nada realistas, teniendo en cuenta la existencia del photoshop y de los trucajes fotográficos; pero ya sabe, la publicidad juega al arte del engaño- encantos físicos.<br /><br />De denigrante cabría calificar ya la comparación establecida entre una mujer y un objeto de fines fundamentalmente utilitarios sujeto a compra-venta. Pero aún más insultante me parece la identificación que se desprende de este anuncio: una mujer de cuarenta años, con dos divorcios a sus espaldas, es una mujer "usada" que, no obstante, todavía conserva un valor de uso rescatable. Porque, más allá de abundar en la idea tradicional de que el valor de una mujer reside básicamente en su apariencia física y en el atractivo sexual derivado de ella -invariablemente sometido a la tiranía del tiempo, aunque gracias a los avances de la cosmética y la cirugía y, en este caso, del photoshop, cada vez más perdurable-, que Paula Hernández sea una mujer "usada" y aún así deseable es una apreciación que sólo puede apoyarse sobre un prejuicio marcadamente diferenciador y en absoluto asignable a la condición masculina: el que asocia ese mismo valor femenino a la virginidad, desprestigiando ante la mirada masculina a la mujer que ha pasado por las manos de algún otro hombre.<br /><br />Encontré este cartel en un <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://marisblancor.wordpress.com/2008/03/17/de-muy-mal-gusto/">blog</a>, que lo enjuiciaba como "de muy mal gusto", a través de un portal de noticias. Lo sorprendente es que muchos de sus comentaristas no sólo disentían de esta opinión, sino que lo consideraban gracioso o divertido y se entretenían en ahondar en la comparación planteada en él aludiendo a la similitud entre "montar en un coche" y "montar a una mujer".<br /><br />Sólo me consuela pensar que este anuncio jamás hubiera sido tolerado en un país europeo. Parece que en algo hemos avanzado.<br /><br /><br /></span></div>Antígonahttp://www.blogger.com/profile/16663356725297508681noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-78525698262238587852008-04-06T18:41:00.006+02:002008-04-06T19:11:35.789+02:00Saraband o la miseria humana<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp3.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/R_kEOqT-OpI/AAAAAAAAAT4/dlvR7jA3owE/s1600-h/bergman.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp3.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/R_kEOqT-OpI/AAAAAAAAAT4/dlvR7jA3owE/s400/bergman.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5186181095816575634" border="0" /></a><br /><div style="text-align: right;"><span style="font-style: italic;font-family:verdana;font-size:85%;" >A <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://historias-troyanas.blogia.com/">Troyana</a> y <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://juancosaco.blogspot.com/">Juan Cosaco</a>. Ellos saben por qué.</span><br /></div><div style="text-align: justify;"><span style=";font-family:verdana;font-size:85%;" ><br />Muchas son las películas cuya elaboración parece destinada a golpear con fuerza el estómago del espectador y derrumbar la mirada amable que, con cierta complacencia, tendemos a proyectar sobre nosotros mismos y nuestras relaciones con los otros. Pero siempre que se me plantea la pregunta acerca de cuál sería la película que en los últimos tiempos me ha hecho sentir ese golpe con mayor crudeza, en mi cabeza se impone claramente un título y un nombre: <a href="http://www.zinema.com/textos/saraband.htm"><span style="font-style: italic; color: rgb(51, 51, 255);">Saraband</span></a>, de <a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Ingmar_Bergman">Ingmar Bergman</a>. Si el cine de Bergman se ha caracterizado por la maestría con que es capaz de analizar, fría y descarnadamente, los complicados entresijos de las relaciones humanas, su última película, rodada en 2003, constituye a mi juicio la visión más amarga y demoledora de tales relaciones que el genial director haya arrojado a lo largo de toda su trayectoria. <span style="font-style: italic;">Saraband</span> es un perfecto y complejo retrato de la miseria, la debilidad y el egoísmo, proyectados sin clemencia sobre las raíces de los afectos en apariencia más nobles. <span style="font-style: italic;">Saraband</span> es un último legado que conmueve hasta sus cimientos la idea del posible triunfo del amor y la generosidad sobre la sordidez y voracidad de nuestras propias carencias en la necesidad de ser amados.<br /><br /></span><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Sus protagonistas son Johan (<span style="font-style: italic;">Erland Josephson</span>) y Marianne (<span style="font-style: italic;">Liv Ullmann</span>), la pareja a cuyo fracaso matrimonial asistismos en <a href="http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2007/07/matrimonios.html"><span style="font-style: italic; color: rgb(51, 51, 255);">Secretos de un matrimonio</span></a> (1973). Como se refleja en la última escena de este film previo, Johan y Marianne han logrado que su mutuo afecto sobreviva a una ruptura cargada de odio y rencor. En <span style="font-style: italic;">Saraband</span>, treinta años después de su último encuentro, Marianne siente el impulso, de origen no del todo transparente a sus ojos, de visitar de nuevo a Johan. Éste vive ahora en una vieja casa en medio del bosque, dedicado a sus actividades intelectuales y prácticamente aislado del contacto con sus semejantes con excepción de su hijo Henrik, fruto de un matrimonio anterior, y su nieta Karin, alojados en una cabaña próxima de su propiedad.<br /><br /></span></span><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp2.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/R_j8OqT-OnI/AAAAAAAAATo/zHLWEGJuGBQ/s1600-h/Sarabanda.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp2.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/R_j8OqT-OnI/AAAAAAAAATo/zHLWEGJuGBQ/s400/Sarabanda.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5186172299723553394" border="0" /></a><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Al poco de llegar, Marianne se percatará de que la vida de estos tres personajes se encuentra dominada por una poderosa figura cuya ausencia física sólo parece dotarla de un influjo aún mayor sobre ellos: Anna, la mujer de Henrik y madre de Karin, víctima de un cáncer un par de años atrás. Anna sobrevive tenazmente a su muerte en la memoria de Johan, Henrik y Karin, y su recuerdo, de continuo reforzado en la película por una única y hermosa fotografía de su rostro que es mostrada en momentos muy significativos de diversas escenas, determina claramente el curso actual de sus vidas. Anna es descrita como una persona profundamente amorosa, intensamente entregada a dar amor. Pero, como Marianne irá descubriendo, su amor, y el enorme vacío que ha dejado tras su desaparición, sólo ha servido para avivar lo más perverso y ruin de la naturaleza de aquellos a quienes amó.<br /><br /></span></span><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/R_j8XaT-OoI/AAAAAAAAATw/1_ev18jg8oI/s1600-h/saraband6grande.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/R_j8XaT-OoI/AAAAAAAAATw/1_ev18jg8oI/s400/saraband6grande.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5186172450047408770" border="0" /></a><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Anna encarna así la representación de un amor que, lejos de haber enriquecido y fortalecido a quienes lo recibieron, los ha transformado en seres débiles, pueriles y egoístas. Johan se nos revela como un hombre extremadamente narcisista y egocéntrico. Secretamente enamorado de Anna, ha vivido sus últimos años amargado por los celos que alberga hacia su hijo, tras la muerte de Anna degenerados en un intenso odio y desprecio que no dudará en manifestar abiertamente tanto en las vejaciones y humillaciones a que le somete, como en su cruel deseo de arrebatarle el cariño de su hija. Henrik, probablemente el personaje más frágil y patético de la película, no ha logrado superar su dependencia emocional de Anna. Por ello, fuerza a su hija Karin a suplantarla en el amor que ésta le daba manteniendo con ella una relación incestuosa y tratando a toda costa de preservarla a su lado. Por su parte, la admiración que Karin siente por su madre muerta la ha llevado a someterse a esta situación anómala, vencida por la idea de que nada perverso puede haber en su padre si Anna lo amó.<br /><br /></span></span><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/R_j7DaT-OlI/AAAAAAAAATY/MrIXlMGpktI/s1600-h/saraband3.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/R_j7DaT-OlI/AAAAAAAAATY/MrIXlMGpktI/s400/saraband3.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5186171006938397266" border="0" /></a><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">La tensión entre Johan y Henrik por dirigir el futuro de Karin crece conforme avanza la película. Pero el hallazgo casual de una carta de su madre en la que ésta, lúcidamente, anticipa el comportamiento patológico de Henrik tras su muerte, será el detonante que conducirá finalmente a Karin a liberarse del poder que ambos hombres se disputan sobre ella. Su alejamiento no dejará de tener nefastas consecuencias. Por boca de Johan sabemos de un intento de suicidio de Henrik que su padre juzgará sin ápice alguno de compasión y que acentuará aún más si cabe su repugnancia y desprecio hacia él. Pero su terrible sentimiento de soledad se hace patente en una conmovedora escena en la que Johan, en medio de la noche, desnudo y desamparado, busca desesperadamente el calor de Marianne.<br /><br /></span></span><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp2.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/R_iVDqT-OhI/AAAAAAAAAS4/P4ZCBCQBQWM/s1600-h/saraband.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp2.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/R_iVDqT-OhI/AAAAAAAAAS4/P4ZCBCQBQWM/s400/saraband.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5186058861047331346" border="0" /></a><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">A lo largo de la película, Marianne ha sido testigo de toda la miseria que envuelve la vida del resto de los personajes. Cada vez más involucrada en el infierno de relaciones que los domina, ha intentado ayudarlos aportando su mirada ecuánime y su afecto hacia ellos. Sin embargo, de regreso a su rutina habitual, el recuerdo de los acontecimientos vividos, y fundamentalmente de Anna, le impulsará a preguntarse por su propia capacidad de amar. Y es entonces cuando, en una última escena, habrá de enfrentarse a una terrible y dolorosa respuesta: la que apunta de manera inequívoca a su propia debilidad y egoísmo, cuya víctima aparece fugaz pero contundentemente en la figura de su hija, recluida y abandonada en una institución psiquiátrica.<br /><br />A poco tiempo ya de su propia tumba, Bergman no da tregua. En<span style="font-style: italic;"> Saraband</span> el amor se ha trocado en sustancia tóxica capaz de envenenar todo aquello que toca. Es el amor que, en su entrega generosa, sólo ha contribuido a despertar la avidez por recibir más amor y el deseo enfermizo de su posesión. El amor que a su paso siembra odio, ruindad y más desolación. He ahí, para Bergman, el peligro del amor. Un peligro tal vez no inevitable, pero siempre plausible.</span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><br /><span style="font-family:verdana;"></span></div><object height="355" width="425"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/BNDMvTVQRPY&amp;hl=en"><param name="wmode" value="transparent"><embed src="http://www.youtube.com/v/BNDMvTVQRPY&amp;hl=en" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" height="355" width="425"></embed></object>Antígonahttp://www.blogger.com/profile/16663356725297508681noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-88295870444233106952008-03-31T20:44:00.006+02:002008-04-01T15:00:22.425+02:00Pura contradicción<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/R_EuqKT-OfI/AAAAAAAAASo/nt3R8yK28mE/s1600-h/1927-rilke-grab.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp1.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/R_EuqKT-OfI/AAAAAAAAASo/nt3R8yK28mE/s400/1927-rilke-grab.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5183975947937659378" border="0" /></a><br /><div style="text-align: justify;"><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Siempre me han gustado los cementerios de esas ciudades donde estos espacios se conciben como un lugar no sólo de rememoración de los muertos, sino también de recreo para el paseante que desea alejarse del bullicio y respirar un poco de calma. Al abrigo de los árboles, abandonándose al silencio únicamente interrumpido por el trinar de los pájaros y el rumor de las propias pisadas sobre la tierra, la contemplación pausada de las lápidas, de los nombres desconocidos y fechas escritos en ellas, resulta un ejercicio que invita no tanto a la memoria como a la imaginación de las vidas y muertes de tantos otros que pasaron por este mundo con esperanzas, anhelos y pesares en esencia idénticos a los nuestros.</span></span><br /><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Paseaba estos días atrás por uno de esos cementerios cuando recordé el epitafio que preside la tumba de Rainer Maria Rilke. Se trata de un breve poema escrito por él a propósito para su futura lápida y sobre el que, en otra época, pensé muy a menudo. La traducción al castellano diría algo así:</span></span><br /><br /></div><div style="text-align: center;"><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;"><span style="font-style: italic;">Rosa, oh, pura contradicción.</span></span></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;"><span style="font-style: italic;">Deseo</span></span></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;"><span style="font-style: italic;">de no ser sueño de nadie</span></span></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;"><span style="font-style: italic;">bajo tantos</span></span></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;"><span style="font-style: italic;">párpados.</span></span></span><br /></div><div style="text-align: justify;"><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Desde su tumba, Rilke nos habla a los que aún estamos vivos de la caducidad y de nuestra penosa convivencia con ella. Porque bajo los pétalos de la rosa, en el poema simbolizados por los párpados, florece un sueño que no puede ser nuestro: el sueño de una belleza que sólo en el extremo de su condición perecedera puede alcanzar su máximo esplendor. Eso es para nosotros la rosa: la belleza condenada a la fugacidad, la hermosura que únicamente se nos brinda al precio de apenas durar unos días.</span></span><br /><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Algo semejante le planteaba Tyrell, el creador de los Nexus 6 en "<a style="color: rgb(51, 51, 255);" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Blade_Runner"><span style="font-style: italic;">Blade Runner</span></a>", a Roy, el replicante que acude a él, para consolarle de su muerte inminente: "<span style="font-style: italic;">La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo. Y tú has brillado con muchísima intensidad, Roy. Mírate, eres el hijo pródigo. Eres todo un premio</span>". Pero Roy sólo desea seguir viviendo. Ha aprendido a amar la vida y quiere seguir gozando de ella. Sin embargo, cuando le llegan sus últimos instantes, parece comprender que será por fin la muerte, paradójicamente, la que le libere del suplicio que entraña la mortalidad. "<span style="font-style: italic;">Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad?</span>", le dice a Deckard. "<span style="font-style: italic;">Eso es lo que significa ser esclavo</span>". Esclavo del miedo a la muerte que, como a todos, nos acompaña a lo largo de nuestras vidas.</span></span><br /><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Tal vez Rilke quería enfrentarnos con esa contradicción que para él representaba la rosa y ayudarnos, una vez muerto, a aceptar nuestra propia caducidad. Porque sólo desde esa aceptación cabe liberarse del miedo a morir, y empezar a vivir cada instante presente como si fuera el último.<br /><br /></span></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;"><span style="font-style: italic;">No era éste el post que tenía pensado escribir tras estos días de ausencia, pero se impone la vuelta al trabajo, junto con todas las obligaciones que ello conlleva, y no tendré más remedio que posponerlo unos días más mientras me reorganizo y me acostumbro de nuevo a la rutina. Hasta entonces, y hasta que encuentre tiempo para pasarme por vuestros blogs, creo que os dejo en buena compañía. Comprobadlo si no vosotros mismos:</span></span></span><br /><br /></div><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;"><br /></span></span><object height="355" width="425"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/BLjNjSpZxzg&amp;hl=en"><param name="wmode" value="transparent"><embed src="http://www.youtube.com/v/BLjNjSpZxzg&amp;hl=en" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" height="355" width="425"></embed></object>Antígonahttp://www.blogger.com/profile/16663356725297508681noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-1098392656461807774.post-45659782705810502552008-03-22T13:10:00.003+01:002008-03-22T15:04:05.797+01:00Retomar(se)<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp3.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/R-T0c6T-OeI/AAAAAAAAASg/qrJD2B6MPOg/s1600-h/magritte_la_memoria.jpg"><img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://bp3.blogger.com/_PaSVUnVfNbQ/R-T0c6T-OeI/AAAAAAAAASg/qrJD2B6MPOg/s400/magritte_la_memoria.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5180534248909453794" border="0" /></a><br /><div style="text-align: justify;"><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Convives desde hace tiempo con una sensación de ligera pero íntima extrañeza, de variable desubicación, de desordenado vacío propiciado por el vaciamiento acelerado que imponen ritmos agrestes y en extremo saturados. No hay enigma alguno en su causa: un nuevo orden sobrevenido con excesiva precipitación, apenas deseado, radicalmente otro del que te gobernaba, alteró la jerarquía de prioridades, las dinámicas trilladas, y fue necesario expulsar y posponer a un horizonte incierto lo que hasta entonces representara el juego central de claroscuros de tus días.<br /><br />La resignación enseña a asumir la expiración de los plazos, los imponderables de la autonomía irreemplazable. Pero la expulsión sólo quiso ser aceptada bajo la premisa de la provisionalidad, y ahora pruebas a lanzar una mano a tu espalda para recobrar frente a ti lo que, condenado a nunca más ser centro en el cómputo de las horas, sigue reclamando su lugar. Si es cierto que nada interior deja de refractarse en el afuera más inmediato, éste habrá de ser el primer paso: tomar al asalto el caos reinante en cajones, en estanterías, en selvas exhuberantes de papeles, imperceptible para el visitante ocasional pero a tus ojos perfecto reflejo de la brusquedad con que acaeció el tránsito, y comenzar así la búsqueda, dentro de tu propio caos enmarañado, del hilo cortado capaz de anudarse a un nuevo ovillo. </span></span><br /><span style="font-family:verdana;"></span><br /><span style="font-family:verdana;"><span style="font-size:85%;">Conforme vas desvistiendo carpetas, derramando papeles por el suelo, violentando cajones, crece la sensación de extrañeza hasta desdoblarse y duplicarse en